Dr. Elio M. Rivera
Hay una pregunta que millones de personas se hacen prácticamente todos los días:
¿Tendré suficiente?
Suficiente para comer.
Suficiente para pagar la casa.
Suficiente para mantener a mis hijos.
Suficiente para pagar una enfermedad.
Suficiente para llegar a fin de mes.
Suficiente para cuando sea anciano.
Suficiente para sobrevivir si pierdo mi trabajo.
Suficiente para enfrentar lo que pueda ocurrir mañana.
Y detrás de muchas de esas preguntas existe algo mucho más profundo que el dinero.
Existe miedo.
Miedo al futuro.
Miedo a perder.
Miedo a no tener.
Miedo a quedarse solo.
Miedo a enfermarse.
Miedo a envejecer sin recursos.
Miedo a no poder proteger a quienes amamos.
Entonces ocurrió algo extraordinario en la historia del hombre caído:
comenzamos a buscar en el dinero la seguridad que originalmente encontrábamos en Dios.
En el Edén nadie preguntaba cuánto dinero tenía
Regresemos nuevamente al principio.
¿Cuánto dinero tenía Adán?
Nada.
¿Cuánto dinero tenía Eva?
Nada.
¿Cuánto tenían ahorrado?
Nada.
¿Cuál era su salario?
No tenían salario.
¿Cuánto dinero necesitaban para comer?
Ninguno.
Y, sin embargo, no eran pobres.
Tenían abundancia.
Dios había preparado primero el lugar donde vivirían.
Había agua.
Había alimento.
Había trabajo.
Había propósito.
Había compañía.
Había seguridad.
Había provisión.
La Escritura dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»
Génesis 2:9, RVR1960
Antes de crear al hombre, Dios había preparado su casa.
El hombre no despertaba por la mañana preguntándose:
¿Cómo voy a sobrevivir hoy?
Vivía dependiendo de su Creador.
Su seguridad no estaba depositada en una cuenta.
Estaba depositada en Dios.
Pero después de la caída el mundo cambió.
El hombre salió del huerto.
La tierra produciría con dificultad.
Aparecieron el cansancio, la incertidumbre y la lucha por sobrevivir.
Y con el desarrollo de la sociedad aparecería una herramienta extraordinariamente útil:
el dinero.
El problema no fue el dinero.
El problema comenzó cuando aquella herramienta empezó a ocupar un lugar que nunca le correspondió.

Cuando el dinero se convirtio en el Dios de este mundo
Cuando el dinero comenzó a prometer lo que antes encontrábamos en Dios
El dinero comenzó a decirle al hombre:
Yo te daré seguridad.
Yo protegeré tu futuro.
Yo cuidaré de tus hijos.
Yo te daré importancia.
Yo te daré poder.
Yo te permitiré descansar.
Si tienes suficiente de mí, no tendrás que tener miedo.
Y el hombre le creyó.
Entonces dejamos de utilizar solamente el dinero.
Comenzamos a servirlo.
Jesucristo identificó perfectamente el problema:
«Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas.»
Mateo 6:24, RVR1960
Observe que Jesús no dijo:
«No podéis tener dinero».
Dijo:
«No podéis servir… a las riquezas».
Ahí está la diferencia.
El dinero puede ser un excelente sirviente.
Pero es un terrible dios.
Puede comprar alimento.
Puede pagar una casa.
Puede financiar educación.
Puede construir un hospital.
Puede ayudar al necesitado.
Puede sostener una familia.
Puede financiar proyectos extraordinarios.
Puede convertirse en una herramienta para hacer muchísimo bien.
Pero cuando le entregamos nuestra seguridad, identidad, esperanza y corazón, comenzamos a exigirle algo que jamás podrá proporcionarnos.
El problema es que nuestro nuevo dios es terriblemente inestable
Aquí aparece una de las mayores ironías.
Buscamos seguridad precisamente en una de las cosas más inseguras de este mundo.
El dinero se mueve.
Cambia de valor.
Se gana.
Se gasta.
Se hereda.
Se pierde.
Pasa de unas manos a otras.
Puede tardar treinta años en acumularse y desaparecer con extraordinaria rapidez.
Una crisis económica puede reducir lo que una persona construyó durante décadas.
Una empresa puede cerrar.
Una inversión puede fracasar.
Un negocio puede quebrar.
Una moneda puede perder valor.
Una enfermedad puede consumir ahorros.
Una deuda puede crecer.
Una guerra puede destruir propiedades.
Una crisis financiera puede borrar empleos.
Y quizá una de las experiencias más aterradoras ocurre cuando alguien llega normalmente a su trabajo y recibe una noticia que no esperaba:
«Ya no necesitamos sus servicios».
Ayer tenía trabajo.
Hoy no.
Ayer había salario.
Hoy no sabe cuándo llegará el siguiente.
Y en unos cuantos minutos cambia todo.
La hipoteca continúa llegando.
