Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Hubo un tiempo en que el hombre no tenía miedo de encontrarse con Dios.
Génesis describe a Adán y Eva viviendo en el huerto que Dios había preparado para ellos.
No encontramos escondites.
No encontramos acusaciones.
No encontramos vergüenza.
No encontramos muerte.
Pero un día todo cambió.
El hombre desobedeció.
Y después de la desobediencia ocurrió algo que nunca había ocurrido antes:
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
Génesis 3:8, RVR1960
El Dios que antes no producía temor ahora era alguien de cuya presencia intentaban esconderse.
¿Qué había cambiado?
No había cambiado Dios.
Había cambiado la condición del hombre.
Había aparecido el pecado.
Y por primera vez en la historia humana, el hombre culpable quedó delante de su Juez.
Entonces Dios hizo una pregunta:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960
Dios no estaba buscando información.
Sabía perfectamente dónde estaba Adán.
La pregunta obligaba al hombre a salir de su escondite.
Adán tendría que presentarse delante de Dios.
Y cuando lo hizo, respondió:
“Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”
Génesis 3:10, RVR1960
Aparece entonces una palabra que no pertenecía originalmente a aquella relación:
Miedo.
Algo se había roto.
Adán ya no podía presentarse delante de Dios con la misma tranquilidad.
Su conciencia sabía que algo había sucedido.
Y Dios preguntó:
“¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Génesis 3:11, RVR1960
Aquí comienza algo extraordinariamente importante para nuestra serie.
Dios había dado un mandamiento.
El hombre lo había quebrantado.
Ahora el hombre tenía que responder.
Esto es responsabilidad moral.
Dios no trató la desobediencia como si nunca hubiera ocurrido.
Preguntó por ella.
El hombre estaba siendo confrontado con sus actos.
Entonces comenzaron las excusas.
Adán respondió:
“La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.”
Génesis 3:12, RVR1960
Eva respondió:
“La serpiente me engañó, y comí.”
Génesis 3:13, RVR1960
Desde el primer pecado encontramos una característica que todavía conocemos muy bien:
la dificultad del ser humano para asumir completamente su responsabilidad.
Adán señaló a Eva.
Eva señaló a la serpiente.
Pero ninguna explicación podía cambiar el hecho fundamental:
Dios había hablado.
Y ellos habían desobedecido.
Las circunstancias podían explicar parte de lo ocurrido.
Pero no podían convertir la desobediencia en obediencia.
Y delante de la justicia perfecta de Dios, el pecado seguía siendo pecado.
La consecuencia no apareció inesperadamente.
Antes de que el hombre pecara, Dios ya le había advertido:
“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Dios había hablado claramente.
Ahora el hombre había hecho precisamente aquello que Dios le había dicho que no hiciera.
Y algo terrible entró en la experiencia humana:
la muerte.
Muchos siglos después Pablo resumiría el principio de una manera extraordinariamente sencilla:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Observe la palabra:
“Paga.”
El pecado produce consecuencias.
No es solamente una debilidad psicológica.
No es simplemente un error sin importancia.
No es únicamente una experiencia desafortunada.
Delante de Dios constituye una realidad moral que tiene consecuencias.
Y la consecuencia final del pecado es muerte.
Si la historia hubiera terminado en Génesis 3, podríamos contemplarla desde lejos y pensar:
“Ese fue el problema de Adán.”
Pero la Biblia no nos permite hacerlo.
Pablo escribió:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960
Observe cómo se amplía la escena.
Primero:
“Un hombre.”
Después:
“El mundo.”
Y finalmente:
“Todos los hombres.”
Lo que comenzó en Edén no permaneció encerrado en Edén.
El pecado entró en la historia humana.
La muerte entró con él.
Y generación tras generación comenzó a demostrar que el problema no pertenecía solamente a nuestros primeros padres.
También nosotros pecamos.
Por eso Romanos 3:23 no dice:
“Adán pecó”.
Dice:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Todos.
Aquí la historia de Adán se convierte en nuestra historia.
No fue necesario esperar demasiado.
Los hijos de Adán y Eva crecieron.
Después la violencia continuó extendiéndose.
Génesis describe posteriormente una humanidad cuya condición había llegado a ser terrible:
“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”
Génesis 6:5, RVR1960
Pero tampoco terminó allí.
Podemos avanzar por toda la historia bíblica y encontrar la misma evidencia.
Idolatría.
Orgullo.
Injusticia.
Violencia.
Inmoralidad.
Opresión.
Egoísmo.
Rebelión.
El problema dejó de poder atribuirse únicamente a una pareja que vivió en Edén.
La humanidad entera comenzó a producir evidencias de que algo estaba profundamente mal.
Salomón escribió:
“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque.”
Eclesiastés 7:20, RVR1960
Y Pablo declara:
“No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960
La acusación se volvió universal.

Aquí necesitamos detenernos.
Durante los primeros artículos de esta serie contemplamos a Dios como un Juez incorruptible.
Nos alegraba pensar que nadie podría comprarlo.
Que nadie podría engañarlo.
Que ninguna víctima sería olvidada.
Que ningún crimen permanecería eternamente oculto.
Pero ahora aparece la otra cara de esa misma verdad.
Si Dios conoce todo, entonces también conoce todo acerca de nosotros.
No solamente aquello que hicimos públicamente.
También aquello que escondimos.
Jesús dijo:
“Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.”
Marcos 4:22, RVR1960
Dios conoce nuestras palabras.
Jesús declaró:
“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”
Mateo 12:36, RVR1960
Dios conoce nuestras obras.
Dios conoce nuestras motivaciones.
Dios conoce nuestras omisiones.
Dios conoce aquello que hicimos cuando nadie estaba mirando.
Dios conoce aquello que pensamos que nunca sería descubierto.
Y ahora el problema adquiere dimensiones enormes.
Toda la humanidad es culpable delante de un Juez que conoce perfectamente toda la verdad.
Adán intentó esconderse entre los árboles.
Nosotros hemos construido escondites mucho más sofisticados.
La reputación.
La religión.
Las buenas obras.
El reconocimiento social.
La comparación con personas peores.
Las explicaciones.
Las excusas.
Incluso podemos esconder nuestros pecados de las personas que viven más cerca de nosotros.
Pero ninguno de esos escondites funciona delante de Dios.
Hebreos declara:
“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
Hebreos 4:13, RVR1960
Esta expresión resulta impresionante:
“A quien tenemos que dar cuenta.”
No dice solamente que Dios sabe.
Dice que nosotros tendremos que responder.
Esto nos lleva exactamente al corazón de la justicia celestial.
Aquí aparece una distinción importante.
Nuestro problema no consistía solamente en que habíamos hecho cosas malas.
Nuestro problema era que esas cosas nos habían colocado en una determinada condición delante de la justicia de Dios.
Éramos culpables.
Habíamos quebrantado su ley.
Existían consecuencias.
Y la sentencia asociada al pecado era muerte.
Pablo lo expresa con extraordinaria claridad:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Aquí podemos comprender mejor el serio problema que la humanidad tenía delante de la justicia divina y que desarrollamos también en La vida y la obra de Jesucristo: el pecado no podía ser tratado simplemente como si nunca hubiera sucedido. La justicia tenía que ser satisfecha.
El hombre necesitaba algo más que mejorar su comportamiento.
Necesitaba resolver su culpabilidad.
Porque hacer algo bueno mañana no borra automáticamente el pecado cometido ayer.
Imagine un acusado diciéndole al juez:
“Sí, cometí el delito, pero desde entonces he hecho muchas cosas buenas.”
Las buenas acciones posteriores pueden demostrar un cambio.
Pueden ser importantes.
Pero no convierten mágicamente el delito anterior en algo que nunca ocurrió.
Y aquí la humanidad se encuentra frente a un problema enorme.
¿Qué hacemos con nuestra culpa pasada?
Adán no podía regresar al momento anterior y desobedecer su desobediencia.
Caín no podía devolverle la vida a Abel.
David no podía regresar en el tiempo y deshacer sus decisiones.
Pedro no podía hacer que sus tres negaciones nunca hubieran salido de su boca.
Y nosotros tampoco podemos regresar al pasado y borrar cada palabra, pensamiento, omisión y acto pecaminoso de nuestra historia.
Podemos arrepentirnos.
Podemos lamentarlo profundamente.
Podemos cambiar.
Podemos pedir perdón a las personas que lastimamos.
Podemos reparar algunas consecuencias cuando sea posible.
Pero existe algo que nosotros no podemos hacer:
convertir nuestro pasado en un pasado sin pecado.
Lo ocurrido, ocurrió.
Y la justicia tiene memoria.
Entonces la pregunta comienza a cambiar.
Ya no es solamente:
“¿Soy culpable?”
La Escritura ya respondió:
“Todos pecaron.”
Ahora la pregunta es:
“¿Qué puede hacer un hombre culpable para resolver su problema delante de un Dios perfectamente justo?”
Y aquí llegamos al siguiente gran paso de nuestra serie.
Porque el pecado no solamente produjo culpabilidad.
Produjo una deuda.
Una deuda que el hombre no podía simplemente ignorar.
Una deuda que las buenas intenciones no podían borrar.
Una deuda que tendría que ser resuelta.
Y antes de comprender por qué Jesucristo tuvo que venir, necesitamos comprender primero qué era lo que nosotros debíamos.
Ese será nuestro siguiente tema:
No solamente hicimos cosas malas — contrajimos una deuda.
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
Texto clave
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Colosenses 2:13-14, RVR1960
Había algo contra nosotros.
Pablo lo llama:
“El acta de los decretos que había contra nosotros.”
No era simplemente una lista de defectos humanos.
No era una colección de pequeños errores que Dios podía pasar por alto.
Había ocurrido algo gravísimo.
Había habido rebelión.
Había habido desobediencia.
El pecado había entrado en el mundo.
La muerte había entrado detrás de él.
La humanidad había quedado bajo esclavitud.
Y generaciones enteras que todavía no habían nacido llegarían a la existencia en un mundo completamente diferente al que Dios había entregado originalmente al hombre.
Por eso, para comprender el acta que estaba contra nosotros, tenemos que regresar nuevamente a Edén.
