03. La anunciación: Dios pide la participación de una joven

Dr. Elio M Rivera

«Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.»
Lucas 1:38, RVR1960

 Gabriel sabía quién estaba por venir.

 Había pronunciado palabras enormes acerca de aquel que todavía no podía ser visto: sería grande, sería llamado Hijo del Altísimo, recibiría el trono de David y su reino no tendría fin.

 Pero ahora la escena cambia.

 El anuncio acerca de Jesús se convierte en algo profundamente personal para María.

 Porque una cosa era escuchar quién era aquel que vendría.

 Otra muy diferente era descubrir cómo había decidido Dios traerlo al mundo.

 Gabriel le dijo:

 «Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS» (Lucas 1:31).

 La promesa de Dios entraría en la historia dentro de su propio cuerpo.

 María no sería simplemente testigo de la encarnación.

 Dios estaba pidiendo su participación.

María tenía una vida antes de que Gabriel llegara

 Es fácil contemplar la anunciación sabiendo cómo termina la historia.

 Nosotros sabemos que José finalmente creyó.

 Sabemos que Jesús nació.

 Sabemos que los pastores llegaron.

 Sabemos que los magos lo adoraron.

 Sabemos que millones de personas, siglos después, conocerían el nombre de María.

 Pero María no estaba contemplando los acontecimientos desde nuestro lado de la historia.

 Ella estaba viviéndolos por primera vez.

 Lucas nos dice que era una virgen «desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David» (Lucas 1:27).

 Tenía un compromiso matrimonial.

 Había un futuro que probablemente parecía relativamente previsible.

 Matrimonio.

 Familia.

 Una vida dentro de su comunidad.

 Entonces llegó Gabriel.

 Y en unos cuantos minutos, todo cambió.

«¿Cómo será esto?»

 María hizo una pregunta completamente comprensible:

 «¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).

 No parece una pregunta de burla.

 Era una pregunta acerca de cómo ocurriría aquello.

 Gabriel respondió:

 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).

 Y entonces añadió:

 «Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».

 María estaba recibiendo una explicación que resolvía una pregunta, pero inmediatamente abría muchas otras.

 Ella sabría cómo había ocurrido.

 Pero ¿cómo explicaría lo ocurrido?

 ¿Cómo explicaría a José que estaba embarazada?

 ¿Cómo reaccionaría su familia?

 ¿Qué pensarían quienes la conocían?

 ¿Cómo se explica humanamente algo que nunca había sucedido de aquella manera?

 María tendría la palabra de Gabriel.

 Pero los demás no habían escuchado a Gabriel.

El ángel Gabriel comunicando el mensaje a María

José todavía no sabía nada

 Aquí los relatos de Lucas y Mateo se vuelven especialmente conmovedores cuando se contemplan juntos.

 María sabía.

 José todavía no.

 Mateo nos dice lo que ocurrió cuando el embarazo fue descubierto:

 «Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).

 Y la reacción inicial de José demuestra que la situación era realmente difícil.

 «José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).

 Esto nos permite comprender mejor lo que estaba implícito en la respuesta de María a Gabriel.

 Cuando dijo sí, todavía no sabía cómo resolvería Dios el problema con José.

 No sabía que un ángel se le aparecería posteriormente en sueños.

 No sabía que José recibiría una explicación directamente de Dios.

 No podía entregarle una carta firmada por Gabriel.

 Tendría que confiar.

La obediencia podía costarle algo

 El desposorio judío del primer siglo era mucho más serio que un noviazgo moderno. Aunque la pareja todavía no hubiera comenzado la convivencia matrimonial, existía ya un compromiso formal cuya ruptura requería divorcio; precisamente por eso Mateo habla de José considerando dejarla.

 Un embarazo antes de comenzar la vida matrimonial podía producir sospechas evidentes.

 Y aquí debemos tener cuidado de no añadir al texto cosas que la Biblia no dice.

 Lucas no nos cuenta que María fuera públicamente humillada por todo Nazaret. Tampoco describe exactamente qué comentarios escuchó o qué personas dudaron de ella.

 Pero podemos afirmar algo mucho más sencillo:

 María aceptó una situación que podía ser profundamente difícil de explicar.

 Ella conocía la verdad.

 Dios conocía la verdad.

 Gabriel conocía la verdad.

 Pero todavía faltaba que otros la conocieran.

 Eso hacía que su respuesta tuviera un costo real.

Dios no le mostró primero todos los detalles

 Esto es quizá uno de los aspectos más hermosos de la anunciación.

 Gabriel le explicó a María lo suficiente para que comprendiera lo esencial.

 Pero no le mostró toda su vida futura.

