02. Después de la salida del huerto de Edén: ¿En qué se convirtió el hombre?

Dr. Elio M. Rivera

  Adán había sido creado para la vida.

  Había sido formado por las manos de Dios, había recibido de Él el aliento de vida y había sido colocado en un mundo preparado especialmente para recibirlo.

  Había sido creado a imagen y semejanza de Dios.

  Lucas, al llevar la genealogía de Jesucristo hasta sus orígenes, utiliza una expresión extraordinaria:

«…Adán, hijo de Dios

Lucas 3:38, RVR1960

  Ese era el hombre al principio.

  Un hijo.

  Un hombre vivo espiritualmente.

  Un hombre en comunión con Dios.

  Un hombre que no tenía que esconderse de su Creador.

  Un hombre que podía estar delante de Él sin miedo, sin culpa y sin condenación.

  Pero después del pecado algo terrible ocurrió.

  Adán continuó respirando.

  Su corazón continuó latiendo.

  Sus piernas continuaron caminando.

  Sus ojos continuaron viendo.

  Pero espiritualmente había muerto.

  Y aquella muerte transformó completamente su relación con Dios.

De hijo a enemigo

  Quizá esta sea una de las consecuencias más terribles de la caída.

  El hombre que había sido creado para vivir como hijo terminó convertido en enemigo de Dios.

  Pablo describe posteriormente la condición del hombre separado de Dios diciendo:

«Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…»

Romanos 5:10, RVR1960

  La palabra es fuerte:

enemigos.

  No simplemente alejados.

  No solamente confundidos.

  No solamente perdidos.

  Enemigos.

  En otra parte Pablo habla de aquellos que estaban:

«…alejados de Dios, y enemigos en vuestra mente…»

Colosenses 1:21, RVR1960

  Algo se había roto.

  El hombre creado para mirar hacia Dios ahora se escondía de Él.

  El hombre creado para escuchar su voz ahora huía cuando la escuchaba.

  El hombre que había recibido todo de Dios terminó tratando de responsabilizar al propio Dios de lo ocurrido:

«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»

Génesis 3:12, RVR1960

  La comunión había desaparecido.

  La confianza había sido quebrada.

  La vida espiritual había muerto.

  Y comenzó la separación.

Isaías vio a un hombre cubierto de heridas

  Siglos después, Isaías utilizaría una de las imágenes más impresionantes de toda la Escritura para describir la condición de un pueblo apartado de Dios.

«¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.»

Isaías 1:5-6, RVR1960

  Es casi como si Isaías hubiera podido mirar dentro del hombre.

  Y lo que vio fue terrible.

  Desde la cabeza hasta los pies:

herida.

hinchazón.

podrida llaga.

  «No hay en él cosa sana».

  Esta descripción encuentra un impresionante paralelo con la que Pablo presenta en Romanos.

  Pablo también parece recorrer al hombre de arriba abajo:

«No hay justo, ni aun uno.»

Romanos 3:10, RVR1960

  Después mira su garganta:

«Sepulcro abierto es su garganta.»

  Mira su lengua:

«Con su lengua engañan.»

  Mira sus labios:

«Veneno de áspides hay debajo de sus labios.»

  Mira su boca:

«Su boca está llena de maldición y de amargura

  Mira sus pies:

«Sus pies se apresuran para derramar sangre

  Y finalmente descubre la raíz de aquella condición:

«No hay temor de Dios delante de sus ojos.»

Romanos 3:13-18, RVR1960

  Isaías dice:

«Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana».

  Pablo describe garganta, lengua, labios, boca, pies y ojos.

  Dos descripciones separadas por siglos parecen abrir delante de nosotros al hombre interior para mostrarnos lo que ocurrió después de apartarse de Dios.

  El pecado no había producido una pequeña mancha.

  Había producido muerte espiritual.

De llevar la gloria a llevar muerte y tinieblas

  Esto hace todavía más doloroso recordar lo que el hombre había sido.

  Había sido creado a imagen de Dios.

  Había sido diseñado para reflejar a su Creador sobre la tierra.

  Había recibido vida directamente de Dios.

  Pero ahora llevaba dentro las marcas de otro reino.

  Donde había habido vida apareció muerte.

  Donde había habido luz aparecieron tinieblas.

  Donde había habido comunión apareció separación.

  Donde había habido libertad apareció esclavitud.

  Donde había habido cercanía con Dios apareció enemistad.

  Pablo describe esta condición con palabras estremecedoras:

«Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»

Efesios 2:1, RVR1960

  Esta es la condición del hombre después de la caída:

muerto espiritualmente.

  No significa que haya dejado de existir.

  Adán siguió viviendo físicamente durante muchos años.

