05. Un niño nos es nacido… pero es Dios Fuerte

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Isaías 9:6-7

«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.»
Isaías 9:6, RVR1960

 Isaías acababa de introducir una idea sorprendente: una virgen concebiría y aquel hijo sería llamado Emanuel: Dios con nosotros.

 Pero el profeta no terminó allí.

 En otra de sus grandes profecías colocó juntas dos expresiones que parecen imposibles de unir:

 «Un niño nos es nacido…»

 y:

 «Dios Fuerte.»

 Jesús abrazo la fragilidad humana pero nunca dejó de ser Dios fuerte

Un niño podía ser cargado en los brazos de su madre.

 Dios Fuerte no necesita que nadie lo sostenga.

 Un niño depende de otros para alimentarse, protegerse y abrigarse.

 Dios Fuerte sostiene todas las cosas.

 Sin embargo, Isaías habló de ambos en la misma profecía.

 Ese es el misterio que debemos contemplar.

Un niño nos es nacido

 Isaías no dijo solamente que aparecería un gran gobernante. Habló de un nacimiento.

 «Un niño nos es nacido.»

 Sería pequeño.

 Tendría un cuerpo humano.

 Podría ser envuelto.

 Podría ser cargado.

 Podría dormir.

 Podría crecer.

 Lucas describiría posteriormente a Jesús precisamente de esa manera:

«Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.»
Lucas 2:40, RVR1960

 Su humanidad no sería una apariencia.

 Realmente sería un niño.

 Pero Isaías añadió inmediatamente otra expresión:

 «Hijo nos es dado.»

 El niño nace.

 El Hijo es dado.

 Dos expresiones colocadas una junto a la otra que, vistas desde el Nuevo Testamento, adquieren una profundidad extraordinaria.

 Jesús nacería como niño, pero el Hijo no comenzaría a existir en el momento de su nacimiento.

 Mucho después, Juan escribiría:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…»
Juan 3:16, RVR1960

 Isaías había escrito:

 «Hijo nos es dado.»

El niño llevaría el gobierno sobre sus hombros

 Isaías continúa:

«…y el principado sobre su hombro…»

 Aquel niño no permanecería para siempre en la fragilidad propia de la infancia.

 Había nacido para reinar.

 La imagen es poderosa: el gobierno descansaría sobre sus hombros.

 No sería simplemente otro gobernante dentro de una larga sucesión de reyes. El siguiente versículo amplía la profecía:

«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino…»
Isaías 9:7, RVR1960

 Aquí aparece nuevamente David.

 Pero Isaías añade algo que ningún rey humano había conseguido:

 «No tendrán límite.»

 Un reino que no termina.

 Una paz que no termina.

 Un trono establecido con justicia.

 Y siglos después, cuando Gabriel hablara con María, utilizaría un lenguaje sorprendentemente parecido:

«Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:33, RVR1960

 Gabriel no estaba anunciando simplemente el nacimiento de un bebé.

 Estaba anunciando la llegada de un Rey.

¿Cómo se llamará este niño?

 Entonces Isaías comienza a describirlo.

«…y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.»

 Cada expresión merece atención.

 Admirable.

 Hay algo en Él que provoca asombro. Su persona y su obra superarían las categorías ordinarias con las que los hombres entendían a sus gobernantes.

 Consejero.

 No dependería de la sabiduría de otros para saber cómo gobernar. La sabiduría caracterizaría su reino.

 Príncipe de Paz.

 Su gobierno estaría relacionado con una paz que ningún imperio humano había logrado establecer permanentemente.

 Pero en medio de esos nombres aparecen dos expresiones extraordinarias:

 Dios Fuerte.

 Padre Eterno.

 ¿Cómo puede un niño recibir semejantes títulos?

Dios Fuerte

 Aquí debemos detenernos.

 Isaías utiliza la expresión «Dios Fuerte».

 Y lo extraordinario es que el propio Isaías vuelve a utilizar prácticamente la misma expresión en el capítulo siguiente al hablar inequívocamente de Dios:

«El remanente volverá, el remanente de Jacob volverá al Dios fuerte.»
Isaías 10:21, RVR1960

 Esto hace que Isaías 9:6 resulte todavía más impresionante.

