Dr. Elio M. Rivera

  Hay una pregunta que millones de personas se hacen prácticamente todos los días:

¿Tendré suficiente?

  Suficiente para comer.

  Suficiente para pagar la casa.

  Suficiente para mantener a mis hijos.

  Suficiente para pagar una enfermedad.

  Suficiente para llegar a fin de mes.

  Suficiente para cuando sea anciano.

  Suficiente para sobrevivir si pierdo mi trabajo.

  Suficiente para enfrentar lo que pueda ocurrir mañana.

  Y detrás de muchas de esas preguntas existe algo mucho más profundo que el dinero.

  Existe miedo.

  Miedo al futuro.

  Miedo a perder.

  Miedo a no tener.

  Miedo a quedarse solo.

  Miedo a enfermarse.

  Miedo a envejecer sin recursos.

  Miedo a no poder proteger a quienes amamos.

  Entonces ocurrió algo extraordinario en la historia del hombre caído:

comenzamos a buscar en el dinero la seguridad que originalmente encontrábamos en Dios.

En el Edén nadie preguntaba cuánto dinero tenía

  Regresemos nuevamente al principio.

  ¿Cuánto dinero tenía Adán?

Nada.

  ¿Cuánto dinero tenía Eva?

Nada.

  ¿Cuánto tenían ahorrado?

  Nada.

  ¿Cuál era su salario?

  No tenían salario.

  ¿Cuánto dinero necesitaban para comer?

  Ninguno.

  Y, sin embargo, no eran pobres.

  Tenían abundancia.

  Dios había preparado primero el lugar donde vivirían.

  Había agua.

  Había alimento.

  Había trabajo.

  Había propósito.

  Había compañía.

  Había seguridad.

  Había provisión.

  La Escritura dice:

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»

Génesis 2:9, RVR1960

  Antes de crear al hombre, Dios había preparado su casa.

  El hombre no despertaba por la mañana preguntándose:

¿Cómo voy a sobrevivir hoy?

  Vivía dependiendo de su Creador.

  Su seguridad no estaba depositada en una cuenta.

  Estaba depositada en Dios.

  Pero después de la caída el mundo cambió.

  El hombre salió del huerto.

  La tierra produciría con dificultad.

  Aparecieron el cansancio, la incertidumbre y la lucha por sobrevivir.

  Y con el desarrollo de la sociedad aparecería una herramienta extraordinariamente útil:

el dinero.

  El problema no fue el dinero.

  El problema comenzó cuando aquella herramienta empezó a ocupar un lugar que nunca le correspondió.

Cuando el dinero se convirtio en el Dios de este mundo

Cuando el dinero comenzó a prometer lo que antes encontrábamos en Dios

  El dinero comenzó a decirle al hombre:

Yo te daré seguridad.

Yo protegeré tu futuro.

Yo cuidaré de tus hijos.

Yo te daré importancia.

Yo te daré poder.

Yo te permitiré descansar.

Si tienes suficiente de mí, no tendrás que tener miedo.

  Y el hombre le creyó.

  Entonces dejamos de utilizar solamente el dinero.

  Comenzamos a servirlo.

  Jesucristo identificó perfectamente el problema:

«Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas.»

Mateo 6:24, RVR1960

  Observe que Jesús no dijo:

«No podéis tener dinero».

  Dijo:

«No podéis servir… a las riquezas».

  Ahí está la diferencia.

  El dinero puede ser un excelente sirviente.

  Pero es un terrible dios.

  Puede comprar alimento.

  Puede pagar una casa.

  Puede financiar educación.

  Puede construir un hospital.

  Puede ayudar al necesitado.

  Puede sostener una familia.

  Puede financiar proyectos extraordinarios.

  Puede convertirse en una herramienta para hacer muchísimo bien.

  Pero cuando le entregamos nuestra seguridad, identidad, esperanza y corazón, comenzamos a exigirle algo que jamás podrá proporcionarnos.

El problema es que nuestro nuevo dios es terriblemente inestable

  Aquí aparece una de las mayores ironías.

  Buscamos seguridad precisamente en una de las cosas más inseguras de este mundo.

  El dinero se mueve.

  Cambia de valor.

  Se gana.

  Se gasta.

  Se hereda.

  Se pierde.

  Pasa de unas manos a otras.

  Puede tardar treinta años en acumularse y desaparecer con extraordinaria rapidez.

  Una crisis económica puede reducir lo que una persona construyó durante décadas.

  Una empresa puede cerrar.

  Una inversión puede fracasar.

  Un negocio puede quebrar.

  Una moneda puede perder valor.

  Una enfermedad puede consumir ahorros.

  Una deuda puede crecer.

  Una guerra puede destruir propiedades.

  Una crisis financiera puede borrar empleos.

  Y quizá una de las experiencias más aterradoras ocurre cuando alguien llega normalmente a su trabajo y recibe una noticia que no esperaba:

«Ya no necesitamos sus servicios».

  Ayer tenía trabajo.

  Hoy no.

  Ayer había salario.

  Hoy no sabe cuándo llegará el siguiente.

  Y en unos cuantos minutos cambia todo.

  La hipoteca continúa llegando.

  La renta continúa llegando.

  Los hijos continúan comiendo.

  La electricidad tiene que pagarse.

  El automóvil tiene mensualidad.

  Las deudas no desaparecen porque desapareció el empleo.

  Entonces aparece aquella pregunta terrible:

¿Y ahora qué vamos a hacer?

  Toda una familia puede entrar repentinamente en el horror de la necesidad.

  No necesariamente porque hizo algo malo.

  Simplemente porque aquello en lo que descansaba su estabilidad desapareció.

  Por eso Proverbios ofrece una descripción extraordinaria de las riquezas:

«¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo.»

Proverbios 23:5, RVR1960

  ¡Qué imagen!

Les salen alas.

  Hoy están.

  Mañana pueden no estar.

  Y aun así millones de seres humanos construimos nuestra sensación de seguridad sobre algo que puede volar.

Entonces comenzó la carrera por conseguir más

  Pero el miedo tiene una respuesta aparentemente lógica:

Necesito más.

  Si cien no me hacen sentir seguro, quizá doscientos.

  Si doscientos no funcionan, quizá quinientos.

  Si tengo una casa, quizá necesito dos.

  Si tengo suficiente para un año, quizá necesito suficiente para diez.

  Y no estoy hablando contra el ahorro, la previsión, el trabajo o la buena administración.

  La Biblia enseña prudencia.

  El problema es otro:

¿Cuándo será suficiente para que desaparezca el miedo?

  Para muchas personas, nunca.

  Porque el problema ya no está en la cuenta bancaria.

  Está en el corazón.

  Entonces comienza una carrera que puede durar toda la vida.

  Trabajamos.

  Corremos.

  Competimos.

  Acumulamos.

  Nos endeudamos.

  Nos preocupamos.

  Dormimos pensando en dinero.

  Despertamos pensando en dinero.

  Revisamos cuentas.

  Calculamos.

  Tememos perder.

  Queremos ganar más.

  Y podemos terminar entregando al dinero algo muchísimo más valioso que el dinero:

nuestra vida.

  Hay padres que consiguieron dinero para sus hijos, pero perdieron la oportunidad de conocerlos.

  Matrimonios destruidos por discusiones económicas.

  Personas que consiguieron una enorme cuenta bancaria mientras perdían su salud.

  Hombres que llegaron a la edad en que finalmente podían descansar y descubrieron que habían gastado sus mejores años preparándose para comenzar a vivir.

  Jesús hizo una pregunta estremecedora:

«Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?»

Mateo 16:26, RVR1960

  ¿Qué clase de negocio es ganar cosas y perderse uno mismo?

Cuando conseguir dinero comenzó a justificar casi cualquier cosa

  Pero El imperio de la muerte llevó esta búsqueda todavía más lejos.

  Cuando el dinero se convierte en dios, podemos comenzar a sacrificar personas sobre su altar.

  Algunos venden su cuerpo.

  Otros explotan el cuerpo de alguien más.

  Se construyen industrias alrededor de la prostitución y la pornografía.

  Se comercializan adicciones.

  Se vende alcohol abusivamente a personas que están destruyendo sus vidas.

  El narcotráfico mueve enormes cantidades de dinero mientras deja familias devastadas, jóvenes muertos, personas esclavizadas por adicciones y comunidades aterrorizadas.

  Hay jóvenes que entran al crimen pensando que encontraron una manera rápida de conseguir dinero y terminan perdiendo precisamente aquello que querían disfrutar:

la vida.

  Otros roban.

  Defraudan.

  Extorsionan.

  Corrompen.

  Secuestran.

  Engañan.

  Explotan.

  ¿Por qué?

  Muchas veces, detrás de todo aparece la misma palabra:

dinero.

  Pablo advirtió:

«porque raíz de todos los males es el amor al dinero…»

1 Timoteo 6:10, RVR1960

  Observe nuevamente.

  No dice que el dinero sea la raíz.

  Habla del amor al dinero.

  Y continúa diciendo que algunos:

«…fueron traspasados de muchos dolores.»

  Qué paradoja.

  Buscaban dinero pensando que les evitaría el dolor.

  Y terminaron:

«traspasados de muchos dolores».

Y aun cuando tenemos dinero, seguimos siendo vulnerables

  Supongamos que lo conseguimos.

  Tenemos suficiente.

  Casa.

  Ahorros.

  Inversiones.

  Propiedades.

  Negocios.

  Seguros.

  Entonces aparece una pregunta:

¿Ya estamos seguros?

  No completamente.

  Porque existe algo que el dinero nunca ha conseguido comprar:

control absoluto sobre la vida.

  El dinero puede pagar excelentes médicos.

  Pero no puede garantizar que nunca enfermaremos.

  Puede pagar una casa extraordinaria.

  Pero no puede garantizar que dentro de ella habrá amor.

  Puede pagar seguridad privada.

  Pero no puede eliminar todos los peligros.

  Puede pagar tratamientos.

  Pero no puede detener indefinidamente el envejecimiento.

  Puede comprar una cama extraordinaria.

  Pero no puede garantizar el sueño.

  Puede comprar entretenimiento.

  Pero no puede garantizar alegría.

  Puede comprar compañía.

  Pero no necesariamente amor.

  Puede pagar un funeral impresionante.

  Pero no puede comprar un día más de vida cuando nuestra hora finalmente llega.

  Jesús contó la historia de un hombre rico cuyas tierras habían producido abundantemente.

  El hombre decidió construir graneros mayores y dijo:

«Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.»

Lucas 12:19, RVR1960

  Había conseguido lo que millones buscan:

seguridad económica para muchos años.

  Pero Dios le dijo:

«Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?»

Lucas 12:20, RVR1960

  Esa pregunta destruye la ilusión:

«¿De quién será?»

  Porque finalmente todo el dinero hace lo que siempre ha hecho:

cambia de manos.

  Trabajamos para conseguirlo.

  Lo protegemos.

  Lo contamos.

  Lo invertimos.

  Nos preocupamos por él.

  Y un día morimos.

  Entonces aquello que llamábamos:

«mi dinero»

  pasa a llamarse:

«la herencia».

  Y pertenece a alguien más.

Jesús señaló el verdadero problema: el miedo al mañana

  Es extraordinario que inmediatamente después de enseñar que no podemos servir a Dios y a las riquezas, Jesús comenzara a hablar del afán.

  Dijo:

«Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber…»

Mateo 6:25, RVR1960

  ¿Por qué?

  Porque detrás de nuestra relación con el dinero muchas veces existe precisamente eso:

afán por sobrevivir.

  Jesús habló de las aves.

«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.»

Mateo 6:26, RVR1960

  Y después pronunció unas palabras que van directamente al corazón del problema:

«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»

Mateo 6:32, RVR1960

  Ahí está nuevamente la palabra que habíamos perdido en el Edén:

Padre.

  El dinero dice:

Depende de mí.

  Jesucristo dice:

Tienes un Padre.

  El dinero dice:

Si me pierdes, lo perdiste todo.

  Dios dice:

Yo continúo aquí.

  El dinero dice:

Yo controlaré tu mañana.

  Jesús dice:

«Así que, no os afanéis por el día de mañana…»

Mateo 6:34, RVR1960

El dinero nunca podrá ser Dios

  Ahora entiendo algo.

  El problema no es tener dinero.

  El problema es pedirle al dinero que ocupe el lugar de Dios.

  Trabajemos.

  Ahorremos.

  Administremos bien.

  Construyamos.

  Produzcamos.

  Preparemos responsablemente nuestro futuro.

  Cuidemos a nuestra familia.

  Utilicemos inteligentemente los recursos que Dios pone en nuestras manos.

  Pero jamás confundamos la herramienta con la fuente.

  Porque el dinero puede desaparecer.

  Dios no.

  El empleo puede terminar.

  Dios permanece.

  El negocio puede fracasar.

  Dios permanece.

  La economía puede entrar en crisis.

  Dios permanece.

  Las inversiones pueden bajar.

  Dios permanece.

  Las propiedades pueden perderse.

