Dr. Elio M. Rivera
¿Por qué buscamos placer?
La respuesta parece sencilla:
porque se siente bien.
Una buena comida.
Una celebración.
Una conversación agradable.
La intimidad dentro del matrimonio.
Escuchar música.
Reír.
Viajar.
Descansar.
Contemplar algo hermoso.
Comprar algo que necesitábamos o deseábamos.
Disfrutar una experiencia extraordinaria.
Nada de eso tiene que ser malo.
De hecho, Dios creó al ser humano con la capacidad de experimentar placer.
El problema comenzó cuando dejamos de utilizar el placer simplemente para disfrutar…
y comenzamos a utilizarlo para escapar.
Escapar del dolor.
Escapar de la ansiedad.
Escapar de la soledad.
Escapar del miedo.
Escapar de nuestros recuerdos.
Escapar de una vida que no nos gusta.
Escapar, aunque sea durante unas horas, de nosotros mismos.
Entonces el placer dejó de ser solamente placer.
Se convirtió en refugio.
Y para millones de personas terminó convirtiéndose también en una prisión.
Así era al principio: Dios creó el placer
Regresemos nuevamente al Edén.
A veces imaginamos la vida espiritual como si Dios estuviera en contra del placer.
Pero las primeras páginas de la Biblia presentan exactamente lo contrario.
Cuando Dios preparó el huerto hizo crecer:
«…todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»
Génesis 2:9, RVR1960
Observe las dos dimensiones.
Podría haber creado simplemente alimento nutritivo.
Pero también era:
«delicioso a la vista».
Había sabor.
Había belleza.
Había colores.
Había aromas.
Había agua.
Había vegetación.
Había compañía.
Había trabajo.
Había descanso.
Había una creación extraordinaria para explorar.
Y Dios creó también al hombre y a la mujer con la capacidad de disfrutarse dentro de una relación de amor, confianza y absoluta intimidad:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
Dios no creó seres humanos incapaces de sentir.
Creó ojos capaces de disfrutar belleza.
Oídos capaces de disfrutar sonidos.
Una lengua capaz de disfrutar sabores.
Un cuerpo capaz de experimentar sensaciones agradables.
Una mente capaz de experimentar alegría.
Un corazón capaz de amar.
El placer no llegó después del pecado.
Ya estaba en el Edén.
Pero había una diferencia fundamental.
Adán no necesitaba utilizar el placer para olvidar su vida.
No necesitaba escapar de ella.
No tenía que emborracharse para olvidar.
No necesitaba una sustancia para poder soportar la noche.
No necesitaba comprar algo para sentirse valioso.
No necesitaba una experiencia cada vez más intensa para sentirse vivo.
No necesitaba entretenimiento constante para evitar quedarse solo con sus pensamientos.
Disfrutaba el placer dentro de una vida que ya tenía sentido, seguridad, amor, propósito y comunión con Dios.
El placer era un regalo.
No era una medicina para un alma herida.

Esto fue lo que hicimos: comenzamos a utilizar el placer para escapar
Después de la caída apareció algo que no estaba allí antes.
Dolor.
Miedo.
Culpa.
Soledad.
Frustración.
Insatisfacción.
Vacío.
Ansiedad.
Y el hombre descubrió algo:
hay experiencias que pueden hacerme olvidar durante un momento lo que siento.
Entonces comenzamos a utilizar cosas agradables para tratar problemas profundos.
Estoy triste:
quiero sentir algo agradable.
Estoy ansioso:
necesito distraerme.
Estoy solo:
necesito compañía, aunque sea momentánea.
Estoy vacío:
necesito experimentar algo.
No quiero pensar:
necesito entretenimiento.
No quiero sentir:
necesito anestesiarme.
Y así el placer comenzó a asumir una función para la cual nunca había sido diseñado.
La comida podía dejar de ser solamente alimento y disfrute.
Podía convertirse en consuelo.
El alcohol podía convertirse en escape.
Las drogas podían convertirse en anestesia.
