01.Cuando el pecado comenzó a reinar. El comienzo del imperio de la muerte

Dr. Elio M. Rivera

  Hubo un tiempo en que el hombre no conocía la muerte.

  Adán abrió los ojos por primera vez en un mundo lleno de vida. No nació en un mundo enfermo. No conoció hospitales, cementerios, funerales, guerras, violencia ni dolor.

  Cuando Dios lo colocó en el huerto del Edén, todo lo que lo rodeaba hablaba de vida.

  Había árboles cargados de fruto, agua limpia, animales, vegetación, belleza y abundancia. Tenía un cuerpo que no había conocido enfermedad, una mujer que correspondía con él y, sobre todo, disfrutaba de una relación extraordinaria con su Creador.

  Dios había preparado para el hombre lo que podríamos llamar un reino de vida.

  Pero dentro de aquel reino existía algo extraordinariamente importante:

libertad.

  Dios no creó una máquina programada para obedecer.

  Creó un ser humano capaz de escuchar una orden, comprenderla y decidir qué hacer con ella.

  Por eso Dios estableció un límite:

«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás

Génesis 2:17, RVR1960

  La orden era clara.

  También lo era la consecuencia.

  Y Adán tenía la capacidad de obedecer.

Adán fue responsable de su decisión

  Al hablar de la caída debemos evitar presentar al hombre como una víctima indefensa de las circunstancias.

  Adán había recibido muchísimo de Dios.

  Tenía vida.

  Tenía alimento.

  Tenía un hogar.

  Tenía autoridad sobre la creación que Dios había colocado bajo su responsabilidad.

  Tenía compañera.

  Tenía comunión con su Creador.

  Y tenía libertad.

  Dios solamente había establecido un límite.

  Precisamente allí aparece uno de los elementos más importantes para comprender la responsabilidad humana: el libre albedrío.

  Si el hombre no hubiera tenido posibilidad de escoger, difícilmente podríamos hablar de obediencia.

  La obediencia tiene significado porque existe la posibilidad de desobedecer.

  El amor tiene significado cuando puede ser ofrecido libremente.

  Dios no obligó a Adán a rebelarse.

  Tampoco lo programó para pecar.

  Le dio una instrucción y le permitió decidir.

  Y existe todavía un detalle más importante.

  La Escritura establece una diferencia entre lo sucedido con Eva y lo sucedido con Adán:

«Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.»

1 Timoteo 2:14, RVR1960

  Eva fue engañada.

  Adán, según este texto, no lo fue.

  Eso hace particularmente seria su responsabilidad.

  Adán sabía quién había hablado.

  Sabía cuál era el mandamiento.

  Sabía cuál era el límite.

  Y sabía cuál había sido la advertencia.

  Aun así, comió.

  Por eso, cuando Dios confrontó al hombre, Adán intentó desplazar la responsabilidad:

«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»

Génesis 3:12, RVR1960

  La frase resulta reveladora.

  Adán menciona a la mujer.

  Incluso menciona indirectamente a Dios: «la mujer que me diste».

  Pero termina reconociendo el hecho que no podía negar:

«yo comí».

  Allí estaba su responsabilidad.

  Satanás tentó.

  Eva ofreció.

  Pero Adán decidió.

  Y esa diferencia es fundamental.

  El libre albedrío no elimina las influencias externas, las tentaciones ni las circunstancias. Significa que el ser humano posee responsabilidad moral por sus decisiones.

  Adán no podía responsabilizar a Eva por su propia elección.

  Mucho menos podía responsabilizar a Dios.

  Había recibido libertad, y utilizó esa libertad para rebelarse contra quien se la había dado.

Cuando el pecado y la muerte comenzaron a reinar, el mundo se convirtió en un desastre

  Entonces ocurrió algo cuyas consecuencias Adán difícilmente podía imaginar.

  Su pecado no quedó junto al árbol.