  Dios permanece.

  Nuestra capacidad de producir puede disminuir.

  Dios permanece.

  Eso era lo que el hombre tenía al principio.

  No una enorme cuenta bancaria.

  Tenía algo muchísimo mayor:

a Dios.

  Y eso es precisamente lo que Jesucristo vino a restaurar.

  No vino a prometernos que nunca enfrentaremos dificultades económicas.

  No vino a decirnos que todo creyente será rico.

  Vino a regresarnos a una relación con el Padre.

  A enseñarnos nuevamente dónde colocar nuestra seguridad.

  A liberarnos de vivir esclavizados por el miedo de perderlo todo.

  Porque cuando Dios vuelve a ocupar su lugar, el dinero también puede volver a ocupar el suyo.

  Ya no es mi dios.

  Ya no es mi identidad.

  Ya no es mi dueño.

  Ya no es mi esperanza.

  Ya no determina cuánto valgo.

  Es simplemente:

una herramienta en mis manos.

  Y quizá esa sea una de las libertades más grandes que Jesucristo puede devolverle al hombre dentro de El imperio de la muerte:

  Poder trabajar sin adorar el trabajo.

  Tener sin ser poseído por lo que tenemos.

  Ahorrar sin depositar allí nuestra esperanza.

  Perder sin creer que nuestra vida terminó.

  Dar sin sentir que estamos perdiendo una parte de nosotros mismos.

  Y enfrentar el mañana sabiendo que nuestra seguridad definitiva nunca estuvo guardada en un banco.

  Porque el dinero tiene alas.

  Los mercados cambian.

  Los empleos terminan.

  Las propiedades pasan a otras manos.

  Los imperios económicos caen.

  Y nosotros mismos un día dejaremos todo lo que acumulamos.

  Pero Jesucristo nos ofrece algo que ninguna crisis financiera puede devaluar, ningún ladrón puede robar, ninguna quiebra puede consumir y ninguna muerte puede arrebatarnos:

regresar a nuestro Padre.

  El dinero intentó ocupar el lugar de Dios.

  Pero resultó ser demasiado pequeño, demasiado inestable y demasiado temporal para sentarse en ese trono.

  Solo Dios puede ocuparlo.

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Dr. Elio M. Rivera

  Existe una palabra que parece haberse vuelto extraordinariamente difícil de pronunciar:

Suficiente.

  ¿Cuándo tenemos suficiente?

  ¿Cuánto dinero es suficiente?

  ¿Cuántas cosas?

  ¿Cuántas propiedades?

  ¿Cuánto reconocimiento?

  ¿Cuántos logros?

  ¿Cuántos viajes?

  ¿Cuánta ropa?

  ¿Cuánto poder?

  ¿Cuántas experiencias?

  ¿Cuánto necesitamos conseguir para poder detenernos finalmente y decir:

«Estoy satisfecho»?

  La respuesta parece ser:

un poco más.

  Siempre un poco más.

  Conseguimos aquello que durante meses habíamos deseado.

  Nos emocionamos.

  Lo disfrutamos.

  Y después de algún tiempo ocurre algo extraño:

deja de ser suficiente.

  Entonces aparece otra meta.

  Otra compra.

  Otro proyecto.

  Otra experiencia.

  Otra posición.

  Otro reconocimiento.

  Otra cosa que necesitamos alcanzar para sentirnos satisfechos.

  Y volvemos a correr.

  La Biblia describió esta condición humana hace mucho tiempo:

«El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto.»

Eclesiastés 5:10, RVR1960

  Observe la palabra:

«no se saciará».

  Ese es el problema que estudiaremos en este capítulo.

  No solamente querer algo.

  Sino desarrollar un corazón que ya no sabe cuándo tiene suficiente.

Así era al principio: el hombre vivía satisfecho

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Dios colocó al hombre dentro de un mundo caracterizado por la abundancia.

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»

Génesis 2:9, RVR1960

  Observe las palabras.

«Todo árbol delicioso a la vista».

  Había belleza.

«Bueno para comer».

  Había provisión.

  Adán tenía alimento.

  Tenía agua.

  Tenía un hogar.

  Tenía trabajo.

  Tenía propósito.

  Tenía compañía.

  Tenía una mujer a quien amar.

  Tenía una creación extraordinaria para disfrutar.

  Y, sobre todo:

tenía a Dios.

  No encontramos a Adán recorriendo el huerto desesperado porque necesitaba conseguir otro terreno.

  No estaba comparando su huerto con el del vecino.

  No necesitaba demostrar que tenía más árboles que alguien más.

  No necesitaba reconocimiento público.

  No necesitaba acumular para sentirse importante.

  No necesitaba comprar algo nuevo para sentirse mejor consigo mismo.

  Vivía dentro de la provisión de Dios.

  Podía disfrutar sin poseerlo todo.

  Podía trabajar sin convertir su trabajo en identidad.

  Podía contemplar la creación sin necesitar convertir cada cosa que veía en:

«mía».

  Había una razón profunda.

  Su corazón todavía no estaba vacío.

  Vivía en comunión con Aquel para quien había sido creado.

Esto fue lo que hicimos: quisimos algo más

  Entonces apareció la serpiente.

  Y resulta extraordinario observar la estrategia.

  No llevó a Eva primero hacia todo lo que tenía.

  Dirigió su atención hacia lo único que no tenía.

  Dios había dicho:

«De todo árbol del huerto podrás comer…»

Génesis 2:16, RVR1960

  ¡De todo árbol!

  Abundancia.

  Pero había uno que Dios había reservado.

  Y precisamente allí se concentró la atención.

  De repente, todo lo que tenían pareció perder importancia frente a aquello que no tenían.

  Qué descripción tan extraordinaria de algo que continúa ocurriendo hasta nuestros días.

  Podemos tener cien cosas buenas.

  Pero aparece una que no tenemos.

  Y comenzamos a mirarla.

  A imaginarla.

  A desearla.

  Hasta que aquello que nos falta comienza a robarnos el disfrute de todo lo que ya tenemos.

  Eva vio:

«…que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría…»

Génesis 3:6, RVR1960

  Allí aparece algo que acompañaría al hombre durante toda su historia:

quiero algo más.

  No bastó el huerto.

  No bastaron todos los demás árboles.

  No bastó la provisión.

  No bastó la abundancia.

  Había algo prohibido.

  Y ahora:

lo quería.

  El pecado no solamente nos alejó de Dios.

  También comenzó a alterar nuestra capacidad de estar satisfechos.

Así vivimos ahora: siempre falta algo

  Mire nuestro mundo.

  Vivimos persiguiendo constantemente la siguiente cosa.

  La persona que no tiene casa piensa:

«Cuando tenga mi casa, estaré satisfecho».

  La consigue.

  Después piensa:

«Necesito una más grande».

  Compra el automóvil que deseaba.

  Durante un tiempo le parece extraordinario.

  Después aparece otro modelo.

  Y aquel automóvil que meses atrás era un sueño comienza a parecer viejo.

  La persona obtiene un ascenso.

  Celebra.

  Después descubre que alguien ocupa una posición superior.

  Ahora quiere esa.

  Alguien consigue reconocimiento.

  Pero después necesita más reconocimiento.

  Consigue seguidores.

  Ahora quiere más seguidores.

  Obtiene poder.

  Ahora necesita conservarlo.

  Tiene una propiedad.

  Quiere otra.

  Tiene dinero.

  Quiere más.

  Realiza un viaje extraordinario.

  Antes de terminarlo ya está pensando en el siguiente.

  Nada necesariamente malo existe en tener una casa, viajar, prosperar, construir, disfrutar algo hermoso o alcanzar una meta.

  El problema aparece cuando convertimos cada logro en una promesa:

«Cuando consiga esto, finalmente seré feliz».

  Y después lo conseguimos…

  pero la felicidad prometida dura mucho menos de lo esperado.

  Entonces comenzamos nuevamente.

Otra cosa.

Otra meta.

Otra experiencia.

Un poco más.

El problema no está en las cosas; está en el vacío

  Por eso este capítulo no es realmente acerca de casas, automóviles o posesiones.

  Es acerca del corazón humano.

  Podemos intentar llenar un vacío espiritual utilizando cosas materiales.

  Pero las cosas materiales nunca fueron diseñadas para llenar un vacío espiritual.

  Y cuando utilizamos algo para una función para la cual nunca fue creado, inevitablemente fracasa.

  Compramos.

  Pero necesitamos volver a comprar.

  Conseguimos.

  Pero necesitamos volver a conseguir.

  Acumulamos.

  Pero necesitamos continuar acumulando.

  Porque ninguna de aquellas cosas alcanza el lugar profundo que estamos intentando llenar.

  Es como intentar apagar la sed bebiendo agua salada.

  Bebemos.

  Pero seguimos teniendo sed.

  Entonces bebemos más.

  Y la sed aumenta.

  El problema no consiste simplemente en que todavía no conseguimos suficiente.

  El problema es que estamos intentando saciarnos con algo que no puede saciarnos.

La comparación hizo todavía más difícil estar satisfechos

  Y existe otro elemento.

  No solamente queremos más.

  Muchas veces queremos más que alguien más.

  Puedo estar perfectamente satisfecho con mi casa…

  hasta que veo la casa de otro.

  Puedo disfrutar mi automóvil…

  hasta que alguien llega con uno mejor.

  Puedo sentirme satisfecho con mis logros…

  hasta que descubro los logros de otra persona.

  Entonces dejamos de medir nuestra vida por lo que necesitamos y comenzamos a medirla por lo que otros tienen.

  La comparación puede convertir abundancia en pobreza dentro de nuestra mente.

  Una persona puede tener muchísimo y sentirse miserable porque alguien tiene más.

  Por eso la codicia es tan engañosa.

  No dice necesariamente:

«No tienes nada».

  Dice:

«Lo que tienes no es suficiente».

  Y mientras creamos esa voz, nunca podremos descansar.

Entonces entregamos nuestra vida intentando conseguir más

  Aquí aparece nuevamente El imperio de la muerte.

  Porque la insatisfacción tiene un precio.

  Queremos más.

  Entonces trabajamos más.

  Nos presionamos más.

  Competimos más.

  Nos endeudamos más.

  Sacrificamos más.

  Y podemos terminar entregando cosas irrecuperables para conseguir cosas reemplazables.

  Sacrificamos tiempo.

  Salud.

  Matrimonio.

  Familia.

  Sueño.

  Paz.

  Momentos con nuestros hijos.

  Años de nuestra vida.

  Todo para conseguir:

más.

  Y existe una tragedia particular en esto.

  Las cosas pueden recuperarse.

  El dinero puede volver a ganarse.

  Una propiedad puede reemplazarse.

  Un automóvil puede comprarse nuevamente.

  Pero hay algo que jamás regresa:

el tiempo.

  El hijo que tenía cinco años tendrá diez.

  Después quince.

  Después veinte.

  Y un día se irá.

  Podemos descubrir demasiado tarde que mientras acumulábamos cosas para nuestra familia, nos perdimos a nuestra familia.

  Por eso Jesús hizo una advertencia:

«Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.»

Lucas 12:15, RVR1960

  Qué frase:

«La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee».

  Sin embargo, una enorme parte de nuestra sociedad parece vivir exactamente como si consistiera en eso.

Salomón consiguió prácticamente todo

  Si queremos saber si tener más finalmente satisface, la Biblia nos presenta un experimento extraordinario.

  Salomón tuvo recursos para probarlo.

  Él mismo cuenta:

«Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas…»

Eclesiastés 2:4, RVR1960

  Construyó.

  Plantó.

  Acumuló.

  Tuvo posesiones.

  Riquezas.

  Entretenimiento.

  Placer.

  Poder.

  Prestigio.

  Y dijo:

«No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan…»

Eclesiastés 2:10, RVR1960

  Imagine eso.

  Prácticamente:

Lo vi. Lo quise. Lo conseguí.

  Si la satisfacción definitiva pudiera comprarse, Salomón estaba en condiciones de encontrarla.

  Pero después de contemplar todo aquello declaró:

«Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu…»

Eclesiastés 2:11, RVR1960

  Había conseguido más.

  Pero «más» no había conseguido llenar el corazón.

No culpemos a Dios por una carrera que Él nunca nos pidió correr

  Entonces aparece nuevamente una de las grandes enseñanzas de esta serie.

  Dios no creó al hombre para vivir permanentemente insatisfecho.

  No diseñó nuestra existencia como una carrera interminable donde tenemos que superar al vecino para sentir que valemos algo.

  No nos dijo que nuestra identidad dependería del tamaño de nuestra casa.

  No determinó nuestro valor por el automóvil que conducimos.

  No dijo que nuestra importancia dependería de cuántas personas conocen nuestro nombre.

  No nos creó para sacrificar nuestra salud, familia y paz intentando demostrar que tenemos éxito.

  Nosotros construimos gran parte de ese mundo.

  Y después terminamos agotados intentando sobrevivir dentro de él.

  Nos comparamos.

  Competimos.

