Dr. Elio M. Rivera
Durante años escuché decir:
«La vida es bella».
Y una parte de mí siempre respondía:
¿Bella?
¿Cómo puede alguien decirle eso a una madre cuyo hijo fue asesinado?
¿Cómo puede decirlo una persona que alguna vez sintió un arma apuntándole?
¿Cómo puede decirlo una mujer que fue atacada dentro de su propia casa?
¿Cómo puede decirlo una familia que recibió una llamada en medio de la noche para informarle que alguien que amaba había muerto violentamente?
¿Cómo puede sentirse completamente bella una vida donde hemos tenido que aprender a protegernos unos de otros?
Cerramos nuestras casas con llave.
Aseguramos puertas y ventanas.
Instalamos alarmas.
Ponemos cámaras.
Construimos bardas.
Evitamos ciertos lugares durante la noche.
Enseñamos a nuestros hijos a no confiar en desconocidos.
Miramos alrededor antes de bajar del automóvil.
Protegemos nuestras pertenencias.
Y si escuchamos un ruido extraño durante la madrugada, inmediatamente pensamos:
¿Entró alguien a la casa?
¿Por qué vivimos así?
Porque sabemos que existe la posibilidad de convertirnos en víctimas de otro ser humano.
Y eso debería parecernos extraño.
Porque no fuimos creados para tenernos miedo unos a otros.
Apenas salimos del Edén y encontramos un cadáver
La secuencia de Génesis es impresionante.
En Génesis 1 y 2 encontramos vida.
En Génesis 3 entra el pecado.
Y apenas llegamos a Génesis 4…

Un hermano mata a su hermano.
Caín y Abel habían nacido de los mismos padres.
Habían crecido juntos.
Compartían sangre.
Compartían historia.
Pero algo había cambiado en el interior del hombre.
Caín presentó una ofrenda.
Abel presentó la suya.
Dios miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y la suya.
Entonces apareció algo peligroso dentro de Caín:
«Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.»
Génesis 4:5, RVR1960
Dios incluso le advirtió:
«…el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.»
Génesis 4:7, RVR1960
El peligro estaba allí.
La puerta estaba delante de él.
Caín podía detenerse.
Pero no lo hizo.
«Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.»
Génesis 4:8, RVR1960
Detengámonos por un momento.
Un capítulo antes, Adán estaba escondiéndose de Dios.
Ahora su hijo está derramando la sangre de su propio hermano.
El pecado pasó rápidamente del corazón a las manos.
De la desobediencia al odio.
Del odio a la violencia.
Y de la violencia a la muerte.
El imperio de la muerte comenzaba a mostrar su rostro.
La primera víctima inocente
Abel salió al campo con su hermano.
Probablemente no imaginaba que estaba caminando hacia su muerte.
Ese detalle hace que la historia resulte todavía más dolorosa.
Porque una de las características más terribles del crimen es precisamente esa:
muchas víctimas nunca lo ven venir.
Una persona sale a trabajar.
Otra abre su negocio.
Alguien conduce de regreso a casa.
Una familia duerme.
Un joven sale con sus amigos.
Una mujer camina hacia su automóvil.
Un niño juega.
Y en unos cuantos minutos la vida puede cambiar para siempre.
El crimen puede ocurrir donde menos lo esperamos y de maneras que jamás imaginamos.
La víctima muchas veces no escogió participar.
No decidió entrar en aquella historia.
Simplemente alguien más tomó una decisión que destruyó su vida.
Eso ocurrió con Abel.
Caín tomó una decisión.
Pero Abel recibió las consecuencias.
Y desde entonces esa escena se ha repetido innumerables veces en la historia humana.
Una persona decide robar y otra queda traumatizada.
Una persona decide conducir violentamente una situación y otra termina herida.
Alguien decide secuestrar y una familia entera comienza a vivir una pesadilla.
Alguien dispara y una madre recibe una llamada.
Alguien mata y unos niños se quedan sin padre.
El criminal toma una decisión.
Pero el dolor se distribuye entre personas que jamás participaron en ella.
