Dr. Elio M Rivera

 Hasta ahora hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión, palacios, fortalezas y el monumental Templo de Jerusalén.

 Pero había una pregunta que todavía no hemos hecho:

 ¿Quién pagaba todo aquello?

 Porque las piedras no se movían solas.

 Había que pagar trabajadores, transportar materiales, alimentar ejércitos, mantener palacios, sostener funcionarios, construir fortalezas y financiar una corte real.

 Buena parte de aquella grandeza descansaba finalmente sobre la economía del reino.

 Y eso significaba que detrás de los monumentos de Herodes estaban también los impuestos de sus súbditos.

El precio de la grandeza

 Herodes poseía distintas fuentes de ingresos: tierras reales, tributos, impuestos, derechos sobre determinadas actividades económicas y las rentas procedentes de los territorios bajo su autoridad.

 Josefo nos permite comprobar que las cargas fiscales eran suficientemente importantes como para convertirse en una cuestión política.

 En una ocasión, después de un período de dificultades, Herodes redujo una tercera parte de los impuestos de sus súbditos. Josefo señala que lo hizo para aliviar la situación, pero también para recuperar el favor de un pueblo que estaba profundamente descontento con él.

 En otra ocasión posterior volvió a conceder alivio tributario.

 Eso nos permite comprender algo importante.

 Los impuestos no eran un detalle secundario del reinado.

 Formaban parte de la vida cotidiana.

Bajemos ahora del palacio

 Imaginemos por un momento que no somos Herodes.

 No vivimos en Cesarea.

 No tenemos un palacio en Jericó.

 No observamos el mar Muerto desde las terrazas de Masada.

 Somos una familia campesina.

 Tenemos una parcela.

 Sembramos trigo o cebada.

 Quizá tenemos olivos.

 Tal vez algunas vides.

 Dependemos de la lluvia.

 Una mala cosecha no significa que disminuyan nuestras ganancias.

 Puede significar que no haya suficiente comida.

 Y sobre aquella producción existían diferentes obligaciones económicas.

 Había que sostener a la familia. Había obligaciones religiosas propias de la sociedad judía. Existían tributos y cargas relacionadas con el gobierno. Había tasas vinculadas a actividades económicas y comerciales.

 Cada moneda entregada era una moneda que ya no permanecía en la casa.

 Cada parte de la cosecha destinada a obligaciones externas era una parte que la familia no podía consumir, guardar o vender.

 Y mientras tanto, en otros lugares del reino, continuaban levantándose monumentos.

¿Qué ocurría cuando llegaba una crisis?

 Aquí Josefo nos permite acercarnos todavía más a la vida del pueblo.

 Durante el reinado de Herodes ocurrió una terrible escasez.

 Las cosechas fracasaron.

 Las reservas del año anterior comenzaron a agotarse.

 Después volvió a fallar la producción.

 Josefo dice que la necesidad llegó a tal extremo que las personas comenzaron a comer alimentos que normalmente no consumían.

 Pero añade un detalle revelador:

 Herodes también perdió ingresos porque dejó de recibir el tributo procedente de los frutos de la tierra.

 La frase nos permite ver la conexión.

 El campesino cultivaba.

 La tierra producía.

 Parte de aquella producción terminaba alimentando también la maquinaria económica del reino.

 Cuando la tierra dejó de producir, sufrió el campesino.

 Pero también disminuyeron los ingresos del rey.

 Herodes respondió en aquella crisis utilizando sus recursos para conseguir alimento y auxiliar a la población. Ese hecho también debe reconocerse: su gobierno no fue una sucesión uniforme de abusos. En determinados momentos utilizó su riqueza para aliviar calamidades.

 Pero el episodio nos deja ver cuán estrechamente estaban conectados la cosecha del hombre común y el tesoro del rey.

¿Qué pasaba si alguien no pagaba?

 Aquí debemos ser precisos.

 No poseemos un código tributario completo del reino de Herodes que nos permita afirmar que todo campesino incapaz de pagar recibía automáticamente determinado castigo.

 No debemos inventarlo.

 Pero conocemos suficientemente bien el carácter de su gobierno para saber que la resistencia al poder podía tener consecuencias severas.

 Josefo describe un sistema extraordinario de vigilancia durante su reinado.

 Afirma que Herodes procuraba impedir reuniones que pudieran convertirse en focos de oposición y que había informantes y espías tanto en las ciudades como en los caminos.

 Las personas consideradas peligrosas podían ser detenidas.

 Josefo menciona incluso prisioneros llevados a la fortaleza de Hircano y ejecutados, algunos públicamente y otros secretamente.

 Eso significa que la cuestión no era simplemente económica.

 El impuesto existía dentro de un sistema político que tenía capacidad para obligar.

 El campesino no negociaba de igual a igual con el rey.

 El comerciante no decidía voluntariamente cuánto quería contribuir.

 Detrás del recaudador estaba la autoridad.

 Y detrás de la autoridad estaba la fuerza.

El testimonio que dejó el pueblo

 Hay una escena especialmente reveladora.

 Herodes murió.

 Y casi inmediatamente comenzaron a escucharse peticiones que durante su vida habían sido difíciles de expresar.

 Cuando Arquelao, su hijo, apareció ante el pueblo, la multitud comenzó a pedir cambios.

 ¿Una de sus peticiones?

 Que redujera los pagos anuales.

 Otros pidieron que liberara a las numerosas personas que Herodes había encarcelado.

 Y otros solicitaron que eliminara impuestos que consideraban gravosos sobre las operaciones de compra y venta.

 Eso es tremendamente revelador.

 El rey había muerto y una de las primeras preocupaciones del pueblo fue:

 bájanos las cargas.

 Las piedras de Herodión podían hablar de la grandeza de Herodes.

 Las calles de Cesarea podían hablar de su visión.

 Masada podía hablar de su ingeniería.

 El Templo podía hablar de su ambición arquitectónica.

 Pero el pueblo también tenía una historia que contar.

El reino del rey Herodes, un reino donde se cobraban grandes impuestos

 Y no era solamente el dinero.

 Josefo describe un ambiente de vigilancia.

 Herodes sabía que muchos de sus súbditos no lo aceptaban plenamente. Por eso observaba cuidadosamente cualquier posible foco de oposición.

 Según Josefo, llegó a utilizar informantes para conocer lo que se decía y hacía. Las reuniones podían despertar sospechas. Las críticas podían resultar peligrosas.

 Eso cambia nuestra imagen de las calles.

 Porque ahora podemos imaginar algo más que mercados y peregrinos.

 Podemos imaginar conversaciones pronunciadas en voz baja.

 Preguntas que quizá era mejor no hacer.

 Opiniones que convenía reservar para personas de confianza.

 Un reino puede tener magníficos edificios y, al mismo tiempo, ciudadanos que miden sus palabras.

Dos mundos dentro del mismo reino

 Así aparecía una contradicción impresionante.

 Arriba estaban los palacios.

 Abajo estaban las casas.

 Arriba estaban los banquetes.

 Abajo estaba el campesino esperando la cosecha.

 Arriba estaban las enormes construcciones.

 Abajo estaban quienes contribuían a sostener el sistema que podía realizarlas.

 Herodes podía mostrar a los visitantes extranjeros ciudades impresionantes.

 Pero una madre judía probablemente medía la grandeza de un reino de otra manera:

 ¿tenemos suficiente para comer?

 Un padre podía hacer otra pregunta:

 ¿cuánto de mi cosecha permanecerá finalmente en mi casa?

 Un comerciante:

 ¿cuánto tendré que pagar para vender lo que tengo?

 Y quien estaba descontento con el gobierno quizá tendría otra preocupación:

 ¿quién está escuchando?

¿Qué aprendemos del corazón de Dios?

 Aquí aparece algo hermoso que fácilmente se pierde cuando estudiamos la historia.

 Los historiadores suelen recordar a los grandes.

 Herodes.

 Augusto.

 Marco Antonio.

 Los generales.

 Los gobernadores.

 Sabemos sus nombres porque ellos construyeron ciudades, dirigieron ejércitos y dejaron inscripciones.

 Pero la Biblia comienza a dirigir nuestra mirada hacia personas que los grandes relatos políticos apenas habrían mencionado.

 Un sacerdote anciano llamado Zacarías.

 Su esposa Elisabet.

 Una joven llamada María.

 Un carpintero llamado José.

 Pastores que trabajaban durante la noche.

 Gente común.

 Y precisamente entre esa gente decidió Dios comenzar a revelar lo que estaba haciendo.

 Eso nos enseña algo acerca de su corazón.

 Dios veía los palacios de Herodes.

 Pero también veía las casas pequeñas.

 Veía las cuentas del reino.

 Pero también veía la mesa de una familia.

 Veía las grandes piedras que subían hacia el Templo.

 Pero también conocía al trabajador que las movía.

 Veía al rey.

 Pero nunca perdió de vista al pueblo.

 Y cuando decidió enviar a su Hijo, no lo colocó dentro del palacio de Herodes.

 Lo puso entre ellos.

 Entre los que trabajaban.

 Entre los que pagaban.

 Entre los que obedecían órdenes emitidas por hombres que jamás conocerían personalmente.

 Entre aquellos cuyos nombres nunca aparecerían en los grandes libros de historia.

 Quizá esa sea una de las revelaciones más hermosas de estos primeros capítulos:

 el Dios que gobierna la historia tiene ojos para la gente que la historia casi nunca recuerda.

Referencias bíblicas

Lucas 1:5–38; Lucas 2:1–20; Salmo 10:14; Salmo 12:5; Salmo 34:15; Isaías 57:15.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo relata las dificultades económicas producidas por la escasez, la pérdida de ingresos tributarios de Herodes, sus medidas de socorro y la reducción de una tercera parte de determinados impuestos. También describe la vigilancia del reino, los informantes, restricciones y severos castigos contra quienes eran considerados peligrosos.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Después de la muerte de Herodes, el pueblo pidió a Arquelao alivio de los pagos anuales, liberación de numerosos prisioneros y eliminación de gravámenes considerados severos sobre las ventas. El mismo libro permite apreciar la magnitud de los ingresos de los territorios herodianos.

Livius, “Herod the Great”. Síntesis histórica del sistema económico herodiano, sus proyectos constructivos, administración y fuerte carga fiscal sobre sus súbditos.

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Dr. Elio M Rivera

 Herodes había conseguido la corona.

 Había sobrevivido a guerras, cambios de gobierno y luchas políticas. Roma lo reconocía como rey. Sus enemigos habían sido derrotados.

 Pero todavía existía algo que Roma no podía obligar al pueblo a darle:

 afecto.

 Y entonces apareció frente a él un joven que parecía recibirlo naturalmente.

 Su nombre era Aristóbulo III.

El muchacho que llevaba en la sangre una antigua dinastía

 Aristóbulo era hermano de Mariamne, la esposa de Herodes.

 Pertenecía, por tanto, a la familia asmonea.

 Su madre era Alejandra, hija de Hircano II, y su padre había sido Alejandro, hijo de Aristóbulo II. Por ambos lados de su familia corría sangre de la dinastía que había gobernado Judea antes de Herodes.

 Eso lo convertía en una figura especial.

 Herodes tenía el título.

 Aristóbulo tenía el linaje.

 Y era todavía muy joven.

 Josefo lo describe como un muchacho de extraordinaria apariencia física y elevada estatura para su edad.

 No necesitaba conspirar para llamar la atención.

 Su sola presencia recordaba a muchos judíos la antigua casa gobernante.

¿Quién sería el sumo sacerdote?

 Aquí comenzó el problema.

 El sumo sacerdocio no era simplemente un cargo religioso. En Judea poseía enorme prestigio social y político.

 Herodes inicialmente había colocado en el puesto a un hombre llamado Ananel, procedente de Babilonia.

 Pero Alejandra, madre de Aristóbulo, quería que su hijo ocupara el cargo que correspondía al prestigio de su familia.

 La situación terminó llegando hasta Cleopatra VII de Egipto, y a través de ella hasta Marco Antonio.

 Herodes comprendió el peligro político de permitir que el asunto escalara.

 Finalmente removió a Ananel y nombró sumo sacerdote a Aristóbulo.

 El joven tenía aproximadamente diecisiete años.

 Herodes había puesto sobre él las vestiduras más importantes de la religión judía.

 Y entonces ocurrió algo que probablemente confirmó todos sus temores.

Herodes se siente amenazado por la popularidad de Aristóbulo

 Llegó la fiesta de los Tabernáculos.

 Jerusalén estaba llena de peregrinos.

 Aristóbulo apareció ante el pueblo vestido con las vestiduras del sumo sacerdote y se acercó al altar para desempeñar sus funciones.

 Entonces la multitud reaccionó.

 Josefo describe una escena extraordinaria.

 Al contemplar al joven, recordar su familia y verlo desempeñando el sacerdocio, el pueblo comenzó a expresar públicamente su afecto por él.

 Aquello no era una conspiración.

 No era un ejército.

 No era una rebelión.

 Era admiración.

 Pero para un hombre como Herodes, podía ser algo todavía más peligroso.

 Porque el entusiasmo del pueblo revelaba una realidad que ninguna decisión del Senado romano podía cambiar:

 los asmoneos todavía vivían en el corazón de muchas personas.

El problema no era lo que Aristóbulo hacía

 Aristóbulo no necesitaba proclamarse rey.

 No necesitaba levantar soldados.

 No necesitaba atacar el palacio.

 Su existencia era suficiente.

 Era joven.

 Era asmoneo.

 Era sumo sacerdote.

 Era admirado.

 Y tenía algo que Herodes nunca había conseguido completamente:

 legitimidad emocional ante una parte del pueblo.

 Aquí los celos adquieren una forma particularmente peligrosa.

 Cuando una persona está segura de quién es, puede celebrar el éxito de otro.

 Pero cuando nuestra identidad depende de ser los más admirados, los más importantes o los más reconocidos, el brillo de otra persona puede comenzar a parecernos oscuridad sobre nosotros.

 Herodes había colocado a Aristóbulo en el sumo sacerdocio.

 Ahora comenzaba a temer aquello mismo que había creado.

Jericó

 Tiempo después, Herodes y su familia se encontraban en Jericó.

 Alejandra tenía allí una residencia.

 Era una región cálida, conocida por sus jardines, palmeras y abundancia de agua.

 Después de un banquete, Aristóbulo salió con algunos de los hombres de Herodes.

 Había piscinas.

 Los jóvenes comenzaron a jugar dentro del agua.

 Era de noche.

 Entonces ocurrió.

 Josefo afirma que algunos de los hombres, siguiendo instrucciones, comenzaron a sumergir repetidamente a Aristóbulo como si estuvieran jugando con él.

 Lo mantuvieron debajo del agua.

 Y el muchacho dejó de moverse.

 Cuando terminó aquella noche, Aristóbulo III estaba muerto.

 Tenía aproximadamente dieciocho años.

 El joven sumo sacerdote que había provocado el entusiasmo de Jerusalén había muerto ahogado en una piscina.

 Parecía un accidente.

 Josefo afirma que no lo fue.

Herodes lloró

 Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

 Herodes manifestó un profundo dolor.

 Josefo dice que lloró públicamente y mostró una aflicción tan intensa que intentó convencer a los demás de que aquella muerte había sido accidental.

 Organizó un funeral magnífico.

 Gastó grandes cantidades de dinero.

 Proporcionó perfumes y ornamentos.

 Honró públicamente al joven muerto.

 Pero según Josefo, detrás de aquellas lágrimas estaba el mismo hombre que había organizado su muerte.

 Es una de las escenas más oscuras de su historia.

 Herodes lloraba al hombre que había temido mientras estaba vivo.

Cuando los celos cambian nuestra manera de mirar

 Aquí aparece por primera vez con toda claridad uno de los grandes enemigos interiores de Herodes:

 los celos.

 Aristóbulo no necesitó hacerle daño.

 Herodes comenzó a verlo como amenaza porque otras personas lo admiraban.

 Ese es el poder destructivo de los celos.

 No cambian primero a la otra persona.

 Cambian nuestros ojos.

 El amigo comienza a parecer competidor.

 El compañero comienza a parecer rival.

 El talento de otro comienza a parecernos una disminución del nuestro.

 La admiración que alguien recibe comienza a sentirse como algo que nos están quitando.

 Y finalmente podemos terminar luchando contra personas que nunca estuvieron luchando contra nosotros.

 Aristóbulo tenía dieciocho años.

 Herodes tenía un reino.

 Pero el rey terminó sintiéndose amenazado por el muchacho.

¿Qué aprendemos del corazón de Dios?

 El contraste es enorme.

 Herodes veía la grandeza de otro y sentía que debía disminuirla para conservar la propia.

 Dios no funciona así.

 Cuando Juan el Bautista comenzó su ministerio, multitudes acudieron a escucharlo. Cuando posteriormente apareció Jesús, Juan pudo decir:

«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.» — Juan 3:30.

 Ese es un corazón completamente diferente.

 No necesita destruir la luz de otro para sentirse seguro.

 Y todavía existe algo más profundo.

 El Padre no contempla la grandeza del Hijo como una amenaza.

 La celebra.

 No compite con él.

 No necesita disminuirlo.

 No teme compartir su gloria.

 En el Jordán se escucharía una voz desde los cielos:

«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» — Mateo 3:17.

 Herodes observó a un joven admirado por el pueblo y sintió miedo.

 El Padre mira al Hijo y declara públicamente su complacencia.

 Uno representa el corazón que necesita apagar a otros para conservar su lugar.

 El otro nos muestra un amor que puede decir:

 «Este es mi Hijo amado».

 Aristóbulo murió porque un rey inseguro no pudo soportar que otro fuera admirado.

 Y aquella muerte sería solamente el comienzo.

Referencias bíblicas

Proverbios 14:30; 27:4; Mateo 3:16–17; Juan 3:26–30; Santiago 3:14–16.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV, 23–56. Fuente principal para la historia de Aristóbulo III: su linaje asmoneo, el conflicto por el sumo sacerdocio, su nombramiento siendo muy joven, la reacción popular durante la fiesta de los Tabernáculos, los temores de Herodes y su muerte en Jericó.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo relata que Aristóbulo fue ahogado por hombres vinculados a Herodes mientras simulaban jugar en una piscina y describe posteriormente las manifestaciones públicas de duelo y el elaborado funeral organizado por Herodes.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta una versión resumida de los conflictos entre Herodes y los miembros de la familia asmonea y de la muerte del joven Aristóbulo.