No para repetir toda la historia de Adán y Eva, que hemos desarrollado ampliamente en otras series de Cristopedia, sino para contemplar aquel acontecimiento desde la perspectiva de la justicia celestial.
Una de las maneras más peligrosas de minimizar Génesis 3 consiste en reducirlo a una frase:
“Adán y Eva comieron una fruta que Dios les había prohibido.”
Eso es cierto.
Pero es tremendamente incompleto.
El problema nunca fue el valor material del fruto.
El problema era la rebelión que aquel acto representaba.
Dios había creado a Adán.
Le había dado vida.
Le había preparado un hogar.
Le había dado alimento.
Le había dado una esposa.
Le había dado propósito.
Le había dado autoridad.
Le había dado acceso a un mundo donde todavía no existía la experiencia humana de funerales, cementerios, enfermedades, guerras, asesinatos ni generaciones viviendo bajo la sombra de la muerte.
Y solamente había establecido un límite:
“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Adán conocía la orden.
Conocía la advertencia.
Conocía a quien se la había dado.
Y aun así desobedeció.
Pablo hace una precisión especialmente seria:
“Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.”
1 Timoteo 2:14, RVR1960
Eva fue engañada.
Adán no.
Esto no convierte a Eva en inocente, pero hace imposible presentar el pecado de Adán como una equivocación inocente producida por falta de información.
Sabía lo que Dios había dicho.
Y comió.
Por eso Pablo posteriormente llama a lo ocurrido:
“…la transgresión de Adán…”
Romanos 5:14, RVR1960
Y:
“…la desobediencia de un hombre…”
Romanos 5:19, RVR1960
Fue transgresión.
Fue desobediencia.
Fue rebelión.
En un sentido profundamente doloroso, mordieron la mano de quien les había dado todo.
No utilizamos esta expresión como una cita bíblica, sino como una manera de dimensionar la ingratitud de aquel acto.
El mismo Dios que les había dado las manos con las que tomaron el fruto era aquel cuya palabra estaban desobedeciendo.
El Dios que había creado sus bocas era aquel cuya autoridad rechazaban al comer.
El Dios que había creado el árbol era aquel que había dicho:
“No comerás.”
No estaban rebelándose contra un tirano que los había privado de todo.
Se rebelaron contra el Creador que les había dado prácticamente todo y solamente había reservado una cosa.
Entonces apareció otra voz.
“¿Conque Dios os ha dicho…?”
Génesis 3:1, RVR1960
La estrategia comenzó cuestionando la palabra divina.
Después vino la contradicción abierta.
Dios había dicho:
“Ciertamente morirás.”
La serpiente respondió:
“No moriréis.”
Génesis 3:4, RVR1960
Ahora el ser humano estaba delante de dos palabras incompatibles.
Dios decía una cosa.
La serpiente decía lo contrario.
Y Adán y Eva tomaron una decisión.
Actuaron conforme a la palabra de la serpiente y en contra de la palabra de su Creador.
Por eso el pecado de Edén fue mucho más profundo que extender la mano hacia un árbol.
Fue decidir a quién creer y a quién obedecer.
Jesús posteriormente describiría al diablo como:
“…mentiroso, y padre de mentira.”
Juan 8:44, RVR1960
El hombre creado para vivir bajo la autoridad de Dios terminó actuando conforme a la mentira del enemigo.

El acta de los decretos
Aquí aparece una de las grandes tragedias de Edén.
Dios había dicho:
“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…”
Génesis 1:28, RVR1960
El hombre había recibido autoridad.
No autoridad independiente de Dios.
Era una autoridad delegada.
Debía gobernar bajo la autoridad del Creador.
Pero ocurrió algo terrible.
El hombre que había sido llamado a señorear se sometió a la palabra de otro.
Pablo posteriormente establecería este principio:
“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”
Romanos 6:16, RVR1960
Eso arroja una luz extraordinaria sobre Edén.
El hombre había recibido autoridad.
Pero desobedeció a Dios y obedeció la mentira.
Y el resultado fue exactamente lo contrario de aquello para lo cual había sido creado:
el que debía señorear terminó esclavizado.
La Biblia describe posteriormente a la humanidad como esclava del pecado.
Jesús dijo:
“De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.”
Juan 8:34, RVR1960
Pablo habla de haber sido:
“…esclavos del pecado…”
Romanos 6:17, RVR1960
Y Hebreos describe a seres humanos que estaban:
“…durante toda la vida sujetos a servidumbre.”
Hebreos 2:15, RVR1960
El hombre creado para gobernar terminó necesitando ser liberado.
Debemos explicar cuidadosamente qué queremos decir con esto.
La Biblia no presenta un documento en el que Adán firme legalmente la propiedad del planeta y se la entregue a Satanás.
Pero sí presenta una realidad difícil de ignorar.
El hombre recibió dominio de Dios.
El hombre se rebeló contra Dios.
El hombre obedeció la palabra del enemigo.
Y después de la caída encontramos un mundo en el que Satanás posee una influencia que nunca formó parte del propósito original para la humanidad.
Jesús lo llamó:
“…el príncipe de este mundo…”
Juan 12:31, RVR1960
Pablo lo llamó:
“…el dios de este siglo…”
2 Corintios 4:4, RVR1960
Y Juan escribió:
“…el mundo entero está bajo el maligno.”
1 Juan 5:19, RVR1960
Por eso podemos decir que Adán cedió mediante su desobediencia la autoridad que debía ejercer bajo Dios.
No dejó de pertenecerle a Dios la creación.
Dios continuó siendo soberano.
Pero el hombre perdió su condición original y quedó sometido a aquello sobre lo que nunca debió ser esclavo.
Pecado.
Corrupción.
Muerte.
Y la influencia del enemigo.
El gobernante terminó esclavo.
Hebreos utiliza una expresión estremecedora:
“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960
“El imperio de la muerte.”
No deberíamos pasar rápidamente sobre estas palabras.
En Edén Dios había advertido:
“Ciertamente morirás.”
El hombre desobedeció.
Y Pablo explica:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…”
Romanos 5:12, RVR1960
Después añade:
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte…”
Romanos 5:17, RVR1960
Observe la palabra:
“Reinó.”
Generación tras generación.
Familia tras familia.
Siglo tras siglo.
Nacimientos seguidos inevitablemente por funerales.
La humanidad construyó ciudades.
Pero también cementerios.
Levantó hogares.
Pero también sepulcros.
Celebró nacimientos.
Pero terminó llorando muertes.
Nadie podía escapar.
El imperio de la muerte se extendió sobre la humanidad.
Aquí encontramos una dimensión todavía más dolorosa.
Cuando Adán y Eva pecaron, sus hijos todavía no habían nacido.
Pero la descendencia humana estaba potencialmente en ellos.
Dios les había ordenado antes de la caída:
“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…”
Génesis 1:28, RVR1960
El propósito incluía descendencia.
Hijos.
Nietos.
Generaciones.
Una humanidad que llenaría la tierra.
En ese sentido, dentro de aquella primera pareja estaba el futuro de la familia humana.
Si permanecían en la condición original, sus descendientes habrían nacido dentro del mundo que Dios había preparado para ellos.
Pero cuando finalmente comenzaron a tener hijos, algo fundamental había cambiado.
Ya estaban fuera de Edén.
Caín no nació dentro del huerto.
Abel no nació dentro del huerto.
Set no nació dentro del huerto.
Sus descendientes no conocerían Edén como Adán lo había conocido.
Nacerían en una tierra afectada por las consecuencias de la caída.
Nacerían en un mundo donde la muerte ya había entrado.
Nacerían dentro de una humanidad caída.
Por eso la decisión de Adán no fue exclusivamente privada.
Sus consecuencias alcanzaron a toda su descendencia.
Después vino Caín.
Y Abel murió.
Imagine por un momento a Adán y Eva frente al cuerpo de su hijo.
Dios había dicho:
“Ciertamente morirás.”
La serpiente había dicho:
“No moriréis.”
Ahora la muerte estaba delante de ellos.
Y no llegó por vejez.
Llegó mediante el asesinato de un hijo por su propio hermano.
La mentira de la serpiente había demostrado su verdadero rostro.
Después vendrían más muertes.
Génesis 5 comienza a sonar como una campana funeraria:
“…y murió.”
“…y murió.”
“…y murió.”
La muerte reinaba.
Por eso, en nuestra serie El imperio de la muerte, desarrollamos con mayor profundidad cómo esta realidad se extendió sobre la experiencia humana.
Y en la serie Adán y Eva: ¿culpables o inocentes? examinamos con mayor detalle la responsabilidad de nuestros primeros padres y lo que realmente ocurrió en Edén.
Recomendamos leer ambas series para ampliar este tema, porque aquí solamente estamos observando aquellos acontecimientos desde una perspectiva específica:
la deuda que quedó delante de la justicia celestial.
Entonces Dios apareció.
No porque desconociera lo ocurrido.
El Juez sabía.
Pero llamó:
“¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960
Después interrogó.
A Adán:
“¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Génesis 3:11, RVR1960
Después a Eva:
“¿Qué es lo que has hecho?”
Génesis 3:13, RVR1960
Y ambos reconocieron el hecho.
Adán:
“…y yo comí.”
Génesis 3:12, RVR1960
Eva:
“…y comí.”
Génesis 3:13, RVR1960
El mandamiento existía.
La advertencia existía.
La transgresión ocurrió.
Los propios acusados reconocieron el acto.
Y entonces vino la sentencia.
Desde la perspectiva de la justicia, Génesis 3 contiene todos los elementos fundamentales de una escena judicial:
Ley.
Transgresión.
Interrogatorio.
Culpabilidad.
Sentencia.
Consecuencias.
Aquí debemos mirar más allá del huerto.
La Biblia revela que el gobierno de Dios no es una abstracción.
Existe una realidad celestial donde Dios reina y ejerce justicia.
Daniel contempló:
“Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días…”
Daniel 7:9, RVR1960
Y después:
“…el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos.”
Daniel 7:10, RVR1960
Apocalipsis presenta otra escena:
“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él…”
Apocalipsis 20:11, RVR1960
Y:
“…los libros fueron abiertos…”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Por tanto, podemos afirmar bíblicamente que existe una realidad judicial celestial.
