Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta serie.
Si Dios ama al hombre…
si Dios es misericordioso…
si Dios conoce nuestra debilidad…
si Dios sabía que nosotros jamás podríamos pagar nuestra deuda…
entonces:

¿Por qué no simplemente olvidar lo que Adáa y Eva hicieron?
¿Por qué no mirar a Adán y Eva y decir:
“No importa.”
¿Por qué no contemplar toda la historia humana, borrar el expediente, romper el acta y declarar:
“Todos quedan perdonados.”
Parecería la solución más sencilla.
Nadie tendría que morir.
No sería necesaria la Cruz.
No habría necesidad de pagar ninguna deuda.
Simplemente Dios utilizaría su autoridad soberana y cancelaría todo.
Pero inmediatamente aparecería un problema mucho más grande:
¿Qué habría sucedido con la justicia de Dios?
El Juez no podía convertirse en injusto para salvar al culpable
Imagine por un momento un tribunal humano.
Las evidencias han sido presentadas.
El delito ocurrió.
Hay víctimas.
El acusado es culpable.
Y el juez lo sabe.
Pero cuando llega el momento de pronunciar sentencia, el juez mira al culpable y dice:
“Te quiero demasiado para castigarte.”
Después rompe el expediente.
Mira a las víctimas y declara:
“Olvidemos lo sucedido.”
Y deja libre al culpable sin que exista ninguna satisfacción de la justicia.
¿Llamaríamos amor a eso?
Probablemente no.
Lo llamaríamos injusticia.
Porque el amor hacia el culpable no elimina la responsabilidad del juez hacia la justicia.
Y el problema se vuelve todavía mayor cuando hablamos de Dios.
Moisés declaró:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.”
Deuteronomio 32:4, RVR1960
Dios no solamente hace algunas cosas justas.
Él es justo.
Por eso la solución al pecado no podía consistir en que Dios dejara de ser aquello que eternamente es.
Dios ama al culpable, pero también ama la justicia.
Isaías registra estas palabras:
“Porque yo Jehová soy amante del derecho…”
Isaías 61:8, RVR1960
Dios no considera la justicia un inconveniente que necesita quitar del camino para poder amar.
La justicia forma parte de su carácter.
Por eso encontramos juntas en Él cosas que nosotros frecuentemente queremos separar:
Amor.
Misericordia.
Santidad.
Verdad.
Justicia.
Dios no necesita abandonar una para ejercer otra.
La justicia sostiene su trono
Aquí Salmo 89:14 adquiere una importancia enorme:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
No dice que sean solamente una decoración del trono.
Dice:
“El cimiento.”
El Reino de Dios descansa sobre un gobierno perfectamente justo.
Por eso imaginemos, solamente para comprender la magnitud del problema, qué ocurriría si Dios comenzara a actuar injustamente.
Supongamos que declarara inocentes a culpables simplemente porque los ama.
Supongamos que llamara bueno a lo que anteriormente llamó malo.
Supongamos que castigara a unos y permitiera exactamente lo mismo en otros por favoritismo.
Supongamos que hiciera promesas y después decidiera que no necesita cumplirlas.
Supongamos que sus mandamientos pudieran cambiar dependiendo de quién estuviera delante de Él.
Supongamos que la verdad dejara de importar en su tribunal.
Entonces algo fundamental habría desaparecido:
la confianza absoluta en el gobierno de Dios.
Ya nadie podría afirmar con certeza que el Juez de toda la tierra hará lo que es justo.
Pero Abraham hizo precisamente esa declaración:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
La respuesta que toda la Escritura ofrece es:
Sí.
Siempre.
Sin excepción.
Si Dios pudiera cometer injusticia, todo su Reino perdería su fundamento
Esto es mucho más serio de lo que parece.
La estabilidad del Reino de Dios depende del carácter inmutable del Rey.
Los habitantes de ese Reino pueden confiar en Él porque saben que jamás mentirá.
Jamás será corrupto.
Jamás venderá una sentencia.
Jamás favorecerá al poderoso simplemente porque es poderoso.
Jamás condenará al inocente.
Jamás llamará verdad a una mentira.
Jamás cometerá maldad.
Jamás dejará de ser santo.
Por eso la Escritura dice:
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia…”
Salmo 11:7, RVR1960
Ahora imaginemos lo contrario.
Si Dios pudiera cometer injusticia una sola vez, entonces tendríamos que admitir que la injusticia es posible en Dios.
Y si fuera posible una vez, ¿qué garantizaría que no pudiera volver a suceder?
Si Dios pudiera mentir una vez, ¿cómo podríamos descansar absolutamente en sus promesas?
