Dr. Elio M. Rivera
Antes de entrar en la conversación entre Eva y la serpiente quiero detenerme en una pregunta que considero indispensable.
Adán y Eva eran inocentes.
No habían experimentado todavía el mundo que nosotros conocemos.
Entonces, ¿es posible que fueran demasiado ingenuos para enfrentar lo que estaba a punto de ocurrir?
¿Los colocó Dios delante de un adversario mucho más inteligente que ellos?
¿Era aquella una prueba que prácticamente estaban destinados a perder?
Si así hubiera sido, tendríamos un problema serio.
Porque después Dios los haría responsables de una decisión que realmente no estaban capacitados para tomar.
Pero cuando observo cuidadosamente todo lo que Génesis nos ha mostrado hasta este momento, encuentro una imagen muy diferente.

Adán y Eva eran inocentes.
Pero inocencia no significa ignorancia.
Mucho menos significa incapacidad.
No conocer el mal por experiencia no significa no poder comprender una advertencia acerca de él.
Y quizá aquí hemos cometido uno de nuestros errores al imaginar a los primeros seres humanos.
Los hemos hecho demasiado pequeños.
Demasiado infantiles.
Demasiado ingenuos.
Como si fueran dos niños recién llegados a la existencia que de pronto tuvieron que enfrentarse con algo para lo cual nadie los había preparado.
Pero ésa no es la imagen que hemos encontrado.
Adán había demostrado una extraordinaria capacidad intelectual.
Podía hablar.
Comprender instrucciones.
Trabajar.
Administrar.
Observar.
Clasificar.
Nombrar una enorme cantidad de animales.
Recordar.
Aprender.
Gobernar.
Y Dios le había entregado una responsabilidad enorme:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Dios no estaba hablando con una criatura intelectualmente incapaz.
Estaba hablando con alguien a quien consideraba suficientemente preparado para participar en el gobierno de la Tierra.
Y lo mismo debemos entender acerca de Eva.
Ella tampoco aparece como una criatura inferior o intelectualmente indefensa.
Había sido creada como ayuda idónea.
Compañera.
Participante del mismo proyecto.
Y cuando posteriormente conversa con la serpiente demuestra que conocía el mandamiento de Dios y comprendía que existían consecuencias.
Eva responde:
«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis» (Génesis 3:2-3, RVR1960).
Eva sabía que existía un límite.
Sabía que Dios había hablado.
Sabía que había una consecuencia.
Por tanto, no estamos contemplando a una mujer que ignoraba completamente lo que estaba haciendo.

Inocentes no significa indefensos
Hay una diferencia enorme entre ser inocente y ser incapaz de tomar una decisión moral.
Un ser humano puede no haber cometido determinado mal y, sin embargo, comprender perfectamente una instrucción que le advierte que no debe hacerlo.
Adán y Eva no necesitaban experimentar la muerte para entender:
«no comas».
No necesitaban primero desobedecer para saber qué significaba obedecer.
No necesitaban conocer personalmente todas las consecuencias del mal para comprender que su Padre les había advertido que determinada decisión terminaría en muerte.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
La instrucción no era complicada.
No contenía acertijos.
No exigía conocimientos secretos.
No necesitaban interpretar una profecía difícil.
Había abundancia alrededor de ellos y un límite claramente identificado.
Podían comer.
O podían no comer.
Y eso nos lleva nuevamente al libre albedrío.
Dios había creado hijos capaces de escoger.
Pero para que una decisión sea verdaderamente libre tiene que existir la posibilidad real de decir:
sí
o:
no.
Si Adán y Eva hubieran sido creados de tal manera que físicamente no pudieran desobedecer, entonces no estaríamos hablando realmente de obediencia.
Estaríamos hablando de programación.
Dios no quería robots.
Quería hijos.
Seres capaces de amarlo libremente.
Capaces de confiar.
Capaces de escuchar.
Y, precisamente por eso, capaces también de rechazarlo.
El árbol hacía visible aquella posibilidad.
Pero posibilidad de desobedecer no significa que estuvieran destinados a hacerlo.
La libertad hacía posible la caída; no la hacía inevitable.
