Dr. Elio M Rivera
Introducción a la serie — El tekton de Nazaret: Las manos que construían Galilea
A unos siete kilómetros de Nazaret se levantaba una ciudad muy diferente de aquella pequeña aldea donde Jesús había crecido.
Su nombre era Séforis.
Mientras Nazaret conservaba la sencillez de una comunidad rural, Séforis experimentaba una importante transformación. Herodes Antipas había impulsado su reconstrucción y desarrollo, convirtiéndola en uno de los principales centros administrativos de Galilea.
Allí se necesitaban trabajadores.
Hombres que supieran levantar muros, trabajar la piedra, preparar vigas, fabricar puertas, construir techos y participar en las numerosas tareas que exigía el crecimiento de una ciudad.
Y a pocos kilómetros de distancia vivían José y Jesús.
Ambos estaban vinculados al oficio de tekton, una palabra griega que designaba a un artesano o constructor, frecuentemente relacionado con el trabajo de la madera y otros materiales.
Ante estas circunstancias surge una pregunta difícil de ignorar:
¿Es razonable pensar que José y Jesús permanecieron trabajando exclusivamente en una pequeña aldea cuando, a poca distancia, una ciudad en crecimiento necesitaba precisamente hombres de su oficio?

Seforís, una ciudad en plena construcción y a 6 – 7 kilómetros de Nazaret en los días de Cristo
Una realidad que conocemos muy bien
Para comprender esta posibilidad no necesitamos comenzar con una teoría complicada. Basta observar cómo funciona el mundo.
Pensemos, por ejemplo, en Ciudad Acuña, Coahuila, una ciudad fronteriza donde numerosas personas encuentran oportunidades de trabajo.
Desde comunidades rurales, rancherías y pequeñas poblaciones de los alrededores, hay quienes se desplazan hacia los centros urbanos para conseguir empleo.
¿Por qué lo hacen?
Porque allí se encuentran las fábricas, las construcciones, los comercios y las empresas que necesitan trabajadores.
No significa que esas personas hayan dejado de pertenecer a sus comunidades de origen. Muchas conservan allí sus hogares y sus familias. Simplemente viajan hacia donde existen oportunidades para ganarse la vida.
Este fenómeno no es exclusivo de nuestra época.
Desde hace siglos, las poblaciones pequeñas han mantenido relaciones económicas con las ciudades cercanas. Los trabajadores buscan empleo donde hay actividad, y las ciudades en crecimiento necesitan mano de obra procedente de sus alrededores.
Nazaret y Séforis estaban separadas por una distancia que podía recorrerse caminando.
Y durante los años en que Jesús crecía, Séforis ofrecía precisamente el tipo de actividad constructiva en la que podía participar un tekton.
No tenemos un documento antiguo que registre a José o a Jesús trabajando allí.
Pero la ausencia de ese documento no elimina la lógica de las circunstancias.
La proximidad geográfica, la actividad constructiva y el oficio de Jesús forman un conjunto de indicios que merece una investigación seria.
Una ciudad que pudo dejar huellas en sus enseñanzas
Hay otra circunstancia que hace todavía más interesante esta posibilidad.
Cuando leemos los Evangelios, descubrimos que Jesús utilizó numerosas ilustraciones tomadas del mundo del trabajo, las construcciones, las relaciones económicas y la vida urbana.
Habló de hombres que esperaban en una plaza para ser contratados.
De trabajadores que dependían del salario de una jornada.
De alguien que deseaba construir una torre y debía calcular primero cuánto le costaría.
De cimientos capaces de sostener una casa.
De administradores que manejaban los bienes de sus señores.
De deudores, acreedores, riquezas y grandes propiedades.
También habló de los hipócritas, utilizando una palabra griega que originalmente podía designar a los actores, hombres que representaban un personaje delante de los espectadores.
Séforis llegó a contar con un teatro, aunque su fecha de construcción sigue siendo discutida. Por eso resulta interesante investigar la relación entre aquel ambiente cultural y el lenguaje de Jesús, sin suponer que necesariamente conoció ese edificio.
Ninguno de estos ejemplos demuestra por sí mismo que Jesús trabajara en Séforis. Muchas de esas realidades también podían encontrarse en otras poblaciones de Galilea.
Sin embargo, cuando los consideramos junto con su oficio y la cercanía de una ciudad importante, aparece una posibilidad fascinante:
¿Pudo Jesús haber conocido personalmente, durante sus años de trabajo, algunas de las situaciones que después utilizó para enseñar a las multitudes?