La renta continúa llegando.
Los hijos continúan comiendo.
La electricidad tiene que pagarse.
El automóvil tiene mensualidad.
Las deudas no desaparecen porque desapareció el empleo.
Entonces aparece aquella pregunta terrible:
¿Y ahora qué vamos a hacer?
Toda una familia puede entrar repentinamente en el horror de la necesidad.
No necesariamente porque hizo algo malo.
Simplemente porque aquello en lo que descansaba su estabilidad desapareció.
Por eso Proverbios ofrece una descripción extraordinaria de las riquezas:
«¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo.»
Proverbios 23:5, RVR1960
¡Qué imagen!
Les salen alas.
Hoy están.
Mañana pueden no estar.
Y aun así millones de seres humanos construimos nuestra sensación de seguridad sobre algo que puede volar.
Entonces comenzó la carrera por conseguir más
Pero el miedo tiene una respuesta aparentemente lógica:
Necesito más.
Si cien no me hacen sentir seguro, quizá doscientos.
Si doscientos no funcionan, quizá quinientos.
Si tengo una casa, quizá necesito dos.
Si tengo suficiente para un año, quizá necesito suficiente para diez.
Y no estoy hablando contra el ahorro, la previsión, el trabajo o la buena administración.
La Biblia enseña prudencia.
El problema es otro:
¿Cuándo será suficiente para que desaparezca el miedo?
Para muchas personas, nunca.
Porque el problema ya no está en la cuenta bancaria.
Está en el corazón.
Entonces comienza una carrera que puede durar toda la vida.
Trabajamos.
Corremos.
Competimos.
Acumulamos.
Nos endeudamos.
Nos preocupamos.
Dormimos pensando en dinero.
Despertamos pensando en dinero.
Revisamos cuentas.
Calculamos.
Tememos perder.
Queremos ganar más.
Y podemos terminar entregando al dinero algo muchísimo más valioso que el dinero:
nuestra vida.
Hay padres que consiguieron dinero para sus hijos, pero perdieron la oportunidad de conocerlos.
Matrimonios destruidos por discusiones económicas.
Personas que consiguieron una enorme cuenta bancaria mientras perdían su salud.
Hombres que llegaron a la edad en que finalmente podían descansar y descubrieron que habían gastado sus mejores años preparándose para comenzar a vivir.
Jesús hizo una pregunta estremecedora:
«Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?»
Mateo 16:26, RVR1960
¿Qué clase de negocio es ganar cosas y perderse uno mismo?
Cuando conseguir dinero comenzó a justificar casi cualquier cosa
Pero El imperio de la muerte llevó esta búsqueda todavía más lejos.
Cuando el dinero se convierte en dios, podemos comenzar a sacrificar personas sobre su altar.
Algunos venden su cuerpo.
Otros explotan el cuerpo de alguien más.
Se construyen industrias alrededor de la prostitución y la pornografía.
Se comercializan adicciones.
Se vende alcohol abusivamente a personas que están destruyendo sus vidas.
El narcotráfico mueve enormes cantidades de dinero mientras deja familias devastadas, jóvenes muertos, personas esclavizadas por adicciones y comunidades aterrorizadas.
Hay jóvenes que entran al crimen pensando que encontraron una manera rápida de conseguir dinero y terminan perdiendo precisamente aquello que querían disfrutar:
la vida.
Otros roban.
Defraudan.
Extorsionan.
Corrompen.
Secuestran.
Engañan.
Explotan.
¿Por qué?
Muchas veces, detrás de todo aparece la misma palabra:
dinero.
Pablo advirtió:
«porque raíz de todos los males es el amor al dinero…»
1 Timoteo 6:10, RVR1960
Observe nuevamente.
No dice que el dinero sea la raíz.
Habla del amor al dinero.
Y continúa diciendo que algunos:
«…fueron traspasados de muchos dolores.»
Qué paradoja.
Buscaban dinero pensando que les evitaría el dolor.
Y terminaron:
«traspasados de muchos dolores».
Y aun cuando tenemos dinero, seguimos siendo vulnerables
Supongamos que lo conseguimos.
Tenemos suficiente.
Casa.
Ahorros.
Inversiones.
Propiedades.
Negocios.
Seguros.
Entonces aparece una pregunta:
¿Ya estamos seguros?
No completamente.
Porque existe algo que el dinero nunca ha conseguido comprar:
control absoluto sobre la vida.
El dinero puede pagar excelentes médicos.
Pero no puede garantizar que nunca enfermaremos.
Puede pagar una casa extraordinaria.
Pero no puede garantizar que dentro de ella habrá amor.
Puede pagar seguridad privada.
Pero no puede eliminar todos los peligros.
Puede pagar tratamientos.
Pero no puede detener indefinidamente el envejecimiento.
Puede comprar una cama extraordinaria.
Pero no puede garantizar el sueño.
Puede comprar entretenimiento.
Pero no puede garantizar alegría.