Hay un Juez.
Hay un trono.
Hay libros.
Hay juicio.
Hay sentencias.
Ahora bien, Génesis no dice que Adán y Eva fueran transportados físicamente hasta una sala celestial ni describe la redacción material de un documento en aquel momento.
Pero desde la perspectiva judicial podemos contemplar lo ocurrido de esta manera:
la humanidad acababa de quedar culpable delante del tribunal del Creador.
La justicia había sido quebrantada.
Había una sentencia.
Había consecuencias.
Y aquello tendría que ser resuelto.
Pero sería muy cómodo terminar acusando a Adán.
No podemos.
Adán pecó.
Y nosotros también.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Nosotros añadimos nuestras mentiras.
Nuestro orgullo.
Nuestro egoísmo.
Nuestra inmoralidad.
Nuestra codicia.
Nuestro odio.
Nuestras palabras.
Nuestras omisiones.
Nuestras injusticias.
Nuestra rebelión.
Adán abrió una puerta terrible.
Pero nosotros hemos demostrado repetidamente que también somos pecadores.
Por eso Pablo no habla solamente de algo que estaba contra Adán.
Dice:
“…el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria…”
Colosenses 2:14, RVR1960
Contra nosotros.
Piense nuevamente en la imagen judicial.
El acusado no puede entrar al tribunal, tomar su expediente y destruirlo.
El culpable no puede declarar:
“Desde este momento decido que soy inocente.”
El deudor no puede decir unilateralmente:
“Ya no reconozco esta deuda.”
La deuda debe resolverse.
Y nosotros teníamos un problema enorme.
No podíamos regresar a Edén.
No podíamos deshacer la historia.
No podíamos borrar nuestros propios pecados.
No podíamos derrotar a la muerte.
No podíamos liberarnos completamente de la esclavitud del pecado por nuestras propias fuerzas.
No podíamos destruir el imperio de la muerte.
Necesitábamos que alguien hiciera por nosotros aquello que nosotros no podíamos hacer.
Y ahora todo comienza a conectarse.
El primer Adán desobedeció.
Cristo obedeció.
Por un hombre entró el pecado.
Por Cristo vendría la respuesta de Dios.
Por una transgresión reinó la muerte.
Cristo entraría precisamente en el territorio de la muerte.
Hebreos declara:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…”
Hebreos 2:14, RVR1960
¿Para qué?
“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960
Y continúa:
“Y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.”
Hebreos 2:15, RVR1960
Aquí aparece nuevamente el lenguaje que comenzamos a encontrar desde Edén:
Imperio.
Muerte.
Servidumbre.
Liberación.
Jesucristo no vino simplemente para mejorar nuestra conducta.
Vino a entrar en el problema que había esclavizado a la humanidad desde la caída.
Colosenses no termina diciendo solamente que el acta fue anulada.
Inmediatamente después declara:
“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
Colosenses 2:15, RVR1960
Observe la extraordinaria secuencia:
El acta.
La Cruz.
Los principados.
Las potestades.
El despojo.
El triunfo.
La Cruz estaba resolviendo mucho más de lo que los hombres que contemplaban aquella ejecución podían comprender.
Parecía que Jesús estaba siendo derrotado.
Pablo dice que allí estaba triunfando.
Parecía que la muerte lo estaba conquistando.
Hebreos dice que por medio de su muerte destruiría el poder de aquel relacionado con el imperio de la muerte.
Parecía que un condenado estaba clavado en una cruz.
Colosenses dice que allí también estaba siendo clavada el acta que estaba contra nosotros.
Entonces llegamos a una de las declaraciones más impresionantes del Cristo resucitado.
Juan lo contempló glorificado.
Y Jesús declaró:
“Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”
Apocalipsis 1:17-18, RVR1960
Observe cada expresión.
“Estuve muerto.”
Entró en la muerte.
“Vivo por los siglos de los siglos.”
La muerte no pudo retenerlo.
Y después:
“Tengo las llaves de la muerte y del Hades.”
La Biblia no dice literalmente que Jesús descendiera y arrebatara físicamente unas llaves de las manos de Satanás. No necesitamos añadir a la Escritura una escena que ella no describe.
Lo que sí podemos afirmar es suficientemente poderoso:
El Cristo que murió ahora declara poseer autoridad sobre la muerte y el Hades.
El imperio que aterrorizó a la humanidad desde Edén encontró finalmente a alguien a quien no pudo retener.
Pablo utiliza otra expresión extraordinaria:
“Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.”
Efesios 4:8, RVR1960
Y añade:
“Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?”
Efesios 4:9, RVR1960
No necesitamos construir detalles que el texto no proporciona para comprender la imagen general.
Cristo descendió.
Cristo murió.
Cristo ascendió.
Cristo triunfó.
Y Cristo tiene las llaves.
Ahora Romanos 5 comienza a adquirir una belleza extraordinaria.
Pablo coloca frente a frente a dos hombres.
Adán.
Cristo.
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960
Un hombre desobedeció.
Otro obedeció.
Uno abrió la puerta a la muerte.
El Otro entró en la muerte y salió victorioso.
Uno dejó a sus descendientes fuera de Edén.
El Otro comenzó a abrir nuevamente el camino hacia la vida.
Uno estuvo relacionado con el comienzo del reinado de la muerte.
El Otro declaró:
“Yo soy la resurrección y la vida.”
Juan 11:25, RVR1960
Uno dejó detrás de sí una humanidad condenada.
El Otro vino para salvar.
Pablo incluso llama a Cristo:
“…el postrer Adán…”
1 Corintios 15:45, RVR1960
Y después declara:
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”
1 Corintios 15:22, RVR1960
Aquí comienza a aparecer la respuesta de Dios a la tragedia de Edén.
El acta estaba contra nosotros.
Éramos culpables.
La muerte reinaba.
La humanidad estaba esclavizada.
El enemigo ejercía una influencia terrible sobre el mundo caído.
Y Cristo vino.
Pero todavía necesitamos comprender algo fundamental.
¿Por qué tuvo que morir?
¿Por qué no podía simplemente presentarse delante del tribunal celestial, tomar el acta y destruirla?
¿Por qué la Escritura no dice solamente que el acta fue borrada?
¿Por qué dice que fue:
“…clavándola en la cruz”?
Porque el perdón de Dios no podía convertirse en injusticia.
La deuda era real.
La culpabilidad era real.
La sentencia era real.
Y la justicia divina también era real.
Alguien tendría que resolver aquello que nosotros jamás podríamos resolver.
Por eso la Cruz no fue un accidente de la historia.
No fue solamente Roma ejecutando a un hombre.
No fue simplemente el odio de los dirigentes religiosos contra Jesús.
Había algo muchísimo más grande sucediendo.
El acta que estaba contra nosotros estaba llegando al lugar donde finalmente sería resuelta.
La Cruz.
Y antes de contemplarla completamente, necesitamos responder una última pregunta:
¿Por qué Dios no podía simplemente ignorarlo todo?
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito
Texto clave
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Llegamos ahora a una de las preguntas más importantes de toda esta serie.
Si Dios ama al hombre…
si Dios es misericordioso…
si Dios conoce nuestra debilidad…
si Dios sabía que nosotros jamás podríamos pagar nuestra deuda…
entonces:

¿Por qué no simplemente olvidar lo que Adáa y Eva hicieron?
¿Por qué no mirar a Adán y Eva y decir:
“No importa.”
¿Por qué no contemplar toda la historia humana, borrar el expediente, romper el acta y declarar:
“Todos quedan perdonados.”
Parecería la solución más sencilla.
Nadie tendría que morir.
No sería necesaria la Cruz.
No habría necesidad de pagar ninguna deuda.
Simplemente Dios utilizaría su autoridad soberana y cancelaría todo.
Pero inmediatamente aparecería un problema mucho más grande:
¿Qué habría sucedido con la justicia de Dios?
Imagine por un momento un tribunal humano.
Las evidencias han sido presentadas.
El delito ocurrió.
Hay víctimas.
El acusado es culpable.
Y el juez lo sabe.
Pero cuando llega el momento de pronunciar sentencia, el juez mira al culpable y dice:
“Te quiero demasiado para castigarte.”
Después rompe el expediente.
Mira a las víctimas y declara:
“Olvidemos lo sucedido.”
Y deja libre al culpable sin que exista ninguna satisfacción de la justicia.
¿Llamaríamos amor a eso?
Probablemente no.
Lo llamaríamos injusticia.
Porque el amor hacia el culpable no elimina la responsabilidad del juez hacia la justicia.
Y el problema se vuelve todavía mayor cuando hablamos de Dios.
Moisés declaró:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.”
Deuteronomio 32:4, RVR1960
Dios no solamente hace algunas cosas justas.
Él es justo.
Por eso la solución al pecado no podía consistir en que Dios dejara de ser aquello que eternamente es.
Dios ama al culpable, pero también ama la justicia.
Isaías registra estas palabras:
“Porque yo Jehová soy amante del derecho…”
Isaías 61:8, RVR1960
Dios no considera la justicia un inconveniente que necesita quitar del camino para poder amar.
La justicia forma parte de su carácter.
Por eso encontramos juntas en Él cosas que nosotros frecuentemente queremos separar:
Amor.
Misericordia.
Santidad.
Verdad.
Justicia.
Dios no necesita abandonar una para ejercer otra.
Aquí Salmo 89:14 adquiere una importancia enorme:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
No dice que sean solamente una decoración del trono.
Dice:
“El cimiento.”
El Reino de Dios descansa sobre un gobierno perfectamente justo.
Por eso imaginemos, solamente para comprender la magnitud del problema, qué ocurriría si Dios comenzara a actuar injustamente.
Supongamos que declarara inocentes a culpables simplemente porque los ama.
Supongamos que llamara bueno a lo que anteriormente llamó malo.
Supongamos que castigara a unos y permitiera exactamente lo mismo en otros por favoritismo.
Supongamos que hiciera promesas y después decidiera que no necesita cumplirlas.
