Dr. Elio M. Rivera
Hasta ahora hemos intentado reconstruir cómo vivían Adán y Eva.
Hemos hablado de su familia.
De su trabajo.
De su inteligencia.
De su relación con Dios.
De la vida social del Edén.
Pero todavía nos falta contemplar algo enorme:
el mundo natural que los rodeaba.
Nosotros solamente conocemos una creación donde existe deterioro.
Animales que enferman.
Plantas que se secan.
Árboles que mueren.
Sequías.
Tormentas.
Plagas.
Parásitos.
Dolor.
Depredación.
Y finalmente muerte.
Por eso fácilmente proyectamos nuestro mundo hacia atrás e imaginamos que Adán y Eva caminaban dentro de una naturaleza prácticamente igual a la nuestra.
Pero Romanos nos obliga a reconsiderar esa imagen.
Pablo dice:
«Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:20-22, RVR1960).
Observe las expresiones:
«fue sujetada».
«esclavitud de corrupción».
«será libertada».
«gime».
Eso significa que la condición actual de la naturaleza no es su condición original.
Algo le ocurrió.
La creación está viviendo actualmente bajo una condición que no tuvo desde el principio.
Y eso coincide exactamente con lo que desarrollo en mi libro: Romanos presenta a una creación que fue sometida posteriormente a corrupción y que espera una liberación futura.

Un mundo que Dios llamó «bueno en gran manera»
Regresemos entonces a Génesis.
Después de concluir su obra, la Escritura dice:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
No solamente bueno.
«Bueno en gran manera».
Esa frase debe controlar nuestra imaginación.
El Creador contempló la totalidad del mundo que había preparado y aprobó su condición.
Eso incluye la tierra.
Las aguas.
Los árboles.
Las plantas.
Los animales.
Las aves.
Los peces.
Y el hombre.
Todo funcionaba dentro del orden que Dios había establecido.
El propio relato nos permite observar algunos detalles de aquella condición.
Dios dijo al hombre:
«He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» (Génesis 1:29, RVR1960).
Y después habla de los animales:
«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer» (Génesis 1:30, RVR1960).
Esto me parece extraordinariamente importante.
La alimentación original que Génesis menciona para el hombre procede de las plantas y los frutos.
Y cuando habla de los animales, también dice:
«toda planta verde les será para comer».
En esa descripción inicial no encontramos a Dios diciendo:
«el león comerá a la gacela».
No encontramos animales destrozándose unos a otros para sobrevivir.
No encontramos muerte utilizada como mecanismo para alimentar otra vida.
Encontramos vegetación.
Fruto.
Plantas.
Una creación donde la provisión ya estaba disponible.
Eso por sí solo nos obliga a reconsiderar la imagen de la naturaleza original.
El Edén no parece haber sido un mundo donde Adán contemplaba tranquilamente cómo un animal despedazaba a otro a pocos metros de distancia.
Génesis describe otra cosa.
Dios había provisto alimento sin necesidad de presentar la muerte animal como parte de aquella provisión original.
Y eso es coherente con la declaración:
«bueno en gran manera».
El hombre tampoco tenía que matar para comer.
Dios había llenado el mundo de alimento.
Había árboles:
«buenos para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Y había abundancia suficiente para que Dios dijera:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
No vemos escasez.
No vemos lucha desesperada por alimento.
No vemos criaturas compitiendo hasta destruirse unas a otras.
Vemos provisión.
También debemos recordar que todavía no existía la maldición sobre la tierra.
Eso es fundamental.
Génesis distingue claramente entre la tierra que Adán trabajaba inicialmente y la condición que posteriormente sería anunciada con palabras diferentes.
En mi libro señalo precisamente que la maldición bíblica introduce una condición negativa donde antes existía bendición; es decir, sustituye una realidad favorable por otra marcada por dificultad y quebranto.
Por tanto, antes de aquella alteración no debemos colocar retrospectivamente en el mundo original aquello que la propia Biblia presenta después como consecuencia.
Adán conocía una tierra productiva.
Una tierra que podía labrar.
Un huerto diseñado por Dios.
Una naturaleza que debía cuidar y estudiar.
Como desarrollo en mi libro, su responsabilidad incluía observar la naturaleza, aprender botánica, horticultura, cuidado de animales y administración de aquello que Dios había puesto bajo su autoridad.
Eso significa que Adán convivió muy cerca de animales.
Los observó.
Los distinguió.
Los nombró.
Y Génesis no presenta esa relación como una guerra constante entre el hombre y las criaturas.
Dios:
«las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).
Piense en la escena.
Los animales llegan delante de él.
Adán observa.
Se acerca.
Distingue características.
Aprende.
Nombra.
No encontramos temor dominando aquella relación.
No encontramos al hombre armado para defenderse de aquello que Dios le acerca.
Encontramos autoridad.
Conocimiento.
Y convivencia.
Eso coincide con la atmósfera que describo en el libro: un huerto caracterizado por tranquilidad, paz, trabajo, convivencia, celebración y descanso, no por afán permanente o lucha desesperada contra la naturaleza.
Romanos nos permite mirar hacia atrás
Y aquí Romanos 8 se vuelve una clave extraordinaria.
Pablo no dice simplemente que el ser humano sufre.
Dice:
«toda la creación gime».
Eso incluye mucho más que nosotros.
El mundo natural está involucrado.
Algo de su condición original se perdió.
Pablo utiliza incluso una expresión muy fuerte:
«esclavitud de corrupción».
Corrupción significa deterioro.
Descomposición.
Algo que deja de conservar indefinidamente su condición original.
Y la palabra «libertada» implica que esa condición no es definitiva.
La creación espera salir de ella.
Por eso, si queremos imaginar la naturaleza que conocieron Adán y Eva, debemos hacer el recorrido contrario.
