Dr. Elio M. Rivera
Otra vez tengo que hacer aquella pregunta que durante tantos años me acompañó:
¿La vida es bella?
Pregúnteselo a una persona que perdió su casa por causa de una guerra.
Pregúnteselo a quien trabajó durante treinta años para levantar un negocio y un día tuvo que abandonarlo todo.
Pregúnteselo a una familia que salió de su hogar llevando solamente lo que podía cargar entre sus manos.
Pregúnteselo a un anciano que terminó viviendo como refugiado después de haber tenido casa, familia, vecinos y una vida construida durante décadas.
Pregúnteselo al niño que perdió a sus padres.
Pregúnteselo a la madre que no sabe dónde está su hijo.
Pregúnteselo al soldado que regresó a casa sin una parte de su cuerpo.
Pregúnteselo al hombre que sobrevivió mientras algunos de sus compañeros murieron a su lado y que durante años continúa despertándose en medio de la noche recordando lo que vivió.
Pregúnteles:

¿La guerra es bella?
Seguramente la respuesta será muy diferente.
Porque pocas cosas muestran tan claramente la horrible cara de El imperio de la muerte como una guerra.
Cuando Caín se convirtió en un ejército
En el capítulo anterior contemplamos algo terrible.
Caín levantó su mano contra Abel.
Un hombre contra otro hombre.
Un hermano contra otro hermano.
Pero el pecado no se detuvo allí.
Con el tiempo, la humanidad aprendió a hacer algo todavía más destructivo:
organizar la violencia.
Ya no sería solamente un hombre levantando su mano contra otro.
Serían cientos.
Miles.
Después cientos de miles.
Hombres organizados en ejércitos.
Naciones enfrentándose contra naciones.
Pueblos invadiendo pueblos.
Reyes conquistando territorios.
Imperios extendiendo sus fronteras mediante la fuerza.
La violencia dejó de ser solamente individual.
Se convirtió en violencia organizada.
El hombre aprendió a entrenar ejércitos.
A fabricar armas.
A construir fortificaciones.
A diseñar estrategias.
A conquistar ciudades.
A destruir infraestructura.
A bloquear caminos.
A sitiar poblaciones.
A utilizar enormes cantidades de recursos, inteligencia y tecnología para descubrir maneras cada vez más eficaces de derrotar a otros seres humanos.
El imperio de la muerte había aprendido a hacer la guerra.
¿De dónde vienen las guerras?
Santiago hizo una pregunta extraordinaria:
«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Podríamos responder hablando de fronteras.
Territorios.
Recursos.
Economía.
Política.
Ideologías.
Ambiciones nacionales.
Venganza.
Seguridad.
Pero Santiago va mucho más profundo.
«¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?»
Santiago 4:1, RVR1960
Y continúa:
«Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar…»
Santiago 4:2, RVR1960
Santiago lleva nuevamente el problema hasta el corazón humano.
Antes de existir una guerra afuera, algo ya estaba ocurriendo adentro.
Ambición.
Codicia.
Orgullo.
Envidia.
Deseo de dominio.
Odio.
Venganza.
La guerra que comenzó dentro del hombre terminó convirtiéndose en guerra entre los hombres.
Y cuando quienes poseen esas mismas pasiones tienen además poder político, ejércitos y armas, las consecuencias pueden alcanzar a naciones enteras.
La guerra destruye mucho más que soldados
Cuando escuchamos la palabra «guerra», podemos imaginar dos ejércitos enfrentándose.
Pero una guerra es muchísimo más que eso.
Detrás de cada soldado existe una familia.
Hay una madre esperando una llamada.
Una esposa esperando noticias.
Un esposo.
Unos hijos.
Un padre.
Una casa donde alguien dejó una silla vacía.
Y alrededor del campo de batalla existe una población completa intentando sobrevivir.
La guerra puede destruir en días lo que generaciones tardaron décadas en construir.
Casas.
Escuelas.
Hospitales.
Negocios.
Carreteras.
Puentes.
Cultivos.
Fuentes de trabajo.
Comunidades enteras.
Una familia puede acostarse una noche dentro de su propia casa y poco tiempo después convertirse en refugiada.
El empresario puede perder su negocio.
