Dr. Elio M. Rivera

  Hasta ahora hemos intentado reconstruir cómo vivían Adán y Eva.

  Hemos hablado de su familia.

  De su trabajo.

  De su inteligencia.

  De su relación con Dios.

  De la vida social del Edén.

  Pero todavía nos falta contemplar algo enorme:

el mundo natural que los rodeaba.

  Nosotros solamente conocemos una creación donde existe deterioro.

  Animales que enferman.

  Plantas que se secan.

  Árboles que mueren.

  Sequías.

  Tormentas.

  Plagas.

  Parásitos.

  Dolor.

  Depredación.

  Destrucción.

  Y finalmente muerte.

  Por eso fácilmente proyectamos nuestro mundo hacia atrás e imaginamos que Adán y Eva caminaban dentro de una naturaleza prácticamente igual a la nuestra.

  Pero Romanos nos obliga a reconsiderar esa imagen.

  Pablo dice:

«Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:20-22, RVR1960).

  Observe las expresiones:

«fue sujetada».

«esclavitud de corrupción».

«será libertada».

«gime».

  Eso significa que la condición actual de la naturaleza no es su condición original.

  Algo le ocurrió.

  La creación está viviendo actualmente bajo una condición que no tuvo desde el principio.

  Y eso coincide exactamente con lo que desarrollo en mi libro: Romanos presenta a una creación que fue sometida posteriormente a corrupción y que espera una liberación futura.

Un mundo que Dios llamó «bueno en gran manera»

  Regresemos entonces a Génesis.

  Después de concluir su obra, la Escritura dice:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).

  No solamente bueno.

«Bueno en gran manera».

  Esa frase debe controlar nuestra imaginación.

  El Creador contempló la totalidad del mundo que había preparado y aprobó su condición.

  Eso incluye la tierra.

  Las aguas.

  Los árboles.

  Las plantas.

  Los animales.

  Las aves.

  Los peces.

  Y el hombre.

  Todo funcionaba dentro del orden que Dios había establecido.

  El propio relato nos permite observar algunos detalles de aquella condición.

  Dios dijo al hombre:

«He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» (Génesis 1:29, RVR1960).

  Y después habla de los animales:

«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer» (Génesis 1:30, RVR1960).

  Esto me parece extraordinariamente importante.

  La alimentación original que Génesis menciona para el hombre procede de las plantas y los frutos.

  Y cuando habla de los animales, también dice:

«toda planta verde les será para comer».

  En esa descripción inicial no encontramos a Dios diciendo:

«el león comerá a la gacela».

  No encontramos animales destrozándose unos a otros para sobrevivir.

  No encontramos muerte utilizada como mecanismo para alimentar otra vida.

  Encontramos vegetación.

  Fruto.

  Semillas.

  Plantas.

  Una creación donde la provisión ya estaba disponible.

  Eso por sí solo nos obliga a reconsiderar la imagen de la naturaleza original.

  El Edén no parece haber sido un mundo donde Adán contemplaba tranquilamente cómo un animal despedazaba a otro a pocos metros de distancia.

  Génesis describe otra cosa.

  Dios había provisto alimento sin necesidad de presentar la muerte animal como parte de aquella provisión original.

  Y eso es coherente con la declaración:

«bueno en gran manera».

  El hombre tampoco tenía que matar para comer.

  Dios había llenado el mundo de alimento.

  Había árboles:

«buenos para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Y había abundancia suficiente para que Dios dijera:

«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).

  No vemos escasez.

  No vemos lucha desesperada por alimento.

  No vemos criaturas compitiendo hasta destruirse unas a otras.

  Vemos provisión.

También debemos recordar que todavía no existía la maldición sobre la tierra.

  Eso es fundamental.

  Génesis distingue claramente entre la tierra que Adán trabajaba inicialmente y la condición que posteriormente sería anunciada con palabras diferentes.

  En mi libro señalo precisamente que la maldición bíblica introduce una condición negativa donde antes existía bendición; es decir, sustituye una realidad favorable por otra marcada por dificultad y quebranto.

  Por tanto, antes de aquella alteración no debemos colocar retrospectivamente en el mundo original aquello que la propia Biblia presenta después como consecuencia.

  Adán conocía una tierra productiva.

  Una tierra que podía labrar.

  Un huerto diseñado por Dios.

  Una naturaleza que debía cuidar y estudiar.

  Como desarrollo en mi libro, su responsabilidad incluía observar la naturaleza, aprender botánica, horticultura, cuidado de animales y administración de aquello que Dios había puesto bajo su autoridad.

  Eso significa que Adán convivió muy cerca de animales.

  Los observó.

  Los distinguió.

  Los nombró.

  Y Génesis no presenta esa relación como una guerra constante entre el hombre y las criaturas.

  Dios:

«las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Piense en la escena.

  Los animales llegan delante de él.

  Adán observa.

  Se acerca.

  Distingue características.

  Aprende.

  Nombra.

  No encontramos temor dominando aquella relación.

  No encontramos al hombre armado para defenderse de aquello que Dios le acerca.

  Encontramos autoridad.

  Conocimiento.

  Y convivencia.

  Eso coincide con la atmósfera que describo en el libro: un huerto caracterizado por tranquilidad, paz, trabajo, convivencia, celebración y descanso, no por afán permanente o lucha desesperada contra la naturaleza.

Romanos nos permite mirar hacia atrás

  Y aquí Romanos 8 se vuelve una clave extraordinaria.

  Pablo no dice simplemente que el ser humano sufre.

  Dice:

«toda la creación gime».

  Eso incluye mucho más que nosotros.

  El mundo natural está involucrado.

  Algo de su condición original se perdió.

  Pablo utiliza incluso una expresión muy fuerte:

«esclavitud de corrupción».

  Corrupción significa deterioro.

  Descomposición.

  Algo que deja de conservar indefinidamente su condición original.

  Y la palabra «libertada» implica que esa condición no es definitiva.

  La creación espera salir de ella.

  Por eso, si queremos imaginar la naturaleza que conocieron Adán y Eva, debemos hacer el recorrido contrario.

