Texto clave: Lucas 11:3
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.”
Hay un momento en la vida de una familia en que el movimiento disminuye.
Alguien ha preparado el alimento.
Otros comienzan a acercarse.
Lo que durante horas fue grano, harina, fuego, aceite, verduras o algún otro producto finalmente está listo.
Es hora de comer.
Para nosotros esa frase puede significar entrar en un comedor, sentarnos alrededor de una mesa, tomar un plato, utilizar cubiertos y ocupar cada uno nuestra silla.
Pero si entráramos en una casa judía común de Galilea durante el siglo primero, probablemente tendríamos que abandonar buena parte de esa imagen.
No necesariamente encontraríamos una mesa alta rodeada de sillas.
No habría un juego de comedor.
Ni un plato individual perfectamente colocado delante de cada persona.
Ni cuchillo, tenedor y cuchara esperando a cada comensal.
La experiencia era mucho más sencilla.
Y también mucho más cercana.
En las casas modestas, las personas podían comer sentadas sobre esteras, almohadones o superficies bajas, dependiendo de los recursos y de la ocasión.
Podían utilizarse mesas bajas o colocar los alimentos de manera accesible para quienes estaban reunidos alrededor.
La postura tampoco tenía que ser siempre la misma.
Las comidas ordinarias de una familia humilde no deben imaginarse automáticamente como los grandes banquetes donde los comensales se reclinaban según costumbres conocidas en el mundo grecorromano.
Aquello podía ocurrir en determinados contextos.
Pero la comida cotidiana de una familia era algo mucho más práctico.
Ahora imagine a una familia numerosa acomodándose.
Uno encuentra lugar.
Otro tiene que moverse.
Un pequeño quiere sentarse junto a determinada persona.
Alguien quedó demasiado cerca.
Otro estira las piernas y estorba.
“Hazte para allá.”
“No quepo.”
“Muévete un poco.”
No necesitamos colocar esas palabras concretas en la familia de Jesús.
Pero cualquiera que haya intentado acomodar a muchas personas dentro de un espacio reducido conoce la experiencia.
Comer comienza antes de probar el alimento.
Primero hay que conseguir que todos quepan.
Esto cambia nuestra manera de imaginar la escena.
Gran parte de nuestra comodidad moderna depende de muebles diseñados específicamente para el cuerpo.
Una silla sostiene la espalda.
Una mesa coloca el alimento a cierta altura.
Pero sentarse cerca del suelo exige otra postura.
Se doblan las piernas.
Se cambia de posición.
Después de un rato una pierna puede comenzar a sentirse incómoda.
Uno la mueve.
Se acomoda de otra manera.
El pequeño cambia de posición continuamente.
Alguien se levanta porque falta algo.
Después vuelve y tiene que encontrar nuevamente su lugar.
Quien haya comido alguna vez sentado en el suelo durante mucho tiempo conoce la sensación.
Al principio parece cómodo.
Después la rodilla pide otra posición.
La espalda busca alivio.
Uno se apoya de otra manera.
El cuerpo también participaba de la comida.
El pan era fundamental.
No era simplemente un acompañamiento colocado a un lado del plato.
Formaba parte esencial de la alimentación.
Podía tomarse con la mano, partirse y utilizarse para acompañar otros alimentos.
Aceite.
Aceitunas.
Legumbres.
Verduras.
Frutas según la temporada.
Productos lácteos.
Pescado cuando estuviera disponible.
Otros alimentos dependiendo de los recursos, la estación y la ocasión.
La carne no tenía por qué formar parte de la comida ordinaria de una familia modesta todos los días.
Por eso debemos quitar de nuestra imaginación una mesa constantemente llena.
Muchas comidas podían ser sencillas.
**Pan.
Algo para acompañarlo.
Y suficiente para continuar el día.**
Hay algo hermoso en esta expresión porque nosotros todavía la entendemos.
Partir el pan.
El alimento está delante de todos.
Una mano lo toma.
Lo rompe.
Entrega una parte.
Otra persona recibe.
El pan pasa.
Las manos se acercan a los mismos alimentos.
No existe necesariamente la separación individual a la que estamos acostumbrados.
Parte de la comida podía tomarse de recipientes comunes.
Eso hacía del acto de comer una experiencia físicamente compartida.
No solamente:
“Estoy comiendo junto a ti.”
Sino:
“Estamos comiendo de lo mismo.”
Y eso producía una cercanía que nuestra mesa moderna puede hacernos olvidar.
En un mundo donde se comía en buena medida con las manos, lavarlas tenía una importancia evidente.
Agua.
Un recipiente.
La suciedad del día debía retirarse antes de acercarse al alimento.
Y aquí comenzamos a comprender por qué el lavamiento aparece tantas veces en el mundo bíblico.
No era solamente una imagen religiosa.
El agua y la limpieza pertenecían también a la experiencia diaria.
Después las manos tocaban el pan.
Lo partían.
Tomaban alimento.
Lo compartían.
No había un tenedor creando distancia entre la persona y la comida.
Se comía con las manos.
El alimento se sentía.
Su textura.
Su temperatura.
El pan recién preparado podía todavía conservar calor.
Un alimento podía estar demasiado caliente y había que esperar.
Una aceituna tenía hueso.
El pescado tenía espinas.
Comer requería atención.
Ahora agreguemos a los hermanos.
Porque una comida cambia cuando alrededor hay muchos.
El alimento está en medio.
Todos pueden verlo.
Y cada persona sabe que no está comiendo sola.
El niño pequeño quizá mira algo que le gusta especialmente.
Quiere más.
Pero quedan otros.
El mayor también tiene hambre.
Alguien todavía no ha tomado.
Y vuelve aquella lección que ya encontramos en la vida familiar:
hay que compartir.
Quien ha crecido entre muchos sabe que algunos alimentos desaparecen más rápido que otros.
Hay algo que todos quieren.
Y uno observa cómo disminuye.
Toma una porción.
Le gustaría tomar otra.
Mira alrededor.
Todavía faltan personas.
Entonces aprende una pequeña forma de dominio propio:
dejar para los demás.
No sabemos cómo se distribuía cada comida en la casa de Jesús.
No vamos a inventarlo.
Pero sabemos que vivió dentro de una familia numerosa.
Y una familia numerosa convierte la comida cotidiana en una escuela de convivencia.
No todas las comidas debieron sentirse iguales.
Había temporadas.
Cosechas.
