19. El Hijo entró en nuestra historia

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”
Gálatas 4:4-5, RVR1960

  En el capítulo anterior llegamos a una de las verdades más extraordinarias de toda esta historia.

  El hombre tenía una deuda que no podía pagar.

  La justicia de Dios no podía simplemente ignorarla.

  La paga del pecado era muerte.

  El hombre había quedado destituido de la gloria de Dios.

  Y entonces Dios hizo algo extraordinario.

  No abandonó la justicia, pero tampoco abandonó al culpable.

  La solución no surgiría de nosotros.

  Vendría de Dios.

  Y no sería simplemente una nueva ley.

  No sería una filosofía.

  No sería una religión.

  No sería una lista de buenas obras mediante las cuales pudiéramos pagar poco a poco nuestra deuda.

  La solución sería una Persona.

  El Hijo de Dios entraría en nuestra historia.

El que estaba fuera de nuestra tragedia decidió entrar en ella

  Antes de Belén, Jesucristo ya existía.

  Juan comienza su Evangelio declarando:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1, RVR1960

  Y después:

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3, RVR1960

  El Hijo no comenzó a existir en Belén.

  Ya estaba allí antes de nuestra historia.

  Había compartido gloria con el Padre.

  Jesús mismo habló de:

“…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”
Juan 17:5, RVR1960

  Él no pertenecía al imperio de la muerte que había surgido después de la caída.

  No era parte de nuestra rebelión.

  No estaba entre los descendientes culpables de Adán que necesitaban ser rescatados.

  Él era el Creador.

  Pero nosotros estábamos aquí.

  Dentro de la historia que comenzó después de Edén.

  Fuera del huerto.

  Destituidos de la gloria.

  Bajo el pecado.

  Bajo sentencia.

  Sujetos a muerte.

  Y entonces sucedió algo extraordinario:

  el Hijo decidió entrar en el mundo de los que necesitaban ser rescatados.

No podíamos llegar hasta Él; Él vino hasta nosotros

  Este es uno de los grandes movimientos de la salvación.

  El hombre había sido expulsado de Edén.

  El hombre no podía abrir nuevamente el camino hacia el árbol de la vida.

  No podía escalar hasta el cielo.

  No podía regresar por sus propios méritos al Reino del que había quedado destituido.

  Entonces Dios hizo lo contrario de lo que nosotros jamás habríamos podido hacer.

  Él vino hasta nosotros.

  Juan lo describe en una de las frases más extraordinarias de toda la Biblia:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14, RVR1960

  El Verbo eterno:

  “fue hecho carne.”

  El Creador entró en la creación.

  El Hijo eterno entró en el tiempo.

  El que había compartido la gloria del Padre entró en nuestro mundo caído.

  El que no debía nada entró en la historia de los deudores.

  El que no era esclavo entró en el mundo de los esclavizados.

  El que tenía vida entró en el mundo donde reinaba la muerte.

Pero ¿por qué tenía que hacerse hombre?

  Aquí está la pregunta central de este capítulo.

  ¿Por qué no resolver todo desde el cielo?

  ¿Por qué Belén?

  ¿Por qué nacer de una mujer?

  ¿Por qué asumir carne y sangre?

  ¿Por qué entrar verdaderamente en nuestra humanidad?

  Hebreos comienza a responder:

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…”
Hebreos 2:14, RVR1960

  Observe:

  Nosotros participamos de:

  “carne y sangre.”

  Entonces:

  “Él también participó de lo mismo.”

  No vino simplemente a observar nuestra condición.

  Entró en ella.

  No dejó de ser quien era.

  Pero asumió verdaderamente nuestra humanidad.

  Y Hebreos explica que esto tenía un propósito relacionado precisamente con el problema que venimos estudiando:

“…para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.”
Hebreos 2:14, RVR1960

  Para enfrentar la muerte:

  tenía que poder morir.

  Y para morir como hombre:

  tenía que hacerse hombre.

Tenía que entrar bajo la ley

  Pablo añade otro elemento fundamental:

“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley…”
Gálatas 4:4, RVR1960

  ¿Por qué?

  El siguiente versículo responde:

“Para que redimiese a los que estaban bajo la ley…”
Gálatas 4:5, RVR1960

  Esta expresión es extraordinaria para nuestra serie.

  “Para que redimiese.”

  No vino solamente para enseñarnos.

  Aunque enseñó.

  No vino solamente para mostrarnos cómo vivir.

  Aunque su vida fue perfecta.

  No vino solamente para realizar milagros.

  Aunque realizó milagros.