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Dr. Elio M Rivera

 Aristóbulo III era joven, atractivo, sumo sacerdote y popular.

 Podemos comprender, aunque no justificar, por qué un hombre inseguro como Herodes podía considerarlo una amenaza.

 Pero el siguiente hombre era completamente diferente.

 Era anciano.

 Había perdido el poder.

 Había perdido el sumo sacerdocio.

 Había sufrido mutilación.

 Había vivido años lejos de Jerusalén.

 Y, además, había sido benefactor de la propia familia de Herodes.

 Su nombre era Hircano II.

 Si Aristóbulo nos mostró los celos de Herodes, Hircano nos permitirá contemplar algo todavía más peligroso:

 la sospecha.

Juan Hircano, un hombre que había gobernado antes que Herodes

 Hircano II pertenecía a la dinastía asmonea.

 Era hijo de Alejandro Janneo y de la reina Salomé Alejandra, y hermano de Aristóbulo II.

 Mucho antes de que Herodes ocupara el trono, Hircano ya había estado en el centro de la vida política y religiosa de Judea.

 Había sido sumo sacerdote.

 También había ejercido autoridad política.

 Cuando murió su madre, comenzó una lucha entre Hircano y su hermano Aristóbulo II por el control de Judea.

 Aquella disputa familiar terminó abriendo una puerta que cambiaría para siempre la historia del país.

 Roma entró en Judea.

 En el año 63 a. C., Pompeyo intervino en el conflicto, tomó Jerusalén y reorganizó el territorio.

 Hircano permaneció como sumo sacerdote y figura política bajo la nueva realidad romana.

 Pero junto a él comenzó a destacar otro hombre:

 Antípatro, el padre de Herodes.

Hircano y la familia de Herodes

 Antípatro se convirtió en uno de los principales consejeros y apoyos políticos de Hircano.

 La relación entre ambas familias sería decisiva para el futuro de Judea.

 Cuando Julio César reorganizó la región, Hircano recibió reconocimiento y Antípatro aumentó considerablemente su influencia.

 Fue precisamente dentro de aquella estructura política donde comenzó a ascender el joven Herodes.

 Antípatro colocó a su hijo Fasael al frente de Jerusalén y a Herodes en Galilea.

 Esto significa algo importante para nuestra historia:

 Hircano había estado presente mientras la familia de Herodes ascendía.

 Herodes no apareció de la nada.

 Su propio crecimiento político ocurrió, en parte, dentro del gobierno asociado a Hircano.

Entonces llegaron los partos

 Años después, la situación cambió violentamente.

 En el año 40 a. C., los partos invadieron la región y apoyaron a Antígono, sobrino de Hircano, para tomar el poder en Judea.

 Hircano cayó en sus manos.

 Y entonces ocurrió algo terrible.

 Según Josefo, Antígono hizo que le mutilaran las orejas.

 ¿Por qué?

 Porque un sumo sacerdote debía estar físicamente íntegro para ejercer el oficio.

 La mutilación tenía, por tanto, un propósito político y religioso.

 Aunque Hircano sobreviviera, ya no podría volver legítimamente al sumo sacerdocio.

 Era una manera brutal de quitarle algo que había definido gran parte de su vida.

 Después fue llevado fuera de Judea, hacia territorio parto.

 El antiguo gobernante de Jerusalén se convirtió en un anciano mutilado viviendo lejos de su tierra.

El anciano que todavía era respetado

 Pero Hircano no fue tratado como un hombre cualquiera.

 Entre las comunidades judías de aquella región continuó recibiendo respeto debido a su antigua dignidad y a su linaje.

 Mientras tanto, Herodes había viajado a Roma, había recibido del Senado el título de rey y finalmente había conquistado Jerusalén.

 Ahora las posiciones se habían invertido.

 Herodes era rey.

 Hircano era un anciano exiliado.

 Parecería que ya no había razón para temerle.

 Y entonces Herodes hizo algo sorprendente.

 Lo invitó a regresar.

Herodes lo recibió con honores

 Josefo relata que Herodes deseaba que Hircano volviera a Judea.

 El anciano aceptó.

 Cuando regresó, Herodes lo trató inicialmente con gran consideración.

 Le concedió un lugar de honor.

 Lo trataba como a un padre.

 Le permitió ocupar una posición distinguida en su mesa y en la vida pública.

 Había razones políticas evidentes para hacerlo.

 Hircano era respetado.

 Era miembro de la antigua dinastía.

 Tenerlo cerca podía ayudar a Herodes.

 Pero existía también una historia personal entre ellos.

 Josefo recuerda que Hircano había mostrado benevolencia hacia Herodes en años anteriores.

 El viejo asmoneo no era simplemente un antiguo rival político.

 Era también un hombre a quien Herodes debía parte de su propia historia.

¿Qué podía hacer realmente Hircano?

 Pensemos en la situación.

 Hircano era ya un hombre de edad avanzada.

 Josefo lo presenta con aproximadamente ochenta años al final de su vida.

 Había perdido su antiguo gobierno.

 No tenía ejército.

 Herodes controlaba Jerusalén.

 Herodes tenía soldados.

 Herodes tenía fortalezas.

 Herodes tenía riqueza.

 Herodes tenía el reconocimiento de Roma.

 Y Hircano ni siquiera podía recuperar el sumo sacerdocio debido a la mutilación que había sufrido.

 Objetivamente, la diferencia de poder entre ambos era enorme.

 Pero la sospecha no mide las amenazas solamente por lo que realmente pueden hacer.

 Las mide por lo que tememos que puedan llegar a hacer.

Una carta desde Nabatea

 Aquí la historia se vuelve más oscura.

 Alejandra, hija de Hircano y suegra de Herodes, mantenía vínculos con la corte nabatea.

 Según Josefo, comenzó a considerar la posibilidad de que Hircano escapara hacia territorio árabe.

 Hircano recibió una invitación para refugiarse con Malico, rey de los árabes nabateos.

 El anciano inicialmente no parecía dispuesto a marcharse.

 Pero finalmente se produjo correspondencia relacionada con la posibilidad de abandonar Judea.

 Y Herodes se enteró.

 Según el relato de Josefo, Herodes consiguió que una carta vinculada con aquellos planes llegara a sus manos.

 Ahora tenía aquello que necesitaba para alimentar sus sospechas.

 Hircano podía marcharse.

 Y si se marchaba, podía encontrarse fuera del control directo del rey.

 Un anciano sin ejército podía convertirse nuevamente, al menos en la imaginación política de Herodes, en un símbolo alrededor del cual otros se reunieran.

El miedo ya no necesitaba un ejército

 Eso es lo impresionante.

 Herodes había enfrentado partos.

 Había combatido ejércitos.

 Había conquistado Jerusalén.

 Había sobrevivido a los cambios entre Antonio y Augusto.

 Pero ahora podía sentir peligro ante un anciano mutilado.

 No porque Hircano poseyera más poder militar que él.

 Sino porque poseía algo que Herodes nunca podía borrar:

 su nombre.

 Hircano era asmoneo.

 Había sido sumo sacerdote.

 Había gobernado Judea.

 Era abuelo de Mariamne.

 Era bisabuelo de los hijos que Herodes había tenido con ella.

 Representaba una dinastía anterior a Herodes.

 Y para un hombre dominado por la sospecha, incluso un recuerdo puede convertirse en amenaza.

La muerte de Hircano

 Herodes acusó a Hircano de conspirar con los árabes.

 Josefo presenta diferentes detalles y acusaciones alrededor del episodio, pero el desenlace es claro.

 Herodes ordenó su ejecución.

 Hircano II murió siendo un hombre de edad avanzada.

 El antiguo sumo sacerdote que había gobernado antes de Herodes, que había sobrevivido a guerras familiares, a Pompeyo, a la llegada de Roma, a la invasión de los partos, a la mutilación y al exilio, finalmente murió por orden del hombre cuya familia había ascendido políticamente mientras él gobernaba.

 La historia tiene una ironía dolorosa.

 Hircano había sobrevivido a sus enemigos.

 Pero no sobrevivió a la sospecha de Herodes.

Cuando el miedo comienza a fabricar enemigos

 Aquí encontramos algo diferente de lo ocurrido con Aristóbulo III.

 Aristóbulo provocó una reacción visible del pueblo.

 La multitud lo admiró.

 Herodes pudo escucharla.

 Hircano era diferente.

 Era un anciano.

 Su poder pertenecía principalmente al pasado.

 Pero Herodes comenzó a mirar posibilidades.

 ¿Qué ocurriría si escapaba?

 ¿Qué ocurriría si los nabateos lo recibían?

 ¿Qué ocurriría si alguien utilizaba su nombre?

 ¿Qué ocurriría si nuevamente se convertía en un símbolo?

 La sospecha vive de esas preguntas.

 ¿Y si…?

 Y cuando el temor gobierna nuestra interpretación de las personas, dejamos de juzgarlas solamente por lo que han hecho.

 Comenzamos a condenarlas por aquello que imaginamos que podrían hacer.

 Entonces cualquier conversación parece conspiración.

 Cualquier amistad parece alianza.

 Cualquier ausencia parece fuga.

 Cualquier persona puede convertirse en enemigo.

 Incluso un anciano.

El miedo nunca queda satisfecho

 Herodes había eliminado a Aristóbulo III.

 Pero no se sintió más seguro.

 Ahora eliminó a Hircano II.

 Y tampoco encontraría seguridad.

 Aquí comenzamos a descubrir el verdadero problema.

 Los enemigos podían morir, pero el miedo permanecía vivo.

 Y mientras el miedo permaneciera vivo dentro de Herodes, siempre podría encontrar un nuevo rostro sobre el cual proyectarse.

 Primero fue un muchacho.

 Ahora fue un anciano.

 Pronto llegaría mucho más cerca.

¿Qué aprendemos?

 La prudencia puede protegernos de un peligro verdadero.

 La sospecha permanente hace algo diferente:

 nos obliga a vivir como si todos pudieran convertirse en enemigos.

 Y esa manera de vivir termina destruyendo precisamente aquello que pretende proteger.

 Herodes poseía soldados, fortalezas, riqueza y el respaldo de Roma.

 Pero ninguna de esas cosas podía darle seguridad interior.

 Porque cuando el enemigo principal vive dentro de nosotros, ninguna muralla exterior es suficientemente alta.

 La Escritura presenta otro camino:

«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.» — 1 Juan 4:18.

 Hircano había perdido prácticamente todo aquello que podía convertirlo en una amenaza inmediata.

 Pero Herodes todavía podía imaginar lo que podría suceder.

 Y terminó tomando una decisión irreversible por causa de aquello que temía.

 Aristóbulo nos mostró hasta dónde pueden llevarnos los celos.

 Hircano nos muestra algo diferente:

 cuando permitimos que el miedo gobierne nuestra mente, podemos terminar encontrando enemigos incluso donde quizá ya no existen amenazas reales.

Referencias bíblicas

Proverbios 28:1; Isaías 26:3; 1 Juan 4:18.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XV. Fuente principal para la historia política de Hircano II: su conflicto con Aristóbulo II, la intervención romana, su relación con Antípatro y la familia de Herodes, la invasión de los partos, su mutilación, exilio, regreso a Judea y posterior ejecución.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Relata específicamente los últimos años de Hircano, el trato honorable que inicialmente recibió de Herodes, los contactos relacionados con Nabatea, las sospechas del rey y su ejecución.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta una narración paralela y más resumida de Hircano, las luchas dinásticas asmoneas, la intervención de Roma, los partos y su relación posterior con Herodes.

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Dr, Elio M Rivera

 Hasta ahora, el miedo de Herodes había destruido a personas que podían parecerle políticamente peligrosas.

 Aristóbulo III era joven, popular y asmoneo.

 Hircano II representaba una antigua dinastía.

 Pero ahora la historia entra en un lugar mucho más íntimo.

 La siguiente persona sería su propia esposa.

 Su nombre era Mariamne.

 Y aquí encontramos una de las contradicciones más oscuras de Herodes:

 amó profundamente a una mujer que finalmente mandó ejecutar.

Mariamne, una princesa asmonea

 Mariamne pertenecía a la familia que Herodes nunca podía dejar de mirar con una mezcla de admiración, conveniencia y temor.

 Era asmonea.

 Su madre, Alejandra, era hija de Hircano II. Su padre, Alejandro, era hijo de Aristóbulo II.

 Mariamne reunía así en su persona las principales ramas de la antigua casa real.

 Cuando Herodes se comprometió con ella, la unión tenía una evidente importancia política.

 Casarse con una princesa asmonea vinculaba al nuevo rey con la dinastía que había gobernado Judea antes que él.

 Pero la relación no permaneció simplemente en el terreno político.

 Según Josefo, Herodes desarrolló hacia Mariamne una pasión extraordinariamente intensa.

 La deseaba.

 La admiraba.

 Estaba profundamente apegado a ella.

 Y precisamente allí comenzó el problema.

 Porque amar intensamente no significa necesariamente amar correctamente.

La mujer que no olvidaba

 Mariamne tenía razones profundas para mirar a Herodes con resentimiento.

 Su hermano Aristóbulo III había muerto en circunstancias que Josefo atribuye a una orden de Herodes.

 Después murió su abuelo Hircano II.

 Mariamne conocía perfectamente quién era su esposo.

 Vivía en su palacio.

 Compartía su mesa.

 Había tenido hijos con él.

 Pero detrás de la corona estaba el hombre al que ella asociaba con la destrucción de miembros de su propia familia.

 Josefo presenta a Mariamne como una mujer orgullosa de su linaje y poco dispuesta a ocultar completamente su desprecio.

 Aquello debió producir una relación extraordinariamente difícil.

 Herodes la amaba apasionadamente.

 Mariamne podía recordarle precisamente aquello que él más temía:

 que ella pertenecía por nacimiento a una casa real que él solamente había alcanzado mediante la política y las armas.

Una orden terrible

 Entonces ocurrió algo que revela hasta dónde había llegado la manera de amar de Herodes.

 En cierto momento tuvo que viajar para encontrarse con Marco Antonio.

 No sabía con certeza qué ocurriría.

 Podía regresar.

 O podía morir.

 Antes de marcharse dejó a Mariamne bajo custodia y, según Josefo, dio una orden secreta:

 si él moría, Mariamne también debía morir.

 Detengámonos ahí.

 Herodes decía amar a aquella mujer.

 Pero no podía soportar la idea de un mundo en el que ella continuara viviendo sin él.

 No era:

 Si yo muero, protégela.

 Era:

 Si yo muero, que ella tampoco viva.

 Aquí la diferencia entre amor y posesión comienza a hacerse aterradoramente clara.

 El verdadero amor desea el bien de la persona amada, incluso cuando ese bien ya no puede beneficiarnos.

 La posesión dice:

 «Si no puede ser mía, no quiero que sea de nadie.»

Mariamne descubrió la orden

 El hombre encargado de vigilarla era Josefo, esposo de Salomé, hermana de Herodes.

 Según el relato de Josefo, Mariamne terminó enterándose de la orden que Herodes había dejado.

 Cuando Herodes regresó vivo, volvió con enorme afecto hacia ella.

 Le aseguró cuánto la amaba.

 Entonces Mariamne le reveló que conocía su secreto.

 Sabía que había ordenado matarla si él no regresaba.

 Herodes reaccionó inmediatamente.

 Pero no reaccionó principalmente ante la monstruosidad de su propia orden.

 Su mente fue hacia otra dirección.

 ¿Cómo se había enterado?

 Si Josefo le había revelado una orden tan secreta, Herodes comenzó a sospechar que entre ambos podía existir una relación indebida.

 No tenía pruebas suficientes para semejante conclusión.

 Pero la sospecha ya había aprendido a gobernar su mente.

 Josefo fue ejecutado.

 Mariamne permaneció viva.

 Por el momento.

Y Herodes volvió a hacerlo

 Pasaron los años.

 La política romana volvió a cambiar.

 Marco Antonio fue derrotado por Octaviano.

 Herodes había sido aliado de Antonio y necesitaba presentarse ante el vencedor para asegurar su futuro.

 Otra vez tenía que marcharse sin saber si regresaría.

 Y otra vez Mariamne quedó bajo vigilancia.

 Esta vez Herodes confió su custodia a Soemo.

 Y, según Josefo, volvió a dejar prácticamente la misma orden:

 si él moría, Mariamne debía morir.

 Herodes podía cambiar de custodio.

 Podían cambiar los gobernantes de Roma.

 Podían cambiar las circunstancias.

 Pero algo dentro de él seguía igual.

 No podía imaginar perder el control sobre aquella mujer.

Otra vez ella se enteró

 Soemo terminó revelando a Mariamne la orden.

 Cuando Herodes regresó después de haber conseguido el favor de Octaviano, esperaba recuperar también la normalidad en su casa.

 Pero Mariamne conocía ahora, por segunda vez, lo que su esposo había dispuesto para ella.

 ¿Cómo podía recibir con tranquilidad las expresiones de amor de un hombre que había ordenado su muerte en caso de no regresar?

 La relación se deterioró profundamente.

 Herodes continuaba sintiendo una enorme atracción por ella.

 Pero Mariamne mostraba cada vez más rechazo.

 Entonces comenzaron las acusaciones.

Salomé

 En el palacio existían además fuertes conflictos familiares.

 Salomé, hermana de Herodes, mantenía una relación profundamente hostil con Mariamne.

 Josefo describe acusaciones, intrigas y enfrentamientos entre ambas.

 Finalmente apareció una acusación especialmente grave.

 Mariamne fue acusada de haber preparado algo destinado a Herodes que podía interpretarse como un intento de envenenamiento.

 Las sospechas se extendieron también hacia Soemo.

 Para Herodes, el hecho de que Soemo hubiera revelado nuevamente sus órdenes secretas confirmó sus temores.

 Soemo fue ejecutado.

 Y Mariamne fue llevada a juicio.

El juicio de la mujer que amaba

 Mariamne fue acusada.

 Los hombres del rey la juzgaron.

 Y fue condenada a muerte.

 Herodes todavía vacilaba.

 Josefo relata que inicialmente consideró mantenerla encerrada en alguna fortaleza en lugar de ejecutarla.

 Eso es importante.

 Todavía había algo dentro de él que no quería perderla.

 Pero Salomé y otros argumentaron que mantenerla viva podía provocar problemas.

 Finalmente Herodes cedió.

 La sentencia debía cumplirse.

 Mariamne caminó hacia la muerte.

La dignidad de Mariamne

 Josefo describe su comportamiento final de manera impresionante.