Disponibilidad de productos.
Días mejores.
Días más limitados.
Una comida podía sentirse abundante.
Hay suficiente pan.
Hay algo especialmente agradable para acompañarlo.
Todos comen.
La conversación fluye.
Alguien quiere más y todavía queda.
Es una buena comida.
No porque exista lujo.
Porque hay suficiente.
Y quien alguna vez ha vivido con recursos limitados sabe que esa palabra puede producir una profunda tranquilidad.
Suficiente.
No sobra demasiado.
Pero nadie tiene que preocuparse.
Hoy alcanzó.
También podía ocurrir lo contrario.
Se mira lo que hay.
La familia es grande.
Y sin necesidad de pronunciar muchas palabras todos entienden que hay que administrarlo.
La porción es menor.
El pan tiene que alcanzar.
Aquello que normalmente se tomaría dos veces quizá hoy solamente una.
Los adultos pueden darse cuenta antes que los niños.
Un pequeño pide más.
Y aparece uno de esos momentos que todavía ocurren en millones de hogares:
alguien mira su propia porción…
y decide compartirla.
No porque esté lleno.
Porque ama.
Ésta es una de las formas más antiguas del amor familiar.
“Toma.”
A veces el amor no pronuncia discursos.
Simplemente rompe su pedazo en dos.
Ahora permanezcamos dentro de la escena.
No mire solamente.
Escuche.
Un recipiente se coloca en el suelo o sobre una superficie baja.
El pan se parte.
Alguien mastica.
Un niño pregunta algo.
Otro responde antes de que termine.
Los adultos conversan.
Alguien pide que le acerquen un recipiente.
Hay una risa.
Un pequeño interrumpe.
Quizá alguien derrama algo.
Por unos segundos todos miran.
Hay que limpiarlo.
Después la conversación continúa.
Eso es una comida familiar.
No una pintura religiosa.
Vida.
Y Jesús pasó años dentro de esa clase de vida.
La comida no alimentaba solamente el cuerpo.
Reunía a las personas.
Era uno de los momentos naturales para hablar.
¿Qué ocurrió hoy?
¿Quién llegó?
¿Qué noticia se escuchó?
¿Qué falta hacer mañana?
¿Quién necesita algo?
¿Qué ocurrió con determinado vecino?
¿Qué se hará con cierta tarea?
En una población pequeña, la información viajaba de persona en persona.
Y parte de ella inevitablemente entraba en las casas.
Alguien había regresado de otro lugar.
Había noticias.
Un familiar estaba por llegar.
Algún vecino tenía un problema.
Se acercaba una celebración.
Había que prepararse para un viaje.
La mesa era también un lugar donde el mundo exterior entraba en la familia mediante palabras.
Ésta es otra experiencia universal.
Los adultos hablan.
Piensan que los niños están ocupados comiendo.
Pero los niños escuchan.
Quizá no entienden todo.
Una deuda.
Un problema entre vecinos.
Una preocupación por el trabajo.
El precio de algo.
Una persona que necesita ayuda.
Una decisión familiar.
El niño continúa comiendo.
Parece distraído.
Pero una palabra queda.
Después pregunta.
“¿Por qué dijeron eso?”
Los adultos se miran.
Estaba escuchando.
Así se aprende también la vida.
No solamente cuando alguien se sienta formalmente a enseñar.
También escuchando las conversaciones de los mayores.
Hay días en que la familia llega a la comida con buen ánimo.
Algo salió bien.
Alguien cuenta una historia.
Otro exagera un detalle.
Los demás se ríen.
El pequeño vuelve a contar algo que ya había contado.
Alguien lo corrige.
Todos hablan.
La comida dura un poco más porque nadie tiene prisa por levantarse.
Quizá eso sea algo que nuestra imaginación religiosa olvida con facilidad.
Jesús conoció la risa familiar.
Los Evangelios no describen las comidas de su infancia, por lo que no podemos reconstruir escenas específicas.
Pero no necesitamos imaginar una casa permanentemente solemne porque en ella vivía Jesús.
Era una familia.
Y una familia también ríe.
Pero hay otra clase de mesa que todos conocemos.
Nadie está peleando.
Simplemente el día fue pesado.
Las personas comen.
Hablan poco.
Uno está preocupado.
Otro está cansado.
Alguien tuvo un problema y todavía está pensando en él.
Se escucha más el movimiento de la comida que la conversación.
Quizá alguien intenta iniciar un tema.
Recibe una respuesta breve.
Y comprende:
hoy no es el día.
Las familias también tienen esos momentos.
Compartir una comida no significa que todos lleguen siempre felices.
Significa que, aun llegando diferentes, se sientan juntos.

Y sí.
Algunas veces alguien estaba molesto con alguien.
Eso ocurre en las familias.
Dos hermanos pueden haber discutido antes.
Ahora llega la hora de comer.
Y allí están.
Uno frente al otro o muy cerca.
Ninguno tiene demasiado interés en conversar.
Pero la comida continúa.
El pan pasa.
Quizá uno necesita algo que está junto al otro.
Tiene que pedirlo.
A veces la reconciliación familiar no comienza con un gran discurso.
Comienza con algo mucho más pequeño:
“Pásame eso.”
Y el otro lo pasa.
Todavía no está resuelto todo.
Pero ya hubo un pequeño puente.
La vida familiar está llena de esos momentos.
Entonces podía ocurrir algo que cambiaba inmediatamente la comida.
Alguien llegaba.
En una cultura donde la hospitalidad tenía enorme importancia, recibir a otra persona podía significar hacer espacio.
Literalmente.
Muévete un poco.
Hay que acomodarlo.
Traer algo más.
Compartir lo que existe.
Y aquí aparece nuevamente una experiencia que conocen muchas familias de recursos modestos:
la comida no aumentó porque llegó una persona más.
Ahora simplemente tiene que alcanzar para uno más.
Entonces las porciones cambian.
Se comparte.
Se hace lugar.
El visitante recibe.
Y la familia ajusta.
La hospitalidad cuesta precisamente por eso.
Si dar no nos quita nada, es fácil.
Pero abrir la comida de una casa a otra persona significa permitirle participar de algo que originalmente estaba destinado a nosotros.
En el mundo de Jesús, compartir alimento podía tener un significado social profundo.
Sentarse a comer con alguien expresaba cercanía, aceptación y comunión.
Por eso, años después, algunas de las comidas de Jesús provocarían controversia.
“¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?”
—Marcos 2:16.
Para nosotros podría parecer una pregunta exagerada.
¿Qué importa con quién come una persona?
Pero precisamente ahí está la diferencia.
Comer juntos significaba algo.
Compartir alimento acercaba.
Abría la casa.
Creaba relación.
Permitía conversación.
Por eso la mesa ocuparía después un lugar tan importante en el ministerio de Jesús.
Antes de hablar del pan, Jesús conoció una sociedad donde el pan importaba.
Antes de hablar de banquetes, conoció las comidas sencillas de una familia.
Antes de multiplicar panes para una multitud, había visto durante años lo que significaba alimentar una casa.
Antes de sentarse con publicanos y pecadores, había crecido dentro de una cultura donde sentarse a comer con alguien tenía significado.
Y cuando enseñó a orar:
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”,
esas palabras no pertenecían a una teoría.
El pan diario era una necesidad real.
Había que producirlo.
Había que administrarlo.
Había que compartirlo.
Y mañana volvería a necesitarse.
Cuando escuchamos posteriormente a Jesús, encontramos comida por todas partes.
Un padre prepara un banquete.
Un hijo tiene hambre.
Un hombre rico celebra.
Un pobre desea comer.
Un amigo llega a medianoche y hace falta pan.
Una multitud necesita alimento.
Hay bodas.
Invitados.
Mesas.
Panes.
Vino.
Personas que aceptan invitaciones.
Otras que las rechazan.
Y finalmente Jesús utiliza una comida para dejar a sus discípulos uno de los recuerdos más profundos de su persona.
“Tomad, comed…”
La comida era un lenguaje que todos comprendían.
Porque todos habían tenido hambre.
Todos habían esperado que el pan alcanzara.
Todos sabían lo que significaba ser invitados.
Todos conocían la diferencia entre comer solos y ser recibidos en una mesa.
No adelantemos la historia.
Todavía no hay multitudes.
No hay cinco mil esperando alimento.
No hay publicanos alrededor de una mesa.
No hay última cena.
Hay una familia.
Alguien coloca el alimento.
Las personas se acomodan.
Se bendice a Dios.
Se parte el pan.
Una mano toma.
Otra espera.
Alguien habla.
Otro escucha.
Un niño pide más.
Alguien comparte.
Una conversación comienza.
Quizá hay risa.
Quizá cansancio.
Quizá preocupación.
Después las porciones disminuyen.
Los recipientes comienzan a quedar vacíos.
La comida termina.
Y cada uno vuelve poco a poco a sus responsabilidades.
Mañana habrá que comer nuevamente.
Quizá ahora podamos escuchar de manera diferente una pequeña palabra de la oración que Jesús enseñaría muchos años después.
No dijo:
“El pan mío.”
Dijo:
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.”
Nuestro.
Una palabra perfectamente comprensible para quien conoce una mesa compartida.
Nuestro pan.
Nuestra necesidad.
Nuestro alimento.
Una familia alrededor de lo que Dios ha provisto.
Y quizá aquí encontramos nuevamente el corazón de esta serie.
Queremos comprender qué significó:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
También significó esto.
Sentarse junto a otros.
Esperar.
Compartir.
Recibir.
Dar.
Escuchar conversaciones.
Ver rostros alrededor del alimento.
Conocer días en que había más y días en que había que administrar cuidadosamente.
Dar gracias a Dios por lo que estaba delante.
Y partir el pan.
Durante años, antes de que el mundo escuchara sus parábolas, Jesús conoció desde dentro una de las experiencias humanas más antiguas:
sentarse a comer con su familia.
El Hijo de Dios pudo haber venido al mundo rodeado de silencio y atención exclusiva.
Pero escogió una casa llena.
El que es Señor de todo aceptó compartir.
Compartir el alimento.
El espacio.
La atención de sus padres.
Las cosas de la casa.
Y la vida.
Tuvo que esperar.
Tuvo que ceder.
Tuvo que convivir con personalidades diferentes.
Fue hermano mayor de niños que todavía estaban creciendo y aprendiendo.
Y durante años vivió entre hermanos y hermanas que lo conocían profundamente como miembro de su familia, aunque todavía no comprendieran completamente quién era.
El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.
Aceptó nuestra cercanía.
Y el Verbo se hizo carne y compartió una casa, una mesa, un espacio y la vida con sus hermanos y hermanas.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Mateo 10:27
“…lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.”
Nazaret no tenía periódicos.
No había teléfonos.
No existían noticieros capaces de contar en unos minutos lo ocurrido en Jerusalén, Séforis o alguna población cercana.
Pero las noticias llegaban.
Llegaban caminando.
Un viajero aparecía por el camino.
Un comerciante regresaba.
Una familia volvía de otra población.
Alguien había escuchado algo durante un viaje.
Y comenzaba la conversación.
—¿Qué ocurrió?
—¿Dónde?
—¿Cuándo?
—¿Quién te lo dijo?
En una población pequeña, una noticia interesante difícilmente permanecía mucho tiempo en un solo lugar.
Alguien la escuchaba.
Después otro.
Entraba en una casa.
Pasaba a otra.
Y antes de mucho tiempo buena parte de la comunidad podía estar hablando del mismo asunto.

Imagine una tarde.
La rutina de la aldea continúa.
Entonces alguien reconoce a una persona que viene acercándose.
Quizá había estado fuera varios días.
Otros comienzan a reunirse.
No necesariamente porque haya ocurrido algo extraordinario.
Simplemente porque trae noticias.
¿Cómo están los familiares?
¿Cómo estuvo el camino?
¿Qué ocurre en otras poblaciones?
¿Qué se dice en Jerusalén?
¿Hay problemas?
¿Es seguro viajar?
En una sociedad comunicada principalmente mediante personas, el viajero también transportaba información.
Y algunas noticias podían cambiar el ambiente rápidamente.
Una cosa era escuchar:
“La cosecha fue buena en aquella región.”
Otra:
“Hubo problemas en el camino.”
Entonces las preguntas cambiaban.
¿Dónde?
¿Hace cuánto?
¿Quiénes?
¿Vienen hacia acá?
Viajar tenía riesgos.
Los caminos conectaban poblaciones, mercados y familias, pero también alejaban a la persona de la protección de su comunidad.
Jesús utilizaría posteriormente una escena que sus oyentes podían comprender inmediatamente:
“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones…”
—Lucas 10:30.