El sexo podía separarse del amor, la fidelidad y la intimidad para convertirse simplemente en gratificación.
Las compras podían convertirse en una manera de producir momentáneamente emoción.
El entretenimiento podía convertirse en una manera de evitar el silencio.
Las experiencias podían convertirse en una búsqueda constante de la siguiente descarga emocional.
El problema no era solamente:
«Quiero disfrutar esto».
Había comenzado a convertirse en:
«Necesito esto para sentirme bien».
Y después:
«Necesito esto para no sentirme mal».
Ahí comienza la esclavitud.
Así vivimos ahora: una humanidad intentando anestesiarse
Mire cuidadosamente nuestro mundo.
Existe una enorme industria dedicada a mantenernos estimulados.
Comida.
Pantallas.
Videos.
Juegos.
Compras.
Viajes.
Fiestas.
Alcohol.
Pornografía.
Drogas.
Apuestas.
Experiencias.
Entretenimiento prácticamente interminable.
No significa que todas estas cosas sean equivalentes moralmente ni que todo entretenimiento, comida, compra o viaje sea malo.
El problema que estamos examinando es mucho más profundo:
¿Qué estamos buscando cuando recurrimos a ellas?
Porque una persona puede estar disfrutando algo.
Y otra puede estar utilizando algo parecido para huir de un dolor que no sabe cómo enfrentar.
Podemos tener miedo de quedarnos en silencio.
Apenas aparece un momento vacío:
tomamos el teléfono.
Encendemos una pantalla.
Buscamos algo que comer.
Ponemos música.
Abrimos una aplicación.
Compramos.
Buscamos una conversación.
Necesitamos estímulo.
Porque cuando todo se apaga…
cuando la pantalla queda oscura…
cuando termina la fiesta…
cuando llegamos del viaje…
cuando termina la experiencia…
cuando estamos nuevamente solos…
puede regresar aquello de lo que estábamos huyendo.
Nosotros mismos.
El placer puede distraer el dolor, pero no necesariamente sanarlo
Aquí encontramos la gran limitación del placer.
Puede cambiar temporalmente cómo me siento.
Pero no necesariamente cambia lo que está ocurriendo dentro de mí.
Una persona puede beber para olvidar un problema.
Pero cuando termina el efecto:
el problema continúa allí.
Puede comprar para sentirse mejor.
Llega el paquete.
Lo abre.
Experimenta emoción.
Pero después:
el vacío continúa allí.
Puede buscar una relación sexual para escapar de la soledad.
Experimenta placer.
Pero después puede descubrir que:
continúa sintiéndose solo.
Puede pasar horas entreteniéndose para no pensar.
Pero cuando apaga la pantalla:
los pensamientos continúan allí.
Puede comer buscando consuelo.
Pero después de terminar:
la tristeza continúa allí.
Ese es el problema de utilizar placer como medicina para el alma.
Puede funcionar como anestesia.
Pero anestesiar una herida no significa haberla sanado.
Y cuando pasa la anestesia…
la herida vuelve a doler.
Entonces necesitamos otra dosis
Aquí puede comenzar el tormento.
Si algo consiguió hacerme sentir bien ayer, quiero repetirlo hoy.
Pero en algunos casos lo que antes producía una fuerte sensación comienza a perder intensidad.
Entonces necesito más.
Más tiempo.
Más cantidad.
Más frecuencia.
Más novedad.
Más intensidad.
Y aquello que comenzó como:
«quiero hacerlo»
puede terminar convirtiéndose en:
«necesito hacerlo».
Entonces aparece una de las contradicciones más crueles de El imperio de la muerte:
Buscamos placer para escapar del tormento…
y algunas formas de buscar placer terminan produciendo más tormento.
La persona bebía para olvidar sus problemas y ahora tiene un problema con el alcohol.
Buscaba sustancias para escapar de su dolor y ahora tiene además una dependencia.
Buscaba sexo para sentirse amado y puede terminar todavía más vacío, utilizado o incapaz de construir intimidad verdadera.