  Codiciamos.

  Acumulamos.

  Nos endeudamos.

  Nos presionamos.

  Y después preguntamos:

¿Por qué no tengo paz?

  Quizá porque estamos buscando satisfacción precisamente donde Dios nunca dijo que la encontraríamos.

Cristo es la esperanza: volver a aprender la palabra «suficiente»

  Entonces apareció Jesucristo.

  Y en medio de una humanidad corriendo detrás de más, comenzó a enseñar algo completamente diferente.

  Habló de tesoros que no pueden perderse.

  Habló de un Padre que conoce nuestras necesidades.

  Habló de buscar primero el Reino de Dios.

  Habló de una vida cuyo valor no depende de las posesiones.

  Y dijo:

«…la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.»

  Cristo vino a devolvernos algo que habíamos perdido:

la capacidad de encontrar nuestra plenitud nuevamente en Dios.

  Pablo aprendería esa libertad y escribiría:

«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.»

Filipenses 4:11, RVR1960

  Observe:

«He aprendido».

  El contentamiento puede aprenderse.

  Podemos volver a disfrutar lo que tenemos sin ser atormentados por lo que nos falta.

  Podemos volver a mirar nuestra casa y agradecerla sin compararla.

  Podemos disfrutar una comida.

  Nuestra familia.

  Nuestros amigos.

  Nuestro trabajo.

  Un día tranquilo.

  Una conversación.

  Un amanecer.

  Podemos trabajar y prosperar sin convertir la acumulación en el propósito de nuestra existencia.

  Podemos tener mucho sin que lo mucho nos tenga a nosotros.

  Y también podemos atravesar temporadas de poco sin creer que hemos perdido nuestro valor.

  Porque Cristo comienza a llevarnos nuevamente hacia aquello que el hombre tenía antes de la caída:

Dios en el centro y las cosas alrededor.

  Ese es el orden correcto.

  El problema comenzó cuando quitamos a Dios del centro e intentamos llenar aquel espacio con cosas.

  No caben.

  Nunca cabrán.

  Por eso quizá una de las grandes victorias sobre El imperio de la muerte ocurre cuando un ser humano finalmente puede mirar lo que Dios ha puesto en sus manos, respirar profundamente y pronunciar una palabra que el mundo casi ha olvidado:

«Suficiente».

  Tengo cosas que todavía deseo alcanzar.

  Tengo proyectos.

  Tengo sueños.

  Puedo continuar creciendo.

  Puedo trabajar.

  Puedo construir.

  Pero mi felicidad no comenzará cuando consiga la siguiente cosa.

Puedo vivir hoy.

  Puedo agradecer hoy.

  Puedo amar hoy.

  Puedo disfrutar hoy.

  Porque finalmente comprendí que aquello que mi corazón buscaba desesperadamente detrás de tantas cosas no era otra cosa.

  Era volver a casa.

  Era volver a la fuente.

  Era volver a Dios.

  Y para eso vino Jesucristo:

para llevarnos de regreso.

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Dr. Elio M. Rivera

  ¿Por qué buscamos placer?

  La respuesta parece sencilla:

porque se siente bien.

  Una buena comida.

  Una celebración.

  Una conversación agradable.

  La intimidad dentro del matrimonio.

  Escuchar música.

  Reír.

  Viajar.

  Descansar.

  Contemplar algo hermoso.

  Comprar algo que necesitábamos o deseábamos.

  Disfrutar una experiencia extraordinaria.

  Nada de eso tiene que ser malo.

  De hecho, Dios creó al ser humano con la capacidad de experimentar placer.

  El problema comenzó cuando dejamos de utilizar el placer simplemente para disfrutar…

  y comenzamos a utilizarlo para escapar.

  Escapar del dolor.

  Escapar de la ansiedad.

  Escapar de la soledad.

  Escapar del miedo.

  Escapar de nuestros recuerdos.

  Escapar de una vida que no nos gusta.

  Escapar, aunque sea durante unas horas, de nosotros mismos.

  Entonces el placer dejó de ser solamente placer.

  Se convirtió en refugio.

  Y para millones de personas terminó convirtiéndose también en una prisión.

Así era al principio: Dios creó el placer

  Regresemos nuevamente al Edén.

  A veces imaginamos la vida espiritual como si Dios estuviera en contra del placer.

  Pero las primeras páginas de la Biblia presentan exactamente lo contrario.

  Cuando Dios preparó el huerto hizo crecer:

«…todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»

Génesis 2:9, RVR1960

  Observe las dos dimensiones.

  Podría haber creado simplemente alimento nutritivo.

  Pero también era:

«delicioso a la vista».

  Había sabor.

  Había belleza.

  Había colores.

  Había aromas.

  Había agua.

  Había vegetación.

  Había compañía.

  Había trabajo.

  Había descanso.

  Había una creación extraordinaria para explorar.

  Y Dios creó también al hombre y a la mujer con la capacidad de disfrutarse dentro de una relación de amor, confianza y absoluta intimidad:

«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»

Génesis 2:25, RVR1960

  Dios no creó seres humanos incapaces de sentir.

  Creó ojos capaces de disfrutar belleza.

  Oídos capaces de disfrutar sonidos.

  Una lengua capaz de disfrutar sabores.

  Un cuerpo capaz de experimentar sensaciones agradables.

  Una mente capaz de experimentar alegría.

  Un corazón capaz de amar.

  El placer no llegó después del pecado.

Ya estaba en el Edén.

  Pero había una diferencia fundamental.

  Adán no necesitaba utilizar el placer para olvidar su vida.

  No necesitaba escapar de ella.

  No tenía que emborracharse para olvidar.

  No necesitaba una sustancia para poder soportar la noche.

  No necesitaba comprar algo para sentirse valioso.

  No necesitaba una experiencia cada vez más intensa para sentirse vivo.

  No necesitaba entretenimiento constante para evitar quedarse solo con sus pensamientos.

  Disfrutaba el placer dentro de una vida que ya tenía sentido, seguridad, amor, propósito y comunión con Dios.

  El placer era un regalo.

  No era una medicina para un alma herida.

Esto fue lo que hicimos: comenzamos a utilizar el placer para escapar

  Después de la caída apareció algo que no estaba allí antes.

  Dolor.

  Miedo.

  Vergüenza.

  Culpa.

  Soledad.

  Frustración.

  Insatisfacción.

  Vacío.

  Ansiedad.

  Y el hombre descubrió algo:

hay experiencias que pueden hacerme olvidar durante un momento lo que siento.

  Entonces comenzamos a utilizar cosas agradables para tratar problemas profundos.

  Estoy triste:

quiero sentir algo agradable.

  Estoy ansioso:

necesito distraerme.

  Estoy solo:

necesito compañía, aunque sea momentánea.

  Estoy vacío:

necesito experimentar algo.

  No quiero pensar:

necesito entretenimiento.

  No quiero sentir:

necesito anestesiarme.

  Y así el placer comenzó a asumir una función para la cual nunca había sido diseñado.

  La comida podía dejar de ser solamente alimento y disfrute.

  Podía convertirse en consuelo.

  El alcohol podía convertirse en escape.

  Las drogas podían convertirse en anestesia.

  El sexo podía separarse del amor, la fidelidad y la intimidad para convertirse simplemente en gratificación.

  Las compras podían convertirse en una manera de producir momentáneamente emoción.

  El entretenimiento podía convertirse en una manera de evitar el silencio.

  Las experiencias podían convertirse en una búsqueda constante de la siguiente descarga emocional.

  El problema no era solamente:

«Quiero disfrutar esto».

  Había comenzado a convertirse en:

«Necesito esto para sentirme bien».

  Y después:

«Necesito esto para no sentirme mal».

  Ahí comienza la esclavitud.

Así vivimos ahora: una humanidad intentando anestesiarse

  Mire cuidadosamente nuestro mundo.

  Existe una enorme industria dedicada a mantenernos estimulados.

  Comida.

  Pantallas.

  Videos.

  Juegos.

  Compras.

  Viajes.

  Fiestas.

  Alcohol.

  Pornografía.

  Drogas.

  Apuestas.

  Experiencias.

  Entretenimiento prácticamente interminable.

  No significa que todas estas cosas sean equivalentes moralmente ni que todo entretenimiento, comida, compra o viaje sea malo.

  El problema que estamos examinando es mucho más profundo:

¿Qué estamos buscando cuando recurrimos a ellas?

  Porque una persona puede estar disfrutando algo.

  Y otra puede estar utilizando algo parecido para huir de un dolor que no sabe cómo enfrentar.

  Podemos tener miedo de quedarnos en silencio.

  Apenas aparece un momento vacío:

  tomamos el teléfono.

  Encendemos una pantalla.

  Buscamos algo que comer.

  Ponemos música.

  Abrimos una aplicación.

  Compramos.

  Buscamos una conversación.

  Necesitamos estímulo.

  Porque cuando todo se apaga…

  cuando la pantalla queda oscura…

  cuando termina la fiesta…

  cuando llegamos del viaje…

  cuando termina la experiencia…

  cuando estamos nuevamente solos…

  puede regresar aquello de lo que estábamos huyendo.

Nosotros mismos.

El placer puede distraer el dolor, pero no necesariamente sanarlo

  Aquí encontramos la gran limitación del placer.

  Puede cambiar temporalmente cómo me siento.

  Pero no necesariamente cambia lo que está ocurriendo dentro de mí.

  Una persona puede beber para olvidar un problema.

  Pero cuando termina el efecto:

el problema continúa allí.

  Puede comprar para sentirse mejor.

  Llega el paquete.

  Lo abre.

  Experimenta emoción.

  Pero después:

el vacío continúa allí.

  Puede buscar una relación sexual para escapar de la soledad.

  Experimenta placer.

  Pero después puede descubrir que:

continúa sintiéndose solo.

  Puede pasar horas entreteniéndose para no pensar.

  Pero cuando apaga la pantalla:

los pensamientos continúan allí.

  Puede comer buscando consuelo.

  Pero después de terminar:

la tristeza continúa allí.

  Ese es el problema de utilizar placer como medicina para el alma.

  Puede funcionar como anestesia.

  Pero anestesiar una herida no significa haberla sanado.

  Y cuando pasa la anestesia…

la herida vuelve a doler.

Entonces necesitamos otra dosis

  Aquí puede comenzar el tormento.

  Si algo consiguió hacerme sentir bien ayer, quiero repetirlo hoy.

  Pero en algunos casos lo que antes producía una fuerte sensación comienza a perder intensidad.

  Entonces necesito más.

  Más tiempo.

  Más cantidad.

  Más frecuencia.

  Más novedad.

  Más intensidad.

  Y aquello que comenzó como:

«quiero hacerlo»

  puede terminar convirtiéndose en:

«necesito hacerlo».

  Entonces aparece una de las contradicciones más crueles de El imperio de la muerte:

  Buscamos placer para escapar del tormento…

  y algunas formas de buscar placer terminan produciendo más tormento.

  La persona bebía para olvidar sus problemas y ahora tiene un problema con el alcohol.

  Buscaba sustancias para escapar de su dolor y ahora tiene además una dependencia.

  Buscaba sexo para sentirse amado y puede terminar todavía más vacío, utilizado o incapaz de construir intimidad verdadera.

  Buscaba pornografía como gratificación privada y puede terminar atrapado en un patrón que afecta su mente, sus relaciones y su manera de mirar a otras personas.

  Compraba para sentirse mejor y ahora tiene deudas que le producen todavía más ansiedad.

  Apostaba buscando emoción o dinero y puede terminar perdiendo precisamente aquello que necesitaba proteger.

  Comía para consolarse y después puede sentirse peor consigo mismo.

  Buscaba entretenimiento para escapar de la realidad y un día descubre que ha pasado una parte enorme de su vida observando la vida de otros en lugar de vivir la suya.

  El refugio comienza a convertirse en cárcel.

Placer, vacío, placer, vacío

  Entonces aparece un ciclo terrible:

dolor.

  Busco placer.

Alivio.

  El placer termina.

Regresa el dolor.

  Busco nuevamente placer.

Alivio.

  Termina.

Regresa el vacío.

  Otra vez.

  Y otra.

  Y otra.

  Hasta que una persona puede organizar gran parte de su existencia alrededor de escapar de algo que lleva dentro.

  Puede estar rodeada de personas y sentirse sola.

  Puede reír durante una fiesta y llorar cuando llega a casa.

  Puede publicar fotografías de una vida extraordinaria y sentirse profundamente insatisfecha cuando apaga el teléfono.

  Puede tener acceso a más entretenimiento que cualquier generación anterior y continuar sintiéndose incapaz de soportar una hora consigo misma.

  Puede experimentar muchísimos placeres…

  y tener muy poca paz.

  Ahí está la diferencia.

  Placer no significa necesariamente paz.

  Estimulación no significa gozo.

  Diversión no significa plenitud.

  Excitación no significa propósito.

  Y anestesia no significa sanidad.

El hombre puede terminar esclavizado por aquello que prometía hacerlo sentir libre

  Pedro escribió una frase extraordinaria:

«…porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció.»