Supongamos que sus mandamientos pudieran cambiar dependiendo de quién estuviera delante de Él.
Supongamos que la verdad dejara de importar en su tribunal.
Entonces algo fundamental habría desaparecido:
la confianza absoluta en el gobierno de Dios.
Ya nadie podría afirmar con certeza que el Juez de toda la tierra hará lo que es justo.
Pero Abraham hizo precisamente esa declaración:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
La respuesta que toda la Escritura ofrece es:
Sí.
Siempre.
Sin excepción.
Esto es mucho más serio de lo que parece.
La estabilidad del Reino de Dios depende del carácter inmutable del Rey.
Los habitantes de ese Reino pueden confiar en Él porque saben que jamás mentirá.
Jamás será corrupto.
Jamás venderá una sentencia.
Jamás favorecerá al poderoso simplemente porque es poderoso.
Jamás condenará al inocente.
Jamás llamará verdad a una mentira.
Jamás cometerá maldad.
Jamás dejará de ser santo.
Por eso la Escritura dice:
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia…”
Salmo 11:7, RVR1960
Ahora imaginemos lo contrario.
Si Dios pudiera cometer injusticia una sola vez, entonces tendríamos que admitir que la injusticia es posible en Dios.
Y si fuera posible una vez, ¿qué garantizaría que no pudiera volver a suceder?
Si Dios pudiera mentir una vez, ¿cómo podríamos descansar absolutamente en sus promesas?
Si pudiera favorecer injustamente a una persona, ¿cómo sabríamos que no lo haría nuevamente?
Si pudiera declarar que el pecado no importa simplemente porque ama al pecador, ¿qué significado conservarían sus mandamientos?
El problema alcanzaría hasta el fundamento mismo de su gobierno.
En ese sentido podemos decir:
si Dios dejara de ser justo, todo el orden moral de su Reino se derrumbaría.
No porque alguien pudiera quitarle físicamente el trono.
Sino porque un Reino perfectamente santo no puede descansar sobre un Rey injusto.
Pero esto jamás sucederá.
Porque Dios jamás dejará de ser Dios.
Esta afirmación puede sorprender.
Estamos acostumbrados a decir:
“Dios puede hacerlo todo.”
Y es verdad respecto de todo aquello compatible con su naturaleza y voluntad.
Pero la Biblia misma utiliza la expresión:
“…Dios, que no miente…”
Tito 1:2, RVR1960
Hebreos dice:
“…es imposible que Dios mienta…”
Hebreos 6:18, RVR1960
Y Pablo escribe:
“…él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.”
2 Timoteo 2:13, RVR1960
Por tanto, cuando decimos que Dios no podía simplemente convertirse en injusto, no estamos diciendo que exista una ley superior a Dios obligándolo a comportarse de determinada manera.
No existe un tribunal por encima de Él.
No existe un juez superior vigilándolo.
No existe una constitución celestial escrita por alguien más que limite su autoridad.
La razón está en Dios mismo.
Él no puede negarse a sí mismo.
Dios no puede mentir porque es verdad.
No puede actuar perversamente porque es santo.
No puede convertirse en un juez corrupto porque es perfectamente justo.
La justicia no es una cadena colocada alrededor de Dios.
La justicia expresa quién es Dios.
Proverbios contiene una declaración particularmente fuerte:
“El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová.”
Proverbios 17:15, RVR1960
Pensemos en lo que eso significa.
Dios mismo declara abominable:
justificar injustamente al culpable
y:
condenar injustamente al inocente.
Entonces surge un problema extraordinario.
Nosotros éramos culpables.
Pero Dios quería salvarnos.
¿Cómo podía hacerlo?
No podía simplemente decir:
“Ustedes nunca pecaron.”
Porque sí habíamos pecado.
No podía decir:
“El pecado realmente no importa.”
Porque su propia santidad declara que importa.
No podía decir:
“Mi sentencia sobre el pecado era una exageración.”
Porque Dios no miente.
No podía llamar inocente al culpable mediante una ficción judicial.
Tenía que existir una manera de salvar al culpable sin corromper la justicia.
Este es uno de los grandes misterios que la Cruz resolverá.
Hay otra dimensión que no debemos olvidar.
Durante esta serie hemos hablado de víctimas.
Personas asesinadas.
Personas explotadas.
Personas engañadas.
Personas humilladas.
Personas violentadas.
Personas despojadas.
Personas que murieron sin ver justicia en esta tierra.
¿Qué clase de Dios sería aquel que finalmente dijera a todos los responsables:
“No importa”?
¿Qué significaría eso para Abel?
Su sangre clamaba desde la tierra:
“La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.”
Génesis 4:10, RVR1960
Dios escuchó.
¿Qué significaría para todos aquellos cuyos clamores solamente Dios escuchó?
La Biblia dice:
“Porque el que demanda la sangre se acordó de ellos; no se olvidó del clamor de los afligidos.”
Salmo 9:12, RVR1960
El amor de Dios hacia el culpable jamás significa indiferencia hacia la víctima.
Esta es precisamente la tensión que necesitaba una solución perfecta.
¿Cómo amar al culpable sin traicionar a la víctima?
¿Cómo perdonar sin llamar bueno al pecado?
¿Cómo mostrar misericordia sin destruir la justicia?
Pensemos también en lo que ocurriría si Dios decidiera que ningún pecado merece finalmente respuesta.
Entonces la diferencia eterna entre obediencia y rebelión perdería su significado judicial.
El que amó y el que destruyó.
El que protegió y el que abusó.
El que dijo la verdad y el que construyó su vida sobre mentiras.
El que se arrepintió y el que endureció su corazón.
Todo terminaría igual simplemente porque Dios decidió no hacer justicia.
Pero la Escritura declara:
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.”
Eclesiastés 12:14, RVR1960
Nada quedará finalmente fuera de su conocimiento.
Nada obligará al Juez a mirar hacia otro lado.
Nada será demasiado antiguo para que Dios lo recuerde.
Nada será demasiado escondido para que Él lo conozca.
El tribunal humano puede perder un expediente.
Dios no.
Un testigo humano puede morir.
Dios estaba allí.
Un culpable puede destruir evidencias.
No puede destruir el conocimiento de Dios.
Un crimen puede quedar impune durante siglos.
No puede escapar eternamente de la justicia celestial.
Ahora observe dónde hemos llegado.
Dios nos amaba.
Pero:
Dios era justo.
Dios quería perdonar.
Pero:
el pecado era real.
Dios quería salvar al culpable.
Pero:
no podía convertirse en un Juez corrupto para hacerlo.
Dios era misericordioso.
Pero:
la sentencia existía.
El acta estaba contra nosotros.
La paga del pecado era muerte.
La justicia exigía una respuesta.
Y nosotros no teníamos capacidad para pagarla.
Parecía un problema sin salida.
Si Dios aplicaba sobre nosotros solamente la sentencia que merecíamos:
moríamos.
Si ignoraba la culpabilidad y simplemente fingía que nunca ocurrió:
la justicia quedaba comprometida.
¿Cómo podía salvarnos entonces?
Esta idea es fundamental.
Dios no necesitaba escoger entre:
amarnos
o:
seguir siendo justo.
La solución divina tendría que preservar ambas cosas.
Su amor tendría que permanecer perfecto.
Su justicia tendría que permanecer perfecta.
Su santidad tendría que permanecer intacta.
Su palabra tendría que cumplirse.
La deuda tendría que ser resuelta.
El pecado tendría que ser tratado como pecado.
Y aun así:
el pecador tendría que poder ser salvado.
¿Cómo?
Pablo responde con una de las declaraciones más extraordinarias de toda la Escritura.
Hablando de Jesucristo dice:
“…a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia…”
Romanos 3:25, RVR1960
Observe algo sorprendente.
Pablo no dice solamente que la Cruz manifestó el amor de Dios.
Dice que manifestó:
“Su justicia.”
Y continúa:
“Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
Aquí está el problema resuelto en una sola frase:
“El justo, y el que justifica.”
Dios no dejó de ser justo.
Y aun así encontró la manera de justificar al pecador.
No destruyó su tribunal.
No cambió la definición del pecado.
No dijo que nuestra rebelión nunca había ocurrido.
No declaró innecesaria la justicia.
Encontró una manera de satisfacer la justicia y salvar al culpable.
Ahora comenzamos a comprender por qué la Cruz ocupa el centro de nuestra salvación.
Dios podría habernos abandonado a nuestra sentencia.
Pero nos amó.
No podía salvarnos mediante una injusticia.
Por eso decidió salvarnos satisfaciendo la justicia.
La solución no consistió en mover la justicia a un lado.
Consistió en resolver aquello que la justicia demandaba.
Esto coincide con el planteamiento que hemos desarrollado en La vida y la obra de Jesucristo: el pecado había creado un problema verdadero delante de la justicia divina, y Cristo estuvo dispuesto a pagar con su propia vida aquello que nosotros no podíamos resolver.
Por eso Dios podía continuar siendo:
justo
y al mismo tiempo convertirse en:
“el que justifica.”
La justicia no fue destruida.
Fue satisfecha.
El amor no anuló la justicia.
El amor encontró la manera de cumplirla.
La misericordia no declaró inocente al pecado.
La misericordia proporcionó un Salvador para el pecador.
Ahora podemos regresar al texto con el que comenzamos:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.”
Salmo 89:14, RVR1960
Observe que el versículo no obliga a escoger.
Justicia.
Juicio.
Misericordia.
Verdad.
Todas permanecen.
Dios no destruyó una para conservar las otras.
Su trono continuó siendo justo.
Su palabra continuó siendo verdadera.
Su santidad continuó siendo perfecta.
Y su misericordia encontró una manera de alcanzar al culpable.
Eso es lo extraordinario de la salvación.
Dios no nos salvó haciendo una excepción corrupta en su tribunal.
Nos salvó sin dejar de ser justo.
No derrumbó los fundamentos de su Reino para abrirnos una puerta.
Encontró una manera de abrir la puerta sin mover una sola piedra del fundamento de su justicia.
Y esa solución tuvo un nombre:
Jesucristo.
Y tuvo un precio:
su vida.
Y tuvo un lugar:
la Cruz.