 Mariamne no se derrumbó públicamente.

 No imploró desesperadamente por su vida.

 Mantuvo una extraordinaria dignidad hasta el final.

 Incluso cuando su propia madre, Alejandra, temiendo por su seguridad, comenzó públicamente a reprocharle su conducta, Mariamne comprendió lo que estaba haciendo.

 Pero permaneció serena.

 Y entonces fue ejecutada.

 Herodes había conseguido lo que tantas veces había temido perder:

 el control absoluto sobre Mariamne.

 Pero para conseguirlo tuvo que destruirla.

Entonces descubrió lo que había hecho

 Aquí la historia se vuelve todavía más trágica.

 La muerte de Mariamne no produjo paz en Herodes.

 Produjo algo parecido al derrumbe.

 Josefo describe que después de ejecutarla, la pasión que Herodes sentía por ella pareció aumentar todavía más.

 La llamaba.

 La buscaba.

 Ordenaba a sus sirvientes que la llamaran como si todavía estuviera viva.

 Organizó entretenimientos y banquetes intentando distraerse.

 No funcionó.

 Se retiró a lugares apartados.

 Su condición física también se deterioró gravemente durante aquel período.

 El hombre que había ordenado la muerte de Mariamne ahora parecía incapaz de aceptar que Mariamne estuviera muerta.

 Hay algo profundamente triste en esa escena.

 Herodes consiguió impedir que Mariamne pudiera vivir sin él.

 Y entonces descubrió que él tenía que vivir sin Mariamne.

¿Era realmente amor?

 Aquí debemos hacer una distinción importante.

 Josefo no nos deja duda de que Herodes experimentaba sentimientos intensísimos hacia su esposa.

 Pero la intensidad de un sentimiento no determina su calidad.

 Podemos sentir profundamente y amar pobremente.

 Podemos necesitar a alguien sin saber amarlo.

 Podemos desear su presencia y al mismo tiempo querer controlar su libertad.

 Podemos llamar amor a aquello que en realidad está mezclado con miedo, posesión, celos e inseguridad.

 Herodes quería a Mariamne cerca.

 Pero también quería controlarla.

 Quería su amor.

 Pero quería decidir incluso qué ocurriría con ella después de su propia muerte.

 Quería poseerla de tal manera que terminó destruyendo aquello que no quería perder.

 Eso no es lo que hace el verdadero amor.

El amor que posee y el amor que entrega

 La Escritura describe el amor de una manera completamente diferente:

«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia… no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor.» — 1 Corintios 13:4–5.

 Herodes decía, en efecto:

 «Te amo tanto que no puedo permitir que existas fuera de mi control.»

 El amor de Dios dice algo completamente diferente.

 Dios ama sin convertirnos en objetos.

 Ama sin necesitar destruir nuestra voluntad.

 Ama buscando nuestro bien.

 Ama dando.

 Por eso una de las declaraciones más conocidas de toda la Escritura comienza precisamente así:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» — Juan 3:16.

 El amor de Herodes quería poseer.

 El amor de Dios sabe dar.

 Herodes amaba preguntando:

 «¿Cómo puedo asegurarme de que nunca te perderé?»

 El amor verdadero pregunta:

 «¿Qué puedo hacer para buscar tu bien?»

El hombre que destruyó aquello que más quería conservar

 Aristóbulo nos mostró los celos.

 Hircano nos mostró la sospecha.

 Mariamne nos muestra algo todavía más íntimo:

 la posesión disfrazada de amor.

 Herodes podía conquistar ciudades.

 Podía controlar ejércitos.

 Podía ordenar ejecuciones.

 Podía construir fortalezas.

 Pero no podía obligar a una persona a amarlo.

 Y cuando intentó convertir el amor en control, terminó consiguiendo exactamente aquello que más temía:

 perderla.

 Quizá pocas escenas expliquen mejor la diferencia entre posesión y amor.

 La posesión aprieta la mano hasta destruir aquello que sostiene.

 El verdadero amor abre la mano y busca el bien de la persona amada.

Referencias bíblicas

1 Corintios 13:4–7; Juan 3:16–17; 1 Juan 4:7–10, 18–19; Efesios 5:25.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Fuente principal para la relación entre Herodes y Mariamne, las órdenes dejadas respecto a su muerte durante las ausencias de Herodes, las sospechas contra Josefo y Soemo, los conflictos con Salomé, el juicio y la ejecución de Mariamne.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo describe también la extraordinaria reacción emocional de Herodes después de la muerte de Mariamne, su persistente deseo por ella y el profundo deterioro que siguió a su ejecución.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Conserva una narración paralela, más resumida, de Mariamne, los conflictos internos de la familia real y su muerte por orden de Herodes.

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Dr. Elio M Rivera

 Herodes había mandado ejecutar a Mariamne.

 Pero Mariamne no desapareció completamente de su vida.

 Había dejado hijos.

 Dos de ellos crecerían hasta convertirse en jóvenes príncipes:

 Alejandro y Aristóbulo.

 Eran hijos de Herodes.

 Pero también eran hijos de Mariamne.

 Por su padre pertenecían a la nueva casa gobernante.

 Por su madre llevaban sangre asmonea.

 Y precisamente por eso reunían en sus personas dos mundos que nunca terminaron de reconciliarse dentro de Herodes.

 Eran sus hijos.

 Pero también podían convertirse en sus sucesores.

 Y cuando un hombre comienza a mirar a sus propios hijos preguntándose si algún día ocuparán su lugar, el poder ya ha comenzado a devorar los afectos.

Herodes acusa a los hijos de Mariamne de traición

 Después de la muerte de su madre, Alejandro y Aristóbulo continuaron creciendo dentro de la familia real.

 Herodes procuró para ellos una educación propia de príncipes.

 Incluso los envió a Roma, donde estuvieron relacionados con la casa de Augusto.

 No eran muchachos insignificantes.

 Representaban el futuro de la dinastía.

 Herodes también concertó matrimonios importantes para ellos.

 Alejandro se casó con Glafira, hija de Arquelao, rey de Capadocia.

 Aristóbulo se casó con Berenice, hija de Salomé, hermana del propio Herodes.

 Parecía que el rey estaba preparando a sus hijos para ocupar lugares importantes después de su muerte.

 En algún momento, incluso anunció públicamente que ellos participarían en la sucesión del reino.

 Un padre estaba preparando a sus hijos para el futuro.

 Pero dentro del palacio existía una herida que nunca había cerrado.

 Su madre había muerto por orden de su padre.

Los muchachos conocían la historia de su madre

 Alejandro y Aristóbulo crecieron sabiendo quién había sido Mariamne.

 Sabían que pertenecían a una antigua dinastía.

 Y sabían cómo había terminado la vida de su madre.

 Josefo presenta especialmente a Alejandro como un joven que hablaba con resentimiento acerca de lo ocurrido.

 Aquello era peligroso dentro de la corte de Herodes.

 Porque el palacio estaba lleno de personas observando quién sería el siguiente rey.

 Cada palabra podía ser repetida.

 Cada comentario podía ser interpretado.

 Cada resentimiento podía convertirse en una acusación.

 Y entonces regresó a escena otro hijo de Herodes:

 Antípatro.

Antípatro regresa

 Antípatro era hijo de Herodes y de Doris, una esposa anterior a Mariamne.

 Durante años había quedado desplazado mientras los hijos de Mariamne ocupaban una posición privilegiada.

 Pero las tensiones familiares permitieron que Herodes volviera a acercarlo.

 Antípatro comprendió perfectamente el problema.

 Si Alejandro y Aristóbulo heredaban el reino, sus propias posibilidades disminuían.

 Entonces comenzó una lucha por la sucesión.

 Josefo acusa a Antípatro de alimentar sistemáticamente las sospechas de su padre contra sus hermanos.

 No siempre necesitaba acusarlos directamente.

 Podía utilizar intermediarios.

 Comentarios.

 Rumores.

 Personas de confianza.

 El objetivo era sencillo:

 hacer que Herodes comenzara a preguntarse si los hijos de Mariamne estaban esperando su muerte.

El padre comenzó a escuchar

 Las acusaciones encontraron terreno fértil.

 Herodes ya había demostrado cuánto podía dominarlo la sospecha.

 Comenzaron a llegar historias.

 Se decía que Alejandro hablaba contra él.

 Que los jóvenes estaban resentidos.

 Que criticaban las acciones de su padre.

 Que esperaban ocupar el trono.

 Finalmente las sospechas llegaron mucho más lejos:

 ¿querían matarlo?

 Herodes comenzó a creer que sus propios hijos podían estar conspirando contra su vida.

 Y entonces ocurrió algo extraordinario.

 El rey llevó el problema hasta Augusto.

Un padre llevó a sus hijos ante César

 Herodes presentó acusaciones contra Alejandro y Aristóbulo ante el emperador.

 Augusto escuchó.

 Alejandro también pudo defenderse.

 Josefo conserva un discurso atribuido al joven en el que reconocía que él y su hermano podían tener razones para estar dolidos, especialmente por lo sucedido con su madre, pero negaba que estuvieran planeando matar a su padre.

 La escena terminó de una manera esperanzadora.

 Padre e hijos se reconciliaron.

 Augusto contribuyó a aquella reconciliación.

 Herodes abrazó nuevamente a sus hijos.

 Regresaron juntos.

 Parecía que la familia había sido salvada.

 Herodes incluso habló públicamente acerca de la sucesión.

 Antípatro ocuparía un lugar prominente, pero Alejandro y Aristóbulo también participarían del futuro del reino.

 El padre había recuperado a sus hijos.

 Por un momento, el afecto pareció vencer al miedo.

 Pero no duraría.

El palacio volvió a llenarse de voces

 Las acusaciones comenzaron otra vez.

 Josefo describe una corte convertida prácticamente en una fábrica de sospechas.

 Salomé mantenía hostilidad hacia los hijos de Mariamne.

 Antípatro tenía interés en apartarlos de la sucesión.

 Aparecieron aduladores, informantes y personas dispuestas a llevar hasta Herodes cualquier comentario que pudiera interpretarse contra ellos.

 Un personaje llamado Euricles, procedente de Esparta, consiguió ganarse la confianza de diferentes miembros de la familia.

 Se presentó ante Alejandro como amigo.

 Escuchó sus quejas.

 Después llevó información a Herodes de una manera que agravó todavía más las sospechas.

 El palacio ya no parecía una familia.

 Parecía una red de espionaje.

Entonces comenzaron las torturas

 Herodes quería pruebas.

 Personas cercanas a Alejandro fueron interrogadas.

 Algunas fueron torturadas.

 Josefo relata que bajo tormento comenzaron a aparecer declaraciones que implicaban a Alejandro en supuestos planes contra su padre.

 Unos afirmaron que existía un proyecto para matar a Herodes durante una cacería.

 Otros hablaron de fortalezas, armas o posibles huidas.

 Aparecieron incluso documentos.

 Pero también había problemas graves con aquellas pruebas.

 Josefo menciona que algunas confesiones fueron obtenidas mediante tortura y que existieron acusaciones de documentos falsificados. Un escriba llamado Diofanto fue posteriormente descubierto como falsificador de otros escritos.

 El propio Herodes, en ciertos momentos, dudaba.

 Quería creer.

 Después desconfiaba.

 Se reconciliaba.

 Volvía a sospechar.

 Era un padre atrapado entre sus hijos y sus temores.

Todavía hubo otra oportunidad

 La historia pudo haber terminado de otra manera.

 Arquelao de Capadocia, suegro de Alejandro, intervino personalmente.

 Era un rey.

 Era padre de Glafira.

 Y comprendía que la situación estaba destruyendo a la familia.

 Josefo relata que utilizó gran habilidad para conseguir una nueva reconciliación entre Herodes y Alejandro.

 Otra vez pareció que el desastre había sido detenido.

 Otra vez Herodes recuperó a su hijo.

 Otra vez hubo oportunidad para detenerse.

 Pero el miedo regresó.

 Y cada vez que regresaba parecía más fuerte.

Ya no veía hijos: veía posibles sucesores

 Aquí ocurre la verdadera tragedia.

 Alejandro y Aristóbulo podían cometer errores.

 Podían hablar imprudentemente.

 Podían estar resentidos.

 Podían sentirse superiores por su linaje asmoneo.

 No necesitamos convertirlos en jóvenes perfectos.

 Pero tampoco necesitamos hacerlo para comprender lo que estaba sucediendo dentro de Herodes.

 El problema era que el rey estaba comenzando a imponerse sobre el padre.

 Cuando miraba a Alejandro ya no veía solamente:

 mi hijo.

 Veía:

 posible conspirador.

 Cuando miraba a Aristóbulo ya no veía solamente:

 mi hijo.

 Veía:

 posible sucesor.

 Cuando escuchaba una crítica no oía solamente el enojo de un muchacho.

 Podía escuchar una amenaza contra su corona.

 El poder había cambiado la manera en que miraba a sus propios hijos.

El juicio

 Finalmente Herodes obtuvo autorización de Augusto para resolver judicialmente el asunto.

 Se convocó un tribunal en Berito, la actual Beirut.

 Josefo habla de aproximadamente ciento cincuenta hombres reunidos para considerar las acusaciones.

 Pero existe un detalle impresionante:

 Alejandro y Aristóbulo no estuvieron allí para defenderse personalmente.

 Herodes presentó las acusaciones contra sus propios hijos.

 Josefo lo describe vehemente, dominado por la pasión mientras hablaba contra ellos.

 Algunos de los jueces consideraban culpables a los jóvenes, pero no todos creían que debían morir.

 Un antiguo cónsul romano llamado Saturnino argumentó que debían ser castigados, pero no ejecutados.

 Él también tenía hijos.

 Y comprendía la enormidad de lo que estaba ocurriendo.

 Otros votaron por la muerte.

 La sentencia terminó imponiéndose.

Sebaste

 Los hijos fueron llevados a Sebaste, la antigua Samaria.

 Y allí llegó el final.

 Por orden de Herodes, Alejandro y Aristóbulo fueron estrangulados.

 Era aproximadamente el año 7 a. C.

 Después sus cuerpos fueron llevados durante la noche a Alexandrium, donde descansaban miembros de su familia materna.

 Los hijos de Mariamne regresaban muertos junto a los antepasados de Mariamne.

 Su padre continuaba vivo.

 Su reino continuaba intacto.

 Su corona continuaba sobre su cabeza.

 Pero dos de sus hijos habían desaparecido.

Josefo pronuncia una sentencia terrible

 En este punto, Josefo hace algo importante.

 No presenta a Alejandro y Aristóbulo como absolutamente irreprochables. Reconoce su juventud, orgullo, resentimientos y palabras imprudentes.

 Pero cuando llega a la decisión de Herodes, su juicio es severo.

 Sostiene que el rey había matado a sus propios hijos sin evidencia cierta de que hubieran preparado realmente el complot del que eran acusados.

 Ese detalle cambia toda la escena.

 Herodes no estaba respondiendo a dos hijos sorprendidos con una espada sobre su cama.

 Había rumores.

 Había acusaciones.

 Había declaraciones obtenidas bajo tortura.

 Había intrigas.

 Había resentimientos reales.

 Pero también había dudas.

 Y cuando llegó el momento de elegir entre esas dudas y sus hijos,

 Herodes eligió proteger el trono.

El poder había comenzado a devorarlo todo

 Primero Herodes había sacrificado enemigos.

 Después personas que consideraba rivales.

 Después a Mariamne.

 Ahora había llegado hasta sus hijos.

 Ese es el peligro del poder cuando deja de ser una responsabilidad y se convierte en nuestra identidad.

 Al principio utilizamos el poder para proteger aquello que amamos.

 Después comenzamos a proteger el poder.

 Y finalmente podemos terminar sacrificando aquello que amábamos para conservar el poder.

 Herodes había llegado allí.

 Tenía un reino.

 Pero cada vez tenía menos familia.

Y después llegaron los nietos

 Hay un detalle posterior que hace todavía más dolorosa la historia.

 Alejandro y Aristóbulo dejaron hijos.

 Herodes quedó frente a sus nietos, ahora huérfanos por una decisión que él mismo había tomado.

 Josefo cuenta que posteriormente se preocupó por su educación y procuró organizar sus futuros matrimonios.

 Incluso lamentó públicamente la desgracia que había sufrido con sus propios hijos.

 Es difícil imaginar una contradicción más profunda.

 El abuelo cuidaba a los hijos de los hombres que el padre había mandado matar.

 Podía proteger a los nietos.

 Pero ya no podía devolverles a sus padres.

Dos maneras de ser padre

 Y aquí el contraste con Dios comienza a adquirir una belleza extraordinaria.

 Herodes miraba a sus hijos y terminó preguntándose:

 «¿Me quitarán el reino?»

 El Padre mira al Hijo y declara:

«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» — Mateo 3:17.

 Herodes temía compartir su autoridad.

 El Padre exalta al Hijo.

 Herodes sospechaba del futuro de sus hijos.

 Del Hijo, la Escritura declara:

«Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.» — Hebreos 1:8.

 No existe rivalidad dentro de Dios.

 No encontramos a un Padre protegiendo celosamente su posición frente al Hijo.

 Encontramos amor.

 Complacencia.

 Unidad.

 Gloria compartida.

 Jesús mismo hablaría de «aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5).

 Qué diferente del palacio de Herodes.

 En un palacio, un padre podía mirar el crecimiento de sus hijos y sentir amenazada su corona.

 En el corazón de Dios encontramos a un Padre que se complace en el Hijo.

 Herodes tenía miedo de que sus hijos ocuparan su trono.

 El Padre quería que contempláramos la gloria de su Hijo.

 Y quizá ahí encontramos una de las diferencias más profundas entre el poder humano corrompido y el corazón de Dios:

 el poder enfermo necesita disminuir a otros para permanecer arriba; el amor verdadero puede levantar al otro sin sentirse amenazado.

 Alejandro y Aristóbulo murieron porque, al final, para Herodes la corona pesó más que la sangre.

 Y todavía faltaba una última ironía.

 Después de eliminar a los hijos que temía que quisieran arrebatarle el reino, Herodes descubriría que el hijo en quien había decidido confiar podía representar un peligro mucho más real.