El crimen no produce solamente víctimas; produce miedo
Hay otra consecuencia que no siempre aparece en las estadísticas.
El miedo.
Una persona que sufrió un asalto puede sobrevivir físicamente y continuar reviviéndolo durante años.
Puede volver a escuchar aquella voz.
Recordar aquel rostro.
Sentir nuevamente aquella amenaza.
Puede comenzar a mirar constantemente hacia atrás.
Puede sentir miedo al escuchar pasos.
Puede dejar de visitar lugares que antes disfrutaba.
Puede despertarse ante cualquier ruido.
Pero el crimen también afecta a quienes nunca han sido víctimas directas.
Escuchamos lo que le ocurrió a un vecino.
Vemos lo que sucedió a un amigo.
Conocemos la historia de una familia.
Vemos imágenes de algún crimen.
Y pensamos:
También podría pasarme a mí.
Entonces cerramos otra cerradura.
Compramos otra cámara.
Miramos nuevamente por la ventana.
Decimos a nuestros hijos:
«Avísame cuando llegues».
Y hasta que llega el mensaje:
«Ya llegué»
sentimos tranquilidad.
Eso significa que el crimen tiene un radio de destrucción mucho mayor que el lugar donde ocurrió.
Un solo crimen puede producir cientos o miles de personas con miedo.
El criminal puede haber atacado a una persona, pero el terror puede extenderse por una familia, una colonia o incluso una ciudad.
Eso también forma parte de El imperio de la muerte.
Dios preguntó: «¿Dónde está Abel tu hermano?»
Después del asesinato Dios confrontó a Caín:
«¿Dónde está Abel tu hermano?»
Génesis 4:9, RVR1960
La respuesta de Caín es una de las frases más frías de las primeras páginas de la Biblia:
«No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»
Sí.
Ese era precisamente uno de los problemas.
El hombre había dejado de mirar al otro como alguien a quien debía cuidar.
Ahora podía verlo como rival.
Obstáculo.
Enemigo.
Objeto.
Víctima.
Pero Dios no había perdido de vista a Abel.
Entonces dijo:
«¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.»
Génesis 4:10, RVR1960
Qué expresión tan poderosa:
«La voz de la sangre de tu hermano clama a mí».
La sangre inocente le importa a Dios.
La víctima le importa a Dios.
El crimen le importa a Dios.
La injusticia le importa a Dios.
Dios no contempló el cuerpo de Abel y dijo:
«Así es la vida».
No.
Confrontó al responsable.
«¿Qué has hecho?»
Porque aquello no pertenecía al mundo que Él había declarado «bueno en gran manera».
No fuimos creados para vivir detrás de cerraduras
Pensemos nuevamente en el Edén.
Adán no tenía que protegerse de Eva.
Eva no tenía que esconderse de Adán.
No necesitaban cerraduras.
No necesitaban cámaras.
No necesitaban policías.
No necesitaban prisiones.
No necesitaban alarmas.
No necesitaban sistemas de seguridad.
¿Por qué?
Porque ninguna de esas cosas es necesaria cuando nadie quiere hacer daño al otro.
Nos hemos acostumbrado tanto al mundo caído que muchas de sus anomalías nos parecen normales.
Pero no lo son.
Una cerradura en nuestra puerta dice silenciosamente:
«Existe alguien allá afuera de quien necesito protegerme».
Una prisión dice:
«Algunos seres humanos pueden convertirse en una amenaza para otros seres humanos».
Una cámara de seguridad dice:
«Necesitamos vigilar lo que otros pueden hacernos».
Todo eso puede ser necesario en el mundo donde vivimos.
La prudencia es necesaria.
La justicia es necesaria.
Las autoridades deben proteger al inocente y castigar al que hace lo malo.
Pero nunca debemos confundir lo necesario después de la caída con el diseño original de Dios.
No fuimos creados para vivir detrás de cerraduras.
No fuimos creados para caminar con miedo.
No fuimos creados para sospechar del hombre que camina detrás de nosotros.
No fuimos creados para recibir una llamada informándonos que alguien asesinó a nuestro hijo.
