Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 11:3
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.”
Hay un momento en la vida de una familia en que el movimiento disminuye.
Alguien ha preparado el alimento.
Otros comienzan a acercarse.
Lo que durante horas fue grano, harina, fuego, aceite, verduras o algún otro producto finalmente está listo.
Es hora de comer.
Para nosotros esa frase puede significar entrar en un comedor, sentarnos alrededor de una mesa, tomar un plato, utilizar cubiertos y ocupar cada uno nuestra silla.
Pero si entráramos en una casa judía común de Galilea durante el siglo primero, probablemente tendríamos que abandonar buena parte de esa imagen.
No necesariamente encontraríamos una mesa alta rodeada de sillas.
No habría un juego de comedor.
Ni un plato individual perfectamente colocado delante de cada persona.
Ni cuchillo, tenedor y cuchara esperando a cada comensal.
La experiencia era mucho más sencilla.
Y también mucho más cercana.
Primero había que encontrar nuestro lugar
En las casas modestas, las personas podían comer sentadas sobre esteras, almohadones o superficies bajas, dependiendo de los recursos y de la ocasión.
Podían utilizarse mesas bajas o colocar los alimentos de manera accesible para quienes estaban reunidos alrededor.
La postura tampoco tenía que ser siempre la misma.
Las comidas ordinarias de una familia humilde no deben imaginarse automáticamente como los grandes banquetes donde los comensales se reclinaban según costumbres conocidas en el mundo grecorromano.
Aquello podía ocurrir en determinados contextos.
Pero la comida cotidiana de una familia era algo mucho más práctico.
Ahora imagine a una familia numerosa acomodándose.
Uno encuentra lugar.
Otro tiene que moverse.
Un pequeño quiere sentarse junto a determinada persona.
Alguien quedó demasiado cerca.
Otro estira las piernas y estorba.
“Hazte para allá.”
“No quepo.”
“Muévete un poco.”
No necesitamos colocar esas palabras concretas en la familia de Jesús.
Pero cualquiera que haya intentado acomodar a muchas personas dentro de un espacio reducido conoce la experiencia.
Comer comienza antes de probar el alimento.
Primero hay que conseguir que todos quepan.
No había una silla para cada uno
Esto cambia nuestra manera de imaginar la escena.
Gran parte de nuestra comodidad moderna depende de muebles diseñados específicamente para el cuerpo.
Una silla sostiene la espalda.
Una mesa coloca el alimento a cierta altura.
Pero sentarse cerca del suelo exige otra postura.
Se doblan las piernas.
Se cambia de posición.
Después de un rato una pierna puede comenzar a sentirse incómoda.
Uno la mueve.
Se acomoda de otra manera.
El pequeño cambia de posición continuamente.
Alguien se levanta porque falta algo.
Después vuelve y tiene que encontrar nuevamente su lugar.
Quien haya comido alguna vez sentado en el suelo durante mucho tiempo conoce la sensación.
Al principio parece cómodo.
Después la rodilla pide otra posición.
La espalda busca alivio.
Uno se apoya de otra manera.
El cuerpo también participaba de la comida.
Entonces aparecía el pan
El pan era fundamental.
No era simplemente un acompañamiento colocado a un lado del plato.
Formaba parte esencial de la alimentación.
Podía tomarse con la mano, partirse y utilizarse para acompañar otros alimentos.
Aceite.
Aceitunas.
Legumbres.
Verduras.
Frutas según la temporada.
Productos lácteos.
Pescado cuando estuviera disponible.
Otros alimentos dependiendo de los recursos, la estación y la ocasión.
La carne no tenía por qué formar parte de la comida ordinaria de una familia modesta todos los días.
Por eso debemos quitar de nuestra imaginación una mesa constantemente llena.
Muchas comidas podían ser sencillas.
**Pan.
Algo para acompañarlo.
Y suficiente para continuar el día.**
Partir el pan
Hay algo hermoso en esta expresión porque nosotros todavía la entendemos.
Partir el pan.
El alimento está delante de todos.
Una mano lo toma.
Lo rompe.
Entrega una parte.
Otra persona recibe.
El pan pasa.
Las manos se acercan a los mismos alimentos.
No existe necesariamente la separación individual a la que estamos acostumbrados.
Parte de la comida podía tomarse de recipientes comunes.
Eso hacía del acto de comer una experiencia físicamente compartida.
No solamente:
“Estoy comiendo junto a ti.”
Sino:
“Estamos comiendo de lo mismo.”