Puede comprar compañía.
Pero no necesariamente amor.
Puede pagar un funeral impresionante.
Pero no puede comprar un día más de vida cuando nuestra hora finalmente llega.
Jesús contó la historia de un hombre rico cuyas tierras habían producido abundantemente.
El hombre decidió construir graneros mayores y dijo:
«Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.»
Lucas 12:19, RVR1960
Había conseguido lo que millones buscan:
seguridad económica para muchos años.
Pero Dios le dijo:
«Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?»
Lucas 12:20, RVR1960
Esa pregunta destruye la ilusión:
«¿De quién será?»
Porque finalmente todo el dinero hace lo que siempre ha hecho:
cambia de manos.
Trabajamos para conseguirlo.
Lo protegemos.
Lo contamos.
Lo invertimos.
Nos preocupamos por él.
Y un día morimos.
Entonces aquello que llamábamos:
«mi dinero»
pasa a llamarse:
«la herencia».
Y pertenece a alguien más.
Jesús señaló el verdadero problema: el miedo al mañana
Es extraordinario que inmediatamente después de enseñar que no podemos servir a Dios y a las riquezas, Jesús comenzara a hablar del afán.
Dijo:
«Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber…»
Mateo 6:25, RVR1960
¿Por qué?
Porque detrás de nuestra relación con el dinero muchas veces existe precisamente eso:
afán por sobrevivir.
Jesús habló de las aves.
«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.»
Mateo 6:26, RVR1960
Y después pronunció unas palabras que van directamente al corazón del problema:
«…vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.»
Mateo 6:32, RVR1960
Ahí está nuevamente la palabra que habíamos perdido en el Edén:
Padre.
El dinero dice:
Depende de mí.
Jesucristo dice:
Tienes un Padre.
El dinero dice:
Si me pierdes, lo perdiste todo.
Dios dice:
Yo continúo aquí.
El dinero dice:
Yo controlaré tu mañana.
Jesús dice:
«Así que, no os afanéis por el día de mañana…»
Mateo 6:34, RVR1960
El dinero nunca podrá ser Dios
Ahora entiendo algo.
El problema no es tener dinero.
El problema es pedirle al dinero que ocupe el lugar de Dios.
Trabajemos.
Ahorremos.
Administremos bien.
Construyamos.
Produzcamos.
Preparemos responsablemente nuestro futuro.
Cuidemos a nuestra familia.
Utilicemos inteligentemente los recursos que Dios pone en nuestras manos.
Pero jamás confundamos la herramienta con la fuente.
Porque el dinero puede desaparecer.
Dios no.
El empleo puede terminar.
Dios permanece.
El negocio puede fracasar.
Dios permanece.
La economía puede entrar en crisis.
Dios permanece.
Las inversiones pueden bajar.
Dios permanece.
Las propiedades pueden perderse.
Dios permanece.
Nuestra capacidad de producir puede disminuir.
Dios permanece.
Eso era lo que el hombre tenía al principio.
No una enorme cuenta bancaria.
Tenía algo muchísimo mayor:
a Dios.
Y eso es precisamente lo que Jesucristo vino a restaurar.
No vino a prometernos que nunca enfrentaremos dificultades económicas.
No vino a decirnos que todo creyente será rico.
Vino a regresarnos a una relación con el Padre.
A enseñarnos nuevamente dónde colocar nuestra seguridad.
A liberarnos de vivir esclavizados por el miedo de perderlo todo.
Porque cuando Dios vuelve a ocupar su lugar, el dinero también puede volver a ocupar el suyo.
Ya no es mi dios.
Ya no es mi identidad.
Ya no es mi dueño.
Ya no es mi esperanza.
Ya no determina cuánto valgo.
Es simplemente:
una herramienta en mis manos.
Y quizá esa sea una de las libertades más grandes que Jesucristo puede devolverle al hombre dentro de El imperio de la muerte:
Poder trabajar sin adorar el trabajo.
Tener sin ser poseído por lo que tenemos.
Ahorrar sin depositar allí nuestra esperanza.
Perder sin creer que nuestra vida terminó.
Dar sin sentir que estamos perdiendo una parte de nosotros mismos.
Y enfrentar el mañana sabiendo que nuestra seguridad definitiva nunca estuvo guardada en un banco.
Porque el dinero tiene alas.
Los mercados cambian.
Los empleos terminan.
Las propiedades pasan a otras manos.
Los imperios económicos caen.
Y nosotros mismos un día dejaremos todo lo que acumulamos.
Pero Jesucristo nos ofrece algo que ninguna crisis financiera puede devaluar, ningún ladrón puede robar, ninguna quiebra puede consumir y ninguna muerte puede arrebatarnos:
regresar a nuestro Padre.
El dinero intentó ocupar el lugar de Dios.
Pero resultó ser demasiado pequeño, demasiado inestable y demasiado temporal para sentarse en ese trono.
Solo Dios puede ocuparlo.
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