  Pablo explica:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»

Romanos 5:12, RVR1960

  Observe cuidadosamente las palabras:

el pecado entró.

  Y detrás del pecado entró la muerte.

  Es como si Adán hubiera abierto una puerta que nunca debió abrirse.

  Por aquella puerta no entró solamente una conducta equivocada.

  Entró un nuevo poder.

  Pablo utiliza una expresión todavía más fuerte:

«…el pecado reinó para muerte…»

Romanos 5:21, RVR1960

  El pecado comenzó a reinar.

  Un rey gobierna.

  Un rey ejerce dominio.

  Un rey extiende las fronteras de su reino.

  Pero Romanos utiliza exactamente la misma figura para hablar de otra realidad:

«No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés…»

Romanos 5:14, RVR1960

  Y nuevamente:

«Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte…»

Romanos 5:17, RVR1960

  No dice simplemente que las personas comenzaron a morir.

  Dice que:

LA MUERTE REINÓ.

  Aquí comienza lo que llamaremos en esta nueva serie:

EL IMPERIO DE LA MUERTE

  No utilizaremos esta expresión solamente para hablar de cadáveres y cementerios.

  Hablaremos de las consecuencias que comenzaron a extenderse sobre todas las dimensiones de la existencia humana después de la caída.

  Porque Adán no cayó muerto físicamente junto al árbol.

  Continuó respirando.

  Caminó.

  Habló.

  Tuvo hijos.

  Vivió muchos años.

  Pero aquel mismo día algo había cambiado profundamente.

  El hombre que disfrutaba de la presencia de Dios comenzó a esconderse:

«Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.»

Génesis 3:8, RVR1960

  Apareció el miedo:

«…tuve miedo…»

Génesis 3:10, RVR1960

  Apareció la vergüenza.

  Apareció la acusación.

  Apareció el conflicto.

  Llegó el dolor.

  La tierra fue afectada.

  Llegaron las espinas y los cardos.

  Llegó el sudor.

  Y finalmente llegaría el cumplimiento físico de aquella terrible advertencia:

«…pues polvo eres, y al polvo volverás.»

Génesis 3:19, RVR1960

  El imperio había comenzado.

  Y sus fronteras continuarían extendiéndose.

  La siguiente generación mostraría hasta dónde podía llegar.

  Caín y Abel eran hermanos.

  Pero algo que no había formado parte de la vida original del Edén comenzó a manifestarse: celos, ira, odio y finalmente asesinato.

«Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.»

Génesis 4:8, RVR1960

  Adán había escuchado las palabras:

«ciertamente morirás».

  Ahora podía contemplar la muerte.

  Y el muerto era su propio hijo.

  El pecado había comenzado a producir su cosecha.

Un mundo que ya no sería el mismo

  La caída afectaría prácticamente todas las dimensiones de la existencia humana.

  Cambiaría la relación del hombre con Dios.

  Cambiaría la relación del hombre consigo mismo.

  Cambiaría la relación entre el hombre y la mujer.

  Cambiaría la familia.

  Cambiaría la sexualidad.

  Cambiaría la relación con el cuerpo.

  Cambiaría la manera de trabajar y obtener alimento.

  Cambiaría la relación con la creación.

  Cambiaría el mundo emocional.

  Aparecerían violencia, dominio, explotación, codicia y opresión.

  El dinero llegaría a convertirse para muchos en aquello de lo que esperarían seguridad, poder y significado, ocupando incluso el lugar que solamente corresponde a Dios.

  El cuerpo humano conocería enfermedad, deterioro, envejecimiento y muerte.

  La mente conocería miedo, culpa, odio, envidia, angustia y desesperanza.

  Los hombres levantarían ejércitos.

  Fabricarían armas.

  Las naciones harían guerras.

  Se levantarían imperios.

  Un hombre esclavizaría a otro.

  La vida humana perdería valor ante los ojos de otros seres humanos.

  Y generación tras generación aparecería algo que jamás había formado parte de aquel hermoso huerto:

tumbas.

