Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si existe una afirmación que distingue a la Biblia de muchas de las antiguas filosofías y cosmovisiones del mundo, es esta: el universo tuvo un comienzo. Para las Escrituras, el universo no ha existido desde la eternidad ni constituye una realidad independiente de Dios. Todo cuanto existe tuvo un origen, y ese origen se encuentra en la voluntad del Creador.

  Hoy esta idea puede parecernos familiar, pero durante gran parte de la historia muchos pensadores sostuvieron que el universo era eterno. Diversas culturas imaginaron un cosmos que había existido siempre o que atravesaba ciclos infinitos de creación y destrucción. Sin embargo, miles de años antes de estos debates, la Biblia ya había establecido con absoluta claridad que el universo tuvo un principio.

  Las primeras palabras de las Escrituras son contundentes:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
(Génesis 1:1)

  Observe cuidadosamente la expresión “en el principio”. Estas tres palabras tienen profundas implicaciones. Indican que hubo un momento en el que el universo comenzó a existir. Antes de ese principio no existían los cielos, la tierra, el tiempo, el espacio ni la materia. Solo existía Dios.

  La Biblia nunca intenta explicar el origen de Dios, porque afirma que Él es eterno. Lo que tiene un comienzo es la creación, no el Creador. El salmista declaró esta verdad con extraordinaria claridad:

“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.”
(Salmo 90:2)

  Esta diferencia entre Dios y el universo es fundamental para comprender la enseñanza bíblica. Todo lo creado depende de Dios para existir, pero Dios no depende de absolutamente nada. Él existe por sí mismo y es anterior a toda la creación.

  El Nuevo Testamento reafirma esta misma verdad. El autor de la carta a los Hebreos escribe:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
(Hebreos 11:3)

  Este versículo nos recuerda que el universo no apareció por sí mismo. Su existencia se debe al poder creador de Dios. Lo visible tuvo un origen que no puede explicarse únicamente por aquello que vemos, sino por la acción del Creador que llamó todas las cosas a la existencia.

  Nebulosas y agujero negro

Sin embargo, la Biblia da un paso más. No solo afirma que Dios creó el universo; también revela quién participó activamente en esa obra creadora. El evangelio de Juan comienza utilizando deliberadamente las mismas palabras del Génesis:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
(Juan 1:1)

  Observe el paralelismo. Génesis comienza diciendo: “En el principio creó Dios…”. Juan comienza diciendo: “En el principio era el Verbo…”. Antes de toda la creación, el Verbo ya existía. No comenzó a existir cuando nació en Belén; existía desde la eternidad junto al Padre.

  Unos versículos más adelante, Juan hace una declaración extraordinaria:

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
(Juan 1:3)

  No existe excepción alguna. Todo cuanto llegó a existir fue creado por medio del Verbo, es decir, por Jesucristo. Si algo pertenece a la creación, necesariamente tuvo su origen en Él. Y si Cristo creó todas las cosas, entonces Él mismo no pertenece al orden de lo creado, sino que existe desde la eternidad.

  El apóstol Pablo desarrolla esta misma enseñanza en su carta a los colosenses:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él.”
(Colosenses 1:16)

  Este pasaje amplía nuestra comprensión de la creación. No solo afirma que Cristo participó en ella, sino que declara que todo fue creado por medio de Él y para Él. El universo tiene un origen, pero también tiene un propósito. No existe simplemente porque sí; existe porque responde al plan del Creador.

  Pablo continúa diciendo:

“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
(Colosenses 1:17)

  Jesucristo no solo estuvo presente en el principio; también sostiene continuamente la creación. El universo no funciona independientemente de Dios. Su existencia presente depende del mismo poder que le dio origen.

  Cuando reunimos el testimonio de estos pasajes, encontramos una enseñanza perfectamente coherente. Génesis nos revela que el universo tuvo un comienzo. Hebreos nos dice que ese comienzo ocurrió por la palabra de Dios. Juan identifica al Verbo eterno como el agente de la creación. Y Colosenses declara que todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo, para Cristo y continúan existiendo gracias a su poder.

  Desde la perspectiva bíblica, el universo no constituye una realidad eterna ni autosuficiente. Tuvo un inicio definido, fue creado por un Dios eterno y continúa existiendo porque ese mismo Dios lo sostiene.

  Esta verdad responde una de las preguntas más profundas que puede formular el ser humano. Si el universo tuvo un comienzo, entonces su existencia exige una causa que sea anterior al tiempo, superior al espacio y distinta de toda la materia creada. La Biblia identifica esa causa con absoluta claridad: Dios.

  Por ello, cada vez que las Escrituras hablan del origen del universo, conducen inevitablemente nuestra mirada hacia el Creador. El principio de todas las cosas no comienza con la materia, ni con la energía, ni con el tiempo. Comienza con Dios, quien, por su infinita sabiduría y poder, dio existencia a todo cuanto vemos.