 El profeta no está utilizando una descripción pequeña para engrandecer a un gobernante humano.

 Al niño anunciado le atribuye un título que el mismo libro utiliza para referirse a Dios.

 El niño es llamado Dios Fuerte.

 Aquí la identidad del Mesías comienza a revelarse con una claridad sorprendente.

 El que sería verdaderamente niño sería también verdaderamente Dios.

La paradoja que un día podría contemplarse

 Cuando finalmente naciera, quienes miraran al niño solamente con sus ojos verían un bebé.

 Pero la profecía exigía mirar mucho más profundamente.

 Sus pequeñas manos no revelarían a simple vista quién era.

 Su rostro infantil no mostraría exteriormente toda su grandeza.

 Su dependencia de María no eliminaría su identidad.

 Isaías había dejado escrito quién era aquel niño mucho antes de que pudiera ser contemplado.

 Dios Fuerte.

 Aquí encontramos una de las maravillas de la Encarnación.

 No necesitamos disminuir su humanidad para defender su divinidad.

 Tampoco necesitamos disminuir su divinidad para afirmar su humanidad.

 La profecía mantiene ambas realidades juntas.

 Niño.

 Dios Fuerte.

 No mitad hombre y mitad Dios.

 No un hombre que posteriormente llegaría a convertirse en Dios.

 No Dios fingiendo ser hombre.

 Verdaderamente hombre y verdaderamente Dios.

Padre Eterno

 Isaías añade:

 «Padre Eterno.»

 Esta expresión debe entenderse cuidadosamente. No significa que el Hijo sea la misma Persona que el Padre. La Escritura distingue al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

 El título habla de la naturaleza y del gobierno de aquel niño: no sería un gobernante temporal cuya vida terminaría y cuyo reino pasaría a otro.

 En Él hay eternidad.

 Los reyes humanos nacen, gobiernan durante algunos años y mueren.

 Este Rey sería diferente.

 Por eso el versículo siguiente puede hablar de un reino sin límite.

 Su gobierno no dependería de encontrar un sucesor.

 El Rey mismo permanece.

El pesebre no nos diría toda la verdad

 Esto será importante cuando lleguemos a Belén.

 Si alguien hubiera entrado al lugar donde Jesús había nacido y solamente hubiera observado lo que tenía delante, habría visto a un niño.

 Nada en aquella escena obligaría visualmente a pensar en un Rey eterno.

 Por eso necesitamos las profecías.

 Las circunstancias de su nacimiento podrían decir:

 niño.

 Isaías decía:

 Dios Fuerte.

 Sus pañales podrían hablar de fragilidad.

 Isaías hablaba de:

 un principado sobre sus hombros.

 El lugar de su nacimiento podía parecer insignificante.

 Isaías hablaba de:

 un reino cuya paz no tendría límite.

 La apariencia y la identidad parecían estar en extremos opuestos.

 Y precisamente allí encontramos una de las maravillas de la Encarnación.

Niño y Dios Fuerte

 Isaías había presentado algo que solamente siglos después comenzaría a comprenderse plenamente.

 El Mesías no sería únicamente un descendiente de David que ocuparía un trono.

 No sería solamente otro profeta.

 No sería simplemente un hombre extraordinariamente cercano a Dios.

 El niño anunciado llevaba un título imposible de ignorar:

 Dios Fuerte.

 Un día María tendría en sus brazos a un bebé verdadero.

 Tendría que alimentarlo.

 Tendría que protegerlo del frío.

 Lo vería dormir.

 Lo vería crecer.

 Pero la identidad de aquel niño no podía determinarse solamente por lo que los ojos podían observar.

 Siglos antes, Isaías ya había escrito sobre Él:

 «Un niño nos es nacido…»

 Y en la misma declaración:

 «Dios Fuerte.»

 Dos realidades aparentemente imposibles de colocar juntas.

 Pero precisamente allí comenzamos a comprender la Encarnación:

 el niño que nacería sería Dios Fuerte.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.