No necesitaba explicar por qué aquello podía ocurrir.
El camino podía significar oportunidad.
Pero también vulnerabilidad.
Cuando alguien de la familia viajaba, quienes permanecían en casa no podían llamarlo para preguntar dónde estaba.
No podían mirar su ubicación.
Había que esperar.
Quizá debía regresar antes de oscurecer.
El sol comienza a bajar.
Todavía no aparece.
Se mira hacia el camino.
Pasa un poco más de tiempo.
Y una preocupación muy antigua comienza a crecer:
“Ya debería haber llegado.”
Hasta que finalmente aparece una figura conocida.
Entonces el cuerpo se relaja.
Ya llegó.
Las casas de aquella región podían tener techos planos aprovechados como espacios útiles.
Se podía subir.
Trabajar.
Secar determinados productos.
Realizar actividades domésticas.
Descansar cuando las condiciones lo permitían.
Desde arriba también se veía más.
El camino.
Las casas cercanas.
Parte de los campos.
Personas entrando y saliendo.
Eso nos ayuda a comprender una expresión de Jesús que para nosotros puede resultar extraña:
“…proclamadlo desde las azoteas.”
—Mateo 10:27.
Para sus oyentes la imagen era inmediata.
Subir a una azotea significaba colocarse en un lugar desde donde la voz podía extenderse sobre el espacio alrededor.
La azotea no era simplemente el techo de la casa.
Era parte del mundo cotidiano.
Años después, hablando de una situación de huida urgente, Jesús diría:
“El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa.”
—Mateo 24:17.
La imagen tenía sentido dentro de aquella arquitectura.
Las azoteas podían tener accesos exteriores y las viviendas podían encontrarse muy próximas unas de otras.
Pero debemos ser cuidadosos.
No podemos afirmar que Nazaret poseyera una especie de camino continuo sobre los techos construido específicamente para escapar.
No tenemos evidencia para decirlo.
Lo que sí podemos comprender es la imagen:
si existe peligro, no pierdas tiempo entrando nuevamente.
Sal.
Nazaret tampoco era una gran ciudad amurallada.
Una población pequeña podía sentirse segura mientras la vida transcurría normalmente.
Pero sus habitantes pertenecían a un mundo que conocía violencia política, bandidaje y conflictos.
No debemos imaginar que Nazaret esperaba todas las noches una invasión.
Eso sería exagerado.
Pero tampoco debemos imaginar la seguridad moderna.
Una noticia sobre soldados, disturbios o ladrones podía tener consecuencias reales.
Una familia podía preguntarse si convenía viajar.
Un padre podía decidir esperar.
Un comerciante podía cambiar su ruta.
Las personas escuchaban.
Preguntaban.
Y trataban de determinar qué tan cerca estaba el peligro.
Así aparece otra dimensión de Nazaret.
Hasta ahora hemos entrado en sus casas.
Hemos comido.
Trabajado.
Compartido la vida familiar.
Ahora salgamos por un momento a la aldea.
Hay personas conversando.
Alguien acaba de llegar.
Otro pregunta qué vio.
Desde una azotea puede observarse movimiento.
Un viajero continúa su camino.
Una noticia pasa de boca en boca.
Quizá es buena.
Quizá preocupa.
Mañana otra persona saldrá y llevará consigo las noticias de Nazaret.
Jesús creció dentro de ese mundo.
Y años después hablaría de viajeros atacados en caminos, ladrones entrando en casas, noticias de guerras y palabras proclamadas desde las azoteas.
No necesitamos imaginar misterios para explicar de dónde procedían sus imágenes.
Basta mirar el mundo que lo rodeaba.
Porque mientras Jesús crecía en Nazaret, la aldea hablaba.
Y Él vivía en medio de ella.
El que conoce todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde las noticias llegaban caminando.
Escuchó voces.
Vio viajeros llegar.
Vivió entre conversaciones, preguntas, noticias y rumores que recorrían la aldea de casa en casa.
El que sabía lo que ocurría más allá de Nazaret aceptó vivir entre personas que tenían que esperar a que alguien regresara para saber qué había sucedido.
Conoció los caminos.
Las despedidas.
La espera.
Y el alivio de ver regresar a quien ya debería haber llegado.
El que un día hablaría de caminos peligrosos, ladrones, guerras y palabras proclamadas desde las azoteas, había crecido en un mundo donde todas esas imágenes formaban parte de la vida.
Y el Verbo se hizo carne y vivió en una pequeña aldea donde las noticias llegaban por los caminos, pasaban de boca en boca y podían proclamarse desde las azoteas.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Mateo 6:28
“Considerad los lirios del campo, cómo crecen…”
Había momentos en que Nazaret dejaba de sentirse pequeña.
Bastaba subir.
Alejarse un poco de las casas, alcanzar alguna de las elevaciones que rodeaban la población y levantar los ojos.
Entonces el paisaje cambiaba.
La pequeña aldea quedaba atrás y el horizonte se abría.
Quien ha visitado aquella región puede comprender la impresión.
Desde las alturas cercanas a Nazaret pueden contemplarse amplias extensiones de Galilea y, hacia el sur, el gran valle de Jezreel. En la distancia se encuentra también la región de Meguido, escenario de acontecimientos que habían marcado durante siglos la historia de Israel.
Es un paisaje que invita a detenerse.
Y Jesús creció allí.
No sabemos dónde acostumbraba caminar.
No conocemos el lugar desde donde prefería mirar.
No sabemos si alguna tarde se detuvo especialmente para contemplar el horizonte.
No necesitamos inventarlo.
Basta saber que aquello estaba delante de sus ojos.
Durante años.

Pensemos en el contraste.
Dentro de la casa, el espacio era reducido.
Personas cerca.
Objetos cerca.
Muros cerca.
Pero había que salir.
Y al hacerlo aparecía otra realidad.
Cielo.
Colinas.
Campos.
Vegetación.
Senderos perdiéndose a la distancia.
Montañas dibujándose en el horizonte.
Después de las lluvias, el paisaje podía transformarse y cubrirse de verdor. Cuando llegaba el tiempo de las flores, aparecía el color. En otros momentos predominaban los tonos secos de aquella tierra.
El mismo lugar nunca se veía exactamente igual.
La luz lo cambiaba.
Las estaciones lo cambiaban.
La hora del día lo cambiaba.
Jesús vio ese mundo cambiar durante años.
