Entre todos los árboles mencionados en Génesis existe uno completamente diferente.
No se nos presenta simplemente por su fruto, su belleza o su utilidad.
Su nombre ya nos dice que estamos delante de algo extraordinario:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto» (Génesis 2:9, RVR1960).
El árbol de la vida estaba allí antes de que apareciera la muerte en la historia humana.
Eso inmediatamente plantea una pregunta:

El árbol de la vida, ¿Para qué lo había puesto Dios allí?
Génesis no nos obliga a adivinar completamente.
Después de la desobediencia, Dios declara:
«Ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre» (Génesis 3:22, RVR1960).
Ésta es probablemente la explicación más directa que tenemos acerca de su función.
De alguna manera establecida por Dios, comer del árbol de la vida estaba relacionado con vivir para siempre.
No significa que el árbol tuviera poder independientemente de Dios.
La fuente de la vida continuaba siendo Dios.
Él había creado el árbol.
Él había establecido su función.
Él era quien sostenía la existencia del hombre.
Pero había decidido relacionar aquel árbol con la continuidad de la vida humana.
Y aquí aparece algo que me parece profundamente hermoso.
Dios había colocado la vida al alcance de sus hijos.
No escondida.
No presentada como algo que Él deseaba negarles.
El árbol estaba allí desde el principio.
En otras palabras, cuando contemplamos el escenario original, encontramos a un Dios que había preparado para el hombre vida, no muerte.
Por eso resulta tan significativo lo que ocurre después.
Cuando el hombre pierde su condición original, también pierde el acceso al árbol:
«Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis 3:24, RVR1960).
Observe cuidadosamente la expresión:
«el camino del árbol de la vida».
El árbol continuaba existiendo.
Pero el hombre ya no podía llegar hasta él.
Algo que había estado disponible quedó fuera de su alcance.
Y aquí comienza una de las conexiones más hermosas entre Génesis y Apocalipsis.
La Biblia comienza con el hombre teniendo acceso al árbol de la vida.
Después encontramos al hombre separado de él.
Pero la historia no termina así.
Jesucristo dice en Apocalipsis:
«Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).
Observe quién habla:
Jesucristo.
Y observe lo que promete:
«daré a comer».
Aquello cuyo acceso había quedado cerrado en Génesis aparece nuevamente como una promesa del Redentor.
Eso me parece extraordinario.
Porque Cristo no solamente viene a perdonar.
Viene a recuperar.
Viene a restaurar aquello que el hombre perdió.
Y cuando llegamos al último capítulo de la Biblia, allí está nuevamente:
«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).
El árbol que encontramos en las primeras páginas de la Biblia vuelve a aparecer en las últimas.
Génesis:
árbol de la vida.
Apocalipsis:
árbol de la vida.
Génesis muestra el acceso perdido.
Apocalipsis muestra el acceso restaurado.
Y entre ambos encontramos a Jesucristo.
Ésta es una de las conexiones Génesis-Apocalipsis más claras de toda nuestra investigación.
Lo que comenzó con vida termina con vida.
Y lo que el hombre perdió aparece nuevamente por medio del Redentor.
El árbol de la vida nos permite descubrir algo muy sencillo acerca del corazón de Dios:
Dios quería que sus hijos vivieran.
La muerte no aparece como el regalo que preparó para Adán.
El árbol que colocó delante de él se llamaba:
«el árbol de la vida».
Y miles de años después, cuando Jesucristo habla a los redimidos, vuelve a ofrecer aquello que se había perdido:
«daré a comer del árbol de la vida».
Eso me ayuda a comprender mejor la dirección completa de la historia bíblica.
Comienza con Dios dando vida.
Termina con Dios restaurando plenamente la vida.
Y en medio de ambas escenas está Jesucristo, quien dijo:
«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).
Quizá por eso el árbol de la vida estaba allí desde el principio.
Era mucho más que otro árbol.
Era una manifestación visible de algo que estamos descubriendo acerca de nuestro Padre:
su propósito para sus hijos siempre estuvo del lado de la vida.