Referencias bíblicas

Salmo 2:6–8; Mateo 3:16–17; Juan 3:35; 5:19–23; 17:5; Hebreos 1:5–8.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVI. Fuente principal para la historia de Alejandro y Aristóbulo: su regreso de Roma, los conflictos familiares, las acusaciones promovidas contra ellos, las reconciliaciones con Herodes, la intervención de Augusto y de Arquelao de Capadocia, los interrogatorios, torturas, nuevas acusaciones y el juicio final.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, XVI.11. Relata el tribunal reunido en Berito, la ausencia de los jóvenes durante su propia defensa, las diferentes opiniones de los jueces y la posterior ejecución de Alejandro y Aristóbulo por estrangulamiento en Sebaste.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Describe las consecuencias familiares de sus muertes y el posterior cuidado de Herodes por los hijos que Alejandro y Aristóbulo habían dejado huérfanos.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta el relato paralelo de las intrigas dentro de la casa de Herodes y del conflicto que terminó con la ejecución de sus hijos.

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 Alejandro y Aristóbulo estaban muertos.

 Los dos hijos de Mariamne habían sido ejecutados por orden de su propio padre.

 Herodes había eliminado a quienes había llegado a considerar peligrosos para su trono.

 Parecería que finalmente podía sentirse seguro.

 Pero ocurrió exactamente lo contrario.

 Ahora quedaba junto a él otro de sus hijos:

 Antípatro.

 Y la historia de Antípatro demostraría una de las verdades más oscuras de toda la vida de Herodes:

 el miedo nunca dice: «ya es suficiente».

Antíparo, el hijo del rey Herodes que había quedado atrás

 Antípatro era hijo de Herodes y de Doris, una de sus primeras esposas.

 Cuando Herodes se casó con Mariamne, Doris y Antípatro perdieron importancia dentro de la familia real.

 Los hijos de Mariamne poseían algo que Antípatro nunca tendría:

 sangre asmonea.

 Alejandro y Aristóbulo parecían destinados a ocupar lugares privilegiados en la sucesión.

 Pero las tensiones entre Herodes y aquellos jóvenes abrieron nuevamente la puerta para Antípatro.

 Herodes lo hizo regresar.

 Y poco a poco el hijo desplazado comenzó a convertirse en el hijo favorecido.

Antípatro aprendió dónde estaba la debilidad de su padre

 Josefo presenta a Antípatro como extraordinariamente hábil para aprovechar los temores de Herodes.

 No necesitaba crear la inseguridad de su padre.

 Ya estaba allí.

 Solamente tenía que alimentarla.

 Antípatro comenzó a rodearse de personas capaces de llevar rumores hasta el rey.

 Las palabras de Alejandro y Aristóbulo eran repetidas.

 Sus resentimientos eran magnificados.

 Sus acciones eran interpretadas.

 Y poco a poco Herodes comenzó a convencerse de que los hijos de Mariamne podían convertirse en enemigos.

 Antípatro parecía estar protegiendo a su padre.

 Pero cada sospecha contra sus hermanos acercaba también a Antípatro al trono.

Sus hermanos murieron

 Finalmente ocurrió lo que ya conocemos.

 Alejandro y Aristóbulo fueron condenados.

 Herodes ordenó su ejecución.

 Los dos fueron estrangulados en Sebaste alrededor del año 7 a. C.

 Y entonces Antípatro quedó en una posición extraordinaria.

 Los principales competidores habían desaparecido.

 El hijo que durante años había vivido a la sombra de los hijos de Mariamne estaba ahora muy cerca de convertirse en sucesor.

 Herodes lo favoreció enormemente.

 Lo presentó ante Augusto.

 Le concedió autoridad.

 Le entregó enormes recursos.

 Y lo colocó en una posición privilegiada dentro de su testamento.

 Antípatro había conseguido aquello que parecía desear.

 Estaba cerca del trono.

 Pero tampoco fue suficiente.

El pecado nunca dice: «ya tienes bastante»

 Aquí aparece el tema central de este capítulo.

 Antípatro había visto desaparecer a sus hermanos.

 Tenía el favor de su padre.

 Tenía riqueza.

 Tenía posición.

 Tenía posibilidades reales de convertirse en rey.

 Solamente necesitaba esperar.

 Herodes era ya un hombre anciano.

 Su salud comenzaba a deteriorarse.

 El tiempo estaba trabajando a favor de Antípatro.

 Pero cuando la ambición ha aprendido a alimentarse de la impaciencia, esperar puede parecer insoportable.

 Según Josefo, comenzaron a descubrirse indicios de algo mucho más grave.

 Antípatro fue acusado de preparar la muerte de su propio padre.

El veneno

 La acusación era terrible.

 Josefo relata que Antípatro habría participado en un plan para envenenar a Herodes.

 El veneno habría sido preparado y dejado en manos de personas cercanas al rey para administrárselo cuando surgiera la oportunidad.

 Pero Antípatro estaba lejos de Judea cuando la conspiración comenzó a descubrirse.

 Había viajado a Roma.

 Mientras estaba ausente, diferentes personas fueron interrogadas.

 Las declaraciones comenzaron a conectarse.

 Nombres.

 Conversaciones.

 Mensajes.

 Planes.

 Y finalmente apareció la acusación que Herodes quizá nunca habría imaginado escuchar:

 el hijo en quien había confiado podía estar esperando su muerte.

La ironía era terrible

 Durante años, Antípatro había ayudado a alimentar el miedo de Herodes hacia Alejandro y Aristóbulo.

 Ahora el mismo mecanismo comenzaba a volverse contra él.

 Rumores.

 Informantes.

 Interrogatorios.

 Cartas.

 Testimonios.

 Acusaciones.

 La maquinaria de sospecha que había contribuido a destruir a sus hermanos estaba ahora avanzando hacia Antípatro.

 Y Herodes hizo lo que había hecho tantas veces.

 Comenzó a investigar.

Antípatro regresó sin saber lo que le esperaba

 Antípatro regresó de Roma.

 Josefo presenta la escena casi como una tragedia.

 Durante parte del viaje, Antípatro no comprendía completamente cuánto había cambiado su situación.

 Esperaba regresar como hijo favorecido.

 Como heredero.

 Como hombre poderoso.

 Pero cuando llegó, descubrió que el palacio que había esperado recibirlo estaba lleno de acusaciones contra él.

 Herodes ordenó que fuera llevado ante él.

 El gobernador romano de Siria, Publio Quintilio Varo, estuvo presente durante el proceso.

 Antípatro escuchó las acusaciones.

 Intentó defenderse.

 Negó el complot.

 Pero los testimonios acumulados fueron considerados suficientes para condenarlo.

 El hijo favorito se convirtió en prisionero de su padre.

Herodes pidió autorización a Augusto

 Herodes no ejecutó inmediatamente a Antípatro.

 El caso fue comunicado a Augusto.

 El emperador permitió que Herodes procediera contra su hijo o lo enviara a Roma para ser juzgado.

 Mientras tanto, Antípatro permaneció encarcelado.

 Y Herodes comenzó a morir.

El rey enfermo

 Los últimos meses de Herodes fueron terribles.

 Josefo describe una enfermedad grave acompañada de múltiples síntomas: fiebre, intensos dolores y deterioro general del cuerpo.

 El hombre que había construido fortalezas parecía estar perdiendo finalmente el control sobre aquello que nunca había podido dominar:

 su propia mortalidad.

 Antípatro permanecía preso.

 Padre e hijo estaban ahora esperando.

 Uno esperaba morir.

 El otro esperaba que muriera.

Antípatro escuchó una noticia

 En determinado momento, Herodes estuvo tan enfermo que se extendió el rumor de que había muerto.

 Antípatro escuchó la noticia desde la prisión.

 Y cometió un error fatal.

 Según Josefo, intentó convencer a su carcelero para que lo liberara, prometiéndole recompensas cuando llegara al poder.

 El carcelero se negó.

 Y fue directamente con Herodes.

 El rey todavía estaba vivo.

 Imagínese la escena.

 Herodes estaba agonizando.

 Y recibió noticia de que su hijo, creyéndolo muerto, ya estaba intentando salir de prisión y tomar el control.

 Para Herodes aquello fue suficiente.

 Ordenó que Antípatro fuera ejecutado.

Cinco días

 Antípatro murió por orden de su padre.

 Y aquí encontramos uno de los detalles más impresionantes de toda la historia.

 Josefo afirma que Herodes murió apenas cinco días después de la ejecución de Antípatro.

 Cinco días.

 El hijo no consiguió el reino.

 Y el padre apenas pudo conservarlo unos días más.

 Todo aquello por lo que habían conspirado, sospechado, acusado y destruido estaba a punto de quedar fuera del alcance de ambos.

 Antípatro quiso apresurar la llegada del trono.

 Herodes quiso impedir desesperadamente que alguien se lo quitara.

 Y finalmente la muerte se lo quitó a los dos.

«Mejor ser el cerdo de Herodes que su hijo»

 La tragedia de los hijos de Herodes llegó a ser tan famosa en la antigüedad que siglos después Macrobio conservó una frase atribuida al emperador Augusto.

 Según aquella tradición, cuando Augusto escuchó que Herodes había mandado matar a sus propios hijos, habría hecho un juego de palabras diciendo que:

 era mejor ser el cerdo de Herodes que su hijo.

 La frase jugaba con dos palabras griegas de sonido parecido: hys, «cerdo», y huios, «hijo».

 El sarcasmo era terrible.

 Como gobernante judío, Herodes evitaba comer cerdo.

 Pero sus propios hijos no habían estado seguros dentro de su casa.

 Debemos ser precisos: esta frase no aparece en Josefo y Macrobio escribió siglos después de Augusto. Por eso debemos considerarla una tradición antigua atribuida al emperador, no una conversación que podamos verificar directamente.

 Pero la frase sobrevivió porque resumía de manera estremecedora la reputación que había dejado la familia de Herodes.

 Alejandro: muerto.

 Aristóbulo: muerto.

 Antípatro: muerto.

 Todos por orden de su padre.

 Había llegado un momento en que ser hijo del rey podía ser más peligroso que ser enemigo del rey.

Cuando ya nadie está seguro

 Ahora podemos mirar hacia atrás.

 Aristóbulo III había muerto.

 Hircano II había muerto.

 Mariamne había muerto.

 Alejandro había muerto.

 Aristóbulo había muerto.

 Antípatro había muerto.

 Herodes había intentado eliminar, uno tras otro, los rostros que su miedo identificaba como amenazas.

 Pero ocurrió algo extraordinario.

 Con cada muerte se volvió menos seguro, no más seguro.

 Ese es el problema del pecado.

 Siempre promete que solamente necesita una cosa más.

 Una victoria más.

 Una posesión más.

 Una concesión más.

 Una persona fuera del camino.

 Una última decisión.

 Y entonces estaremos tranquilos.

 Pero nunca dice:

 «Ya es suficiente.»

Aquello que alimentamos termina creciendo

 Herodes no se convirtió en este hombre en una sola noche.

 Hemos observado un proceso.

 Primero apareció la inseguridad.

 Después los celos.

 Después la sospecha.

 Después el control.

 Después el miedo.

 Y cada vez que Herodes respondió a esos sentimientos destruyendo a otra persona, fortaleció aquello que estaba creciendo dentro de él.

 Hasta que finalmente su propio hijo heredero terminó pareciéndole enemigo.

 Hay cosas que, si las alimentamos durante suficiente tiempo, dejan de ser visitantes de nuestra mente.

 Se convierten en gobernantes.

 Herodes pensaba que gobernaba Judea.

 Pero al final debemos preguntarnos:

 ¿quién gobernaba realmente a Herodes?

El rey que podía ordenar a todos menos a sí mismo

 Herodes podía decirle a un soldado:

 Ve.

 Y el soldado iba.

 Podía ordenar:

 Construyan.

 Y aparecía una ciudad.

 Podía ordenar:

 Arresten a ese hombre.

 Y aquel hombre era arrestado.

 Podía ordenar:

 Mátenlo.

 Y alguien moría.

 Pero había una persona a quien Herodes nunca consiguió gobernar completamente:

 Herodes.

 Podía controlar un reino.

 Pero no sus temores.

 Podía levantar fortalezas.

 Pero no detener sus sospechas.

 Podía eliminar enemigos.

 Pero no conseguir paz.

 Esa quizá sea la ironía final de su vida:

 el hombre con mayor autoridad en Judea terminó siendo esclavo de aquello que había permitido crecer dentro de su propio corazón.

¿Qué aprendemos?

 La Escritura dice:

«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.» — Proverbios 4:23.

 Ahora comprendemos por qué.

 Lo que permitimos permanecer dentro de nosotros no siempre permanece pequeño.

 Los celos alimentados crecen.

 La sospecha alimentada crece.

 La amargura alimentada crece.

 El miedo alimentado crece.

 La ambición alimentada crece.

 Hasta que aquello que pensábamos controlar puede terminar controlándonos.

 Herodes había dedicado su vida a conservar su reino.

 Pero mientras protegía obsesivamente el reino exterior, perdió poco a poco el gobierno de su mundo interior.

 Y cuando finalmente murió, dejó detrás ciudades, palacios, fortalezas y un Templo magnífico.

 Pero también dejó una familia devastada.

 La historia lo llamó Herodes el Grande.

 Su propia casa nos obliga a preguntar:

 ¿grande en qué?

Referencias bíblicas

Proverbios 4:23; 14:30; 16:32; 25:28; Santiago 1:14–15.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XVI–XVII. Fuente principal para las intrigas de Antípatro contra Alejandro y Aristóbulo, su ascenso como heredero, las acusaciones posteriores de conspiración contra Herodes, su proceso, encarcelamiento y ejecución.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Relata los últimos días de Herodes, el intento de Antípatro de obtener su libertad al creer que su padre había muerto, su ejecución y la muerte de Herodes cinco días después.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta el relato paralelo de las luchas sucesorias dentro de la familia de Herodes y los acontecimientos que condujeron a la muerte de Antípatro.

Macrobio, Saturnalia, II.4.11. Fuente antigua tardía de la frase atribuida a Augusto según la cual era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo. Debido a que Macrobio escribió varios siglos después de los acontecimientos, la frase debe presentarse como una tradición atribuida a Augusto y no como una cita contemporánea verificable.

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Dr. Elio M Rivera

 Hasta este momento hemos visto al político, al sobreviviente, al constructor y al rey. Hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión y la impresionante transformación del Templo de Jerusalén. Pero antes de entrar en los acontecimientos más oscuros de su vida conviene detenernos y hacer una pregunta diferente:

 ¿Qué clase de hombre era Herodes por dentro?

 No podemos sentarlo frente a un psiquiatra ni aplicarle criterios clínicos modernos. Por eso sería incorrecto afirmar retrospectivamente un diagnóstico médico como si hubiera sido examinado. Sin embargo, sus acciones descritas por las fuentes antiguas son tan numerosas y siguen patrones tan consistentes que permiten reconocer rasgos psicológicos extraordinariamente preocupantes.

 Si utilizáramos el lenguaje de la psicología actual, su conducta podría sugerir fuertes rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, acompañados por una necesidad extrema de control. Hacia el final de su vida, además, las fuentes describen un incremento notable de la sospecha y el temor a conspiraciones.

 No estamos hablando simplemente de un hombre con mal carácter.

 Estamos frente a una combinación potencialmente explosiva.

 Los rasgos narcisistas pueden verse en su enorme preocupación por el poder, el prestigio, la grandeza y la permanencia de su nombre. Herodes no se conformaba con gobernar. Construía monumentalmente, cultivaba relaciones con los hombres más poderosos de Roma y protegía ferozmente su condición real.

 Sin embargo, detrás de aquella grandeza parece haber existido una profunda inseguridad.

El rey Herodes: El hombre detrás de la corona

 Y esto es importante: narcisismo no significa simplemente amarse demasiado. En sus formas patológicas puede existir una necesidad constante de reconocimiento, una autoestima muy vulnerable y una reacción desproporcionada ante aquello que se percibe como humillación, rechazo o amenaza a la propia posición.

 En Herodes encontramos repetidamente algo parecido.

 Podía tener la corona y seguir sintiéndose amenazado.

 Podía poseer el reino y continuar buscando enemigos.

 Podía tener el reconocimiento de Roma y preocuparse por quién podía disputarle la legitimidad dentro de Judea.

 Los rasgos paranoides resultan todavía más inquietantes. Herodes llegó a sospechar de personas extremadamente cercanas. En su mundo político, además, algunas conspiraciones eran reales; por eso no toda sospecha suya puede calificarse de irracional. Pero el patrón histórico muestra que la sospecha fue penetrando cada vez más profundamente en sus relaciones y decisiones.

 Para un hombre así, una persona popular podía convertirse en amenaza.

 Un familiar podía convertirse en rival.

 Una conversación podía parecer conspiración.

 El afecto no garantizaba seguridad.

 La sangre tampoco.

 Y cuando la sospecha se combina con poder absoluto, el peligro aumenta enormemente, porque el hombre que sospecha posee además los medios para destruir al sospechoso.

 Aparecen también conductas compatibles con rasgos antisociales: capacidad para utilizar la violencia extrema, eliminación despiadada de adversarios y subordinación de la vida de otras personas a la conservación de su propio poder. Esto no significa que podamos diagnosticar formalmente un trastorno antisocial de la personalidad; significa que algunas de sus conductas presentan características que hoy reconoceríamos dentro de ese espectro.

 Y aquí aparece el elemento que hacía especialmente peligroso a Herodes.

 No era un hombre desorganizado ni incapaz.

 Todo lo contrario.

 Era inteligente.

 Era estratégico.

 Sabía negociar.

 Sabía construir.

 Sabía administrar.

 Sabía cambiar de alianzas cuando cambiaba el poder político.

 Había sobrevivido a revoluciones, invasiones y guerras civiles romanas. Había tratado con hombres como Marco Antonio y Octaviano. Había recuperado un reino y gobernado durante décadas.

 Por eso su peligrosidad no procedía solamente de su violencia.

 Procedía de la combinación de inteligencia, inseguridad, sospecha, ambición, necesidad de control y poder para actuar.

 Un hombre impulsivo puede ser peligroso.

 Pero un hombre profundamente desconfiado, extraordinariamente capaz y con soldados, dinero, fortalezas y autoridad para ejecutar sus decisiones podía serlo mucho más.

 Y todavía no hemos contado lo peor.

 En los  capítulos pasados vimos cómo estas características dejaron de ser solamente rasgos de personalidad y comenzaron a tener nombres y rostros.

 Aristóbulo.

 Hircano.

 Mariamne.

 Alejandro.

 Aristóbulo.

 Antípatro.

 Personas de su propia familia terminaron atrapadas dentro del mundo de sospechas del rey.

