Dr. Elio M Rivera
«Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.»
Mateo 2:13, RVR1960
Los magos se habían marchado.
Habían encontrado al niño, se habían postrado delante de Él y habían dejado sus presentes. Advertidos por Dios en sueños, regresaron a su tierra por otro camino.
En la casa quedaron José, María y Jesús.
Pero en Jerusalén había quedado una pregunta sin resolver.
¿Dónde estaba el niño?
Herodes había pedido a los magos que regresaran y le informaran exactamente dónde podían encontrarlo. Ellos nunca volvieron.
Entonces, durante la noche, José recibió una orden urgente:
«Levántate».
«Toma al niño y a su madre».
«Huye a Egipto».
Y después escuchó la razón:
«Herodes buscará al niño para matarlo».
Jesús era todavía un niño y un rey ya había decidido que no debía seguir viviendo.
Un rey amenazado por un niño
El contraste resulta extraordinario.
Herodes tenía poder.
Tenía autoridad.
Tenía hombres bajo sus órdenes.
Jesús necesitaba ser llevado en brazos.
No tenía ejército.
No encabezaba ninguna rebelión.
No estaba reuniendo seguidores.
No podía defenderse.
Era un niño.
Pero los magos habían llegado a Jerusalén haciendo una pregunta que Herodes no pudo ignorar:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» (Mateo 2:2).
Herodes ya ocupaba un trono.
Y ahora escuchaba hablar de otro rey.
Mateo no necesita ofrecernos una larga explicación psicológica. Simplemente registra su reacción:
«Herodes se turbó» (Mateo 2:3).
Más adelante estudiaremos con detenimiento quién fue Herodes el Grande, la violencia que rodeó su gobierno y lo difícil que podía resultar vivir bajo su autoridad.
Aquí basta observar una escena sorprendente:
el hombre que tenía el poder era quien tenía miedo.
Dios sabía lo que estaba ocurriendo en el palacio
José no podía saber lo que Herodes estaba planeando.
No estaba presente cuando el rey habló con los magos.
No tenía acceso a las conversaciones del palacio.
No tenía soldados vigilando los movimientos de Herodes.
Pero Dios conocía el peligro.
Y habló antes de que llegara.
«Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto».
La advertencia no eliminaba la amenaza.
Le mostraba a José qué hacer frente a ella.
Y José volvió a demostrar la misma característica que ya habíamos visto anteriormente en su vida:
cuando Dios hablaba, José actuaba.

José, María y el niño huyen a Egipto
Mateo dice:
«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto» (Mateo 2:14).
El Evangelio no nos dice cuánto tiempo tuvo José para prepararse.
No describe qué empacaron.
No especifica qué ruta siguieron.
No sabemos exactamente cómo realizaron el viaje.
Pero Mateo sí conserva un detalle:
«de noche».
José no esperó hasta la mañana.
No decidió observar primero si realmente existía peligro.
No pidió una segunda confirmación.
Se levantó.
Tomó al niño y a su madre.
Y salió.
La protección del niño dependía, humanamente hablando, de que José tomara en serio aquella advertencia.
Dios había hablado.
José obedeció.
El Rey tuvo que ser llevado
Hay una imagen en esta escena que resulta difícil pasar por alto.
Jesús no salió caminando de Belén.
Alguien tuvo que cargarlo.
María y José tenían que alimentarlo, cubrirlo, protegerlo y transportarlo.
El niño alrededor del cual estaban ocurriendo acontecimientos tan extraordinarios seguía experimentando la dependencia normal de su edad.
Si había que huir, tenían que llevarlo.
Si había que detenerse, alguien tenía que cuidarlo.
Si tenía hambre, alguien tenía que alimentarlo.
Si hacía frío durante el camino, alguien tenía que cubrirlo.
La historia no presenta a Jesús protegido dentro de una esfera inaccesible al mundo real.
Presenta a una familia tomando a un niño durante la noche y alejándose porque permanecer allí era peligroso.
Una familia obligada a abandonar su tierra
José recibió una orden específica:
«Huye a Egipto».
Eso convertía a aquella familia en desplazados que buscaban seguridad fuera de su propia tierra.
No viajaban por comercio.
No estaban realizando una peregrinación.
No buscaban conocer otro país.
Huían porque la vida del niño estaba amenazada.
Egipto ofrecía una salida lógica fuera de la jurisdicción inmediata de Herodes y contaba además con importantes comunidades judías.