  El universo tuvo un comienzo. Pero antes del principio estaba Aquel que nunca tuvo principio. Antes de que existiera el tiempo, ya existía el Dios eterno. Y ese Dios es el mismo que la Biblia presenta desde su primera página hasta la última como el Autor, Sustentador y Señor de toda la creación.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Una de las preguntas más importantes que puede formular la razón humana es la siguiente: si el universo tuvo un comienzo, ¿qué produjo ese comienzo? La Biblia responde esta cuestión con absoluta claridad. El universo no apareció por sí mismo, ni surgió de la nada por casualidad. Detrás de toda la creación existe una causa suficiente: el Dios eterno.

  Aunque las Escrituras no presentan este argumento utilizando el lenguaje de la filosofía moderna, lo presuponen de principio a fin. La Biblia jamás habla de un universo que se haya creado a sí mismo. Por el contrario, afirma repetidamente que todo cuanto existe tiene su origen en la acción creadora de Dios.

  Desde las primeras palabras del Génesis encontramos esta verdad:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
(Génesis 1:1)

  Observe cuidadosamente lo que el texto afirma. No dice que los cielos y la tierra comenzaron a existir por sí solos. Tampoco sugiere que la materia organizó espontáneamente su propia existencia. El sujeto de la acción es Dios. Él es quien crea; la creación es el resultado de su voluntad y de su poder.

  Este principio aparece una y otra vez a lo largo de toda la Biblia. El profeta Isaías, al contemplar el universo, no pregunta simplemente cómo existen las estrellas. Formula una pregunta mucho más profunda:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
(Isaías 40:26)

  La pregunta de Isaías es extraordinaria porque dirige nuestra atención hacia la causa de la creación. No basta con admirar el universo; debemos preguntarnos quién le dio origen. Para la Biblia, la existencia de la creación conduce inevitablemente a la existencia del Creador.

  El autor de la carta a los Hebreos utiliza un ejemplo muy sencillo que todos podemos comprender:

“Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios.”
(Hebreos 3:4)

  Nadie pasa frente a una casa y piensa que apareció por casualidad. La existencia misma de una construcción nos lleva inmediatamente a concluir que hubo un constructor. Del mismo modo, cuando encontramos un libro, sabemos que hubo un autor; cuando observamos una escultura, entendemos que existió un escultor; cuando admiramos una pintura, reconocemos la existencia de un pintor.

  La Biblia invita al ser humano a aplicar el mismo razonamiento al universo entero. Si las obras más pequeñas realizadas por el hombre requieren una causa inteligente, ¿cuánto más el universo, cuya inmensidad y complejidad superan todo cuanto el ser humano ha construido?

  Algunos han sugerido que el universo pudo haberse creado a sí mismo. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica esta idea resulta imposible. Para que algo pueda crearse a sí mismo tendría que existir antes de existir. Tendría que actuar cuando todavía no existe. Tendría que ser, al mismo tiempo, causa y efecto de sí mismo. Las Escrituras nunca presentan semejante posibilidad.

  Por el contrario, la Biblia distingue claramente entre el Creador y la creación. Dios existe desde la eternidad y posee el poder de dar existencia a todo cuanto no existía. La creación, en cambio, depende completamente de Él.

  Todo lo que comienza a existir tiene una causa

El salmista expresa esta verdad con admirable sencillez:

“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
(Salmo 33:9)

  El origen del universo no se encuentra dentro del universo mismo. Se encuentra en la voluntad del Dios eterno. La creación no explica al Creador; es el Creador quien explica la existencia de la creación.

  El Nuevo Testamento reafirma esta enseñanza al declarar:

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”
(Romanos 11:36)

  Estas palabras resumen magistralmente la cosmovisión bíblica. Todo procede de Dios. Todo existe por medio de Dios. Todo tiene su propósito final en Dios. Nada puede comprenderse plenamente si se elimina al Creador de la explicación.

  Es importante comprender que la Biblia no intenta responder cada detalle acerca del proceso de la creación. Su interés principal es revelar quién es el Autor de todo cuanto existe. Mientras muchas preguntas científicas buscan explicar los mecanismos mediante los cuales funciona el universo, las Escrituras responden una pregunta aún más profunda: ¿quién hizo posible que existiera?

  Por esta razón, cada vez que la Biblia contempla la creación dirige nuestra atención hacia Dios y no hacia la materia. La existencia misma del universo constituye un testimonio permanente de que existe una causa superior, eterna y todopoderosa que dio origen a todas las cosas.

