04. El camino de regreso — Cuando el Eterno aceptó la distancia

Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:21 — “Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.”

 Mateo resume el viaje en unas cuantas palabras:

 “…y vino a tierra de Israel.”

 Pero entre Egipto e Israel había algo que el versículo no necesitaba describir.

 Distancia.

 Había caminos que recorrer. Había jornadas que completar. Había que avanzar hasta donde las fuerzas y las condiciones del viaje lo permitieran y después continuar.

 El paisaje no se movía para acercarse a ellos.

 Cada kilómetro tenía que ser recorrido.

 Cada jornada necesitaba tiempo.

 El sol salía y calentaba la tierra. Llegaba la noche y descendía la temperatura. El polvo se levantaba bajo los pies de los viajeros. El cuerpo necesitaba agua, alimento, descanso y sueño.

 El desierto no hacía excepciones porque uno de sus viajeros fuera el Hijo de Dios.

 El calor seguía siendo calor.

 La distancia seguía siendo distancia.

 La gravedad seguía actuando sobre aquel cuerpo.

 El cansancio seguía siendo una realidad de la condición humana.

 Y esto hace extraordinaria aquella pequeña frase de Mateo:

Mateo 2:21 — “Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.”

 “…y vino a tierra de Israel.”

 Porque aquel niño no era solamente otro viajero recorriendo los caminos del mundo antiguo.

 Juan escribiría acerca de Él:

 “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
 Juan 1:3.

 El camino sobre el que avanzaba había sido hecho por Él.

 La tierra que soportaba el peso de su cuerpo existía por Él.

 El sol cuyo calor podía sentirse sobre su piel había sido creado por Él.

 Las estrellas que aparecían sobre el cielo cuando llegaba la noche existían por Él.

 El universo entero debía su existencia a aquel niño que ahora necesitaba tiempo para trasladarse de un lugar a otro.

 Ese contraste resulta difícil de abarcar.

 Antes de la encarnación, el Hijo eterno no estaba encerrado dentro de las dimensiones de un cuerpo humano. Dios no necesita desplazarse kilómetros para llegar de un sitio a otro. No existe un rincón del universo al que tenga que viajar para poder estar allí.

 David había escrito:

 “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?”
 Salmo 139:7.

 Para Dios no existe un “demasiado lejos”.

 No necesita recorrer el universo para alcanzar sus extremos.

 No necesita velocidad.

 No necesita caminos.

 No necesita transporte.

 El espacio no limita a Dios.

 Y, sin embargo, ahora el Hijo había asumido un cuerpo verdadero.

 Un cuerpo ocupaba un lugar.

 No estaba físicamente en Nazaret y en Egipto al mismo tiempo.

 Para regresar a Israel había que recorrer la distancia.

 Un paso.

 Después otro.

 Una jornada.

 Después otra.

 Eso también fue encarnarse.

 Jesús no tomó solamente nuestra apariencia.

 Aceptó nuestras limitaciones físicas.

 Aceptó vivir dentro del tiempo.

 Aceptó ocupar un espacio.

 Aceptó sentir temperatura.

 Aceptó necesitar alimento.

 Aceptó necesitar agua.

 Aceptó descansar.

 Aceptó que un camino largo no pudiera recorrerse instantáneamente.

 Aceptó vivir bajo las condiciones físicas normales de un verdadero cuerpo humano.

 El que estableció las leyes que gobiernan la creación aceptó vivir dentro de ellas.

 No porque hubiera dejado de ser Dios.

 Sino porque se había hecho verdaderamente hombre.

 Y quizá por eso debemos mirar con mayor atención aquel viaje.

 No hubo necesidad de un milagro que hiciera desaparecer la distancia.

 No hubo un traslado instantáneo de Egipto a Israel.

 No vemos al Hijo utilizando su poder para hacer más cómoda su propia existencia.

 Recorrió el camino.

 Muchos años después lo veremos cansado junto a un pozo.

 Lo veremos dormir.

 Lo veremos tener hambre.

 Lo veremos tener sed.

 Aquellas experiencias no demostrarían que había dejado de ser Dios.

 Mostrarían hasta dónde había llegado su decisión de hacerse hombre.

 El Eterno había aceptado el reloj.

 El Omnipresente había aceptado la distancia.

 El Todopoderoso había aceptado el cansancio.

 El Creador había aceptado sentir sobre su cuerpo las condiciones de la creación.

 Y todavía faltaba mucho para la cruz.

 Por eso, cuando pensamos en el sacrificio de Cristo, no debemos comenzar solamente en el Gólgota.

 Hubo una entrega anterior.

 El que no podía ser contenido aceptó un cuerpo que podía estar en un solo lugar a la vez.

 El que no necesitaba descansar aceptó el sueño.

 El que no necesitaba agua aceptó la sed.

 El que no necesitaba llegar a ninguna parte porque nada estaba fuera de su presencia aceptó tener que recorrer caminos para llegar.

 Aquella familia continuó avanzando hacia Israel.

 Probablemente nadie que se cruzara con ellos habría visto algo excepcional.

 Un hombre.

 Una mujer.

 Un niño.

 Viajeros regresando a su tierra.

 Pero detrás de aquella escena aparentemente ordinaria se escondía una de las paradojas más extraordinarias de la encarnación:

 el Creador del universo estaba recorriendo, paso a paso, una pequeña porción del mundo que Él mismo había creado.

 El camino tenía una distancia determinada.

 El cuerpo tenía límites.

 Las jornadas tenían duración.

 Y Él había aceptado todo eso.

 Por nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.