13. El viaje a Belén: Dios mueve la historia

Por el Dr. Elio M Rivera

«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado… E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.»
Lucas 2:1,3, RVR1960

 María estaba embarazada.

 El niño crecía.

 El momento del nacimiento se acercaba.

 Y entonces llegó una orden.

 No procedía de Nazaret.

 No procedía de Jerusalén.

 Procedía del poder imperial.

 «Se promulgó un edicto de parte de Augusto César…»

 El emperador quería realizar un empadronamiento.

 Para Roma aquello pertenecía al gobierno de un imperio.

 Para José significaba algo mucho más sencillo y mucho más difícil:

 tenía que viajar.

 Lucas explica:

 «Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta» (Lucas 2:4-5).

 Es fácil leer esas palabras en unos cuantos segundos.

 Recorrerlas fue otra cosa.

De Nazaret a Belén había un largo camino

 Nazaret se encontraba en Galilea.

 Belén estaba en Judea, al sur de Jerusalén.

 Dependiendo de la ruta seguida, el recorrido terrestre podía rondar aproximadamente ciento treinta a ciento cincuenta kilómetros, posiblemente algo más.

 Hoy una distancia semejante puede recorrerse en automóvil en unas horas.

 José y María no tenían automóvil.

 No había carreteras asfaltadas.

 No existían estaciones de servicio.

 No había hoteles reservados mediante un teléfono.

 No había iluminación nocturna.

 No existía asistencia médica a una llamada de distancia.

 El viaje se hacía al ritmo de personas y animales.

 Y Lucas añade un detalle que transforma completamente nuestra manera de imaginar el recorrido:

 María estaba encinta.

¿Cuántos días tardaron?

 Lucas no lo dice.

 Tampoco especifica la ruta.

 Por eso no podemos proporcionar un itinerario como si lo conociéramos.

 Pero un viaje semejante normalmente habría requerido varios días y, dependiendo de la ruta, el ritmo, los descansos y las condiciones de María, podía prolongarse alrededor de una semana o incluso más.

 No sabemos tampoco si María viajó sobre un asno.

 La imagen se ha vuelto inseparable de nuestros nacimientos navideños, pero Lucas nunca menciona el animal.

 Pudo caminar parte del trayecto.

 Pudo utilizar algún animal de carga.

 Pudieron alternar ambas cosas.

 No lo sabemos.

 Lo que sí sabemos es suficiente:

 una mujer embarazada tuvo que desplazarse desde Galilea hasta Judea en el mundo del siglo primero.

 Y eso no era cómodo.

Un embarazo avanzado cambia completamente el viaje

 Cualquier mujer que haya experimentado las últimas etapas de un embarazo comprenderá inmediatamente algo que una representación navideña puede hacernos olvidar.

 El cuerpo cambia.

 El centro de gravedad cambia.

 Caminar puede hacerse más pesado.

 La espalda puede doler.

 Las piernas pueden cansarse.

 Dormir puede ser difícil.

 La vejiga recibe presión.

 El descanso se interrumpe.

 Permanecer durante mucho tiempo en una misma posición puede resultar incómodo.

 El cansancio puede aparecer con mayor facilidad.

 Y el momento del parto comienza a acercarse.

 Ahora coloque a María en un camino antiguo.

 Kilómetro después de kilómetro.

 Día después de día.

 Con polvo.

 Piedras.

 Desniveles.

 Frío o calor según las condiciones.

 Necesidad de detenerse.

 Necesidad de encontrar agua.

 Necesidad de comer.

 Necesidad de encontrar un lugar razonablemente seguro para pasar la noche.

 No sabemos qué molestias experimentó María personalmente, y no debemos inventarlas.

 Pero el embarazo no dejó de ser embarazo porque llevara dentro al Hijo de Dios.

 La encarnación no eliminó las limitaciones normales de un cuerpo humano.

Los caminos antiguos no eran nuestros caminos

 También debemos quitar de nuestra imaginación las carreteras modernas.

 Viajar en aquella época significaba exponerse a condiciones que hoy podemos evitar fácilmente.

 Los caminos podían ser irregulares.

 Las distancias entre lugares seguros importaban.

 Había que pensar en agua y alimento.

 Los cambios del terreno podían hacer el recorrido más lento.

 Viajar de noche aumentaba las dificultades.

 Y la inseguridad de los caminos era una realidad conocida en el mundo antiguo.

 Jesús mismo utilizaría posteriormente una carretera conocida por sus riesgos como escenario de una parábola: el camino de Jerusalén a Jericó, donde un hombre «cayó en manos de ladrones» (Lucas 10:30).

 Eso no significa que José y María fueran atacados.

 La Biblia no dice que lo fueran.

