Dr. Elio M. Rivera
Hay una frase pronunciada por Adán que marca un antes y un después en la historia humana.
Antes de ella encontramos un huerto.
Comunión.
Abundancia.
Trabajo.
Compañía.
Seguridad.
Vida.
Después del pecado, Dios llamó al hombre:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Y Adán respondió:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo…»
Génesis 3:10, RVR1960
Ahí aparece.

El miedo: Una experiencia que no encontramos descrita en la vida humana antes de la caída.
Adán conocía a Dios.
Conocía a Eva.
Conocía el huerto.
Conocía los animales.
Conocía el trabajo.
Conocía la belleza.
Conocía la vida.
Pero ahora conocía algo nuevo:
«Tuve miedo».
Y desde entonces el miedo ha acompañado a la humanidad prácticamente durante toda su historia.
Así era al principio: no había nada que temer
Intentemos imaginar por un momento cómo sería vivir sin miedo.
No controlar el teléfono esperando una mala noticia.
No temer una enfermedad.
No preocuparse por el dinero.
No temer perder el trabajo.
No pensar que alguien puede hacernos daño.
No temer que nuestra pareja nos abandone.
No preocuparnos porque nuestros hijos no han llegado.
No tener miedo de envejecer.
No temer a la muerte.
No pensar:
«¿Qué pasará mañana?»
Eso se parece mucho más al mundo donde comenzó Adán.
¿Qué podía temer?
No existía muerte.
No existía enfermedad.
No existía crimen.
No existía guerra.
No existía pobreza.
No existía abandono.
No existía traición.
No existían gobiernos opresores.
No existían accidentes producidos por la irresponsabilidad de otros.
No existía un cementerio.
No había una historia anterior de tragedias que le enseñara:
«Ten cuidado, porque algo terrible puede ocurrir».
Y sobre todo:
Adán vivía en comunión con Dios.
Su seguridad no descansaba solamente en que el huerto fuera hermoso.
Descansaba en que su Padre estaba allí.
No necesitaba preguntarse quién cuidaría de él.
Ya lo sabía.
Esto fue lo que hicimos: aprendimos a tener miedo
Después vino el pecado.
Y observe la secuencia.
Adán desobedece.
Se da cuenta de su desnudez.
Se cubre.
Escucha a Dios.
Se esconde.
Y cuando explica por qué se escondió dice:
«tuve miedo».
El pecado no solamente cambió la conducta del hombre.
Cambió su experiencia interior.
El hombre que anteriormente caminaba dentro del huerto ahora se escondía entre sus árboles.
Y lo más terrible es que comenzó teniendo miedo precisamente de Aquel que había sido su fuente de seguridad.
Dios no había cambiado.
Adán había cambiado.
La culpa transformó su percepción.
La presencia que antes significaba comunión ahora le producía temor.
La voz que antes pertenecía a su Creador ahora provocaba que se escondiera.
El pecado había conseguido algo terrible:
hacer que el hombre huyera de su lugar de seguridad.
Y una vez separado de Dios, comenzó a descubrir todo lo que podía perder.
Su hogar.
Su provisión.
Su relación.
Su seguridad.
Y finalmente:
su vida.
Así vivimos ahora: tenemos miedo de casi todo
Miles de años después, aquella frase de Adán continúa describiéndonos:
«Tuve miedo».
Tenemos miedo de morir.
Miedo de enfermarnos.
Miedo de perder a nuestros hijos.
Miedo de perder al esposo o a la esposa.
Miedo de quedarnos solos.
Miedo de fracasar.
Miedo de perder el empleo.
Miedo de no tener suficiente dinero.
Miedo de que el negocio cierre.
Miedo de una crisis.
Miedo de una guerra.
Miedo de la delincuencia.
Miedo de una catástrofe.
Miedo de envejecer.
Miedo del rechazo.
Miedo de lo que otros piensen.
Miedo de tomar una decisión equivocada.
Miedo de lo desconocido.
Miedo del futuro.
Y algunas personas llegan incluso a tener:
miedo de tener miedo.
Una sensación aparece en el cuerpo y piensan:
«¿Qué me está pasando?»
El corazón se acelera.