Esto adquiere un significado especial cuando escuchamos posteriormente sus enseñanzas.
Jesús era observador.
Muchos de nosotros podemos caminar por un campo sin realmente verlo.
Jesús veía.
Veía las aves.
Veía las flores.
Veía los árboles.
Veía las semillas.
Veía los campos.
Veía las nubes.
Veía cómo cambiaba el cielo.
Un día diría:
“Mirad las aves del cielo…”
—Mateo 6:26.
Y poco después:
“Considerad los lirios del campo, cómo crecen…”
—Mateo 6:28.
Mirad.
Considerad.
Son palabras de alguien que sabe detenerse.
No solamente pasar frente a algo.
Observarlo.
Y aquí la escena se vuelve profundamente hermosa.
Juan había escrito acerca de Jesús:
“Todas las cosas por él fueron hechas…”
—Juan 1:3.
Ahora el Creador estaba dentro de su creación.
Con ojos humanos.
Podía levantar la mirada y contemplar las montañas.
Podía ver una flor creciendo junto al camino.
Podía observar un ave cruzando el cielo.
Podía sentir el viento sobre el rostro.
Podía mirar cómo la luz de la tarde transformaba las colinas.
El que había creado aquel paisaje ahora podía contemplarlo como hombre.
Hay algo conmovedor en pensarlo.
No necesitaba un palacio para encontrar belleza.
La tenía delante.
Nazaret podía ser pequeña.
Su casa podía ser sencilla.
Su vida podía estar llena de responsabilidades.
Pero alrededor estaba la obra de Dios.
Y era hermosa.
Años después, cuando Jesús quiso hablar de la preocupación humana, hizo algo extraordinariamente sencillo.
Dirigió la atención de sus oyentes hacia lo que tenían alrededor.
“Mirad las aves…”
“Considerad los lirios…”
Como si dijera:
Deténganse.
Miren.
Hay cosas acerca del Padre que pueden comprenderse observando aquello que Él ha hecho.
Jesús no enseñaba desde un mundo desconectado de la realidad.
Sus palabras olían a campo.
Tenían semillas.
Aves.
Flores.
Sol.
Cosechas.
Porque ése era también el mundo que había contemplado.
Podemos imaginar, sin necesidad de inventar una historia, lo que cualquier habitante de aquella población podía experimentar.
El día comienza a terminar.
La intensidad de la luz disminuye.
Las sombras se alargan sobre las colinas.
Los campos cambian de color.
A lo lejos, el horizonte comienza a perder definición.
Después de un día de responsabilidades, basta detenerse unos momentos.
No hay que comprar nada.
No hay que construir nada.
No hay que poseer nada.
Solamente mirar.
Y allí estaba Jesús.
Creciendo en una pequeña población de Galilea, rodeado de una belleza que años después aparecería una y otra vez en sus palabras.
Quizá Nazaret no podía ofrecerle muchas comodidades.
Pero cuando el Hijo levantaba los ojos…
podía contemplar la obra de sus propias manos.
El que había creado los cielos aceptó contemplarlos con ojos humanos.
El que levantó las montañas las vio aparecer en el horizonte.
El que vistió los campos contempló sus flores.
El que dio alas a las aves las vio cruzar el cielo.
Sintió el viento.
Vio cambiar las estaciones.
Contempló la luz extenderse sobre las colinas y desaparecer al terminar el día.
Y quizá por eso, años después, cuando quiso enseñarnos a confiar en el Padre, simplemente dijo:
“Mirad.”
“Considerad.”
El Creador había entrado en su propia creación.
Y desde aquella pequeña población de Galilea, al levantar los ojos, podía contemplar la obra de sus propias manos.
Y el Verbo se hizo carne y contempló con ojos humanos las aves, las flores, los campos, las montañas y los cielos que Él mismo había creado.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Mateo 20:2
“Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.”
Hay una parte de la vida de Nazaret que todavía no hemos recorrido.
Hasta ahora hemos entrado en la casa.
Hemos acompañado a la familia.
Hemos observado el trabajo, la formación y la vida religiosa.
Pero tarde o temprano casi todo aquello terminaba encontrándose con una realidad mucho más concreta:
había que conseguir lo necesario para vivir.
El grano tenía valor.
El aceite tenía valor.
La tela tenía valor.
Una herramienta tenía valor.
El trabajo de un hombre tenía valor.
Y cuando una familia necesitaba algo que no podía producir por sí misma, tenía que obtenerlo de alguien más.

Jesús y las transacciones financieras
Entonces aparecía el mundo de comprar y vender.
De cobrar y pagar.
De negociar.
De prestar.
De deber.
De esperar un jornal.
Y algunas veces, de descubrir que el dinero no alcanzaba.
Cuando hablamos del “mercado” no debemos imaginar necesariamente un gran espacio comercial permanente dentro de la pequeña Nazaret, lleno de establecimientos como los nuestros.
La actividad económica podía realizarse de distintas maneras y conectaba las aldeas con poblaciones mayores, productores, artesanos y comerciantes.
Había productos agrícolas.
Animales.
Alimentos preparados.
Cerámica.
Herramientas.
Materiales.
Servicios.
Una familia producía algunas cosas.
Necesitaba otras.
Y de ese encuentro nacía el intercambio.
La economía tenía rostro.
No se compraba necesariamente a una empresa distante.
Muchas veces se trataba con personas.
Y cuando el vendedor y el comprador podían volver a encontrarse, la reputación importaba.
Imagine acercarse a un producto.
No tiene una etiqueta impresa con precio fijo.
No existe un código de barras.
No hay una caja registradora que determine automáticamente cuánto debe pagarse.
Hay que preguntar.
¿Cuánto?
Entonces comienza una de las experiencias comerciales más antiguas del mundo.
El vendedor sabe cuánto quiere recibir.
El comprador sabe cuánto puede pagar.
Entre ambos aparece la negociación.
Quizá el precio parece demasiado alto.
Quizá la calidad no convence.
Quizá se compra una cantidad menor.
Quizá se llega a un acuerdo.
O quizá el comprador simplemente se marcha.
Comprar también exigía saber tratar con personas.

En la Galilea del siglo primero circulaban diferentes monedas dentro de un sistema político y económico complejo.
Los Evangelios conservan varios nombres que más adelante resultarán familiares al lector:
denarios,
dracmas,
talentos,
monedas de menor valor.
Pero debemos recordar algo importante.