  Nosotros tenemos una desventaja para comprender la magnitud de aquella transformación.

  Nacimos dentro del imperio.

  Para nosotros es normal que existan hospitales.

  Es normal escuchar ambulancias.

  Es normal colocar cerraduras en las puertas.

  Es normal que existan policías, tribunales y cárceles.

  Es normal enfermarnos.

  Es normal envejecer.

  Es normal escuchar noticias de guerras.

  Es normal despedir a quienes amamos frente a una tumba.

  Hemos nacido tan profundamente dentro de este mundo que podemos llegar a pensar que la existencia humana siempre debió ser así.

  Pero Génesis nos obliga a mirar hacia atrás y decir:

No.

  No comenzó así.

  Hubo un huerto antes del cementerio.

  Hubo comunión antes de la separación.

  Hubo inocencia antes de la culpa.

  Hubo armonía antes de la violencia.

  Hubo vida antes de que la muerte comenzara a reinar.

El imperio de la muerte no tendrá la última palabra

  Pero la historia bíblica no termina con Adán.

  Pablo coloca frente a frente a Adán y Jesucristo.

  Por un hombre entraron pecado y muerte.

  Pero por Jesucristo llegaron gracia, justicia y vida.

«Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo…»

Romanos 5:17, RVR1960

  El pecado comenzó a reinar.

  La muerte comenzó a reinar.

  Pero no reinarían para siempre.

  El imperio de la muerte tendría un enemigo.

  Y ese enemigo sería Jesucristo.

  Él entraría en un mundo dominado por las consecuencias del pecado.

  Tocaría enfermos.

  Limpiaría leprosos.

  Restauraría cuerpos.

  Perdonaría pecados.

  Liberaría cautivos.

  Se acercaría a las tumbas y llamaría a los muertos para que salieran de ellas.

  Finalmente, Él mismo entraría en una tumba.

  Pero la muerte no podría retenerlo.

«…el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.»

Romanos 5:21, RVR1960

  Antes de llegar nuevamente a esa victoria, necesitamos comprender qué ocurrió con nosotros después de la caída.

  ¿Qué le hizo el pecado al corazón humano?

  ¿Qué ocurrió con nuestra mente y nuestras emociones?

  ¿Qué ocurrió con nuestro cuerpo?

  ¿Qué ocurrió con la familia?

  ¿Qué ocurrió con nuestra sexualidad?

  ¿Qué ocurrió con nuestra relación con el dinero, el poder y nuestros semejantes?

  ¿Cómo llegó el hombre creado a imagen de Dios a convertirse en alguien capaz de odiar, explotar, destruir y matar?

  Eso es precisamente lo que estudiaremos en los próximos artículos.

  Entraremos en un mundo muy diferente del Edén.

  Entraremos en:

EL IMPERIO DE LA MUERTE

  Y para quienes deseen comprender con mayor profundidad la vida de Adán, el mundo que Dios preparó para él, su vida en el huerto del Edén y los acontecimientos que condujeron a la caída, les invito a leer las tres series de artículos anteriores de Cristopedia, en las que hemos recorrido ampliamente esta extraordinaria historia.

  Esta nueva serie comienza exactamente donde aquellas terminaron.

  El Edén ha quedado atrás.

  Adán y Eva han salido del huerto.

  La puerta ha sido cerrada.

  El hombre ha utilizado su libertad para rebelarse contra Dios.

  El pecado ha entrado.

  La muerte ha comenzado a reinar.

  Y ahora veremos, una por una, las consecuencias de aquella decisión sobre la historia de la humanidad.

  Pero no olvidemos esto mientras recorremos sus páginas:

el imperio de la muerte no tendrá la última palabra.

  Porque después de Adán vino Cristo.

  Después del pecado vino la gracia.

  Después de la condenación vino la justificación.

  Y frente al reino de la muerte, Dios volvió a colocar delante del hombre aquello que había deseado para él desde el principio:

la vida.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.