  No vino solamente para revelar al Padre.

  Aunque lo reveló.

  Había una misión relacionada directamente con nuestra condición:

  redimir.

  Nosotros estábamos bajo aquello que no habíamos podido cumplir perfectamente.

  Él entró:

  “bajo la ley.”

  El Hijo entró voluntariamente en el escenario donde había ocurrido nuestro fracaso.

Tenía que ser verdaderamente uno de nosotros

  Hebreos vuelve a explicarlo:

“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos…”
Hebreos 2:17, RVR1960

  Y después proporciona la razón:

“…para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.”
Hebreos 2:17, RVR1960

  Aquí comenzamos a ver la profundidad del plan.

  El problema era humano.

  El pecado había entrado en la historia humana.

  Adán había desobedecido como hombre.

  La humanidad estaba bajo condenación.

  Entonces el Hijo de Dios entró verdaderamente en nuestra humanidad.

  No apareció simplemente con apariencia humana.

  Nació.

  Creció.

  Vivió entre nosotros.

  Tuvo un cuerpo verdadero.

  Carne verdadera.

  Sangre verdadera.

  Podía sentir hambre.

  Podía sentir cansancio.

  Y, finalmente, aquel cuerpo podía morir.

  Todo esto será estudiado con mucha mayor profundidad en otras series de Cristopedia dedicadas específicamente a la encarnación, Belén y la vida y obra de Jesucristo.

  Aquí nos interesa principalmente una verdad:

  para resolver nuestro problema, el Hijo entró verdaderamente en nuestra condición humana.

Pero tenía que existir una diferencia fundamental

  Si simplemente hubiera venido otro pecador, tendríamos otro hombre con su propia deuda.

  Un culpable no podía pagar por todos los demás culpables.

  Un condenado no podía convertirse en el Salvador de los condenados.

  Un esclavo no podía ofrecerse como libertador mientras él mismo necesitara ser liberado.

  Por eso Cristo entró en nuestra humanidad, pero existe una diferencia fundamental:

  Él no pecó.

  Hebreos dice:

“…fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”
Hebreos 4:15, RVR1960

  Pedro declara:

“El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.”
1 Pedro 2:22, RVR1960

  Y Pablo escribe:

“Al que no conoció pecado…”
2 Corintios 5:21, RVR1960

  Esto es fundamental para comprender lo que vendrá después.

  Jesús no tenía una deuda personal que pagar.

  No estaba bajo condenación por sus propios pecados.

  No merecía la sentencia que nosotros merecíamos.

  La muerte tenía derecho sobre nosotros por causa del pecado.

  Pero Cristo era diferente.

  Él era:

  “sin pecado.”

Entró en el territorio donde Adán había fracasado

  Ahora comienza a aparecer un contraste extraordinario.

  Adán fue hombre.

  Cristo se hizo hombre.

  Adán recibió un mandamiento.

  Cristo vivió bajo la ley.

  Adán fue tentado.

  Cristo fue tentado.

  Adán desobedeció.

  Cristo obedeció.

  Por la desobediencia de Adán entró la condenación.

  Por la obediencia de Cristo comenzaría a abrirse el camino hacia la justificación.

  Pablo coloca deliberadamente a ambos frente a frente:

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”
Romanos 5:19, RVR1960

  Esto será tan importante que merece un capítulo propio.

  Cristo no apareció accidentalmente dentro de la historia humana.

  Entró precisamente en el escenario donde el primer hombre había fracasado.

El Hijo vino voluntariamente

  Tampoco debemos imaginar al Padre enviando a un Hijo que no quería venir.

  Jesús sabía que había venido con una misión.

  Dijo:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.”
Juan 6:38, RVR1960

  Y hablando de su vida declaró:

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960

  Había voluntad.

  Había propósito.

  Había amor.

  El Hijo sabía que estaba entrando en un mundo caído.

  Sabía que había venido a buscar y salvar.

  Jesús lo expresó claramente:

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10, RVR1960

  Lo que se había perdido.

  Nosotros.

Vino a buscar aquello que había quedado lejos de casa

  Esta frase adquiere una belleza especial después de todo lo que hemos estudiado.

  La humanidad había salido de Edén.

  Había quedado destituida de la gloria de Dios.

  Había vivido generación tras generación bajo el reinado de la muerte.

  Había una deuda que no podía pagar.

  Había una sentencia que no podía quitar.

  Había un camino de regreso que no podía abrir.

  Entonces el Hijo vino:

  “A buscar y a salvar lo que se había perdido.”

  No vino simplemente a decirnos desde lejos dónde estaba la casa.

