26. El Juez que pagó la condena del culpable

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“…a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
Romanos 3:26, RVR1960

  Después de todo lo que hemos estudiado acerca de la justicia celestial, hay algo que todavía me parece difícil de comprender por su grandeza:

  Qué Juez tan extraordinario es Dios.

  Imagine la escena.

  Usted está delante del tribunal.

  Dios conoce toda su vida.

  No solamente conoce aquello que los demás saben de usted. Conoce lo secreto. Conoce las palabras que nadie escuchó, las decisiones que nadie descubrió, las intenciones del corazón, el bien que pudo hacer y no hizo, las veces que conoció lo correcto y escogió lo contrario.

  Nada está escondido.

“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
Hebreos 4:13, RVR1960

  El expediente está abierto.

  Las evidencias son verdaderas.

  Y el Juez pronuncia el veredicto:

  Eres culpable.

  Esto hiciste.

  Esto dijiste.

  Aquí desobedeciste.

  Aquí mentiste.

  Aquí heriste.

  Aquí fuiste injusto.

  Aquí sabías lo que debías hacer y decidiste no hacerlo.

  Aquí pecaste contra mí.

  No hay error judicial.

  No hay corrupción.

  No hay exageración.

  El acusado sabe que el Juez tiene razón.

  Entonces viene la sentencia:

“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

  Esta es la condena que te corresponde.

  Y hasta allí todo parecería terminado.

  El hombre pecó.

  La justicia examinó el caso.

  La culpabilidad fue demostrada.

  La sentencia fue pronunciada.

  Pero entonces ocurre algo que ningún tribunal humano podría siquiera imaginar.

El Juez dice: Yo pagaré tu condena

  Imagine que después de pronunciar la sentencia, el Juez se levanta.

  Mira al culpable y le dice:

  “Eres culpable.”

  “La sentencia es justa.”

  “Esta condena te corresponde.”

  “Pero si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo asumiré la condena que te corresponde para que tú puedas ser libre.”

  Eso cambia completamente la escena.

  El Juez no está enviando a un tercero ajeno a Él para que resuelva su problema.

  Dios vino.

  Juan lo declara:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960

  Y después:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960

  El Verbo era Dios.

  Y el Verbo se hizo carne.

  Aquí entramos en uno de los misterios más profundos de nuestra fe.

  Un solo Dios.

  Padre, Hijo y Espíritu Santo.

  Tres personas, un solo Dios.

  No tres dioses.

  Y tampoco una sola persona desempeñando simplemente tres papeles.

  El Padre es Dios.

  El Hijo es Dios.

  El Espíritu Santo es Dios.

  Y Dios es uno.

  Por eso, cuando contemplamos a Jesucristo pagando nuestra condena, estamos contemplando a Dios entrando personalmente en nuestra tragedia.

  Pablo lo expresa de una manera extraordinaria:

“…Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…”
2 Corintios 5:19, RVR1960

  Dios estaba en Cristo.

  No permaneció distante.

  No contempló nuestra tragedia desde la seguridad del cielo diciendo a otro:

  “Ve tú y resuelve el problema.”

  Dios vino a nosotros en Jesucristo.

  Por eso Tomás pudo mirar al Cristo resucitado y decir:

“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960

  Y Jesucristo no rechazó aquella confesión.

  El que había estado colgado de la Cruz era:

  Dios hecho hombre.

  El Creador había entrado en su creación.

  El Juez había entrado en la historia del acusado.

  Y ahora podemos comprender lo extraordinario de la Cruz.

“Tu condena es esta… pero Yo la pagaré”

  Ese es el corazón de todo lo que hemos estudiado.

  Dios no le dice al pecador:

  “Eres inocente.”

  Le dice:

  “Eres culpable.”

  No le dice:

  “Tu pecado no tiene consecuencias.”

  Le dice:

  “La paga del pecado es muerte.”

  No le dice:

  “Voy a ignorar mi justicia porque te amo.”

  Le dice:

  “Mi justicia tiene que ser satisfecha.”

  Y entonces ocurre lo inimaginable:

  “Pero Yo mismo pagaré la condena que justamente te corresponde.”

  Dios se hizo hombre.

  Entró en nuestro mundo.

  Tomó nuestra naturaleza.

  Vivió entre nosotros.

  Y finalmente llegó hasta la Cruz.

  Pablo escribe:

“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.”
Colosenses 2:9, RVR1960

  El que estaba allí no era simplemente un mártir.

  No era solamente un profeta.

  No era un hombre bueno que decidió morir por otros.

  Era Dios manifestado en carne.

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…”
1 Timoteo 3:16, RVR1960

  Por eso la Cruz revela algo tan extraordinario acerca del carácter de Dios.

  El Juez asumió el costo de su propia sentencia.

  No porque la sentencia fuera injusta.

  Precisamente porque era justa.

  No porque el culpable mereciera salir libre.

  Precisamente porque no podía liberarse por sí mismo.

  No porque la justicia dejara de importar.

  Precisamente porque la justicia tenía que ser satisfecha.