El imperio de la muerte se llenó de sangre
Caín solamente fue el comienzo.
Unas generaciones después aparece Lamec jactándose de su violencia:
«Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe.»
Génesis 4:23, RVR1960
Observe el deterioro.
Caín mató y después intentó evadir su responsabilidad.
Lamec ya presume de la violencia.
Y poco después la Escritura describe una tierra completamente diferente de aquella que Dios había creado:
«Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia.»
Génesis 6:11, RVR1960
¡Llena de violencia!
El mundo que había sido declarado «bueno en gran manera» ahora estaba «lleno de violencia».
¿Qué ocurrió?
El hombre se separó de Dios.
Y el pecado comenzó a producir su cosecha.
Desde Caín hasta nuestros días, los nombres y las armas han cambiado.
Pero el problema continúa saliendo del mismo lugar:
el corazón humano apartado de Dios.
¿Entonces la vida es bella?
Ahora puedo responder aquella pregunta que durante tantos años me hice.
Sí, todavía existe una enorme belleza en la vida.
Porque permanecen muchas huellas del Dios que la creó.
Hay amor.
Hay familia.
Hay amistad.
Hay niños riendo.
Hay personas extraordinarias haciendo el bien.
Hay amaneceres.
Hay abrazos.
Hay momentos que quisiéramos conservar para siempre.
Pero sería insensible mirar a una madre que acaba de perder violentamente a su hijo y simplemente decir:
«La vida es bella».
Hay otra verdad que debemos reconocer:
algo terrible ocurrió con nuestro mundo.
La belleza permanece.
Pero está herida.
Vivimos rodeados de destellos del mundo que Dios creó y, al mismo tiempo, de las cicatrices del mundo que nosotros dañamos.
Y el crimen es una de esas cicatrices.
Pero la sangre de Abel no fue la última sangre derramada
Miles de años después de que Abel cayó al suelo, otro hombre inocente fue asesinado.
Él tampoco había cometido crimen.
Él tampoco merecía morir.
Fue traicionado.
Arrestado.
Golpeado.
Acusado falsamente.
Azotado.
Y finalmente crucificado.
El imperio de la muerte volvió a levantar la mano contra un inocente.
Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Hebreos habla de Jesucristo y de:
«…la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.»
Hebreos 12:24, RVR1960
La sangre de Abel clamaba desde la tierra.
La sangre de Cristo anunció que Dios había comenzado el rescate del hombre caído.
El mundo de Caín no tendrá la última palabra.
El crimen no tendrá la última palabra.
La violencia no tendrá la última palabra.
El miedo no tendrá la última palabra.
Y la muerte tampoco tendrá la última palabra.
Llegará el día cuando el Reino de Cristo eliminará definitivamente aquello que nos obliga hoy a vivir protegiéndonos unos de otros.
Mientras tanto, quienes pertenecemos a Él podemos comenzar a vivir de una manera completamente diferente.
Podemos proteger en lugar de lastimar.
Podemos cuidar en lugar de abandonar.
Podemos defender al débil.
Podemos ayudar a quien fue herido.
Podemos acompañar a las víctimas.
Podemos enseñar a nuestros hijos a respetar la vida.
Podemos negarnos a convertirnos en otra fuente de dolor dentro de un mundo que ya tiene demasiado.
Porque quizá no podamos eliminar todo el crimen de la tierra.
Pero sí podemos decidir algo:
nadie debería tener que protegerse de nosotros.
Nuestras manos pueden servir para levantar, no para golpear.
Nuestra voz puede servir para consolar, no para amenazar.
Nuestra casa puede convertirse en un lugar seguro.
Nuestra vida puede disminuir, aunque sea un poco, el dolor que existe alrededor.
Caín preguntó:
«¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?»
Después de contemplar todo lo que El imperio de la muerte ha hecho con la humanidad, quizá nuestra respuesta debería ser:
Sí.
Mi hermano me importa.
Su vida me importa.
Su dolor me importa.
Porque no fuimos creados para matarnos.
Fuimos creados para amarnos.