 Significa que viajar en aquel mundo implicaba vulnerabilidades que nosotros hemos reducido considerablemente.

 José tenía que llegar a Belén.

 Y llevaba consigo a una mujer embarazada.

José debía mirar también a María

 Hay otra dimensión humana que podemos imaginar prudentemente.

 José ya había decidido recibir a María.

 Había creído la palabra de Dios.

 Sabía que aquel niño no era producto de una traición.

 Ahora tenía que cuidar de ella durante el viaje.

 Cada jornada requería decisiones.

 ¿Cuánto avanzar?

 ¿Cuándo detenerse?

 ¿Dónde descansar?

 ¿Cuándo continuar?

 No conocemos sus conversaciones.

 Pero conocemos el resultado:

 José no la dejó atrás.

 El hombre que había pensado separarse de ella ahora recorría el camino con ella.

 La revelación recibida había cambiado completamente su conducta.

 Y dentro de María viajaba el niño a quien José ya sabía que debía llamar:

 JESÚS.

¿Por qué tenía que ir María?

 Lucas dice expresamente que José fue «para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta».

 El texto no explica todos los detalles administrativos que hicieron necesaria o conveniente la presencia de María.

 Por eso debemos evitar construir una explicación que Lucas no proporciona.

 Lo importante para su relato es el resultado:

 María terminó viajando con José hacia Belén.

 Y precisamente eso coloca la historia frente a una profecía pronunciada siglos antes.

Había una antigua palabra esperando en Belén

 Mucho antes de que César Augusto emitiera su edicto, Miqueas había escrito:

 «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel…» (Miqueas 5:2).

 Belén.

 No Nazaret.

 María vivía en Nazaret.

 El embarazo avanzaba en Nazaret.

 Humanamente, lo lógico habría sido que el niño naciera allí.

 Pero la palabra profética había señalado Belén.

 Entonces César tomó una decisión.

 Aquí debemos contemplar cuidadosamente la escena.

 Augusto no estaba intentando cumplir una profecía hebrea.

 No estaba trabajando para María.

 No estaba ayudando conscientemente a José.

 No estaba preparando el nacimiento del Mesías.

 Desde su perspectiva, simplemente estaba gobernando.

 Pero sus decisiones terminaron formando parte de una historia mucho mayor que él mismo.

El emperador daba órdenes, pero no controlaba la historia

 Augusto César se encontraba entre los hombres más poderosos de su tiempo.

 Una orden suya podía movilizar poblaciones.

 José, en cambio, era un hombre común de Galilea.

 María era una joven embarazada.

 Desde la perspectiva del poder humano, la comparación era absurda.

 César estaba arriba.

 José y María estaban abajo.

 César ordenaba.

 Ellos viajaban.

 César podía permanecer en la comodidad del poder.

 Ellos tenían que recorrer el camino.

 Pero Lucas permite contemplar otra realidad.

 El emperador podía emitir el decreto, pero Dios conocía el destino final del camino.

 Augusto podía creer que estaba contando habitantes.

 Sin saberlo, su decisión contribuiría a que una mujer embarazada llegara a la pequeña población mencionada por un profeta siglos antes.

 El hombre más poderoso del imperio no sabía que estaba moviendo una pieza dentro de una historia cuyo verdadero Rey todavía estaba dentro del vientre de su madre.

El Rey fue llevado por los caminos de sus súbditos

 Aquí encontramos uno de los contrastes más conmovedores de la encarnación.

 ¿Quién viajaba dentro de María?

 Juan ya nos respondió:

 «Todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3).

 El camino pertenecía a su creación.

 Las montañas eran suyas.

 La tierra era suya.

 El cielo sobre ellos era suyo.

 El cuerpo de María había sido diseñado por Él.

 Augusto respiraba porque Dios le permitía respirar.

 Y, sin embargo, el Hijo de Dios no utilizó su identidad para exigir comodidad.

 Aceptó ser llevado.

 Kilómetro tras kilómetro.

 Dentro del cuerpo de una mujer cansable.

 Por caminos que podían ser incómodos.

 Hacia una población pequeña.

 Sin exigir una carroza real.

 Sin abrir sobrenaturalmente una carretera para sí mismo.

 Sin ordenar que los ángeles cargaran a María hasta Belén.

 Dios podía haber hecho cualquiera de esas cosas.

 Pero el relato no dice que lo hiciera.

 Permitió que el viaje fuera un viaje humano.

Podía haber escogido comodidad

 Esta es quizá la parte que más revela su corazón.

 Jesús no llegó accidentalmente a una existencia difícil.

 La encarnación fue voluntaria.