  Si el universo tuvo un comienzo —como afirma la Biblia—, entonces necesita una causa que no haya comenzado a existir. Una causa que sea eterna, independiente del tiempo, del espacio y de la materia. Esa causa no puede pertenecer al universo, porque es anterior a él.

  Las Escrituras identifican esa causa con absoluta claridad: Dios.

  Por ello, la Biblia jamás presenta un universo que se explique a sí mismo. Desde la primera página hasta la última sostiene la misma verdad: todo cuanto comenzó a existir tuvo su origen en la acción creadora del Dios eterno. Él es la causa primera de toda la creación, el fundamento de todo lo que existe y la respuesta definitiva a la pregunta que ha acompañado a la humanidad desde el principio: ¿por qué existe el universo?

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Una de las verdades más extraordinarias que enseña la Biblia acerca de la creación es que Dios no necesitó materia preexistente para crear el universo. A diferencia del ser humano, que siempre requiere materiales para construir, Dios posee un poder creador absolutamente único. Él puede llamar a la existencia aquello que antes no existía.

  Cuando un arquitecto construye una casa necesita ladrillos, cemento, acero, madera y vidrio. Un escultor requiere piedra o mármol. Un carpintero necesita madera. Incluso el artista más creativo depende siempre de materiales ya existentes para realizar su obra. Ningún ser humano puede crear materia de la nada.

  Dios, en cambio, no está limitado por esa condición. La Biblia presenta al Creador como el único Ser capaz de dar existencia a aquello que antes no existía. Ese poder pertenece exclusivamente a Él.

 Dios creo todo de la nada

 El autor de la carta a los Hebreos lo expresa de manera admirable:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
(Hebreos 11:3)

  Este versículo no pretende describir el proceso físico de la creación, sino señalar su origen. Todo lo visible tuvo su principio en la acción creadora de Dios. El universo no surgió porque existiera una materia eterna esperando ser organizada; surgió porque Dios habló y ejerció su poder creador.

  Desde el primer capítulo del Génesis encontramos esta misma realidad. Una y otra vez aparece la expresión:

“Y dijo Dios…”

  Y después de cada mandato divino ocurre algo extraordinario.

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
(Génesis 1:3)

“Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas… Y fue así.”
(Génesis 1:6-7)

“Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde… Y produjo la tierra…”
(Génesis 1:11-12)

  La creación responde inmediatamente a la voz del Creador. Dios no lucha contra fuerzas opuestas ni necesita herramientas para realizar su obra. Su palabra posee autoridad absoluta. Lo que Él ordena, existe.

  El salmista resumió esta verdad con una de las declaraciones más hermosas de toda la Biblia:

“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
(Salmo 33:9)

  ¡Qué diferencia tan grande existe entre el poder de Dios y el poder del hombre! Nosotros imaginamos, planeamos y trabajamos durante meses o años para construir algo. Dios simplemente habla, y aquello que no existía comienza a existir.

  El apóstol Pablo también destaca este atributo único de Dios al hablar de Abraham:

“…delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.”
(Romanos 4:17)

  Aunque Pablo utiliza este pasaje para explicar la fe de Abraham, sus palabras revelan una característica extraordinaria del Creador. Dios tiene el poder de llamar a la existencia aquello que todavía no existe. Lo que para el ser humano resulta imposible, para Dios constituye una manifestación natural de su omnipotencia.

  Esta capacidad pertenece únicamente a Dios. Ningún ángel, ningún ser humano y ninguna criatura posee semejante poder. Solo el Creador puede producir existencia donde antes no había absolutamente nada.

  El profeta Isaías también enfatiza el carácter único del Dios creador:

“Así dice Jehová, Creador de los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso… Yo soy Jehová, y no hay otro.”
(Isaías 45:18)

  Observe que Isaías relaciona directamente la creación con la identidad de Dios. Él no es simplemente un dios más entre muchos. Es el único Creador. Su capacidad para dar origen al universo lo distingue de cualquier otro ser.

  En otra ocasión, el Señor declara:

“Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre; yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé.”
(Isaías 45:12)

  Estas palabras revelan que toda la creación depende completamente de Dios. El universo no posee existencia propia ni autonomía absoluta. Existe porque Dios quiso que existiera y continúa existiendo porque Él sostiene todas las cosas con su poder.

  Es importante señalar que la Biblia nunca intenta explicar detalladamente cómo Dios creó el universo. Su propósito principal no es satisfacer toda curiosidad científica, sino revelar quién lo creó. Las Escrituras concentran nuestra atención en el Autor de la creación y no en los mecanismos mediante los cuales realizó su obra.

  Precisamente por eso, la creación constituye una evidencia tan poderosa de la existencia de Dios. Si el universo pudiera explicarse completamente por sí mismo, no habría necesidad de un Creador. Pero la Biblia afirma que toda la realidad visible tuvo su origen en el poder de un Dios eterno que llamó a la existencia aquello que antes no existía.