 Hasta Augusto llegó a conocer la terrible reputación de la familia de Herodes. Una tradición antigua preservada por Macrobio atribuye al emperador una frase mordaz según la cual era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo. Aunque esta anécdota fue registrada siglos después y no debe tratarse como una transcripción contemporánea, refleja hasta qué punto la crueldad familiar de Herodes llegó a formar parte de su memoria histórica.

 Ahora podemos comprender mucho mejor una de las frases más breves y psicológicamente reveladoras del relato de Mateo.

 Cuando unos extranjeros llegaron a Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.

 Mateo continúa:

«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó…» — Mateo 2:3.

 Para cualquier otro hombre aquella pregunta podía haber sido una curiosidad.

 Para Herodes tocaba exactamente el punto más sensible de toda su existencia:

 su corona.

 Él había tenido que conseguirla.

 Roma se la había concedido.

 Había tenido que conquistar el territorio para ejercerla.

 Había pasado años consolidándola.

 Había construido fortalezas para protegerla.

 Había enfrentado amenazas para conservarla.

 Y ahora aquellos hombres no preguntaban dónde estaba alguien que pretendía ser rey.

 Preguntaban dónde estaba el que había nacido Rey.

 De repente comprendemos por qué Mateo 2 no ocurre en un vacío.

 La reacción posterior de Herodes encaja terriblemente bien con el hombre que las fuentes históricas nos permiten conocer.

 Pero aquí aparece algo todavía más impresionante que la psicología de Herodes.

 La psicología de Herodes nos ayuda a comprender el peligro; la decisión de Dios nos ayuda a comprender su corazón.

 Dios Padre sabía perfectamente quién gobernaba Judea.

 Conocía aquel palacio.

 Conocía aquella corona.

 Conocía la inseguridad del rey.

 Conocía su capacidad para sospechar.

 Conocía su violencia.

 Conocía lo que un hombre desesperado por conservar el poder podía llegar a hacer.

 Y aun así:

envió a su Hijo.

 No esperó a que Herodes muriera.

 No esperó a que Judea tuviera un gobernante bondadoso.

 No esperó a que Roma desapareciera.

 No esperó a que el mundo se convirtiera en un lugar seguro.

 El Padre contempló aquel mundo exactamente como era y decidió que había llegado el momento.

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» — Gálatas 4:4.

 Eso habla volúmenes acerca del Padre.

 Porque mientras más comprendemos quién era Herodes, más extraordinaria resulta la decisión divina.

 Dios Padre no envió a su Hijo a un mundo que podía garantizar su seguridad. Lo envió a un mundo que necesitaba desesperadamente su salvación.

 Herodes nos muestra hasta dónde puede llegar un corazón dominado por el temor de perder su reino.

 El Padre nos mostrará algo completamente diferente:

 hasta dónde puede llegar el amor de Dios para recuperar a sus hijos.

Referencias

Mateo 2:1–18; Lucas 1:5; Gálatas 4:4; 1 Samuel 16:7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Relata extensamente las sospechas de Herodes, conflictos familiares, procesos contra miembros de su familia y ejecuciones ocurridas durante su reinado.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Fuente fundamental para reconstruir la personalidad política de Herodes, sus conflictos, temores, relaciones familiares y últimos años.

Macrobio, Saturnalia, II.4.11. Fuente tardía de la conocida anécdota atribuida a Augusto acerca de Herodes y sus hijos; debe utilizarse como tradición posterior, no como testimonio contemporáneo.

En términos psicológicos modernos, el patrón histórico permite hablar prudentemente de rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, además de una marcada necesidad de control; estos términos describen semejanzas conductuales y no constituyen un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo formal.

 Hasta este momento hemos visto al político, al sobreviviente, al constructor y al rey. Hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión y la impresionante transformación del Templo de Jerusalén. Pero antes de entrar en los acontecimientos más oscuros de su vida conviene detenernos y hacer una pregunta diferente:

 ¿Qué clase de hombre era Herodes por dentro?

 No podemos sentarlo frente a un psiquiatra ni aplicarle criterios clínicos modernos. Por eso sería incorrecto afirmar retrospectivamente un diagnóstico médico como si hubiera sido examinado. Sin embargo, sus acciones descritas por las fuentes antiguas son tan numerosas y siguen patrones tan consistentes que permiten reconocer rasgos psicológicos extraordinariamente preocupantes.

 Si utilizáramos el lenguaje de la psicología actual, su conducta podría sugerir fuertes rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, acompañados por una necesidad extrema de control. Hacia el final de su vida, además, las fuentes describen un incremento notable de la sospecha y el temor a conspiraciones.

 No estamos hablando simplemente de un hombre con mal carácter.

 Estamos frente a una combinación potencialmente explosiva.

 Los rasgos narcisistas pueden verse en su enorme preocupación por el poder, el prestigio, la grandeza y la permanencia de su nombre. Herodes no se conformaba con gobernar. Construía monumentalmente, cultivaba relaciones con los hombres más poderosos de Roma y protegía ferozmente su condición real.

 Sin embargo, detrás de aquella grandeza parece haber existido una profunda inseguridad.

 Y esto es importante: narcisismo no significa simplemente amarse demasiado. En sus formas patológicas puede existir una necesidad constante de reconocimiento, una autoestima muy vulnerable y una reacción desproporcionada ante aquello que se percibe como humillación, rechazo o amenaza a la propia posición.

 En Herodes encontramos repetidamente algo parecido.

 Podía tener la corona y seguir sintiéndose amenazado.

 Podía poseer el reino y continuar buscando enemigos.

 Podía tener el reconocimiento de Roma y preocuparse por quién podía disputarle la legitimidad dentro de Judea.

 Los rasgos paranoides resultan todavía más inquietantes. Herodes llegó a sospechar de personas extremadamente cercanas. En su mundo político, además, algunas conspiraciones eran reales; por eso no toda sospecha suya puede calificarse de irracional. Pero el patrón histórico muestra que la sospecha fue penetrando cada vez más profundamente en sus relaciones y decisiones.

 Para un hombre así, una persona popular podía convertirse en amenaza.

 Un familiar podía convertirse en rival.

 Una conversación podía parecer conspiración.

 El afecto no garantizaba seguridad.

 La sangre tampoco.

 Y cuando la sospecha se combina con poder absoluto, el peligro aumenta enormemente, porque el hombre que sospecha posee además los medios para destruir al sospechoso.

 Aparecen también conductas compatibles con rasgos antisociales: capacidad para utilizar la violencia extrema, eliminación despiadada de adversarios y subordinación de la vida de otras personas a la conservación de su propio poder. Esto no significa que podamos diagnosticar formalmente un trastorno antisocial de la personalidad; significa que algunas de sus conductas presentan características que hoy reconoceríamos dentro de ese espectro.

 Y aquí aparece el elemento que hacía especialmente peligroso a Herodes.

 No era un hombre desorganizado ni incapaz.

 Todo lo contrario.

 Era inteligente.

 Era estratégico.

 Sabía negociar.

 Sabía construir.

 Sabía administrar.

 Sabía cambiar de alianzas cuando cambiaba el poder político.

 Había sobrevivido a revoluciones, invasiones y guerras civiles romanas. Había tratado con hombres como Marco Antonio y Octaviano. Había recuperado un reino y gobernado durante décadas.

 Por eso su peligrosidad no procedía solamente de su violencia.

 Procedía de la combinación de inteligencia, inseguridad, sospecha, ambición, necesidad de control y poder para actuar.

 Un hombre impulsivo puede ser peligroso.

 Pero un hombre profundamente desconfiado, extraordinariamente capaz y con soldados, dinero, fortalezas y autoridad para ejecutar sus decisiones podía serlo mucho más.

 Y todavía no hemos contado lo peor.

 En los siguientes capítulos veremos cómo estas características dejaron de ser solamente rasgos de personalidad y comenzaron a tener nombres y rostros.

 Aristóbulo.

 Hircano.

 Mariamne.

 Alejandro.

 Aristóbulo.

 Antípatro.

 Personas de su propia familia terminarían atrapadas dentro del mundo de sospechas del rey.

 Hasta Augusto llegó a conocer la terrible reputación de la familia de Herodes. Una tradición antigua preservada por Macrobio atribuye al emperador una frase mordaz según la cual era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo. Aunque esta anécdota fue registrada siglos después y no debe tratarse como una transcripción contemporánea, refleja hasta qué punto la crueldad familiar de Herodes llegó a formar parte de su memoria histórica.

 Ahora podemos comprender mucho mejor una de las frases más breves y psicológicamente reveladoras del relato de Mateo.

 Cuando unos extranjeros llegaron a Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.

 Mateo continúa:

«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó…» — Mateo 2:3.

 Para cualquier otro hombre aquella pregunta podía haber sido una curiosidad.

 Para Herodes tocaba exactamente el punto más sensible de toda su existencia:

 su corona.

 Él había tenido que conseguirla.

 Roma se la había concedido.

 Había tenido que conquistar el territorio para ejercerla.

 Había pasado años consolidándola.

 Había construido fortalezas para protegerla.

 Había enfrentado amenazas para conservarla.

 Y ahora aquellos hombres no preguntaban dónde estaba alguien que pretendía ser rey.

 Preguntaban dónde estaba el que había nacido Rey.

 De repente comprendemos por qué Mateo 2 no ocurre en un vacío.

 La reacción posterior de Herodes encaja terriblemente bien con el hombre que las fuentes históricas nos permiten conocer.

 Pero aquí aparece algo todavía más impresionante que la psicología de Herodes.

 La psicología de Herodes nos ayuda a comprender el peligro; la decisión de Dios nos ayuda a comprender su corazón.

 Dios Padre sabía perfectamente quién gobernaba Judea.

 Conocía aquel palacio.

 Conocía aquella corona.

 Conocía la inseguridad del rey.

 Conocía su capacidad para sospechar.

 Conocía su violencia.

 Conocía lo que un hombre desesperado por conservar el poder podía llegar a hacer.

 Y aun así:

envió a su Hijo.

 No esperó a que Herodes muriera.

 No esperó a que Judea tuviera un gobernante bondadoso.

 No esperó a que Roma desapareciera.

 No esperó a que el mundo se convirtiera en un lugar seguro.

 El Padre contempló aquel mundo exactamente como era y decidió que había llegado el momento.

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» — Gálatas 4:4.

 Eso habla volúmenes acerca del Padre.

 Porque mientras más comprendemos quién era Herodes, más extraordinaria resulta la decisión divina.

 Dios Padre no envió a su Hijo a un mundo que podía garantizar su seguridad. Lo envió a un mundo que necesitaba desesperadamente su salvación.

 Herodes nos muestra hasta dónde puede llegar un corazón dominado por el temor de perder su reino.

 El Padre nos mostrará algo completamente diferente:

 hasta dónde puede llegar el amor de Dios para recuperar a sus hijos.

Referencias

Mateo 2:1–18; Lucas 1:5; Gálatas 4:4; 1 Samuel 16:7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Relata extensamente las sospechas de Herodes, conflictos familiares, procesos contra miembros de su familia y ejecuciones ocurridas durante su reinado.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Fuente fundamental para reconstruir la personalidad política de Herodes, sus conflictos, temores, relaciones familiares y últimos años.

Macrobio, Saturnalia, II.4.11. Fuente tardía de la conocida anécdota atribuida a Augusto acerca de Herodes y sus hijos; debe utilizarse como tradición posterior, no como testimonio contemporáneo.

En términos psicológicos modernos, el patrón histórico permite hablar prudentemente de rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, además de una marcada necesidad de control; estos términos describen semejanzas conductuales y no constituyen un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo formal.

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Dr. Elio M Rivera

«Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:1–2, RVR1960

 Jesús nació bajo el gobierno de otro hombre que llevaba exactamente el título que le pertenecía a Él.

 Rey de los judíos.

 Y esta es una de las grandes ironías de la historia de Belén.

 Cuando Jesús abrió sus ojos en este mundo, Herodes estaba sentado en el trono.

 Tenía palacios.

 Tenía fortalezas.

 Tenía soldados.

 Tenía riquezas.

 Tenía el reconocimiento de Roma.

 Y oficialmente era llamado rey.

 Jesús no tenía nada de aquello.

 Era un niño sostenido en los brazos de su madre.

 Había nacido lejos de un palacio, en la pequeña Belén.

 No tenía ejército.

 No tenía funcionarios.

 No tenía fortaleza.

 No tenía una corona visible.

 Roma ni siquiera sabía que existía.

 Sin embargo, si examinamos la historia de ambos, aparece una paradoja extraordinaria:

 el hombre que estaba sentado en el trono había recibido su corona de Roma; el niño que acababa de nacer pertenecía realmente a la casa real de Israel.

 Herodes no descendía de David.

 Era de origen idumeo.

 Su familia había ascendido políticamente durante las convulsiones que terminaron colocando a Judea bajo la influencia romana. Finalmente, Marco Antonio y Octaviano respaldaron su causa y el Senado romano lo reconoció como rey.

 Su título tenía una historia política.

 El de Jesús tenía una historia completamente diferente.

 Mateo comienza su Evangelio diciendo:

«Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.» — Mateo 1:1.

 Y pocas líneas después establece la descendencia que conduce hasta José, esposo de María.

 Lucas, desde otra perspectiva genealógica, también vincula a Jesús con David.

 Jesús no apareció accidentalmente en Israel.

 Había nacido dentro de la historia de una promesa.

 Mil años antes, Dios había dicho a David:

«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.» — 2 Samuel 7:16.

 Desde entonces Israel esperaba un Rey relacionado con aquella casa.

 Los profetas mantuvieron viva esa esperanza.

 Isaías habló de un gobernante sobre «el trono de David y sobre su reino».

 Jeremías anunció un «Renuevo justo» que Dios levantaría a David y que reinaría como Rey.

 Y Miqueas hizo algo todavía más extraordinario.

 Señaló el lugar.

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel.» — Miqueas 5:2.

 Belén no era cualquier población.

 Era la ciudad de David.

 Allí había comenzado la historia del joven pastor que llegaría a ser rey de Israel.

 Y allí nació Jesús.

 Esto significa que aquella noche existían, por decirlo así, dos realezas en Judea.

 Una podía verse.

 La otra casi nadie la había reconocido todavía.

 Una estaba instalada en los palacios.

 La otra estaba en Belén.

 Una dependía del poder de Roma.

 La otra descansaba sobre las promesas de Dios.

 Herodes podía mostrar el decreto humano que lo había hecho rey.

 Jesús podía ser presentado dentro de una genealogía que llegaba hasta David.

 Herodes había sido nombrado rey de los judíos.

 Jesús había nacido Rey de los judíos.

 Esa diferencia explica la precisión extraordinaria de las palabras de los magos.

 Ellos no llegaron preguntando:

 ¿Dónde está el hombre que será nombrado rey?

 Tampoco:

 ¿Dónde está el hombre que quiere convertirse en rey?

 Ni siquiera:

 ¿Quién será el próximo rey?

 Preguntaron:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?»

 No estaban buscando una coronación.

 Estaban buscando un nacimiento.

 Y aquel nacimiento había ocurrido bajo el gobierno de un rey cuya posición dependía precisamente de que nadie disputara su corona.

 Eso nos permite contemplar el nacimiento de Jesús desde una perspectiva diferente.

 Nacer en los días de Herodes era nacer bajo el dominio de un hombre extremadamente celoso de su poder.

 Era nacer dentro de un reino donde una sospecha palaciega podía terminar en muerte.

 Era nacer bajo un gobernante que había demostrado que incluso los vínculos familiares podían quedar subordinados a la conservación de su trono.

 Era nacer en una Judea sometida a Roma, gobernada localmente por un hombre que conocía perfectamente el precio del poder y estaba dispuesto a defenderlo.

 Y precisamente allí el Padre envió a su Hijo.

 No solamente permitió que naciera en una época difícil.

 Permitió que naciera bajo el gobierno de un rey ilegítimo desde la perspectiva de la línea davídica, mientras Él era el legítimo heredero de las promesas hechas a David.

 El contraste difícilmente podría ser mayor.

 Herodes parecía tenerlo todo.

 Jesús parecía no tener nada.

 Pero las apariencias estaban invertidas.

 Herodes poseía el palacio, pero no la promesa.

 Herodes poseía la corona, pero no pertenecía a la casa de David.

 Herodes tenía el reconocimiento de César.

 Jesús tenía el reconocimiento del Padre.

 Uno gobernaba porque Roma lo había colocado allí.

 El otro había llegado porque Dios había cumplido su palabra.

 Y nuevamente esto nos muestra algo extraordinario acerca del corazón del Padre.

 Dios no buscó para su Hijo una época en la que su derecho al trono fuera respetado.

 No esperó hasta que desaparecieran los hombres peligrosos.

 No esperó hasta que Israel recuperara su independencia.

 No esperó hasta que un descendiente de David estuviera nuevamente sentado en Jerusalén.

 Envió al verdadero Rey cuando otro hombre ocupaba su lugar.

 Y no lo envió rodeado de ejércitos para reclamar inmediatamente su derecho.

 Lo envió como un niño.

 Eso hacía a Jesús aparentemente vulnerable.

 Pero también revelaba una seguridad absoluta en los propósitos del Padre.

 Herodes tendría que luchar toda su vida para conservar una corona que finalmente perdería.

 Jesús acababa de nacer sin corona visible, pero el ángel ya había anunciado antes de su nacimiento:

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» — Lucas 1:32–33.

 Herodes tenía un reino que terminaría.

 El niño tenía un reino que no tendría fin.

 Todavía nadie había levantado una espada contra Él.

 Todavía no había una orden de muerte.

 Todavía José y María estaban con el niño.

 Pero unos hombres acababan de llegar del Oriente haciendo una pregunta que colocaría frente a frente esas dos realezas:

 el rey que Roma había escogido y el Rey que Dios había prometido.

 Y muy pronto descubriremos qué sucede cuando un hombre desesperado por conservar una corona escucha que el verdadero Rey acaba de nacer dentro de su reino.

Referencias

2 Samuel 7:12–16; Isaías 9:6–7; Jeremías 23:5–6; Miqueas 5:2; Mateo 1:1–17; 2:1–3; Lucas 1:32–33; 2:4–7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIV. Describe el origen político del reinado de Herodes, su relación con Roma y su reconocimiento como rey por el Senado romano.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Relata el ascenso de Herodes, el apoyo romano y la conquista mediante la cual hizo efectivo su dominio sobre Judea.

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Dr. Elio M Rivera

«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.» — Mateo 2:3, RVR1960

 Mateo necesitó muy pocas palabras para describir lo que ocurrió después de la llegada de los magos.

