16. Los sacerdotes sabían dónde; los magos querían llegar

Dr. Elio M Rivera

«Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta.» — Mateo 2:4–5, RVR1960

 Herodes ya tenía la pregunta.

 Ahora necesitaba una respuesta.

 Los magos habían llegado preguntando dónde estaba el Rey de los judíos que había nacido, pero no conocían el lugar exacto.

 Herodes sabía perfectamente a quién consultar.

 Mandó reunir a los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo.

 Aquellos hombres conocían las Escrituras.

 Los escribas dedicaban su vida al estudio y enseñanza de la Ley. Los principales sacerdotes pertenecían al corazón de la estructura religiosa de Jerusalén. Si alguien podía responder una pregunta relacionada con las antiguas profecías de Israel, eran ellos.

 El rey Herodes preguntándoles a los escribas donde debería nacer el Cristo

Herodes hizo una pregunta muy concreta:

 ¿Dónde había de nacer el Cristo?

 Y ellos no dudaron.

 Belén.

 No Nazaret.

 No Jerusalén.

 No Jericó.

 Belén de Judea.

 Y podían demostrarlo con las Escrituras.

 Mateo recoge su respuesta relacionándola con la profecía de Miqueas:

«Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel.» — Mateo 2:6.

 Siglos antes, el profeta había escrito:

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel…» — Miqueas 5:2.

 La respuesta estaba allí.

 Escrita.

 Conservada.

 Estudiada.

 Enseñada durante generaciones.

 Y ahora ocurrió algo extraordinario.

 Los hombres que sabían dónde debía nacer el Mesías estaban en Jerusalén. Los hombres que querían encontrarlo habían venido desde el Oriente.

 Unos poseían la profecía.

 Los otros habían emprendido el viaje.

 Unos podían señalar el lugar en las Escrituras.

 Los otros querían llegar hasta el lugar.

 Mateo no dice que los sacerdotes y escribas rechazaran en ese momento a Jesús. Tampoco afirma que ninguno de ellos viajara posteriormente a Belén. Simplemente no nos lo cuenta.

 Por eso no debemos colocar palabras o decisiones en sus bocas que el Evangelio no registra.

 Pero Mateo sí coloca delante de nosotros una escena imposible de ignorar:

 los especialistas en las Escrituras proporcionaron la dirección; los extranjeros continuaron el camino.

 Y Belén no estaba al otro lado del mundo.

 Estaba muy cerca de Jerusalén.

 Los magos habían recorrido una enorme distancia para llegar hasta Judea.

 Los sacerdotes solamente necesitaban recorrer unos pocos kilómetros.

 Los extranjeros habían llegado preguntando.

 Los escribas tenían la respuesta.

 Qué paradoja.

 Se puede conocer perfectamente un texto y permanecer lejos de aquello que el texto anuncia.

 Las Escrituras no fueron dadas solamente para aumentar nuestros conocimientos.

 Fueron dadas para conducirnos a Dios.

 Podemos memorizar versículos.

 Podemos explicar doctrinas.

 Podemos conocer profecías.

 Podemos enseñar a otros.

 Podemos incluso responder correctamente preguntas acerca de Dios.

 Y todavía queda una pregunta mucho más personal:

 ¿Qué hacemos con aquello que sabemos?

 Los magos tenían menos información que los escribas, pero estaban buscando.

 Los escribas tenían la información que les faltaba a los magos.

 Y, de una manera extraordinaria, Dios utilizó ambas cosas.

 La señal los había llevado hasta Jerusalén.

 La Escritura los conduciría hasta Belén.

 Esto también nos muestra algo precioso acerca de Dios.

 Él estaba atrayendo a hombres que venían de lejos, pero no dejó que llegaran solamente mediante su propia sabiduría.

 En determinado momento necesitaron la Palabra.

 La señal despertó su búsqueda.

 La Escritura precisó el destino.

 Y la profecía escrita siglos antes seguía cumpliendo su propósito.

 Miqueas probablemente nunca conoció a aquellos hombres.

 Había muerto generaciones antes.

 Pero las palabras que Dios había dado por medio de él permanecieron esperando el momento en que unos viajeros llegarían a Jerusalén preguntando:

 ¿Dónde?

 Y la Palabra respondió:

 Belén.

 Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de esta escena.

 No basta con poseer un mapa.

 Hay que caminar.

 No basta con saber dónde está Belén.

 Hay que querer llegar hasta el Rey.

Referencias

Miqueas 5:2; Mateo 2:1–6; Juan 5:39–40; Santiago 1:22.

Mateo 2:4–6. Es la fuente principal de la consulta de Herodes a los principales sacerdotes y escribas y de su identificación de Belén como lugar del nacimiento del Cristo.

Miqueas 5:2. Profecía utilizada en la respuesta recogida por Mateo para identificar a Belén como lugar del que saldría el gobernante de Israel.

Nota histórica: Belén se encontraba a pocos kilómetros al sur de Jerusalén, por lo que el contraste narrativo resulta especialmente llamativo: los magos habían realizado un largo viaje hasta Judea, mientras el lugar señalado por las Escrituras se encontraba muy cerca de quienes conocían la profecía.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.