Dr. Elio M. Rivera
Hay una pregunta que escuchamos constantemente después de una tragedia natural:
«¿Dónde estaba Dios?»
Un volcán hace erupción y destruye poblaciones enteras.
Un huracán arrasa ciudades.
Un terremoto derrumba edificios y sepulta familias.
Un tornado atraviesa una comunidad en cuestión de minutos.
Una inundación destruye casas, caminos y cultivos.
Y entonces alguien pregunta:

«Si Dios es bueno, ¿por qué hizo un mundo así?»
Durante mucho tiempo yo también observé el mundo actual y pensé que necesariamente así había sido siempre.
Pero ése es precisamente uno de los errores que debemos evitar cuando intentamos reconstruir el mundo de Adán y Eva.
El mundo que nosotros conocemos no es el mundo que Dios entregó originalmente al hombre.
Génesis termina la creación con una declaración que no debemos pasar por alto:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
No dice que era parcialmente bueno.
No dice que contenía zonas maravillosas y otras diseñadas para destruir familias.
Dice:
«bueno en gran manera».
Y Pablo explica posteriormente que la creación actual se encuentra en una condición diferente:
«Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:20-22, RVR1960).
Observe cuidadosamente.
La creación:
«fue sujetada».
Está bajo:
«esclavitud de corrupción».
Y actualmente:
«gime».
Por tanto, aquello que hoy contemplamos no describe necesariamente la condición original de la naturaleza.
Algo ocurrió.
En mi libro insisto precisamente en esta diferencia: la creación actualmente está sometida a corrupción y espera ser libertada de una condición que no corresponde a su estado original.

Dios no entregó a sus hijos un mundo diseñado para destruirlos
Pensemos nuevamente en el Edén.
Dios mismo había preparado el lugar donde vivirían sus hijos.
Había plantado el huerto.
Había hecho crecer árboles:
«deliciosos a la vista, y buenos para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Había agua.
Alimento.
Animales.
Vegetación.
Recursos.
Belleza.
Y el hombre podía vivir allí bajo la bendición de Dios.
No encontramos en el relato a Adán preguntándose si aquella noche un tornado destruiría su casa.
No encontramos a Eva preguntándose si un terremoto abriría la tierra debajo de sus hijos.
No encontramos a la familia vigilando un volcán por temor a que una erupción borrara su comunidad.
No encontramos huracanes destruyendo el huerto.
No encontramos inundaciones arrasando sus hogares.
No encontramos una naturaleza intentando matar a quienes Dios acababa de colocar bajo su cuidado.
Al contrario.
El hombre recibe una creación sobre la cual puede ejercer gobierno:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Eso significa que originalmente el hombre no fue colocado como víctima indefensa de la naturaleza.
Fue colocado como gobernante de ella bajo la autoridad de Dios.
Este punto me parece crucial.
A veces preguntamos:

«¿Por qué Dios permitió que la naturaleza hiciera esto?»
Pero quizá antes tendríamos que preguntarnos:
«¿Es ésta la naturaleza que Dios entregó originalmente al hombre?»
Romanos dice que no.
La creación que hoy conocemos:
«gime».
Está sometida a:
«corrupción».
Y espera ser:
«libertada».
Eso significa que el terremoto destructivo, el huracán devastador, el volcán que sepulta una ciudad y las innumerables fuerzas naturales que producen muerte pertenecen al mundo tal como funciona ahora, no necesariamente al mundo que Dios llamó originalmente:
«bueno en gran manera».
Y esto cambia considerablemente la acusación contra Dios.
Porque Él no llevó a Adán y Eva a una región peligrosa y les dijo:
«Aquí tienen; traten de sobrevivir».
Les preparó Edén.
Un lugar bajo su presencia.
Un lugar bajo bendición.
Un lugar donde podían trabajar, criar hijos, aprender, administrar y disfrutar lo que Él les había dado.
El problema es que la humanidad posteriormente quiso administrar la Tierra independientemente de Dios.
Y esto continúa ocurriendo.
Construimos donde queremos.