No todas eran equivalentes y no todas pertenecían al mismo sistema monetario.
Había acuñaciones relacionadas con distintas autoridades y regiones. El dinero del mundo romano podía llevar consigo incluso símbolos y nombres del poder político.
Eso explica por qué una simple moneda podía convertirse posteriormente en una lección extraordinaria.
Cuando preguntaron a Jesús acerca del tributo, pidió:
“Mostradme la moneda del tributo.”
—Mateo 22:19.
Después preguntó:
“¿De quién es esta imagen, y la inscripción?”
—Mateo 22:20.
Respondieron:
“De César.”
La moneda no solamente compraba.
También hablaba de quién gobernaba.
Cuando los recursos son limitados, una moneda pequeña deja de parecer pequeña.
Se cuenta.
Se guarda.
Se piensa antes de entregarla.
Porque gastar en una cosa significa no poder utilizar ese dinero en otra.
Ésa es una experiencia que muchas familias conocen todavía.
Uno mira lo que tiene.
Después piensa en lo que falta.
Alimento.
Una reparación.
Algún material.
Una obligación pendiente.
Y comienza a distribuir mentalmente lo disponible.
Esto para aquí.
Aquello tendrá que esperar.
Esto sí.
Eso no.
Quizá la próxima semana.
Administrar escasez también es trabajo.
No produce nada visible.
Pero agota.

Jesús y el pago del jornal
No todos poseían tierra suficiente.
No todos tenían un negocio estable.
No todos podían contar con ingresos seguros.
Había hombres que dependían de ser contratados para trabajar.
La Torá conocía perfectamente la vulnerabilidad del jornalero y había ordenado:
“En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo…”
—Deuteronomio 24:15.
La razón aparece inmediatamente:
“…pues es pobre, y con él sustenta su vida.”
La frase es extraordinariamente humana.
El jornal no era simplemente una cifra.
Era lo que aquella persona esperaba llevar a casa.
Por eso retener el pago podía convertirse en algo mucho más grave que un retraso administrativo.
Alguien había trabajado contando con ese dinero.
Jesús utilizaría posteriormente una escena que sus oyentes podían comprender inmediatamente.
Un propietario sale a contratar trabajadores para su viña.
Sale temprano.
Después vuelve a salir.
Encuentra a otros esperando.
Y pregunta:
“¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?”
Ellos responden:
“Porque nadie nos ha contratado.”
—Mateo 20:6-7.
Detengámonos allí.
Nadie nos ha contratado.
Para nosotros puede parecer simplemente una frase dentro de una parábola.
Para un jornalero era una preocupación.
La mañana avanza.
Otros son escogidos.
Él sigue esperando.
Pasa otra hora.
Todavía nada.
Y conforme el día desaparece, también disminuye la posibilidad de regresar a casa con un jornal completo.
No hace falta exagerar el drama.
Basta haber esperado alguna vez un trabajo para comprenderlo.
El problema no era necesariamente falta de voluntad.
Podía haber manos dispuestas…
y nadie que las necesitara ese día.
Un hombre consigue trabajo temprano.
Otro no.
Al primero le espera una jornada cansada.
Al segundo le espera otra clase de cansancio:
la incertidumbre.
Uno trabaja pensando en cuándo terminará.
El otro espera preguntándose si comenzará.
Al final del día ambos regresarán a casa.
Pero no necesariamente con lo mismo.
Así funcionaba una sociedad sin nuestras redes modernas de protección económica.
La enfermedad de un proveedor, una cosecha insuficiente, la falta de trabajo o una obligación inesperada podían alterar rápidamente el equilibrio de una familia modesta.
Por eso las palabras pan de cada día no eran una imagen abstracta.
Podían describir una preocupación real.
Y cuando lo que había no alcanzaba, aparecía una palabra que conocemos perfectamente:
deuda.
La deuda existía en el mundo bíblico desde mucho antes de Jesús.
Podía surgir por préstamos, obligaciones, rentas, impuestos o dificultades económicas.
Y una deuda tiene una característica dolorosa:
permite resolver el problema de hoy utilizando parte del mañana.
Hoy recibimos lo que necesitamos.
Mañana habrá que pagarlo.
Y mientras no se pague, permanece allí.
Uno despierta…
y debe.
Trabaja…
y debe.
Come…
y debe.
Se acuesta…
y todavía debe.
Quien ha cargado una deuda difícil conoce el peso psicológico de una cantidad que parece acompañarlo a todas partes.
No ocupa espacio dentro de la casa.
Pero está presente.
Sin embargo, debemos mirar ambos lados.
Alguien debía porque había recibido.
Pero otro había prestado.
El acreedor también podía necesitar recuperar aquello que era suyo.
Por eso la economía humana rara vez se divide sencillamente entre buenos y malos.
Un hombre podía tener razón al cobrar.
Y otro podía estar sinceramente imposibilitado para pagar.
Entonces aparecía el conflicto.
¿Cuánto tiempo esperar?
¿Puede pagar una parte?
¿Tiene algo que entregar?
¿Cumplirá su palabra?
¿Está evitando pagar o verdaderamente no puede?
Son preguntas antiguas.
Y profundamente humanas.
No es extraño que Jesús utilizara tantas veces acreedores y deudores para enseñar.
Sus oyentes sabían perfectamente de qué estaba hablando.
En una de sus parábolas aparece un hombre que debe una cantidad enorme.
Cuando llega el momento de rendir cuentas, cae delante de su acreedor y dice:
“Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.”
—Mateo 18:26.
Después ese mismo hombre encuentra a otro que le debe una cantidad mucho menor.
Y escucha prácticamente la misma súplica:
“Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré.”
—Mateo 18:29.
Para nosotros es una enseñanza sobre el perdón.
Pero observe el lenguaje que Jesús escogió para comunicarla.
Deuda.
Cobro.
Plazo.
Súplica.
Cancelación.
Porque una deuda permitía explicar algo que todos podían sentir:
lo que significa tener una obligación que no podemos satisfacer.
Y sobre toda aquella economía cotidiana existía otra realidad:
el poder político también cobraba.
Roma dominaba la región.
Herodes Antipas gobernaba Galilea durante gran parte de la vida de Jesús bajo el sistema imperial romano.
Existían impuestos, tributos y otras obligaciones fiscales que podían recaer de distintas maneras sobre la población.
Para una familia común, el impuesto no era una discusión académica acerca de política imperial.
Era una salida de recursos.