Buscaba pornografía como gratificación privada y puede terminar atrapado en un patrón que afecta su mente, sus relaciones y su manera de mirar a otras personas.
Compraba para sentirse mejor y ahora tiene deudas que le producen todavía más ansiedad.
Apostaba buscando emoción o dinero y puede terminar perdiendo precisamente aquello que necesitaba proteger.
Comía para consolarse y después puede sentirse peor consigo mismo.
Buscaba entretenimiento para escapar de la realidad y un día descubre que ha pasado una parte enorme de su vida observando la vida de otros en lugar de vivir la suya.
El refugio comienza a convertirse en cárcel.
Placer, vacío, placer, vacío
Entonces aparece un ciclo terrible:
dolor.
Busco placer.
Alivio.
El placer termina.
Regresa el dolor.
Busco nuevamente placer.
Alivio.
Termina.
Regresa el vacío.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que una persona puede organizar gran parte de su existencia alrededor de escapar de algo que lleva dentro.
Puede estar rodeada de personas y sentirse sola.
Puede reír durante una fiesta y llorar cuando llega a casa.
Puede publicar fotografías de una vida extraordinaria y sentirse profundamente insatisfecha cuando apaga el teléfono.
Puede tener acceso a más entretenimiento que cualquier generación anterior y continuar sintiéndose incapaz de soportar una hora consigo misma.
Puede experimentar muchísimos placeres…
y tener muy poca paz.
Ahí está la diferencia.
Placer no significa necesariamente paz.
Estimulación no significa gozo.
Diversión no significa plenitud.
Excitación no significa propósito.
Y anestesia no significa sanidad.
El hombre puede terminar esclavizado por aquello que prometía hacerlo sentir libre
Pedro escribió una frase extraordinaria:
«…porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció.»
2 Pedro 2:19, RVR1960
Aquello que controlábamos puede comenzar a controlarnos.
Y cuando eso ocurre, el placer deja de ser verdaderamente placer.
Se convierte en amo.
Ahora necesitamos alimentarlo.
Necesitamos ocultarlo.
Necesitamos dinero para sostenerlo.
Necesitamos tiempo para practicarlo.
Quizá mentimos para protegerlo.
Quizá dañamos relaciones para conservarlo.
Quizá prometemos:
«Esta será la última vez».
Y después regresamos.
Entonces pueden aparecer culpa y vergüenza.
Y como la culpa y la vergüenza producen dolor…
¿qué hacemos para escapar del dolor?
Volvemos precisamente a aquello que lo produjo.
Y el círculo se cierra.
Dolor → placer → alivio → consecuencias → culpa → más dolor → más placer.
Eso ya no es libertad.
Eso es tormento.
¿La vida es bella cuando necesitas escapar constantemente de ella?
Volvamos nuevamente a aquella pregunta.
¿La vida es bella?
Pregúnteselo a quien necesita intoxicarse para soportarla.
Pregúnteselo a quien no puede pasar una noche sin beber.
Pregúnteselo a quien ha intentado innumerables veces abandonar una adicción.
Pregúnteselo a la esposa que observa cómo una dependencia está destruyendo a su esposo.
Pregúnteselo a los hijos de una persona atrapada por sustancias.
Pregúnteselo a quien perdió dinero, familia, salud o dignidad persiguiendo una gratificación.
Pregúnteselo a quien termina una noche de diversión y regresa a una habitación donde descubre que continúa profundamente solo.
El placer prometió alivio.
Pero no podía curar el corazón.
Prometió libertad.
Pero algunas veces terminó produciendo esclavitud.
Prometió hacernos olvidar el dolor.
Pero en demasiadas vidas terminó agregando otro dolor al dolor que ya existía.
Eso tampoco era el Edén.
No fue Dios quien diseñó esta prisión
Aquí debemos volver a hacer la distinción fundamental de toda esta serie.
No culpemos al Creador por haber creado la capacidad de disfrutar.
El placer era bueno.
Lo que cambió fue el hombre.
Dios creó comida.
No creó la esclavitud.