Expandimos ciudades donde queremos.
Modificamos cauces.
Eliminamos vegetación.
Ocupamos llanuras de inundación.
Edificamos cerca de fallas geológicas.
Poblamos regiones volcánicas.
Construimos junto a costas expuestas a huracanes.
Tomamos decisiones económicas, políticas y urbanísticas sin preguntar absolutamente nada a Dios.
Después ocurre una tragedia y preguntamos:

«¿Dónde estaba Dios?»
No digo que cada víctima de una catástrofe sea responsable personalmente de encontrarse allí.
Sería injusto decirlo.
Muchísimas personas nacen en lugares que jamás escogieron y sufren consecuencias de decisiones tomadas por generaciones anteriores.
Pero como humanidad hemos asumido el gobierno de la Tierra prescindiendo del consejo de Aquel que la diseñó.
Y después culpamos al Diseñador de las consecuencias de administrar su creación sin Él.
Eso merece por lo menos ser considerado.
Dios había diseñado otra manera de gobernar:
el hombre administrando la creación bajo la dirección de su Padre.
La naturaleza original parece haber sido profundamente diferente
Génesis nos proporciona otras pistas.
Dios dijo al hombre:
«He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» (Génesis 1:29, RVR1960).
Después añade acerca de los animales:
«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer» (Génesis 1:30, RVR1960).
Observe nuevamente la escena original.
Plantas.
Frutas.
Vegetación.
Abundancia.
La muerte animal no aparece presentada como el mecanismo original mediante el cual las criaturas tendrían que mantenerse vivas.
Eso nos permite imaginar una naturaleza mucho más pacífica.
Y la relación de Adán con los animales parece confirmar esa realidad.
La Biblia dice:
«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).
Dios trae los animales delante de él.
Adán observa.
Clasifica.
Nombra.
Aprende.
En mi libro explico que esa responsabilidad implicaba conocimiento de la naturaleza, animales, horticultura, botánica y administración, y que Adán debía observar y cuidar aquello que Dios había puesto bajo su gobierno.
No aparece un hombre aterrorizado intentando defenderse de las criaturas.
Aparece alguien con autoridad sobre ellas.
Y el ambiente que describo en el libro es precisamente de tranquilidad, trabajo, convivencia y ausencia de la ansiedad que caracteriza nuestra relación actual con una creación muchas veces impredecible.
Entonces debemos considerar una posibilidad importante:
la naturaleza no solamente era más hermosa; estaba bajo otro orden.
La Tierra respondía de otra manera.
Los animales respondían de otra manera.
El hombre se relacionaba con ella de otra manera.
Y, sobre todo, la creación estaba bajo el gobierno de seres humanos que todavía caminaban con Dios.
¿Tenía el hombre autoridad sobre las fuerzas naturales?
Aquí encontramos algo fascinante cuando llegamos a Jesucristo.
Si nuestra tesis es que Cristo nos muestra cómo es Dios y, además, nos permite contemplar al hombre funcionando plenamente bajo la autoridad del Padre, hay una escena que no podemos ignorar.
Jesús y sus discípulos estaban en una barca cuando se levantó una gran tempestad.
La Biblia dice:
«Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mateo 8:24, RVR1960).
Los discípulos estaban aterrorizados.
Lo despertaron.
Y Jesús hizo algo extraordinario:
«Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza» (Mateo 8:26, RVR1960).
No construyó un refugio.
No esperó que terminara la tormenta.
No huyó.
Le habló.
Reprendió el viento.
Reprendió el mar.
Y ambos obedecieron.
Los discípulos reaccionaron diciendo:
«¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8:27, RVR1960).
Exactamente.
¿Qué clase de hombre era éste?
Cristo es Dios.
Pero también estaba mostrando qué sucede cuando la autoridad del Reino de Dios entra en contacto con una creación fuera de orden.
Él no tuvo miedo de la tormenta.
Ejerció autoridad sobre ella.
Y ésta no es la única escena bíblica donde seres humanos actuando bajo la autoridad de Dios intervienen sobre la naturaleza.