  Vino a buscarnos para llevarnos de regreso.

  Por eso Jesús posteriormente diría:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960

  El hombre necesitaba regresar a Dios.

  Y ahora el camino de regreso estaba delante de nosotros en la persona de Jesucristo.

Dios no envió a cualquiera

  Nuestra deuda era demasiado grande.

  Nuestra condición demasiado grave.

  Nuestra sentencia demasiado seria.

  El precio estaba completamente fuera de nuestro alcance.

  Por eso la solución no podía ser simplemente:

  otro hombre.

  Dios envió:

  a su Hijo.

  Aquel por quien fueron hechas todas las cosas.

  Aquel que existía antes que Abraham.

  Aquel que había compartido gloria con el Padre antes que el mundo fuese.

  Aquel que no conoció pecado.

  Aquel que podía entrar verdaderamente en nuestra humanidad sin compartir nuestra culpabilidad personal.

  Aquel cuya vida no estaba manchada por pecado propio.

  Él entró en nuestra historia.

De la eternidad al tiempo

  Pensemos por un momento en la distancia que recorrió.

  No hablamos de kilómetros.

  No hablamos de viajar de una nación a otra.

  Hablamos de aquel que compartía gloria con el Padre y que entró en nuestra condición humana.

  Pablo lo describe así:

“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6-7, RVR1960

  El Rey tomó forma de siervo.

  El Creador entró en su creación.

  El Hijo eterno nació de mujer.

  El que poseía gloria entró en el mundo de los destituidos.

  El que tenía vida entró en el imperio de la muerte.

  ¿Para qué?

  Para rescatarnos.

No vino solamente a enseñarnos cómo pagar

  Esto debe quedar muy claro.

  Jesús no vino a entregar una fórmula mediante la cual nosotros pudiéramos pagar nuestra deuda.

  No vino a decir:

  “Esfuércense un poco más.”

  “Compensen sus pecados.”

  “Acumulen suficientes buenas obras.”

  “Vuélvanse dignos y después hablaremos.”

  No.

  El mensaje cristiano es muchísimo más extraordinario.

  Vino porque nosotros no podíamos resolver nuestro problema.

  El enfermo necesitaba médico.

  El perdido necesitaba ser encontrado.

  El esclavo necesitaba libertador.

  El condenado necesitaba salvación.

  El deudor necesitaba redención.

  Y el muerto necesitaba vida.

  Jesús dijo:

“…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
Juan 10:10, RVR1960

Todavía no estamos en la Cruz

  No debemos apresurarnos.

  La Cruz se acerca.

  Pero antes necesitamos comprender quién es el que caminará hacia ella.

  No será simplemente otro descendiente culpable de Adán.

  No será un hombre intentando pagar su propia deuda.

  No será una víctima accidental atrapada por las circunstancias políticas de su tiempo.

  Será el Hijo de Dios hecho hombre.

  Sin pecado.

  Obediente.

  Voluntario.

  Enviado por el Padre.

  Entrando en nuestra historia con una misión de redención.

  Los detalles de su encarnación, su nacimiento, su vida y su ministerio merecen estudios completos, y los desarrollamos más ampliamente en otras series de Cristopedia sobre la vida y la obra de Jesucristo.

  En esta serie necesitamos conservar nuestra mirada sobre una pregunta específica:

  ¿Cómo resolvió Jesucristo nuestro problema delante de la justicia divina?

Uno había perdido; Otro venía a recuperar

  Ahora las piezas comienzan a colocarse en su lugar.

  Por un hombre había entrado el pecado.

  Ahora había llegado otro Hombre.

  Por la desobediencia de uno vino condenación.

  Ahora había llegado Uno que obedecería.

  El primero había quedado bajo sentencia.

  El segundo no tenía pecado propio que pagar.

  El primero estuvo relacionado con la entrada de la muerte.

  El segundo podía decir:

“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960

  El primero dejó a sus descendientes fuera de Edén.

  El segundo venía a abrir el camino de regreso al Padre.

  El primero había desobedecido.

  El segundo obedecería hasta las últimas consecuencias.

  Pablo nos proporciona el nombre teológico de este extraordinario contraste:

“…Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.”
1 Corintios 15:45, RVR1960

  Ahí está nuestro siguiente paso.

  Para comprender por qué Jesucristo podía comenzar a resolver aquello que Adán había destruido, necesitamos colocar frente a frente a estos dos hombres:

  Adán y Cristo.

  El primer Adán y el postrer Adán.   Donde uno cayó, el Otro venció

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.