  Si ahora está sometida a corrupción…

  antes no estaba sometida a ella.

  Si ahora gime…

  existió una condición anterior que no estaba caracterizada por ese gemido.

  Si será libertada…

  significa que la corrupción no pertenece al propósito final de Dios para su creación.

  Y esto nos lleva a Apocalipsis.

Apocalipsis nos ayuda a reconstruir el principio

  Una de las razones por las que considero que Apocalipsis es tan importante para comprender Génesis es porque la Biblia termina restaurando muchas de las cosas que aparecieron al principio.

  Juan escribe:

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).

  Y después:

«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).

  Otra vez encontramos:

  río.

  Árbol.

  Fruto.

  Vida.

  Abundancia.

  Y después una declaración que nos ayuda a interpretar todo el escenario:

«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).

  Para mí, esas palabras son enormes.

  Si queremos saber hacia dónde conduce la restauración de Cristo, leamos cuidadosamente:

«no habrá más maldición».

  Eso significa que la condición final vuelve a estar libre de aquello que actualmente afecta la creación.

  Y precisamente por eso Apocalipsis puede ayudarnos a mirar hacia atrás.

  Génesis comienza sin maldición.

  Apocalipsis termina sin maldición.

  Génesis comienza con río y árbol de vida.

  Apocalipsis termina con río y árbol de vida.

  Génesis comienza con Dios presente entre los hombres.

  Apocalipsis declara:

«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).

  Estas semejanzas no me parecen accidentales.

  La restauración nos permite contemplar algo del diseño original.

  Mi libro utiliza precisamente la reaparición del río y del árbol de la vida en Apocalipsis para conectar el mundo final con el Edén que se perdió.

  Por eso, cuando vemos en Apocalipsis una creación sin maldición, llena de vida y bajo la presencia de Dios, obtenemos una ventana para comprender mejor el mundo que Adán y Eva recibieron.

Un mundo que todavía cooperaba con el hombre.

  Ésta es una idea que considero muy importante.

  Adán había recibido la orden:

«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Pero gobernar una creación sana es algo muy diferente de administrar una creación enferma.

  Imagine agricultura sin tener que combatir continuamente plagas destructivas.

  Cuidado de animales sin muchas de las enfermedades que actualmente los afectan.

  Árboles que producen abundantemente.

  Tierra fértil.

  Agua limpia.

  Ambientes capaces de sostener la vida como fueron diseñados.

  Animales que podían aproximarse al hombre sin la relación de temor que nosotros conocemos.

  No puedo describir cada mecanismo porque la Biblia no lo hace.

  Pero sí puedo decir que aquella creación todavía no había sido:

«sujetada a vanidad»

  ni estaba bajo:

«esclavitud de corrupción».

  Eso hace una enorme diferencia.

  El mundo que Adán recibió no estaba agonizando.

  Estaba vivo.

  Y Dios lo había declarado:

«bueno en gran manera».

  Piense también en la belleza.

  Dios no diseñó la naturaleza únicamente como maquinaria útil.

  El texto insiste:

«todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Delicioso:

«a la vista».

  El Creador llenó aquel mundo de belleza que no era necesaria simplemente para sobrevivir.

  Colores.

  Formas.

  Aromas.

  Sonidos.

  Paisajes.

  Animales extraordinarios.

  Flores.

  Árboles.

  Agua.

  Montañas.

  Cielos.

  Estrellas.

  Una creación que podía estudiarse, trabajarse y también disfrutarse.

  Y Adán había sido creado con sentidos capaces de experimentar todo aquello.

  Quizá tenemos que dejar de imaginar el mundo original simplemente como nuestro planeta actual, pero sin ciudades modernas.

  Era una naturaleza bajo una condición diferente.

  Todavía no esclavizada a corrupción.

  Todavía no sometida al gemido que Pablo describe.

  Todavía bajo la condición que Dios mismo había llamado:

«bueno en gran manera».

¿Qué aprendimos de Dios?

  Nuestro propósito sigue siendo descubrir cómo es Dios observando lo que hizo.

  Y la naturaleza original nos dice muchísimo acerca de Él.

  Dios no preparó para sus hijos un planeta hostil y después les ordenó sobrevivir como pudieran.

  Les entregó una creación abundante.

  Productiva.

  Hermosa.

  Llena de alimento.

  Llena de vida.

  Llena de cosas por descubrir.

  Una creación que podía ser trabajada, administrada y disfrutada.

  Eso nos muestra a un Dios que ama la vida.

  Un Dios que disfruta la belleza.

  Un Dios que proporciona abundantemente.

  Un Dios que piensa en detalles.

  Un Dios que hizo posible que criaturas diferentes coexistieran dentro de un mismo sistema.

  Un Dios que creó un mundo donde el hombre podía aprender durante toda su vida y todavía tener cosas nuevas por descubrir.

  Y Romanos nos revela algo más:

Dios no ha abandonado a su creación en su condición actual.

  Pablo dice:

«la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción» (Romanos 8:21, RVR1960).

  La creación tiene futuro.

  La restauración de Dios no se limita al alma humana.

  Alcanza aquello que Él hizo.

  Y Apocalipsis nos permite contemplar el resultado:

vida.

río.

árbol.

fruto.

presencia de Dios.

  Y una frase que quizá resume todo lo que estamos intentando comprender:

«Y no habrá más maldición».

  Cuando leo eso, puedo mirar hacia atrás y comenzar a imaginar mejor lo que Adán y Eva contemplaban cada mañana.

  No una naturaleza luchando por sobrevivir.

  No un mundo agotándose.

  No una creación gimiendo.

  Sino un planeta lleno de vida, funcionando bajo la bendición de su Creador.

  Árboles produciendo.

  Animales viviendo.

  Ríos corriendo.

  La tierra respondiendo.

  El hombre aprendiendo.

  Y Dios contemplando aquello que había hecho y diciendo:

«bueno en gran manera».