 Herodes escuchó la noticia.

 Y se turbó.

 Después de todo lo que sabemos acerca de él, su reacción resulta comprensible.

 Herodes había pasado buena parte de su vida consiguiendo, consolidando y protegiendo su poder. No pertenecía a la casa de David. Su corona había llegado mediante Roma. Había sobrevivido guerras, cambios de alianzas, conspiraciones y luchas familiares. Había aprendido a mirar con sospecha cualquier cosa que pudiera amenazar su posición.

 Ahora unos extranjeros llegaban a su propia capital preguntando por alguien que había «nacido Rey de los judíos».

 Pero Mateo añade algo que resulta todavía más inquietante:

«…y toda Jerusalén con él.»

 ¿Por qué Jerusalén habría de turbarse?

 Mateo no lo explica.

 Y debemos respetar ese silencio.

 No podemos afirmar que cada habitante de Jerusalén sintiera exactamente lo mismo ni que todos estuvieran preocupados por la misma razón. La expresión puede referirse ampliamente a la ciudad, particularmente a quienes se encontraban dentro de sus círculos políticos y religiosos. Pero el detalle colocado por Mateo difícilmente es accidental.

 El rey se turbó y la ciudad se turbó con él.

 Después de conocer la historia de Herodes, podemos entender por qué la inquietud del rey podía convertirse rápidamente en inquietud para otros.

 Cuando un hombre común tiene miedo, quizá su familia perciba su ansiedad.

 Cuando un hombre poderoso tiene miedo, todo un gobierno puede comenzar a moverse.

 Y cuando ese hombre posee soldados, funcionarios, informantes, cárceles y autoridad para ordenar ejecuciones, su temor deja de ser solamente un sentimiento privado.

 Puede convertirse en una amenaza pública.

 Jerusalén tenía razones históricas para saberlo.

 Los habitantes de la ciudad habían visto cambios de poder, luchas dinásticas, intervención romana, asedios y represalias. Muchos habían vivido durante el reinado de Herodes y conocían la manera en que podía reaccionar cuando creía amenazada su autoridad.

 No hacía falta saber todavía qué haría.

 Bastaba saber que Herodes estaba preocupado.

 Quizá esta sea una de las imágenes más poderosas de todo el relato.

 En algún lugar de Belén había un niño.

 No estaba reuniendo un ejército.

 No estaba organizando una rebelión.

 No había pronunciado ningún discurso.

 No había reclamado públicamente un trono.

 Probablemente dormía en brazos de su madre.

 Y, sin embargo, en Jerusalén un rey poderoso comenzaba a inquietarse.

 Esto nos permite ver la enorme diferencia entre tener poder y sentirse seguro.

 Herodes tenía prácticamente todo aquello que un hombre de su tiempo podía utilizar para protegerse.

 Tenía fortalezas.

 Tenía soldados.

 Tenía riquezas.

 Tenía contactos con Roma.

 Tenía experiencia política.

 Tenía autoridad.

 Pero bastó una pregunta para perturbarlo.

 «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?»

 Nada había cambiado todavía externamente.

 Herodes seguía sentado en su trono.

 Sus soldados continuaban obedeciéndolo.

 Roma no había retirado su respaldo.

 Sus fortalezas seguían en pie.

 Pero dentro de él algo había cambiado.

 Había aparecido una amenaza.

 O, por lo menos, él la percibía como una amenaza.

 Y esto nos permite comprender algo importante acerca del miedo.

 El miedo no siempre responde al tamaño real del peligro. Muchas veces responde al significado que nuestra mente atribuye a aquello que está ocurriendo.

 Para María, aquel niño era su hijo.

 Para los magos, era el Rey que habían venido a adorar.

 Para Dios, era su Hijo.

 Pero para Herodes podía convertirse en una amenaza a su corona.

 El mismo niño; cuatro maneras completamente diferentes de mirarlo.

 Y la manera en que Herodes lo mirara tendría consecuencias.

 Ahí aparece la parte más seria de este versículo.

 El miedo de un hombre poderoso podía terminar afectando a personas que nada tenían que ver con su problema.

 Herodes tenía miedo de perder algo.

 Jerusalén comenzó a sentir la inquietud.

 Todavía no había sucedido nada.

 Pero Mateo está preparando al lector.

 Primero apareció una noticia.

 Después apareció el miedo.

 Muy pronto aparecerían las decisiones.

 Y así ocurre frecuentemente con el temor cuando no es gobernado: comienza siendo una emoción, después modifica nuestra percepción, luego condiciona nuestras decisiones y finalmente puede terminar afectando a quienes están alrededor.

 En un hombre con poco poder, las consecuencias pueden ser pequeñas.

 En un rey, pueden ser terribles.

 Pero existe aquí otro contraste que vale la pena observar.

 Herodes tenía miedo del niño; el Padre no tenía miedo de Herodes.

 Dios sabía exactamente quién estaba sentado en Jerusalén cuando envió a su Hijo.

 Conocía su temperamento.

 Conocía su historia.

 Conocía su inseguridad.

 Conocía el poder que tenía en sus manos.

 Y aun así permitió que Jesús naciera dentro de su jurisdicción.

 Esto no significa que el peligro fuera imaginario.

 Era real.

 Precisamente por eso resulta tan impresionante.

 El Padre no estaba actuando desde la ignorancia del peligro, sino desde la seguridad absoluta de su propósito.

 Herodes podía inquietarse.

 Jerusalén podía inquietarse.

 Los palacios podían comenzar a moverse.

 Pero Dios no había perdido el control de la historia.

 Y todavía había algo que Herodes ignoraba.

 El nacimiento de aquel niño no había comenzado con la pregunta de los magos.

 Mucho antes de que la noticia llegara a su palacio, Dios ya estaba obrando.

 Ahora Herodes había escuchado que había nacido otro Rey.

 La pregunta siguiente era inevitable:

 ¿qué haría con esa noticia?

Referencias

Mateo 2:1–3; Proverbios 29:25; 2 Timoteo 1:7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Sus relatos acerca de las sospechas, conflictos familiares y acciones de Herodes proporcionan el contexto histórico que permite comprender por qué la inquietud de un gobernante semejante podía resultar preocupante para quienes estaban alrededor de él.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta numerosos episodios del reinado de Herodes que muestran su preocupación por conservar el poder y la severidad con la que podía responder ante amenazas reales o percibidas.

Mateo 2:3. El texto afirma expresamente que Herodes se turbó y «toda Jerusalén con él»; no especifica las motivaciones individuales de los habitantes de Jerusalén, por lo que cualquier explicación adicional debe entenderse como reconstrucción histórica del contexto y no como una afirmación explícita del evangelista.

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Dr. Elio M Rivera

«Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta.» — Mateo 2:4–5, RVR1960

 Herodes ya tenía la pregunta.

 Ahora necesitaba una respuesta.

 Los magos habían llegado preguntando dónde estaba el Rey de los judíos que había nacido, pero no conocían el lugar exacto.

 Herodes sabía perfectamente a quién consultar.

 Mandó reunir a los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo.

 Aquellos hombres conocían las Escrituras.

 Los escribas dedicaban su vida al estudio y enseñanza de la Ley. Los principales sacerdotes pertenecían al corazón de la estructura religiosa de Jerusalén. Si alguien podía responder una pregunta relacionada con las antiguas profecías de Israel, eran ellos.

 El rey Herodes preguntándoles a los escribas donde debería nacer el Cristo

Herodes hizo una pregunta muy concreta:

 ¿Dónde había de nacer el Cristo?

 Y ellos no dudaron.

 Belén.

 No Nazaret.

 No Jerusalén.

 No Jericó.

 Belén de Judea.

 Y podían demostrarlo con las Escrituras.

 Mateo recoge su respuesta relacionándola con la profecía de Miqueas:

«Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel.» — Mateo 2:6.

 Siglos antes, el profeta había escrito:

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel…» — Miqueas 5:2.

 La respuesta estaba allí.

 Escrita.

 Conservada.

 Estudiada.

 Enseñada durante generaciones.

 Y ahora ocurrió algo extraordinario.

 Los hombres que sabían dónde debía nacer el Mesías estaban en Jerusalén. Los hombres que querían encontrarlo habían venido desde el Oriente.

 Unos poseían la profecía.

 Los otros habían emprendido el viaje.

 Unos podían señalar el lugar en las Escrituras.

 Los otros querían llegar hasta el lugar.

 Mateo no dice que los sacerdotes y escribas rechazaran en ese momento a Jesús. Tampoco afirma que ninguno de ellos viajara posteriormente a Belén. Simplemente no nos lo cuenta.

 Por eso no debemos colocar palabras o decisiones en sus bocas que el Evangelio no registra.

 Pero Mateo sí coloca delante de nosotros una escena imposible de ignorar:

 los especialistas en las Escrituras proporcionaron la dirección; los extranjeros continuaron el camino.

 Y Belén no estaba al otro lado del mundo.

 Estaba muy cerca de Jerusalén.

 Los magos habían recorrido una enorme distancia para llegar hasta Judea.

 Los sacerdotes solamente necesitaban recorrer unos pocos kilómetros.

 Los extranjeros habían llegado preguntando.

 Los escribas tenían la respuesta.

 Qué paradoja.

 Se puede conocer perfectamente un texto y permanecer lejos de aquello que el texto anuncia.

 Las Escrituras no fueron dadas solamente para aumentar nuestros conocimientos.

 Fueron dadas para conducirnos a Dios.

 Podemos memorizar versículos.

 Podemos explicar doctrinas.

 Podemos conocer profecías.

 Podemos enseñar a otros.

 Podemos incluso responder correctamente preguntas acerca de Dios.

 Y todavía queda una pregunta mucho más personal:

 ¿Qué hacemos con aquello que sabemos?

 Los magos tenían menos información que los escribas, pero estaban buscando.

 Los escribas tenían la información que les faltaba a los magos.

 Y, de una manera extraordinaria, Dios utilizó ambas cosas.

 La señal los había llevado hasta Jerusalén.

 La Escritura los conduciría hasta Belén.

 Esto también nos muestra algo precioso acerca de Dios.

 Él estaba atrayendo a hombres que venían de lejos, pero no dejó que llegaran solamente mediante su propia sabiduría.

 En determinado momento necesitaron la Palabra.

 La señal despertó su búsqueda.

 La Escritura precisó el destino.

 Y la profecía escrita siglos antes seguía cumpliendo su propósito.

 Miqueas probablemente nunca conoció a aquellos hombres.

 Había muerto generaciones antes.

 Pero las palabras que Dios había dado por medio de él permanecieron esperando el momento en que unos viajeros llegarían a Jerusalén preguntando:

 ¿Dónde?

 Y la Palabra respondió:

 Belén.

 Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de esta escena.

 No basta con poseer un mapa.

 Hay que caminar.

 No basta con saber dónde está Belén.

 Hay que querer llegar hasta el Rey.

Referencias

Miqueas 5:2; Mateo 2:1–6; Juan 5:39–40; Santiago 1:22.

Mateo 2:4–6. Es la fuente principal de la consulta de Herodes a los principales sacerdotes y escribas y de su identificación de Belén como lugar del nacimiento del Cristo.

Miqueas 5:2. Profecía utilizada en la respuesta recogida por Mateo para identificar a Belén como lugar del que saldría el gobernante de Israel.

Nota histórica: Belén se encontraba a pocos kilómetros al sur de Jerusalén, por lo que el contraste narrativo resulta especialmente llamativo: los magos habían realizado un largo viaje hasta Judea, mientras el lugar señalado por las Escrituras se encontraba muy cerca de quienes conocían la profecía.

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Dr. Elio M Rivera

«Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella.» — Mateo 2:7, RVR1960

 Herodes ya sabía dónde debía nacer el Cristo.

 Ahora quería saber cuándo había aparecido la estrella.

 Por eso llamó a los magos en secreto.

 Ese detalle es importante. La noticia que había turbado a Jerusalén ahora comenzó a manejarse mediante una conversación privada. Herodes interrogó cuidadosamente a los viajeros acerca del momento en que habían visto la señal y después los envió a Belén.

El rey Herodes convoca a los sabios de oriente y les da instrucciones.

 Pero entonces pronunció unas palabras que, conociendo lo que sucedería después, resultan estremecedoras:

«Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.» — Mateo 2:8.

 Sonaba piadoso.

 Sonaba respetuoso.

 Incluso utilizó la misma idea que había llevado a los magos hasta Judea:

 adorar al niño.

 Pero Herodes no quería adorarlo.

 Mateo lo revelará poco después: buscaba información para poder encontrarlo y destruirlo.

 Aquí aparece algo nuevo en el retrato de Herodes. Hasta ahora hemos visto su temor. Ahora vemos su capacidad para esconder sus verdaderas intenciones detrás de palabras cuidadosamente escogidas.

 No amenazó a los magos.

 No les reveló su enojo.

 No intentó detenerlos.

 Los convirtió, sin que ellos lo supieran, en posibles instrumentos de su plan.

 Ellos buscarían al niño.

 Ellos encontrarían la casa.

 Ellos regresarían con la información.

 Y Herodes solamente tendría que esperar.

 Pero había algo que Herodes no había considerado.

 Dios también estaba observando aquella conversación.

 Herodes podía engañar a los magos.

 No podía engañar al Padre.

 Y cuando los viajeros encontraron al niño y lo adoraron, Dios les advirtió en sueños «que no volviesen a Herodes» (Mateo 2:12).

 El plan secreto del rey había quedado descubierto.

 Esta pequeña escena nos deja una enseñanza sencilla pero profunda:

 las palabras religiosas no siempre revelan un corazón rendido a Dios.

 Herodes habló de adoración sin intención de adorar.

 Los magos casi no necesitaron hablar de ella.

 Simplemente fueron y se postraron.

Referencias

Mateo 2:7–12.

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Dr. Elio M Rivera

«Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.» — Mateo 2:12, RVR1960

 Mientras Herodes preparaba su engaño, el Padre estaba mirando.

 Herodes había enviado a los magos a Belén con instrucciones precisas: encontrar al niño y regresar para informarle dónde estaba. Los magos desconocían sus verdaderas intenciones.

 Dios no.

 Este pequeño versículo nos permite contemplar nuevamente el corazón del Padre.

 Jesús había venido al mundo como un niño verdadero. Dependía de María y José. Necesitaba alimento, abrigo, descanso y protección. No había llegado rodeado de ejércitos celestiales visibles ni instalado en una fortaleza inexpugnable.

 Parecía vulnerable.

 Pero no estaba desprotegido.

 Herodes podía conspirar en secreto, pero no existía ningún lugar secreto para Dios.

 El rey había pensado utilizar a los magos para localizar al niño. El Padre simplemente intervino en el momento preciso y les ordenó regresar por otro camino.

 Herodes tenía poder.

 Pero no tenía el control.

 Y aquí comenzamos a descubrir algo precioso acerca del Padre: haber enviado a su Hijo a un mundo peligroso no significaba haberlo abandonado en él.

 Dios advierte a los sabios que no regresen a Herodes y se vaya por otro camino

El Padre sabía dónde estaba Jesús.

 Sabía quién lo buscaba.

 Sabía lo que Herodes planeaba.

 Y sabía cuándo intervenir.

 Todavía vendría un peligro mayor. Muy pronto José también recibiría una advertencia y tendría que levantarse en medio de la noche, tomar al niño y a su madre y huir.

 Pero antes de que Herodes pudiera ejecutar su plan, el Padre ya estaba obrando.

 Eso cambia completamente la manera de mirar esta historia.

 No estamos observando solamente a un rey intentando encontrar a un niño.

 Estamos contemplando a un Padre cuidando a su Hijo.

 Herodes conspiraba.

 El Padre vigilaba.

 Herodes preguntaba dónde estaba el niño.

 El Padre siempre supo dónde estaba su Hijo.

Referencias

Mateo 2:7–13; Salmo 121:3–4; Salmo 139:1–12.

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Dr. Elio M Rivera

«Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.» — Mateo 2:13, RVR1960

 El peligro ya no era solamente una posibilidad.

 Herodes buscaría al niño para matarlo.

 Y entonces ocurrió algo que nos permite mirar directamente al corazón del Padre.

 Dios pudo haber destruido a Herodes.

 Pudo haber enviado un ejército celestial.

 Pudo haber derribado el palacio.

 Pudo haber hecho desaparecer al hombre que amenazaba a su Hijo.

 Pero no lo hizo.

 Aquella noche la orden del cielo fue mucho más sencilla:

 Herodes manda asesinar a los niños de Belén

«Levántate… toma al niño… y huye.»

 Resulta sorprendente.

 El Hijo de Dios sería protegido mediante los brazos de un carpintero.

 José tendría que despertarse, tomar a María, cargar al niño, abandonar lo conocido y comenzar un viaje hacia Egipto.

 Dios realizaría lo sobrenatural dando la advertencia.

 José tendría que realizar lo humano obedeciendo.

 Y José no discutió.

«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.» — Mateo 2:14.

 De noche.

 No esperó hasta la mañana.

 No pidió una segunda señal.

 No necesitó comprender todo el plan.

 El Padre había hablado y José actuó.

 Pero hay otro detalle hermoso en la narración.

 Inmediatamente antes de esta orden, los magos habían llegado hasta Jesús y habían abierto sus tesoros:

«…le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.» — Mateo 2:11.

 Mateo no dice que aquellos regalos fueran utilizados para financiar la huida a Egipto, por lo que no debemos afirmarlo como un hecho. Pero el orden de los acontecimientos resulta hermoso: antes de que la familia tuviera que abandonar su tierra, habían llegado recursos inesperados a sus manos.

 El Padre no solamente conocía el peligro.

 Había comenzado a preparar el camino antes de que José supiera que tendría que recorrerlo.

 Y quizá aquí encontramos una de las enseñanzas más hermosas de toda esta parte de la historia.

 La protección de Dios no siempre significa que el peligro desaparezca.

 Herodes continuaba en su palacio.

 Sus soldados continuaban disponibles.

 Su orden todavía podía ejecutarse.

 El camino hacia Egipto continuaba siendo largo.

 Pero el Padre sabía por dónde sacar a su Hijo.

 A veces Dios protege cerrando una puerta.

 Otras veces, mostrando una salida.

 A veces elimina el peligro.

 Otras veces nos dice:

 «Levántate… y vete.»

 Y mientras José avanzaba en la oscuridad llevando al niño, quizá sin saber cuánto tiempo estaría fuera de su tierra, había algo que sí era cierto:

 el Padre sabía exactamente hacia dónde los estaba llevando.