Algo producido mediante trabajo terminaba en manos de una autoridad.
Y por eso los recaudadores podían convertirse en figuras profundamente impopulares.
El sistema de recaudación y las prácticas asociadas con él podían generar abusos, sospechas y resentimiento.
Más adelante encontraremos a Jesús sentado incluso con publicanos.
Pero para comprender la fuerza de esas escenas primero debemos sentir lo que aquella palabra podía provocar.
Publicano.
No era simplemente “un empleado”.
Podía representar dinero que salía del bolsillo.
Y detrás del dinero estaba Roma.
No todos comenzaban el día desde el mismo lugar.
Algunos poseían tierras.
Otros trabajaban las tierras de alguien más.
Algunos podían prestar.
Otros necesitaban pedir prestado.
Algunos contrataban jornaleros.
Otros esperaban ser contratados.
Algunos administraban grandes propiedades.
Otros contaban pequeñas monedas.
El mundo que Jesús conoció tenía diferencias económicas reales.
Por eso sus parábolas posteriormente pueden moverse con tanta naturalidad entre personajes muy distintos:
un hombre rico,
un administrador,
un propietario,
un comerciante,
un jornalero,
un deudor,
una viuda con muy poco,
un hombre que encuentra un tesoro,
otro que busca perlas,
siervos encargados de bienes ajenos.
Jesús podía hablar a personas situadas en lugares muy diferentes de la economía.
Comprar tampoco dependía únicamente de contar monedas.
Había productos que debían medirse o pesarse.
Y allí aparecía otra posibilidad humana:
hacer trampa.
Una medida injusta podía favorecer al vendedor.
Una balanza alterada podía quitar poco en cada transacción.
Tan poco que quizá parecía insignificante.
Pero repetido muchas veces se convertía en ganancia para uno y pérdida para muchos.
Por eso la Ley había hablado con tanta claridad:
“Peso exacto y justo tendrás; efa cabal y justo tendrás…”
—Deuteronomio 25:15.
Mucho antes de nuestras regulaciones comerciales, Israel ya entendía que la justicia también se juega en lugares aparentemente pequeños.
Una balanza.
Una medida.
Una deuda.
Un jornal.
Dios también miraba allí.
Eso convierte el intercambio económico en algo mucho más interesante.
Porque cuando hay dinero de por medio aparecen cosas que quizá permanecían escondidas.
La honestidad.
La codicia.
La generosidad.
La desesperación.
La paciencia.
La avaricia.
La confianza.
La compasión.
Uno puede hablar hermosamente de justicia.
Otra cosa es practicarla cuando puede ganar más engañando.
Uno puede hablar de misericordia.
Otra cosa es ejercerla cuando alguien le debe.
Uno puede decir que ama al prójimo.
Otra cosa es pagarle justamente cuando depende de ese jornal.
El dinero pone a prueba muchas palabras.
Al final, alguien tenía que saber si el esfuerzo había valido la pena.
¿Cuánto entró?
¿Cuánto salió?
¿Cuánto se debe?
¿Cuánto queda?
¿Cuánto costará lo siguiente?
Esa clase de pensamiento aparece repetidamente en las enseñanzas de Jesús.
Un hombre quiere construir una torre y primero calcula el costo.
Un rey considera si puede enfrentar a otro.
Un administrador tiene que rendir cuentas.
Siervos reciben cantidades y después responden por ellas.
Un pastor calcula la pérdida de una oveja.
Una mujer nota que falta una moneda.
Un comerciante reconoce el valor de una perla.
Jesús enseñaría verdades eternas utilizando cuentas que la gente hacía todos los días.
Lucas cuenta la parábola de una mujer que tiene diez dracmas y pierde una.
Entonces enciende una lámpara, barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla.
—Lucas 15:8.
Si tenemos mucho dinero, perder una moneda puede resultar irrelevante.
Pero si tenemos diez y perdemos una…
hemos perdido la décima parte.
Entonces sí buscamos.
Movemos cosas.
Miramos nuevamente.
Revisamos donde ya habíamos revisado.
La pequeña moneda adquiere otro valor porque sabemos cuánto representa respecto de lo que tenemos.
Los oyentes de Jesús podían sentir la escena.
Conocían el valor de no poder darse el lujo de perder.
En otra parábola, Jesús coloca delante de sus oyentes una pregunta absolutamente económica:
“¿Cuánto debes a mi amo?”
—Lucas 16:5.
Uno responde:
“Cien barriles de aceite.”
Otro:
“Cien medidas de trigo.”
Inventarios.
Cuentas.
Documentos.
Deudas.
Administración.
Nada de eso suena misterioso.
Suena a vida.
Ésa es precisamente la fuerza de muchas parábolas.
Jesús no necesitaba transportar a sus oyentes a un universo extraño para hablarles de Dios.
Tomaba el mundo que conocían…
y les mostraba algo que no habían visto.
Aquí debemos conservar nuestra precisión.
No sabemos qué compró Jesús en un día determinado.
No conocemos sus transacciones particulares.
No podemos reconstruir sus cuentas familiares.
Pero no necesitamos hacerlo.
Vivió durante años dentro de aquella sociedad.
Fue conocido como tekton, trabajador.
Vivió entre personas que compraban y vendían.
Vio monedas.
Conoció jornaleros.
Propietarios.
Comerciantes.
Deudores.
Recaudadores.
Personas con abundancia.
Personas con necesidad.
Y cuando comenzó a enseñar, ese mundo apareció constantemente en sus palabras.
No como teoría económica.
Como vida conocida.
Cuando lleguemos a ellas, quizá ya no escucharemos ciertas palabras de la misma manera.
Jornalero.
Ahora veremos al hombre esperando trabajo.
Denario.
Pensaremos en una jornada.
Deuda.
Sentiremos el peso de despertar sabiendo que todavía debemos.
Acreedor.
Recordaremos que también espera recuperar lo suyo.
Publicano.
Entenderemos por qué podía provocar rechazo.
Moneda perdida.
Comprenderemos por qué alguien barre hasta encontrarla.
Rendir cuentas.
Sabremos que detrás hay bienes que fueron confiados a alguien.
Y entonces descubriremos algo extraordinario acerca de la manera en que Jesús enseñaba.
Jesús podía hablar del reino de los cielos utilizando un campo.
Una casa.
Una comida.
Una familia.
Y también podía utilizar una cuenta.
Una deuda.
Un salario.