  Quizá ésa sea una de las mejores maneras de describir la naturaleza que conocieron Adán y Eva:

una creación que todavía se parecía plenamente a la intención de su Creador.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hay una pregunta que escuchamos constantemente después de una tragedia natural:

«¿Dónde estaba Dios

  Un volcán hace erupción y destruye poblaciones enteras.

  Un huracán arrasa ciudades.

  Un terremoto derrumba edificios y sepulta familias.

  Un tornado atraviesa una comunidad en cuestión de minutos.

  Una inundación destruye casas, caminos y cultivos.

  Y entonces alguien pregunta:

«Si Dios es bueno, ¿por qué hizo un mundo así?»

  Durante mucho tiempo yo también observé el mundo actual y pensé que necesariamente así había sido siempre.

  Pero ése es precisamente uno de los errores que debemos evitar cuando intentamos reconstruir el mundo de Adán y Eva.

  El mundo que nosotros conocemos no es el mundo que Dios entregó originalmente al hombre.

  Génesis termina la creación con una declaración que no debemos pasar por alto:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).

  No dice que era parcialmente bueno.

  No dice que contenía zonas maravillosas y otras diseñadas para destruir familias.

  Dice:

«bueno en gran manera».

  Y Pablo explica posteriormente que la creación actual se encuentra en una condición diferente:

«Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:20-22, RVR1960).

  Observe cuidadosamente.

  La creación:

«fue sujetada».

  Está bajo:

«esclavitud de corrupción».

  Y actualmente:

«gime».

  Por tanto, aquello que hoy contemplamos no describe necesariamente la condición original de la naturaleza.

  Algo ocurrió.

  En mi libro insisto precisamente en esta diferencia: la creación actualmente está sometida a corrupción y espera ser libertada de una condición que no corresponde a su estado original.

Dios no entregó a sus hijos un mundo diseñado para destruirlos

  Pensemos nuevamente en el Edén.

  Dios mismo había preparado el lugar donde vivirían sus hijos.

  Había plantado el huerto.

  Había hecho crecer árboles:

«deliciosos a la vista, y buenos para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Había agua.

  Alimento.

  Animales.

  Vegetación.

  Recursos.

  Belleza.

  Y el hombre podía vivir allí bajo la bendición de Dios.

  No encontramos en el relato a Adán preguntándose si aquella noche un tornado destruiría su casa.

  No encontramos a Eva preguntándose si un terremoto abriría la tierra debajo de sus hijos.

  No encontramos a la familia vigilando un volcán por temor a que una erupción borrara su comunidad.

  No encontramos huracanes destruyendo el huerto.

  No encontramos inundaciones arrasando sus hogares.

  No encontramos una naturaleza intentando matar a quienes Dios acababa de colocar bajo su cuidado.

  Al contrario.

  El hombre recibe una creación sobre la cual puede ejercer gobierno:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Eso significa que originalmente el hombre no fue colocado como víctima indefensa de la naturaleza.

  Fue colocado como gobernante de ella bajo la autoridad de Dios.

  Este punto me parece crucial.

  A veces preguntamos:

«¿Por qué Dios permitió que la naturaleza hiciera esto?»

  Pero quizá antes tendríamos que preguntarnos:

«¿Es ésta la naturaleza que Dios entregó originalmente al hombre?»

  Romanos dice que no.

  La creación que hoy conocemos:

«gime».

  Está sometida a:

«corrupción».

  Y espera ser:

«libertada».

  Eso significa que el terremoto destructivo, el huracán devastador, el volcán que sepulta una ciudad y las innumerables fuerzas naturales que producen muerte pertenecen al mundo tal como funciona ahora, no necesariamente al mundo que Dios llamó originalmente:

«bueno en gran manera».

  Y esto cambia considerablemente la acusación contra Dios.

  Porque Él no llevó a Adán y Eva a una región peligrosa y les dijo:

«Aquí tienen; traten de sobrevivir».

  Les preparó Edén.

  Un lugar bajo su presencia.

  Un lugar bajo bendición.

  Un lugar donde podían trabajar, criar hijos, aprender, administrar y disfrutar lo que Él les había dado.

  El problema es que la humanidad posteriormente quiso administrar la Tierra independientemente de Dios.

  Y esto continúa ocurriendo.

  Construimos donde queremos.

  Expandimos ciudades donde queremos.

  Modificamos cauces.

  Eliminamos vegetación.

  Ocupamos llanuras de inundación.

  Edificamos cerca de fallas geológicas.

  Poblamos regiones volcánicas.

  Construimos junto a costas expuestas a huracanes.

  Tomamos decisiones económicas, políticas y urbanísticas sin preguntar absolutamente nada a Dios.

  Después ocurre una tragedia y preguntamos:

«¿Dónde estaba Dios?»

  No digo que cada víctima de una catástrofe sea responsable personalmente de encontrarse allí.

  Sería injusto decirlo.

  Muchísimas personas nacen en lugares que jamás escogieron y sufren consecuencias de decisiones tomadas por generaciones anteriores.

  Pero como humanidad hemos asumido el gobierno de la Tierra prescindiendo del consejo de Aquel que la diseñó.

  Y después culpamos al Diseñador de las consecuencias de administrar su creación sin Él.

  Eso merece por lo menos ser considerado.

  Dios había diseñado otra manera de gobernar:

el hombre administrando la creación bajo la dirección de su Padre.

La naturaleza original parece haber sido profundamente diferente

  Génesis nos proporciona otras pistas.

  Dios dijo al hombre:

«He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» (Génesis 1:29, RVR1960).

  Después añade acerca de los animales:

«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer» (Génesis 1:30, RVR1960).

  Observe nuevamente la escena original.

  Plantas.

  Frutas.

  Semillas.

  Vegetación.

  Abundancia.

  La muerte animal no aparece presentada como el mecanismo original mediante el cual las criaturas tendrían que mantenerse vivas.

  Eso nos permite imaginar una naturaleza mucho más pacífica.

  Y la relación de Adán con los animales parece confirmar esa realidad.

  La Biblia dice:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).

  Dios trae los animales delante de él.

  Adán observa.

  Clasifica.

