Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 1:35
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
Lucas 1:35, RVR1960
María había hecho una pregunta sencilla, pero de enorme importancia:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón.»
Gabriel respondió con una declaración que constituye uno de los fundamentos de la doctrina cristiana de la Encarnación.
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti.»
No explicó un procedimiento biológico. No describió las etapas de la concepción ni reveló de qué manera se produciría cada acontecimiento dentro del cuerpo de María.
Identificó a quien realizaría aquella obra.

El ángel le dice a María, el Espíritu Santo vendrá sobre ti
El Espíritu Santo.
Y añadió una segunda expresión:
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Estas palabras merecen una atención especial, porque no solamente anuncian un milagro. También nos permiten comprender qué afirma realmente la Escritura y cuáles son los límites de lo que podemos explicar.
La intervención del Espíritu Santo
En las Escrituras, el Espíritu Santo aparece realizando obras que ningún ser humano podría producir por sus propias capacidades.
Desde las primeras páginas de Génesis encontramos su presencia relacionada con la actividad creadora de Dios:
«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.»
Génesis 1:2, RVR1960
El Espíritu también aparece capacitando a personas para cumplir responsabilidades extraordinarias, inspirando a los profetas y manifestando el poder de Dios.
Pero lo anunciado a María era diferente.
No se trataba de recibir sabiduría para gobernar, fuerza para enfrentar a un enemigo o inspiración para comunicar una profecía.
Se trataba de una concepción humana que ocurriría sin intervención de un padre humano.
Gabriel atribuyó directamente ese acontecimiento al Espíritu Santo.
La misma afirmación aparece en Mateo:
«…porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.»
Mateo 1:20, RVR1960
Ambos evangelistas coinciden en lo esencial.
La concepción de Jesús fue una obra sobrenatural del Espíritu Santo.
¿Qué significa que vendría sobre María?
La expresión «vendrá sobre ti» no debe interpretarse como una descripción física de la manera en que ocurrió la concepción.
Lucas utiliza un lenguaje que señala la intervención poderosa de Dios.
Encontramos una expresión relacionada cuando Jesús anunció a sus discípulos:
«…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo…»
Hechos 1:8, RVR1960
En aquel caso, la venida del Espíritu Santo produciría poder para ser testigos de Jesucristo.
En María, la intervención anunciada tendría un propósito completamente distinto.
La semejanza está en la procedencia divina de la acción, no en que ambos acontecimientos produjeran los mismos efectos.
Esto nos ayuda a evitar interpretaciones equivocadas.
Gabriel no describió una unión sexual entre Dios y María.
No presentó al Espíritu Santo como un varón que ocuparía el lugar de José.
Tampoco habló de una relación corporal entre una divinidad y una mujer.
La concepción virginal fue un acto sobrenatural de Dios, no un acto sexual.
Esta distinción es fundamental para comprender correctamente el relato bíblico.
«Te cubrirá con su sombra»
La segunda expresión de Gabriel resulta especialmente interesante:
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
En el idioma griego del Nuevo Testamento, el verbo traducido como cubrir con su sombra es episkiazō.
Lucas utiliza ese mismo verbo cuando describe la nube que cubrió a los discípulos durante la transfiguración de Jesús.
Pero la imagen tiene antecedentes todavía más antiguos.
Cuando Moisés terminó de levantar el tabernáculo, la Escritura declara:
«Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo.»
Éxodo 40:34, RVR1960
La nube manifestaba la presencia divina.
No era una explicación de cómo funcionaba el poder de Dios. Era una señal de que Dios estaba actuando y manifestando su gloria.
Por eso algunos intérpretes encuentran una relación significativa entre aquella nube y las palabras pronunciadas por Gabriel.
Sin embargo, debemos distinguir entre una semejanza bíblica y una afirmación explícita del texto.
Lucas no dice que una nube visible descendiera sobre María.
Tampoco afirma que ella experimentara una manifestación semejante a la del Sinaí.
Gabriel utiliza una expresión que comunica la acción poderosa de Dios sobre ella.
No necesitamos imaginar una nube material ni una escena física que la Escritura no describe.
El poder del Altísimo
Gabriel empleó dos expresiones:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti.»
«El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
No son dos explicaciones contradictorias.
Ambas describen la intervención divina desde perspectivas complementarias.
La primera identifica expresamente al Espíritu Santo.
La segunda destaca el poder del Altísimo.
No se está anunciando la participación de dos padres diferentes ni dos concepciones sucesivas.
Se está describiendo una sola obra sobrenatural.
Esto también nos permite reconocer un límite importante: aunque conocemos al autor divino de aquella concepción, la Biblia no explica su mecanismo biológico.
No sabemos cómo ocurrió la fecundación en términos celulares.
No sabemos qué procesos físicos intervinieron.
No sabemos en qué instante preciso comenzó el desarrollo embrionario.
Y no debemos presentar nuestras suposiciones como si fueran revelación bíblica.