Entonces se asustan porque el corazón se aceleró.
Respiran diferente.
Eso aumenta el miedo.
El miedo alimenta nuevas sensaciones.
Y la persona puede quedar atrapada dentro de un círculo donde su propio temor comienza a atormentarla.
El miedo nos hace sufrir cosas que todavía no han sucedido
Éste es uno de sus efectos más crueles.
El dolor normalmente responde a algo que está ocurriendo.
Pero el miedo puede hacernos sufrir por algo que:
todavía no existe.
Un hijo tarda en llegar.
Y la mente comienza:
¿Tuvo un accidente?
¿Le hicieron algo?
¿Está en un hospital?
¿Está muerto?
Todavía no sabemos qué ocurrió.
Quizá simplemente se quedó sin batería.
Pero durante veinte minutos la mente pudo vivir una tragedia completa.
Un médico solicita un estudio.
Todavía no existe diagnóstico.
Pero durante los días de espera la persona puede imaginar enfermedades, tratamientos, hospitales y hasta su propia muerte.
La empresa anuncia cambios.
Nadie ha perdido todavía el empleo.
Pero alguien pasa noches enteras pensando:
«¿Qué voy a hacer si me despiden?»
Así funciona el miedo.
Toma una posibilidad…
y la convierte emocionalmente en una realidad.
El acontecimiento quizá nunca suceda.
Pero el sufrimiento sí sucedió.
La persona lo vivió dentro de su mente.
Por eso el miedo puede robarnos no solamente el futuro.
Puede robarnos:
el presente.
El miedo puede convertirse en nuestro carcelero
Cuando el miedo comienza a gobernar, modifica nuestra manera de vivir.
Hay personas que no viajan por miedo.
No comienzan un proyecto por miedo.
No aman profundamente por miedo a ser heridas.
No hablan por miedo al rechazo.
No cambian de trabajo por miedo a fracasar.
No emprenden porque podrían perder.
No salen porque algo podría ocurrir.
No duermen tranquilas porque deben permanecer alertas.
El miedo comienza intentando protegernos.
Y puede terminar:
encerrándonos.
Entonces la persona construye una vida cada vez más pequeña.
Evita.
Controla.
Revisa.
Sospecha.
Anticipa.
Se protege.
Y cuanto más obedece al miedo, más autoridad parece adquirir el miedo sobre ella.
Finalmente ya no pregunta:
«¿Qué quiero hacer?»
Pregunta:
«¿Qué me atrevo a hacer?»
Eso es esclavitud.
El temor lleva en sí castigo
Juan escribió una frase extraordinariamente precisa:
«…el temor lleva en sí castigo.»
1 Juan 4:18, RVR1960
El miedo castiga.
Puede castigarnos mientras estamos acostados en una cama cómoda.
Puede castigarnos mientras nuestros hijos están perfectamente bien.
Puede castigarnos cuando tenemos alimento.
Puede castigarnos cuando tenemos trabajo.
Puede castigarnos cuando el médico todavía no ha encontrado ninguna enfermedad.
Puede castigarnos mientras afuera todo está tranquilo.
Porque su territorio principal está:
dentro de nosotros.
Una persona puede estar rodeada de seguridad y sentirse en peligro.
Puede tener suficiente y sentir que mañana no tendrá nada.
Puede estar acompañada y temer quedarse sola.
Puede estar sana y vivir esperando enfermar.
Puede estar viva y pasar gran parte de su vida:
temiendo morir.
¡Qué triunfo tan terrible de El imperio de la muerte!
No necesita matarnos hoy para robarnos el día.
En ocasiones le basta con hacernos pasar todo el día pensando que quizá mañana moriremos.
No fuimos creados para vivir atormentados
Volvamos nuevamente al principio.
Adán no fue creado temblando.
No fue creado escondiéndose.
No fue creado esperando una tragedia.
No fue creado dominado por pensamientos catastróficos.
Fue creado para vivir en comunión con Dios.
Seguro.
Amado.
Protegido.
Provisto.
En paz.
El miedo aparece después de la ruptura:
«Tuve miedo, y me escondí».
Por eso no debemos mirar una humanidad consumida por ansiedad y concluir:
«Así nos hizo Dios».