  Nombra.

  Aprende.

  En mi libro explico que esa responsabilidad implicaba conocimiento de la naturaleza, animales, horticultura, botánica y administración, y que Adán debía observar y cuidar aquello que Dios había puesto bajo su gobierno.

  No aparece un hombre aterrorizado intentando defenderse de las criaturas.

  Aparece alguien con autoridad sobre ellas.

  Y el ambiente que describo en el libro es precisamente de tranquilidad, trabajo, convivencia y ausencia de la ansiedad que caracteriza nuestra relación actual con una creación muchas veces impredecible.

  Entonces debemos considerar una posibilidad importante:

la naturaleza no solamente era más hermosa; estaba bajo otro orden.

  La Tierra respondía de otra manera.

  Los animales respondían de otra manera.

  El hombre se relacionaba con ella de otra manera.

  Y, sobre todo, la creación estaba bajo el gobierno de seres humanos que todavía caminaban con Dios.

¿Tenía el hombre autoridad sobre las fuerzas naturales?

  Aquí encontramos algo fascinante cuando llegamos a Jesucristo.

  Si nuestra tesis es que Cristo nos muestra cómo es Dios y, además, nos permite contemplar al hombre funcionando plenamente bajo la autoridad del Padre, hay una escena que no podemos ignorar.

  Jesús y sus discípulos estaban en una barca cuando se levantó una gran tempestad.

  La Biblia dice:

«Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mateo 8:24, RVR1960).

  Los discípulos estaban aterrorizados.

  Lo despertaron.

  Y Jesús hizo algo extraordinario:

«Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza» (Mateo 8:26, RVR1960).

  No construyó un refugio.

  No esperó que terminara la tormenta.

  No huyó.

Le habló.

  Reprendió el viento.

  Reprendió el mar.

  Y ambos obedecieron.

  Los discípulos reaccionaron diciendo:

«¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8:27, RVR1960).

  Exactamente.

  ¿Qué clase de hombre era éste?

  Cristo es Dios.

  Pero también estaba mostrando qué sucede cuando la autoridad del Reino de Dios entra en contacto con una creación fuera de orden.

  Él no tuvo miedo de la tormenta.

  Ejerció autoridad sobre ella.

  Y ésta no es la única escena bíblica donde seres humanos actuando bajo la autoridad de Dios intervienen sobre la naturaleza.

  Moisés levantó su vara sobre el mar:

«Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco» (Éxodo 14:21, RVR1960).

  Josué habló delante de Israel:

«Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón» (Josué 10:12, RVR1960).

  Y la Escritura añade:

«Y el sol se detuvo y la luna se paró» (Josué 10:13, RVR1960).

  Elías dijo:

«Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra» (1 Reyes 17:1, RVR1960).

  Y Santiago recuerda ese acontecimiento:

«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia» (Santiago 5:17-18, RVR1960).

  En todos estos casos la autoridad no era independiente de Dios.

  No eran hombres actuando como pequeños dioses.

  Eran seres humanos bajo autoridad divina ejerciendo autoridad dentro de la creación.

  Eso es muy diferente.

  Y me hace regresar inmediatamente a Génesis:

«sojuzgadla».

«señoread».

  Quizá hemos reducido demasiado aquellas palabras.

  El hombre fue colocado como administrador de la creación.

  No como una criatura indefensa esperando que la creación hiciera con él lo que quisiera.

La creación espera nuevamente a los hijos de Dios

  Entonces Romanos 8 adquiere una profundidad extraordinaria.

  Pablo escribe:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19, RVR1960).

  Esto siempre me ha impresionado.

  La creación está esperando:

«la manifestación de los hijos de Dios».

  ¿Por qué la creación tendría interés en que los hijos de Dios se manifestaran?

  Porque el versículo siguiente comienza a explicarlo.

  La creación fue sujetada a corrupción.

  Y después Pablo dice:

«porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Romanos 8:21, RVR1960).

  Hay una relación entre:

los hijos de Dios

  y:

la liberación de la creación.

  En mi libro destaco precisamente esta conexión: la creación entera espera esa manifestación y su futura liberación.

  No creo que debamos convertir esto en una fórmula simplista diciendo que cualquier creyente puede ordenar a cualquier huracán que desaparezca cuando quiera.

  La autoridad bíblica siempre funciona bajo la autoridad y voluntad de Dios.

  Jesús mismo decía:

«No puedo yo hacer nada por mí mismo» (Juan 5:30, RVR1960).

  Pero tampoco debemos irnos al extremo contrario y convertir a los hijos de Dios en espectadores totalmente impotentes delante de una creación que, según Génesis, originalmente fue puesta bajo el gobierno del hombre.

  La Biblia muestra hombres de Dios orando y viendo cambiar el clima.

  Muestra mares abriéndose.

  Muestra aguas siendo detenidas.

  Muestra tormentas siendo reprendidas.

  Muestra al Creador actuando a través de personas que estaban bajo su autoridad.

  Y entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Qué ocurriría si los hijos de Dios aprendieran realmente a vivir bajo la autoridad de su Padre?

  No con arrogancia.

  No utilizando a Dios como si fuera una fuerza que podemos controlar.

  Sino con la misma relación que Cristo mostró con su Padre.

  Escuchando.

  Obedeciendo.

  Y actuando cuando Él lo indica.

  Quizá parte de la manifestación de los hijos de Dios consiste precisamente en recuperar algo de la responsabilidad que originalmente perdimos:

gobernar bajo Dios aquello que Dios puso bajo el hombre.

Entonces, ¿dónde estaba Dios durante aquella tragedia?

  Esta pregunta merece una respuesta más profunda que una frase religiosa.

  Cuando ocurre un terremoto, un tornado, un huracán o una erupción volcánica y alguien pregunta:

«¿Dónde estaba Dios?»

  yo ahora veo varias piezas.

  Primero:

Dios no creó originalmente una naturaleza bajo corrupción.

  La creación actual:

«gime».

  Segundo:

Dios entregó al hombre responsabilidad sobre la Tierra.