Si ahora está sometida a corrupción…
antes no estaba sometida a ella.
Si ahora gime…
existió una condición anterior que no estaba caracterizada por ese gemido.
Si será libertada…
significa que la corrupción no pertenece al propósito final de Dios para su creación.
Y esto nos lleva a Apocalipsis.
Apocalipsis nos ayuda a reconstruir el principio
Una de las razones por las que considero que Apocalipsis es tan importante para comprender Génesis es porque la Biblia termina restaurando muchas de las cosas que aparecieron al principio.
Juan escribe:
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).
Y después:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Otra vez encontramos:
río.
Árbol.
Fruto.
Vida.
Abundancia.
Y después una declaración que nos ayuda a interpretar todo el escenario:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Para mí, esas palabras son enormes.
Si queremos saber hacia dónde conduce la restauración de Cristo, leamos cuidadosamente:
«no habrá más maldición».
Eso significa que la condición final vuelve a estar libre de aquello que actualmente afecta la creación.
Y precisamente por eso Apocalipsis puede ayudarnos a mirar hacia atrás.
Génesis comienza sin maldición.
Apocalipsis termina sin maldición.
Génesis comienza con río y árbol de vida.
Apocalipsis termina con río y árbol de vida.
Génesis comienza con Dios presente entre los hombres.
Apocalipsis declara:
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).
Estas semejanzas no me parecen accidentales.
La restauración nos permite contemplar algo del diseño original.
Mi libro utiliza precisamente la reaparición del río y del árbol de la vida en Apocalipsis para conectar el mundo final con el Edén que se perdió.
Por eso, cuando vemos en Apocalipsis una creación sin maldición, llena de vida y bajo la presencia de Dios, obtenemos una ventana para comprender mejor el mundo que Adán y Eva recibieron.
Un mundo que todavía cooperaba con el hombre.
Ésta es una idea que considero muy importante.
Adán había recibido la orden:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Pero gobernar una creación sana es algo muy diferente de administrar una creación enferma.
Imagine agricultura sin tener que combatir continuamente plagas destructivas.
Cuidado de animales sin muchas de las enfermedades que actualmente los afectan.
Árboles que producen abundantemente.
Tierra fértil.
Agua limpia.
Ambientes capaces de sostener la vida como fueron diseñados.
Animales que podían aproximarse al hombre sin la relación de temor que nosotros conocemos.
No puedo describir cada mecanismo porque la Biblia no lo hace.
Pero sí puedo decir que aquella creación todavía no había sido:
«sujetada a vanidad»
ni estaba bajo:
«esclavitud de corrupción».
Eso hace una enorme diferencia.
El mundo que Adán recibió no estaba agonizando.
Estaba vivo.
Y Dios lo había declarado:
«bueno en gran manera».
Piense también en la belleza.
Dios no diseñó la naturaleza únicamente como maquinaria útil.
El texto insiste:
«todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Delicioso:
«a la vista».
El Creador llenó aquel mundo de belleza que no era necesaria simplemente para sobrevivir.
Colores.
Formas.
Aromas.
Paisajes.
Árboles.
Agua.
Cielos.
Una creación que podía estudiarse, trabajarse y también disfrutarse.
Y Adán había sido creado con sentidos capaces de experimentar todo aquello.
Quizá tenemos que dejar de imaginar el mundo original simplemente como nuestro planeta actual, pero sin ciudades modernas.
Era una naturaleza bajo una condición diferente.
Todavía no esclavizada a corrupción.
Todavía no sometida al gemido que Pablo describe.
Todavía bajo la condición que Dios mismo había llamado:
«bueno en gran manera».
¿Qué aprendimos de Dios?
Nuestro propósito sigue siendo descubrir cómo es Dios observando lo que hizo.
Y la naturaleza original nos dice muchísimo acerca de Él.
Dios no preparó para sus hijos un planeta hostil y después les ordenó sobrevivir como pudieran.
Les entregó una creación abundante.
Productiva.
Hermosa.
Llena de alimento.
Llena de vida.
Llena de cosas por descubrir.
Una creación que podía ser trabajada, administrada y disfrutada.
Eso nos muestra a un Dios que ama la vida.
Un Dios que disfruta la belleza.
Un Dios que proporciona abundantemente.
Un Dios que piensa en detalles.
Un Dios que hizo posible que criaturas diferentes coexistieran dentro de un mismo sistema.
Un Dios que creó un mundo donde el hombre podía aprender durante toda su vida y todavía tener cosas nuevas por descubrir.
Y Romanos nos revela algo más:
Dios no ha abandonado a su creación en su condición actual.
Pablo dice:
«la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción» (Romanos 8:21, RVR1960).
La creación tiene futuro.
La restauración de Dios no se limita al alma humana.
Alcanza aquello que Él hizo.
Y Apocalipsis nos permite contemplar el resultado:
vida.
río.
árbol.
fruto.
presencia de Dios.
Y una frase que quizá resume todo lo que estamos intentando comprender:
«Y no habrá más maldición».
Cuando leo eso, puedo mirar hacia atrás y comenzar a imaginar mejor lo que Adán y Eva contemplaban cada mañana.
No una naturaleza luchando por sobrevivir.
No un mundo agotándose.
No una creación gimiendo.
Sino un planeta lleno de vida, funcionando bajo la bendición de su Creador.
Árboles produciendo.
Animales viviendo.
Ríos corriendo.
La tierra respondiendo.
El hombre aprendiendo.
Y Dios contemplando aquello que había hecho y diciendo:
«bueno en gran manera».
Quizá ésa sea una de las mejores maneras de describir la naturaleza que conocieron Adán y Eva:
una creación que todavía se parecía plenamente a la intención de su Creador.
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