00. Introduccion: ¿La vida es bella? ¿Qué le pasó a nuestro mundo?

Dr. Elio M. Rivera

  Durante muchos años hubo una pregunta que me persiguió:

¿Por qué el mundo está así?

  Desde muy joven hubo cosas de la vida que me resultaron difíciles de comprender.

  Veía el dolor.

  Veía la enfermedad.

  Veía la muerte.

  Veía familias destruidas.

  Veía personas lastimándose unas a otras.

  Veía injusticia, abandono, pobreza, violencia, miedo y sufrimiento.

  Y, sinceramente, el mundo no me gustaba.

  El mundo me lastimó.

  Desde muy temprana edad aprendí lo que era tener miedo. Conocí esa sensación de inseguridad que hace que uno mire la vida preguntándose qué será lo siguiente que puede salir mal.

  Y dentro de mí había algo que parecía decir constantemente:

Esto no está bien.

  Escuchaba canciones que hablaban de lo hermosa que era la vida.

  «La vida es bella».

  Y yo pensaba:

¿Bella?

  ¿Cómo puede ser bella una vida donde las personas que amas mueren?

  ¿Cómo puede ser bella cuando un niño enferma?

  ¿Cómo puede ser bella cuando alguien abandona a su familia?

  ¿Cómo puede ser bella cuando existen guerras, hospitales, cementerios, hambre, violencia y dolor?

  Sí, había momentos hermosos.

  Había amaneceres extraordinarios.

  Había amor.

  Había familia.

  Había risas.

  Había momentos que uno quisiera detener para siempre.

  Pero detrás de todo parecía existir una sombra.

  Todo podía romperse.

  Todo podía terminar.

  Todo podía perderse.

  Y tarde o temprano aparecía esa cara horrible de la vida que yo no podía ignorar.

Pensé que el problema estaba en mí

  Durante mucho tiempo pensé que quizá yo simplemente veía la vida de una manera diferente.

  Sufrí depresión y llegué a pensar que tal vez ese era mi problema.

  Quizá era demasiado sensible.

  Quizá pensaba demasiado.

  Quizá debía aprender simplemente a aceptar la vida como era.

  Incluso después de convertirme en cristiano, aquel pensamiento continuaba apareciendo.

Este mundo está horrible.

No me gusta.

  Y muchas veces trataba de suprimirlo.

  Porque ¿cómo podía decir algo así siendo cristiano?

  ¿No debería estar agradecido?

  ¿No debería decir que la vida era maravillosa?

  ¿No debería simplemente sonreír y continuar?

  Pero podía amar profundamente a Dios y, al mismo tiempo, mirar lo que ocurría alrededor y pensar:

Algo está terriblemente mal con este mundo.

  Hasta que un día comprendí algo que cambió completamente mi manera de verlo.

A Dios tampoco le gusta lo que hicimos con él.

  Este mundo lleno de muerte, enfermedad, violencia, miedo, lágrimas y separación no fue su diseño original.

  Entonces entendí que aquella inconformidad que durante tantos años había sentido tenía una explicación.

  Estaba contemplando un mundo muy diferente del que Dios había creado al principio.

Dios no creó esto así

  Las primeras páginas de la Biblia presentan una escena completamente diferente.

  Después de terminar su creación, Dios la contempló:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera

Génesis 1:31, RVR1960

  No solamente bueno.

«Bueno en gran manera».

  Ese era el mundo de Dios.

  Vida.

  Orden.

  Belleza.

  Abundancia.

  Comunión.

  Un hombre y una mujer sin miedo el uno del otro.

  Sin enfermedad.

  Sin cementerios.

  Sin guerras.

  Sin homicidios.

  Sin niños abandonados.

  Sin cuerpos destruidos por la enfermedad.

  Sin padres enterrando hijos.

  Sin la angustia de preguntarse qué comeremos mañana.

  Sin miedo a morir.

  Y, sobre todo, sin separación entre Dios y el hombre.

  Dios creó al ser humano para vivir cerca de Él.

  Para recibir de Él su identidad.

  Su seguridad.

  Su propósito.

  Su provisión.

  Su vida.

  El mundo que Dios entregó al hombre era bueno en gran manera.

  Entonces surge inevitablemente la pregunta:

¿Qué pasó?

Cuando salimos del huerto del Eden, nosotros lo cambiamos el mundo

  Esta parte puede resultar incómoda.