  Nos dijo:

«sojuzgadla»

  y:

«señoread».

  Tercero:

  la humanidad decidió administrar esa Tierra independientemente de Dios.

  Muchas veces vivimos, construimos y gobernamos sin pedir su dirección.

  Cuarto:

  Dios no ha abandonado a la creación.

  Está trabajando hacia su restauración.

  Y quinto:

  aun dentro de esta condición, las Escrituras muestran que Dios puede intervenir sobre las fuerzas naturales y que puede hacerlo a través de personas que caminan bajo su autoridad.

  Por tanto, quizá la pregunta:

«¿Dónde estaba Dios?»

  tenga que ser acompañada de otra:

«¿Dónde estaban los hombres que Él había creado para gobernar la Tierra con Él?»

  Y todavía una más:

«¿Estamos administrando este planeta escuchando al Creador o simplemente haciendo lo que queremos y pidiéndole después que nos proteja de todas nuestras decisiones?»

  Estas preguntas no eliminan el dolor de las víctimas.

  No debemos utilizarlas para culpar a quien acaba de perder un hijo, una casa o una familia.

  La compasión debe venir primero.

  Pero cuando estudiamos la historia humana completa, tenemos que reconocer que Dios no entregó originalmente a sus hijos un mundo semejante al que conocemos ahora.

  Él les dio Edén.

  Y eso cambia el punto de partida.

Apocalipsis nos muestra hacia dónde regresa la creación

  Y aquí aparece nuevamente el final de la Biblia.

  Juan escribe:

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1, RVR1960).

  Después:

«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).

  Y entonces:

«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).

  Esto es enorme.

  La historia bíblica comienza:

sin maldición.

  Y termina:

sin maldición.

  Comienza con el árbol de la vida.

  Termina con el árbol de la vida.

  Comienza con Dios y el hombre viviendo juntos.

  Y termina diciendo:

«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Apocalipsis 21:3, RVR1960).

  Mi libro conecta precisamente estos elementos de Apocalipsis con el Edén perdido: río, árbol de la vida, presencia divina y una creación restaurada.

  Eso significa que las catástrofes que hoy contemplamos no tienen la última palabra.

  La creación no permanecerá eternamente gimiendo.

  No permanecerá eternamente bajo corrupción.

  Tiene una promesa:

«será libertada».

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo corrige una acusación muy antigua.

  Dios no creó una naturaleza cruel para sentarse después en el cielo a contemplar cómo destruía a sus hijos.

  Ésa no es la naturaleza que Génesis describe.

  Él creó algo:

«bueno en gran manera».

  Preparó un lugar seguro.

  Productivo.

  Hermoso.

  Abundante.

  Y colocó allí a sus hijos con una responsabilidad:

gobernarlo con Él.

  Esto me muestra a un Dios que desea orden.

  Un Dios que desea vida.

  Un Dios que quiere que la creación esté bajo un gobierno correcto.

  Un Dios que no abandonó aquello que hizo cuando comenzó a corromperse.

  Y un Dios que todavía está llevando su obra hacia la restauración.

  También me muestra algo acerca de nosotros.

  Fuimos creados para mucho más que sobrevivir a la naturaleza.

  Fuimos creados para administrarla.

  Y cuando Jesucristo se levantó dentro de aquella barca y dijo al viento y al mar que se callaran, por unos momentos volvimos a contemplar algo que parecía perdido:

un Hombre bajo la autoridad perfecta de Dios ejerciendo autoridad sobre la creación.

  El viento obedeció.

  El mar obedeció.

  Y los discípulos preguntaron:

«¿Qué hombre es éste?»

  Quizá esa pregunta tenga más profundidad de la que pensamos.

  Porque Cristo no solamente nos estaba mostrando quién era Él.

  También estaba comenzando a mostrarnos qué ocurre cuando el Reino de Dios vuelve a entrar en contacto con una creación fuera de orden.

  Y Pablo dice que esa creación todavía está esperando algo:

«el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios».

  Algún día esa espera terminará.

  La creación será libertada.

  El gobierno de Dios volverá a manifestarse plenamente.

  Y entonces se escucharán unas palabras que explicarán finalmente por qué el mundo de Adán era tan diferente del nuestro:

«Y no habrá más maldición».

  Tal vez entonces entenderemos plenamente cómo era aquella naturaleza que Dios entregó originalmente a sus hijos:

no una fuerza descontrolada de la que debían defenderse, sino una creación viva, ordenada y hermosa que había sido puesta bajo su cuidado y gobierno, mientras ellos permanecieran bajo el gobierno de su Padre.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hasta ahora hemos intentado reconstruir el mundo de Adán y Eva mirando hacia atrás.

  Génesis nos ha permitido contemplar algunas piezas.

  Pero existe otra manera extraordinaria de hacerlo:

mirar hacia adelante.

  Porque los profetas describieron un tiempo en el que Jesucristo gobernará sobre la Tierra y muchas de las condiciones que hoy consideramos normales comenzarán a cambiar.

  La guerra.

  La violencia.

  La esterilidad de la tierra.

  El temor a los animales.

  La injusticia.

  La opresión.

  La enfermedad.

  La brevedad de la vida.

  El trabajo que no produce fruto.

  Todo comienza a verse diferente bajo el gobierno del Mesías.

  Y eso me parece extraordinariamente importante para nuestra investigación.

  Porque si Cristo es el Redentor, y redimir significa recuperar aquello que fue perdido, entonces observar lo que Cristo restaura puede ayudarnos indirectamente a comprender cómo era el mundo antes de perderlo.

  Ezequiel llega incluso a utilizar una expresión que prácticamente nos obliga a hacer esa conexión:

«Esta tierra que era asolada ha venido a ser como el huerto de Edén» (Ezequiel 36:35, RVR1960).

  No es una comparación que yo esté inventando.

  La propia profecía utiliza al Edén como modelo de restauración.

El Dios-hombre gobernando la Tierra

  El cambio más importante no comienza con mejores cosechas.

  No comienza con los animales.

  No comienza con la economía.

  Comienza con quién gobierna.