Moisés levantó su vara sobre el mar:
«Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco» (Éxodo 14:21, RVR1960).
Josué habló delante de Israel:
«Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón» (Josué 10:12, RVR1960).
Y la Escritura añade:
«Y el sol se detuvo y la luna se paró» (Josué 10:13, RVR1960).
Elías dijo:
«Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra» (1 Reyes 17:1, RVR1960).
Y Santiago recuerda ese acontecimiento:
«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia» (Santiago 5:17-18, RVR1960).
En todos estos casos la autoridad no era independiente de Dios.
No eran hombres actuando como pequeños dioses.
Eran seres humanos bajo autoridad divina ejerciendo autoridad dentro de la creación.
Eso es muy diferente.
Y me hace regresar inmediatamente a Génesis:
«sojuzgadla».
«señoread».
Quizá hemos reducido demasiado aquellas palabras.
El hombre fue colocado como administrador de la creación.
No como una criatura indefensa esperando que la creación hiciera con él lo que quisiera.
La creación espera nuevamente a los hijos de Dios
Entonces Romanos 8 adquiere una profundidad extraordinaria.
Pablo escribe:
«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19, RVR1960).
Esto siempre me ha impresionado.
La creación está esperando:
«la manifestación de los hijos de Dios».
¿Por qué la creación tendría interés en que los hijos de Dios se manifestaran?
Porque el versículo siguiente comienza a explicarlo.
La creación fue sujetada a corrupción.
Y después Pablo dice:
«porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Romanos 8:21, RVR1960).
Hay una relación entre:
los hijos de Dios
y:
la liberación de la creación.
En mi libro destaco precisamente esta conexión: la creación entera espera esa manifestación y su futura liberación.
No creo que debamos convertir esto en una fórmula simplista diciendo que cualquier creyente puede ordenar a cualquier huracán que desaparezca cuando quiera.
La autoridad bíblica siempre funciona bajo la autoridad y voluntad de Dios.
Jesús mismo decía:
«No puedo yo hacer nada por mí mismo» (Juan 5:30, RVR1960).
Pero tampoco debemos irnos al extremo contrario y convertir a los hijos de Dios en espectadores totalmente impotentes delante de una creación que, según Génesis, originalmente fue puesta bajo el gobierno del hombre.
La Biblia muestra hombres de Dios orando y viendo cambiar el clima.
Muestra mares abriéndose.
Muestra aguas siendo detenidas.
Muestra tormentas siendo reprendidas.
Muestra al Creador actuando a través de personas que estaban bajo su autoridad.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Qué ocurriría si los hijos de Dios aprendieran realmente a vivir bajo la autoridad de su Padre?
No con arrogancia.
No utilizando a Dios como si fuera una fuerza que podemos controlar.
Sino con la misma relación que Cristo mostró con su Padre.
Escuchando.
Obedeciendo.
Y actuando cuando Él lo indica.
Quizá parte de la manifestación de los hijos de Dios consiste precisamente en recuperar algo de la responsabilidad que originalmente perdimos:
gobernar bajo Dios aquello que Dios puso bajo el hombre.
Entonces, ¿dónde estaba Dios durante aquella tragedia?
Esta pregunta merece una respuesta más profunda que una frase religiosa.
Cuando ocurre un terremoto, un tornado, un huracán o una erupción volcánica y alguien pregunta:
«¿Dónde estaba Dios?»
yo ahora veo varias piezas.
Primero:
Dios no creó originalmente una naturaleza bajo corrupción.
La creación actual:
«gime».
Segundo:
Dios entregó al hombre responsabilidad sobre la Tierra.
Nos dijo:
«sojuzgadla»
y:
«señoread».
Tercero:
la humanidad decidió administrar esa Tierra independientemente de Dios.
Muchas veces vivimos, construimos y gobernamos sin pedir su dirección.
Cuarto:
Dios no ha abandonado a la creación.
Está trabajando hacia su restauración.
