Dr. Elio M. Rivera
La pobreza es otra de esas realidades a las que hemos llegado a acostumbrarnos.
Personas que no tienen suficiente alimento.
Familias que no pueden pagar una vivienda digna.
Padres que deben decidir entre comprar comida o medicamentos.
Niños que crecen con necesidades que sus padres quisieran cubrir, pero no pueden.
Mientras unos tienen mucho más de lo que necesitan, otros luchan cada día simplemente para sobrevivir.
Y nuevamente aparece la pregunta que ha acompañado toda esta serie:
¿Esto fue lo que Dios diseñó?
Para responder tenemos que regresar, una vez más, al principio.
Así era al principio: Dios creó un mundo de abundancia
Cuando Dios colocó a Adán en el huerto, no lo puso en un terreno estéril y le dijo:
«Ahora intenta sobrevivir.»
Antes de crear al hombre, Dios había preparado el lugar donde viviría.
Génesis dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»
Génesis 2:9, RVR1960.
Había agua.
Había alimento.
Había tierra.
Había recursos.
Había trabajo.
Había abundancia.
Adán tenía necesidades, pero Dios había creado también los recursos para satisfacerlas.
El primer hombre no conocía hambre.
No conocía indigencia.
No conocía personas durmiendo en las calles.
No conocía familias sin alimento.
La pobreza no aparece en la descripción del mundo que Dios llamó:
«bueno en gran manera».
Entonces todo cambió
Después de la caída, la relación del hombre con la tierra también fue afectada.
Dios dijo a Adán:
«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»
Génesis 3:17, RVR1960.
Y añadió:
«Espinos y cardos te producirá…»
Génesis 3:18, RVR1960.
Ahora obtener alimento requeriría esfuerzo.
Pero la pobreza no puede explicarse solamente por una tierra que produce con dificultad.
Porque algo más se había dañado:
Aparecieron codicia, egoísmo, injusticia, explotación y dominio.
El hombre comenzó a acumular.
Comenzó a quitar a otros.
Comenzó a utilizar su poder para obtener más.
Y así apareció una terrible contradicción:
un mundo lleno de recursos en el que algunos seres humanos no tienen lo necesario para vivir.

Nosotros también construimos pobreza
La Biblia reconoce que pueden existir diferentes circunstancias que conduzcan a la pobreza. Pero denuncia repetidamente algo particularmente grave:
cuando el hombre empobrece a otro hombre.
El profeta Amós condenó a quienes:
«…oprimís a los pobres, y quebrantáis a los menesterosos…»
Amós 4:1, RVR1960.
Eso también pertenece a El imperio de la muerte.
Cuando alguien utiliza su posición para explotar al débil.
Cuando se retiene injustamente el salario.
Cuando la corrupción desvía recursos destinados a quienes los necesitan.
Cuando una persona tiene abundancia y contempla indiferente el sufrimiento de quien está a su lado.
No estamos viendo el mundo como Dios lo diseñó.
Estamos viendo lo que nosotros hicimos con él.
Así vivimos ahora: la pobreza produce mucho más que hambre
La pobreza no significa solamente tener poco dinero.
Puede significar vivir constantemente preocupado por mañana.
No saber si alcanzará para la comida.
Postergar una consulta médica porque no se puede pagar.
No tener una vivienda segura.
Trabajar durante horas y continuar sin cubrir las necesidades básicas.
Y algunas veces la pobreza se transmite de una generación a otra.
El niño nace dentro de condiciones que nunca escogió.
Por eso resulta peligroso mirar al pobre con desprecio y concluir que su situación necesariamente demuestra falta de esfuerzo.
Jesús jamás enseñó a tratar así al necesitado.
Jesucristo entró en un mundo de pobres
Resulta extraordinario observar cómo vino Cristo.
El Creador de todas las cosas no escogió nacer dentro de un palacio.
María colocó al recién nacido:
«…en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.»
Lucas 2:7, RVR1960.
Y cuando comenzó su ministerio, Jesús declaró:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…»
Lucas 4:18, RVR1960.
Cristo veía al pobre.
Lo recibía.
Lo alimentaba.
Le devolvía dignidad.
Y enseñó a sus seguidores a hacer lo mismo.
Cuando miles tuvieron hambre, no dijo simplemente:
«Ese no es mi problema.»
Los alimentó.
Y cuando habló del servicio al necesitado dijo:
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber…»
Mateo 25:35, RVR1960.
Dentro de El imperio de la muerte, Cristo estaba mostrando cómo funciona el Reino de la vida.
Cristo es la esperanza: podemos llevar vida donde existe necesidad
Mientras exista este mundo habrá pobreza. Jesús mismo reconoció:
«Porque siempre tendréis pobres con vosotros…»
Mateo 26:11, RVR1960.
Pero esas palabras jamás fueron una autorización para ignorarlos.
La iglesia primitiva entendió exactamente lo contrario.
Los creyentes compartían para que las necesidades de otros pudieran ser atendidas.
Porque frente a la pobreza el cristiano no debería preguntar solamente:
«¿Por qué Dios permite esto?»
También debería preguntarse:
«¿Qué puedo hacer yo?»
Quizá no podamos terminar con la pobreza mundial.
Pero podemos alimentar a alguien.
Podemos vestir a alguien.
Podemos ayudar a una familia.
Podemos crear trabajo.
Podemos pagar justamente.
Podemos compartir de nuestra abundancia.
Podemos devolver dignidad.
Cada vez que hacemos esto estamos mostrando que El imperio de la muerte no gobierna nuestro corazón.
Y llegará finalmente el día en que la pobreza desaparecerá junto con todo aquello que nunca perteneció al diseño original.
Hasta entonces, mientras exista hambre, necesidad y desigualdad delante de nuestros ojos, tenemos una oportunidad extraordinaria:
llevar un poco del Reino de la vida a quienes todavía sufren dentro de El imperio de la muerte.
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