Dr. Elio M Rivera
El Hijo de Dios que conoció las responsabilidades de los hombres
Durante aproximadamente treinta años, Jesucristo vivió antes de comenzar su ministerio público.
Treinta años.
No pasó aquellos años predicando a las multitudes, recorriendo las ciudades como Maestro ni realizando públicamente los milagros que después lo darían a conocer.
Creció en una familia.
Aprendió un oficio.
Trabajó con sus manos.
Y durante buena parte de su vida fue conocido por sus vecinos simplemente como el carpintero.
«¿No es éste el carpintero, hijo de María…?» (Marcos 6:3, RVR1960).
¿Por qué?
Si había venido al mundo para salvar a los hombres, ¿por qué dedicar tantos años a trabajar?
¿Por qué no comenzar inmediatamente su ministerio?
¿Por qué someterse a jornadas de esfuerzo físico, responsabilidades familiares y preocupaciones económicas?
La respuesta nos conduce a uno de los aspectos más hermosos de la encarnación.

Jesucristo no vino solamente a visitar el mundo de los hombres. Vino a vivir en él.
Nació en una familia que tenía que trabajar
Jesús no nació en una familia rica.
José era artesano. Su sustento dependía del trabajo que realizaba.
María tenía las responsabilidades propias de una madre en una familia de Galilea.
Había que conseguir alimentos, mantener la vivienda, preparar la ropa y atender las necesidades de la casa.
El pan no aparecía milagrosamente sobre la mesa cada mañana.
Alguien tenía que trabajar para obtenerlo.
Y Jesús creció dentro de aquella realidad.
Conoció desde niño que la vida familiar exigía esfuerzo y colaboración.
Cuando tuvo edad suficiente, aprendió el oficio de José.
No sabemos exactamente cuándo comenzó a trabajar ni qué tareas desempeñó primero.
Pero podemos imaginar el proceso habitual de aprendizaje de un artesano: observar, ayudar, transportar materiales, conocer las herramientas y adquirir gradualmente las habilidades necesarias para realizar trabajos más complejos.
Con el tiempo, Jesús llegó a ser reconocido por su propio oficio.
Marcos no lo llama solamente hijo del carpintero.
Lo llama el carpintero.
Había trabajado lo suficiente para que sus vecinos lo identificaran de esa manera.
No vino a quebrantar las responsabilidades humanas
Jesús no consideró que su condición de Hijo de Dios lo eximiera de las obligaciones ordinarias de la vida.
Lucas escribió acerca de su infancia:
«Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos» (Lucas 2:51, RVR1960).
Aquel que había venido del Padre vivió bajo la autoridad de José y María.
No rechazó la disciplina familiar.
No exigió privilegios especiales.
No utilizó su identidad divina como excusa para apartarse de las responsabilidades humanas.
Más adelante declararía:
«No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mateo 5:17, RVR1960).
Aunque estas palabras se refieren directamente a la Ley y los Profetas, expresan algo fundamental acerca de su misión.
Jesús no vino a vivir al margen de la voluntad de Dios.
Vino a cumplirla.
Y dentro de la vida humana, el trabajo ocupaba un lugar establecido desde el principio.
Antes de la entrada del pecado en el mundo, Dios había colocado al hombre en el huerto para que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15).
El trabajo no comenzó como un castigo.
Lo que el pecado introdujo fue el sufrimiento, la fatiga y las dificultades que acompañarían al esfuerzo humano.
Jesús entró en un mundo donde trabajar era necesario para vivir.
Y trabajó.
Porque en su casa había necesidades
A veces imaginamos la casa de Nazaret como si hubiera estado protegida de las preocupaciones económicas que afectaban a las demás familias.
Pero los Evangelios no presentan una familia que viviera rodeada de abundancia.
José y María ofrecieron en el templo el sacrificio de aves permitido por la Ley para quienes no podían presentar un cordero (Lucas 2:24; Levítico 12:8).
Aquello sugiere que, al menos en ese momento, sus recursos eran modestos.
Con los años, la familia creció.
Los Evangelios mencionan hermanos y hermanas de Jesús.
Había más personas que alimentar, vestir y cuidar.
No sabemos cuándo murió José. Su ausencia durante el ministerio público de Jesús ha llevado a muchos a considerar que pudo haber fallecido antes.
Si así ocurrió, Jesús, como hijo mayor, pudo haber asumido mayores responsabilidades económicas dentro de la familia.
Pero aun sin conocer aquella circunstancia, sabemos que pertenecía a un hogar donde el sustento estaba relacionado con un oficio.
Jesús no trabajaba para representar teatralmente la pobreza. Trabajaba porque aquella era la vida real de su familia.
Si había que reparar algo, alguien debía hacerlo.
Si faltaban alimentos, había que conseguir recursos.