Un constructor no necesitaba limitarse a observar las piedras y la madera.
También podía conocer a los jornaleros, escuchar las conversaciones de los comerciantes, presenciar las diferencias entre ricos y pobres y comprender cómo funcionaban las relaciones entre trabajadores, administradores y autoridades.
Era un mundo lleno de experiencias humanas.
Y Jesús vivió verdaderamente como hombre.
Juana: una conexión sorprendente con la casa de Herodes
Los Evangelios contienen además un detalle que merece nuestra atención.
Lucas menciona a una mujer llamada Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes Antipas.
«Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes» (Lucas 8:3, RVR1960).
Juana pertenecía, por su relación familiar, a un entorno vinculado con la administración del gobernante de Galilea.
Y, sin embargo, encontramos a esta mujer entre quienes seguían y ayudaban a Jesús.
¿Cómo llegó a conocerlo?
¿Dónde escuchó sus enseñanzas?
¿Qué circunstancias acercaron a una mujer relacionada con la casa de Herodes al Maestro de Nazaret?
Los Evangelios no responden estas preguntas.
Tampoco afirman que Jesús conociera a Juana en Séforis.
Pero su presencia nos recuerda algo importante: el ministerio de Jesús alcanzó incluso a personas relacionadas con los círculos administrativos de Herodes Antipas.
Esa conexión merece ser examinada cuando estudiamos la relación entre Jesús y el mundo herodiano de Galilea.
El carpintero detrás de las enseñanzas
Nuestro propósito no es escribir una historia general de Séforis.
Tampoco queremos convertir cada parábola de Jesús en el recuerdo de un acontecimiento ocurrido necesariamente en aquella ciudad.
Queremos comprender mejor la vida del carpintero de Nazaret.
Durante muchos años, antes de que las multitudes escucharan sus enseñanzas, Jesús vivió en una sociedad donde los hombres tenían que trabajar para sostenerse.
Conoció un oficio.
Perteneció a una familia.
Creció en sabiduría.
Vivió entre personas que enfrentaban necesidades, responsabilidades, dificultades y esperanzas.
Y cuando comenzó su ministerio público, sus enseñanzas estuvieron llenas de imágenes que aquellas personas podían reconocer.
Habló de sembradores porque conocían los campos.
Habló de pastores porque conocían los rebaños.
Habló de jornaleros porque conocían la necesidad de trabajar.
Y habló de construcciones porque Él mismo había sido un tekton.
Aquí encontramos una de las dimensiones más hermosas de su humanidad.
El Hijo de Dios no vino a observar nuestra existencia desde lejos. Vino a compartirla.
No se presentó como alguien ajeno al esfuerzo humano.
Antes de ser reconocido públicamente como Maestro, había vivido como trabajador.
Y cuando habló a los hombres acerca de la vida, no lo hizo desde una humanidad imaginaria, sino desde una existencia verdaderamente humana.
Lo que investigaremos
En los próximos diez capítulos recorreremos el mundo de Séforis y examinaremos las razones históricas por las que José y Jesús pudieron haber encontrado trabajo allí.
Estudiaremos sus construcciones, sus trabajadores, sus plazas, las diferencias sociales, el ambiente político de Herodes y las sorprendentes relaciones que algunos de esos elementos guardan con las enseñanzas de Jesucristo.
No pretendemos demostrar más de lo que permiten las evidencias.
Pero tampoco ignoraremos las posibilidades razonables que surgen cuando reunimos la geografía, la historia, la economía y los testimonios de los Evangelios.
Porque detrás de esta investigación hay una pregunta mucho más importante que saber si Jesús caminó por determinada calle de Séforis.
¿Qué significó para el Hijo eterno de Dios aceptar durante tantos años la vida de un trabajador galileo?
La respuesta nos conduce más allá de las construcciones, los salarios y las herramientas.
Nos conduce a su corazón.
Pablo escribió:
«Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9, RVR1960).
«Por amor a vosotros».
Esas palabras explican por qué vale la pena investigar incluso los detalles más sencillos de su existencia.
Porque antes de que sus manos fueran extendidas sobre una cruz, habían conocido el trabajo de un artesano.
Y antes de que las multitudes lo llamaran Maestro, los habitantes de Nazaret lo conocían como el carpintero.
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3).
Ese carpintero es el protagonista de nuestra historia.
No Herodes.
No sus palacios.
No la ciudad de Séforis.
Jesucristo, el Hijo de Dios, que por amor a nosotros aceptó vivir como uno de nosotros.
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