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Llegamos ahora a una pregunta que considero fascinante y que puede cambiar considerablemente la manera en que imaginamos toda esta historia:
¿Cuánto tiempo vivieron realmente Adán y Eva en el Edén?
Muchas veces leemos Génesis 2 y 3 de manera continua y, sin darnos cuenta, nuestra mente comprime todos los acontecimientos.
Dios crea a Adán.
Prepara el huerto.
Adán trabaja.
Nombra a los animales.
Dios crea a Eva.
Los bendice.
Les ordena fructificar y multiplicarse.
Y poco después aparece la serpiente.
Como podemos leerlo en pocos minutos, fácilmente imaginamos que también ocurrió en pocos días.
Pero la Biblia nunca dice eso.
No encontramos un versículo que afirme que Adán y Eva permanecieron una semana, un mes, un año o determinada cantidad de años en el huerto.
Por tanto, si queremos investigar cuánto tiempo pudieron haber vivido allí, tendremos que hacerlo reuniendo las pistas que aparecen en el relato.
Y algunas de ellas son muy interesantes.
Éste debe ser nuestro punto de partida.
Después de describir la creación de Eva, Génesis dice:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
El siguiente versículo comienza:
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1, RVR1960).
Pero el hecho de que un acontecimiento aparezca inmediatamente después de otro en la narración no significa necesariamente que haya sucedido inmediatamente después en el tiempo.
Moisés está relatando acontecimientos.
No está escribiendo un diario donde diga:
primer día,
segundo día,
tercer día.
Entre Génesis 2:25 y Génesis 3:1 no encontramos ninguna indicación cronológica.
Simplemente no sabemos cuánto tiempo transcurrió.
Y precisamente por eso debemos observar lo que Adán y Eva habían alcanzado a hacer antes de aquel momento.

No sabemos cuánto tiempo vivió Adán y Eva en el huerto.
Adán no apareció simplemente para permanecer sentado dentro del huerto.
Dios le dio responsabilidades.
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Eso describe una actividad continua.
Labrar.
Guardar.
Administrar.
Aprender.
Adán tuvo también contacto con una enorme cantidad de animales:
«Y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Como hemos estudiado, aquello implicaba observación, inteligencia, memoria y clasificación.
Después apareció Eva.
Comenzó una relación matrimonial.
Recibieron juntos responsabilidades.
Dios los bendijo.
Les ordenó multiplicarse.
Les entregó gobierno sobre la Tierra.
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
También tenían un mundo para explorar.
Una creación que aprender.
Un huerto que administrar.
Una relación con Dios que desarrollar.
Todo esto nos permite por lo menos considerar que la vida anterior a Génesis 3 pudo haber sido mucho más extensa de lo que normalmente imaginamos.
La Biblia nos proporciona un dato cronológico después de la salida del Edén.
Génesis dice:
«Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Génesis 5:3, RVR1960).
Cuando nació Set, Adán tenía ciento treinta años.
Pero antes de Set ya habían ocurrido muchas cosas.
Adán había vivido en el Edén.
Había salido del huerto.
Caín había nacido.
Abel había nacido.
Ambos habían crecido.
Uno se convirtió en agricultor.
El otro en pastor.
La Escritura dice:
«Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra» (Génesis 4:2, RVR1960).
Eso significa que ya no estamos hablando de niños pequeños.
Habían llegado a una edad suficiente para desarrollar actividades productivas.
Después ambos llevaron ofrendas delante de Dios.
Ocurrió el conflicto entre ellos.
Dios confrontó a Caín.
Caín salió de aquella región.
Y solamente después, dentro de la narración, encontramos el nacimiento de Set:
«Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set» (Génesis 4:25, RVR1960).
Génesis 5 nos proporciona entonces el dato:
Adán tenía ciento treinta años.
Por tanto, dentro de esos ciento treinta años tenemos que acomodar todos aquellos acontecimientos.
La gran pregunta es:
¿Cuántos de esos años transcurrieron antes de la salida del Edén?
La Biblia no lo dice.
Pero tampoco nos obliga a pensar que fueron solamente unos cuantos días.
Aquí aparece otra consideración que hemos venido desarrollando.