Ahora estamos preparados para comprender por qué el hombre jamás habría podido pagar por sí mismo una deuda de semejante magnitud.
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Texto clave
“La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones.”
Proverbios 14:34, RVR1960
En el capítulo anterior hicimos una pregunta fundamental:
¿Por qué Dios no podía simplemente ignorar nuestro pecado?
Descubrimos que hacerlo habría significado tratar la injusticia como si no importara. Y Dios no puede convertirse en injusto para salvar al culpable.
Pero quizá todavía quede una pregunta:

¿Por qué Dios defiende tanto la justicia?
¿Por qué ocupa un lugar tan importante en su Reino?
¿Por qué la Biblia declara:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
Salmo 89:14, RVR1960
Tal vez podamos comprenderlo observando algo que todos los seres humanos conocemos.
Todos queremos ser tratados justamente.
El niño quiere que sus padres sean justos con él.
El trabajador quiere que su patrón sea justo.
El patrón quiere trabajadores honestos.
El comprador quiere que el comerciante no lo engañe.
El comerciante quiere que el cliente pague lo acordado.
El acusado quiere un juicio justo.
La víctima quiere que su agresor responda.
El ciudadano quiere que las mismas leyes que se aplican sobre él también se apliquen sobre quienes gobiernan.
Podemos discutir acerca de muchas cosas.
Pero cuando sentimos que alguien nos está tratando injustamente, algo dentro de nosotros inmediatamente protesta:
“¡Eso no es justo!”
Sabemos intuitivamente que la justicia importa.
Imagine por un momento una nación donde las leyes existen, pero nadie puede confiar en ellas.
Un hombre denuncia que le robaron su propiedad.
Nadie investiga.
Una mujer denuncia que fue víctima de un delito.
Nadie escucha.
Un empresario invierte los ahorros de toda su vida, pero alguien relacionado con el gobierno decide quitarle su negocio.
No existe tribunal independiente al cual acudir.
Un trabajador termina su labor, pero su patrón decide no pagarle.
No sucede nada.
Un funcionario roba dinero público.
Todos lo saben.
Pero tiene suficientes relaciones para evitar cualquier consecuencia.
Un inocente es acusado.
Las pruebas demuestran su inocencia.
Pero alguien poderoso quiere verlo condenado.
Y es condenado.
Otro hombre es culpable.
Las evidencias son contundentes.
Pero tiene dinero, influencias y amigos.
Y queda libre.
Ahora imagine vivir allí.
¿Se sentiría seguro?
¿Invertiría todos sus ahorros?
¿Abriría tranquilamente un negocio?
¿Confiaría en que su propiedad seguirá siendo suya mañana?
¿Se sentiría protegido si alguien amenaza a sus hijos?
¿Dormiría tranquilo sabiendo que, si algo ocurre, la ley estará de su lado?
Probablemente no.
Porque cuando desaparece la justicia, aparece algo terrible:
la incertidumbre.
Las sociedades humanas reconocen, aun imperfectamente, que la convivencia necesita leyes, tribunales, jueces, fiscales, autoridades encargadas de investigar delitos y organismos destinados a hacer cumplir la ley.
Los nombres y estructuras cambian de un país a otro.
Algunos tienen ministerios de justicia.
Otros departamentos o secretarías de justicia.
Otros distribuyen esas responsabilidades entre diferentes instituciones.
Pero el principio es prácticamente universal:
una sociedad necesita mecanismos para administrar justicia.
¿Por qué?
Porque no basta escribir leyes.
Las leyes tienen que significar algo.
Si alguien puede quebrantarlas constantemente sin consecuencias, la ley comienza a perder su capacidad de proteger.
Por eso Pablo, hablando de la autoridad civil, escribió:
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo.”
Romanos 13:3, RVR1960
Y añade:
“…porque es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.”
Romanos 13:4, RVR1960
La justicia coloca límites.
Dice al agresor:
“Hasta aquí.”
Dice al ladrón:
“Eso no te pertenece.”
Dice al poderoso:
“Tu poder también tiene límites.”
Dice al ciudadano:
“Tus derechos serán protegidos.”
Y dice a la víctima:
“Lo que te hicieron importa.”
Pensemos en algo tan sencillo como salir de casa.
¿Por qué podemos dejar una casa cerrada y esperar encontrarla todavía nuestra cuando regresamos?
¿Por qué alguien puede comprar un terreno y esperar conservarlo?
¿Por qué firmamos contratos?
¿Por qué depositamos dinero en instituciones?
¿Por qué una persona puede construir durante treinta años un patrimonio y esperar heredarlo a sus hijos?
Entre otras razones, porque existe un orden jurídico que reconoce derechos, obligaciones y consecuencias.
Cuando ese orden funciona razonablemente bien, proporciona previsibilidad.
Sabemos que existen límites.
Sabemos que hay recursos legales.
Sabemos que quien viola determinados derechos puede enfrentar consecuencias.
Ninguna nación humana posee justicia perfecta.
Pero cuanto más confiables son sus instituciones, sus leyes y su aplicación imparcial, mayor puede ser la confianza de sus habitantes en la convivencia social.
La justicia produce algo extraordinariamente valioso:
seguridad.
La justicia también produce estabilidad.
Cuando las personas confían en que existen medios legales para resolver conflictos, no necesitan resolver cada disputa mediante la fuerza.
Dos personas pueden tener un problema contractual.
No necesitan formar dos ejércitos.
Pueden acudir ante un tribunal.
Dos personas pueden reclamar la misma propiedad.
No necesitan matarse para decidir quién la conservará.
Presentan evidencias.
Existe un proceso.
Existe una resolución.
Precisamente allí comprendemos uno de los grandes regalos de la justicia:
sustituye, cuando funciona correctamente, la fuerza arbitraria por un orden.
Ahora invirtamos la situación.
Imagine que las personas dejan de confiar en los tribunales.
Después dejan de confiar en la policía.
Después dejan de confiar en los funcionarios.
Después dejan de confiar en los contratos.
Después dejan de confiar en que su propiedad será respetada.
Después dejan de confiar en que decir la verdad servirá de algo.
¿Qué comienza a ocurrir?
Cada persona empieza a buscar cómo protegerse por sí misma.
Quien tiene dinero compra influencia.
Quien tiene poder lo utiliza.
Quien tiene fuerza intimida.
Quien tiene conexiones las aprovecha.
Y quien no tiene ninguna de esas cosas queda vulnerable.
La injusticia comienza entonces a producir:
Desconfianza.
Corrupción.
Inestabilidad.
Y, llevada suficientemente lejos, puede contribuir al desorden y la anarquía.
Isaías describió una sociedad moralmente trastornada:
“Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir.”
Isaías 59:14, RVR1960
Qué descripción tan impresionante:
“La verdad tropezó en la plaza.”
Cuando la justicia desaparece, no solamente sufren los tribunales.
Sufre toda la sociedad.
Esta es una de sus funciones más hermosas.
El poderoso muchas veces puede protegerse.
Tiene dinero.
Tiene contactos.
Tiene influencia.
Puede contratar personas para defender sus intereses.
Pero ¿qué ocurre con quien no tiene nada?
La Escritura muestra repetidamente que Dios presta atención precisamente a esas personas.
“Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.”
Salmo 68:5, RVR1960
También ordenó:
“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.”
Isaías 1:17, RVR1960
La verdadera justicia impide que el poder sea la única regla.
Dice que el pobre también importa.
Que el huérfano también importa.
Que la viuda también importa.
Que el extranjero también importa.
Que quien no tiene conexiones también importa.
Por eso Dios condenó tan severamente a quienes utilizaban su posición para oprimir.
“¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo…!”
Isaías 10:1-2, RVR1960
Dios defiende la justicia porque las personas importan.
A veces pensamos en justicia y paz como conceptos diferentes.
La Biblia los conecta.
Isaías escribió:
“Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre.”
Isaías 32:17, RVR1960
Observe las palabras:
Justicia.
Paz.
Reposo.
Seguridad.
No son enemigas.
Están relacionadas.
Una paz construida sobre injusticia solamente puede ser aparente.
Puede existir silencio porque las víctimas tienen miedo de hablar.
Puede existir orden porque alguien tiene suficiente poder para aplastar cualquier protesta.
Pero eso no significa que exista verdadera paz.
La paz duradera necesita justicia.
También puede producir alegría.
Proverbios dice:
“Alegría es para el justo el hacer juicio…”
Proverbios 21:15, RVR1960
Pensemos en una persona que pasó años siendo acusada falsamente y finalmente es declarada inocente.
¿Qué siente?
Alivio.
Pensemos en una familia cuyo hijo fue asesinado y después de años finalmente el responsable comparece ante la justicia.
El juicio no devuelve al hijo.
Pero escuchar que la verdad fue reconocida importa.
Pensemos en alguien a quien quitaron injustamente su propiedad y finalmente le es restituida.
La justicia puede producir una profunda sensación de restauración.
Porque algo dentro de nosotros sabe:
lo malo no debería tener la última palabra.
Cuando una persona decide dónde vivir, trabajar, invertir, formar una empresa o criar a sus hijos, la seguridad jurídica puede importar enormemente.
Las personas suelen valorar sociedades donde pueden esperar que los contratos sean respetados, que la propiedad tenga protección, que los tribunales funcionen, que los delitos sean investigados y que exista alguna posibilidad real de reclamar frente al abuso.
No existe una nación perfectamente justa.
Todas las instituciones humanas pueden equivocarse.
Jueces pueden equivocarse.
Policías pueden equivocarse.
Gobiernos pueden corromperse.
Leyes pueden ser injustas.
Pero precisamente nuestra indignación cuando esas cosas ocurren demuestra algo:
sabemos que la justicia debería existir.
Nadie celebra tener que vivir donde solamente sobrevive quien tiene más fuerza.
Queremos seguridad.
Queremos estabilidad.
Queremos poder trabajar y disfrutar del fruto de nuestro trabajo.
Queremos que nuestros hijos estén protegidos.
Queremos saber que si somos acusados podremos defendernos.
Queremos saber que si somos víctimas podremos ser escuchados.
Queremos justicia.
Ahora podemos regresar al tema central.