 Jesús había venido a un mundo peligroso.

 Pero nunca estuvo fuera de la mirada de su Padre.

Referencias

Mateo 2:11–15; Salmo 121:3–8; Proverbios 3:5–6.

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Dr. Elio M Rivera

«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes.» — Mateo 2:14–15, RVR1960

 Egipto.

 De todos los lugares donde el Padre podía proteger a su Hijo, resulta sorprendente que permitiera que José lo llevara precisamente allí.

 Para Israel, Egipto no era simplemente otro país.

 Era una tierra cargada de memoria.

 Allí habían vivido sus antepasados. Allí Israel había terminado sometido a esclavitud. Allí Faraón había ordenado la muerte de los niños hebreos. De allí Dios había sacado a su pueblo con mano poderosa.

 Y durante siglos Egipto había representado también uno de los grandes mundos paganos que rodeaban a Israel.

 Sus antiguos templos, sacerdocios e imágenes religiosas habían formado parte de una civilización profundamente marcada por el culto a numerosos dioses. Para el tiempo de Jesús, Egipto había pasado por siglos de dominio persa, griego y finalmente romano. Los antiguos cultos egipcios coexistían con divinidades y costumbres religiosas griegas y romanas.

 También vivían allí numerosos judíos, particularmente en Alejandría, por lo que José y María no necesariamente llegaron a un territorio donde no encontrarían personas de su propio pueblo.

 Pero seguía siendo Egipto.

 Y allí permitió el Padre que llevaran a su Hijo.

 Esto es extraordinario.

 Dios no colocó a Jesús dentro de una burbuja religiosa para impedir que sus ojos contemplaran el mundo de los hombres.

 Lo dejó entrar en él.

 El Hijo de Dios, por medio de quien habían sido hechas todas las cosas, fue llevado en brazos hacia una nación llena de templos levantados a otros dioses.

 El verdadero Dios entró en una tierra donde los hombres adoraban imágenes.

 El Creador atravesó un mundo que había creado innumerables representaciones de sus propias deidades.

 Y no cayó fuego del cielo.

 No fueron destruidos los templos.

 No desaparecieron los ídolos.

 Llegó un niño.

 José huye y llega Egipto

Esto nos permite contemplar algo inmenso acerca del corazón de Dios.

 Cuando el Padre miraba aquel mundo pagano, no veía solamente aquello que estaba mal.

 Veía seres humanos a quienes amaba.

 El paganismo de Egipto no hizo que Dios dijera: «Mi Hijo jamás pondrá sus pies allí».

 Al contrario.

 Permitió que Egipto se convirtiera temporalmente en refugio para su Hijo.

 Qué paradoja.

 La tierra que siglos atrás había sido lugar de esclavitud para los hijos de Israel ahora proporcionaría refugio al Hijo de Dios.

 La tierra de la cual Dios había dicho a Moisés: «Saca de Egipto a mi pueblo», ahora aparece dentro del cumplimiento de otra palabra:

«De Egipto llamé a mi Hijo.» — Mateo 2:15; Oseas 11:1.

 Jesús estaba recorriendo, de una manera extraordinaria, la historia de su pueblo.

 Pero hay algo todavía más conmovedor.

 El Hijo aceptó aquella condición.

 No contempló nuestra vulnerabilidad desde el cielo.

 Entró en ella.

 Tuvo que ser cargado.

 Tuvo que ser alimentado.

 Tuvo que dormir donde sus padres encontraran alojamiento.

 Tuvo que viajar porque un gobernante quería matarlo.

 Vivió fuera de la tierra donde había nacido.

 Dependió humanamente de la obediencia de José y de los cuidados de María.

 El eterno Hijo de Dios conoció desde dentro lo que significa que una familia tenga que abandonar su hogar porque permanecer allí ya no es seguro.

 Y quizá lo más hermoso sea esto:

 Jesús no tuvo miedo de entrar en nuestro mundo.

 No necesitó que la humanidad estuviera limpia antes de acercarse.

 No necesitó que todas las naciones conocieran al verdadero Dios.

 No necesitó que desapareciera la idolatría.

 No necesitó que Roma fuera justa.

 No necesitó que Herodes fuera bueno.

 Vino de todos modos.

 Y cuando Herodes lo obligó a salir de Judea, el Padre no lo escondió fuera del mundo.

 Lo llevó todavía más profundamente dentro de él.

 Eso nos muestra el corazón del Hijo.

 No vino para observar nuestra condición desde una distancia segura.

 Vino a habitarla.

 Y nos muestra también el corazón del Padre.

 El Padre amaba a su Hijo.

 Pero también amaba al mundo al que lo había enviado.

 Por eso resulta tan extraordinaria aquella pequeña familia entrando en Egipto.

 José caminando.

 María cuidando al niño.

 Y Jesús, llevado en brazos entre pueblos, templos, caminos y personas que probablemente no tenían la menor idea de quién acababa de entrar en su tierra.

 El mundo pagano no era un lugar del cual Dios quisiera mantenerse lejos.

 Era precisamente el mundo al que había venido a rescatar.

Referencias

Éxodo 1:8–22; 3:7–10; 12:31–42; Oseas 11:1; Mateo 2:13–15; Juan 1:1–3, 14; 3:16–17.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XII–XV. Proporciona contexto sobre la presencia judía en Egipto y las relaciones históricas entre Judea, el mundo helenístico y Egipto.

Filón de Alejandría. Sus escritos constituyen una fuente fundamental para conocer la numerosa y desarrollada comunidad judía de Alejandría durante el período cercano al nacimiento del cristianismo.

Contexto histórico: en tiempos de Jesús, Egipto era provincia romana desde el año 30 a. C. y conservaba una compleja vida religiosa en la que coexistían antiguos cultos egipcios con influencias griegas y romanas, además de importantes comunidades judías.

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«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.» — Mateo 2:16, RVR1960

 Ahora comprendemos lo que significaba vivir en los días de Herodes.

 Hasta este momento hemos hablado de coronas, palacios, fortalezas, política, Roma, genealogías, sospechas y luchas por el poder.

 Pero las decisiones de los poderosos rara vez permanecen encerradas dentro de los palacios.

 A veces terminan entrando en las casas de personas que jamás participaron de ellas.

 Y eso ocurrió en Belén.

 Los padres de aquellos niños no habían viajado a Roma para disputar la corona de Herodes.

 No habían formado un ejército.

 No habían organizado una conspiración.

 No habían preguntado dónde estaba el Rey de los judíos.

 Los niños, mucho menos.

 Eran completamente ajenos al conflicto.

 Pero Herodes había recibido una noticia que amenazaba aquello que más había protegido durante su vida: su trono.

 Y Mateo dice que «se enojó mucho».

 Entonces el miedo, la inseguridad y la necesidad de control que hemos venido observando dejaron de ser solamente características de un gobernante.

 Se convirtieron en una orden.

 «Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron.» — Mateo 2:17–18.

Herodes mandó matar a los niños varones de dos años para abajo que se encontraban en Belén y sus alrededores, utilizando como referencia el tiempo que había averiguado cuidadosamente de los magos.

 Aquí aparece finalmente toda la peligrosidad de aquel hombre.

 Un rey inseguro podía sospechar.

 Un rey enojado podía ordenar.

 Y soldados podían convertir su miedo en sufrimiento para otros.

 Eso era vivir bajo Herodes.

 Podías no conocerlo personalmente.

 Podías no haber entrado jamás en su palacio.

 Podías no tener ninguna aspiración política.

 Podías estar simplemente criando a tu familia en una pequeña población de Judea.

 Y aun así, las decisiones tomadas por un hombre poderoso podían llegar hasta la puerta de tu casa.

 No sabemos exactamente cuántos niños murieron.

 Mateo no proporciona una cifra.

 Belén era una población pequeña, por lo que las estimaciones modernas suelen ser mucho menores que las cifras enormes que posteriormente aparecieron en algunas tradiciones cristianas. Pero debemos tener cuidado de no permitir que la discusión acerca del número disminuya la tragedia.

 Si fueron pocos, cada uno tenía un nombre.

 Cada uno pertenecía a una familia.

 Cada uno tenía una madre que lo había llevado en sus brazos.

 Cada uno tenía una vida que apenas comenzaba.

 Para una madre no existe una tragedia pequeña porque su pueblo sea pequeño.

 Mateo es nuestra fuente antigua para este episodio. Flavio Josefo, quien relata extensamente muchos de los crímenes de Herodes, no menciona la matanza de Belén. Eso no demuestra por sí mismo que no ocurriera. Josefo tampoco pretendió registrar cada muerte ocurrida durante el reinado, y una acción localizada en una pequeña población podía quedar eclipsada dentro de una carrera marcada por ejecuciones de personajes mucho más prominentes políticamente.

 Lo que sí resulta históricamente significativo es que el comportamiento descrito por Mateo corresponde al tipo de gobernante que conocemos por otras fuentes.

 Herodes hizo ejecutar a personas de su propia familia cuando las consideró peligrosas para su posición. Ordenó la muerte de Mariamne, la mujer a quien había amado. Mandó ejecutar a sus hijos Alejandro y Aristóbulo después de acusaciones de conspiración. Poco antes de morir ordenó también la ejecución de Antípatro, otro de sus hijos.

 Josefo incluso relata un episodio estremecedor de los últimos días de Herodes: sabiendo que su muerte probablemente produciría celebración en lugar de duelo, mandó reunir a hombres importantes de Judea en Jericó y ordenó que fueran ejecutados cuando él muriera, para asegurar que hubiera llanto en el país. La orden finalmente no se cumplió.

 Pero haberla concebido nos permite asomarnos nuevamente al hombre.

 Ese era Herodes.

 Por eso la escena de Mateo no presenta a un gobernante que repentinamente se convirtió en alguien diferente.

 Presenta el extremo al que podía llegar un patrón que ya había marcado su vida.

 Y esta vez las víctimas no estaban en el palacio.

 Estaban en Belén.

 Mateo entonces deja de hablar de Herodes y nos lleva hasta las familias.

«Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron.» — Mateo 2:17–18.

 Observe lo que hace la Biblia.

 No intenta embellecer la escena.

 No dice que las madres no debían llorar.

 No les ofrece una explicación rápida.

 No convierte inmediatamente su sufrimiento en una lección.

 Dice:

 «Grande lamentación, lloro y gemido.»

 Y después añade algo todavía más humano:

 «No quiso ser consolada.»

 Hay dolores para los cuales las palabras llegan demasiado pronto.

 Hay momentos en los que intentar explicar el sufrimiento puede resultar casi ofensivo para quien acaba de sufrirlo.

 La Biblia nunca pretende que vivimos en un mundo donde solamente sufrimos las consecuencias de nuestros propios actos.

 Vivimos en un mundo donde la maldad puede extenderse.

 Una guerra decidida por unos pocos puede sepultar a miles.

 La ambición de un gobernante puede empobrecer una nación.

 La violencia de una persona puede marcar una familia durante generaciones.

 Una decisión tomada en un palacio puede terminar produciendo llanto en una pequeña casa.

 Eso era Belén.

 Y no necesitamos apresurarnos a explicar por qué Dios permitió cada lágrima.

 Mateo no lo hace.

 Simplemente nos deja escuchar a Raquel llorando.

 Pero existe algo que esta serie ya nos permite comprender.

 Cuando preguntamos dónde estaba Dios en un mundo capaz de producir semejante sufrimiento, la respuesta cristiana comienza con algo extraordinario:

 había entrado en ese mismo mundo.

 No contemplaba desde una distancia segura una humanidad que sufría bajo hombres como Herodes.

 Su propio Hijo había nacido en los días de Herodes.

 Dios no nos dio desde lejos una explicación filosófica del dolor.

 Entró en la historia donde el dolor estaba ocurriendo.

 Eso no devuelve aquellos niños a los brazos de sus madres.

 No silencia el llanto de Belén.

 No convierte la tragedia en algo bueno.

 Y no necesitamos fingir que lo hace.

 Las madres lloraron.

 Los hogares quedaron vacíos.

 Herodes continuó siendo Herodes.

 Pero ahora entendemos mejor el mundo al que el Padre estuvo dispuesto a enviar a su Hijo.

 No era un mundo imaginario.

 No era un mundo limpio.

 No era un mundo seguro.

 Era un mundo donde un gobernante podía temer perder su corona y hacer pagar a inocentes por ese temor.

 Era nuestro mundo y el se disponía a redimirlo permitiendo que su Hijo fuera sacrificado en una cruz.

 Y quizá por eso las palabras con las que comenzamos toda esta historia tienen ahora un peso diferente:

 «En los días de Herodes…»

 Al principio parecían solamente una fecha.

 Ahora sabemos lo que podían significar.

Referencias

Jeremías 31:15; Mateo 2:1–18.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII; La guerra de los judíos, libro I. Josefo documenta ampliamente la violencia política y familiar del reinado de Herodes, incluidas las ejecuciones de Mariamne, Alejandro, Aristóbulo y Antípatro, además de la orden dada durante sus últimos días respecto de los notables reunidos en Jericó.

Mateo 2:16–18. Es la fuente antigua que registra específicamente la matanza de los niños de Belén. El Evangelio no proporciona el número de víctimas.

Nota histórica: Flavio Josefo no registra este episodio concreto. La ausencia de una referencia en Josefo no permite establecer por sí sola si ocurrió o no; Mateo constituye la fuente textual antigua para el acontecimiento. La pequeña población de Belén hace probable que el número de víctimas haya sido mucho menor que las cifras desarrolladas posteriormente por algunas tradiciones.

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 Jericó.

 El hombre que había construido palacios, fortalezas y ciudades estaba muriendo.

 Herodes había sobrevivido durante décadas a enemigos, conspiraciones, guerras, invasiones y cambios en Roma. Había conocido a algunos de los hombres más poderosos de su generación. Había visto caer a Marco Antonio y había conseguido conservar el favor de Augusto. Había eliminado enemigos y también miembros de su propia familia cuando creyó que amenazaban su corona.

 Había sobrevivido a casi todos.

 Pero ahora había aparecido un enemigo al que no podía ejecutar.

 Su propio cuerpo.

 Flavio Josefo nos dejó una descripción extraordinariamente detallada de los últimos días del rey.

 Herodes comenzó a padecer una enfermedad terrible.

 Tenía fiebre.

 Una comezón insoportable recorría su cuerpo.

 Sufría dolores intestinales.

 Sus pies se encontraban hinchados por acumulación de líquido.

 Su abdomen estaba inflamado.

 Tenía dificultad para respirar y necesitaba permanecer incorporado para conseguir hacerlo.

 Sufría convulsiones.

 Su aliento era desagradable.

 Y Josefo añade el detalle más espantoso: sus genitales comenzaron a sufrir putrefacción y aparecieron gusanos.

 El hombre que había vestido ropas reales y habitado algunos de los palacios más extraordinarios de Oriente estaba siendo destruido lentamente por su propio organismo.

 Siglos después, médicos han intentado reconstruir retrospectivamente qué enfermedad pudo producir semejante conjunto de síntomas. Una evaluación presentada en una conferencia clinicopatológica histórica propuso enfermedad renal crónica complicada por gangrena de Fournier, una infección destructiva de los tejidos genitales. Otra publicación médica ha sugerido una explicación diferente relacionada con enfermedad renal y posible esquistosomiasis.

 No podemos saberlo con certeza.

 Pero sí sabemos algo.

 Herodes estaba muriendo de una manera espantosa.

 Y él lo sabía.

 Todavía luchó.

 Buscó médicos.

 Probó tratamientos.

 Viajó hasta las aguas termales de Callírroe, al otro lado del Jordán, esperando encontrar alivio.

 Sus médicos intentaron sumergir su cuerpo en aceite caliente. Josefo dice que durante el procedimiento sus ojos se volvieron y pareció morir. Sus sirvientes comenzaron a gritar.

 Herodes reaccionó.

 Todavía estaba vivo.

 Pero el hombre que durante toda su existencia había luchado por sobrevivir comenzaba a comprender que esta vez no iba a ganar.

 Regresó a Jericó.

 Y allí ocurrió algo que quizá revela su corazón mejor que muchas de las cosas que había hecho durante su reinado.

 Herodes comenzó a pensar en su propio funeral.

 Sabía que mucha gente no lo amaba.

 Sabía incluso que su muerte podía producir alivio.

 Y aquello parecía insoportable para él.

 Había conseguido que los hombres lo obedecieran durante su vida.

 Ahora quería controlar cómo reaccionarían cuando estuviera muerto.

 Entonces concibió un último plan.

 Josefo relata que ordenó convocar a hombres prominentes procedentes de diferentes lugares de la nación. La convocatoria no era una invitación que pudieran rechazar tranquilamente: desobedecerla podía costarles la vida.

 Llegaron a Jericó.

 Y Herodes hizo que fueran encerrados en el hipódromo.

 Aquellos hombres probablemente no comprendían todavía para qué habían sido reunidos.

 Entonces el rey llamó a su hermana Salomé y a su esposo Alexas.

 Herodes sabía que le quedaba poco tiempo.

 Y les dio una orden aterradora.

 Cuando él muriera, debían rodear el hipódromo con soldados.

 Antes de anunciar públicamente su muerte, los hombres encerrados allí debían ser ejecutados.

 ¿Por qué?

 Porque Herodes estaba convencido de que el pueblo no lloraría sinceramente por él.

 Entonces decidió fabricar el duelo.

 Si nadie quería llorar por Herodes, haría que miles lloraran por sus propios familiares.

 Así, mientras su cadáver estuviera siendo preparado para el funeral, habría llanto por toda Judea.

 Josefo presenta al propio Herodes reconociendo amargamente que su muerte sería recibida con alegría por muchos. Por eso quería asegurarse de que su funeral estuviera acompañado por un dolor que ningún otro rey hubiera recibido.

 Es difícil imaginar un final que retrate mejor al hombre.

 Había pasado la vida intentando controlar su reino.

 Había intentado controlar a sus adversarios.

 Había intentado controlar a su familia.

 Había intentado controlar quién podía acercarse a su corona.

 Y ahora, cuando ya no podía controlar su propio cuerpo, intentó controlar incluso las lágrimas que se derramarían después de su muerte.

 Pero todavía faltaba una tragedia familiar.

 Su hijo Antípatro permanecía prisionero.

 Josefo relata que, atormentado por sus dolores, Herodes llegó a tomar un cuchillo con el que acostumbraba cortar una manzana y pareció intentar herirse. Su primo Acme lo detuvo y se produjo un gran grito en el palacio.