Antes de cualquier desobediencia, Dios dijo:
«Fructificad y multiplicaos» (Génesis 1:28, RVR1960).
No dijo:
algún día multiplíquense.
No presentó la reproducción como una actividad que comenzaría después de abandonar el huerto.
Era parte de la bendición y del propósito que recibieron desde el principio.
Por eso hemos considerado anteriormente la posibilidad de que hubiera descendencia durante aquel período.
Si fue así, eso también tendría consecuencias para nuestra comprensión del tiempo transcurrido.
No estaríamos imaginando simplemente a Adán y Eva viviendo solos durante unos cuantos días antes de la aparición de la serpiente.
Podríamos estar contemplando el comienzo de una sociedad.
¿Cuánto alcanzó a desarrollarse?
La Escritura no proporciona una cifra.
Por eso no debemos inventarla.
Pero la orden de multiplicarse estaba allí desde el principio y debe formar parte de nuestra investigación.
Creo que éste es el punto más importante de este capítulo.
Durante siglos hemos visto pinturas de Adán y Eva.
Dos personas.
Un árbol.
Una serpiente.
Una fruta.
Y nuestra imaginación termina reduciendo toda la historia a aquella escena.
Pero antes de llegar allí hemos encontrado muchísimo más.
Había gobierno.
Había trabajo.
Había aprendizaje.
Había exploración.
Había relación con Dios.
Había matrimonio.
Había un mandato de reproducción.
Había responsabilidades.
Había una creación por conocer.
Había un proyecto para llenar la Tierra.
Y todas estas cosas podían desarrollarse dentro del mundo que Dios había preparado.
Entonces quizá deberíamos dejar abierta una posibilidad que normalmente ni siquiera consideramos:
Adán y Eva pudieron haber vivido en aquella condición durante un período considerable.
¿Meses?
¿Años?
¿Décadas?
No podemos establecerlo con certeza.
Y no necesitamos hacerlo.
Lo importante es reconocer que la Biblia no dice que la tentación ocurrió inmediatamente después de la creación de Eva.
El silencio cronológico de Génesis permite investigar la posibilidad de un período mucho mayor.
Mientras más tiempo hubieran vivido allí, mayor habría sido su experiencia personal con Dios.
Cada día habría añadido conocimiento.
Cada conversación.
Cada provisión.
Cada trabajo realizado.
Cada descubrimiento.
Cada experiencia familiar.
Cada manifestación de la bondad de Dios.
Esto conecta directamente con el capítulo anterior.
Cuando finalmente apareció la serpiente, Adán y Eva no necesariamente estaban tomando una decisión acerca de un Dios que acababan de conocer.
Podían tener detrás de ellos una historia considerable de relación con Él.
Y entonces la gravedad de lo que sucederá después aumenta.
Porque cuanto mayor era su experiencia con Dios, mayor era la evidencia que poseían acerca de su carácter.
Habían vivido dentro de su provisión.
Habían recibido su enseñanza.
Habían experimentado su presencia.
Habían trabajado dentro de aquello que Él había preparado.
Habían disfrutado sus regalos.
Y habían aprendido que podían confiar en Él.
No puedo decirle cuánto tiempo vivieron Adán y Eva en el Edén.
Nadie puede demostrar bíblicamente una cifra exacta.
Pero tampoco encuentro razones bíblicas para comprimir necesariamente todo lo sucedido antes de Génesis 3 en unos cuantos días.
Había demasiadas cosas ocurriendo.
Demasiado que aprender.
Demasiado que administrar.
Demasiado que explorar.
Y posiblemente una familia que comenzaba a desarrollarse conforme al mandato:
«Fructificad y multiplicaos».
Quizá algún día sepamos cuánto duró realmente aquella etapa.
Por ahora podemos afirmar algo mucho más importante:
Hubo un tiempo, corto o largo, en que los seres humanos vivieron dentro de un mundo que todavía funcionaba bajo la bendición original de Dios.
Trabajaron.
Aprendieron.
Exploraron.
Disfrutaron.
Gobernaron.
Conocieron a su Padre.
Y tuvieron delante de ellos un futuro extraordinario.
No sabemos cuántos años duró.
