Dr. Elio M. Rivera
Hay algo profundamente agotador en vivir en un mundo donde sabemos que todo puede cambiar.
Hoy tenemos trabajo.
Mañana podemos perderlo.
Hoy existe paz en nuestro país.
Mañana puede comenzar una crisis.
Hoy nuestro negocio funciona.
Mañana puede quebrar.
Hoy tenemos salud.
Mañana puede llegar un diagnóstico inesperado.
Hoy nuestra familia está completa.
Mañana puede sonar el teléfono con una noticia que cambie nuestra historia.
Hoy nuestra casa parece segura.
Mañana un incendio, una inundación, una tormenta, un terremoto o alguna otra catástrofe puede cambiarlo todo.
Hoy alguien nos ama.
Mañana puede decidir marcharse.
Hoy tenemos ahorros.
Mañana una crisis puede consumirlos.
Hoy pensamos que sabemos cómo será nuestra vida dentro de cinco años.
Pero la verdad es que no sabemos siquiera qué puede ocurrir la próxima semana.
Y nuestra mente lo sabe.
Por eso intenta anticiparse.
Calcula.
Previene.
Imagina.
Se preocupa.
Se prepara.
Construye escenarios.
Pregunta constantemente:
¿Y si pasa algo?
Quizá una de las cargas psicológicas más profundas de El imperio de la muerte sea precisamente ésta:
vivimos intentando encontrar seguridad absoluta dentro de un mundo que ya no puede ofrecérnosla.
Así era al principio: el hombre fue colocado en un mundo seguro
Regresemos nuevamente al Edén.
Adán abrió los ojos dentro de una realidad preparada por Dios.
No despertó en medio del caos.
Dios había ordenado primero su mundo.
Preparó luz.
Agua.
Vegetación.
Alimento.
Un lugar donde vivir.
Trabajo.
Compañía.
Propósito.
Y cuando terminó:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Adán no vivía esperando que algo terrible ocurriera.
No necesitaba seguros contra catástrofes.
No necesitaba alarmas.
No tenía fondos de emergencia.
No existían guerras capaces de destruir su hogar.
No había gobiernos cuyas decisiones pudieran arruinar su vida.
No había delincuentes de quienes protegerse.
No existían crisis financieras.
No había hospitales donde pudiera recibir un diagnóstico devastador.
No existían cementerios recordándole que podía perder a Eva.
No necesitaba preguntarse:
«¿Qué pasará mañana?»
Su realidad tenía algo que nosotros apenas conocemos:
estabilidad.
El hombre vivía seguro porque su vida se desarrollaba dentro del orden de Dios.
No necesitaba controlar el futuro.
Conocía a quien sostenía su presente.

Esto fue lo que hicimos: abandonamos el lugar de seguridad y empezamos a vivir en un mundo inseguro
Cuando el hombre decidió separarse de Dios, no perdió solamente un huerto.
Entró en una realidad completamente diferente.
La tierra misma fue afectada.
El trabajo se volvió doloroso.
Las relaciones fueron heridas.
Entró la muerte.
Aparecieron violencia, enfermedad, conflicto, ambición, injusticia y temor.
El mundo que había sido hogar comenzó también a contener peligros.
Y el ser humano comenzó a experimentar algo que en el Edén no necesitaba conocer:
inseguridad.
Ahora había cosas que podían perderse.
Personas que podían morir.
Relaciones que podían romperse.
Cosechas que podían fracasar.
Pueblos que podían ser atacados.
Gobernantes que podían oprimir.
Otros seres humanos cuyas decisiones podían afectar profundamente nuestra existencia.
Y apareció un problema terrible:
mi bienestar ya no depende solamente de mis decisiones.
Puedo hacer las cosas correctamente…
y sufrir por lo que alguien más decidió.
Un gobernante toma una decisión y millones reciben las consecuencias.
Un empresario administra mal y cientos pierden su empleo.
Una persona conduce irresponsablemente y otra familia recibe una llamada terrible.
Alguien comienza una guerra y niños que jamás participaron en aquella decisión pierden su hogar.
Una persona abandona a su familia y quienes permanecen tienen que reconstruir su vida.
De repente descubrimos que vivimos en un mundo donde las decisiones de otros también pueden cambiar nuestra realidad.
Así vivimos ahora: esperando que nada se derrumbe
Por eso buscamos estabilidad desesperadamente.
Queremos un trabajo seguro.
Una casa segura.
Una cuenta segura.
Un matrimonio seguro.
Un país seguro.
Una inversión segura.
Un negocio seguro.
Un futuro seguro.
Queremos construir algo alrededor de nosotros y finalmente poder decir:
«Ahora sí. Ya nada puede pasarme».