2 Pedro 2:19, RVR1960

  Aquello que controlábamos puede comenzar a controlarnos.

  Y cuando eso ocurre, el placer deja de ser verdaderamente placer.

  Se convierte en amo.

  Ahora necesitamos alimentarlo.

  Necesitamos ocultarlo.

  Necesitamos dinero para sostenerlo.

  Necesitamos tiempo para practicarlo.

  Quizá mentimos para protegerlo.

  Quizá dañamos relaciones para conservarlo.

  Quizá prometemos:

«Esta será la última vez».

  Y después regresamos.

  Entonces pueden aparecer culpa y vergüenza.

  Y como la culpa y la vergüenza producen dolor…

  ¿qué hacemos para escapar del dolor?

  Volvemos precisamente a aquello que lo produjo.

  Y el círculo se cierra.

Dolor → placer → alivio → consecuencias → culpa → más dolor → más placer.

  Eso ya no es libertad.

  Eso es tormento.

¿La vida es bella cuando necesitas escapar constantemente de ella?

  Volvamos nuevamente a aquella pregunta.

¿La vida es bella?

  Pregúnteselo a quien necesita intoxicarse para soportarla.

  Pregúnteselo a quien no puede pasar una noche sin beber.

  Pregúnteselo a quien ha intentado innumerables veces abandonar una adicción.

  Pregúnteselo a la esposa que observa cómo una dependencia está destruyendo a su esposo.

  Pregúnteselo a los hijos de una persona atrapada por sustancias.

  Pregúnteselo a quien perdió dinero, familia, salud o dignidad persiguiendo una gratificación.

  Pregúnteselo a quien termina una noche de diversión y regresa a una habitación donde descubre que continúa profundamente solo.

  El placer prometió alivio.

  Pero no podía curar el corazón.

  Prometió libertad.

  Pero algunas veces terminó produciendo esclavitud.

  Prometió hacernos olvidar el dolor.

  Pero en demasiadas vidas terminó agregando otro dolor al dolor que ya existía.

  Eso tampoco era el Edén.

No fue Dios quien diseñó esta prisión

  Aquí debemos volver a hacer la distinción fundamental de toda esta serie.

  No culpemos al Creador por haber creado la capacidad de disfrutar.

  El placer era bueno.

  Lo que cambió fue el hombre.

  Dios creó comida.

  No creó la esclavitud.

  Dios creó la sexualidad.

  No creó la explotación sexual.

  Dios creó sustancias y procesos naturales dentro de su creación.

  No diseñó al hombre para vivir intoxicado huyendo de sí mismo.

  Dios creó nuestra capacidad de sentir emoción.

  No nos creó para necesitar estímulos cada minuto porque tenemos miedo del silencio.

  Dios creó el descanso.

  No creó una vida dedicada a escapar permanentemente de la realidad.

  En el Edén el hombre disfrutaba porque estaba bien.

  En el mundo caído muchas veces buscamos disfrutar porque estamos mal y queremos dejar de sentirlo por un momento.

  Esa diferencia es enorme.

  Nos alejamos de Dios.

  Quedó un vacío.

  Después intentamos llenarlo.

  Y descubrimos que podemos llenar nuestras manos de cosas, nuestro estómago de comida, nuestros ojos de imágenes, nuestros días de experiencias y nuestra mente de estímulos…

  mientras el corazón continúa diciendo:

Todavía me falta algo.

Cristo es la esperanza: Él no vino a anestesiar la herida, vino a sanarla

  Entonces apareció Jesucristo.

  Y Cristo no vino simplemente a ofrecernos otra distracción.

  No vino a enseñarnos cómo olvidar nuestros problemas durante unas horas.

  No vino a poner una capa de religión sobre un corazón que continúa sangrando.

  Vino a buscar aquello que estaba herido.

  Vino a tocar aquello de lo que llevábamos años huyendo.

  Vino a devolvernos la relación que habíamos perdido con Dios.

  Jesús dijo:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»

Mateo 11:28, RVR1960

  Observe que no dijo:

«Escapen».

  Dijo:

«Venid a mí».

  El mundo ofrece muchas maneras de escapar.

  Jesucristo ofrece un lugar donde regresar.

  El placer dice:

«Olvida tu dolor durante un momento».

  Jesús dice:

«Ven a mí con tu dolor».

  El placer dice:

«Necesitas otra experiencia».

  Jesús dice:

«Yo os haré descansar».

  Y en otra ocasión declaró:

«…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»

Juan 10:10, RVR1960

  Cristo no vino a quitarnos la capacidad de disfrutar la vida.

  Vino a devolvernos la vida que puede ser disfrutada sin necesidad de escapar de ella.

  Podemos volver a disfrutar una comida simplemente porque es agradable.

  Podemos disfrutar la intimidad dentro del amor y la fidelidad.

  Podemos descansar.

  Reír.

  Viajar.

  Celebrar.

  Escuchar música.

  Contemplar belleza.

  Disfrutar una conversación.

  Recibir con gratitud las cosas buenas que Dios nos permite experimentar.

  Pero ya no tenemos que pedirles que salven nuestra alma.

  No pueden.

  Nunca pudieron.

  El placer puede acompañar una vida plena.

  Pero jamás podrá sustituir a la fuente de esa vida.

  Y cuando Jesucristo comienza a ocupar nuevamente el centro, algo extraordinario sucede.

  Ya no necesito experimentar constantemente algo para demostrarme que estoy vivo.

  Puedo detenerme.

  Puedo guardar silencio.

  Puedo enfrentar mis heridas.

  Puedo pedir ayuda.

  Puedo llorar.

  Puedo sanar.

  Puedo estar solo sin sentirme abandonado.

  Puedo disfrutar sin convertirme en esclavo de lo que disfruto.

  Y puedo descubrir finalmente que la paz que llevaba años buscando detrás de experiencias cada vez más intensas no era una sensación.

  Era una relación.

  Era volver a Dios.

  El hombre convirtió el placer en refugio porque necesitaba escapar del dolor de El imperio de la muerte.

  Pero Jesucristo ofrece algo muchísimo mejor que escapar.

Ofrece regresar.

  Regresar al Padre.

  Regresar a la vida.

  Regresar a la libertad.

  Regresar a un lugar interior donde ya no necesitamos correr constantemente detrás de algo que nos haga olvidar quiénes somos.

  Porque el placer puede hacernos olvidar el dolor durante unas horas.

  Jesucristo puede comenzar a sanar aquello que llevamos toda una vida intentando olvidar.

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Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior hablamos de cómo el placer puede convertirse en refugio.

  El hombre siente dolor, vacío, ansiedad o soledad y descubre determinadas experiencias que durante unos momentos le producen alivio.

  Entonces regresa a ellas.

  Una vez.

  Otra vez.

  Y otra vez.

  Hasta que un día puede descubrir algo aterrador:

ya no estoy haciendo solamente lo que quiero hacer.

Estoy haciendo algo que ya no quiero hacer… y no puedo dejar de hacerlo.

  Sé que me está destruyendo.

  Sé que está dañando mi matrimonio.

  Sé que está afectando mi cuerpo.

  Sé que está lastimando a mis hijos.

  Sé que está consumiendo mi dinero.

  Sé que después voy a sentir culpa.

  Sé que mañana voy a arrepentirme.

  Incluso he dicho:

«Esta es la última vez».

  Pero regreso.

  ¿Por qué?

  ¿Por qué una persona inteligente puede conocer perfectamente las consecuencias de una conducta y continuar practicándola?

  ¿Por qué podemos odiar algo que hacemos…

  y aun así seguir haciéndolo?

  La Biblia ofrece una explicación mucho más profunda que simplemente falta de educación, disciplina o fuerza de voluntad.

  Habla de una realidad que entró en operación dentro del hombre caído:

«la ley del pecado».

  Y Pablo describió su tormento con palabras que millones de seres humanos podrían pronunciar:

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.»

Romanos 7:19, RVR1960

  Eso es esclavitud.

Así era al principio: el pecado no gobernaba al hombre

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Adán fue creado con libertad.

  Dios le dio un mandamiento, pero no creó dentro de él una naturaleza esclavizada al pecado.

  Podía obedecer.

  Podía vivir en comunión con Dios.

  Podía permanecer dentro del orden para el cual había sido creado.

  Pero también tenía verdadera capacidad de elección.

  Por eso Dios pudo decirle:

«…del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás…»

Génesis 2:17, RVR1960

  El mandamiento tenía sentido porque existía responsabilidad.

  Pero el hombre decidió desobedecer.

  Y aquella decisión produjo consecuencias muchísimo mayores de las que probablemente podía imaginar.

  Pablo lo explica:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  El hombre abrió una puerta.

  Pero detrás de aquella puerta no venía solamente un acto de pecado.

  Venía un poder que terminaría esclavizando a sus descendientes.

Esto fue lo que hicimos: activamos la ley del pecado y de la muerte

  Pablo utiliza una expresión extraordinariamente fuerte:

«la ley del pecado y de la muerte».

Romanos 8:2, RVR1960

  El pecado dejó de aparecer solamente como una acción aislada.

  Comenzó a operar como un poder dentro del hombre caído.

  Pablo habla de:

«el pecado que mora en mí».

Romanos 7:17, RVR1960

  Y después declara:

«…veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.»

Romanos 7:23, RVR1960

  Observe las palabras:

«me lleva cautivo».

  Ya no estamos hablando solamente de una mala decisión.

  Estamos hablando de esclavitud.

  Jesús mismo había dicho:

«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»

Juan 8:34, RVR1960

  El hombre quiso utilizar su libertad para separarse de Dios…

  y terminó perdiendo su libertad frente al pecado.

  Qué tragedia.

Utilizó su libertad para entrar en una esclavitud.

Así vivimos ahora: «No quiero hacerlo… pero lo hago»

  Aquí encontramos uno de los tormentos más profundos de El imperio de la muerte.

  El hombre puede convertirse en prisionero de patrones que él mismo detesta.

  Una persona dice:

«No volveré a beber».

  Y vuelve.

«No volveré a mirar eso».

  Y vuelve.

«No volveré a explotar de ira».

  Y vuelve.

«No volveré a mentir».

  Y vuelve.

«No volveré a esa relación».

  Y vuelve.

«No volveré a apostar».

  Y vuelve.

«Mañana cambio».

  Y mañana puede convertirse en otra repetición de ayer.

  Después viene la culpa.

  La vergüenza.

  El desprecio hacia uno mismo.

  Las promesas.

  El esfuerzo.

  La recaída.

  Y nuevamente la culpa.

  Pablo conoció ese conflicto y escribió:

«Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.»

Romanos 7:15, RVR1960

  ¡Qué descripción!

«Lo que aborrezco, eso hago».

  El problema ya no consiste en desconocer qué está mal.

  Lo sabe.

  No consiste en desconocer las consecuencias.

  Las está sufriendo.

  El tormento consiste precisamente en saberlo…

  querer cambiar…

  y descubrir que el conocimiento por sí solo no rompe las cadenas.

La religión tampoco puede romper por sí misma esa esclavitud

  Aquí Romanos siete resulta todavía más impresionante.

  Pablo conocía la ley.

  Había sido profundamente religioso.

  Conocía mandamientos.

  Conocía normas.

  Conocía disciplina.

  Conocía esfuerzos humanos.

  Y precisamente allí descubrió algo:

saber lo que debo hacer no significa tener poder para hacerlo.

  Una persona puede practicar una religión.

  Puede hacer promesas.

  Puede realizar obras.

  Puede imponerse sacrificios.

  Puede hacer pagos religiosos.

  Puede repetir:

«Ahora sí voy a cambiar».

  Puede sentir remordimiento.

  Puede incluso llorar.

  Y aun así descubrir que vuelve al mismo patrón.

  Porque una cadena espiritual no desaparece simplemente porque conozcamos las reglas.

  La ley puede señalar lo que está mal.

  Puede mostrarme mi condición.

  Pero Pablo descubrió que necesitaba algo más que instrucciones.

  Necesitaba liberación.

El tormento de querer ser libre y no poder liberarse

  Imagine el sufrimiento interior.

  Sé que estoy destruyendo algo que amo.

  Quiero detenerme.

  Prometo detenerme.

  Me esfuerzo.

  Fracaso.

  Me avergüenzo.

  Vuelvo a prometer.

  Vuelvo a fracasar.

  Entonces puedo comenzar a preguntarme:

¿Qué está mal conmigo?

  Y Pablo llega precisamente a ese punto.

  Después de describir toda aquella lucha, exclama:

«¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Romanos 7:24, RVR1960

  Observe que ya no pregunta:

¿Qué regla necesito?

  No pregunta:

¿Qué otra promesa debo hacer?

  Ni siquiera pregunta:

¿Qué debo saber?

  Pregunta:

«¿QUIÉN me librará?»

  Porque finalmente comprendió que su problema necesitaba algo más profundo que esfuerzo.

  Necesitaba un Libertador.

