15. «Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él»

Dr. Elio M Rivera

«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.» — Mateo 2:3, RVR1960

 Mateo necesitó muy pocas palabras para describir lo que ocurrió después de la llegada de los magos.

 Herodes escuchó la noticia.

 Y se turbó.

 Después de todo lo que sabemos acerca de él, su reacción resulta comprensible.

 Herodes había pasado buena parte de su vida consiguiendo, consolidando y protegiendo su poder. No pertenecía a la casa de David. Su corona había llegado mediante Roma. Había sobrevivido guerras, cambios de alianzas, conspiraciones y luchas familiares. Había aprendido a mirar con sospecha cualquier cosa que pudiera amenazar su posición.

 Ahora unos extranjeros llegaban a su propia capital preguntando por alguien que había «nacido Rey de los judíos».

 Pero Mateo añade algo que resulta todavía más inquietante:

«…y toda Jerusalén con él.»

 ¿Por qué Jerusalén habría de turbarse?

 Mateo no lo explica.

 Y debemos respetar ese silencio.

 No podemos afirmar que cada habitante de Jerusalén sintiera exactamente lo mismo ni que todos estuvieran preocupados por la misma razón. La expresión puede referirse ampliamente a la ciudad, particularmente a quienes se encontraban dentro de sus círculos políticos y religiosos. Pero el detalle colocado por Mateo difícilmente es accidental.

 El rey se turbó y la ciudad se turbó con él.

 Después de conocer la historia de Herodes, podemos entender por qué la inquietud del rey podía convertirse rápidamente en inquietud para otros.

 Cuando un hombre común tiene miedo, quizá su familia perciba su ansiedad.

 Cuando un hombre poderoso tiene miedo, todo un gobierno puede comenzar a moverse.

 Y cuando ese hombre posee soldados, funcionarios, informantes, cárceles y autoridad para ordenar ejecuciones, su temor deja de ser solamente un sentimiento privado.

 Puede convertirse en una amenaza pública.

 Jerusalén tenía razones históricas para saberlo.

 Los habitantes de la ciudad habían visto cambios de poder, luchas dinásticas, intervención romana, asedios y represalias. Muchos habían vivido durante el reinado de Herodes y conocían la manera en que podía reaccionar cuando creía amenazada su autoridad.

 No hacía falta saber todavía qué haría.

 Bastaba saber que Herodes estaba preocupado.

 Quizá esta sea una de las imágenes más poderosas de todo el relato.

 En algún lugar de Belén había un niño.

 No estaba reuniendo un ejército.

 No estaba organizando una rebelión.

 No había pronunciado ningún discurso.

 No había reclamado públicamente un trono.

 Probablemente dormía en brazos de su madre.

 Y, sin embargo, en Jerusalén un rey poderoso comenzaba a inquietarse.

 Esto nos permite ver la enorme diferencia entre tener poder y sentirse seguro.

 Herodes tenía prácticamente todo aquello que un hombre de su tiempo podía utilizar para protegerse.

 Tenía fortalezas.

 Tenía soldados.

 Tenía riquezas.

 Tenía contactos con Roma.

 Tenía experiencia política.

 Tenía autoridad.

 Pero bastó una pregunta para perturbarlo.

 «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?»

 Nada había cambiado todavía externamente.

 Herodes seguía sentado en su trono.

 Sus soldados continuaban obedeciéndolo.

 Roma no había retirado su respaldo.

 Sus fortalezas seguían en pie.

 Pero dentro de él algo había cambiado.

 Había aparecido una amenaza.

 O, por lo menos, él la percibía como una amenaza.

 Y esto nos permite comprender algo importante acerca del miedo.

 El miedo no siempre responde al tamaño real del peligro. Muchas veces responde al significado que nuestra mente atribuye a aquello que está ocurriendo.

 Para María, aquel niño era su hijo.

 Para los magos, era el Rey que habían venido a adorar.

 Para Dios, era su Hijo.

 Pero para Herodes podía convertirse en una amenaza a su corona.

 El mismo niño; cuatro maneras completamente diferentes de mirarlo.

 Y la manera en que Herodes lo mirara tendría consecuencias.

 Ahí aparece la parte más seria de este versículo.

 El miedo de un hombre poderoso podía terminar afectando a personas que nada tenían que ver con su problema.

 Herodes tenía miedo de perder algo.

 Jerusalén comenzó a sentir la inquietud.

 Todavía no había sucedido nada.

 Pero Mateo está preparando al lector.

 Primero apareció una noticia.

 Después apareció el miedo.

 Muy pronto aparecerían las decisiones.

 Y así ocurre frecuentemente con el temor cuando no es gobernado: comienza siendo una emoción, después modifica nuestra percepción, luego condiciona nuestras decisiones y finalmente puede terminar afectando a quienes están alrededor.

 En un hombre con poco poder, las consecuencias pueden ser pequeñas.

 En un rey, pueden ser terribles.

 Pero existe aquí otro contraste que vale la pena observar.

 Herodes tenía miedo del niño; el Padre no tenía miedo de Herodes.

 Dios sabía exactamente quién estaba sentado en Jerusalén cuando envió a su Hijo.

 Conocía su temperamento.

 Conocía su historia.

 Conocía su inseguridad.

 Conocía el poder que tenía en sus manos.

 Y aun así permitió que Jesús naciera dentro de su jurisdicción.

 Esto no significa que el peligro fuera imaginario.

 Era real.

 Precisamente por eso resulta tan impresionante.

 El Padre no estaba actuando desde la ignorancia del peligro, sino desde la seguridad absoluta de su propósito.

 Herodes podía inquietarse.

 Jerusalén podía inquietarse.

 Los palacios podían comenzar a moverse.

 Pero Dios no había perdido el control de la historia.

 Y todavía había algo que Herodes ignoraba.

 El nacimiento de aquel niño no había comenzado con la pregunta de los magos.

 Mucho antes de que la noticia llegara a su palacio, Dios ya estaba obrando.

 Ahora Herodes había escuchado que había nacido otro Rey.

 La pregunta siguiente era inevitable:

 ¿qué haría con esa noticia?

Referencias

Mateo 2:1–3; Proverbios 29:25; 2 Timoteo 1:7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Sus relatos acerca de las sospechas, conflictos familiares y acciones de Herodes proporcionan el contexto histórico que permite comprender por qué la inquietud de un gobernante semejante podía resultar preocupante para quienes estaban alrededor de él.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta numerosos episodios del reinado de Herodes que muestran su preocupación por conservar el poder y la severidad con la que podía responder ante amenazas reales o percibidas.

Mateo 2:3. El texto afirma expresamente que Herodes se turbó y «toda Jerusalén con él»; no especifica las motivaciones individuales de los habitantes de Jerusalén, por lo que cualquier explicación adicional debe entenderse como reconstrucción histórica del contexto y no como una afirmación explícita del evangelista.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.