Pero fue suficientemente real como para dejarnos una pregunta que ahora se vuelve inevitable:
¿Qué ocurrió para que un mundo semejante pudiera perderse?
Ésa será otra parte de nuestra historia.
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Antes de entrar en la conversación entre Eva y la serpiente quiero detenerme en una pregunta que considero indispensable.
Adán y Eva eran inocentes.
No habían experimentado todavía el mundo que nosotros conocemos.
Entonces, ¿es posible que fueran demasiado ingenuos para enfrentar lo que estaba a punto de ocurrir?
¿Los colocó Dios delante de un adversario mucho más inteligente que ellos?
¿Era aquella una prueba que prácticamente estaban destinados a perder?
Si así hubiera sido, tendríamos un problema serio.
Porque después Dios los haría responsables de una decisión que realmente no estaban capacitados para tomar.
Pero cuando observo cuidadosamente todo lo que Génesis nos ha mostrado hasta este momento, encuentro una imagen muy diferente.

Adán y Eva eran inocentes.
Pero inocencia no significa ignorancia.
Mucho menos significa incapacidad.
No conocer el mal por experiencia no significa no poder comprender una advertencia acerca de él.
Y quizá aquí hemos cometido uno de nuestros errores al imaginar a los primeros seres humanos.
Los hemos hecho demasiado pequeños.
Demasiado infantiles.
Demasiado ingenuos.
Como si fueran dos niños recién llegados a la existencia que de pronto tuvieron que enfrentarse con algo para lo cual nadie los había preparado.
Pero ésa no es la imagen que hemos encontrado.
Adán había demostrado una extraordinaria capacidad intelectual.
Podía hablar.
Comprender instrucciones.
Trabajar.
Administrar.
Observar.
Clasificar.
Nombrar una enorme cantidad de animales.
Recordar.
Aprender.
Gobernar.
Y Dios le había entregado una responsabilidad enorme:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Dios no estaba hablando con una criatura intelectualmente incapaz.
Estaba hablando con alguien a quien consideraba suficientemente preparado para participar en el gobierno de la Tierra.
Y lo mismo debemos entender acerca de Eva.
Ella tampoco aparece como una criatura inferior o intelectualmente indefensa.
Había sido creada como ayuda idónea.
Compañera.
Participante del mismo proyecto.
Y cuando posteriormente conversa con la serpiente demuestra que conocía el mandamiento de Dios y comprendía que existían consecuencias.
Eva responde:
«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis» (Génesis 3:2-3, RVR1960).
Eva sabía que existía un límite.
Sabía que Dios había hablado.
Sabía que había una consecuencia.
Por tanto, no estamos contemplando a una mujer que ignoraba completamente lo que estaba haciendo.

Hay una diferencia enorme entre ser inocente y ser incapaz de tomar una decisión moral.
Un ser humano puede no haber cometido determinado mal y, sin embargo, comprender perfectamente una instrucción que le advierte que no debe hacerlo.
Adán y Eva no necesitaban experimentar la muerte para entender:
«no comas».
No necesitaban primero desobedecer para saber qué significaba obedecer.
No necesitaban conocer personalmente todas las consecuencias del mal para comprender que su Padre les había advertido que determinada decisión terminaría en muerte.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
La instrucción no era complicada.
No contenía acertijos.
No exigía conocimientos secretos.
No necesitaban interpretar una profecía difícil.
Había abundancia alrededor de ellos y un límite claramente identificado.
Podían comer.
O podían no comer.
Y eso nos lleva nuevamente al libre albedrío.
Dios había creado hijos capaces de escoger.
Pero para que una decisión sea verdaderamente libre tiene que existir la posibilidad real de decir:
sí
o:
no.
Si Adán y Eva hubieran sido creados de tal manera que físicamente no pudieran desobedecer, entonces no estaríamos hablando realmente de obediencia.
Estaríamos hablando de programación.
Dios no quería robots.
Quería hijos.
Seres capaces de amarlo libremente.
Capaces de confiar.
Capaces de escuchar.
Y, precisamente por eso, capaces también de rechazarlo.