No fue Dios quien nos creó esclavos

  Esto tampoco era el Edén.

  Dios no creó al hombre diciendo:

«Te haré esclavo de aquello que te destruye».

  Lo creó libre.

  Le habló.

  Le advirtió.

  Le mostró el límite.

  Le dijo cuál sería la consecuencia:

«ciertamente morirás».

  Fue el hombre quien decidió atravesar aquella frontera.

  No podemos rechazar al Dios de la vida, entrar voluntariamente en el territorio del pecado y después culpar a Dios porque descubrimos que el pecado esclaviza.

  La Escritura lo había advertido.

  El pecado promete libertad.

  Pero termina colocando cadenas.

  Promete placer.

  Y puede terminar produciendo tormento.

  Promete independencia.

  Y termina creando dependencia.

  El hombre quiso decirle a Dios:

«No quiero que tú gobiernes sobre mí».

  Y terminó descubriendo algo mucho peor:

el pecado comenzó a gobernarlo.

Cristo es la esperanza: existe una ley más poderosa

  Pero Romanos siete no termina con:

«¡Miserable de mí!»

  Inmediatamente aparece la respuesta:

«Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.»

Romanos 7:25, RVR1960

  Y cuando llegamos al capítulo siguiente encontramos una declaración extraordinaria:

«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»

Romanos 8:2, RVR1960

  Ahí está la esperanza.

  Existe:

la ley del pecado y de la muerte.

  Pero existe también:

«la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús».

  Pablo no encontró simplemente una nueva religión.

  Encontró libertad en Jesucristo.

  Jesús había dicho:

«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»

Juan 8:36, RVR1960

  Ese es precisamente el tema que tendremos que profundizar más adelante.

  Porque todavía estamos recorriendo El imperio de la muerte.

  Todavía necesitamos contemplar lo que ocurrió cuando el hombre se separó de Dios.

  Pero ya podemos ver una luz en la distancia.

  El hombre quedó esclavizado.

  Dios no lo abandonó.

  El pecado puso cadenas.

  Cristo vino a romperlas.

  La ley del pecado conduce hacia la muerte.

  Cristo trae el Espíritu de vida.

  Y quizá alguien que lea estas palabras se reconozca exactamente en Romanos siete:

«No hago el bien que quiero».

  Ha prometido.

  Ha intentado.

  Ha llorado.

  Ha vuelto a caer.

  Y está cansado de luchar consigo mismo.

  Entonces la pregunta de Pablo también puede convertirse en su pregunta:

«¿Quién me librará?»

  Y la respuesta continúa siendo la misma:

Jesucristo.

  Porque el hombre utilizó su libertad para entrar en El imperio de la muerte.

  Pero Jesucristo vino hasta nosotros para hacer algo que nosotros solos no podíamos hacer:

sacarnos de allí.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hay algo profundamente agotador en vivir en un mundo donde sabemos que todo puede cambiar.

  Hoy tenemos trabajo.

  Mañana podemos perderlo.

  Hoy existe paz en nuestro país.

  Mañana puede comenzar una crisis.

  Hoy nuestro negocio funciona.

  Mañana puede quebrar.

  Hoy tenemos salud.

  Mañana puede llegar un diagnóstico inesperado.

  Hoy nuestra familia está completa.

  Mañana puede sonar el teléfono con una noticia que cambie nuestra historia.

  Hoy nuestra casa parece segura.

  Mañana un incendio, una inundación, una tormenta, un terremoto o alguna otra catástrofe puede cambiarlo todo.

  Hoy alguien nos ama.

  Mañana puede decidir marcharse.

  Hoy tenemos ahorros.

  Mañana una crisis puede consumirlos.

  Hoy pensamos que sabemos cómo será nuestra vida dentro de cinco años.

  Pero la verdad es que no sabemos siquiera qué puede ocurrir la próxima semana.

  Y nuestra mente lo sabe.

  Por eso intenta anticiparse.

  Calcula.

  Previene.

  Imagina.

  Se preocupa.

  Se prepara.

  Construye escenarios.

  Pregunta constantemente:

¿Y si pasa algo?

  Quizá una de las cargas psicológicas más profundas de El imperio de la muerte sea precisamente ésta:

vivimos intentando encontrar seguridad absoluta dentro de un mundo que ya no puede ofrecérnosla.

Así era al principio: el hombre fue colocado en un mundo seguro

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Adán abrió los ojos dentro de una realidad preparada por Dios.

  No despertó en medio del caos.

  Dios había ordenado primero su mundo.

  Preparó luz.

  Tierra.

  Agua.

  Vegetación.

  Alimento.

  Un lugar donde vivir.

  Trabajo.

  Compañía.

  Propósito.

  Y cuando terminó:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960

  Adán no vivía esperando que algo terrible ocurriera.

  No necesitaba seguros contra catástrofes.

  No necesitaba alarmas.

  No tenía fondos de emergencia.

  No existían guerras capaces de destruir su hogar.

  No había gobiernos cuyas decisiones pudieran arruinar su vida.

  No había delincuentes de quienes protegerse.

  No existían crisis financieras.

  No había hospitales donde pudiera recibir un diagnóstico devastador.

  No existían cementerios recordándole que podía perder a Eva.

  No necesitaba preguntarse:

«¿Qué pasará mañana?»

  Su realidad tenía algo que nosotros apenas conocemos:

estabilidad.

  El hombre vivía seguro porque su vida se desarrollaba dentro del orden de Dios.

  No necesitaba controlar el futuro.

  Conocía a quien sostenía su presente.

Esto fue lo que hicimos: abandonamos el lugar de seguridad y empezamos a vivir en un mundo inseguro

  Cuando el hombre decidió separarse de Dios, no perdió solamente un huerto.

  Entró en una realidad completamente diferente.

  La tierra misma fue afectada.

  El trabajo se volvió doloroso.

  Las relaciones fueron heridas.

  Entró la muerte.

  Aparecieron violencia, enfermedad, conflicto, ambición, injusticia y temor.

  El mundo que había sido hogar comenzó también a contener peligros.

  Y el ser humano comenzó a experimentar algo que en el Edén no necesitaba conocer:

inseguridad.

  Ahora había cosas que podían perderse.

  Personas que podían morir.

  Relaciones que podían romperse.

  Cosechas que podían fracasar.

  Pueblos que podían ser atacados.

  Gobernantes que podían oprimir.

  Otros seres humanos cuyas decisiones podían afectar profundamente nuestra existencia.

  Y apareció un problema terrible:

mi bienestar ya no depende solamente de mis decisiones.

  Puedo hacer las cosas correctamente…

  y sufrir por lo que alguien más decidió.

  Un gobernante toma una decisión y millones reciben las consecuencias.

  Un empresario administra mal y cientos pierden su empleo.

  Una persona conduce irresponsablemente y otra familia recibe una llamada terrible.

  Alguien comienza una guerra y niños que jamás participaron en aquella decisión pierden su hogar.

  Una persona abandona a su familia y quienes permanecen tienen que reconstruir su vida.

  De repente descubrimos que vivimos en un mundo donde las decisiones de otros también pueden cambiar nuestra realidad.

Así vivimos ahora: esperando que nada se derrumbe

  Por eso buscamos estabilidad desesperadamente.

  Queremos un trabajo seguro.

  Una casa segura.

  Una cuenta segura.

  Un matrimonio seguro.

  Un país seguro.

  Una inversión segura.

  Un negocio seguro.

  Un futuro seguro.

  Queremos construir algo alrededor de nosotros y finalmente poder decir:

«Ahora sí. Ya nada puede pasarme».

  Pero nunca llegamos completamente a ese punto.

  Porque siempre queda alguna variable que no controlamos.

  Una recesión.

  Una decisión política.

  Una guerra.

  Una enfermedad.

  Un accidente.

  Una catástrofe.

  Una traición.

  Una crisis familiar.

  Un cambio tecnológico.

  La pérdida de un cliente.

  El cierre de una empresa.

  Una llamada telefónica.

  Una decisión tomada a miles de kilómetros de nosotros.

  Y en ocasiones bastan veinticuatro horas para dividir nuestra historia en dos:

antes de que ocurriera

  y

después de que ocurrió.

  Ese conocimiento produce una enorme carga sobre la mente humana.

El tormento psicológico de no saber qué ocurrirá

  Nuestro cerebro intenta protegernos anticipando peligros.

  Entonces comenzamos a vivir acontecimientos que todavía no han sucedido.

  ¿Qué pasa si pierdo el trabajo?

  ¿Qué pasa si enfermo?

  ¿Qué pasa si el negocio fracasa?

  ¿Qué pasa si mis hijos tienen un accidente?

  ¿Qué pasa si mi esposo muere?

  ¿Qué pasa si mi matrimonio termina?

  ¿Qué pasa si viene otra crisis?

  ¿Qué pasa si el dinero no alcanza?

  ¿Qué pasa si pierdo mi casa?

  ¿Qué pasa si mañana ocurre algo que no estoy preparado para enfrentar?

  Y aparece la ansiedad.

  El cuerpo está sentado tranquilamente en una habitación…

  pero la mente puede estar viviendo diez tragedias diferentes que todavía no existen.

  El corazón se acelera.

  Los músculos permanecen tensos.

  El sueño se altera.

  La mente da vueltas.

  Cuesta concentrarse.

  Revisamos nuevamente las cuentas.

  Revisamos las noticias.

  Comprobamos que los hijos llegaron.

  Volvemos a calcular.

  Volvemos a imaginar.

  Intentamos controlar cada detalle.

  Y aun después de haber hecho todo lo posible aparece nuevamente la pregunta:

¿Pero qué pasa si…?

  Ese es uno de los grandes tormentos de la inseguridad:

no solamente sufrimos por las cosas malas que ocurren; también podemos sufrir anticipadamente por las que tememos que ocurran.

Intentamos controlar lo incontrolable

  Entonces el hombre desarrolla estrategias para sentirse seguro.

  Ahorra.

  Compra seguros.

  Construye paredes.

  Instala cámaras.

  Hace planes.

  Diversifica inversiones.

  Consulta médicos.

  Firma contratos.

  Estudia riesgos.

  Prepara emergencias.

  Y muchas de esas cosas son prudentes y necesarias.

  El problema comienza cuando esperamos que alguna de ellas nos proporcione seguridad absoluta.

  No pueden.

  Porque siempre existe algo fuera de nuestro control.

  Podemos reducir riesgos.

  Pero no eliminar todos los riesgos.

  Podemos planear el mañana.

  Pero no poseerlo.

  Podemos prepararnos para muchas eventualidades.

  Pero no conocer todas las eventualidades.

  Santiago describió nuestra fragilidad de una manera impresionante:

«…no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.»

Santiago 4:14, RVR1960

  Queremos controlar el mañana.

  Pero ni siquiera sabemos completamente qué traerá el mañana.

  Y cuanto más desesperadamente intentamos controlar lo incontrolable, más fácilmente podemos terminar atormentados.

La inseguridad nos roba incluso los días buenos

  Aquí aparece quizá una de sus consecuencias más crueles.

  Podemos tener un buen día…

  y no disfrutarlo por miedo a perderlo.

  La familia está bien.

  Pero pensamos:

«¿Y si algo les sucede?»

  Tenemos trabajo.

  Pero pensamos:

«¿Cuánto durará?»

  El negocio está funcionando.

  Pero pensamos:

«¿Y si viene una crisis?»

  Tenemos salud.

  Pero sentimos algo extraño y pensamos:

«¿Y si tengo algo grave?»

  Tenemos dinero suficiente hoy.

  Pero pensamos:

«¿Y cuando sea anciano?»

  Entonces el miedo al sufrimiento de mañana comienza a robarnos la paz que podríamos experimentar hoy.

  Eso es tormento.

  No porque la tragedia haya llegado.

  Sino porque vivimos esperando su llegada.

  La persona ya no descansa completamente.

  Vigila.

  Anticipa.

  Controla.

  Se prepara.

  Y cuando consigue resolver una preocupación, aparece otra.

  Porque el verdadero problema no era aquella circunstancia particular.

  El problema era descubrir que vivimos en un mundo donde nada creado puede garantizarnos que mañana todo permanecerá igual.

No culpemos a Dios por la inestabilidad del mundo que abandonó su orden

  Entonces alguien pregunta:

«¿Por qué Dios hizo un mundo tan inseguro?»

  Pero debemos regresar nuevamente al principio.

  No era así.

  Dios creó orden.

  Vida.

  Provisión.

  Comunión.

  Seguridad.

  Estabilidad.

  El hombre no vivía aterrorizado por la muerte porque todavía no había entrado la muerte.

  No temía la violencia porque todavía no había asesinato.

  No temía perder su matrimonio porque todavía no existían traición y abandono.

  No temía guerras porque no existían naciones destruyéndose unas a otras.

  No temía una crisis económica porque su provisión no dependía de mercados humanos.

  No temía quedarse solo porque vivía en comunión con Dios.

  Nosotros abandonamos aquel orden.