  Zacarías lo dice de una manera impresionante:

«Y Jehová será rey sobre toda la tierra» (Zacarías 14:9, RVR1960).

  Y nosotros sabemos quién es ese Rey.

  El Verbo que se hizo carne.

  Jesucristo.

  El Dios-hombre.

  Por primera vez desde que la humanidad perdió el gobierno bajo Dios, contemplamos sobre la Tierra a un Hombre gobernando perfectamente bajo la voluntad del Padre.

  Isaías lo describe:

«Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová» (Isaías 11:2, RVR1960).

  Y a continuación aparecen las características de su gobierno:

  sabiduría,

  inteligencia,

  consejo,

  poder,

  conocimiento,

  temor de Jehová.

  No tendremos a un gobernante que decide conforme a encuestas.

  No gobernará por intereses económicos.

  No estará sujeto a corrupción.

  No habrá grupos de presión comprando sus decisiones.

  No tendrá información incompleta.

  Isaías dice que:

Jesucristo restaura el reino de Dios sobre la tierra

«juzgará con justicia a los pobres»

  y actuará:

«con equidad» (Isaías 11:4, RVR1960).

  Imagine por un momento una Tierra donde el gobernante principal nunca se equivoca.

  Nunca acepta sobornos.

  Nunca favorece al poderoso porque sea poderoso.

  Nunca abandona al débil porque no puede darle nada a cambio.

  Nunca desconoce la verdad de un asunto.

  Nunca actúa movido por orgullo.

  El Rey sería el mismo Jesucristo.

  Y Salmos 72 describe el efecto de un gobierno semejante: justicia para el afligido, defensa del necesitado, derrota del opresor y una enorme expansión de la paz.

  Esto comienza a mostrarnos algo que perdimos en Edén.

  El problema del mundo no es solamente que necesitamos mejores leyes.

  Necesitamos volver al gobierno de Dios.

Un mundo donde la guerra deja de ser normal

  Hay una realidad humana que hemos aceptado como si fuera inevitable:

la guerra.

  Una generación pelea contra otra.

  Una nación invade a otra.

  Los gobiernos gastan enormes cantidades de recursos preparándose para destruirse mutuamente.

  Y nosotros lo llamamos normal porque nunca hemos conocido otra historia.

  Pero los profetas anuncian otra cosa.

  Miqueas dice que bajo el gobierno de Dios las naciones recibirán instrucción del Señor y convertirán sus armas de guerra en instrumentos productivos; ya no aprenderán la guerra y podrán vivir sin temor.

  Eso me parece extraordinario.

  Observe la transformación.

  Una espada sirve para matar.

  Un instrumento agrícola sirve para producir alimento.

  El metal continúa existiendo.

  La inteligencia continúa existiendo.

  La capacidad tecnológica continúa existiendo.

  Lo que cambia es para qué se utiliza.

  Cuando cambia el gobierno, cambian las prioridades.

  De destruir…

  a producir.

  De conquistar…

  a cultivar.

  De defenderse constantemente…

  a vivir seguros.

  Miqueas describe personas sentadas bajo su vid y su higuera:

sin que nadie las atemorice.

  Imagine familias sin miedo a que sus hijos sean enviados a una guerra.

  Sin misiles.

  Sin refugios.

  Sin desplazados huyendo de ciudades destruidas.

  Sin presupuestos enormes destinados a matar.

  No porque la humanidad finalmente haya descubierto cómo gobernarse sola.

  Sino porque el Rey ha cambiado.

La Tierra vuelve a producir con una abundancia extraordinaria

  Entonces la restauración alcanza la creación.

  Amós describe una fertilidad tan extraordinaria que utiliza una imagen sorprendente: el que ara alcanza al que siega; las cosechas parecen sucederse unas a otras casi sin interrupción. Después habla de ciudades reconstruidas, viñas, huertos y personas comiendo lo que ellas mismas producen.

  Otra vez encontramos:

  tierra,

  cultivo,

  fruto,

  huertos,

  trabajo,

  abundancia.

  Pero ahora funcionando bajo bendición.

  Ezequiel describe:

«lluvias de bendición»

  y una tierra donde los árboles y el campo vuelven a producir abundantemente.

  Y posteriormente dice:

«Esta tierra que era asolada ha venido a ser como el huerto de Edén» (Ezequiel 36:35, RVR1960).

  Ahí está la conexión.

  Restaurar significa que una tierra arruinada comienza otra vez a parecerse al Edén.

  Isaías añade otra escena.

  El desierto florece.

  Aparecen aguas donde antes había sequedad.

  La tierra sedienta recibe manantiales.

  El mundo bajo Cristo no parece una Tierra abandonada mientras nosotros flotamos espiritualmente en algún lugar.

  Hay agricultura.

  Hay casas.

  Hay trabajo.

  Hay animales.

  Hay ciudades.

  Hay niños.

  Hay ancianos.

  Hay árboles.

  Hay fruto.

  Hay vida.

El trabajo vuelve a producir satisfacción

  Esto conecta directamente con algo que ya hemos estudiado.

  Una de las consecuencias de la caída alcanzó el trabajo.

  Pero Isaías describe un tiempo donde las personas:

  edifican casas y viven en ellas,

  plantan y disfrutan lo plantado,

  y dejan de trabajar inútilmente.

  Isaías 65 dice algo hermoso:

«mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos» (Isaías 65:22, RVR1960).

  Eso me recuerda inmediatamente el mundo de Adán.

  Trabajar.

  Producir.

  Y disfrutar lo producido.

  No construir para que otro venga y lo destruya.

  No sembrar para que otro se lo lleve.

  No trabajar toda una vida para terminar sin disfrutar nada.

  Existe propiedad.

  Seguridad.

  Productividad.

  Satisfacción.

  El trabajo continúa.

  Pero comienza nuevamente a parecer bendición.

La relación entre los animales vuelve a cambiar

  Quizá una de las profecías más impresionantes sea Isaías 11.

  Después de describir al Mesías gobernando bajo el Espíritu de Dios, Isaías inmediatamente describe una transformación dentro del reino animal.

