Dr. Elio M Rivera
«Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.» — Mateo 2:13, RVR1960
El peligro ya no era solamente una posibilidad.
Herodes buscaría al niño para matarlo.
Y entonces ocurrió algo que nos permite mirar directamente al corazón del Padre.
Dios pudo haber destruido a Herodes.
Pudo haber enviado un ejército celestial.
Pudo haber derribado el palacio.
Pudo haber hecho desaparecer al hombre que amenazaba a su Hijo.
Pero no lo hizo.
Aquella noche la orden del cielo fue mucho más sencilla:

Herodes manda asesinar a los niños de Belén
«Levántate… toma al niño… y huye.»
Resulta sorprendente.
El Hijo de Dios sería protegido mediante los brazos de un carpintero.
José tendría que despertarse, tomar a María, cargar al niño, abandonar lo conocido y comenzar un viaje hacia Egipto.
Dios realizaría lo sobrenatural dando la advertencia.
José tendría que realizar lo humano obedeciendo.
Y José no discutió.
«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.» — Mateo 2:14.
De noche.
No esperó hasta la mañana.
No pidió una segunda señal.
No necesitó comprender todo el plan.
El Padre había hablado y José actuó.
Pero hay otro detalle hermoso en la narración.
Inmediatamente antes de esta orden, los magos habían llegado hasta Jesús y habían abierto sus tesoros:
«…le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.» — Mateo 2:11.
Mateo no dice que aquellos regalos fueran utilizados para financiar la huida a Egipto, por lo que no debemos afirmarlo como un hecho. Pero el orden de los acontecimientos resulta hermoso: antes de que la familia tuviera que abandonar su tierra, habían llegado recursos inesperados a sus manos.
El Padre no solamente conocía el peligro.
Había comenzado a preparar el camino antes de que José supiera que tendría que recorrerlo.
Y quizá aquí encontramos una de las enseñanzas más hermosas de toda esta parte de la historia.
La protección de Dios no siempre significa que el peligro desaparezca.
Herodes continuaba en su palacio.
Sus soldados continuaban disponibles.
Su orden todavía podía ejecutarse.
El camino hacia Egipto continuaba siendo largo.
Pero el Padre sabía por dónde sacar a su Hijo.
A veces Dios protege cerrando una puerta.
Otras veces, mostrando una salida.
A veces elimina el peligro.
Otras veces nos dice:
«Levántate… y vete.»
Y mientras José avanzaba en la oscuridad llevando al niño, quizá sin saber cuánto tiempo estaría fuera de su tierra, había algo que sí era cierto:
el Padre sabía exactamente hacia dónde los estaba llevando.
Jesús había venido a un mundo peligroso.
Pero nunca estuvo fuera de la mirada de su Padre.
Referencias
Mateo 2:11–15; Salmo 121:3–8; Proverbios 3:5–6.
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