 Y al aceptar nuestra humanidad aceptó también entrar en un mundo donde vivir implica cansancio, distancia, incertidumbre y dependencia.

 El Hijo de Dios no escogió nacer aislado de las dificultades humanas.

 Desde antes de su nacimiento ya estaba experimentando sus consecuencias.

 Su madre tenía que viajar.

 José tenía que acompañarla.

 El niño sería llevado por caminos polvorientos antes incluso de poder caminar por ellos.

 El que podía haber exigido privilegios escogió compartir nuestras limitaciones.

 Eso nos dice algo acerca del Dios que vino.

 No quiso salvarnos permaneciendo protegido de todo aquello que nosotros experimentamos.

 Se acercó.

 Entró.

 Participó.

 Aceptó nuestra fragilidad sin participar de nuestro pecado.

Quizá María sintió cada kilómetro

 No sabemos qué día del embarazo era.

 No sabemos cuándo comenzó a sentir que el nacimiento estaba próximo.

 No sabemos si hubo momentos en que tuvo que detenerse.

 No sabemos si alguna noche durmió mal.

 No sabemos si José alguna vez le preguntó:

 «¿Puedes continuar?»

 Sería incorrecto escribir esas escenas como historia.

 Pero no es incorrecto detenernos ante la realidad física.

 María no transportaba un símbolo.

 Llevaba un niño verdadero.

 Y aquel niño era Jesús.

 Cada movimiento de María movía también su cuerpo.

 Cada jornada los acercaba a Belén.

 Cada kilómetro acercaba la profecía a su cumplimiento.

Dios no eliminó el camino; los acompañó a través de él

 Quizá nosotros habríamos escrito la historia de otra manera.

 Si el Hijo de Dios tenía que nacer en Belén, habríamos hecho que María viviera en Belén desde el principio.

 Así evitábamos el viaje.

 O habríamos enviado un ángel para transportarlos.

 O habríamos hecho aparecer milagrosamente un medio cómodo de transporte.

 Pero Dios no escribió la historia de esa manera.

 Hubo que recorrer el camino.

 Y esto revela algo que aparecerá una y otra vez en la vida de Jesús.

 La presencia de Dios no siempre significa ausencia de dificultad.

 María estaba exactamente dentro de la voluntad de Dios y aun así tenía que viajar embarazada.

 José estaba obedeciendo y aun así tenía que recorrer kilómetros.

 El niño era el Hijo de Dios y aun así no fue aislado de las incomodidades de nuestra condición.

 Dios no evitó el camino.

 Entró en él con nosotros.

¿Qué clase de Dios hace esto?

 Aquí vale la pena detenernos.

 El que estaba dentro de María no necesitaba demostrarnos nada.

 No nos debía nada.

 Nosotros éramos los que nos habíamos alejado.

 Nosotros habíamos pecado.

 Nosotros necesitábamos ser rescatados.

 Y, sin embargo, cuando decidió venir a buscarnos, no escogió la ruta de la comodidad.

 Escogió entrar realmente en nuestro mundo.

 Antes de nacer conoció la vulnerabilidad de ser transportado dentro del cuerpo de una madre.

 Después conocería el exilio.

 El trabajo.

 El cansancio.

 El hambre.

 La sed.

 La incomprensión.

 El rechazo.

 El dolor.

 Pero ahora todavía no necesitamos adelantarnos.

 Por el momento basta mirar el camino hacia Belén.

 Una mujer embarazada.

 Un hombre que la acompaña.

 Un viaje de muchos kilómetros.

 Y dentro de ella:

 Dios con nosotros.

 No contemplándonos desde la distancia.

 Viniendo hasta donde estábamos.

Belén apareció finalmente en el horizonte

 Después de varios días de camino, en algún momento tuvo que ocurrir.

 Belén apareció.

 No sabemos desde qué punto la vieron por primera vez.

 No conocemos las palabras que intercambiaron.

 Pero habían llegado.

 La población que Miqueas había mencionado siglos antes estaba ahora delante de ellos.

 César había emitido un decreto.

 José había obedecido la disposición.

 María había recorrido el camino.

 Y la profecía estaba a punto de cumplirse.

 Pero llegar a Belén no significó que las dificultades hubieran terminado.

 En realidad, faltaba una de las escenas más dolorosas y paradójicas de toda la historia.

 El niño que había recorrido aquel camino dentro del vientre de su madre estaba a punto de nacer.

 Era el heredero del trono de David.

 Era el Hijo del Altísimo.

 Era el Salvador.

 Había llegado a la ciudad señalada.

 Y cuando llegó el momento de recibirlo, Lucas escribió unas palabras que todavía resultan difíciles de leer sin sentir su peso:

 «No había lugar para ellos».

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.