  El lobo con el cordero.

  El leopardo con el cabrito.

  El becerro con el león.

  Un niño moviéndose con seguridad entre ellos.

  Incluso animales que actualmente identificamos como depredadores aparecen alimentándose de manera diferente.

  Y entonces aparece la frase:

«No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte» (Isaías 11:9, RVR1960).

  Isaías 65 vuelve a presentar la misma escena:

«El lobo y el cordero serán apacentados juntos» (Isaías 65:25, RVR1960).

  ¿Por qué ocurre esto cuando gobierna Cristo?

  Porque algo está siendo restaurado.

  Y esto nos proporciona otra ventana hacia Génesis.

  Allí vimos que Dios había dado plantas como alimento tanto al hombre como a los animales.

  Ahora, cuando el Mesías gobierna, volvemos a contemplar una naturaleza donde la relación entre las criaturas se mueve nuevamente hacia la paz.

  Eso difícilmente parece accidental.

  Es como si la creación comenzara a recordar para qué había sido hecha.

La enfermedad también retrocede

  Isaías 35 describe otro aspecto extraordinario.

  Cuando Dios viene a salvar, los ciegos ven, los sordos oyen, el cojo salta y el mudo canta; al mismo tiempo, la naturaleza árida vuelve a llenarse de agua y vida.

  Observe nuevamente algo que hemos visto en Jesucristo.

  Cuando estuvo aquí por primera vez:

  sanó ciegos.

  Hizo oír a sordos.

  Levantó paralíticos.

  Sanó enfermos.

  Y hasta reprendió una tormenta.

  Aquellos milagros no eran solamente demostraciones espectaculares de poder.

  Eran pequeñas ventanas de cómo funciona el Reino cuando entra en contacto con aquello que está quebrantado.

  Un cuerpo enfermo entra en contacto con el Reino:

sanidad.

  Una tormenta descontrolada entra en contacto con el Rey:

calma.

  Una persona oprimida entra en contacto con Él:

libertad.

  Una multitud hambrienta entra en contacto con Él:

provisión.

  Tal vez Jesús estaba mostrando en pequeñas porciones lo que un día hará a escala mucho mayor.

La longevidad vuelve a aumentar

  Isaías también describe una realidad difícil de reconciliar con nuestra experiencia actual.

  Habla de personas viviendo muchísimo más tiempo y compara la duración de sus días con la de los árboles.

  No es todavía el estado eterno descrito al final de Apocalipsis, porque Isaías aún utiliza lenguaje relacionado con edades y muerte.

  Pero algo claramente ha cambiado.

  La vida vuelve a extenderse.

  Y esto otra vez nos recuerda Génesis.

  Las primeras generaciones humanas vivían durante siglos.

  Ahora, bajo el gobierno del Mesías, las profecías vuelven a mostrar una notable prolongación de la vida.

  Eso también puede ser una forma indirecta de mirar hacia atrás.

  Cuando el gobierno de Dios se restaura, algunas condiciones comienzan a parecerse otra vez a las del principio.

Las ciudades se vuelven lugares seguros

  Zacarías presenta una imagen que me encanta por su sencillez.

  No describe tecnología impresionante.

  Describe algo quizá mucho más valioso.

  Ancianos sentados tranquilamente en las calles.

  Y niños jugando en ellas.

  Piense en lo que tiene que ocurrir para que una ciudad pueda verse así.

  Seguridad.

  Paz.

  Estabilidad.

  Ausencia de terror.

  Familias.

  Longevidad.

  Niños que pueden jugar afuera.

  Ancianos que no tienen que esconderse detrás de puertas cerradas.

  Y Dios dice:

«Yo he restaurado a Sion, y moraré en medio de Jerusalén» (Zacarías 8:3, RVR1960).

  Otra vez el punto central:

Dios está en medio.

  La presencia de Dios.

  El gobierno de Dios.

  Y alrededor de esa presencia comienza a reorganizarse la vida humana.

La Tierra se llenará del conocimiento de Dios

  Quizá aquí encontramos una de las mayores diferencias entre nuestro mundo y aquel.

  Hoy millones de personas discuten si Dios siquiera existe.

  Otros construyen sistemas completos de pensamiento ignorándolo.

  Pero la profecía dice:

«la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Habacuc 2:14, RVR1960).

  Isaías utiliza prácticamente la misma imagen al describir el reino mesiánico.

  Eso se parece mucho más a Edén.

  Un mundo donde Dios no es una hipótesis.

  Su gobierno está presente.

  Su voluntad se enseña.

  Las naciones acuden para aprender sus caminos.

  El conocimiento del Creador vuelve a ocupar el lugar que le corresponde.

  Y entonces muchas otras cosas comienzan a ordenarse.

  Porque una gran parte del desorden humano comenzó precisamente cuando quisimos administrar la creación sin consultar al Creador.

Un mundo lleno del Espíritu de Dios

  Pero todavía falta una pieza esencial.

  El reinado del Mesías no será solamente un gobierno externo.

  La profecía también habla de una extraordinaria obra del Espíritu Santo.

  Joel dice:

«derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Joel 2:28, RVR1960).

  Hijos.

  Hijas.

  Jóvenes.

  Ancianos.

  Siervos.

  Siervas.

  El Espíritu de Dios actuando en personas.

  Esto comenzó a manifestarse en Pentecostés, pero la profecía apunta hacia una expansión enorme de la presencia y acción de Dios.

  Y nuevamente encontramos algo semejante al principio.

  La Tierra bajo el gobierno de Dios.

  El Espíritu de Dios activo.

  Los hijos de Dios funcionando dentro de su propósito.

  La creación respondiendo.

  El Reino extendiéndose.

  Por eso no creo que la restauración sea solamente:

Jesucristo arreglando el mundo mientras sus hijos observan.

  Apocalipsis dice acerca de los redimidos:

«vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Apocalipsis 20:4, RVR1960).

  Y nuevamente:

«reinarán con él» (Apocalipsis 20:6, RVR1960).