  Y después construimos un mundo lleno de sistemas humanos, decisiones humanas, ambiciones humanas, conflictos humanos y consecuencias que constantemente se afectan unas a otras.

  Añadimos pecado.

  Violencia.

  Guerra.

  Codicia.

  Corrupción.

  Abandono.

  Explotación.

  Y después miramos la inestabilidad resultante y preguntamos:

«Dios, ¿por qué permitiste que el mundo fuera así?»

  Pero al principio no fue así.

Cristo es la esperanza: paz dentro de un mundo que todavía se mueve

  Jesucristo nunca prometió que mientras vivamos en este mundo nada cambiará.

  Al contrario, reconoció claramente que enfrentaríamos dificultades.

  Pero ofreció algo extraordinario:

una seguridad que no depende de que todo alrededor permanezca igual.

  Jesús dijo:

«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»

Juan 14:27, RVR1960

  Observe cuidadosamente.

  No dijo:

«Nada malo volverá a suceder».

  Dijo:

«No se turbe vuestro corazón».

  El mundo puede moverse.

  Las circunstancias pueden cambiar.

  El empleo puede terminar.

  Los mercados pueden caer.

  Los gobiernos pueden cambiar.

  Los negocios pueden levantarse y desaparecer.

  Personas pueden entrar y salir de nuestra vida.

  Podemos atravesar temporadas que jamás imaginamos.

  Pero Cristo comienza a devolvernos algo que perdimos cuando salimos del Edén:

la posibilidad de descansar nuevamente en Dios.

  Por eso Jesús habló directamente acerca del mañana:

«Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán.»

Mateo 6:34, RVR1960

  Y antes había dado la razón:

«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»

Mateo 6:32, RVR1960

  Otra vez aparece:

el Padre.

  Nuestra seguridad definitiva nunca podrá encontrarse en conseguir que este mundo deje de cambiar.

  Eso no ocurrirá completamente mientras continuemos viviendo dentro de El imperio de la muerte.

  Nuestra seguridad comienza cuando comprendemos que, aunque nuestra realidad cambie, Dios no cambia con ella.

  Hoy puedo no saber qué ocurrirá mañana.

  Pero puedo saber quién estará conmigo mañana.

  No puedo controlar todas las decisiones de otros.

  No puedo detener todas las crisis.

  No puedo evitar cada pérdida.

  No puedo garantizar que mi realidad permanecerá exactamente igual.

  Pero puedo dejar de exigirle a este mundo algo que ya no puede darme:

seguridad absoluta.

  Porque Jesucristo no vino solamente a enseñarnos cómo sobrevivir psicológicamente dentro de un mundo inseguro.

  Vino a sacarnos finalmente de él.

  La Biblia termina presentándonos una realidad donde aquello que hoy nos atormenta habrá desaparecido.

  No habrá muerte.

  No habrá llanto.

  No habrá clamor.

  No habrá dolor.

«…porque las primeras cosas pasaron.»

Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Eso significa que El imperio de la muerte tiene fecha de terminación.

  Un día el hombre volverá a vivir dentro de una realidad donde no despertará preguntándose:

«¿Qué cosa terrible podría ocurrir hoy?»

  No habrá una llamada que destruya la tranquilidad de una familia.

  No habrá un diagnóstico terminal.

  No habrá una guerra que obligue a abandonar la casa.

  No habrá una muerte inesperada que deje una silla vacía.

  No habrá necesidad de asegurar nuestras posesiones contra todas las maneras posibles de perderlas.

  No habrá miedo de que mañana destruya lo que hoy amamos.

  Porque finalmente estaremos nuevamente dentro de una realidad completamente gobernada por el Dios de la vida.

  Hasta entonces, Cristo nos enseña algo extraordinario:

  No necesito conocer todo lo que ocurrirá mañana para poder vivir hoy.

  No necesito controlar todas las variables para poder descansar.

  No necesito que el mundo permanezca inmóvil para tener paz.

  Porque mi esperanza no descansa en que nada cambie.

  Descansa en Aquel que:

«es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»

Hebreos 13:8, RVR1960

  En un mundo donde prácticamente todo puede cambiar…

  Jesucristo permanence y quiere ayudarnos y darnos su paz mientras vivimos aquí,

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Dr. Elio M. Rivera

  Hasta ahora hemos contemplado lo que el pecado hizo dentro del hombre.

  Pero las consecuencias de la caída no terminaron allí.

  Algo ocurrió también con el mundo que nos rodeaba.

  La tierra cambió.

  La relación con los animales cambió.

  La naturaleza dejó de ser solamente el maravilloso hogar que Dios había preparado para nosotros y comenzó también a convertirse en una fuente de peligro.

  Sequías.

  Tormentas.

  Inundaciones.

  Incendios.

  Terremotos.

  Huracanes.

  Pérdidas de cosechas.

  Escasez.

  Animales que atacan.

  Enfermedades transmitidas por organismos.

  Destrucción de hogares.

  Comunidades enteras devastadas en unas cuantas horas.

  Y nuevamente aparece la pregunta que acompaña toda esta serie:

¿Dios creó originalmente un mundo así?

  Pablo utiliza una expresión extraordinariamente profunda para describir la condición actual de la creación:

«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.»

Romanos 8:22, RVR1960

  La creación:

gime.

  No solamente el hombre lleva las cicatrices de El imperio de la muerte.

  La tierra misma las lleva.

Así era al principio: la creación era nuestro hogar

  Regresemos nuevamente al Edén.

  Cuando Dios terminó de crear el mundo declaró:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960

  El mundo original no aparece como enemigo del hombre.

  Aparece como su hogar.

  La tierra producía alimento.

  Los árboles daban fruto.

  Los ríos proporcionaban agua.

  El hombre podía trabajar la tierra.

  Los animales formaban parte de aquella creación extraordinaria.

  Y Dios entregó al ser humano una responsabilidad:

«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias…»

Génesis 1:26, RVR1960

  Aquello no era una licencia para destruir.

  Era autoridad delegada para administrar.

  El hombre estaba bajo Dios.

  La creación había sido colocada bajo la administración del hombre.

  Había orden.

  Incluso la relación entre el hombre y los animales era diferente.

  Dios llevó los animales delante de Adán y éste les puso nombre.

«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo…»

Génesis 2:20, RVR1960

  No encontramos a Adán huyendo aterrorizado de ellos.

  No encontramos animales devorándolo.

  No encontramos al hombre construyendo barreras para protegerse de las criaturas que Dios había hecho.

  La creación y el hombre coexistían dentro del orden establecido por su Creador.

  Y hay un detalle todavía más impresionante.

  En Génesis 1:29-30 Dios describe vegetación como alimento tanto para el hombre como para los animales.

  La escena original está dominada por vida alimentándose de lo que la tierra produce, no por una creación devorándose mutuamente.

  Era un mundo extraordinariamente diferente del nuestro.

Esto fue lo que hicimos: la caída alcanzó también la tierra

  Entonces el hombre pecó.

  Y cuando Dios describió las consecuencias, habló directamente de la tierra:

«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»

Génesis 3:17, RVR1960

  Y añadió:

«Espinos y cardos te producirá…»

Génesis 3:18, RVR1960

  Algo había cambiado.

  La tierra que anteriormente cooperaba con el hombre ahora ofrecería resistencia.

  El trabajo produciría sudor.

  La provisión implicaría lucha.

  Aparecieron espinos y cardos.

  La relación entre el hombre y su ambiente había sido herida.

  Más adelante, después del diluvio, encontramos también una declaración impresionante acerca de los animales:

«El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra…»

Génesis 9:2, RVR1960

  Observe esas palabras:

«temor y miedo».

  La relación había cambiado.

  El mundo donde Adán había puesto nombre a los animales ahora era un mundo donde hombre y animal podían temerse mutuamente.

  El pecado del hombre no permaneció encerrado dentro de su corazón.

  Sus consecuencias alcanzaron el mundo que Dios había colocado bajo su administración.

Así vivimos ahora: la naturaleza también puede hacernos daño

  Esta es una de las contradicciones más dolorosas de nuestra existencia.

  Amamos la naturaleza.

  Y al mismo tiempo le tenemos miedo.

  Contemplamos el océano y nos parece hermoso.

  Pero sabemos que puede levantarse con una fuerza extraordinaria.

  Miramos las nubes esperando lluvia para nuestros campos.

  Pero demasiada lluvia puede inundarlos.

  Necesitamos agua.

  Pero una sequía prolongada puede destruir cosechas, ganado, economías y comunidades.

  Disfrutamos del viento.

  Pero sabemos que puede convertirse en una fuerza destructiva.

  Vivimos sobre la tierra.

  Pero la tierra puede moverse bajo nuestros pies.

  Una familia puede acostarse teniendo casa…

  y después de una catástrofe descubrir que ha perdido prácticamente todo.

  Años de trabajo pueden desaparecer en unas horas.

  Casas.

  Negocios.

  Cosechas.

  Animales.

  Recuerdos.

  Fotografías.

  Comunidades.

  Y algunas veces:

vidas.

  Entonces vienen los refugios.

  Las evacuaciones.

  Las sirenas.

  Las noticias.

  Las llamadas.

  La incertidumbre.

  El miedo.

  Y nuevamente:

El imperio de la muerte produce tormento.

Cuando la creación gime, nosotros también gemimos

  Una catástrofe natural no destruye solamente edificios.

  Puede destruir la sensación de seguridad de una persona.

  Después de haber vivido un terremoto, una tormenta devastadora, una inundación o un incendio, el siguiente ruido puede producir miedo.

  La siguiente tormenta ya no se escucha igual.

  La siguiente temporada de huracanes ya no se contempla igual.

  Una nube puede despertar recuerdos.

  Un olor puede regresar a la mente.

  Una alarma puede hacer que el corazón se acelere.

  Porque la persona ya sabe algo que antes solamente conocía intelectualmente:

mi mundo puede cambiar en unos minutos.

  Y existen sufrimientos todavía más prolongados.

  Una sequía puede durar meses.

  El agricultor mira el cielo esperando lluvia.

  La cosecha comienza a perderse.

  El ganado necesita agua.

  Las reservas disminuyen.

  Las deudas continúan.

  Una familia entera puede depender de algo que el ser humano sencillamente no puede producir por voluntad propia: lluvia.

  Entonces entendemos por qué las alteraciones de la creación tienen un efecto tan profundo sobre nosotros.

  Dependemos de ella.

  Necesitamos agua.

  Necesitamos tierra fértil.

  Necesitamos alimento.

  Necesitamos condiciones donde podamos vivir.

  Cuando la creación gime:

nosotros sentimos su dolor.

¿Por qué Dios permite terremotos, sequías y catástrofes?

  Esta pregunta ha hecho sufrir a innumerables personas.

  Después de una tragedia alguien mira las ruinas y pregunta:

«¿Por qué Dios hizo esto?»

  Pero nuevamente debemos regresar al principio.

  La Biblia no comienza con una creación devastada.

  Comienza con una creación que Dios declaró:

«bueno en gran manera».

  Tampoco termina con un mundo devastado.

  Entre aquel principio y aquel final existe algo:

la caída.

  Pablo explica que:

«…la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad…»

Romanos 8:20, RVR1960

  Y después habla de:

«la esclavitud de corrupción».

Romanos 8:21, RVR1960

  Eso significa que la creación que observamos actualmente no representa plenamente el estado original para el cual fue creada.

  Algo está roto.

  Algo está esperando.

  Algo está gimiendo.

  Por eso cuando contemplamos destrucción en la naturaleza no debemos concluir:

«Así diseñó Dios originalmente su mundo».

  No.

  Al principio no fue así.

También nosotros hemos herido la creación

  Y existe otra responsabilidad que no debemos ignorar.

  No solamente vivimos dentro de una creación afectada por la caída.

  Los seres humanos también hemos contribuido muchas veces a aumentar su sufrimiento.

  Contaminamos.

  Destruimos irresponsablemente.

  Envenenamos agua.

  Abusamos de animales.

  Agotamos recursos.

  Destruimos hábitats sin necesidad.

  Convertimos la autoridad que Dios nos dio para administrar en permiso para explotar.

  Pero Génesis nunca dijo:

«Destruyan la tierra».

  Dijo:

«señoreen».

  La autoridad bíblica implica responsabilidad delante del verdadero Dueño.

  La tierra continúa perteneciendo a Dios:

«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»

Salmo 24:1, RVR1960

  Somos administradores.

  No propietarios absolutos.

  Por eso parte de nuestra restauración debe incluir aprender nuevamente a relacionarnos correctamente con aquello que Dios creó.

La creación está esperando algo

  Entonces Pablo hace una declaración extraordinaria:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.»

Romanos 8:19, RVR1960

  ¡Qué expresión!

  La creación está:

esperando.

  Pero debemos entender correctamente qué está esperando.

  Pablo continúa:

«porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.»

Romanos 8:21, RVR1960

  La creación y los hijos de Dios comparten una esperanza.

  Restauración.

  Nosotros todavía experimentamos enfermedad, envejecimiento y muerte.