Y eso producía una cercanía que nuestra mesa moderna puede hacernos olvidar.
Las manos importaban
En un mundo donde se comía en buena medida con las manos, lavarlas tenía una importancia evidente.
Agua.
Un recipiente.
La suciedad del día debía retirarse antes de acercarse al alimento.
Y aquí comenzamos a comprender por qué el lavamiento aparece tantas veces en el mundo bíblico.
No era solamente una imagen religiosa.
El agua y la limpieza pertenecían también a la experiencia diaria.
Después las manos tocaban el pan.
Lo partían.
Tomaban alimento.
Lo compartían.
No había un tenedor creando distancia entre la persona y la comida.
Se comía con las manos.
El alimento se sentía.
Su textura.
Su temperatura.
El pan recién preparado podía todavía conservar calor.
Un alimento podía estar demasiado caliente y había que esperar.
Una aceituna tenía hueso.
El pescado tenía espinas.
Comer requería atención.
“Déjame un poco”
Ahora agreguemos a los hermanos.
Porque una comida cambia cuando alrededor hay muchos.
El alimento está en medio.
Todos pueden verlo.
Y cada persona sabe que no está comiendo sola.
El niño pequeño quizá mira algo que le gusta especialmente.
Quiere más.
Pero quedan otros.
El mayor también tiene hambre.
Alguien todavía no ha tomado.
Y vuelve aquella lección que ya encontramos en la vida familiar:
hay que compartir.
Quien ha crecido entre muchos sabe que algunos alimentos desaparecen más rápido que otros.
Hay algo que todos quieren.
Y uno observa cómo disminuye.
Toma una porción.
Le gustaría tomar otra.
Mira alrededor.
Todavía faltan personas.
Entonces aprende una pequeña forma de dominio propio:
dejar para los demás.
No sabemos cómo se distribuía cada comida en la casa de Jesús.
No vamos a inventarlo.
Pero sabemos que vivió dentro de una familia numerosa.
Y una familia numerosa convierte la comida cotidiana en una escuela de convivencia.
Algunas veces había suficiente
No todas las comidas debieron sentirse iguales.
Había temporadas.
Cosechas.
Disponibilidad de productos.
Días mejores.
Días más limitados.
Una comida podía sentirse abundante.
Hay suficiente pan.
Hay algo especialmente agradable para acompañarlo.
Todos comen.
La conversación fluye.
Alguien quiere más y todavía queda.
Es una buena comida.
No porque exista lujo.
Porque hay suficiente.
Y quien alguna vez ha vivido con recursos limitados sabe que esa palabra puede producir una profunda tranquilidad.
Suficiente.
No sobra demasiado.
Pero nadie tiene que preocuparse.
Hoy alcanzó.
Y otras veces había que repartir mejor
También podía ocurrir lo contrario.
Se mira lo que hay.
La familia es grande.
Y sin necesidad de pronunciar muchas palabras todos entienden que hay que administrarlo.
La porción es menor.
El pan tiene que alcanzar.
Aquello que normalmente se tomaría dos veces quizá hoy solamente una.
Los adultos pueden darse cuenta antes que los niños.
Un pequeño pide más.
Y aparece uno de esos momentos que todavía ocurren en millones de hogares:
alguien mira su propia porción…
y decide compartirla.
No porque esté lleno.
Porque ama.
Ésta es una de las formas más antiguas del amor familiar.
“Toma.”
A veces el amor no pronuncia discursos.
Simplemente rompe su pedazo en dos.
La comida también tenía sonidos
Ahora permanezcamos dentro de la escena.
No mire solamente.
Escuche.
Un recipiente se coloca en el suelo o sobre una superficie baja.
El pan se parte.
Alguien mastica.
Un niño pregunta algo.
Otro responde antes de que termine.
Los adultos conversan.
Alguien pide que le acerquen un recipiente.
Hay una risa.
Un pequeño interrumpe.
Quizá alguien derrama algo.
Por unos segundos todos miran.
Hay que limpiarlo.
Después la conversación continúa.
Eso es una comida familiar.
No una pintura religiosa.
Vida.
Y Jesús pasó años dentro de esa clase de vida.
Allí se hablaba
La comida no alimentaba solamente el cuerpo.
Reunía a las personas.
Era uno de los momentos naturales para hablar.
¿Qué ocurrió hoy?
¿Quién llegó?
¿Qué noticia se escuchó?
¿Qué falta hacer mañana?
¿Quién necesita algo?
¿Qué ocurrió con determinado vecino?