  Esta verdad nos recuerda que el Dios de la Biblia no está limitado por las leyes que gobiernan el universo, porque Él mismo es quien las estableció. El tiempo, el espacio, la materia y la energía existen porque Él quiso que existieran. Todo depende de Dios; Dios no depende de nada.

  Quizá esa sea una de las diferencias más profundas entre el Creador y toda su creación. Nosotros siempre trabajamos con lo que ya existe. Dios, en cambio, posee el poder de hacer existir lo que jamás había existido.

  Por eso, cuando la Biblia describe el origen del universo, no dirige nuestra atención hacia la materia ni hacia procesos impersonales. La dirige hacia el Dios eterno, cuya palabra tiene poder para llamar a la existencia los cielos, la tierra y todo cuanto contienen.

  El universo no existe porque la materia fuera eterna. Existe porque el Dios eterno habló. Y cuando el Creador habló, aquello que no existía comenzó a existir. Esa es una de las manifestaciones más sublimes de su poder y una de las evidencias más extraordinarias de que el Dios revelado en las Escrituras es verdaderamente el Autor de todas las cosas.


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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si existe una expresión que se repite una y otra vez en el relato de la creación, es esta: “Y dijo Dios…”. Aunque pudiera parecer una frase sencilla, encierra una de las verdades más profundas de toda la Biblia. El universo no nació como resultado de una lucha entre dioses, ni fue producto del azar, ni surgió por la acción de fuerzas impersonales. La creación comenzó cuando Dios habló.

  El primer capítulo del Génesis presenta una secuencia extraordinaria. Cada nueva etapa de la creación inicia con las mismas palabras:

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
(Génesis 1:3)

“Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas…”
(Génesis 1:6)

“Y dijo Dios: Júntense las aguas…”
(Génesis 1:9)

“Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde…”
(Génesis 1:11)

“Y dijo Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos…”
(Génesis 1:14)

“Y dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes…”
(Génesis 1:20)

“Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes…”
(Génesis 1:24)

“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen…”
(Génesis 1:26)

  Esta repetición no es casual. El Espíritu Santo desea que el lector comprenda que la creación responde a la autoridad de la palabra divina. Dios no necesita herramientas, maquinaria, materiales ni esfuerzo. Su palabra posee un poder creador absoluto. Lo que Él ordena, simplemente llega a existir.

  Esta verdad distingue al Dios de la Biblia de todos los dioses imaginados por las antiguas culturas. En muchas mitologías, la creación surge después de guerras entre divinidades o del triunfo de un dios sobre otro. En las Escrituras ocurre exactamente lo contrario. El Dios verdadero crea con absoluta tranquilidad y autoridad. No encuentra resistencia. No enfrenta oposición. Basta con que hable, y el universo responde inmediatamente a su voz.

  El salmista describe esta realidad con extraordinaria belleza:

“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.”
(Salmo 33:6)

  Observe la sencillez y, al mismo tiempo, la grandeza de esta afirmación. Los cielos, con sus incontables galaxias, estrellas y planetas, no fueron producto de un largo esfuerzo divino. Fueron hechos por la palabra de Jehová. El universo entero obedece a la voz de su Creador.

  Dios creo todo con el poder de su Palabra

Unos versículos más adelante, David añade:

“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
(Salmo 33:9)

  Estas palabras resumen toda la doctrina bíblica de la creación. Dios habla y las cosas suceden. Su palabra no expresa únicamente deseos o intenciones; expresa autoridad. Cuando el Creador habla, la realidad misma responde a su mandato.

  El autor de la carta a los Hebreos confirma esta enseñanza:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
(Hebreos 11:3)

  El universo existe porque Dios habló. Esta afirmación tiene profundas implicaciones. Significa que el origen de todo cuanto vemos no se encuentra en la materia, sino en la voluntad soberana del Creador. Antes de que existieran el espacio, el tiempo o la energía, existía la palabra de Dios.

  Esta verdad también revela el inmenso poder de la palabra divina. Las palabras humanas pueden informar, persuadir, consolar o enseñar, pero no tienen poder creador. Ningún ser humano puede decir: “Exista una montaña”, y verla aparecer delante de sus ojos. Ningún científico, por brillante que sea, puede ordenar la existencia de una estrella o de una célula. Solo Dios posee una palabra capaz de transformar la nada en existencia.

  Por esta razón, la Biblia presenta la palabra de Dios como una manifestación de su omnipotencia. Aquello que para el hombre resulta imposible, para Dios ocurre con absoluta facilidad. Él no necesita luchar contra el caos, porque toda la creación está sujeta a su autoridad.