  La creación todavía experimenta corrupción.

  Nosotros gemimos.

  Ella gime.

  Pero ninguno gemirá para siempre.

  Pablo dice que llegará el momento en que los hijos de Dios serán manifestados en gloria…

  y la creación misma participará de aquella libertad.

  Por eso el gemido de Romanos ocho no es el gemido de alguien que está muriendo sin esperanza.

  Pablo lo compara con:

«dolores de parto».

  El parto duele.

  Pero el dolor anuncia que:

algo viene.

Jesucristo mostró cómo luce la autoridad del hombre restaurado

  Y aquí aparece Jesucristo.

  Cuando observamos su vida encontramos algo extraordinario.

  La creación responde a Él.

  El viento sopla violentamente.

  El mar amenaza.

  Los discípulos están aterrorizados.

  Entonces Jesús se levanta:

«…reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.»

Mateo 8:26, RVR1960

  Los discípulos quedaron maravillados:

«¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?»

Mateo 8:27, RVR1960

  Exactamente.

¿Qué hombre es éste?

  Jesús no solamente enseñaba acerca del Reino.

  Lo demostraba.

  Caminó sobre el mar.

  Los peces respondieron a su palabra.

  Una multitud fue alimentada bajo su autoridad.

  El viento y las olas obedecieron.

  Donde los discípulos veían una creación fuera de control y gritaban aterrorizados:

«¡Señor, sálvanos, que perecemos!»

  Jesús mostró que el Rey estaba presente.

  Cristo nos permite contemplar algo de lo que significa que la creación vuelva a encontrarse bajo el gobierno correcto.

Cristo es la esperanza: volver a administrar, no a destruir

  Jesucristo no vino solamente a salvar almas para abandonar después el resto de la creación.

  El plan de Dios es mucho mayor.

  Cristo comenzó restaurando al hombre.

  Y el hombre restaurado debe comenzar también a aprender nuevamente cómo vivir dentro de la creación de su Padre.

  Si somos hijos de Dios, no deberíamos ser quienes más destruyen.

  Deberíamos cuidar.

  Proteger.

  Cultivar.

  Restaurar.

  Administrar responsablemente.

  Tratar correctamente a los animales.

  Utilizar los recursos con sabiduría.

  Aliviar el sufrimiento producido por catástrofes.

  Dar agua al sediento.

  Alimento al hambriento.

  Refugio al desplazado.

  Ayudar a reconstruir lo destruido.

  Y también podemos orar.

  Podemos pedir la intervención de Dios.

  Podemos ejercer nuestra fe sabiendo que Jesucristo continúa siendo Señor sobre toda la creación.

  Pero no debemos confundir aquello que comienza ahora con aquello que solamente será completado cuando Cristo restaure todas las cosas.

  Todavía existen terremotos.

  Todavía existen huracanes.

  Todavía existen sequías.

  Todavía existen animales que sufren.

  Todavía existe muerte.

  Todavía:

«toda la creación gime».

  Pero no gemirá para siempre.

  La Biblia termina llevando nuestra mirada hacia una creación restaurada.

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva…»

Apocalipsis 21:1, RVR1960

  El propósito de Dios no termina con nosotros escapando de un planeta destruido.

  Termina con restauración.

  Aquello que comenzó en Génesis con una creación «bueno en gran manera» terminará con Dios habitando nuevamente con los hombres.

  Y entonces comprenderemos plenamente lo que Pablo estaba anunciando.

  La creación que durante siglos gimió bajo corrupción finalmente será:

«libertada de la esclavitud de corrupción».

  Ya no tendremos que mirar el cielo con miedo.

  No habrá una naturaleza que de repente destruya nuestro hogar.

  No habrá tierra produciendo dolor.

  No habrá creación devorándose en una interminable lucha por sobrevivir.

  No habrá animales sufriendo bajo el dominio de la muerte.

  No habrá hombre destruyendo aquello que debía administrar.

  Porque el Rey habrá restaurado el orden.

  Y los hijos habrán regresado a casa.

  Entonces la creación dejará de gemir.

  El hombre dejará de gemir.

  Y aquello que durante tanto tiempo estuvo sometido a El imperio de la muerte volverá a encontrarse plenamente bajo el Reino de la vida.

  Porque Jesucristo no vino solamente a rescatar al hombre de las ruinas.

  Vino para comenzar una obra que terminará cuando Dios pueda decir nuevamente acerca de todo lo que contempla:

todo ha sido restaurado.

Cristo es la esperanza: los hijos de Dios podemos manifestar su Reino ahora

  Pero aquí no debemos cometer un error.

  No tenemos que esperar hasta que Jesucristo regrese para comenzar a ver el poder del Reino de Dios manifestándose sobre una creación que gime.

  La restauración completa todavía vendrá.

  Pero el Reino de Dios ya irrumpió en este mundo con Jesucristo.

  Y cuando Jesús caminó sobre la tierra no se limitó a contemplar resignadamente las consecuencias de la caída.

  Cuando encontró enfermedad:

sanó.

  Cuando encontró opresión:

libertó.

  Cuando encontró hambre:

multiplicó el alimento.

  Cuando encontró muerte:

levantó muertos.

  Cuando encontró una tormenta amenazando la vida de sus discípulos:

habló al viento y al mar.

  Marcos registra aquel momento:

«Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.»

Marcos 4:39, RVR1960

  Jesús no solamente sobrevivió a la tormenta.

Ejerció autoridad sobre ella.

  Y los discípulos quedaron maravillados:

«¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?»

Marcos 4:41, RVR1960

  Aquello era una demostración visible del Reino de Dios entrando en territorio afectado por El imperio de la muerte.

Jesús no dijo solamente «mírenme»; dijo «síganme»

  Aquí aparece algo extraordinario.

  Jesús no vino únicamente para mostrarnos cosas que jamás volverían a ocurrir.

  Formó discípulos.

  Les dio autoridad.

  Los envió.

  Y dijo:

«De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará…»

Juan 14:12, RVR1960

  Esta declaración no nos permite reducir el cristianismo a esperar pacientemente llegar al cielo.

  Cristo nos llamó a andar como Él anduvo.

«El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.»

1 Juan 2:6, RVR1960

  Por eso creemos en la intervención sobrenatural de Dios aquí y ahora.

  Podemos orar por enfermos esperando sanidad.

  Podemos enfrentar circunstancias imposibles esperando milagros.

  Podemos pedir lluvia cuando la tierra está seca.

  Podemos clamar para que una sequía termine.

  Podemos orar frente a fenómenos naturales destructivos.

  Podemos hablar en fe y ejercer la autoridad que Cristo delegó, siempre bajo el señorío de Dios.

  No porque nosotros seamos dioses.

  No porque la creación esté sometida a nuestros caprichos.

  Sino porque somos hijos que actuamos bajo la autoridad del Rey.

La Biblia ya nos mostró hombres orando sobre la naturaleza

  Esto tampoco comienza en nuestros días.

  Santiago recuerda el caso de Elías:

«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.»

Santiago 5:17, RVR1960

  Y después:

«Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.»

Santiago 5:18, RVR1960

  ¡La sequía terminó!

  El cielo volvió a dar lluvia.

  La tierra volvió a producir.

  Santiago no presenta a Elías como una criatura perteneciente a otra especie espiritual.

  Dice:

«era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras».

  Y utiliza precisamente su historia para enseñarnos acerca de la oración eficaz.

  Por eso no tenemos que mirar una sequía y pensar que nuestra única posibilidad es esperar pasivamente.

  Podemos actuar.

  Podemos administrar.

  Podemos ayudar.

  Podemos utilizar todos los recursos disponibles.

  Pero también podemos:

orar.

  Podemos creer.

  Podemos pedir intervención sobrenatural.

  Podemos esperar que Dios haga aquello que nuestras capacidades humanas no pueden hacer.

La creación espera la manifestación de los hijos

  Entonces las palabras de Pablo adquieren una fuerza extraordinaria:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.»

Romanos 8:19, RVR1960

  Su cumplimiento pleno pertenece a la gloriosa restauración que todavía esperamos.

  Pero nosotros ya somos hijos de Dios.

  Y mientras esperamos aquella manifestación completa, podemos comenzar a manifestar aquí el carácter, la compasión, la autoridad y el poder de nuestro Padre.

  No fuimos llamados simplemente a contemplar El imperio de la muerte.

  Fuimos enviados dentro de él.

  Jesús dijo:

«Como me envió el Padre, así también yo os envío.»

Juan 20:21, RVR1960

  Eso cambia nuestra posición.

  No somos solamente víctimas esperando rescate.

  Somos representantes de Jesucristo dentro de un mundo herido.

  Donde existe enfermedad:

oramos por sanidad.

  Donde existe opresión:

proclamamos libertad.

  Donde existe hambre:

alimentamos y creemos en la provisión de Dios.

  Donde existe sequía:

podemos pedir lluvia.

  Donde existe una amenaza de la naturaleza:

podemos clamar, hablar en fe y esperar la intervención de Dios.

  Donde nuestras capacidades terminan:

la capacidad de Dios no termina.

Podemos andar como Cristo anduvo

  Ese es el Evangelio que Jesucristo mostró.

  No solamente una promesa de que algún día todo estará bien.

  Es la llegada del Reino de Dios aquí y ahora, anticipando la restauración completa que un día veremos.

  Jesús caminó dentro del mismo mundo caído.

  Había tormentas.

  Había enfermedad.

  Había hambre.

  Había demonios.

  Había muerte.

  Pero cuando el Reino de la vida encontraba las obras de El imperio de la muerte, algo comenzaba a cambiar.

  Los enfermos podían sanar.

  Los atormentados podían ser libres.

  Los hambrientos podían comer.

  La tormenta podía callar.

  Los muertos podían levantarse.

  Y después Jesús dijo a sus discípulos:

«Como me envió el Padre, así también yo os envío.»

  No estamos diciendo que nosotros poseamos poder independiente de Dios.

  Todo procede de Él.

  Toda autoridad pertenece a Cristo.

  Todo milagro glorifica a Dios.

  Pero tampoco debemos convertir nuestra dependencia de Dios en pasividad.

  Podemos creer.

  Podemos orar.

  Podemos hablar en fe.

  Podemos obedecer.

  Podemos imponer manos sobre enfermos.

  Podemos esperar milagros.

  Podemos pedirle a Dios que intervenga sobre aquello que humanamente parece imposible.

  Y podemos hacerlo porque Jesucristo vive.

  La creación todavía gime.

  Pero los hijos de Dios ya estamos aquí.

  Y cada vez que un enfermo sana, cada vez que Dios provee sobrenaturalmente, cada vez que una oración cambia una circunstancia imposible, cada vez que la vida vence aquello que parecía destinado a muerte, estamos contemplando un pequeño anticipo de algo mucho mayor:

El imperio de la muerte no gobernará para siempre.

  Un día la restauración será completa.

  Pero hasta que llegue ese día, no estamos condenados simplemente a cruzarnos de brazos esperando.

  Jesucristo nos dejó su nombre.

  Nos dio autoridad.

  Nos dio el Espíritu Santo.

  Nos enseñó a orar.

  Nos enseñó a creer.

  Nos mostró cómo caminar.

  Y después nos envió.

  Por eso, cuando encontremos una parte de la creación gimiendo, nuestra primera reacción no tiene que ser únicamente:

«Algún día Cristo arreglará esto».

  También podemos preguntar:

«Padre, ¿qué quieres hacer aquí y ahora a través de tus hijos?»

  Y entonces:

  oramos.

  Creemos.

  Actuamos.

  Servimos.

  Ejercemos la autoridad recibida bajo el señorío de Jesucristo.

  Y esperamos ver la intervención sobrenatural de Dios.

  Porque no fuimos llamados solamente a esperar que algún día el mundo conozca cómo luce el Reino de Dios.

Fuimos llamados a mostrárselo.

  Aquí.

  Ahora.

  Andando como Cristo anduvo.

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Dr. Elio M. Rivera

  Hay personas que comienzan a sufrir desde el domingo por la tarde.

  Todavía no ha llegado el lunes.

  Todavía no han entrado a la oficina.

  Todavía no han encendido la máquina.

  Todavía no han abierto el negocio.

  Pero solamente pensar:

«Mañana tengo que regresar a trabajar»

  les produce angustia.

  Para millones de seres humanos el trabajo dejó de ser una actividad que produce satisfacción y se convirtió en una obligación agotadora de la cual depende su supervivencia.

  Hay quienes trabajan cansados.

  Trabajan enfermos.

  Trabajan preocupados.

  Trabajan bajo presión.

  Trabajan con personas que no soportan.

  Trabajan bajo jefes que los maltratan.

  Trabajan haciendo algo que detestan porque necesitan pagar la casa, comprar alimento, mantener a sus hijos y cubrir las cuentas.

  Esperan el viernes.

  Temen el lunes.

  Cuentan los días para las vacaciones.

  Cuentan los años para jubilarse.