El árbol hacía visible aquella posibilidad.
Pero posibilidad de desobedecer no significa que estuvieran destinados a hacerlo.
La libertad hacía posible la caída; no la hacía inevitable.
Aquí encontramos otro principio importante acerca del carácter de Dios.
Santiago escribe:
«Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13, RVR1960).
Dios no necesitaba colocar una trampa delante de sus hijos.
No necesitaba confundirlos.
No necesitaba hacerles creer una cosa para después castigarlos porque no habían entendido otra.
El Dios que hemos conocido hasta ahora había hecho precisamente lo contrario.
Había hablado claramente.
Les había dicho qué podían hacer.
Les había explicado qué no debían hacer.
Y les había advertido lo que ocurriría si cruzaban aquel límite.
Eso es importante.
Porque significa que cuando aparezca la serpiente no viene a completar una información que Dios había olvidado proporcionar.
Viene a cuestionar la información que Dios ya les había dado.
Y hay una diferencia enorme.
Pero Adán y Eva poseían otra defensa.
No solamente conocían el mandamiento.
Conocían a quien se los había dado.
Esto quizá era todavía más importante.
Si un desconocido me advierte de algo, puedo preguntarme si debo creerle.
Pero si alguien ha demostrado repetidamente que me ama, que procura mi bien y que puedo confiar en él, su carácter se convierte en una razón para creer su palabra.
Adán y Eva tenían eso.
Todo lo que hemos estudiado hasta ahora formaba parte de la evidencia.
Dios les había dado vida.
Les había preparado un lugar.
Los había bendecido.
Les había dado alimento.
Había atendido sus necesidades.
Les había dado compañía.
Les había entregado responsabilidad.
Había compartido autoridad con ellos.
Les había permitido disfrutar de su creación.
Les había enseñado.
Había estado con ellos.
Hasta ese momento, ¿qué evidencia tenían de que Dios quisiera hacerles daño?
Ninguna.
¿Y qué evidencia tenían de su bondad?
Todo lo que los rodeaba.
Por eso la tentación tendrá que hacer algo mucho más sofisticado que simplemente ofrecerles un fruto.
Tendrá que modificar la manera en que interpretan a Dios.
Esto es fundamental.
Cuando finalmente aparece, la serpiente no comienza diciendo:
Mira qué delicioso fruto.
Comienza hablando acerca de Dios.
«¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Génesis 3:1, RVR1960).
Observe la estrategia.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
La serpiente dirige la conversación hacia:
«No comáis».
La abundancia comienza a desaparecer de la conversación.
El límite ocupa ahora el centro.
Todo aquello que podían disfrutar queda detrás.
Un árbol comienza a llenar su campo de visión.
Y después viene el ataque directo:
«No moriréis» (Génesis 3:4, RVR1960).
Ahora Eva tiene delante dos palabras.
Dios había dicho:
«ciertamente morirás».
La serpiente dice:
«No moriréis».
Las dos afirmaciones no podían ser verdad.
Alguien estaba mintiendo.
Y Eva tenía que decidir a quién creer.
Pero la serpiente continúa:
«sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:5, RVR1960).
Ahora el ataque está completo.
La insinuación ya no es solamente:
Dios está equivocado.
Es algo mucho más grave:
Dios sabe algo bueno y no quiere que ustedes lo tengan.
De pronto el Padre generoso comienza a ser presentado como alguien que retiene.
El Protector comienza a parecer controlador.
La advertencia comienza a parecer una prohibición egoísta.
Y el límite establecido para ellos comienza a interpretarse como algo establecido contra ellos.
Ahí estaba la verdadera batalla.
No solamente alrededor de un árbol.
Sino alrededor de una pregunta:
¿Cómo es realmente Dios?

El Nuevo Testamento utiliza precisamente esa palabra.
Pablo escribe:
«Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión» (1 Timoteo 2:14, RVR1960).
Y en otra ocasión dice:
«Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva…» (2 Corintios 11:3, RVR1960).
Hubo engaño.
Hubo astucia.
Hubo manipulación de la verdad.
Pero ser engañado no significa necesariamente carecer de capacidad para resistir.