 No le contó detalladamente cómo reaccionaría José.

 No le explicó el viaje que tendría que hacer estando embarazada.

 No le habló todavía de la dificultad que encontrarían en Belén.

 No le describió la llegada de los pastores.

 No le contó acerca de Herodes.

 No le explicó que tendría que levantarse algún día y huir con su hijo hacia Egipto.

 Tampoco le describió lo que Simeón posteriormente le anunciaría:

 «Y una espada traspasará tu misma alma» (Lucas 2:35).

 María recibió luz suficiente para dar el siguiente paso.

 Pero no recibió un mapa completo del camino.

 Y entonces tuvo que decidir.

«He aquí la sierva del Señor»

 La respuesta de María es extraordinariamente breve:

 «He aquí la sierva del Señor».

 No negoció una posición.

 No pidió reconocimiento.

 No preguntó qué recibiría a cambio.

 No exigió saber primero cómo se resolverían todas las dificultades.

 Se definió a sí misma mediante una palabra:

 sierva.

 Y después pronunció la frase que cambiaría su vida:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 María estaba poniendo su cuerpo, su futuro, su compromiso con José y su reputación en manos de Dios.

 No porque comprendiera todo lo que sucedería.

 Sino porque había decidido confiar en quien se lo estaba pidiendo.

Pero hay alguien más detrás de la respuesta de María

 Si nos detenemos solamente en María, podemos perder la conexión con el corazón de esta serie.

 Porque en aquella escena encontramos dos disposiciones extraordinarias que se encuentran.

 Una joven está dispuesta a recibir al Hijo de Dios.

 Y el Hijo de Dios está dispuesto a entrar en la humanidad mediante ella.

 María dice:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 Y detrás de todo el acontecimiento está Cristo aceptando algo todavía mayor:

 hacerse verdaderamente hombre.

 No descendería a la Tierra como un adulto apareciendo repentinamente desde el cielo.

 No llegaría rodeado de poder visible.

 No evitaría el proceso humano.

 Entraría como nosotros entramos.

 Sería concebido.

 Se desarrollaría en el vientre.

 Nacería.

 Sería cargado.

 Sería alimentado.

 Crecería.

 El Hijo de Dios estaba aceptando depender, humanamente, del cuerpo y posteriormente de los cuidados de una joven de Nazaret.

 Esto añade una nueva dimensión a la humildad de la encarnación.

 El Creador aceptó ser cuidado por su criatura.

Dios pudo haber escogido otra manera

 La anunciación también nos obliga a contemplar la forma en que Dios decidió actuar.

 Podía haber hecho aparecer a Cristo públicamente en Jerusalén.

 Podía haberlo presentado con una manifestación celestial imposible de ignorar.

 Podía haber comenzado delante de sacerdotes, gobernantes y multitudes.

 Pero escogió el camino de la encarnación.

 Y eso significaba entrar verdaderamente en una familia humana.

 Tener una madre.

 Ser recibido posteriormente por José.

 Tener una genealogía reconocible.

 Pertenecer a un pueblo.

 Crecer dentro de una casa.

 Conocer desde dentro nuestra experiencia humana.

 Dios no decidió salvar al hombre manteniéndose distante de la humanidad.

 Decidió entrar en ella.

El amor de Dios comienza a adquirir un rostro humano

 Hasta este momento de nuestra serie hemos contemplado decisiones y anuncios.

 Pero ahora algo está a punto de suceder físicamente.

 El Hijo eterno está por asumir naturaleza humana.

 La distancia entre el cielo y la Tierra comienza a cerrarse de una manera que nadie en Nazaret puede ver.

 No hay ruido en las calles.

 No hay celebración pública.

 Roma no sabe nada.

 Jerusalén no sabe nada.

 Herodes no sabe nada.

 Los sacerdotes no saben nada.

 Pero en aquella conversación entre Gabriel y María está comenzando uno de los acontecimientos centrales de la historia bíblica.

 Y ocurre después de una respuesta sencilla:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 Gabriel termina su misión.

 Lucas dice:

 «Y el ángel se fue de su presencia» (Lucas 1:38).

 La habitación vuelve a quedar en silencio.

 Pero María ya no es la misma joven que era antes de que Gabriel llegara.

 Ahora posee un secreto que cambiará su vida.

 Y muy pronto ese secreto comenzará a hacerse visible.

 Entonces llegará una de las primeras consecuencias de haber aceptado participar en el plan de Dios:

 José tendrá que descubrir que María está embarazada.

 María sabe lo que Dios ha hecho.

 José todavía no.

 Y antes de que Jesús nazca, su llegada comenzará a transformar —y poner a prueba— a la familia que habrá de recibirlo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.