Si una nación necesita justicia para conservar el orden…
si una familia necesita justicia para vivir en armonía…
si una empresa necesita justicia para conservar la confianza…
si una sociedad necesita justicia para proteger al débil…
¿cuánto más el Reino eterno de Dios?
El Reino de Dios no puede funcionar como una nación corrupta.
No puede haber favoritismos.
No puede haber sobornos.
No puede existir una ley para unos y otra para otros.
No puede haber inocentes condenados.
No puede haber culpables comprando sentencias.
No puede existir un poderoso capaz de intimidar al Juez.
No puede existir un expediente perdido.
No puede existir un crimen oculto para siempre.
Por eso la Biblia declara:
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia…”
Salmo 11:7, RVR1960
Y:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
Salmo 89:14, RVR1960
Dios defiende la justicia porque un Reino perfecto necesita justicia perfecta.
Aquí la importancia de la justicia adquiere dimensiones todavía mayores.
¿Qué clase de eternidad sería aquella en la que pudiera aparecer nuevamente un asesino y nadie hiciera nada?
¿Qué clase de cielo sería aquel donde alguien pudiera robar nuestra morada?
¿Dónde pudiéramos volver a tener miedo?
¿Dónde hubiera corrupción?
¿Dónde el poderoso pudiera oprimir al débil?
¿Dónde nuevamente tuviéramos que cerrar puertas por temor?
¿Dónde alguien pudiera destruir nuestra paz?
Eso no sería el Reino eterno que Dios promete.
La descripción final de la Biblia es completamente diferente.
“No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira…”
Apocalipsis 21:27, RVR1960
Y hablando de aquella realidad:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…”
Apocalipsis 21:4, RVR1960
¿Por qué podemos descansar ante semejante promesa?
Porque el Rey es justo.
La eternidad será segura porque el carácter de Dios es seguro.
Nunca tendremos que preguntarnos si algún día Dios se volverá corrupto.
Nunca tendremos que preocuparnos porque cambie de opinión acerca del bien y del mal.
Nunca tendremos que temer que comience a favorecer injustamente a alguien.
Nunca tendremos que organizar una revolución contra un Dios tirano.
Nunca tendremos que protegernos de nuestro Rey.
Su justicia garantiza que su Reino será eternamente digno de confianza.
Este es el punto donde este capítulo se une con el anterior.
La justicia no es crueldad.
La justicia protege.
La justicia no es enemiga de la paz.
Produce paz.
La justicia no destruye la seguridad.
La hace posible.
La justicia no es una imperfección del carácter de Dios que necesita ser moderada por su amor.
Es una de las razones por las cuales podemos confiar eternamente en Él.
Por eso Dios no podía mirar el pecado y decir:
“No importa.”
Sí importaba.
Importaba porque había víctimas.
Importaba porque había una ley quebrantada.
Importaba porque la verdad había sido despreciada.
Importaba porque la rebelión había introducido muerte.
Importaba porque su Reino está construido sobre justicia.
Ignorar permanentemente el pecado no habría sido misericordia.
Habría sido injusticia.
Si Dios es perfectamente justo…
si su Reino descansa sobre justicia…
si la justicia requiere que el mal sea realmente tratado como mal…
si el pecado no puede simplemente desaparecer porque nosotros quisiéramos olvidarlo…
entonces:
el pecado tenía que tener una consecuencia.
Y Dios ya había anunciado esa consecuencia desde Edén:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Siglos después Pablo lo expresó utilizando un lenguaje casi contable:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
La paga.
No un capricho.
No una explosión irracional de ira.
No una sentencia inventada después del delito.
Dios había advertido de antemano.
El pecado tenía una consecuencia.
La justicia no podía simplemente desaparecerla.
Y ahora el problema humano adquiere toda su gravedad.
Porque si la justicia tenía que cumplirse…
y la paga del pecado era muerte…
alguien tenía que pagar.
Nosotros éramos los culpables.
Nosotros teníamos la deuda.
Nosotros estábamos bajo sentencia.
Pero, como veremos, el precio era tan alto que ninguno de nosotros podía pagarlo y después volver a vivir.
Aquí comenzamos a comprender por qué la humanidad necesitaba algo mucho mayor que religión, buenas intenciones o una oportunidad para comportarse mejor.
Necesitábamos un Salvador. Necesitábamos a alguien capaz de pagar aquello que la justicia divina demandaba; alguien que pudiera saldar nuestra deuda, quitar nuestra condenación y abrirnos nuevamente el camino de regreso al Reino del que nunca debimos haber salido.
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Texto clave
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Cuando Dios advirtió a Adán:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
no estaba pronunciando una amenaza vacía.
Era una advertencia acerca de una consecuencia terrible.
El pecado tenía una paga.
Pablo lo expresaría siglos después:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

El hombre no podia pagar lo que la justicia divina demandaba
Pero debemos detenernos aquí.
¿Qué significa muerte?
Si pensamos únicamente en el momento en que el corazón deja de latir, no hemos comprendido todavía la magnitud de la tragedia.
La muerte física formaba parte de las consecuencias.
Pero la Biblia nos lleva mucho más lejos.
El pecado produjo separación.
Produjo condenación.
Produjo destitución.
Produjo expulsión.
Introdujo la muerte física.
Y finalmente la Escritura habla de algo todavía más aterrador:
“La muerte segunda.”
La sentencia era muchísimo mayor de lo que Adán y Eva podían imaginar cuando extendieron sus manos hacia aquel fruto.
Romanos 3:23 contiene dos declaraciones.
La primera:
“Todos pecaron.”
La segunda:
“Están destituidos de la gloria de Dios.”
No solamente pecamos.
Perdimos algo.
La palabra “destituidos” comunica privación, carencia, quedar faltos de aquello a lo que no alcanzamos.
El hombre había sido creado para Dios.
Para conocerlo.
Para vivir bajo su gobierno.
Para disfrutar de su comunión.
Para reflejar su imagen.
Para vivir en el mundo que Él había preparado.
Pero el pecado cambió aquella condición.
En Edén encontramos una imagen extraordinariamente dolorosa de esta pérdida.
“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960
Antes estaba dentro.
Después quedó fuera.
Antes tenía acceso.
Después encontró una barrera.
Antes podía acercarse al árbol de la vida.
Después el camino quedó guardado.
No había ocurrido solamente una infracción.
El pecador había perdido su condición original delante de Dios.
El pecado siempre promete algo, pero termina quitándonos mucho más.
La serpiente había prometido:
“…seréis como Dios…”
Génesis 3:5, RVR1960
Pero después del pecado Adán no apareció más glorioso.
Apareció escondido.
Con miedo.
Avergonzado.
Cubriéndose.
Acusando.
Y finalmente saliendo de Edén.
Quiso alcanzar algo mediante la desobediencia.
Y terminó perdiendo muchísimo más de lo que había intentado obtener.
Entonces comenzó a cumplirse la sentencia.
Adán no cayó muerto físicamente en el mismo instante en que comió.
Pero la muerte había entrado.
La ruptura con Dios fue inmediata.
La expulsión llegó.
Y posteriormente también llegaría la muerte corporal.
Dios dijo:
“…pues polvo eres, y al polvo volverás.”
Génesis 3:19, RVR1960
El hombre que había recibido aliento de vida terminaría regresando al polvo.
Y Génesis 5 muestra una y otra vez el cumplimiento de aquella sentencia:
“…y murió.”
“…y murió.”
“…y murió.”
La muerte comenzó a pasar de generación en generación.
Pablo explica:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960
Pero incluso la tumba no representa el final del problema.
Algunas personas podrían imaginar que todo termina cuando una persona muere.
Vivió.
Pecó.
Murió.
Fin de la historia.
Pero la Biblia no enseña eso.
Hebreos declara:
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.”
Hebreos 9:27, RVR1960
Observe cuidadosamente el orden:
Muerte.
Y después:
Juicio.
Por tanto, la muerte física no liquida automáticamente la responsabilidad moral del hombre.
Después de la muerte todavía existe una comparecencia delante de Dios.
La muerte no destruye el tribunal.
No elimina al Juez.
No borra el expediente.
No convierte al culpable en inocente.
Después de la muerte:
“el juicio.”
Aquí el tema se vuelve todavía más solemne.
Apocalipsis describe el juicio final:
“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él…”
Apocalipsis 20:11, RVR1960
Después:
“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos…”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Los muertos aparecen delante del Juez.
Los libros son abiertos.
Y el texto continúa:
“…y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Entonces aparece una expresión terrible:
“Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.”
Apocalipsis 20:14, RVR1960
Y el siguiente versículo añade:
“Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”
Apocalipsis 20:15, RVR1960
Existe, por tanto, una muerte física.
Pero la Escritura también habla de:
“La muerte segunda.”
El problema del pecado alcanza dimensiones eternas.
No necesitamos exagerar este tema.
Las palabras de Jesús son suficientemente solemnes.
Jesús advirtió:
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”
Mateo 10:28, RVR1960
Observe nuevamente la distinción.
Existe algo peor que perder la vida física.
Por eso Jesús trató el destino eterno con una gravedad que nuestra generación muchas veces ha perdido.
Habló de:
“…fuego eterno…”
Mateo 25:41, RVR1960
Habló de:
“…castigo eterno…”
Mateo 25:46, RVR1960
Habló de:
“…las tinieblas de afuera…”
Mateo 8:12, RVR1960
Y utilizó expresiones tan fuertes precisamente porque quería que el hombre comprendiera que el pecado no era un juego.
El mismo Jesús que recibió niños.
El mismo que tuvo compasión de las multitudes.
El mismo que lloró.
El mismo que perdonó.
El mismo que dijo:
“Venid a mí…”
también habló seriamente acerca del juicio.
No porque disfrutara imaginando la perdición humana.
Sino porque la perdición era precisamente aquello de lo que había venido a salvarnos.
Hay una expresión de Jesús que nos ayuda a comprender otra dimensión terrible de la condenación.
En Mateo 25, después del juicio, el Rey declara:
“Apartaos de mí…”
Mateo 25:41, RVR1960
Dos palabras deberían estremecernos:
“De mí.”