  Pero existe un aspecto aún más profundo. La palabra mediante la cual Dios creó el universo no fue únicamente eficaz en el pasado; continúa siendo poderosa en el presente. El mismo Dios que dijo: “Sea la luz”, es el Dios cuya palabra sostiene todas las cosas y jamás deja de cumplir aquello que Él determina.

  El profeta Isaías escribió:

“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.”
(Isaías 55:11)

  Aunque este pasaje se refiere al cumplimiento de la voluntad de Dios en la historia, revela un principio que armoniza perfectamente con el relato de la creación: la palabra de Dios nunca fracasa. Siempre cumple el propósito para el cual fue pronunciada.

  El Nuevo Testamento añade una dimensión aún más extraordinaria. El evangelio de Juan identifica al Señor Jesucristo como el Verbo, la Palabra eterna de Dios:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
(Juan 1:1)

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
(Juan 1:3)

  No es casualidad que Juan utilice el término Verbo o Palabra. El mismo Dios que habló en el Génesis para dar origen al universo se reveló plenamente en Jesucristo. La Palabra creadora y la Palabra encarnada pertenecen al mismo Dios eterno.

  Al contemplar la inmensidad del universo resulta difícil imaginar el poder necesario para producirlo. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención no hacia la fuerza de una explosión, ni hacia procesos impersonales, sino hacia la voz del Creador. El universo existe porque Dios habló. Las estrellas brillan porque Dios habló. La vida apareció porque Dios habló. Todo cuanto existe responde, en última instancia, a la autoridad de su palabra.

  Por ello, cada vez que leemos las sencillas palabras “Y dijo Dios…”, no estamos ante una simple expresión literaria. Estamos contemplando la manifestación del poder creador más grande imaginable. Es la voz del Dios eterno llamando a la existencia un universo que antes no existía.

  La creación comenzó con una palabra. Y esa palabra nos recuerda, todavía hoy, que el Dios de la Biblia posee un poder que ningún otro ser ha tenido jamás: el poder de hablar, y hacer que la realidad misma obedezca su voz.

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  Hasta este momento hemos visto que la Biblia afirma que el universo tuvo un comienzo, que fue creado por Dios y que llegó a existir por el poder de su palabra. Sin embargo, las Escrituras dan un paso más. No solo enseñan que Dios creó el universo, sino que la propia creación continúa dando testimonio de su Creador.

  Esta es una diferencia muy importante. En este capítulo no analizaremos la complejidad del universo, el ajuste fino de las constantes físicas ni el extraordinario diseño de los seres vivos. Esos temas pertenecen a la siguiente gran evidencia: el orden y el diseño del universo. Aquí nos concentraremos en una afirmación mucho más sencilla y profundamente bíblica: la creación habla.

  Por supuesto, la creación no habla con palabras humanas. No pronuncia discursos ni escribe libros. Sin embargo, según la Biblia, existe un mensaje permanente que el universo proclama a toda la humanidad. Ese mensaje no cambia con el paso de los siglos. Se escucha en todos los idiomas, en todas las culturas y en todos los rincones del planeta.

La creación habla de su creador

Nadie expresó esta verdad con mayor belleza que el rey David:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras.”
(Salmo 19:1-4)

  Estas palabras constituyen uno de los pasajes más hermosos de toda la Biblia. David contempla el cielo y comprende que la creación está proclamando algo. Los cielos cuentan, el firmamento anuncia, los días emiten palabra y las noches declaran sabiduría. El lenguaje es poético, pero el mensaje es profundamente real.

  David no afirma que las estrellas sean Dios, ni que la naturaleza deba ser adorada. Tampoco dice que la creación posea vida espiritual propia. Lo que enseña es que toda la creación señala más allá de sí misma. Así como una obra de arte dirige nuestra atención hacia el artista que la pintó, el universo dirige nuestra mirada hacia Aquel que le dio existencia.

  Observe también otro detalle extraordinario del Salmo diecinueve. David afirma que este testimonio es universal.

“No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz.”

  La creación no necesita traducción. No habla hebreo, griego, latín, español, inglés o chino. Su mensaje puede ser contemplado por cualquier ser humano, sin importar su idioma o su nivel de educación. Un niño puede maravillarse al contemplar un cielo estrellado. Un científico puede estudiar durante toda su vida las leyes del universo. Ambos están observando el mismo testimonio.

  Muchos siglos después, el apóstol Pablo desarrolló esta misma idea en uno de los pasajes más importantes de toda la Biblia:

“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.”
(Romanos 1:19-20)

  Estas palabras merecen ser examinadas cuidadosamente. Pablo no está diciendo que la creación revele todo acerca de Dios. La naturaleza, por sí sola, no nos explica el evangelio, ni la cruz de Cristo, ni el camino de la salvación. Para conocer esas verdades necesitamos la revelación especial de Dios contenida en las Escrituras y culminada en Jesucristo.