  Y lentamente algo extraordinariamente valioso comienza a desaparecer:

su vida.

  Porque trabajar ocho, diez o doce horas diariamente durante décadas significa entregar una enorme parte de nuestra existencia al trabajo.

  Entonces debemos hacer una pregunta:

¿Dios creó al hombre para vivir así?

  No.

  El trabajo existía antes del pecado.

  Pero la fatiga, el tormento y la esclavitud asociados con el trabajo aparecieron después de la caída.

Así era al principio: el trabajo era parte de una vida buena

  Existe una idea equivocada que debemos eliminar.

  Algunas personas piensan que antes del pecado Adán no trabajaba.

  Pero la Biblia dice:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.»

Génesis 2:15, RVR1960

  Observe algo importantísimo:

  esto ocurrió antes de la caída.

  Adán trabajaba.

  Cultivaba.

  Administraba.

  Cuidaba.

  Desarrollaba aquello que Dios había colocado bajo su responsabilidad.

  El trabajo, por lo tanto, no es consecuencia del pecado.

  El trabajo formaba parte de aquella creación que Dios declaró:

«bueno en gran manera».

  El hombre había sido creado con inteligencia, creatividad, fuerza, capacidades y propósito.

  Podía tomar aquello que Dios había creado y desarrollarlo.

  Podía sembrar.

  Cultivar.

  Organizar.

  Construir.

  Administrar.

  Descubrir.

  Crear.

  El trabajo permitía al hombre expresar parte de la imagen de su Creador.

  Dios crea.

  Dios ordena.

  Dios produce.

  Dios administra.

  Y el hombre, creado a su imagen, recibió también capacidad para producir y administrar.

  Pero Adán no despertaba pensando:

«Otra vez tengo que ir a trabajar».

  No odiaba el huerto.

  No esperaba desesperadamente el fin de semana.

  No regresaba emocionalmente destruido.

  No estaba consumiendo su salud para poder pagar las cuentas.

  No vivía bajo la amenaza:

«Si dejo de producir, quizá no sobreviva».

  El trabajo estaba integrado dentro de una vida de comunión, provisión, propósito y descanso.

  Adán trabajaba.

  Pero el trabajo no devoraba a Adán.

Esto fue lo que hicimos: el trabajo comenzó a producir dolor

  Después del pecado encontramos palabras completamente diferentes.

  Dios dijo a Adán:

«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»

Génesis 3:17, RVR1960

  Y después:

«Con el sudor de tu rostro comerás el pan…»

Génesis 3:19, RVR1960

  El hombre continuaría trabajando.

  Pero ahora algo había cambiado.

  La tierra ofrecería resistencia.

  Aparecieron espinos.

  Cardos.

  Dolor.

  Sudor.

  Fatiga.

  El trabajo que originalmente debía producir fruto comenzó también a producir agotamiento.

  El hombre seguiría sembrando.

  Pero algunas semillas no producirían.

  Seguiría construyendo.

  Pero lo construido podría destruirse.

  Seguiría trabajando.

  Pero el resultado ya no estaría siempre garantizado.

  Podría esforzarse enormemente…

  y aun así perder.

  Aquí encontramos otra de las heridas de El imperio de la muerte:

el trabajo dejó de ser solamente expresión de propósito y comenzó también a convertirse en lucha por sobrevivir.

Así vivimos ahora: trabajando para poder seguir trabajando

  Observe nuestro mundo.

  Nos levantamos con alarma.

  Corremos.

  Comemos deprisa.

  Manejamos entre tráfico.

  Llegamos al trabajo.

  Cumplimos horarios.

  Respondemos mensajes.

  Atendemos problemas.

  Soportamos presión.

  Cumplimos metas.

  Regresamos cansados.

  Dormimos.

  Y al día siguiente:

volvemos a comenzar.

  Lunes.

  Martes.

  Miércoles.

  Jueves.

  Viernes.

  Semana tras semana.

  Mes tras mes.

  Año tras año.

  Y una mañana descubrimos que han pasado:

veinte años.

  El niño creció.

  Nuestros padres envejecieron.

  Nuestro matrimonio cambió.

  Nuestro cuerpo cambió.

  Y nosotros estuvimos:

trabajando.

  No porque trabajar sea malo.

  Sino porque dentro de un mundo caído el trabajo puede convertirse en un amo que exige cada vez más de nuestra vida.

  Entonces trabajamos para pagar la casa en la que casi nunca estamos.

  Compramos cosas que casi no tenemos tiempo para disfrutar.

  Proveemos para hijos con quienes algunas veces apenas convivimos.

  Ahorramos para unas vacaciones porque necesitamos recuperarnos del trabajo que hacemos durante todo el año.

  Y esperamos jubilarnos para finalmente tener tiempo de vivir.

  Algo está mal con esa imagen.

Cuando el trabajo comienza a atormentar la mente

  El efecto no es solamente físico.

  También puede ser profundamente emocional.

  Hay personas que salen del trabajo…

  pero el trabajo no sale de ellas.

  Llegan a casa pensando en lo que quedó pendiente.

  Cenan pensando en mañana.

  Intentan dormir repasando problemas.

  Despiertan durante la noche recordando algo que olvidaron hacer.

  El cuerpo está en la cama.

  Pero la mente continúa en la oficina.

  El cuerpo está de vacaciones.

  Pero la mente sigue trabajando.

  El teléfono se convierte en una extensión del empleo.

  Un mensaje puede interrumpir la cena.

  Una llamada puede destruir una tarde familiar.

  Un correo electrónico puede entrar a la habitación antes de dormir.

  Y aparece algo terrible:

nunca terminamos completamente de trabajar.

  Después viene el estrés.

  La irritabilidad.

  El cansancio.

  La dificultad para dormir.

  La frustración.

  La sensación de estar atrapados.

  El temor a perder el empleo.

  La presión por producir.

  La competencia.

  El sentimiento de que nunca hacemos suficiente.

  Y finalmente una pregunta dolorosa:

«¿Voy a pasar toda mi vida haciendo algo que no disfruto solamente porque necesito sobrevivir?»

  Para algunas personas la respuesta parece ser:

sí.

  Eso es tormento.

El trabajo puede convertirse en esclavitud

  Y todavía existe una realidad más dolorosa.

  Hay millones de personas que ni siquiera pueden escoger dónde trabajar.

  Aceptan lo que encuentran.

  No porque les guste.

  No porque ésa sea su vocación.

  No porque allí desarrollen sus talentos.

  Sino porque:

necesitan comer.

  Una madre soporta condiciones difíciles porque tiene hijos.

  Un padre acepta humillaciones porque necesita pagar la renta.

  Un trabajador permanece bajo un jefe abusivo porque teme quedarse sin ingreso.

  Una persona continúa durante años haciendo algo que detesta porque piensa:

«No puedo darme el lujo de renunciar».

  Entonces el dinero que recibe no solamente representa remuneración.

  Puede convertirse en la cadena que lo mantiene en un lugar donde ya no quiere estar.

  Y nuevamente aparece la pregunta:

¿Esto fue lo que Dios diseñó?

  ¿Creó Dios al hombre para despertarse angustiado cinco días por semana y sentirse vivo solamente durante dos?

  ¿Lo creó para entregar las mejores horas de su vida a algo que aborrece?

  ¿Lo creó para destruir su salud intentando sobrevivir?

  ¿Lo creó para que sus hijos conozcan más su ausencia que su presencia?

  ¿Lo creó para que al final de su existencia mire hacia atrás y descubra que trabajó toda su vida pero casi nunca tuvo tiempo para vivirla?

  No.

Al principio no fue así.

El imperio de la muerte convirtió incluso el propósito en agotamiento

  Ésta es la tragedia.

  Algo que Dios creó bueno terminó profundamente afectado por la caída.

  El trabajo debía permitirnos desarrollar nuestras capacidades.

  Ahora puede consumirlas.

  Debía producir satisfacción.

  Ahora puede producir ansiedad.

  Debía permitirnos administrar la creación.

  Ahora algunas veces nos sentimos administrados por nuestro empleo.

  Debía formar parte de nuestra vida.

  Ahora puede convertirse en nuestra vida entera.

  Y entonces aparece otra forma de esclavitud.

  Nuestra identidad comienza a depender de lo que hacemos.

  Preguntamos:

«¿A qué te dedicas?»

  Y muchas veces contestamos como si nuestra profesión fuera nuestra identidad.

  Soy médico.

  Soy empresario.

  Soy obrero.

  Soy maestro.

  Soy agricultor.

  Soy empleado.

  Pero antes de cualquiera de esas cosas:

somos personas.

  Y para quienes estamos en Cristo existe una identidad todavía más profunda:

somos hijos de Dios.

  Mi trabajo es algo que hago.

  No es quien soy.

Cristo nos redimió también de la maldición

  Y aquí aparece nuevamente Jesucristo.

  Pablo hizo una declaración extraordinaria:

«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición…»

Gálatas 3:13, RVR1960

  La cruz no solamente nos ofrece esperanza para después de morir.

  La obra de Cristo comienza a cambiar nuestra relación con Dios y nuestra manera de vivir aquí y ahora.

  Eso incluye nuestra relación con el trabajo.

  No tenemos que aceptar como ideal una existencia dominada permanentemente por tormento, agotamiento y esclavitud.

  Podemos pedirle a Dios dirección.

  Podemos pedir oportunidades.

  Podemos pedir puertas abiertas.

  Podemos pedir creatividad.

  Podemos pedir ideas.

  Podemos pedir favor.

  Podemos pedir un trabajo digno.

  Podemos pedir un ambiente saludable.

  Podemos creer que Dios puede colocarnos en un lugar donde nuestros dones sean utilizados correctamente.

  Podemos creer que Él puede prosperar el trabajo de nuestras manos.

  El salmista oró:

«Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma.»

Salmo 90:17, RVR1960

  ¡Qué diferencia!

  No solamente trabajar hasta quedar agotados.

  Sino contemplar a Dios:

confirmando la obra de nuestras manos.

Podemos volver a disfrutar lo que hacemos

  No estoy diciendo que todo trabajo será fácil.

  Jesús mismo trabajó.

  Sus discípulos trabajaron.

  Pablo trabajó.

  Habrá responsabilidades.

  Habrá días cansados.

  Habrá problemas que resolver.

  Habrá esfuerzo.

  Pero existe una enorme diferencia entre esfuerzo y esclavitud.

  Entre cansarse después de un día productivo…

  y levantarse cada mañana sintiendo que nuestra vida está siendo consumida.

  Dios puede guiarnos hacia un trabajo que tenga sentido.

  Puede abrir oportunidades que antes no existían.

  Puede darnos creatividad para comenzar algo nuevo.

  Puede enseñarnos a administrar mejor nuestro tiempo.

  Puede ayudarnos a poner límites.

  Puede prosperar nuestros proyectos.

  Puede convertir nuestros talentos en una fuente de provisión.

  Puede permitirnos trabajar haciendo algo que realmente disfrutamos.

  Y también puede cambiar nuestro corazón dentro del lugar donde actualmente estamos.

  Pablo escribió:

«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.»

Colosenses 3:23, RVR1960

  Cuando Cristo vuelve al centro, el trabajo deja de ser nuestro amo.

  Vuelve a convertirse en:

una herramienta.

  Una manera de servir.

  Una manera de crear.

  Una manera de producir.

  Una manera de bendecir.

  Una manera de desarrollar aquello que Dios colocó dentro de nosotros.

  Una manera de participar nuevamente en el mandato original:

cultivar, administrar y producir vida.

  Quizá durante años alguien ha pensado:

«No tengo alternativa. Así será mi vida hasta que muera».

  Pero Jesucristo nos enseña a levantar nuevamente los ojos.

  Podemos pedir.

  Podemos buscar.

  Podemos llamar.

  Podemos aprender.

  Podemos prepararnos.

  Podemos cambiar.

  Podemos emprender.

  Podemos esperar puertas nuevas.

  Podemos creer que nuestro Padre conoce nuestras necesidades y también conoce los dones que puso dentro de nosotros.

  No tenemos que esperar llegar al cielo para experimentar algo diferente.

  Cristo nos redimió.

  Y esa redención puede comenzar a tocar también el lunes por la mañana.

  Puede tocar nuestro negocio.

  Nuestra oficina.

  Nuestro consultorio.

  Nuestro taller.

  Nuestra fábrica.

  Nuestro campo.

  Nuestro escritorio.

  Nuestros proyectos.

  Nuestras manos.

  Nuestra creatividad.

  Nuestro tiempo.

  Porque quizá una de las evidencias más hermosas de la restauración sea que aquello que El imperio de la muerte convirtió en tormento pueda volver a convertirse, bajo la dirección de Dios, en:

propósito.

  Trabajar…

  producir…

  crear…

  servir…

  y al terminar el día poder mirar la obra de nuestras manos y decir:

«Disfruté lo que hice hoy».

  No tenemos que esperar hasta el cielo para comenzar a recuperar aquello que perdimos.

  En Jesucristo podemos comenzar:

aquí y ahora.

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