  Porque sería mucho más fácil responsabilizar a Dios.

  Preguntar:

¿Por qué Dios hizo un mundo así?

  Pero esa no es la pregunta correcta.

  Dios no hizo un mundo así.

  Nosotros lo convertimos en esto.

  Dios lo hizo bueno en gran manera.

  Nosotros lo convertimos en malo en gran manera.

  Y cuando digo «nosotros», lo digo deliberadamente.

  No quiero colocar toda la responsabilidad sobre Adán y Eva como si nosotros hubiéramos demostrado que habríamos hecho algo completamente diferente.

  La rebelión de Adán abrió la puerta, pero la historia humana ha demostrado generación tras generación que nosotros hemos continuado caminando por ella.

  Isaías lo expresó de una manera extraordinariamente sencilla:

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino…»

Isaías 53:6, RVR1960

  Eso hicimos.

Decidimos caminar por nuestro propio camino.

  Quisimos una vida sin depender de Dios.

  Quisimos decidir por nosotros mismos qué era bueno y qué era malo.

  Quisimos nuestra voluntad.

  Nuestro camino.

  Nuestras reglas.

  Nuestra independencia.

  Dijimos, en esencia:

Podemos hacerlo sin ti.

  Y nos alejamos.

  El problema es que nos alejamos precisamente de la fuente de nuestra vida.

  Y entonces todo comenzó a derrumbarse.

Cuando el reino de vida se convirtió en el imperio de la muerte

  La Biblia lo resume de una manera terrible:

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  Entró el pecado.

  Y detrás del pecado:

la muerte.

  No solamente la muerte física.

  Comenzó la muerte espiritual.

  La separación.

  El miedo.

  La vergüenza.

  La culpa.

  El conflicto interior.

  La violencia.

  La enfermedad.

  El deterioro.

  El dolor.

  La lucha por sobrevivir.

  El hombre comenzó a esconderse de Dios.

  El hermano comenzó a matar al hermano.

  La criatura creada para vivir bajo el cuidado de Dios comenzó a vivir intentando sostener sola el peso de su existencia.

  Y aquel mundo que había comenzado como un reino de vida comenzó a convertirse en lo que en esta serie llamaremos:

EL IMPERIO DE LA MUERTE

  Ahora entiendo por qué durante tantos años miraba este mundo y pensaba:

No me gusta.

  Porque no fuimos creados para esto.

  No fuimos creados para acostumbrarnos a los cementerios.

  No fuimos creados para despedir a nuestros hijos.

  No fuimos creados para vivir atormentados por el miedo.

  No fuimos creados para enfermarnos y deteriorarnos.

  No fuimos creados para odiarnos.

  No fuimos creados para escondernos de Dios.

  No fuimos creados para vivir preguntándonos constantemente si tendremos suficiente para mañana.

  No fuimos creados para vivir lejos de nuestro Padre.

  Fuimos creados para la vida.

Este viaje será doloroso, pero necesario

  En esta serie vamos a estudiar qué ocurrió después de la separación entre Dios y el hombre.

  Venimos de recorrer en las series anteriores el mundo que Dios preparó para nosotros: la creación, Adán y Eva, el huerto, la comunión con Dios y finalmente la caída.

  Ahora cruzaremos la puerta del Edén en dirección contraria.

  Seguiremos a Adán y Eva fuera del huerto.

  Y observaremos qué ocurrió después.

  ¿Qué le sucedió al corazón humano?

  ¿Por qué apareció el miedo?

  ¿Por qué comenzamos a escondernos de Dios?

  ¿Por qué el pecado comenzó a gobernarnos?

  ¿Por qué apareció la violencia?

  ¿Qué ocurrió con el matrimonio?

  ¿Qué ocurrió con nuestra sexualidad?

  ¿Qué ocurrió con nuestra relación con el dinero?

  ¿Qué ocurrió con nuestras emociones?

  ¿Por qué comenzamos a destruirnos unos a otros?

  ¿Por qué existe dentro de nosotros esa sensación de que algo falta?

  ¿Por qué, teniendo tanto, podemos continuar sintiéndonos vacíos?

  Vamos a mirar de frente la horrible cara de la caída.

  No para quedarnos contemplándola.

  Sino porque solamente cuando comprendemos de dónde caímos, podemos comenzar a comprender la magnitud de lo que Dios estuvo dispuesto a hacer para recuperarnos.