El trabajador puede perder su empleo.
El agricultor puede abandonar su tierra.
El anciano puede perder la casa donde esperaba terminar sus días.
El niño puede dejar su escuela.
La familia puede separarse.
Y personas que jamás tomaron la decisión de comenzar aquella guerra terminan pagando algunas de sus consecuencias más dolorosas.
Esa es una de las tragedias de la guerra:
quienes deciden comenzarla no siempre son quienes más sufren por ella.
«¿Cuándo me tocará a mí?»
Hay además un enemigo invisible que acompaña a prácticamente todas las guerras:
el miedo.
Imagine vivir escuchando constantemente noticias de ataques.
Imagine no saber si mañana continuará en su casa.
Imagine escuchar una alarma y preguntarse qué ocurrirá.
Imagine acostar a sus hijos sin poder prometerles que estarán seguros.
Imagine despedirse de alguien sin saber si volverá a verlo.
Y pensemos también en el soldado.
Podemos hablar de uniformes, banderas, estrategias y victorias.
Pero debajo del uniforme continúa existiendo un ser humano.
Tiene miedo.
Tiene familia.
Tiene sueños.
Quiere regresar a casa.
Puede ver morir a compañeros con quienes comió, conversó y compartió meses o años.
Y en algún momento puede aparecer inevitablemente aquella pregunta:
¿Cuándo me sucederá a mí?
Algunos regresarán.
Pero no todos regresarán iguales.
Unos volverán con lesiones permanentes.
Otros con limitaciones físicas.
Otros aparentemente completos por fuera, pero profundamente heridos por dentro.
Hay guerras que terminan oficialmente en una fecha determinada.
Pero para algunas personas la guerra continúa durante años dentro de su mente.
Pesadillas.
Sobresaltos.
Culpa.
Ansiedad.
Miedo.
Dolor por los compañeros que no regresaron.
El campo de batalla puede quedar a miles de kilómetros.
Pero algunas de sus heridas regresan a casa con el soldado.
Los niños también pagan guerras que nunca comenzaron
Quizá una de las imágenes más difíciles de aceptar es la de los niños afectados por una guerra.
Ellos no discutieron las fronteras.
No diseñaron estrategias militares.
No votaron las decisiones.
No pronunciaron discursos.
No ordenaron ataques.
No comenzaron el conflicto.
Y sin embargo pueden perderlo todo.
Su casa.
Su escuela.
Sus amigos.
Su estabilidad.
Su padre.
Su madre.
En algunos casos, ambos.
Un niño que debería estar pensando en jugar puede comenzar a pensar en sobrevivir.
Un anciano que debería terminar sus días rodeado de recuerdos puede encontrarse viviendo lejos de su hogar.
Una madre puede convertirse repentinamente en responsable absoluta de una familia.
Un padre puede despedirse sin saber si volverá.
Aparecen viudas.
Huérfanos.
Refugiados.
Desplazados.
Heridos.
Personas traumatizadas.
Familias fragmentadas.
Generaciones completas pueden continuar cargando las consecuencias mucho después de que los gobernantes hayan firmado la paz.
La guerra termina en los documentos antes de terminar en las personas.
Regresemos nuevamente al huerto
Ahora hagamos lo que hemos estado haciendo durante toda esta serie.
Regresemos al principio.
Busquemos los ejércitos del Edén.
No existen.
Busquemos las armas.
No existen.
Busquemos las fronteras.
No existen.
Busquemos los refugiados.
No existen.
Busquemos ciudades destruidas.
No existen.
Busquemos soldados mutilados.
No existen.
Busquemos madres esperando que sus hijos regresen de la guerra.
No existen.
Busquemos niños huérfanos por causa de un conflicto.
No existen.
Busquemos cementerios militares.
No existen.
¿Por qué?
Porque Dios no creó al hombre para hacer la guerra contra el hombre.
Adán no necesitaba conquistar el huerto.
Dios se lo había entregado.
No necesitaba matar a otro hombre para obtener recursos.
Dios proveía abundantemente.
No necesitaba extender una frontera.
No tenía enemigos humanos.
No necesitaba demostrar que era superior a otro pueblo.
La humanidad era una familia.
El hombre estaba en paz con Dios.
En paz consigo mismo.