 Antípatro escuchó el tumulto.

 Pensó que su padre había muerto.

 Creyó que finalmente había llegado su oportunidad y trató de conseguir que el carcelero lo liberara.

 El carcelero se negó y comunicó lo ocurrido.

 Herodes todavía no había muerto.

 Cuando recibió la noticia, ordenó la ejecución de Antípatro.

 Uno de sus propios hijos murió apenas unos días antes que él.

 Después llegó el final.

 El hombre que había sido proclamado rey por Roma, que había levantado fortalezas sobre montañas, que había construido un puerto dentro del mar y engrandecido el Templo de Jerusalén, finalmente murió en Jericó.

 Josefo sitúa su muerte después de un reinado de treinta y siete años desde su proclamación por los romanos y treinta y cuatro desde la conquista efectiva de Jerusalén. Tradicionalmente su muerte se fecha en 4 a. C.

 Y entonces ocurrió algo que Herodes ya no pudo controlar.

 Salomé y Alexas no cumplieron su última orden de sangre.

 Antes de anunciar públicamente la muerte del rey, abrieron el hipódromo y dejaron libres a los hombres que estaban encerrados allí.

 No hubo matanza.

 Herodes había intentado gobernar incluso las lágrimas de su propio funeral.

 Pero muerto ya no podía obligar a nadie.

 Y quizá aquí termina verdaderamente la historia del poder de Herodes.

 Pasó décadas buscando seguridad.

 Consiguió una corona.

 No fue suficiente.

 Consiguió el respaldo de Roma.

 No fue suficiente.

 Construyó fortalezas.

 No fue suficiente.

 Eliminó rivales.

 No fue suficiente.

 Acumuló riquezas.

 No fue suficiente.

 Levantó monumentos.

 No fue suficiente.

 Intentó controlar su familia.

 No fue suficiente.

 Y finalmente intentó controlar lo que los hombres sentirían cuando él ya no estuviera.

 Tampoco pudo hacerlo.

 El poder pudo darle obediencia, pero nunca pudo darle seguridad.

 Pudo obligar a los hombres a inclinarse, pero no pudo obligarlos a amarlo.

 Pudo ordenar la muerte de otros, pero no pudo ordenar que la muerte se alejara de él.

 Y mientras Herodes agonizaba intentando conservar hasta el último fragmento de control, en alguna parte había un niño al que años antes había intentado destruir.

 Herodes había tenido palacios.

 El niño había tenido que huir.

 Herodes había tenido soldados.

 El niño había sido cargado por José.

 Herodes había tenido una corona.

 El niño ninguna.

 Pero finalmente el hombre que parecía poseerlo todo murió.

 Y el niño permaneció.

 La historia comenzaba a responder silenciosamente una pregunta que Herodes nunca pudo resolver:

 ¿quién de los dos poseía realmente el reino?

Referencias

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII, capítulos 6–8. Describe extensamente la enfermedad final de Herodes, sus tratamientos, la convocatoria de los principales hombres de Judea, su encierro, la orden de ejecutarlos después de su muerte, el episodio de Antípatro y la liberación final de los prisioneros.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I, capítulos 33–34. Contiene un relato paralelo de la enfermedad, el viaje a Callírroe y la orden relacionada con los hombres encerrados en el hipódromo.

Interpretación médica moderna: médicos que estudiaron retrospectivamente la descripción de Josefo han propuesto enfermedad renal crónica complicada por gangrena de Fournier; existen otras hipótesis médicas, por lo que no puede establecerse un diagnóstico definitivo dos mil años después.

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Dr. Elio M Rivera

 Al final quedaron dos historias.

 Dos reyes.

 Dos maneras completamente diferentes de relacionarse con el poder.

 Uno estaba en Jerusalén.

 El otro había nacido en Belén.

 Herodes vivía rodeado de aquello que los hombres suelen asociar con la grandeza. Tenía palacios, soldados, riquezas, fortalezas y el reconocimiento de Roma. Había aprendido a sobrevivir entre hombres poderosos y a conservar su posición cuando otros perdían la suya.

 Jesús no tenía nada de aquello.

 No nació dentro de un palacio.

 No hubo soldados formados alrededor de su cuna.

 Ningún representante de Roma acudió a reconocerlo.

 No hubo decreto del Senado.

 No hubo coronación.

 Solamente un niño.

 Y, sin embargo, aquellos hombres que llegaron desde Oriente hicieron una pregunta que puso frente a frente las dos historias:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.

 Herodes había conseguido ser rey.

 Jesús había nacido Rey.

 Uno había necesitado que Roma le entregara una corona.

 El otro había llegado sostenido por una promesa que había comenzado siglos antes.

 Uno pertenecía al mundo del poder.

 El otro pertenecía a la casa de David.

 Y quizá lo más sorprendente sea que Dios permitió que ambos coincidieran en el mismo momento de la historia.

 El Padre sabía quién era Herodes.

 Conocía sus temores.

 Conocía sus sospechas.

 Conocía su necesidad de controlar.

 Conocía lo que había ocurrido dentro de su propia familia.

 Conocía hasta dónde podía llegar cuando sentía amenazada su posición.

 Y precisamente en sus días envió a su Hijo.

 Eso dice mucho acerca de Dios.

 Porque Dios no esperó a encontrar un mundo digno de recibirlo.

 Lo envió al mundo que realmente existía.

 Un mundo de imperios.

 De esclavos.

 De soldados.

 De intrigas.

 De gobernantes inseguros.

 De familias que podían llorar por decisiones tomadas dentro de un palacio.

 Un mundo donde el poder podía utilizarse para proteger al poderoso, aunque otros tuvieran que sufrir.

 A ese mundo llegó el Hijo.

 Dos reyes: Corazones muy diferentes

Y entonces comenzaron a revelarse los dos corazones.

 Herodes recibió la noticia de otro rey y sintió temor.

 El Padre contempló un mundo lleno de hombres como Herodes y sintió compasión.

 Herodes, cuando sintió amenazado lo suyo, intentó conservarlo.

 El Padre, mirando nuestra necesidad, estuvo dispuesto a entregar lo suyo.

 Herodes construyó fortalezas para sentirse seguro.

 El Hijo entró en nuestra vulnerabilidad.

 Herodes levantó palacios.

 Jesús tuvo que ser llevado de un lugar a otro en brazos de sus padres.

 Herodes quería que los hombres reconocieran su grandeza.

 Jesús llegó sin exigir que nadie reconociera la suya.

 Herodes utilizó el miedo para conservar su reino.

 Dios utilizó el amor para acercarse al nuestro.

 Uno se aferraba.

 El otro se entregaba.

 Y mientras más contemplamos las dos historias, más grande se vuelve el contraste.

 Herodes construyó Masada.

 Construyó Herodión.

 Construyó Cesarea.

 Engrandeció el Templo.

 Movió piedras enormes.

 Modificó montañas.

 Levantó fortalezas que todavía pueden contemplarse.

 Parecía capaz de transformar el paisaje.

 Pero nunca consiguió transformar aquello que llevaba dentro.

 Podía levantar muros alrededor de una montaña.

 No podía levantar un muro suficientemente alto alrededor de su miedo.

 Podía llenar cisternas en medio del desierto.

 No podía llenar el vacío que lo obligaba a seguir protegiendo su posición.

 Podía engrandecer la casa de Dios.

 No podía obligar a su corazón a descansar en Dios.

 Y al final, aquel hombre que había intentado controlar tantas cosas terminó tendido sobre una cama, incapaz de controlar su propio cuerpo.

 Ni sus fortalezas pudieron ayudarlo.

 Ni Roma.

 Ni sus riquezas.

 Ni sus médicos.

 Ni sus soldados.

 Todavía intentó controlar una última cosa: las lágrimas que acompañarían su muerte.

 Quiso asegurarse de que Judea llorara cuando él muriera.

 Ni siquiera eso consiguió.

 Herodes murió.

 Sus órdenes terminaron.

 Sus soldados recibieron órdenes de otros.

 Su reino fue repartido.

 Sus palacios quedaron atrás.

 Y la corona que había protegido durante tantos años tuvo que quedarse en este mundo.

 Pero en alguna parte estaba aquel niño.

 El niño al que había temido.

 El niño por quien unos extranjeros habían preguntado.

 El niño que había tenido que salir de su tierra.

 El niño que había vivido por un tiempo en Egipto.

 Herodes murió.

 El niño permaneció.

 Y quizá solamente entonces podemos comprender la enorme diferencia entre aquellos dos reyes.

 No estaba únicamente en sus coronas.

 Estaba en sus corazones.

 Uno veía el poder como algo que debía conservar.

 El otro no necesitó aferrarse a ninguna demostración exterior de grandeza.

 Uno necesitaba eliminar aquello que amenazaba su posición.

 El otro había aceptado entrar vulnerable en un mundo peligroso.

 Uno quería que el mundo girara alrededor de su trono.

 El otro entró silenciosamente en el mundo que había venido a alcanzar.

 Herodes nos mostró lo que puede ocurrir cuando el corazón de un hombre queda dominado por el miedo de perder.

 Jesús comenzaba a mostrarnos algo completamente diferente:

 cómo es el corazón de Dios cuando ama.

 Y allí podemos terminar.

 No necesitamos avanzar todavía.

 No necesitamos llegar a Nazaret.

 No necesitamos escuchar todavía sus enseñanzas.

 No necesitamos contemplar sus milagros.

 No necesitamos adelantar ninguna otra página de su historia.

 Basta quedarnos por un momento mirando aquella escena.

 Un palacio comienza a quedar en silencio.

 Un rey acaba de morir.

 En alguna parte, una familia recibe la noticia de que el peligro ha terminado.

 José.

 María.

 Y el niño.

 Herodes había pasado su vida intentando asegurarse de que nadie le quitara su reino.

 Jesús apenas comenzaba la suya.

 Y detrás de aquel niño estaba el Padre.

 El Padre que había visto la oscuridad del mundo y no se alejó.

 El Padre que conocía a Herodes y aun así envió a su Hijo.

 El Padre que conocía Roma y aun así envió a su Hijo.

 El Padre que conocía Egipto y aun así permitió que su Hijo entrara allí.

 El Padre que escuchó el llanto de Belén.

 El Padre que contempló nuestro mundo tal como realmente era.

 Y decidió acercarse.

 Tal vez esa sea la revelación más grande de toda esta historia.

 Para conocer el corazón de Herodes, basta observar cuánto estuvo dispuesto a destruir para conservar aquello que amaba.

 Para comenzar a conocer el corazón de Dios, basta observar hasta dónde estuvo dispuesto a enviar a su Hijo para recuperar aquello que amaba.

 Dos reyes.

 Dos corazones.

 Uno construyó su vida alrededor del temor de perder su reino.

 El otro entró en nuestro mundo porque el Padre no quería perdernos a nosotros.

Referencias

2 Samuel 7:12–16; Miqueas 5:2; Mateo 1:1; 2:1–23; Lucas 1:32–33; Gálatas 4:4–5; Juan 1:9–14; 3:16–17.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XVII; La guerra de los judíos, libro I. Estas obras proporcionan el contexto histórico del ascenso, reinado, construcciones, conflictos familiares y muerte de Herodes que acompaña el relato evangélico.

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Dr. Elio M Rivera

 Herodes había muerto.

 Durante décadas una palabra suya había podido levantar edificios, movilizar soldados, encarcelar hombres o decidir quién viviría y quién moriría.

 Ahora guardaba silencio.

 Pero todavía faltaba una última demostración de grandeza.

 Su funeral.

 Arquelao, su hijo, preparó para su padre unas exequias dignas de un rey. Flavio Josefo describe un cortejo cuidadosamente organizado, casi como si Herodes hubiera querido abandonar este mundo de la misma manera en que había vivido en él: rodeado de poder, riqueza y magnificencia.

 El cuerpo fue colocado sobre un féretro de oro adornado con piedras preciosas.

 Lo cubrieron con púrpura.

 Sobre su cabeza colocaron una diadema y, encima de ella, una corona de oro.

 En su mano derecha pusieron un cetro.

 Muerto, todavía fue vestido para parecer rey.

 Alrededor del féretro caminaron sus hijos y sus familiares. Después avanzaron sus guardias y tropas, incluidos contingentes que Josefo identifica como tracios, germanos y galos, vestidos con sus equipos militares. Detrás marchaba el resto del ejército.

 Y después vinieron los perfumes.

 Josefo habla de quinientos servidores llevando especias aromáticas destinadas a honrar al rey muerto.

 Debió de ser una escena impresionante.

 El brillo del oro.

 La púrpura.

 La corona.

 El cetro.

 Los soldados marchando.

 El olor de las especias.

 Los hijos del rey caminando detrás del cuerpo de su padre.

 Y en medio de toda aquella magnificencia, un cadáver.

 Ya no podía contemplar el cortejo.

 No podía escuchar las pisadas de sus soldados.

 No podía disfrutar el aroma de los perfumes.

 No podía sentir la corona colocada sobre su cabeza.

 No podía sostener el cetro que habían puesto en su mano.

 Aquellos símbolos continuaban diciendo:

 rey.

 Pero el hombre que los había perseguido y defendido durante toda su vida ya no podía hacer nada con ellos.

 El cortejo emprendió entonces el camino hacia el lugar que Herodes había escogido para su sepultura.

 Herodión.

 Qué lugar tan apropiado para terminar su historia.

 Herodes había transformado aquella elevación cerca de Belén hasta convertirla en una montaña monumental. Había levantado allí un palacio-fortaleza, torres, baños, jardines, edificios y espacios destinados a exhibir la grandeza de su reino.

 Incluso el lugar llevaba su nombre.

 Herodión.

 El Herodion, la morada final del rey Herodes

Y allí, según Josefo, fue sepultado.

 El hombre que había puesto su nombre sobre una montaña terminó siendo colocado dentro de ella.

 Pasaron los años.

 Después las décadas.

 Después los siglos.

 Roma cambió.

 Los ejércitos desaparecieron.

 Los descendientes de Herodes dejaron de gobernar.

 Su magnífico Templo fue destruido.

 Sus palacios quedaron abandonados.

 Las paredes comenzaron a caer.

 El viento atravesó habitaciones donde alguna vez caminaron reyes.

 Herodión se convirtió lentamente en ruinas.

 Y durante casi dos mil años nadie supo exactamente dónde dentro de aquel enorme complejo había sido enterrado el hombre que había querido que su nombre fuera recordado.

 Hasta que, en 2007, después de décadas buscando su sepultura, el arqueólogo Ehud Netzer anunció haber localizado en la ladera de Herodión los restos de lo que identificó como el mausoleo de Herodes.

 Allí aparecieron los restos de una construcción funeraria monumental y fragmentos de varios sarcófagos. Uno de ellos, elaborado en piedra caliza rojiza y decorado con rosetas, había sido violentamente destrozado en la antigüedad.

 Netzer consideró que aquel sarcófago había pertenecido al rey.

 No apareció una inscripción que dijera «Herodes», por lo que la identificación exacta del sarcófago no puede considerarse absolutamente demostrada y algunos especialistas han expresado reservas. Sin embargo, la localización, monumentalidad y características del conjunto llevaron a Netzer y a otros arqueólogos a identificar el lugar como la probable tumba real que durante siglos se había buscado.

 Y hay algo profundamente conmovedor al contemplar hoy aquellas ruinas.

 Herodes quiso dejar su nombre sobre la tierra.

 Y lo consiguió.

 Todavía pronunciamos su nombre.

 Todavía podemos caminar por Cesarea.

 Todavía podemos subir a Masada.

 Todavía podemos contemplar Herodión.

 Todavía pueden tocarse algunas de las enormes piedras colocadas durante su reinado.

 Pero ya no son palacios llenos de música.

 Son ruinas.

 Las habitaciones están vacías.

 Las columnas están quebradas.

 Los soldados desaparecieron.

 Los jardines se secaron.

 El oro se perdió.

 La corona desapareció.

 El cetro desapareció.

 El féretro desapareció.

 Y del hombre que quiso controlar tantas cosas no quedó ningún poder que pudiera conservar.

 No sabemos qué ocurrió exactamente con sus restos mortales a través de los siglos, por lo que no sería históricamente correcto afirmar literalmente que hoy sólo quedan sus cenizas.

 Pero la realidad es todavía más contundente:

 Herodes volvió al polvo.

 La corona que tanto protegió no pudo acompañarlo.

 El reino que tanto defendió pasó a otras manos.

 Las fortalezas en las que buscó seguridad no pudieron protegerlo de la muerte.

 Y la montaña que levantó para perpetuar su memoria terminó guardando las ruinas de su tumba.

 Tal vez esa sea la última imagen que debemos conservar de Herodes.

 No el rey sentado en su trono.

 No el constructor contemplando sus ciudades.

 No el hombre dando órdenes desde su palacio.

 Sino un cortejo avanzando lentamente hacia Herodión.

 Delante iba el cuerpo de un hombre vestido todavía como rey.

 Detrás marchaban soldados que ya no podían protegerlo.

 Sobre su cabeza llevaba una corona que ya no podía conservar.

 En su mano llevaba un cetro con el que ya no podía gobernar.

 Y delante de todos ellos esperaba una tumba.

 Herodes había pasado su vida intentando que nada le fuera quitado.

 Al final tuvo que dejarlo todo.

 Su palacio.

 Su ejército.

 Sus riquezas.

 Sus fortalezas.

 Su título.

 Su corona.

 Su reino.

 Hasta su propio cuerpo.

 Y después de tanta grandeza, tanto miedo, tanta lucha y tanto esfuerzo por permanecer…

 el rey terminó en una tumba y sus monumentos terminaron en ruinas.

 Las piedras sobrevivieron al hombre que las levantó.

 Y quizá ése sea el último sermón silencioso de Herodión:

 podemos pasar toda una vida construyendo algo para que nuestro nombre permanezca, y descubrir al final que ninguna obra humana puede impedir que volvamos al polvo del que fuimos formados.

Referencias

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII; La guerra de los judíos, libro I. Josefo describe el funeral real de Herodes, el féretro, la púrpura, la corona, el cetro, el cortejo militar, las especias y su sepultura en Herodión.

Arqueología de Herodión. En 2007, Ehud Netzer anunció el descubrimiento de un complejo funerario que identificó como la tumba de Herodes. La identificación general cuenta con apoyo arqueológico importante, aunque la atribución exacta del sarcófago rojizo a Herodes no está demostrada mediante una inscripción.

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