Y quinto:
aun dentro de esta condición, las Escrituras muestran que Dios puede intervenir sobre las fuerzas naturales y que puede hacerlo a través de personas que caminan bajo su autoridad.
Por tanto, quizá la pregunta:
«¿Dónde estaba Dios?»
tenga que ser acompañada de otra:
«¿Dónde estaban los hombres que Él había creado para gobernar la Tierra con Él?»
Y todavía una más:
«¿Estamos administrando este planeta escuchando al Creador o simplemente haciendo lo que queremos y pidiéndole después que nos proteja de todas nuestras decisiones?»
Estas preguntas no eliminan el dolor de las víctimas.
No debemos utilizarlas para culpar a quien acaba de perder un hijo, una casa o una familia.
La compasión debe venir primero.
Pero cuando estudiamos la historia humana completa, tenemos que reconocer que Dios no entregó originalmente a sus hijos un mundo semejante al que conocemos ahora.
Él les dio Edén.
Y eso cambia el punto de partida.
Apocalipsis nos muestra hacia dónde regresa la creación
Y aquí aparece nuevamente el final de la Biblia.
Juan escribe:
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).
Después:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
Y entonces:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Esto es enorme.
La historia bíblica comienza:
sin maldición.
Y termina:
sin maldición.
Comienza con el árbol de la vida.
Termina con el árbol de la vida.
Comienza con Dios y el hombre viviendo juntos.
Y termina diciendo:
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).
Mi libro conecta precisamente estos elementos de Apocalipsis con el Edén perdido: río, árbol de la vida, presencia divina y una creación restaurada.
Eso significa que las catástrofes que hoy contemplamos no tienen la última palabra.
La creación no permanecerá eternamente gimiendo.
No permanecerá eternamente bajo corrupción.
Tiene una promesa:
«será libertada».
¿Qué aprendimos de Dios?
Este capítulo corrige una acusación muy antigua.
Dios no creó una naturaleza cruel para sentarse después en el cielo a contemplar cómo destruía a sus hijos.
Ésa no es la naturaleza que Génesis describe.
Él creó algo:
«bueno en gran manera».
Preparó un lugar seguro.
Productivo.
Hermoso.
Abundante.
Y colocó allí a sus hijos con una responsabilidad:
gobernarlo con Él.
Esto me muestra a un Dios que desea orden.
Un Dios que desea vida.
Un Dios que quiere que la creación esté bajo un gobierno correcto.
Un Dios que no abandonó aquello que hizo cuando comenzó a corromperse.
Y un Dios que todavía está llevando su obra hacia la restauración.
También me muestra algo acerca de nosotros.
Fuimos creados para mucho más que sobrevivir a la naturaleza.
Fuimos creados para administrarla.
Y cuando Jesucristo se levantó dentro de aquella barca y dijo al viento y al mar que se callaran, por unos momentos volvimos a contemplar algo que parecía perdido:
un Hombre bajo la autoridad perfecta de Dios ejerciendo autoridad sobre la creación.
El viento obedeció.
El mar obedeció.
Y los discípulos preguntaron:
«¿Qué hombre es éste?»
Quizá esa pregunta tenga más profundidad de la que pensamos.
Porque Cristo no solamente nos estaba mostrando quién era Él.
También estaba comenzando a mostrarnos qué ocurre cuando el Reino de Dios vuelve a entrar en contacto con una creación fuera de orden.
Y Pablo dice que esa creación todavía está esperando algo:
«el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios».
Algún día esa espera terminará.
La creación será libertada.
El gobierno de Dios volverá a manifestarse plenamente.
Y entonces se escucharán unas palabras que explicarán finalmente por qué el mundo de Adán era tan diferente del nuestro:
«Y no habrá más maldición».
Tal vez entonces entenderemos plenamente cómo era aquella naturaleza que Dios entregó originalmente a sus hijos:
no una fuerza descontrolada de la que debían defenderse, sino una creación viva, ordenada y hermosa que había sido puesta bajo su cuidado y gobierno, mientras ellos permanecieran bajo el gobierno de su Padre.
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Escuche música con propósito