Dios no necesitaba engañarlos para probarlos
Aquí encontramos otro principio importante acerca del carácter de Dios.
Santiago escribe:
«Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13, RVR1960).
Dios no necesitaba colocar una trampa delante de sus hijos.
No necesitaba confundirlos.
No necesitaba hacerles creer una cosa para después castigarlos porque no habían entendido otra.
El Dios que hemos conocido hasta ahora había hecho precisamente lo contrario.
Había hablado claramente.
Les había dicho qué podían hacer.
Les había explicado qué no debían hacer.
Y les había advertido lo que ocurriría si cruzaban aquel límite.
Eso es importante.
Porque significa que cuando aparezca la serpiente no viene a completar una información que Dios había olvidado proporcionar.
Viene a cuestionar la información que Dios ya les había dado.
Y hay una diferencia enorme.
Tenían algo todavía más poderoso que una explicación
Pero Adán y Eva poseían otra defensa.
No solamente conocían el mandamiento.
Conocían a quien se los había dado.
Esto quizá era todavía más importante.
Si un desconocido me advierte de algo, puedo preguntarme si debo creerle.
Pero si alguien ha demostrado repetidamente que me ama, que procura mi bien y que puedo confiar en él, su carácter se convierte en una razón para creer su palabra.
Adán y Eva tenían eso.
Todo lo que hemos estudiado hasta ahora formaba parte de la evidencia.
Dios les había dado vida.
Les había preparado un lugar.
Los había bendecido.
Les había dado alimento.
Había atendido sus necesidades.
Les había dado compañía.
Les había entregado responsabilidad.
Había compartido autoridad con ellos.
Les había permitido disfrutar de su creación.
Les había enseñado.
Había estado con ellos.
Hasta ese momento, ¿qué evidencia tenían de que Dios quisiera hacerles daño?
Ninguna.
¿Y qué evidencia tenían de su bondad?
Todo lo que los rodeaba.
Por eso la tentación tendrá que hacer algo mucho más sofisticado que simplemente ofrecerles un fruto.
Tendrá que modificar la manera en que interpretan a Dios.
La serpiente no comenzó con el fruto
Esto es fundamental.
Cuando finalmente aparece, la serpiente no comienza diciendo:
Mira qué delicioso fruto.
Comienza hablando acerca de Dios.
«¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Génesis 3:1, RVR1960).
Observe la estrategia.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
La serpiente dirige la conversación hacia:
«No comáis».
La abundancia comienza a desaparecer de la conversación.
El límite ocupa ahora el centro.
Todo aquello que podían disfrutar queda detrás.
Un árbol comienza a llenar su campo de visión.
Y después viene el ataque directo:
«No moriréis» (Génesis 3:4, RVR1960).
Ahora Eva tiene delante dos palabras.
Dios había dicho:
«ciertamente morirás».
La serpiente dice:
«No moriréis».
Las dos afirmaciones no podían ser verdad.
Alguien estaba mintiendo.
Y Eva tenía que decidir a quién creer.
Pero la serpiente continúa:
«sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:5, RVR1960).
Ahora el ataque está completo.
La insinuación ya no es solamente:
Dios está equivocado.
Es algo mucho más grave:
Dios sabe algo bueno y no quiere que ustedes lo tengan.
De pronto el Padre generoso comienza a ser presentado como alguien que retiene.
El Protector comienza a parecer controlador.
La advertencia comienza a parecer una prohibición egoísta.
Y el límite establecido para ellos comienza a interpretarse como algo establecido contra ellos.
Ahí estaba la verdadera batalla.
No solamente alrededor de un árbol.
Sino alrededor de una pregunta:
¿Cómo es realmente Dios?

Eva fue engañada
El Nuevo Testamento utiliza precisamente esa palabra.
Pablo escribe:
«Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión» (1 Timoteo 2:14, RVR1960).
Y en otra ocasión dice:
«Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva…» (2 Corintios 11:3, RVR1960).
Hubo engaño.
Hubo astucia.
Hubo manipulación de la verdad.
Pero ser engañado no significa necesariamente carecer de capacidad para resistir.
Precisamente por eso un engaño necesita ser convincente.