Aquí existe algo todavía más profundo que el temor al castigo.
La pérdida definitiva de la comunión favorable con Dios.
El hombre fue creado por Dios.
La vida procede de Dios.
Toda verdadera bondad tiene su fuente última en Él.
Santiago declara:
“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto…”
Santiago 1:17, RVR1960
Ahora imagine la tragedia de una existencia eternamente excluida de la comunión salvadora con Aquel que es la fuente de todo bien.
Pablo utiliza palabras igualmente solemnes:
“Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.”
2 Tesalonicenses 1:9, RVR1960
Excluidos.
Aquí aparece nuevamente la tragedia que comenzó en Edén llevada a su consecuencia final.
En Edén:
“Echó, pues, fuera al hombre.”
En el juicio:
“Apartaos de mí.”
Y Pablo:
“Excluidos de la presencia del Señor…”
El pecado que comenzó separando al hombre de la condición que disfrutaba con Dios puede terminar, si no existe reconciliación, en una separación definitiva.
Aquí necesitamos detenernos.
¿Qué significa una eternidad sin reconciliación con Dios?
Nunca regresar.
Nunca poder decir:
“Lo siento; ahora sí quiero cambiar.”
Nunca volver a escuchar una invitación al arrepentimiento.
Nunca volver a encontrar abierta la puerta que durante la vida permaneció abierta.
Nunca entrar en la ciudad de Dios.
Nunca caminar por sus calles.
Nunca contemplar la gloria del Reino que pudo haber sido nuestro hogar.
Nunca participar de la resurrección para vida eterna.
Nunca disfrutar de la comunión eterna para la cual fuimos creados.
Nunca escuchar:
“Venid, benditos de mi Padre…”
Mateo 25:34, RVR1960
Sino escuchar:
“Apartaos de mí…”
Mateo 25:41, RVR1960
Ese contraste es aterrador.
El horror del infierno no debe reducirse solamente a una discusión acerca del fuego.
Hay algo profundamente terrible en comprender que una criatura creada para conocer a Dios puede quedar definitivamente fuera de la comunión de su Reino.
Jesús contó la parábola de las diez vírgenes.
Cinco estaban preparadas.
Cinco no.
Finalmente llegó el esposo.
Y encontramos una de las frases más solemnes de aquella parábola:
“…y se cerró la puerta.”
Mateo 25:10, RVR1960
Después llegaron las demás:
“¡Señor, señor, ábrenos!”
Mateo 25:11, RVR1960
Pero la puerta ya estaba cerrada.
En nuestra condición presente todavía hablamos de misericordia.
Todavía hablamos de arrepentimiento.
Todavía hablamos de oportunidad.
Todavía podemos buscar a Dios.
Todavía puede escucharse:
“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.”
Isaías 55:6, RVR1960
Pero precisamente la palabra “mientras” nos recuerda que la oportunidad presente no debe confundirse con una oportunidad eterna.
Ahora podemos regresar a nuestra deuda.
¿Cuál era la paga del pecado?
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
¿Cómo puede un hombre pagar semejante deuda y después recuperar por sí mismo lo perdido?
Supongamos que entrega su vida.
Murió.
¿Ahora qué?
¿Puede resucitarse a sí mismo?
No.
¿Puede derrotar por sí mismo a la muerte?
No.
¿Puede borrar su culpabilidad?
No.
¿Puede obligar al tribunal celestial a declararlo justo?
No.
¿Puede abrir por sus propias fuerzas el camino hacia Dios?
No.
¿Puede regresar al Edén perdido?
No.
¿Puede escribir su nombre en el libro de la vida?
No.
¿Puede pagar con una muerte eterna y después regresar para decir:
“Terminé de pagar”?
No.
Aquí encontramos la terrible imposibilidad.
La deuda era mayor que la capacidad del deudor.
El hombre debía aquello que no tenía capacidad de pagar y sobrevivir al pago.
Su propia vida estaba comprometida.
Y una vez entregada, no poseía en sí mismo poder para recuperarla.
Esto también debe quedar claro.
Imagine a alguien condenado por un delito serio que le dice al juez:
“Pero también hice muchas cosas buenas.”
Quizá sea verdad.
Pero las buenas acciones no convierten automáticamente el delito anterior en algo que nunca sucedió.
De la misma manera, nuestra deuda delante de Dios no podía resolverse simplemente acumulando buenas acciones.
Isaías declaró:
“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia…”
Isaías 64:6, RVR1960
No podíamos comprar nuestra entrada de regreso.
No podíamos negociar con Dios.
No podíamos ofrecerle riquezas, porque todo ya le pertenece.
No podíamos ofrecerle suficientes buenas obras para borrar nuestra historia.
No podíamos pagar con otra persona, porque:
“Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate.”
Salmo 49:7, RVR1960
Y el siguiente versículo explica por qué:
“Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás.”
Salmo 49:8, RVR1960
Qué declaración tan apropiada para nuestra serie:
“La redención de su vida es de gran precio.”
El precio estaba fuera de nuestro alcance.
Aquí comenzamos a comprender por qué la salvación tenía que venir desde fuera de nosotros.
El culpable no podía absolverse.
El esclavo no podía romper por sí mismo todas sus cadenas.
El muerto no podía darse vida.
El destituido no podía restaurarse a sí mismo a la gloria.
El deudor no podía pagar.
El condenado no podía anular su propia sentencia.
Necesitábamos:
Justificación.
Redención.
Reconciliación.
Vida.
Necesitábamos que alguien hiciera por nosotros aquello que jamás podríamos hacer por nosotros mismos.
Quizá ahora Romanos 6:23 pueda leerse de una manera diferente.
Muchas veces citamos solamente la primera mitad:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Y si el versículo terminara allí, nuestra historia terminaría en oscuridad.
Pero Pablo no puso punto.
Continuó:
“…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos 6:23, RVR1960
Observe el contraste.
Paga — dádiva.
Pecado — Dios.
Muerte — vida eterna.
Nosotros — Cristo Jesús.
Aquello que nosotros habíamos ganado era muerte.
Aquello que no podíamos comprar era vida.
Y Dios decidió ofrecer como regalo aquello cuyo precio nosotros jamás habríamos podido alcanzar.
Pero un regalo para nosotros no significa que no hubiera un precio.
Alguien tendría que pagarlo.
Y aquí la Cruz comienza a adquirir dimensiones extraordinarias.
Jesucristo no vino solamente para evitarnos una tumba.
Vino para rescatarnos de algo infinitamente mayor.
De la condenación.
De la muerte segunda.
De quedar excluidos de la presencia favorable de Dios.
De una eternidad fuera de aquello para lo cual fuimos creados.
Vino para ofrecernos:
vida eterna.
Por eso Juan 3:16 no es una frase religiosa bonita.
Es una declaración de rescate:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Juan 3:16, RVR1960
Observe nuevamente las dos posibilidades:
Perderse.
O:
Tener vida eterna.
Ahora podemos mirar hacia atrás y comprender mejor la catástrofe.
No fue una fruta.
Fue rebelión.
No fue una pequeña infracción.
Fue pecado contra el Creador.
No produjo solamente vergüenza.
Produjo destitución.
No produjo solamente expulsión de un jardín.
Abrió una historia de separación.
No produjo solamente una muerte física.
La Escritura finalmente nos habla de muerte segunda.
No perdimos solamente Edén.
Quedamos destituidos de la gloria de Dios.
Y la deuda era tan grande que ningún hombre podía pagarla y regresar después del pago.
Ese es el horror de nuestra condición.
Pero también es lo que comienza a revelar la inmensidad del amor de Dios.
Porque cuando nosotros no podíamos subir hasta Él…
Él vino hasta nosotros.
Cuando nosotros no podíamos pagar…
apareció Alguien que sí podía.
Cuando la sentencia decía:
“Muerte”,
vino Aquel que podía declarar:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960
Y ahora nuestra pregunta ya no es solamente:
¿Cuánto debíamos?
La pregunta que comienza a levantarse frente a nosotros es mucho mayor:
¿Quién podía pagar una deuda que para toda la humanidad era absolutamente inalcanzable?
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Texto clave
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
Habíamos llegado a un lugar aparentemente sin salida.
Éramos culpables.
Había un acta contra nosotros.
La justicia no podía simplemente ignorarla.
La paga del pecado era muerte.
Habíamos quedado destituidos de la gloria de Dios.
No podíamos regresar por nuestras propias fuerzas.
No podíamos borrar nuestra historia.
No podíamos deshacer nuestros pecados.
No podíamos pagar nuestra deuda y después recuperar la vida.
No podíamos exigir misericordia, porque el tribunal no nos debía misericordia.
Y Dios tampoco podía convertirse en injusto para salvarnos.
Parecía que solamente quedaba una posibilidad:
que la sentencia cayera sobre nosotros.
Pero entonces Dios hizo algo extraordinario.
Algo que el culpable jamás habría podido exigir.
Algo que ninguna criatura habría tenido derecho a reclamar.
Algo que solamente podía nacer del corazón de Dios.
El Juez no abandonó la justicia.
Pero tampoco abandonó al culpable.

Este es uno de los momentos más hermosos de toda la historia de la redención.
El hombre había provocado el problema.
Pero Dios proporcionaría la solución.
El hombre había contraído la deuda.
Pero Dios proporcionaría el precio.
El hombre había quebrantado la ley.
Pero Dios abriría un camino para justificarlo sin destruir la justicia.
El hombre había salido de la presencia de Dios.
Pero Dios comenzaría el camino para traerlo de regreso.
Desde el principio encontramos algo extraordinario en la Escritura:
es Dios quien busca al hombre.
Después de pecar, Adán no salió buscando a Dios.
Se escondió.
“Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
Génesis 3:8, RVR1960
Entonces escuchamos:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960
El hombre estaba escondiéndose.
Dios estaba llamándolo.
Aquella pregunta comenzaba a revelar algo que recorrería toda la historia bíblica:
Dios no era indiferente al hombre perdido.
Esto es extraordinario.
El pecado cambió nuestra condición delante de Dios.
Pero no convirtió a Dios en alguien incapaz de amar.
Dios aborrecía el pecado.