En paz con la mujer.
En paz con la creación.
No culpemos a Dios por nuestras guerras
Cuando contemplamos una ciudad destruida es comprensible que alguien pregunte:
¿Dónde está Dios?
Pero también deberíamos preguntarnos:
¿Quién comenzó la guerra?
¿Quién dio la orden?
¿Quién decidió invadir?
¿Quién disparó?
¿Quién quiso conquistar?
¿Quién alimentó el odio?
¿Quién decidió que determinado territorio, recurso, ideología o ambición valía más que la vida humana?
No podemos alejarnos de Dios, ignorar sus mandamientos, despreciar el valor de la vida, odiarnos, codiciar lo que pertenece a otros, levantar ejércitos, destruirnos y después contemplar las ruinas preguntando:
¿Por qué Dios hizo esto?
Dios no diseñó la guerra.
Nosotros aprendimos a hacerla.
Y la hemos perfeccionado terriblemente.
Cada generación ha encontrado nuevas maneras de aumentar la capacidad de destrucción de la anterior.
Eso no demuestra lo lejos que ha llegado el sueño original de Dios.
Demuestra lo lejos que nosotros nos alejamos de él.
Pero viene un Rey que terminará con las guerras
Afortunadamente, la historia no termina con ejércitos marchando eternamente unos contra otros.
La Biblia anuncia algo extraordinario.
Isaías contempló proféticamente un tiempo en el que las naciones:
«…volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.»
Isaías 2:4, RVR1960
Me impresiona especialmente la última frase:
«ni se adiestrarán más para la guerra».
Llegará un día cuando nadie tendrá que aprender a matar a otro ser humano.
Las armas perderán su propósito.
Los instrumentos construidos para destruir podrán convertirse en instrumentos para producir.
La energía que utilizábamos para prepararnos para la guerra podrá utilizarse para cultivar vida.
Y todo esto está relacionado con el gobierno de Aquel que Isaías llamó:
«Príncipe de Paz.»
Isaías 9:6, RVR1960
El mismo profeta anunció acerca de su gobierno:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite…»
Isaías 9:7, RVR1960
Piense en esas palabras:
la paz no tendrá límite.
Hemos conocido guerras sin límite.
Gastos militares enormes.
Generaciones enfrentadas.
Siglos de conflictos.
Pero el Reino de Jesucristo promete algo que ningún imperio humano ha conseguido:
paz verdadera.
No solamente una tregua.
No solamente dos ejércitos dejando temporalmente de dispararse.
No solamente un documento firmado mientras ambos lados continúan odiándose.
Paz.
La guerra tendrá un último día
Hoy todavía cerramos los ojos y escuchamos noticias de guerras.
Todavía existen soldados que se despiden de sus familias.
Todavía existen madres esperando que regresen.
Todavía existen niños desplazados.
Todavía existen ciudades destruidas.
Todavía existen personas preguntándose:
«¿Cuándo me sucederá a mí?»
Eso es El imperio de la muerte.
Pero no será eterno.
Jesucristo vino a recuperar lo que el pecado destruyó.
Y llegará el día cuando las naciones ya no aprenderán a hacer la guerra.
Imagine por un momento ese mundo.
Ninguna madre recibirá la noticia de que su hijo murió en combate.
Ningún soldado regresará mutilado.
Ningún niño se convertirá en refugiado.
Ningún anciano perderá su casa porque dos naciones decidieron enfrentarse.
Ninguna familia tendrá que correr llevando en una maleta todo lo que pudo rescatar de su vida.
Nadie escuchará una alarma anunciando un ataque.
Nadie tendrá que preguntarse durante la noche:
«¿Estaremos vivos mañana?»
Las naciones dejarán de aprender el arte de destruirse.
Porque estarán bajo el gobierno del Príncipe de Paz.
Entonces podremos mirar hacia atrás y comprender hasta qué punto la guerra pertenecía a un mundo enfermo por el pecado.
En el Edén no existía.
En El imperio de la muerte aprendimos a practicarla.
Pero en el Reino de Jesucristo llegará el día cuando la humanidad finalmente podrá decir:
La última guerra terminó.
Y esta vez…
nadie tendrá que prepararse para la siguiente.