  Sin embargo, Pablo afirma que la creación sí revela algo muy importante: la existencia de Dios. Mediante las cosas creadas, el ser humano puede reconocer que detrás del universo existe un Creador eterno y poderoso.

  Observe las dos expresiones que utiliza el apóstol. La creación revela “su eterno poder” y “su deidad”. Es decir, al contemplar el universo, el hombre puede comprender que existe un Ser infinitamente superior a toda la creación y que ese Ser posee un poder que sobrepasa toda capacidad humana.

  Pablo llega incluso a una conclusión sorprendente:

“…de modo que no tienen excusa.”

  Esta es una de las afirmaciones más fuertes de toda la Biblia. El apóstol no dice que todos los hombres crean en Dios, sino que todos han recibido un testimonio suficiente para reconocer que existe un Creador. La creación constituye un testigo permanente que habla continuamente acerca de Dios.

  Es importante notar quién tomó la iniciativa de dar este testimonio. Pablo escribe:

“…pues Dios se lo manifestó.”

  No fue el ser humano quien descubrió por sí mismo la existencia de Dios. Fue Dios quien decidió revelarse mediante su creación. Desde el principio quiso que el universo fuera mucho más que un lugar donde habitar. Quiso que fuera también un inmenso testimonio de su poder y de su gloria.

  Cada amanecer anuncia la fidelidad del Creador. Cada noche estrellada recuerda la inmensidad de su poder. Cada montaña, cada río, cada árbol y cada ser viviente forman parte de un inmenso coro silencioso que proclama la existencia de Aquel que hizo todas las cosas.

  Por eso, cuando la Biblia invita al ser humano a contemplar la creación, no lo hace únicamente para admirar su belleza. Lo invita a mirar más allá de ella. La creación nunca pretende ocupar el lugar de Dios; su propósito es conducirnos hacia Él.

  El profeta Isaías expresó esta misma idea mediante una pregunta que sigue desafiando a cada generación:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
(Isaías 40:26)

  Observe que Isaías no pregunta simplemente qué vemos en el cielo. Pregunta quién lo creó. Esa es precisamente la finalidad del testimonio de la creación: conducir la mente y el corazón del ser humano desde la obra hacia el Autor, desde el universo hacia su Creador.

  La Biblia enseña que la creación no guarda silencio. Desde el primer amanecer hasta el día de hoy continúa proclamando el mismo mensaje. Sin pronunciar una sola palabra audible, declara la gloria de Dios. Sin levantar una sola voz, anuncia la obra de sus manos. Sin escribir un solo libro, ofrece uno de los testimonios más universales que la humanidad haya recibido.   Por ello, la creación no solo constituye el escenario donde vivimos; es también uno de los primeros y más grandes testigos que Dios dejó para que toda la humanidad pudiera reconocer que existe un Creador eterno, poderoso y digno de toda honra y adoración.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Hasta este momento hemos visto que la Biblia presenta la creación como la primera evidencia de la existencia de Dios. Hemos descubierto que el universo tuvo un comienzo, que fue creado por la palabra del Dios eterno y que continúa proclamando silenciosamente la gloria de su Creador. Sin embargo, el apóstol Pablo añade una afirmación aún más sorprendente. La creación no solo revela que Dios existe; también hace responsable al ser humano delante de Él.

  Esta es, probablemente, una de las enseñanzas más contundentes de toda la Biblia acerca de la revelación de Dios en la naturaleza. Pablo dedica el inicio de su carta a los romanos a explicar que Dios no ha permanecido oculto. Por el contrario, ha dado suficiente testimonio de sí mismo para que toda la humanidad pueda reconocer que existe un Creador.

  El pasaje central dice así:

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.”
(Romanos 1:18-20)

  Estas palabras contienen una verdad de enorme importancia. Observe quién toma la iniciativa. Pablo no dice que el ser humano descubrió por sí mismo la existencia de Dios. Dice exactamente lo contrario:

“…Dios se lo manifestó.”

  Fue Dios quien decidió revelarse. Desde el principio quiso dejar un testimonio permanente de su existencia. El universo no fue creado únicamente para ser habitado; también fue creado para revelar la gloria, el poder y la majestad de su Autor.

  Pablo afirma que mediante la creación pueden conocerse dos atributos fundamentales de Dios:

“…su eterno poder y deidad…”

  La creación deja al hombre si excusa delante de Dios.

La creación no revela todos los aspectos del carácter divino. No nos explica el plan de salvación, ni el amor manifestado en la cruz, ni la persona de Jesucristo. Para conocer esas verdades Dios nos dio las Escrituras y, finalmente, a su Hijo. Sin embargo, la creación sí revela algo suficiente para que el hombre comprenda que existe un Ser eterno, infinitamente poderoso y distinto de todo cuanto ha sido creado.

