Dr. Elio M Rivera
Abraham, Judá y David — La línea se va estrechando
Textos clave: Génesis 22:18; Génesis 49:10; 2 Samuel 7:12-16
La primera promesa había sido amplia y misteriosa. Después de la caída, Dios había anunciado que vendría la simiente de la mujer. Alguien aparecería dentro de la humanidad y finalmente vencería a la serpiente.
Pero Génesis 3:15 todavía dejaba muchas preguntas.
¿De dónde vendría?
¿De qué pueblo?
¿De qué familia?
¿Quién sería?
Con el paso de las generaciones, Dios comenzó a revelar nuevos detalles. La promesa no cambió; se hizo cada vez más específica.
Primero, la humanidad.
Después, Abraham.
Después, Judá.
Después, David.
La línea se iba estrechando.

Dios indicó claramente de donde vendría la simiente que le pisaría la cabeza al enemigo de la raza humana
De todas las naciones, Dios señaló la descendencia de Abraham
Muchos siglos después de Adán y Eva, Dios llamó a un hombre llamado Abraham y comenzó con él una historia extraordinaria.
Dios le prometió descendencia y le anunció que, por medio de ella, la bendición alcanzaría mucho más allá de su propia familia.
Después de la prueba en la que Abraham estuvo dispuesto a ofrecer a Isaac, Dios declaró:
«En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.»
Génesis 22:18, RVR1960
La palabra simiente vuelve a aparecer.
En Génesis 3 habíamos escuchado acerca de la simiente de la mujer.
Ahora escuchamos acerca de la simiente de Abraham.
La promesa comienza a tomar forma.
El que vendría pertenecería a la descendencia de Abraham, pero su influencia no estaría limitada a una sola nación.
Todas las naciones de la tierra serían bendecidas en su simiente.
Mucho tiempo después, el Nuevo Testamento identificaría directamente a Cristo con esta promesa:
«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.»
Gálatas 3:16, RVR1960
Lo que en Génesis aparecía como una promesa que atravesaría generaciones, el Nuevo Testamento nos permite contemplarlo con claridad:
la línea conducía a Jesucristo.
De los descendientes de Abraham, Dios señaló a Judá
Abraham tuvo a Isaac.
Isaac tuvo a Jacob.
Jacob tuvo doce hijos.
De ellos surgirían las doce tribus de Israel.
La pregunta se vuelve entonces todavía más específica.
¿De cuál de aquellas tribus vendría?
Antes de morir, Jacob reunió a sus hijos y pronunció palabras proféticas sobre ellos. Cuando llegó a Judá declaró:
«No será quitado el cetro de Judá,
Ni el legislador de entre sus pies,
Hasta que venga Siloh;
Y a él se congregarán los pueblos.»
Génesis 49:10, RVR1960
Ahora aparece otro elemento.
Un cetro.
La promesa comienza a adquirir características reales.
Ya no solamente esperamos a alguien que vencerá a la serpiente.
Ya no solamente sabemos que vendrá de Abraham.
Ahora sabemos que estará relacionado con Judá y con el gobierno.
El cetro representa autoridad real.
De las doce tribus, una comienza a sobresalir en la línea de la promesa:
Judá.
Siglos después, el Nuevo Testamento confirmaría esta procedencia de Jesucristo:
«Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá.»
Hebreos 7:14, RVR1960
La línea se ha estrechado nuevamente.
De la humanidad:
la descendencia de Abraham.
De la descendencia de Abraham:
Israel.
De las tribus de Israel:
Judá.
Pero Dios todavía revelaría algo más.
De Judá, Dios señaló la casa de David
Pasaron generaciones.
De la tribu de Judá surgió una familia y, dentro de ella, un joven pastor llamado David.
Dios lo levantó como rey de Israel.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Dios hizo a David una promesa que llevaría la expectativa mesiánica a un nivel todavía más específico.
«Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino.»
2 Samuel 7:12, RVR1960
La promesa tenía un cumplimiento inmediato relacionado con la descendencia de David, pero sus palabras también proyectaban la esperanza hacia un reino extraordinario.
«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.»
2 Samuel 7:16, RVR1960
Ahora tenemos otra pieza.
Un trono.
Primero apareció la simiente.
Después apareció el cetro.
Ahora aparece el trono.
Y no cualquier trono.
La expectativa se vuelve cada vez más clara: el que vendría sería descendiente de David y tendría un reino relacionado con una promesa de permanencia eterna.
Siglos después, Gabriel utilizaría el mismo lenguaje
Aquí encontramos una conexión extraordinaria con la Encarnación.
Pasaron siglos desde que Dios hizo aquella promesa a David.
Reyes aparecieron y desaparecieron.
Israel atravesó guerras, divisiones, invasiones y cautiverios.
Llegó incluso el momento en que ya no había un descendiente de David gobernando sobre el trono de Israel.
Humanamente, podía parecer que la antigua promesa había quedado en el pasado.
Hasta que un día Dios envió al ángel Gabriel a una pequeña población de Galilea llamada Nazaret.
Gabriel apareció delante de María y le habló del hijo que concebiría:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»
Lucas 1:32, RVR1960
El trono de David.
Las palabras pronunciadas siglos antes reaparecen en el anuncio de Gabriel.
Y Gabriel continuó:
«Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:33, RVR1960
Ahora comparemos las dos declaraciones.
A David se le había prometido:
«Tu trono será estable eternamente.»
A María se le anunció:
«Su reino no tendrá fin.»
La antigua promesa estaba llegando a su cumplimiento.
La Biblia va cerrando el círculo
Al observar estas profecías juntas podemos ver una progresión extraordinaria.
En el Edén:
Vendrá de la mujer.
Con Abraham:
Vendrá de su simiente y traerá bendición a las naciones.
Con Jacob:
Vendrá de Judá y tendrá el cetro.
Con David:
Vendrá de su linaje y tendrá un reino eterno.
Cada revelación reduce las posibilidades.
La línea se estrecha.
Dios no reveló toda la historia de una sola vez. Fue colocando una señal tras otra a lo largo de las Escrituras.
Era como si cada nueva profecía respondiera una pregunta y al mismo tiempo preparara la siguiente.
Sabemos que vendrá.
Ahora sabemos de qué pueblo.
Sabemos de qué tribu.
Sabemos de qué casa.
Pero todavía falta algo extraordinario.
¿Cómo entrará en el mundo?
La promesa todavía guardaba un misterio
Hasta este momento, alguien que hubiera seguido las profecías podría haber comprendido que esperaba a un descendiente de Abraham, de la tribu de Judá y de la casa de David.
Pero todavía no sabía cómo ocurriría su nacimiento.
Todavía no sabía que Dios anunciaría algo que parecía humanamente imposible.
Todavía no sabía que una joven virgen sería escogida.
Todavía no había escuchado el nombre Emanuel.
Eso vendría después.
Porque la línea profética todavía tenía que estrecharse mucho más.
De la humanidad a Abraham.
De Abraham a Israel.
De Israel a Judá.
De Judá a David.
Y un día, de entre las jóvenes de Israel, la historia llegaría hasta una virgen.
Siglos antes de que Gabriel entrara en aquella casa de Nazaret, otro profeta añadiría una pieza extraordinaria al misterio.
Su nombre era Isaías.
Y su anuncio llevaría la promesa de la Encarnación mucho más lejos:
«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo…»
La promesa seguía tomando forma.
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