Esta historia no terminará aquí

  Esta serie será oscura por momentos.

  Tiene que serlo.

  Estamos entrando en El imperio de la muerte.

  Pero no escribo estos artículos para terminar en la muerte.

  Todo lo contrario.

  Cuando terminemos de recorrer las consecuencias de nuestra separación de Dios, continuaremos con algo que considero todavía más extraordinario:

¿Qué estuvo dispuesto a hacer Dios para traernos de regreso?

  Porque Dios pudo habernos abandonado al camino que escogimos.

  Pudo dejarnos vivir con las consecuencias de nuestra rebelión.

  Pudo permitir que el hijo que abandonó la casa simplemente desapareciera en la distancia.

  Pero no lo hizo.

  Dios comenzó a desarrollar delante de la historia humana un plan de rescate.

  Un plan que atravesaría generaciones.

  Un plan que costaría sangre.

  Un plan que finalmente conduciría hasta una cruz.

  Porque el Dios del que nosotros nos alejamos fue precisamente el Dios que salió a buscarnos.

  Por eso esta serie no es solamente la historia de cómo perdimos nuestro mundo.

  Es el capítulo necesario para comprender la historia mucho más grande:

cómo Dios decidió recuperarnos.

  Primero veremos lo que hicimos con el mundo que Él nos entregó.

  Después veremos todo lo que Él estuvo dispuesto a hacer para regresarnos al mundo del que nunca debimos haber salido.

  Y quizá entonces comprendamos algo que a mí me tomó muchos años entender:

  Cuando miramos la muerte, la enfermedad, el miedo, la violencia, el sufrimiento y toda la terrible deformación que existe en nuestro mundo, no estamos contemplando el sueño de Dios para la humanidad.

  Estamos contemplando lo que ocurrió cuando nos alejamos de ese sueño.

  Dios creó un mundo bueno en gran manera.

  Nosotros nos alejamos de Él.

  Y comenzó El imperio de la muerte.

  Pero gracias a Dios…

Pero gracias a Dios, la historia todavía no ha terminado.

  Jesucristo vino a buscarnos.

  Entró en nuestro dolor, cargó con nuestro pecado, enfrentó la muerte y, mediante su sacrificio y resurrección, abrió nuevamente el camino de regreso a Dios y a la vida que nunca debimos abandonar.

  Ahora sabemos hacia dónde vamos.

  Sabemos que la muerte no tendrá la última palabra.

  Sabemos que llegará el día cuando Dios enjugará toda lágrima, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor.

  Pero mientras llega ese día, no tenemos que permanecer indiferentes contemplando el sufrimiento del mundo.

  Podemos hacer algo.

  Podemos alimentar al hambriento.

  Podemos acompañar al que está solo.

  Podemos consolar al que llora.

  Podemos cuidar al enfermo.

  Podemos proteger al indefenso.

  Podemos levantar al que cayó.

  Podemos perdonar.

  Podemos sanar heridas.

  Podemos llevar esperanza donde existe desesperación.

  Podemos amar donde otros han lastimado.

  Podemos llevar luz donde las tinieblas parecen haberlo invadido todo.

  Quizá no podamos eliminar todo el dolor de este mundo, pero sí podemos aliviar el dolor de alguien.

  Quizá no podamos cambiar al mundo entero, pero podemos cambiar profundamente el pequeño pedazo de mundo que Dios ha colocado a nuestro alcance.

  Podemos hacer la diferencia.

  Y cada vez que alimentamos, consolamos, cuidamos, restauramos, perdonamos, protegemos y amamos, estamos mostrando que El imperio de la muerte no gobierna nuestros corazones.

  Pertenecemos al Reino de la vida.

  Por eso esta serie no termina en desesperanza.

  Todo lo contrario.

  Vamos a estudiar qué ocurrió cuando abandonamos el mundo que Dios había preparado para nosotros; pero después estudiaremos todo lo que Dios estuvo dispuesto a hacer para llevarnos de regreso.

  Y mientras llega el día del regreso definitivo, todavía tenemos una misión:

Llevar vida donde encontremos muerte, esperanza donde encontremos dolor y amor donde encontremos un corazón herido.

  Porque gracias al sacrificio de Jesucristo, el camino de regreso está abierto.

  Y mientras regresamos a casa…

podemos hacer que el camino sea menos doloroso y sembrar esperanza a aquellos que viajan a nuestro lado.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.