¿Qué se hará con cierta tarea?
En una población pequeña, la información viajaba de persona en persona.
Y parte de ella inevitablemente entraba en las casas.
Alguien había regresado de otro lugar.
Había noticias.
Un familiar estaba por llegar.
Algún vecino tenía un problema.
Se acercaba una celebración.
Había que prepararse para un viaje.
La mesa era también un lugar donde el mundo exterior entraba en la familia mediante palabras.
Los niños escuchaban más de lo que los adultos pensaban
Ésta es otra experiencia universal.
Los adultos hablan.
Piensan que los niños están ocupados comiendo.
Pero los niños escuchan.
Quizá no entienden todo.
Una deuda.
Un problema entre vecinos.
Una preocupación por el trabajo.
El precio de algo.
Una persona que necesita ayuda.
Una decisión familiar.
El niño continúa comiendo.
Parece distraído.
Pero una palabra queda.
Después pregunta.
“¿Por qué dijeron eso?”
Los adultos se miran.
Estaba escuchando.
Así se aprende también la vida.
No solamente cuando alguien se sienta formalmente a enseñar.
También escuchando las conversaciones de los mayores.
Algunas comidas serían alegres
Hay días en que la familia llega a la comida con buen ánimo.
Algo salió bien.
Alguien cuenta una historia.
Otro exagera un detalle.
Los demás se ríen.
El pequeño vuelve a contar algo que ya había contado.
Alguien lo corrige.
Todos hablan.
La comida dura un poco más porque nadie tiene prisa por levantarse.
Quizá eso sea algo que nuestra imaginación religiosa olvida con facilidad.
Jesús conoció la risa familiar.
Los Evangelios no describen las comidas de su infancia, por lo que no podemos reconstruir escenas específicas.
Pero no necesitamos imaginar una casa permanentemente solemne porque en ella vivía Jesús.
Era una familia.
Y una familia también ríe.
Y algunas comidas serían silenciosas
Pero hay otra clase de mesa que todos conocemos.
Nadie está peleando.
Simplemente el día fue pesado.
Las personas comen.
Hablan poco.
Uno está preocupado.
Otro está cansado.
Alguien tuvo un problema y todavía está pensando en él.
Se escucha más el movimiento de la comida que la conversación.
Quizá alguien intenta iniciar un tema.
Recibe una respuesta breve.
Y comprende:
hoy no es el día.
Las familias también tienen esos momentos.
Compartir una comida no significa que todos lleguen siempre felices.
Significa que, aun llegando diferentes, se sientan juntos.

También podía haber tensión
Y sí.
Algunas veces alguien estaba molesto con alguien.
Eso ocurre en las familias.
Dos hermanos pueden haber discutido antes.
Ahora llega la hora de comer.
Y allí están.
Uno frente al otro o muy cerca.
Ninguno tiene demasiado interés en conversar.
Pero la comida continúa.
El pan pasa.
Quizá uno necesita algo que está junto al otro.
Tiene que pedirlo.
A veces la reconciliación familiar no comienza con un gran discurso.
Comienza con algo mucho más pequeño:
“Pásame eso.”
Y el otro lo pasa.
Todavía no está resuelto todo.
Pero ya hubo un pequeño puente.
La vida familiar está llena de esos momentos.
Cuando llegaba un visitante
Entonces podía ocurrir algo que cambiaba inmediatamente la comida.
Alguien llegaba.
En una cultura donde la hospitalidad tenía enorme importancia, recibir a otra persona podía significar hacer espacio.
Literalmente.
Muévete un poco.
Hay que acomodarlo.
Traer algo más.
Compartir lo que existe.
Y aquí aparece nuevamente una experiencia que conocen muchas familias de recursos modestos:
la comida no aumentó porque llegó una persona más.
Ahora simplemente tiene que alcanzar para uno más.
Entonces las porciones cambian.
Se comparte.
Se hace lugar.
El visitante recibe.
Y la familia ajusta.
La hospitalidad cuesta precisamente por eso.
Si dar no nos quita nada, es fácil.
Pero abrir la comida de una casa a otra persona significa permitirle participar de algo que originalmente estaba destinado a nosotros.
Comer juntos decía algo
En el mundo de Jesús, compartir alimento podía tener un significado social profundo.
Sentarse a comer con alguien expresaba cercanía, aceptación y comunión.
Por eso, años después, algunas de las comidas de Jesús provocarían controversia.
“¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?”
—Marcos 2:16.
Para nosotros podría parecer una pregunta exagerada.