Si surgía una necesidad inesperada, la familia debía enfrentarla.
Y el Hijo de Dios participó en aquella vida cotidiana.
Porque todavía no había llegado su hora
Jesús no comenzó su ministerio público durante la adolescencia.
Lucas señala:
«Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años» (Lucas 3:23, RVR1960).
Durante los años anteriores, su misión pública todavía no había comenzado.
Pero eso no significaba que su vida estuviera detenida.
No había llegado el momento de recorrer Galilea predicando el reino de Dios.
Mientras tanto, había una familia, un hogar y un oficio.
Jesús no pasó aquellos años esperando sin hacer nada.
Vivió las responsabilidades correspondientes a aquella etapa de su vida.
El trabajo no fue una distracción que retrasó su misión.
Fue parte de la vida humana que había venido a asumir.
Cuando llegó el momento señalado, dejó atrás su vida ordinaria y comenzó su ministerio público.
Pero antes había conocido durante años lo que significaba levantarse para trabajar.
Porque conoció el cansancio antes de llamar a los cansados
Hay algo profundamente conmovedor en pensar que Jesús conoció el agotamiento físico mucho antes de recorrer los caminos de Galilea como Maestro.
Un constructor tenía que caminar hasta el lugar de trabajo, cargar materiales, permanecer de pie durante horas y utilizar constantemente sus manos y su fuerza.
En verano, el calor podía hacer más agotadora la jornada.
En invierno, el frío y la humedad dificultaban las tareas.
Había días de trabajo intenso y otros en los que quizá no surgían suficientes encargos.
No conocemos las jornadas concretas de Jesús, pero sí las condiciones generales de los trabajadores de su época.
Y sabemos que Él tuvo un oficio manual.
Años después, el Evangelio de Juan nos presenta una escena reveladora:
«Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo» (Juan 4:6, RVR1960).
Jesús se cansaba.
Su cuerpo experimentaba las limitaciones propias de nuestra humanidad.
Necesitaba descansar.
Necesitaba alimentarse.
Conocía el esfuerzo.
Por eso, cuando dijo:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28, RVR1960),
no estaba hablando como alguien completamente ajeno al cansancio humano.
El descanso que ofrecía era mucho más profundo que la recuperación física, pero quien pronunciaba aquellas palabras había experimentado personalmente la fatiga.
Porque iba a llamar a hombres que también tenían obligaciones
Pensemos en los hombres que Jesús llamó para seguirlo.
Pedro y Andrés eran pescadores.
Jacobo y Juan trabajaban con su padre.
Mateo tenía una ocupación relacionada con la recaudación de impuestos.
Eran hombres con responsabilidades.
Tenían familias, compromisos y necesidades económicas.
Cuando Jesús los llamó, no estaba invitando a personas que carecían de ocupaciones.
Les estaba pidiendo que respondieran a un llamamiento extraordinario, aun cuando aquello implicara cambios profundos en sus vidas.
Pero Jesús conocía el mundo que ellos dejaban atrás.
Sabía lo que significaba trabajar para conseguir el sustento.
Sabía que un hombre podía llegar agotado al final del día.
Sabía que las necesidades familiares no desaparecían simplemente porque alguien amara a Dios.
Y esto tiene una aplicación que alcanza hasta nuestros días.
Muchos creyentes desean servir a Dios, anunciar el Evangelio y ayudar a otros.
Pero también tienen que trabajar.
Deben pagar sus obligaciones.
Tienen hijos que alimentar.
Llegan cansados a casa.
En ocasiones sienten que las exigencias de la vida les dejan pocas fuerzas para cumplir su llamamiento cristiano.
Jesús nunca fue ajeno a esa realidad.
Antes de llamar a otros a seguirlo, Él mismo había vivido muchos años sujeto a las responsabilidades de una familia trabajadora.
No trabajó para convertirse en mártir
Conviene aclarar algo importante.
Jesús no necesitaba inventarse sufrimientos para demostrar su amor.
No buscaba trabajos agotadores con el propósito de castigarse.
No convirtió la pobreza en un espectáculo.
Trabajó porque era un hombre verdadero que vivía en una familia verdadera.
Y esa familia tenía necesidades.
El esfuerzo, el cansancio y las dificultades eran parte de la vida ordinaria.
Su obediencia al Padre no consistía en buscar sufrimientos innecesarios, sino en cumplir fielmente la voluntad divina en cada etapa de su existencia.
Durante sus años en Nazaret, eso incluyó vivir como hijo, hermano y trabajador.
Su sacrificio redentor tendría lugar en la cruz.
Pero su amor por nosotros también se manifestó en la humildad de asumir nuestra condición humana.
Pablo escribió:
«Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
Aquella obediencia no comenzó en el Calvario.
Había caracterizado toda su vida.