Pero nunca llegamos completamente a ese punto.
Porque siempre queda alguna variable que no controlamos.
Una recesión.
Una decisión política.
Una guerra.
Una enfermedad.
Un accidente.
Una catástrofe.
Una traición.
Una crisis familiar.
Un cambio tecnológico.
La pérdida de un cliente.
El cierre de una empresa.
Una llamada telefónica.
Una decisión tomada a miles de kilómetros de nosotros.
Y en ocasiones bastan veinticuatro horas para dividir nuestra historia en dos:
antes de que ocurriera
y
después de que ocurrió.
Ese conocimiento produce una enorme carga sobre la mente humana.
El tormento psicológico de no saber qué ocurrirá
Nuestro cerebro intenta protegernos anticipando peligros.
Entonces comenzamos a vivir acontecimientos que todavía no han sucedido.
¿Qué pasa si pierdo el trabajo?
¿Qué pasa si enfermo?
¿Qué pasa si el negocio fracasa?
¿Qué pasa si mis hijos tienen un accidente?
¿Qué pasa si mi esposo muere?
¿Qué pasa si mi matrimonio termina?
¿Qué pasa si viene otra crisis?
¿Qué pasa si el dinero no alcanza?
¿Qué pasa si pierdo mi casa?
¿Qué pasa si mañana ocurre algo que no estoy preparado para enfrentar?
Y aparece la ansiedad.
El cuerpo está sentado tranquilamente en una habitación…
pero la mente puede estar viviendo diez tragedias diferentes que todavía no existen.
El corazón se acelera.
Los músculos permanecen tensos.
El sueño se altera.
La mente da vueltas.
Cuesta concentrarse.
Revisamos nuevamente las cuentas.
Revisamos las noticias.
Comprobamos que los hijos llegaron.
Volvemos a calcular.
Volvemos a imaginar.
Intentamos controlar cada detalle.
Y aun después de haber hecho todo lo posible aparece nuevamente la pregunta:
¿Pero qué pasa si…?
Ese es uno de los grandes tormentos de la inseguridad:
no solamente sufrimos por las cosas malas que ocurren; también podemos sufrir anticipadamente por las que tememos que ocurran.
Intentamos controlar lo incontrolable
Entonces el hombre desarrolla estrategias para sentirse seguro.
Ahorra.
Compra seguros.
Construye paredes.
Instala cámaras.
Hace planes.
Diversifica inversiones.
Consulta médicos.
Firma contratos.
Estudia riesgos.
Prepara emergencias.
Y muchas de esas cosas son prudentes y necesarias.
El problema comienza cuando esperamos que alguna de ellas nos proporcione seguridad absoluta.
No pueden.
Porque siempre existe algo fuera de nuestro control.
Podemos reducir riesgos.
Pero no eliminar todos los riesgos.
Podemos planear el mañana.
Pero no poseerlo.
Podemos prepararnos para muchas eventualidades.
Pero no conocer todas las eventualidades.
Santiago describió nuestra fragilidad de una manera impresionante:
«…no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.»
Santiago 4:14, RVR1960
Queremos controlar el mañana.
Pero ni siquiera sabemos completamente qué traerá el mañana.
Y cuanto más desesperadamente intentamos controlar lo incontrolable, más fácilmente podemos terminar atormentados.
La inseguridad nos roba incluso los días buenos
Aquí aparece quizá una de sus consecuencias más crueles.
Podemos tener un buen día…
y no disfrutarlo por miedo a perderlo.
La familia está bien.
Pero pensamos:
«¿Y si algo les sucede?»
Tenemos trabajo.
Pero pensamos:
«¿Cuánto durará?»
El negocio está funcionando.
Pero pensamos:
«¿Y si viene una crisis?»
Tenemos salud.
Pero sentimos algo extraño y pensamos:
«¿Y si tengo algo grave?»
Tenemos dinero suficiente hoy.
Pero pensamos:
«¿Y cuando sea anciano?»
Entonces el miedo al sufrimiento de mañana comienza a robarnos la paz que podríamos experimentar hoy.
Eso es tormento.
No porque la tragedia haya llegado.
Sino porque vivimos esperando su llegada.
La persona ya no descansa completamente.
Vigila.
Anticipa.
Controla.
Se prepara.
Y cuando consigue resolver una preocupación, aparece otra.
Porque el verdadero problema no era aquella circunstancia particular.
El problema era descubrir que vivimos en un mundo donde nada creado puede garantizarnos que mañana todo permanecerá igual.
No culpemos a Dios por la inestabilidad del mundo que abandonó su orden
Entonces alguien pregunta:
«¿Por qué Dios hizo un mundo tan inseguro?»