Precisamente por eso un engaño necesita ser convincente.
La serpiente tenía que conseguir que Eva reinterpretara aquello que ya sabía.
Y esto nos muestra también algo acerca de Adán.
Pablo hace una distinción sorprendente:
«Adán no fue engañado».
No desarrollaremos todavía todas las implicaciones.
Pero significa que no podemos presentar a ambos simplemente como dos víctimas confundidas que no comprendían lo que estaba sucediendo.
Había responsabilidad.
Había decisión.
Había voluntad.
Y había suficiente conocimiento para que aquella decisión tuviera significado.
Génesis dice:
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1, RVR1960).
Era astuta.
Eso debemos reconocerlo.
Pero el texto nunca dice que fuera irresistible.
Nunca dice que Adán y Eva carecieran de capacidad para decir no.
Nunca dice que Dios los hubiera abandonado ante una fuerza que inevitablemente los derrotaría.
Además, la Escritura nos proporciona posteriormente un principio acerca de la manera en que Dios trata a quienes enfrentan tentación:
«Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Corintios 10:13, RVR1960).
Ese texto fue escrito a creyentes muchos siglos después y no describe directamente el episodio del Edén.
Pero sí revela algo acerca del carácter de Dios:
Él no disfruta colocando a sus hijos delante de pruebas imposibles para después condenarlos por fracasar.
Eso no concuerda con el Padre que hemos venido descubriendo.
Y Adán y Eva tenían una salida extraordinariamente sencilla:
creerle a Dios.
No necesitaban derrotar físicamente a la serpiente.
No necesitaban comprender todos sus motivos.
No necesitaban saber de dónde provenía.
No necesitaban responder cada argumento.
Podían sencillamente regresar a aquello que sabían:
Nuestro Padre dijo que no.
Y terminar la conversación.
Quizá aquí encontramos una de las conclusiones más importantes antes de entrar completamente en la caída.
Adán y Eva eran inocentes porque todavía no habían participado del mal.
Pero no eran intelectualmente deficientes.
No eran moralmente incapaces.
No eran criaturas abandonadas.
No estaban sin instrucciones.
No desconocían a Dios.
No carecían de razones para confiar en Él.
Y tampoco habían sido creados sin voluntad.
Precisamente lo contrario.
Tenían libertad suficiente para que su amor pudiera ser verdadero.
Tenían inteligencia suficiente para comprender.
Tenían conocimiento suficiente para decidir.
Tenían experiencia suficiente para confiar.
Y tenían una advertencia suficientemente clara para saber que la decisión importaba.
Entonces quizá la pregunta correcta no sea:
¿Por qué Dios permitió que fueran tentados si no podían resistir?
La evidencia que hemos reunido apunta hacia otra pregunta:
¿Cómo consiguió la serpiente que seres humanos capaces de resistir comenzaran a desear aquello que Dios les había dicho que no necesitaban?
Ahora estamos finalmente preparados para acercarnos a Génesis 3.
Y quiero hacerlo lentamente.
Porque lo que ocurrió allí fue mucho más profundo que comer un fruto prohibido.
Algo tuvo que suceder primero dentro de la mente.
La palabra de Dios tuvo que ser cuestionada.
Su advertencia tuvo que perder credibilidad.
Su generosidad tuvo que ser olvidada.
Su límite tuvo que comenzar a parecer injusto.
Y su carácter tuvo que quedar bajo sospecha.
Sólo entonces el fruto pudo comenzar a verse diferente.
Quizá ésa sea una de las grandes tragedias de aquella historia.
La serpiente no podía quitarles por la fuerza lo que Dios les había dado.
No podía obligarlos a abandonar a su Padre.
No podía introducir el mal en su voluntad sin su consentimiento.
Necesitaba conseguir que ellos mismos escogieran.
Y para conseguirlo tenía que atacar primero algo mucho más profundo:
la confianza de los hijos en la bondad de su Padre.
Ahí comenzaremos a entender realmente la tentación.
Y quizá también comenzaremos a comprender por qué aquella antigua conversación continúa repitiéndose, de diferentes maneras, dentro del corazón humano hasta nuestros días.
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