  Significa que la vida que procedía de su comunión con Dios había sido quebrada.

  Y Pablo añade:

«…teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios…»

Efesios 4:18, RVR1960

  Observe esas palabras:

«entenebrecido».

«ajenos».

«de la vida de Dios».

  El hombre había sido creado para vivir unido a Dios.

  Ahora estaba ajeno de la vida de Dios.

  Había entrado en las tinieblas.

De libre a esclavo

  Pero ocurrió algo todavía más terrible.

  Adán utilizó su libertad para abrirle la puerta al pecado, y el pecado terminó convirtiéndose en amo.

  Jesucristo lo explicaría siglos después:

«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»

Juan 8:34, RVR1960

  Pablo utiliza la misma figura:

«¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis…?»

Romanos 6:16, RVR1960

  Qué terrible intercambio.

  Adán había recibido dominio.

  Ahora estaba bajo dominio.

  Había sido creado libre.

  Ahora el pecado reinaba sobre la humanidad.

  Había recibido autoridad para señorear sobre la creación.

  Pero aquello a lo que abrió la puerta terminó enseñoreándose del hombre.

  El pecado se convirtió en amo.

  Y detrás del pecado reinaba la muerte.

  Por eso Pablo habla de:

«…el pecado que reinó para muerte…»

Romanos 5:21, RVR1960

  El antiguo hijo se había convertido en enemigo.

  El hombre vivo estaba espiritualmente muerto.

  El hombre de luz caminaba en tinieblas.

  El hombre libre se había convertido en esclavo.

  El hombre cercano a Dios estaba ahora separado de Él.

Adán salió del huerto, pero algo mucho más grande se había perdido

  Génesis describe uno de los momentos más tristes de toda la historia humana:

«Echó, pues, fuera al hombre…»

Génesis 3:24, RVR1960

  Adán salió.

  Detrás quedaron el huerto y el árbol de la vida.

  Querubines y una espada encendida guardaban el camino.

  Pero el problema no era solamente que Adán había perdido un lugar.

  Había perdido una condición.

  El hombre que salió del Edén no era espiritualmente el mismo que había entrado.

  Y después de la expulsión resulta impresionante observar el relato de Génesis.

  Caín y Abel nacen.

  Caín se llena de ira.

  Dios le habla y le advierte.

  Caín mata a su hermano.

  La sangre de Abel clama desde la tierra.

  Y Adán comienza a recibir en su propia familia las terribles consecuencias del mundo al que su decisión había abierto la puerta.

  El hombre que había escuchado:

«ciertamente morirás»

  tuvo que enfrentarse ahora a la muerte dentro de su propia casa.

  Uno de sus hijos estaba muerto.

  El otro era homicida.

  Y algo llama poderosamente la atención en los primeros capítulos de Génesis.

  Después de la caída, la Escritura ya no describe aquella comunión abierta y hermosa que existía entre Dios y el hombre dentro del huerto.

  Debemos avanzar hasta los descendientes de Set para encontrar esta declaración:

«Y a Set también le nació un hijo, y llamó su nombre Enós. Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.»

Génesis 4:26, RVR1960

  ¡Qué contraste!

  Antes, Dios y el hombre estaban juntos en el huerto.

  Ahora el relato nos presenta generaciones viviendo fuera de él, hasta que finalmente aparece nuevamente esta extraordinaria expresión:

«Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.»

  La distancia producida por el pecado era real.

¿En qué nos convertimos?

  Ahora podemos responder la pregunta con la que comenzamos.

  ¿Qué ocurrió con el hombre después de la caída?

  De hijos, pasamos a enemigos.

  De vivos espiritualmente, a muertos en delitos y pecados.

  De la luz, a las tinieblas.

  De la comunión, a la separación.

  De la libertad, a la esclavitud del pecado.

  De estar cerca de Dios, a estar ajenos de la vida de Dios.

  Isaías mira al hombre y contempla:

«herida, hinchazón y podrida llaga».

  Pablo lo examina y declara:

«No hay justo, ni aun uno».

  Y la Biblia resume nuestra tragedia espiritual con una expresión todavía más terrible:

«muertos en vuestros delitos y pecados».

  Eso fue lo que produjo la caída.

  No solamente perdimos un huerto.

  Perdimos la vida que teníamos con Dios.

  El hombre creado para portar la imagen y reflejar la gloria de su Creador comenzó a llevar dentro de sí las marcas de la muerte y las tinieblas.

  El imperio de la muerte había conquistado su territorio más importante:

el interior del hombre.

  Y si el problema estaba dentro del hombre, entonces recuperar el Edén no sería suficiente.

  El hombre necesitaba algo mucho mayor.

  Necesitaba volver a la vida.

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.