05. La aldea estaba escuchando — Noticias, caminos y azoteas

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 10:27

“…lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.”

Nazaret no tenía periódicos.

No había teléfonos.

No existían noticieros capaces de contar en unos minutos lo ocurrido en Jerusalén, Séforis o alguna población cercana.

Pero las noticias llegaban.

Llegaban caminando.

Un viajero aparecía por el camino.

Un comerciante regresaba.

Una familia volvía de otra población.

Alguien había escuchado algo durante un viaje.

Y comenzaba la conversación.

—¿Qué ocurrió?

—¿Dónde?

—¿Cuándo?

—¿Quién te lo dijo?

En una población pequeña, una noticia interesante difícilmente permanecía mucho tiempo en un solo lugar.

Alguien la escuchaba.

Después otro.

Entraba en una casa.

Pasaba a otra.

Y antes de mucho tiempo buena parte de la comunidad podía estar hablando del mismo asunto.

Cuando alguien llegaba por el camino podía traer noticias que compartir

Imagine una tarde.

La rutina de la aldea continúa.

Entonces alguien reconoce a una persona que viene acercándose.

Quizá había estado fuera varios días.

Otros comienzan a reunirse.

No necesariamente porque haya ocurrido algo extraordinario.

Simplemente porque trae noticias.

¿Cómo están los familiares?

¿Cómo estuvo el camino?

¿Qué ocurre en otras poblaciones?

¿Qué se dice en Jerusalén?

¿Hay problemas?

¿Es seguro viajar?

En una sociedad comunicada principalmente mediante personas, el viajero también transportaba información.

Y algunas noticias podían cambiar el ambiente rápidamente.

Una cosa era escuchar:

“La cosecha fue buena en aquella región.”

Otra:

“Hubo problemas en el camino.”

Entonces las preguntas cambiaban.

¿Dónde?

¿Hace cuánto?

¿Quiénes?

¿Vienen hacia acá?

El camino también podía dar miedo

Viajar tenía riesgos.

Los caminos conectaban poblaciones, mercados y familias, pero también alejaban a la persona de la protección de su comunidad.

Jesús utilizaría posteriormente una escena que sus oyentes podían comprender inmediatamente:

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones…”

—Lucas 10:30.

No necesitaba explicar por qué aquello podía ocurrir.

El camino podía significar oportunidad.

Pero también vulnerabilidad.

Cuando alguien de la familia viajaba, quienes permanecían en casa no podían llamarlo para preguntar dónde estaba.

No podían mirar su ubicación.

Había que esperar.

Quizá debía regresar antes de oscurecer.

El sol comienza a bajar.

Todavía no aparece.

Se mira hacia el camino.

Pasa un poco más de tiempo.

Y una preocupación muy antigua comienza a crecer:

“Ya debería haber llegado.”

Hasta que finalmente aparece una figura conocida.

Entonces el cuerpo se relaja.

Ya llegó.

Las azoteas también formaban parte de la vida

Las casas de aquella región podían tener techos planos aprovechados como espacios útiles.

Se podía subir.

Trabajar.

Secar determinados productos.

Realizar actividades domésticas.

Descansar cuando las condiciones lo permitían.

Desde arriba también se veía más.

El camino.

Las casas cercanas.

Parte de los campos.

Personas entrando y saliendo.

Eso nos ayuda a comprender una expresión de Jesús que para nosotros puede resultar extraña:

“…proclamadlo desde las azoteas.”

—Mateo 10:27.

Para sus oyentes la imagen era inmediata.

Subir a una azotea significaba colocarse en un lugar desde donde la voz podía extenderse sobre el espacio alrededor.

La azotea no era simplemente el techo de la casa.

Era parte del mundo cotidiano.

Y si había que salir rápidamente

Años después, hablando de una situación de huida urgente, Jesús diría:

“El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa.”

—Mateo 24:17.

La imagen tenía sentido dentro de aquella arquitectura.

Las azoteas podían tener accesos exteriores y las viviendas podían encontrarse muy próximas unas de otras.

Pero debemos ser cuidadosos.

No podemos afirmar que Nazaret poseyera una especie de camino continuo sobre los techos construido específicamente para escapar.

No tenemos evidencia para decirlo.

Lo que sí podemos comprender es la imagen:

si existe peligro, no pierdas tiempo entrando nuevamente.

Sal.

Una aldea no era una fortaleza

Nazaret tampoco era una gran ciudad amurallada.

Una población pequeña podía sentirse segura mientras la vida transcurría normalmente.

Pero sus habitantes pertenecían a un mundo que conocía violencia política, bandidaje y conflictos.

No debemos imaginar que Nazaret esperaba todas las noches una invasión.

Eso sería exagerado.

Pero tampoco debemos imaginar la seguridad moderna.

Una noticia sobre soldados, disturbios o ladrones podía tener consecuencias reales.

Una familia podía preguntarse si convenía viajar.

Un padre podía decidir esperar.

Un comerciante podía cambiar su ruta.

Las personas escuchaban.

Preguntaban.

Y trataban de determinar qué tan cerca estaba el peligro.

Jesús conoció un mundo de noticias y rumores

Así aparece otra dimensión de Nazaret.

Hasta ahora hemos entrado en sus casas.

Hemos comido.

Trabajado.

Compartido la vida familiar.

Ahora salgamos por un momento a la aldea.

Hay personas conversando.

Alguien acaba de llegar.

Otro pregunta qué vio.

Desde una azotea puede observarse movimiento.

Un viajero continúa su camino.

Una noticia pasa de boca en boca.

Quizá es buena.

Quizá preocupa.

Mañana otra persona saldrá y llevará consigo las noticias de Nazaret.

Jesús creció dentro de ese mundo.

Y años después hablaría de viajeros atacados en caminos, ladrones entrando en casas, noticias de guerras y palabras proclamadas desde las azoteas.

No necesitamos imaginar misterios para explicar de dónde procedían sus imágenes.

Basta mirar el mundo que lo rodeaba.

Porque mientras Jesús crecía en Nazaret, la aldea hablaba.

Y Él vivía en medio de ella.

Y el Verbo se hizo carne

El que conoce todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde las noticias llegaban caminando.

Escuchó voces.

Vio viajeros llegar.

Vivió entre conversaciones, preguntas, noticias y rumores que recorrían la aldea de casa en casa.

El que sabía lo que ocurría más allá de Nazaret aceptó vivir entre personas que tenían que esperar a que alguien regresara para saber qué había sucedido.

Conoció los caminos.

Las despedidas.

La espera.

Y el alivio de ver regresar a quien ya debería haber llegado.

El que un día hablaría de caminos peligrosos, ladrones, guerras y palabras proclamadas desde las azoteas, había crecido en un mundo donde todas esas imágenes formaban parte de la vida.

Y el Verbo se hizo carne y vivió en una pequeña aldea donde las noticias llegaban por los caminos, pasaban de boca en boca y podían proclamarse desde las azoteas.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.