Sin embargo, Mateo no nos dice a qué ciudad llegaron.
No sabemos dónde vivieron.
No sabemos quién los recibió.
No sabemos cómo fue su vida cotidiana allí.
Es mejor dejar esas preguntas abiertas.
Lo que sí sabemos es suficiente:
Jesús pasó parte de su primera infancia lejos de su tierra porque alguien quería matarlo.
Mientras una familia escapaba, otras no sabían lo que estaba por ocurrir
Entonces el relato cambia de escenario.
Herodes descubrió que los magos no regresarían.
Mateo dice:
«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho» (Mateo 2:16).
Y tomó una decisión terrible.
Ordenó matar:
«A todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos».
Mateo no proporciona el número de víctimas.
No sabemos cuántos niños murieron.
Las dimensiones relativamente pequeñas de Belén hacen imposible justificar las enormes cifras que algunas tradiciones posteriores imaginaron.
Pero tampoco necesitamos una cifra para comprender la tragedia.
Eran niños.
Y detrás de cada niño había una familia.
Belén lloró
Mateo describe aquella tragedia recurriendo a las palabras del profeta Jeremías:
«Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos,
Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18).
La ciudad donde poco antes los ángeles habían anunciado:
«Nuevas de gran gozo»,
ahora conocía el llanto.
No porque aquellos niños hubieran hecho algo.
No porque sus familias hubieran provocado a Herodes.
Sino porque un gobernante decidió que conservar su seguridad política justificaba la muerte de inocentes.
Aquí no necesitamos adornar la escena.
Mateo tampoco lo hace.
La sobriedad de sus palabras es suficiente.
Hubo llanto.
La protección llegó mediante una advertencia y una obediencia
Hay algo importante en la manera en que el Padre protegió al niño.
Dios no hizo desaparecer inmediatamente a Herodes.
No destruyó el palacio.
No levantó un muro sobrenatural alrededor de la casa.
Advirtió a José.
«Levántate».
José tuvo que levantarse.
«Toma al niño».
José tuvo que tomarlo.
«Huye a Egipto».
José tuvo que salir.
La dirección vino de Dios.
La respuesta correspondió a José.
Y ambas cosas aparecen juntas en el relato.
La obediencia de aquel hombre silencioso volvió a convertirse en protección para su familia.
«Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes»
Mateo resume toda la estancia en Egipto con una frase:
«Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes» (Mateo 2:15).
Nada más.
Una etapa completa de la infancia de Jesús queda escondida detrás de esas pocas palabras.
No sabemos cuánto recordaría Jesús personalmente de aquellos primeros años.
No sabemos cómo era la casa donde vivieron.
No sabemos cómo José consiguió trabajo ni cómo se relacionaron con las comunidades judías que existían en Egipto.
El Evangelio no lo cuenta.
Pero aquella frase nos permite saber que la amenaza no desapareció inmediatamente.
Tuvieron que esperar.
No podían regresar simplemente porque extrañaran su tierra.
Había una condición:
«Permanece allá hasta que yo te diga» (Mateo 2:13).
José había obedecido para salir.
Ahora tendría que aprender a esperar para regresar.
Una familia bajo la dirección de Dios
Al observar toda la escena, encontramos una forma de protección muy diferente a la que quizá hubiéramos imaginado.
Dios no convirtió el camino de aquella familia en una vida sin dificultades.
Los dirigió dentro de ellas.
Cuando había que quedarse, se quedaron.
Cuando había que salir, salieron.
Cuando había que huir, huyeron.
Cuando todavía no era tiempo de regresar, esperaron.
José no conocía el futuro completo.
Recibía la dirección necesaria para el siguiente paso.
Y obedecía.
La historia que comenzó con un sueño en Nazaret ahora continuaba con otro sueño lejos de casa.
José había recibido a María porque Dios se lo indicó.
Había puesto al niño por nombre Jesús porque Dios se lo indicó.
Ahora había tomado al niño y a su madre y había salido hacia Egipto porque Dios se lo indicó.
La protección del niño estaba pasando también por la obediencia de un hombre que escuchaba y actuaba.
Y allí, fuera de su tierra, aquella pequeña familia esperó.
Herodes todavía ocupaba el trono.
Belén estaba de luto.
Egipto se había convertido temporalmente en refugio.
Y el niño permanecía bajo el cuidado de María y José.
Hasta que llegara una nueva orden:
era tiempo de volver a casa.
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