  Pablo utiliza una expresión muy interesante:

“…las cosas invisibles de él… se hacen claramente visibles…”

  Aunque Dios es invisible, parte de su grandeza puede percibirse a través de sus obras. Nadie ha visto directamente al Creador, pero todos podemos contemplar aquello que Él hizo. Así como una pintura revela el talento del artista o una composición musical refleja el genio de su autor, la creación manifiesta la existencia del Dios que le dio origen.

  Observe también que Pablo dice que estas evidencias son “claramente visibles”. No afirma que sean confusas, ocultas o reservadas para un pequeño grupo de personas. Dios no escondió el testimonio de su existencia. Lo colocó delante de toda la humanidad.

  Cada amanecer.

  Cada montaña.

  Cada océano.

  Cada estrella.

  Cada ser viviente.

  Todo forma parte de ese inmenso testimonio que Dios ha dejado ante los ojos del mundo.

  Pero Pablo llega a una conclusión aún más fuerte:

“…de modo que no tienen excusa.”

  Estas palabras han sido objeto de reflexión durante siglos. ¿Qué quiere decir el apóstol? ¿Está afirmando que la creación basta para salvar al ser humano? La respuesta es no. La propia carta a los Romanos deja claro que la salvación se encuentra únicamente por medio de la fe en Jesucristo.

  Entonces, ¿qué significa que el hombre “no tiene excusa”?

  Significa que nadie podrá decir delante de Dios: “Jamás tuve ningún testimonio de que Tú existías.” Según Pablo, Dios ya dio ese testimonio por medio de la creación. El problema no es la falta de evidencia, sino la respuesta del corazón humano frente a esa evidencia.

  De hecho, Pablo continúa explicando cuál fue la reacción de la humanidad:

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias…”
(Romanos 1:21)

  Observe cuidadosamente estas palabras. El problema descrito por Pablo no es principalmente intelectual, sino espiritual. El ser humano contempló el testimonio de Dios en la creación, pero decidió no honrar al Creador. En lugar de dirigir su adoración hacia Dios, la dirigió hacia las cosas creadas.

  Más adelante escribe:

“…cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”
(Romanos 1:23)

  ¡Qué descripción tan precisa de la historia de la humanidad! En lugar de adorar al Creador, muchos pueblos terminaron adorando el sol, la luna, las estrellas, los animales, los árboles o incluso a otros seres humanos. Cambiaron al Autor por su obra.

  Por eso Pablo concluye con otra afirmación contundente:

“…honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador…”
(Romanos 1:25)

  Aquí encontramos una de las grandes diferencias entre la cosmovisión bíblica y muchas religiones antiguas. La Biblia nunca invita a adorar la naturaleza. La creación es maravillosa, pero no es divina. Es un testigo, no el objeto de nuestra adoración. Su función consiste en señalar hacia Dios, no reemplazarlo.

  Este pasaje también nos recuerda que la evidencia, por sí sola, no obliga al ser humano a creer. Dos personas pueden contemplar el mismo cielo estrellado. Una de ellas reconocerá la gloria del Creador; la otra afirmará que todo es producto del azar. La diferencia no está en el universo que observan, sino en la disposición con la que responden al testimonio que Dios ha colocado delante de ellos.

  Romanos uno constituye, sin duda, uno de los textos más importantes de toda la Biblia sobre la existencia de Dios. Allí aprendemos que la creación no solo manifiesta el poder y la deidad del Creador, sino que también establece la responsabilidad moral del ser humano. Dios ha hablado por medio de sus obras. La pregunta ya no es si Él ha dado testimonio de sí mismo, sino cómo responderemos a ese testimonio.

  Por ello, la creación no es simplemente el escenario donde transcurre nuestra vida. Es el primer gran mensaje que Dios dirigió a toda la humanidad. Un mensaje silencioso, universal y permanente que sigue proclamando, día tras día, que detrás del universo existe un Creador eterno, poderoso y digno de toda gloria.   Y precisamente porque Dios ha dejado ese testimonio al alcance de todos, la Biblia concluye con una afirmación solemne: el hombre no tiene excusa.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Al llegar al final de esta primera serie dedicada a la creación como evidencia de la existencia de Dios, es inevitable detenernos para contemplar una de las verdades más hermosas de toda la Biblia. La creación no solo existe porque Dios la hizo. No solo da testimonio de que hay un Creador. No solo deja al ser humano sin excusa. La creación tiene un propósito aún mayor: anunciar la gloria de Dios.

  Cuando la Biblia habla de la gloria de Dios, se refiere a la manifestación visible de su grandeza, de su poder, de su sabiduría, de su majestad y de la perfección de su carácter. En otras palabras, Dios creó el universo para que, al contemplarlo, el ser humano pudiera vislumbrar, aunque fuera de manera limitada, la inmensidad de Aquel que lo hizo.

