Por el Dr. Elio M. Rivera
Al llegar al final de esta primera serie dedicada a la creación como evidencia de la existencia de Dios, es inevitable detenernos para contemplar una de las verdades más hermosas de toda la Biblia. La creación no solo existe porque Dios la hizo. No solo da testimonio de que hay un Creador. No solo deja al ser humano sin excusa. La creación tiene un propósito aún mayor: anunciar la gloria de Dios.
Cuando la Biblia habla de la gloria de Dios, se refiere a la manifestación visible de su grandeza, de su poder, de su sabiduría, de su majestad y de la perfección de su carácter. En otras palabras, Dios creó el universo para que, al contemplarlo, el ser humano pudiera vislumbrar, aunque fuera de manera limitada, la inmensidad de Aquel que lo hizo.
Nadie expresó esta verdad con mayor belleza que el rey David.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.”
(Salmo 19:1-2)
¡Qué extraordinaria descripción! David no dice que los cielos simplemente existan. Afirma que cuentan la gloria de Dios. El universo entero se convierte en un inmenso testigo que proclama continuamente la grandeza de su Creador.

La creación anuncia la gloria de Dios
Cada amanecer anuncia su fidelidad.
Cada noche estrellada proclama su inmensidad.
Cada montaña refleja su poder.
Cada océano habla de su grandeza.
Cada ser viviente revela algo de su infinita sabiduría.
La creación nunca permanece en silencio. Día tras día continúa proclamando el mismo mensaje: Dios existe y es infinitamente glorioso.
En otro de sus salmos, David contempla el cielo durante la noche y exclama con profundo asombro:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”
(Salmo 8:3-4)
Observe el orden del pensamiento de David. Primero contempla el universo. Después dirige su mirada hacia sí mismo. Cuanto más comprende la inmensidad de la creación, más consciente se vuelve de la pequeñez del ser humano y, al mismo tiempo, más se maravilla del amor de Dios hacia nosotros.
La creación produce humildad. Nos recuerda que no somos el centro del universo. Existe un Creador infinitamente mayor que toda su obra, y aun así se interesa por cada uno de nosotros.
David vuelve a contemplar la naturaleza en el Salmo ciento cuatro, uno de los grandes himnos dedicados al Creador. Después de recorrer la belleza de los cielos, las montañas, los mares, los animales y la provisión de Dios para todas sus criaturas, concluye diciendo:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)
Esta exclamación resume el espíritu de toda la creación. David no observa el universo con indiferencia. Cada elemento que contempla lo conduce a la adoración. Las obras de Dios despiertan admiración porque revelan la sabiduría de Aquel que las hizo.
Siglos más tarde, el profeta Isaías invitó al pueblo a levantar nuevamente la mirada hacia el cielo:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.”
(Isaías 40:26)
Observe la pregunta que hace Isaías.
“¿Quién creó estas cosas?”
No pregunta simplemente qué vemos en el cielo. Nos invita a mirar más allá de las estrellas para descubrir al Autor de todas ellas.
La creación nunca pretende quedarse con la gloria. Toda ella señala hacia Dios. Las estrellas no buscan ser admiradas por sí mismas; anuncian la grandeza de quien las colocó en su lugar. Los mares no exaltan su propio poder; reflejan el poder del Creador. Toda la naturaleza cumple silenciosamente la misión para la cual fue creada: revelar la gloria de Dios.
Este principio recorre toda la Biblia. Cada vez que las Escrituras hablan de la creación, la atención termina dirigiéndose al Creador. Nunca invitan al hombre a detenerse en la obra. Lo invitan a levantar la mirada hasta Aquel que hizo la obra.
Quizá esa sea una de las razones por las que la contemplación de la naturaleza ha producido tanta admiración a lo largo de la historia. Un cielo estrellado, una cadena montañosa, una cascada imponente o un amanecer sobre el océano despiertan en el corazón humano una sensación difícil de describir. La Biblia explica esa experiencia diciendo que la creación fue diseñada para dirigir nuestra atención hacia la gloria de Dios.
Al concluir esta primera evidencia de la existencia de Dios, podemos afirmar que la creación cumple múltiples propósitos según las Escrituras. El universo existe porque Dios lo creó. Da testimonio permanente de su Creador. Revela su eterno poder y deidad. Hace responsable al ser humano delante de Él. Y, por encima de todo, anuncia continuamente su gloria.
Sin embargo, nuestro recorrido apenas comienza. Hasta ahora hemos respondido una sola pregunta: ¿por qué existe el universo? Pero aún queda otra igualmente fascinante.
No basta con reconocer que el universo existe. Debemos preguntarnos también cómo funciona. ¿Por qué las leyes de la naturaleza poseen una precisión tan extraordinaria? ¿Por qué el cosmos parece estar cuidadosamente ordenado? ¿Por qué la vida depende de un equilibrio tan delicado?
La Biblia también tiene una respuesta para estas preguntas.
En el siguiente bloque de esta serie dejaremos de contemplar únicamente la existencia de la creación para dirigir nuestra atención hacia el orden y el diseño del universo. Descubriremos que la misma creación que anuncia la gloria de Dios también refleja su infinita sabiduría.
Porque, como escribió David hace casi tres mil años, una verdad sigue resonando en todo el universo y continuará haciéndolo mientras exista la creación:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” (Salmo 19:1).
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