La serpiente tenía que conseguir que Eva reinterpretara aquello que ya sabía.
Y esto nos muestra también algo acerca de Adán.
Pablo hace una distinción sorprendente:
«Adán no fue engañado».
No desarrollaremos todavía todas las implicaciones.
Pero significa que no podemos presentar a ambos simplemente como dos víctimas confundidas que no comprendían lo que estaba sucediendo.
Había responsabilidad.
Había decisión.
Había voluntad.
Y había suficiente conocimiento para que aquella decisión tuviera significado.
¿Era la serpiente demasiado poderosa para ellos?
Génesis dice:
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1, RVR1960).
Era astuta.
Eso debemos reconocerlo.
Pero el texto nunca dice que fuera irresistible.
Nunca dice que Adán y Eva carecieran de capacidad para decir no.
Nunca dice que Dios los hubiera abandonado ante una fuerza que inevitablemente los derrotaría.
Además, la Escritura nos proporciona posteriormente un principio acerca de la manera en que Dios trata a quienes enfrentan tentación:
«Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Corintios 10:13, RVR1960).
Ese texto fue escrito a creyentes muchos siglos después y no describe directamente el episodio del Edén.
Pero sí revela algo acerca del carácter de Dios:
Él no disfruta colocando a sus hijos delante de pruebas imposibles para después condenarlos por fracasar.
Eso no concuerda con el Padre que hemos venido descubriendo.
Y Adán y Eva tenían una salida extraordinariamente sencilla:
creerle a Dios.
No necesitaban derrotar físicamente a la serpiente.
No necesitaban comprender todos sus motivos.
No necesitaban saber de dónde provenía.
No necesitaban responder cada argumento.
Podían sencillamente regresar a aquello que sabían:
Nuestro Padre dijo que no.
Y terminar la conversación.
La inocencia no era debilidad
Quizá aquí encontramos una de las conclusiones más importantes antes de entrar completamente en la caída.
Adán y Eva eran inocentes porque todavía no habían participado del mal.
Pero no eran intelectualmente deficientes.
No eran moralmente incapaces.
No eran criaturas abandonadas.
No estaban sin instrucciones.
No desconocían a Dios.
No carecían de razones para confiar en Él.
Y tampoco habían sido creados sin voluntad.
Precisamente lo contrario.
Tenían libertad suficiente para que su amor pudiera ser verdadero.
Tenían inteligencia suficiente para comprender.
Tenían conocimiento suficiente para decidir.
Tenían experiencia suficiente para confiar.
Y tenían una advertencia suficientemente clara para saber que la decisión importaba.
Entonces quizá la pregunta correcta no sea:
¿Por qué Dios permitió que fueran tentados si no podían resistir?
La evidencia que hemos reunido apunta hacia otra pregunta:
¿Cómo consiguió la serpiente que seres humanos capaces de resistir comenzaran a desear aquello que Dios les había dicho que no necesitaban?
Antes de entrar en la caída
Ahora estamos finalmente preparados para acercarnos a Génesis 3.
Y quiero hacerlo lentamente.
Porque lo que ocurrió allí fue mucho más profundo que comer un fruto prohibido.
Algo tuvo que suceder primero dentro de la mente.
La palabra de Dios tuvo que ser cuestionada.
Su advertencia tuvo que perder credibilidad.
Su generosidad tuvo que ser olvidada.
Su límite tuvo que comenzar a parecer injusto.
Y su carácter tuvo que quedar bajo sospecha.
Sólo entonces el fruto pudo comenzar a verse diferente.
Quizá ésa sea una de las grandes tragedias de aquella historia.
La serpiente no podía quitarles por la fuerza lo que Dios les había dado.
No podía obligarlos a abandonar a su Padre.
No podía introducir el mal en su voluntad sin su consentimiento.
Necesitaba conseguir que ellos mismos escogieran.
Y para conseguirlo tenía que atacar primero algo mucho más profundo:
la confianza de los hijos en la bondad de su Padre.
Ahí comenzaremos a entender realmente la tentación.
Y quizá también comenzaremos a comprender por qué aquella antigua conversación continúa repitiéndose, de diferentes maneras, dentro del corazón humano hasta nuestros días.
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