  Nadie expresó esta verdad con mayor belleza que el rey David.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.”
(Salmo 19:1-2)

  ¡Qué extraordinaria descripción! David no dice que los cielos simplemente existan. Afirma que cuentan la gloria de Dios. El universo entero se convierte en un inmenso testigo que proclama continuamente la grandeza de su Creador.

 La creación anuncia la gloria de Dios

Cada amanecer anuncia su fidelidad.

  Cada noche estrellada proclama su inmensidad.

  Cada montaña refleja su poder.

  Cada océano habla de su grandeza.

  Cada ser viviente revela algo de su infinita sabiduría.

  La creación nunca permanece en silencio. Día tras día continúa proclamando el mismo mensaje: Dios existe y es infinitamente glorioso.

  En otro de sus salmos, David contempla el cielo durante la noche y exclama con profundo asombro:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”
(Salmo 8:3-4)

  Observe el orden del pensamiento de David. Primero contempla el universo. Después dirige su mirada hacia sí mismo. Cuanto más comprende la inmensidad de la creación, más consciente se vuelve de la pequeñez del ser humano y, al mismo tiempo, más se maravilla del amor de Dios hacia nosotros.

  La creación produce humildad. Nos recuerda que no somos el centro del universo. Existe un Creador infinitamente mayor que toda su obra, y aun así se interesa por cada uno de nosotros.

  David vuelve a contemplar la naturaleza en el Salmo ciento cuatro, uno de los grandes himnos dedicados al Creador. Después de recorrer la belleza de los cielos, las montañas, los mares, los animales y la provisión de Dios para todas sus criaturas, concluye diciendo:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Esta exclamación resume el espíritu de toda la creación. David no observa el universo con indiferencia. Cada elemento que contempla lo conduce a la adoración. Las obras de Dios despiertan admiración porque revelan la sabiduría de Aquel que las hizo.

  Siglos más tarde, el profeta Isaías invitó al pueblo a levantar nuevamente la mirada hacia el cielo:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.”
(Isaías 40:26)

  Observe la pregunta que hace Isaías.

“¿Quién creó estas cosas?”

  No pregunta simplemente qué vemos en el cielo. Nos invita a mirar más allá de las estrellas para descubrir al Autor de todas ellas.

  La creación nunca pretende quedarse con la gloria. Toda ella señala hacia Dios. Las estrellas no buscan ser admiradas por sí mismas; anuncian la grandeza de quien las colocó en su lugar. Los mares no exaltan su propio poder; reflejan el poder del Creador. Toda la naturaleza cumple silenciosamente la misión para la cual fue creada: revelar la gloria de Dios.

  Este principio recorre toda la Biblia. Cada vez que las Escrituras hablan de la creación, la atención termina dirigiéndose al Creador. Nunca invitan al hombre a detenerse en la obra. Lo invitan a levantar la mirada hasta Aquel que hizo la obra.

  Quizá esa sea una de las razones por las que la contemplación de la naturaleza ha producido tanta admiración a lo largo de la historia. Un cielo estrellado, una cadena montañosa, una cascada imponente o un amanecer sobre el océano despiertan en el corazón humano una sensación difícil de describir. La Biblia explica esa experiencia diciendo que la creación fue diseñada para dirigir nuestra atención hacia la gloria de Dios.

  Al concluir esta primera evidencia de la existencia de Dios, podemos afirmar que la creación cumple múltiples propósitos según las Escrituras. El universo existe porque Dios lo creó. Da testimonio permanente de su Creador. Revela su eterno poder y deidad. Hace responsable al ser humano delante de Él. Y, por encima de todo, anuncia continuamente su gloria.

  Sin embargo, nuestro recorrido apenas comienza. Hasta ahora hemos respondido una sola pregunta: ¿por qué existe el universo? Pero aún queda otra igualmente fascinante.

  No basta con reconocer que el universo existe. Debemos preguntarnos también cómo funciona. ¿Por qué las leyes de la naturaleza poseen una precisión tan extraordinaria? ¿Por qué el cosmos parece estar cuidadosamente ordenado? ¿Por qué la vida depende de un equilibrio tan delicado?

  La Biblia también tiene una respuesta para estas preguntas.

  En el siguiente bloque de esta serie dejaremos de contemplar únicamente la existencia de la creación para dirigir nuestra atención hacia el orden y el diseño del universo. Descubriremos que la misma creación que anuncia la gloria de Dios también refleja su infinita sabiduría.

  Porque, como escribió David hace casi tres mil años, una verdad sigue resonando en todo el universo y continuará haciéndolo mientras exista la creación:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” (Salmo 19:1).

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