  El Juez dijo:

  “La deuda tiene que pagarse.”

  Y después:

  “Yo la pagaré.”

  “La condena tiene que cumplirse.”

  Y después:

  “Yo la asumiré.”

  “La justicia tiene que ser satisfecha.”

  Y después:

  “Yo mismo proporcionaré en mí el pago.”

  Eso es la Cruz.

Dios no murió porque nosotros fuéramos inocentes

  Murió precisamente porque:

  éramos culpables.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Romanos 5:8, RVR1960

  Observe cuidadosamente quién aparece en el versículo:

  Dios muestra su amor.

  ¿Cómo?

  Cristo murió por nosotros.

  No estamos contemplando dos dioses con diferentes sentimientos hacia el hombre.

  Estamos contemplando el misterio del único Dios obrando nuestra salvación.

  Jesús dijo:

“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960

  Y también:

“…El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”
Juan 14:9, RVR1960

  La Cruz no nos muestra a un Hijo misericordioso intentando convencer a un Dios que no quería perdonarnos.

  La Cruz nos muestra el corazón de Dios.

  El Padre amó.

  El Hijo amó.

  Dios actuó para salvarnos.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
Juan 3:16, RVR1960

  La Cruz nació de ese amor.

Qué clase de Juez hace algo así

  Ahora regresemos una última vez al tribunal.

  El acusado está allí.

  Culpable.

  Sin argumentos.

  Sin dinero suficiente para pagar.

  Sin buenas obras capaces de borrar el expediente.

  Sin posibilidad de escapar de una sentencia justa.

  El Juez lo mira.

  Y dice:

  “Eres culpable.”

  El acusado baja la cabeza.

  “Esta es la condena que corresponde a tus actos.”

  No hay nada que responder.

  Entonces el Juez continúa:

  “Pero te amo.”

  “Y si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo asumiré tu condena.”

  “Yo pagaré tu deuda.”

  “Yo recibiré el castigo que justamente te correspondía.”

  “Yo abriré la puerta que tú cerraste.”

  “Yo quitaré el acta que estaba contra ti.”

  “Yo haré posible que salgas libre sin que mi justicia deje de ser justicia.”

  Y eso fue exactamente lo que Dios hizo:

  vino.

  Se hizo hombre.

  Habitó entre nosotros.

  Caminó nuestras calles.

  Fue rechazado por sus criaturas.

  Fue llevado a una Cruz.

  Y allí pagó.

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…”
1 Pedro 3:18, RVR1960

  El Justo por los injustos.

  El Juez por los acusados.

  Dios por nosotros.

  Y cuando el pago estuvo completo:

  “Consumado es.”

Ahora el Juez puede decir: eres libre

  No porque el pecado haya desaparecido mágicamente.

  No porque nunca hubiéramos sido culpables.

  No porque Dios hubiera cambiado sus leyes.

  No porque la sentencia hubiera sido exagerada.

  Porque la condena fue pagada.

  Por eso Pablo puede escribir:

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”
Romanos 8:1, RVR1960

  El que merecía condenación:

  puede salir libre.

  El que estaba lejos:

  puede regresar.

  El enemigo:

  puede ser reconciliado.

  El deudor:

  puede quedar sin deuda.

  El acusado:

  puede ser justificado.

  Y el que había quedado fuera:

  puede volver a casa.

  ¿Qué clase de Juez hace algo así?

  Uno que es perfectamente justo.

  Y al mismo tiempo:

  perfectamente amoroso.

  Un Juez que no disminuye la condena para salvar al culpable.

  La asume Él mismo.

  Un Juez que no destruye su justicia para poder perdonar.

  Paga lo que su justicia demanda.

  Un Juez que no dice que el pecado no importa.

  Muestra cuánto importa en el precio que estuvo dispuesto a pagar.

  Un Juez que después de pronunciar:

  “Culpable”

  está dispuesto a decir:

  “Yo pagaré tu condena para que tú puedas ser libre.”

  Ese es Jesucristo.

  Ese es Dios.

  Y ese es uno de los misterios más extraordinarios del Evangelio.

  El Juez tomó el lugar del acusado.

  El Dios contra quien habíamos pecado vino a pagar la deuda de quienes habían pecado contra Él.

  El que pronunció la sentencia asumió la condena.

  El que tenía todo el derecho de condenarnos abrió el camino para perdonarnos.

  Y ahora llama al culpable:

“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960

  Tal vez esa sea la imagen con la que debemos terminar toda esta serie.

  Un culpable delante del Juez.

  Un expediente imposible de negar.

  Una sentencia imposible de pagar.

  Y un Dios que le dice:

  “Sí. Eres culpable.”

  “Sí. La condena es justa.”

  “Pero si te arrepientes y vienes a mí, Yo mismo pagaré la condena que te corresponde.”

  “Yo ocuparé tu lugar.”

  “Yo pagaré tu deuda.”

  “Y tú podrás salir libre.”

  Eso es justicia.

  Eso es misericordia.

  Eso es gracia.

  Eso es amor.

  Ese es Dios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.