Porque el trabajo también forma parte de la obediencia a Dios
Años después, el apóstol Pablo enseñaría a los creyentes:
«Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10, RVR1960).
Pablo se refería a quienes se negaban voluntariamente a trabajar, no a quienes estaban enfermos, desempleados o imposibilitados para hacerlo.
Es interesante que el propio apóstol trabajara con sus manos mientras anunciaba el Evangelio.
No consideraba que el servicio a Dios y el trabajo fueran actividades incompatibles.
Jesús había vivido esa realidad antes que él.
Durante muchos años no desempeñó públicamente el ministerio que después lo llevaría por Galilea y Judea.
Sin embargo, su vida no carecía de propósito.
El trabajo honrado, el cuidado de la familia y el cumplimiento de las responsabilidades cotidianas también pertenecían a una vida de obediencia.
No todos los días de una vida consagrada a Dios tienen que transcurrir delante de una multitud.
Algunos transcurren dentro de una casa.
Otros, en un taller.
Otros, realizando labores que nadie recordará.
Y ninguno de ellos carece de valor por esa razón.
Para ser semejante a nosotros
La carta a los Hebreos contiene una declaración que ilumina estos años de la vida de Jesús:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere» (Hebreos 2:17, RVR1960).
Jesús no asumió solamente la apariencia exterior de un hombre.
Vivió una auténtica existencia humana, sin pecado.
Conoció el crecimiento, el aprendizaje, las relaciones familiares, las obligaciones y las limitaciones físicas.
Hebreos añade:
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).
Esto no significa que Jesús necesitara experimentar personalmente cada circunstancia imaginable para comprendernos.
Significa que su humanidad fue verdadera y que conoce nuestras debilidades.
Cuando un padre de familia termina agotado su jornada, Jesucristo comprende el cansancio.
Cuando una madre trabaja durante horas para atender las necesidades de su hogar, Él conoce el valor de ese esfuerzo.
Cuando un hombre tiene que cumplir sus responsabilidades antes de disponer de tiempo para otras actividades, Jesús comprende las exigencias de la vida humana.
Y cuando un creyente desea servir a Dios, pero siente el peso de sus obligaciones, puede acercarse a un Salvador que no vivió apartado de nuestra condición.
Los años que no fueron perdidos
Tal vez uno de nuestros errores ha sido pensar que la vida verdaderamente importante de Jesús comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.
Como si los años anteriores solamente hubieran sido una larga espera.
Pero aquellos años también pertenecían a la encarnación.
El niño que nació en Belén creció.
El muchacho que regresó con sus padres a Nazaret aprendió a vivir bajo su autoridad.
El joven adquirió un oficio.
Y el hombre trabajó hasta que llegó el momento de comenzar su ministerio.
No sabemos cuántas casas ayudó a construir.
No conocemos los nombres de sus compañeros de trabajo.
No sabemos si caminó hasta Séforis para participar en sus construcciones.
Tampoco conocemos cuántas veces regresó a su hogar con el cuerpo agotado después de una jornada.
Pero sabemos que fue carpintero.
Y eso es suficiente para reconocer que el Hijo de Dios dedicó una parte considerable de su vida terrenal al trabajo ordinario.
No fue tiempo perdido.
No fue una interrupción de su misión.
Fue parte de la vida que había decidido compartir con nosotros.
El carpintero que después cargó una cruz
Durante años, las manos de Jesús trabajaron con los materiales que utilizaban los artesanos de Galilea.
Fueron manos acostumbradas al esfuerzo.
Manos que aprendieron un oficio.
Manos que participaron en las responsabilidades de un hogar.
Cuando llegó su hora, aquellas mismas manos serían clavadas en una cruz.
Pero antes del Calvario hubo Nazaret.
Antes de las multitudes hubo jornadas de trabajo.
Antes de enviar a sus discípulos a anunciar el Evangelio, Él mismo había conocido la vida de los hombres a quienes llamaría.
Y antes de entregar su vida por nosotros, había vivido entre nosotros.
No trabajó para demostrar que era un mártir.
Trabajó porque se hizo verdaderamente hombre.
Porque había una familia que necesitaba sustento.
Porque todavía no había llegado la hora de su manifestación pública.
Porque la obediencia a Dios también se vive en las responsabilidades ordinarias.
Y porque quiso compartir nuestra condición humana, con sus trabajos, sus obligaciones y su cansancio.
Durante aproximadamente treinta años, el mundo no escuchó sus grandes sermones.
No vio todavía sus extraordinarios milagros.
Pero en una pequeña aldea de Galilea, el Hijo eterno de Dios estaba viviendo una auténtica vida humana.
Y cuando finalmente nos llamó a seguirlo, no nos habló desde una existencia ajena a la nuestra.
Nos habló como Aquel que había vivido entre nosotros.
Como Aquel que también había trabajado.
Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)
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