  Ahí reaparece el proyecto de Génesis.

  Dios gobierna.

  Y sus hijos gobiernan con Él.

  No independientes.

  No sustituyendo a Dios.

  Bajo su autoridad.

  Exactamente como debió funcionar desde el principio.

La restauración puede comenzar a manifestarse desde ahora

  Aquí encuentro una verdad que no quiero dejar solamente para el futuro.

  Pablo dice:

«el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios» (Romanos 8:19, RVR1960).

  ¿Por qué está esperando la creación a los hijos?

  Porque desde el principio los hijos fueron creados para administrarla bajo el gobierno del Padre.

  La restauración completa espera la venida de Cristo.

  No podemos producir por nosotros mismos el Reino milenario.

  No podemos eliminar actualmente toda enfermedad, toda guerra o toda corrupción de la naturaleza.

  Pero sí podemos comenzar a manifestar anticipos del Reino.

  Cuando un hijo de Dios trae paz donde había conflicto…

  algo del Reino aparece.

  Cuando administra correctamente la Tierra…

  algo comienza a ser puesto nuevamente en orden.

  Cuando ora por un enfermo y Dios sana…

  vemos una pequeña señal de restauración.

  Cuando alguien libera al oprimido mediante el poder de Cristo…

  el Reino se manifiesta.

  Cuando una familia vuelve a vivir bajo el gobierno de Dios…

  algo del diseño original reaparece.

  Cuando una persona trabaja como para el Señor…

  el trabajo comienza a recuperar propósito.

  Cuando utilizamos autoridad solamente bajo la dirección de Dios

  comenzamos a funcionar nuevamente como hijos.

  Y cuando Cristo reprendió aquella tormenta:

«reprendió a los vientos y al mar» (Mateo 8:26, RVR1960),

  nos permitió contemplar por unos instantes a un Hombre perfectamente sometido al Padre ejerciendo autoridad sobre la creación.

  Eso es precisamente lo que hemos venido intentando comprender desde Génesis:

hijos bajo autoridad que reciben autoridad.

Una ventana hacia el mundo que perdimos

  Ahora coloquemos todas las piezas juntas.

  ¿Cómo describen los profetas el mundo bajo el gobierno de Cristo?

  El Rey gobierna con justicia.

  El Espíritu de Dios reposa sobre Él.

  Las naciones reciben instrucción.

  La guerra desaparece.

  Las armas se convierten en herramientas productivas.

  La gente vive sin miedo.

  Los campos producen abundantemente.

  Los desiertos florecen.

  Las lluvias vuelven a ser bendición.

  Las casas son habitadas por quienes las construyeron.

  El trabajo produce satisfacción.

  La vida se prolonga.

  Los niños juegan seguros.

  Los ancianos permanecen en las calles.

  Los animales dejan de destruirse.

  La enfermedad retrocede.

  La Tierra se llena del conocimiento de Dios.

  El Espíritu Santo se derrama.

  Los hijos de Dios gobiernan con Cristo.

  Y una tierra devastada llega a ser descrita así:

«como el huerto de Edén».

  Eso es extraordinario.

  Porque estamos mirando hacia el futuro…

  pero al mismo tiempo estamos contemplando el pasado.

  Si el Redentor restaura estas cosas, entonces muchas de ellas nos muestran indirectamente aquello que había sido perdido.

  Paz.

  Fertilidad.

  Salud.

  Longevidad.

  Gobierno justo.

  Relación armoniosa con los animales.

  Trabajo bendecido.

  Seguridad.

  Conocimiento de Dios.

  Presencia del Espíritu.

  Hijos gobernando junto a su Padre.

  No es extraño que Ezequiel mire esa restauración y diga:

«como el huerto de Edén».

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo quizá sea una de las ventanas más claras que tenemos para conocer el corazón de Dios.

  Porque aquí ya no estamos imaginando solamente qué quería hacer en Génesis.

  Estamos viendo qué ha prometido volver a hacer.

  Y aparece el mismo patrón.

  Dios quiere vida.

  Quiere paz.

  Quiere justicia.

  Quiere fertilidad.

  Quiere familias seguras.

  Quiere trabajo que produzca satisfacción.

  Quiere una creación que no destruya a sus hijos.

  Quiere animales viviendo bajo un orden diferente.

  Quiere ciudades donde los niños puedan jugar.

  Quiere una Tierra llena de su conocimiento.

  Quiere derramar su Espíritu.

  Y quiere nuevamente gobernar con sus hijos.

  Eso me ayuda a comprender algo.

  Cuando Jesucristo venga a gobernar, no estará introduciendo al mundo una idea completamente nueva.

  Recuperará el proyecto de su Padre.

  El Dios que plantó el primer huerto volverá a hacer que tierras destruidas parezcan Edén.

  El Dios que dio al hombre autoridad volverá a colocar hijos gobernando con Cristo.

  El Dios que creó animales bajo otro orden volverá a traer paz entre ellos.

  El Dios que bendijo el trabajo volverá a permitir que el hombre disfrute la obra de sus manos.

  El Dios que estuvo con Adán volverá a habitar en medio de los hombres.

  Y esta vez tendremos delante algo extraordinario:

Dios hecho Hombre sentado en el gobierno de la Tierra.

  Jesucristo.

  El Rey.

  El verdadero Hombre gobernando como el hombre debió gobernar desde el principio.

  Y alrededor de Él, poco a poco, la creación comenzará a parecerse otra vez a aquello que había sido diseñado para ser.

  Quizá por eso la restauración de Ezequiel termina siendo reconocida por quienes la contemplan con una expresión tan sencilla y a la vez tan profunda:

«Esta tierra […] ha venido a ser como el huerto de Edén».

  Ahí tenemos otra pieza de nuestro rompecabezas.

  Para descubrir cómo era el mundo de Adán, no solamente podemos mirar a Génesis.

  También podemos mirar hacia donde Cristo está llevando nuevamente la creación.

  Porque el Redentor no solamente nos muestra quién es Dios.

  También nos muestra qué quería Dios para sus hijos desde el principio.

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