¿Qué importa con quién come una persona?
Pero precisamente ahí está la diferencia.
Comer juntos significaba algo.
Compartir alimento acercaba.
Abría la casa.
Creaba relación.
Permitía conversación.
Por eso la mesa ocuparía después un lugar tan importante en el ministerio de Jesús.
Jesús sabía lo que significaba tener hambre
Antes de hablar del pan, Jesús conoció una sociedad donde el pan importaba.
Antes de hablar de banquetes, conoció las comidas sencillas de una familia.
Antes de multiplicar panes para una multitud, había visto durante años lo que significaba alimentar una casa.
Antes de sentarse con publicanos y pecadores, había crecido dentro de una cultura donde sentarse a comer con alguien tenía significado.
Y cuando enseñó a orar:
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”,
esas palabras no pertenecían a una teoría.
El pan diario era una necesidad real.
Había que producirlo.
Había que administrarlo.
Había que compartirlo.
Y mañana volvería a necesitarse.
Quizá por eso habló tanto de comidas
Cuando escuchamos posteriormente a Jesús, encontramos comida por todas partes.
Un padre prepara un banquete.
Un hijo tiene hambre.
Un hombre rico celebra.
Un pobre desea comer.
Un amigo llega a medianoche y hace falta pan.
Una multitud necesita alimento.
Hay bodas.
Invitados.
Mesas.
Panes.
Vino.
Personas que aceptan invitaciones.
Otras que las rechazan.
Y finalmente Jesús utiliza una comida para dejar a sus discípulos uno de los recuerdos más profundos de su persona.
“Tomad, comed…”
La comida era un lenguaje que todos comprendían.
Porque todos habían tenido hambre.
Todos habían esperado que el pan alcanzara.
Todos sabían lo que significaba ser invitados.
Todos conocían la diferencia entre comer solos y ser recibidos en una mesa.
Pero todavía estamos en Nazaret
No adelantemos la historia.
Todavía no hay multitudes.
No hay cinco mil esperando alimento.
No hay publicanos alrededor de una mesa.
No hay última cena.
Hay una familia.
Alguien coloca el alimento.
Las personas se acomodan.
Se bendice a Dios.
Se parte el pan.
Una mano toma.
Otra espera.
Alguien habla.
Otro escucha.
Un niño pide más.
Alguien comparte.
Una conversación comienza.
Quizá hay risa.
Quizá cansancio.
Quizá preocupación.
Después las porciones disminuyen.
Los recipientes comienzan a quedar vacíos.
La comida termina.
Y cada uno vuelve poco a poco a sus responsabilidades.
Mañana habrá que comer nuevamente.
“El pan nuestro”
Quizá ahora podamos escuchar de manera diferente una pequeña palabra de la oración que Jesús enseñaría muchos años después.
No dijo:
“El pan mío.”
Dijo:
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.”
Nuestro.
Una palabra perfectamente comprensible para quien conoce una mesa compartida.
Nuestro pan.
Nuestra necesidad.
Nuestro alimento.
Una familia alrededor de lo que Dios ha provisto.
Y quizá aquí encontramos nuevamente el corazón de esta serie.
Queremos comprender qué significó:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
También significó esto.
Sentarse junto a otros.
Esperar.
Compartir.
Recibir.
Dar.
Escuchar conversaciones.
Ver rostros alrededor del alimento.
Conocer días en que había más y días en que había que administrar cuidadosamente.
Dar gracias a Dios por lo que estaba delante.
Y partir el pan.
Durante años, antes de que el mundo escuchara sus parábolas, Jesús conoció desde dentro una de las experiencias humanas más antiguas:
sentarse a comer con su familia.
Y el Verbo se hizo carne
El Hijo de Dios pudo haber venido al mundo rodeado de silencio y atención exclusiva.
Pero escogió una casa llena.
El que es Señor de todo aceptó compartir.
Compartir el alimento.
El espacio.
La atención de sus padres.
Las cosas de la casa.
Y la vida.
Tuvo que esperar.
Tuvo que ceder.
Tuvo que convivir con personalidades diferentes.
Fue hermano mayor de niños que todavía estaban creciendo y aprendiendo.
Y durante años vivió entre hermanos y hermanas que lo conocían profundamente como miembro de su familia, aunque todavía no comprendieran completamente quién era.
El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.
Aceptó nuestra cercanía.
Y el Verbo se hizo carne y compartió una casa, una mesa, un espacio y la vida con sus hermanos y hermanas.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
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