Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea
Durante estos capítulos hemos acompañado a David, un trabajador de Nazaret que cada mañana recorría los caminos de Galilea buscando el sustento de su familia.
Lo vimos soportar el calor, el frío, las enfermedades, el agotamiento y los días en que no hubo jornal. Conocimos sus preocupaciones económicas, las dificultades de su hogar y los peligros de la construcción. También presenciamos las rivalidades, las mentiras, las burlas y las tentaciones que podían surgir entre los propios trabajadores.
David es un personaje ficticio. Sin embargo, el mundo en el que lo hemos colocado fue real.
Y en ese mundo vivió Jesucristo.
¿No es éste el carpintero?
Cuando Jesús regresó a Nazaret, sus vecinos hicieron una pregunta extraordinaria:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).
No preguntaron si era un rey, un sacerdote o un gobernante.
Lo conocían por su oficio.
Jesús era un tekton, un artesano y constructor que trabajaba con sus manos.
Aquello significa que el Hijo eterno de Dios no solamente observó desde el cielo las dificultades de los trabajadores. Se hizo uno de ellos.
Conoció el peso de los materiales, la resistencia de la madera, el polvo de los caminos y el agotamiento de una jornada físicamente exigente. Sus manos trabajaron y su cuerpo experimentó las consecuencias del esfuerzo.
También vivió en una sociedad donde existían la pobreza, la injusticia, la envidia, la inmoralidad y las tensiones entre los hombres.
No conocemos las conversaciones particulares que sostuvo con otros trabajadores ni los acontecimientos de cada una de sus jornadas. Los Evangelios no nos proporcionan esos detalles.
Pero sí sabemos que fue verdaderamente hombre, que trabajó como carpintero y que vivió sin pecado.
«Sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
¿Por qué hemos contado esta historia?
Esta serie no pretende reconstruir acontecimientos desconocidos de la vida de Jesús ni presentar a David como una persona que realmente existió.
Es un intento de acercarnos, mediante una narración históricamente contextualizada, a la humanidad de Jesucristo.
Porque resulta fácil afirmar que Dios se hizo hombre sin detenernos a considerar lo que aquello significó.
El que había creado los cielos aceptó vivir bajo sus propios cielos. El que sostiene todas las cosas aceptó experimentar el hambre, la sed, el cansancio y las limitaciones de un cuerpo humano.
No vino a representar el papel de un hombre. Vino a ser verdaderamente hombre.
Y lo hizo voluntariamente.
El apóstol Pablo escribió:
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7).
Durante años, antes de comenzar su ministerio público, Jesús vivió en Nazaret. No fueron años vacíos ni carentes de significado. Fueron parte de su verdadera vida humana.
Trabajó, creció y habitó entre personas comunes.
Y todo ello formaba parte de su disposición a entrar en nuestra condición por amor.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
El Verbo eterno aceptó tener manos fatigadas, piernas adoloridas y un cuerpo que necesitaba descansar después del trabajo. Conoció desde dentro la vida humana que había venido a redimir.
Antes de que sus manos fueran clavadas en la cruz, habían conocido durante años el trabajo de un carpintero. Y todo lo aceptó por amor a nosotros.
Fin de la serie.
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