Su justicia demandaba una respuesta.
Pero detrás de aquella justicia seguía existiendo el corazón de un Dios que amaba a sus criaturas.
Jeremías escribió:
“Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.”
Jeremías 31:3, RVR1960
Y Juan llegaría a decir:
“Dios es amor.”
1 Juan 4:8, RVR1960
Aquí aparece la maravilla.
Dios no tenía que escoger entre ser justo y amar.
Él haría ambas cosas.
No destruiría la justicia para salvarnos.
Pero tampoco utilizaría la justicia como una razón para abandonarnos.
Humanamente, eso habría parecido comprensible.
Nosotros habíamos pecado.
Nosotros habíamos desobedecido.
Nosotros habíamos contraído la deuda.
Nosotros habíamos elegido alejarnos.
¿Por qué tendría Dios que hacer algo?
Podría habernos dejado con las consecuencias de nuestra decisión.
Podría haber dicho:
“Yo les advertí.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dicho:
“Ustedes escogieron.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dicho:
“La sentencia era conocida.”
Y habría sido verdad.
Podría haber dejado que la justicia siguiera su curso sobre nosotros.
Pero la historia de la salvación existe porque Dios decidió hacer algo que no estaba obligado a hacer.
Mostró misericordia.
Pablo lo expresa de una manera preciosa:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…”
Efesios 2:4, RVR1960
Observe las palabras:
“Rico en misericordia.”
No escaso.
No indiferente.
No renuente.
Rico.
Y después explica la razón:
“Por su gran amor con que nos amó.”
Esta es una imagen extraordinaria.
Nosotros estábamos delante del tribunal.
Éramos culpables.
El Juez conocía perfectamente nuestro expediente.
No había corrupción en su tribunal.
No había posibilidad de engañarlo.
No había argumento capaz de convertir nuestras transgresiones en inocencia.
Pero había algo que nosotros jamás habríamos esperado:
el Juez amaba a los acusados.
No amaba nuestros pecados.
No aprobaba nuestra rebelión.
No llamaba bueno a lo malo.
Pero nos amaba.
Y por eso la pregunta dejó de ser solamente:
¿Cómo castigará Dios al culpable?
Apareció una pregunta mucho más extraordinaria:
¿Cómo podrá el Dios justo salvar al culpable que ama sin dejar de ser justo?
Nosotros no diseñamos el plan de salvación.
No encontramos una grieta en la ley divina.
No descubrimos una manera de escapar del tribunal.
No negociamos una reducción de nuestra deuda.
No convencimos a Dios para que fuera misericordioso.
La iniciativa fue de Él.
Juan lo dice de manera inequívoca:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros…”
1 Juan 4:10, RVR1960
No comenzó con nosotros amándolo.
Comenzó con:
“Él nos amó.”
Y el versículo continúa:
“…y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”
1 Juan 4:10, RVR1960
Aquí aparece por primera vez la dimensión de la solución.
Su Hijo.
El problema había comenzado en la tierra.
Pero la solución vendría del cielo.
Aquí debemos detenernos.
Porque quizá nos hemos acostumbrado demasiado a esta historia.
Decimos:
Y continuamos leyendo.
Pero pensemos en lo que acabamos de decir.
Dios tenía un Hijo amado.
Antes de Belén.
Antes de Nazaret.
Antes de la Cruz.
Antes de que existiera el mundo.
Jesucristo estaba con el Padre.
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960
Jesús habló de:
“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960
Y también dijo:
“…me has amado desde antes de la fundación del mundo.”
Juan 17:24, RVR1960
Había amor entre el Padre y el Hijo antes de nuestra historia.
Había gloria.
Había comunión.
Y cuando la humanidad cayó, la solución de Dios no consistió en enviar algo.
Envió a Alguien.
Ahora quizá podemos escuchar Juan 3:16 con otros oídos:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”
Juan 3:16, RVR1960
No dice solamente que Dios sintió compasión.
Dice:
“Ha dado.”
El amor hizo algo.
El amor tomó una decisión.
El amor estuvo dispuesto a entregar.
¿Y qué dio Dios?
No oro.
No plata.
No un planeta.
No un ángel.
No una criatura cualquiera.
“A su Hijo unigénito.”
La magnitud del regalo comienza a mostrarnos la magnitud de nuestra deuda.
Si el problema pudiera haberse resuelto mediante algunas buenas obras, el Hijo no habría necesitado venir.
Si pudiera haberse solucionado simplemente mediante religión, no habría sido necesario Belén.
Si unas cuantas lágrimas fueran suficientes para pagar la deuda, no habría sido necesaria la Cruz.
Pero nuestra situación era muchísimo más grave.
Necesitábamos un Salvador.
Esto es fundamental.
Dios no dijo:
“La paga del pecado ya no es muerte.”
La Escritura continuó diciendo:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
Dios no cambió la sentencia para acomodarla a nuestra incapacidad.
Hizo algo infinitamente más extraordinario.
Proporcionó una respuesta para aquello que nosotros no podíamos pagar.
Aquí comenzamos a comprender por qué la salvación es gracia.
No fue el culpable resolviendo su propio caso.
Fue Dios actuando en favor del culpable.
Pablo dice:
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.”
Romanos 5:6, RVR1960
Observe cómo nos describe:
“Débiles.”
No fuertes.
No autosuficientes.
No capaces de pagar.
Y después dice:
“Cristo… murió por los impíos.”
Esto hace todavía más extraordinario el amor de Dios.
Quizá podríamos imaginar que Dios decidió salvarnos después de que demostramos suficiente arrepentimiento.
O después de que mejoramos.
O después de que acumulamos suficientes buenas obras.
Pero Pablo destruye esa idea:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960
“Siendo aún pecadores.”
No después.
No cuando ya éramos buenos.
No cuando habíamos pagado parte de la deuda.
No cuando merecíamos una segunda oportunidad.
Cuando todavía éramos pecadores.
El amor de Dios llegó hasta nosotros cuando todavía éramos culpables.
Y Pablo va todavía más lejos:
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo…”
Romanos 5:10, RVR1960
Enemigos.
Y aun así:
amados.
Aquí comienzan a encontrarse las dos grandes líneas que hemos seguido durante toda esta serie.
La justicia de Dios decía:
El pecado importa.
El amor de Dios decía:
El pecador me importa.
La justicia decía:
La deuda es real.
El amor decía:
No quiero perder al deudor.
La justicia decía:
La sentencia no puede convertirse en mentira.
El amor decía:
Proporcionaré una solución.
Dios no tuvo que escoger entre amar y ser justo.
Decidió salvarnos de una manera en la que su amor y su justicia permanecieran intactos.
Pablo lo resumiría de una manera extraordinaria:
“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960
El justo.
Y:
El que justifica.
Ahí está el milagro.
Aquí encontramos algo difícil incluso de expresar con palabras.
El que había sido ofendido tomó la iniciativa para reconciliar al ofensor.
El Creador salió a buscar a la criatura.
El Rey quiso recuperar al rebelde.
El Padre entregó a su Hijo.
Y el Hijo estuvo dispuesto a venir.
No porque nosotros pudiéramos obligarlo.
No porque mereciéramos que lo hiciera.
Sino por amor.
Jesús dijo:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Y añadió:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
El Hijo no fue una víctima involuntaria de un plan ajeno.
Él decidió entregar su vida.
Padre e Hijo estaban actuando en nuestra salvación.
Hay una escena extraordinaria muchos siglos antes de la Cruz.
Isaac preguntó a Abraham:
“…He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?”
Génesis 22:7, RVR1960
Abraham respondió:
“Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.”
Génesis 22:8, RVR1960
Aquellas palabras adquirirían siglos después una profundidad extraordinaria.
El hombre necesitaba un sacrificio.
El hombre no podía proporcionar un sacrificio suficiente para resolver definitivamente su deuda.
Entonces:
Dios proveyó.
Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús declaró:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
Juan 1:29, RVR1960
No era el cordero que el hombre había encontrado para ofrecérselo a Dios.
Era:
“El Cordero de Dios.”
Lo verdaderamente extraordinario fue quién era la solución.
Dios no envió simplemente instrucciones.
Envió a su Hijo.
No nos entregó solamente una nueva ley.
Nos entregó un Salvador.
No gritó desde el cielo:
“Encuentren la manera de regresar.”
Él descendió hasta nosotros.
Juan lo expresa así:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960
El que existía antes de Belén entró en nuestra historia.
El Creador entró en su creación.
El inmortal asumió una naturaleza humana capaz de morir.
El Hijo eterno entró en el mundo donde reinaba la muerte.
Porque había venido a enfrentarla.
Este es el corazón de este capítulo.
Cuando nosotros no podíamos pagar…
Dios proporcionó el pago.
Cuando no podíamos regresar…
Dios abrió el camino.
Cuando estábamos destituidos…
Dios envió a su Hijo.
Cuando la muerte reinaba…
vino la Vida.
Cuando el acta estaba contra nosotros…
Dios comenzó a preparar el lugar donde aquella acta sería clavada.
Cuando la justicia demandaba una respuesta…
el amor de Dios proporcionó un Salvador.
Dios no miró hacia otro lado.
No fingió que el pecado nunca había ocurrido.
No destruyó su justicia.
No abandonó su santidad.
No cambió su palabra.
Pero tampoco nos abandonó a nosotros.
Ese es el Evangelio comenzando a aparecer delante de nuestros ojos.
El Juez que tenía todo el derecho de pronunciar nuestra sentencia decidió hacer algo que nadie podía exigirle:
proporcionar Él mismo el camino para nuestra salvación.
Y para hacerlo entregaría aquello que ningún ser humano habría podido imaginar.
A su propio Hijo.
Ahora necesitamos contemplar al Hijo.
Porque la siguiente parte de nuestra historia ya no ocurre solamente alrededor de un tribunal celestial.
Nos lleva a una pequeña aldea.
A una joven virgen.
A un pesebre.
A Dios entrando en la historia humana.
El Hijo entró en nuestro mundo para hacer por nosotros aquello que nosotros jamás habríamos podido hacer por nosotros mismos.
Disfrute un reel con propósito
Escuche música con propósito