Dios creó la sexualidad.
No creó la explotación sexual.
Dios creó sustancias y procesos naturales dentro de su creación.
No diseñó al hombre para vivir intoxicado huyendo de sí mismo.
Dios creó nuestra capacidad de sentir emoción.
No nos creó para necesitar estímulos cada minuto porque tenemos miedo del silencio.
Dios creó el descanso.
No creó una vida dedicada a escapar permanentemente de la realidad.
En el Edén el hombre disfrutaba porque estaba bien.
En el mundo caído muchas veces buscamos disfrutar porque estamos mal y queremos dejar de sentirlo por un momento.
Esa diferencia es enorme.
Nos alejamos de Dios.
Quedó un vacío.
Después intentamos llenarlo.
Y descubrimos que podemos llenar nuestras manos de cosas, nuestro estómago de comida, nuestros ojos de imágenes, nuestros días de experiencias y nuestra mente de estímulos…
mientras el corazón continúa diciendo:
Todavía me falta algo.
Cristo es la esperanza: Él no vino a anestesiar la herida, vino a sanarla
Entonces apareció Jesucristo.
Y Cristo no vino simplemente a ofrecernos otra distracción.
No vino a enseñarnos cómo olvidar nuestros problemas durante unas horas.
No vino a poner una capa de religión sobre un corazón que continúa sangrando.
Vino a buscar aquello que estaba herido.
Vino a tocar aquello de lo que llevábamos años huyendo.
Vino a devolvernos la relación que habíamos perdido con Dios.
Jesús dijo:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»
Mateo 11:28, RVR1960
Observe que no dijo:
«Escapen».
Dijo:
«Venid a mí».
El mundo ofrece muchas maneras de escapar.
Jesucristo ofrece un lugar donde regresar.
El placer dice:
«Olvida tu dolor durante un momento».
Jesús dice:
«Ven a mí con tu dolor».
El placer dice:
«Necesitas otra experiencia».
Jesús dice:
«Yo os haré descansar».
Y en otra ocasión declaró:
«…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»
Juan 10:10, RVR1960
Cristo no vino a quitarnos la capacidad de disfrutar la vida.
Vino a devolvernos la vida que puede ser disfrutada sin necesidad de escapar de ella.
Podemos volver a disfrutar una comida simplemente porque es agradable.
Podemos disfrutar la intimidad dentro del amor y la fidelidad.
Podemos descansar.
Reír.
Viajar.
Celebrar.
Escuchar música.
Contemplar belleza.
Disfrutar una conversación.
Recibir con gratitud las cosas buenas que Dios nos permite experimentar.
Pero ya no tenemos que pedirles que salven nuestra alma.
No pueden.
Nunca pudieron.
El placer puede acompañar una vida plena.
Pero jamás podrá sustituir a la fuente de esa vida.
Y cuando Jesucristo comienza a ocupar nuevamente el centro, algo extraordinario sucede.
Ya no necesito experimentar constantemente algo para demostrarme que estoy vivo.
Puedo detenerme.
Puedo guardar silencio.
Puedo enfrentar mis heridas.
Puedo pedir ayuda.
Puedo llorar.
Puedo sanar.
Puedo estar solo sin sentirme abandonado.
Puedo disfrutar sin convertirme en esclavo de lo que disfruto.
Y puedo descubrir finalmente que la paz que llevaba años buscando detrás de experiencias cada vez más intensas no era una sensación.
Era una relación.
Era volver a Dios.
El hombre convirtió el placer en refugio porque necesitaba escapar del dolor de El imperio de la muerte.
Pero Jesucristo ofrece algo muchísimo mejor que escapar.
Ofrece regresar.
Regresar al Padre.
Regresar a la vida.
Regresar a la libertad.
Regresar a un lugar interior donde ya no necesitamos correr constantemente detrás de algo que nos haga olvidar quiénes somos.
Porque el placer puede hacernos olvidar el dolor durante unas horas.
Jesucristo puede comenzar a sanar aquello que llevamos toda una vida intentando olvidar.
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