Si pudiera favorecer injustamente a una persona, ¿cómo sabríamos que no lo haría nuevamente?
Si pudiera declarar que el pecado no importa simplemente porque ama al pecador, ¿qué significado conservarían sus mandamientos?
El problema alcanzaría hasta el fundamento mismo de su gobierno.
En ese sentido podemos decir:
si Dios dejara de ser justo, todo el orden moral de su Reino se derrumbaría.
No porque alguien pudiera quitarle físicamente el trono.
Sino porque un Reino perfectamente santo no puede descansar sobre un Rey injusto.
Pero esto jamás sucederá.
Porque Dios jamás dejará de ser Dios.
Hay cosas que Dios no puede hacer
Esta afirmación puede sorprender.
Estamos acostumbrados a decir:
“Dios puede hacerlo todo.”
Y es verdad respecto de todo aquello compatible con su naturaleza y voluntad.
Pero la Biblia misma utiliza la expresión:
“…Dios, que no miente…”
Tito 1:2, RVR1960
Hebreos dice:
“…es imposible que Dios mienta…”
Hebreos 6:18, RVR1960
Y Pablo escribe:
“…él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.”
2 Timoteo 2:13, RVR1960
Por tanto, cuando decimos que Dios no podía simplemente convertirse en injusto, no estamos diciendo que exista una ley superior a Dios obligándolo a comportarse de determinada manera.
No existe un tribunal por encima de Él.
No existe un juez superior vigilándolo.
No existe una constitución celestial escrita por alguien más que limite su autoridad.
La razón está en Dios mismo.
Él no puede negarse a sí mismo.
Dios no puede mentir porque es verdad.
No puede actuar perversamente porque es santo.
No puede convertirse en un juez corrupto porque es perfectamente justo.
La justicia no es una cadena colocada alrededor de Dios.
La justicia expresa quién es Dios.
Tampoco podía llamar inocente al culpable sin una solución justa
Proverbios contiene una declaración particularmente fuerte:
“El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová.”
Proverbios 17:15, RVR1960
Pensemos en lo que eso significa.
Dios mismo declara abominable:
justificar injustamente al culpable
y:
condenar injustamente al inocente.
Entonces surge un problema extraordinario.
Nosotros éramos culpables.
Pero Dios quería salvarnos.
¿Cómo podía hacerlo?
No podía simplemente decir:
“Ustedes nunca pecaron.”
Porque sí habíamos pecado.
No podía decir:
“El pecado realmente no importa.”
Porque su propia santidad declara que importa.
No podía decir:
“Mi sentencia sobre el pecado era una exageración.”
Porque Dios no miente.
No podía llamar inocente al culpable mediante una ficción judicial.
Tenía que existir una manera de salvar al culpable sin corromper la justicia.
Este es uno de los grandes misterios que la Cruz resolverá.
¿Y qué ocurriría con las víctimas?
Hay otra dimensión que no debemos olvidar.
Durante esta serie hemos hablado de víctimas.
Personas asesinadas.
Personas explotadas.
Personas engañadas.
Personas humilladas.
Personas violentadas.
Personas despojadas.
Personas que murieron sin ver justicia en esta tierra.
¿Qué clase de Dios sería aquel que finalmente dijera a todos los responsables:
“No importa”?
¿Qué significaría eso para Abel?
Su sangre clamaba desde la tierra:
“La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.”
Génesis 4:10, RVR1960
Dios escuchó.
¿Qué significaría para todos aquellos cuyos clamores solamente Dios escuchó?
La Biblia dice:
“Porque el que demanda la sangre se acordó de ellos; no se olvidó del clamor de los afligidos.”
Salmo 9:12, RVR1960
El amor de Dios hacia el culpable jamás significa indiferencia hacia la víctima.
Esta es precisamente la tensión que necesitaba una solución perfecta.
¿Cómo amar al culpable sin traicionar a la víctima?
¿Cómo perdonar sin llamar bueno al pecado?
¿Cómo mostrar misericordia sin destruir la justicia?
Si no hubiera consecuencias, el mal terminaría siendo irrelevante
Pensemos también en lo que ocurriría si Dios decidiera que ningún pecado merece finalmente respuesta.
Entonces la diferencia eterna entre obediencia y rebelión perdería su significado judicial.
El que amó y el que destruyó.
El que protegió y el que abusó.
El que dijo la verdad y el que construyó su vida sobre mentiras.
El que se arrepintió y el que endureció su corazón.
Todo terminaría igual simplemente porque Dios decidió no hacer justicia.
Pero la Escritura declara:
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”
Eclesiastés 12:14, RVR1960
Nada quedará finalmente fuera de su conocimiento.
Nada obligará al Juez a mirar hacia otro lado.