La Escritura afirma el milagro, pero no describe su procedimiento.
Un verdadero embarazo humano
Que la concepción fuera sobrenatural no significa que el embarazo de María fuera aparente.
Lucas utiliza expresiones completamente humanas:
«Concebirás en tu vientre.»
«Darás a luz un hijo.»
La intervención del Espíritu Santo no eliminó la realidad de la maternidad.
María llevó verdaderamente al niño en su vientre.
Su cuerpo participó de un embarazo real.
Jesús recibió una verdadera naturaleza humana.
No fue una figura espiritual que simplemente adquirió apariencia de bebé al momento de nacer.
Tampoco fue un ser celestial disfrazado de hombre.
La concepción sobrenatural dio comienzo a una verdadera vida humana en el vientre de María.
Esto resulta esencial para la doctrina de la Encarnación.
Lo milagroso fue el origen de la concepción, no la ausencia de humanidad en el niño.
¿Fue el Espíritu Santo el padre de Jesús?
Aquí encontramos una pregunta que merece una respuesta cuidadosa.
Si Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, ¿debemos considerar al Espíritu Santo como su padre?
La respuesta requiere distinguir entre la causa sobrenatural de la concepción y las relaciones personales dentro de la Trinidad.
La Escritura identifica constantemente a Jesús como el Hijo del Padre.
Gabriel no dijo que el Espíritu Santo se convertiría en el Padre de Jesús.
Dijo que el Espíritu Santo vendría sobre María y que el poder del Altísimo la cubriría con su sombra.
La obra del Espíritu Santo hizo posible la concepción virginal, pero no cambió la identidad eterna del Hijo ni las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
No debemos imaginar que Jesús comenzó a ser Hijo de Dios porque el Espíritu Santo intervino en su concepción.
La filiación divina de Cristo no comenzó en Nazaret.
La concepción virginal corresponde al momento en que el Hijo asumió nuestra naturaleza humana.
Por eso es importante distinguir dos verdades:
Jesucristo es eternamente el Hijo de Dios.
Su naturaleza humana fue concebida sobrenaturalmente por obra del Espíritu Santo.
Ambas afirmaciones son necesarias para comprender correctamente el acontecimiento.
El Espíritu Santo no creó a un nuevo Hijo de Dios
Este punto es especialmente importante.
No ocurrió que Dios produjera un niño extraordinario y después decidiera habitar en él.
Tampoco ocurrió que un ser humano comenzara a existir y posteriormente recibiera una naturaleza divina.
El Hijo de Dios no fue creado en la concepción.
Lo que comenzó allí fue su existencia humana.
El Evangelio de Juan establece que el Verbo ya existía antes de hacerse carne.
Y el Nuevo Testamento enseña que Jesucristo no dejó de ser quien era al asumir nuestra humanidad.
Por eso la Encarnación no debe entenderse como la creación de una nueva persona divina.
Es el Hijo eterno asumiendo una verdadera naturaleza humana.
La intervención del Espíritu Santo hizo posible ese acontecimiento único.
Una obra que no se repetiría
En las Escrituras encontramos otros nacimientos extraordinarios.
Sara concibió cuando humanamente parecía imposible por su edad.
Rebeca había sido estéril.
Raquel también conoció el sufrimiento de no poder tener hijos.
Ana recibió a Samuel después de años de aflicción.
Elisabet concibió a Juan cuando ella y Zacarías eran de edad avanzada.
En todos esos casos hubo intervención divina.
Pero ninguno fue una concepción virginal.
Los hijos nacieron de la unión de un padre y una madre.
El caso de María fue distinto.
No se trató de restaurar una capacidad reproductiva perdida.
Tampoco de permitir un embarazo a pesar de la edad.
Se trató de una concepción sin padre humano.
El Nuevo Testamento no presenta otro acontecimiento semejante.
Y la razón de su singularidad está relacionada con la identidad de Aquel que sería concebido.
La respuesta de Gabriel fue suficiente
Hay algo que llama la atención al observar la conversación.
María preguntó cómo sucedería.
Gabriel le explicó que sería por la intervención del Espíritu Santo y el poder del Altísimo.
No le proporcionó una descripción científica.
No le mostró anticipadamente las etapas de su embarazo.
No le explicó todos los acontecimientos que vendrían después.
Pero le comunicó lo esencial.
Aquello no dependería de una relación sexual ni de una capacidad especial de María.
Sería una obra de Dios.
Y para confirmar que Dios ya estaba realizando algo extraordinario, Gabriel le habló del embarazo de Elisabet, su parienta.
Aquella mujer, conocida por su esterilidad, llevaba seis meses esperando un hijo.
La noticia tenía un propósito: mostrarle a María que el poder de Dios ya estaba actuando de una manera que superaba las expectativas humanas.
Entonces Gabriel pronunció una declaración que resumía el fundamento de su anuncio:
«Porque nada hay imposible para Dios.»
Lucas 1:37, RVR1960
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