Pero debemos regresar nuevamente al principio.
No era así.
Dios creó orden.
Vida.
Provisión.
Comunión.
Seguridad.
Estabilidad.
El hombre no vivía aterrorizado por la muerte porque todavía no había entrado la muerte.
No temía la violencia porque todavía no había asesinato.
No temía perder su matrimonio porque todavía no existían traición y abandono.
No temía guerras porque no existían naciones destruyéndose unas a otras.
No temía una crisis económica porque su provisión no dependía de mercados humanos.
No temía quedarse solo porque vivía en comunión con Dios.
Nosotros abandonamos aquel orden.
Y después construimos un mundo lleno de sistemas humanos, decisiones humanas, ambiciones humanas, conflictos humanos y consecuencias que constantemente se afectan unas a otras.
Añadimos pecado.
Violencia.
Guerra.
Corrupción.
Abandono.
Explotación.
Y después miramos la inestabilidad resultante y preguntamos:
«Dios, ¿por qué permitiste que el mundo fuera así?»
Pero al principio no fue así.
Cristo es la esperanza: paz dentro de un mundo que todavía se mueve
Jesucristo nunca prometió que mientras vivamos en este mundo nada cambiará.
Al contrario, reconoció claramente que enfrentaríamos dificultades.
Pero ofreció algo extraordinario:
una seguridad que no depende de que todo alrededor permanezca igual.
Jesús dijo:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Observe cuidadosamente.
No dijo:
«Nada malo volverá a suceder».
Dijo:
«No se turbe vuestro corazón».
El mundo puede moverse.
Las circunstancias pueden cambiar.
El empleo puede terminar.
Los mercados pueden caer.
Los gobiernos pueden cambiar.
Los negocios pueden levantarse y desaparecer.
Personas pueden entrar y salir de nuestra vida.
Podemos atravesar temporadas que jamás imaginamos.
Pero Cristo comienza a devolvernos algo que perdimos cuando salimos del Edén:
la posibilidad de descansar nuevamente en Dios.
Por eso Jesús habló directamente acerca del mañana:
«Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán.»
Mateo 6:34, RVR1960
Y antes había dado la razón:
«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»
Mateo 6:32, RVR1960
Otra vez aparece:
el Padre.
Nuestra seguridad definitiva nunca podrá encontrarse en conseguir que este mundo deje de cambiar.
Eso no ocurrirá completamente mientras continuemos viviendo dentro de El imperio de la muerte.
Nuestra seguridad comienza cuando comprendemos que, aunque nuestra realidad cambie, Dios no cambia con ella.
Hoy puedo no saber qué ocurrirá mañana.
Pero puedo saber quién estará conmigo mañana.
No puedo controlar todas las decisiones de otros.
No puedo detener todas las crisis.
No puedo evitar cada pérdida.
No puedo garantizar que mi realidad permanecerá exactamente igual.
Pero puedo dejar de exigirle a este mundo algo que ya no puede darme:
seguridad absoluta.
Porque Jesucristo no vino solamente a enseñarnos cómo sobrevivir psicológicamente dentro de un mundo inseguro.
Vino a sacarnos finalmente de él.
La Biblia termina presentándonos una realidad donde aquello que hoy nos atormenta habrá desaparecido.
No habrá muerte.
No habrá llanto.
No habrá clamor.
No habrá dolor.
«…porque las primeras cosas pasaron.»
Apocalipsis 21:4, RVR1960
Eso significa que El imperio de la muerte tiene fecha de terminación.
Un día el hombre volverá a vivir dentro de una realidad donde no despertará preguntándose:
«¿Qué cosa terrible podría ocurrir hoy?»
No habrá una llamada que destruya la tranquilidad de una familia.
No habrá un diagnóstico terminal.
No habrá una guerra que obligue a abandonar la casa.
No habrá una muerte inesperada que deje una silla vacía.
No habrá necesidad de asegurar nuestras posesiones contra todas las maneras posibles de perderlas.
No habrá miedo de que mañana destruya lo que hoy amamos.
Porque finalmente estaremos nuevamente dentro de una realidad completamente gobernada por el Dios de la vida.
Hasta entonces, Cristo nos enseña algo extraordinario:
No necesito conocer todo lo que ocurrirá mañana para poder vivir hoy.
No necesito controlar todas las variables para poder descansar.
No necesito que el mundo permanezca inmóvil para tener paz.
Porque mi esperanza no descansa en que nada cambie.
Descansa en Aquel que:
«es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»
Hebreos 13:8, RVR1960
En un mundo donde prácticamente todo puede cambiar…
Jesucristo permanence y quiere ayudarnos y darnos su paz mientras vivimos aquí,
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