Nada será demasiado antiguo para que Dios lo recuerde.
Nada será demasiado escondido para que Él lo conozca.
El tribunal humano puede perder un expediente.
Dios no.
Un testigo humano puede morir.
Dios estaba allí.
Un culpable puede destruir evidencias.
No puede destruir el conocimiento de Dios.
Un crimen puede quedar impune durante siglos.
No puede escapar eternamente de la justicia celestial.
Entonces nuestro problema parecía no tener solución
Ahora observe dónde hemos llegado.
Dios nos amaba.
Pero:
Dios era justo.
Dios quería perdonar.
Pero:
el pecado era real.
Dios quería salvar al culpable.
Pero:
no podía convertirse en un Juez corrupto para hacerlo.
Dios era misericordioso.
Pero:
la sentencia existía.
El acta estaba contra nosotros.
La paga del pecado era muerte.
La justicia exigía una respuesta.
Y nosotros no teníamos capacidad para pagarla.
Parecía un problema sin salida.
Si Dios aplicaba sobre nosotros solamente la sentencia que merecíamos:
moríamos.
Si ignoraba la culpabilidad y simplemente fingía que nunca ocurrió:
la justicia quedaba comprometida.
¿Cómo podía salvarnos entonces?
Dios no iba a destruir la justicia para salvarnos
Esta idea es fundamental.
Dios no necesitaba escoger entre:
amarnos
o:
seguir siendo justo.
La solución divina tendría que preservar ambas cosas.
Su amor tendría que permanecer perfecto.
Su justicia tendría que permanecer perfecta.
Su santidad tendría que permanecer intacta.
Su palabra tendría que cumplirse.
La deuda tendría que ser resuelta.
El pecado tendría que ser tratado como pecado.
Y aun así:
el pecador tendría que poder ser salvado.
¿Cómo?
Pablo responde con una de las declaraciones más extraordinarias de toda la Escritura.
Hablando de Jesucristo dice:
“…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia…”
Romanos 3:25, RVR1960
Observe algo sorprendente.
Pablo no dice solamente que la Cruz manifestó el amor de Dios.
Dice que manifestó:
“Su justicia.”
Y continúa:
“Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
Aquí está el problema resuelto en una sola frase:
“El justo, y el que justifica.”
Dios no dejó de ser justo.
Y aun así encontró la manera de justificar al pecador.
No destruyó su tribunal.
No cambió la definición del pecado.
No dijo que nuestra rebelión nunca había ocurrido.
No declaró innecesaria la justicia.
Encontró una manera de satisfacer la justicia y salvar al culpable.
En la Cruz Dios no escondió el problema: lo enfrentó
Ahora comenzamos a comprender por qué la Cruz ocupa el centro de nuestra salvación.
Dios podría habernos abandonado a nuestra sentencia.
Pero nos amó.
No podía salvarnos mediante una injusticia.
Por eso decidió salvarnos satisfaciendo la justicia.
La solución no consistió en mover la justicia a un lado.
Consistió en resolver aquello que la justicia demandaba.
Esto coincide con el planteamiento que hemos desarrollado en La vida y la obra de Jesucristo: el pecado había creado un problema verdadero delante de la justicia divina, y Cristo estuvo dispuesto a pagar con su propia vida aquello que nosotros no podíamos resolver.
Por eso Dios podía continuar siendo:
justo
y al mismo tiempo convertirse en:
“el que justifica.”
La justicia no fue destruida.
Fue satisfecha.
El amor no anuló la justicia.
El amor encontró la manera de cumplirla.
La misericordia no declaró inocente al pecado.
La misericordia proporcionó un Salvador para el pecador.
El Reino permaneció firme
Ahora podemos regresar al texto con el que comenzamos:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Observe que el versículo no obliga a escoger.
Justicia.
Juicio.
Misericordia.
Verdad.
Todas permanecen.
Dios no destruyó una para conservar las otras.
Su trono continuó siendo justo.
Su palabra continuó siendo verdadera.
Su santidad continuó siendo perfecta.
Y su misericordia encontró una manera de alcanzar al culpable.
Eso es lo extraordinario de la salvación.
Dios no nos salvó haciendo una excepción corrupta en su tribunal.
Nos salvó sin dejar de ser justo.
No derrumbó los fundamentos de su Reino para abrirnos una puerta.
Encontró una manera de abrir la puerta sin mover una sola piedra del fundamento de su justicia.
Y esa solución tuvo un nombre:
Jesucristo.
Y tuvo un precio:
su vida.
Y tuvo un lugar:
la Cruz.
Ahora estamos preparados para comprender por qué el hombre jamás habría podido pagar por sí mismo una deuda de semejante magnitud.
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