No.
El miedo entró en nuestra experiencia dentro de un mundo separado de su fuente de seguridad.
Y desde entonces hemos intentado construir suficientes protecciones para volver a sentirnos seguros.
Dinero.
Poder.
Seguros.
Muros.
Armas.
Cuentas.
Contratos.
Cámaras.
Planes.
Y muchas de esas cosas pueden ser prudentes.
Pero ninguna puede responder completamente a la pregunta más profunda del corazón:
«¿Quién cuidará de mí?»
Cristo vino a sacarnos del dominio del miedo
Entonces aparece Jesucristo.
Y una de las expresiones que encontramos repetidamente alrededor de su presencia es:
«No temáis».
Una tormenta sacude la embarcación.
Los discípulos creen que van a morir.
Jesús está allí.
Un padre recibe la noticia de que su hija ha muerto.
Jesús le dice:
«No temas, cree solamente.»
Marcos 5:36, RVR1960
Los discípulos están a punto de enfrentar la ausencia física de Jesús y un futuro que no comprenden.
Él les dice:
«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.»
Juan 14:1, RVR1960
Y después:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
Observe lo que Jesús está restaurando.
Adán dijo:
«Tuve miedo».
Jesús dice:
«No tenga miedo».
El hombre se escondió de Dios.
Cristo vino para:
llevarnos nuevamente al Padre.
Podemos vivir libres del miedo aquí y ahora
Y esto tampoco es solamente una promesa para cuando lleguemos al cielo.
No tenemos que esperar hasta la eternidad para comenzar a vivir libres del dominio del temor.
Juan escribió:
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…»
1 Juan 4:18, RVR1960
No dice solamente que algún día desaparecerá.
Dice:
«echa fuera».
El amor de Dios puede comenzar a expulsar aquello que durante años gobernó nuestro interior.
Podemos aprender nuevamente a confiar.
Podemos dormir.
Podemos descansar.
Podemos emprender.
Podemos amar.
Podemos tomar decisiones.
Podemos enfrentar una enfermedad sin permitir que el terror gobierne nuestra mente.
Podemos atravesar una crisis sabiendo que no estamos solos.
Podemos mirar un futuro que desconocemos sin vivir atormentados por él.
Podemos enfrentar circunstancias que antes nos paralizaban.
No porque nunca exista peligro.
Sino porque el peligro ya no tiene que convertirse en nuestro señor.
Pablo escribió:
«Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.»
2 Timoteo 1:7, RVR1960
Ésa es una manera completamente diferente de caminar.
Poder.
Amor.
Dominio propio.
No terror.
No esclavitud.
No una vida dirigida permanentemente por:
«¿Y si algo malo sucede?»
Jesucristo caminó en medio de tormentas sin convertirse en esclavo de ellas.
Caminó entre enemigos sin permitir que el miedo gobernara sus decisiones.
Enfrentó enfermedad.
Enfrentó oposición.
Enfrentó demonios.
Enfrentó muerte.
Y nos llamó a:
andar como Él anduvo.
Quizá durante años hemos vivido repitiendo las primeras palabras del hombre caído:
«Tuve miedo».
Pero no tenemos que terminar nuestra historia allí.
Cristo vino para llevarnos de regreso a una relación donde podamos volver a decir:
Mi Padre está conmigo.
No conozco todo lo que ocurrirá mañana.
Pero conozco a mi Padre.
No controlo todas las circunstancias.
Pero conozco a mi Padre.
No sé qué decisiones tomarán otras personas.
Pero conozco a mi Padre.
No puedo prever cada dificultad.
Pero conozco a mi Padre.
Y cuando el miedo vuelva a tocar la puerta, ya no tiene que encontrar a un esclavo dispuesto a obedecerlo.
Puede encontrar:
a un hijo de Dios.
Porque El imperio de la muerte introdujo el miedo en la experiencia humana.
Pero Jesucristo vino para que podamos comenzar a vivir nuevamente:
en poder, en amor, en dominio propio y en la seguridad de nuestro Padre.
No solamente algún día.
No solamente cuando lleguemos al cielo.
Aquí y ahora.
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