Una moneda.
Un trabajador esperando ser contratado.
Un administrador revisando números.
Un hombre calculando si tiene suficiente para terminar una construcción.
¿Por qué?
Porque cuando llegó el momento de enseñar, habló a las personas desde el mundo que ellas conocían.
No despreciaba su vida cotidiana como si fuera demasiado pequeña para contener verdades espirituales.
La observaba.
La comprendía.
Y encontraba dentro de ella puertas para llevarlas hacia algo mayor.
Durante años, antes de que las multitudes escucharan sus parábolas, Jesús había vivido en un mundo donde cada moneda representaba trabajo, donde las familias tenían que administrar lo que poseían y donde llegar al final del día con jornal o sin él podía cambiar el ánimo de una casa.
Después comenzó a enseñar.
Y las personas escucharon hablar de viñas, jornaleros, acreedores, deudores, administradores, comerciantes y monedas.
Los personajes les resultaban familiares.
Eran personas de su propio mundo.
Lo extraordinario era aquello que Jesús conseguía mostrarles a través de ellas.
Porque había aprendido a hablar de las cosas del cielo…
utilizando el lenguaje de la tierra.
El dueño de todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde las cosas tenían precio.
El que no necesitaba nada conoció una vida donde había que trabajar para obtener lo necesario.
Vio monedas cambiar de manos.
Vio hombres esperando ser contratados.
Vio familias contando lo que tenían.
Vio deudas.
Salarios.
Compras.
Pagos.
Y personas preguntándose si aquello que poseían sería suficiente.
El que era dueño del oro y de la plata aceptó vivir entre quienes tenían que contar cada moneda.
Y cuando comenzó a enseñar, habló de jornaleros, deudores, acreedores, administradores y monedas perdidas.
Porque conocía aquel mundo.
Y el Verbo se hizo carne y vivió en un mundo donde había que trabajar, comprar, vender, cobrar, pagar y administrar cuidadosamente lo que se tenía.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Deuteronomio 15:11
“Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra…”
Uno puede vivir durante años en una población y aprender mucho acerca de sus habitantes sin que nadie se lo explique.
Basta mirar.
Hay familias que viven con tranquilidad.
Otras hacen cuentas antes de comprar.
Hay personas que poseen tierras.
Otras trabajan tierras ajenas.
Hay quienes pueden contratar.
Y quienes necesitan ser contratados.
Algunos tienen reservas para enfrentar un mal año.
Otros viven tan cerca del límite que cualquier problema puede alterar completamente su vida.
Eso también formaba parte del mundo en el que Jesús creció.
Nazaret era una población pequeña, pero no estaba aislada de la realidad económica de Galilea.
Alrededor había campos.
Aldeas.
Propiedades.
Trabajadores.
Ciudades.
Autoridades.
Impuestos.
Comercio.
Y personas situadas en lugares muy diferentes dentro de aquella sociedad.
Jesús creció viendo algo que nosotros seguimos viendo dos mil años después:
la vida no pesa igual cuando se tienen recursos que cuando se carece de ellos.

Los pobres, la clase social predominante en Galilea del siglo primero
Dos hombres podían levantarse bajo el mismo cielo de Galilea.
Pero eso no significaba que enfrentaran el mismo día.
Uno podía poseer tierra.
Otro dependía de trabajar para alguien que la poseía.
Uno podía tener producción almacenada.
Otro necesitaba recibir un jornal.
Uno podía soportar que un negocio saliera mal.
Para otro, perder una jornada podía significar un problema inmediato.
Externamente ambos eran hombres trabajando.
Pero su margen para equivocarse era completamente diferente.
Y ésa es una de las realidades más profundas de la desigualdad.
Para quien tiene mucho, un problema puede ser una molestia.
Para quien tiene poco, el mismo problema puede convertirse en una crisis.
Imagine una mala semana.
Algo no se vendió.
Una cosecha produjo menos de lo esperado.
Un animal se perdió.
Una herramienta se rompió.
Quien poseía suficientes recursos podía sentir la pérdida y continuar.
Quizá tenía reservas.
Otra propiedad.
Productos almacenados.
Dinero disponible.
Personas a quienes recurrir.
Pero para una familia que vivía con muy poco margen, cualquier alteración podía sentirse inmediatamente.
No hacía falta una catástrofe.
A veces bastaba una sucesión de pequeños problemas.
Algo se rompe.
Hay que reemplazarlo.
El trabajo disminuye.
Aparece una obligación.
El alimento sube de precio.
Y de pronto la familia comienza a quitar de un lugar para cubrir otro.
La pobreza muchas veces no llega con un estruendo.
Puede llegar lentamente.
Una necesidad después de otra.
Ésta es una experiencia que muchas personas comprenden perfectamente.
Cuando hay abundancia, un gasto inesperado irrita.
Cuando apenas alcanza, asusta.
La diferencia no está solamente en cuánto cuesta aquello.
Está en lo que viene después.
“Si pago esto, ¿qué dejo de pagar?”
“Si compro aquello, ¿qué ya no podremos comprar?”
“¿Puede esperar?”
“¿Podemos repararlo?”
“¿Habrá trabajo mañana?”
La preocupación económica tiene una característica agotadora:
obliga a pensar constantemente en el futuro inmediato.
No necesariamente en el próximo año.
A veces en la próxima semana.
O en mañana.

Los Evangelios reflejan un mundo donde existían personas con propiedades considerables.
Terratenientes.
Hombres capaces de contratar numerosos trabajadores.
Personas con administradores.
Dueños de viñas.
Hombres que podían almacenar grandes cosechas.
Comerciantes con capital.
No debemos convertir automáticamente a todos ellos en personas injustas.
Poseer no era en sí mismo una acusación.
Había propietarios honestos.
Personas generosas.
Hombres que cumplían sus obligaciones.
La cuestión es que su experiencia de la vida era distinta.
Podían decidir contratar.
Comprar.
Prestar.
Invertir.
Almacenar.
Su riqueza les daba opciones que otros no tenían.
Y tener opciones cambia profundamente la manera de enfrentar el mundo.
En el otro extremo estaba quien podía ofrecer fundamentalmente una cosa:
su trabajo.
Su fuerza.
Su habilidad.
Su tiempo.
Mientras pudiera trabajar, podía producir.
Pero eso lo hacía vulnerable.
Porque las manos solamente generan un jornal cuando alguien necesita esas manos.
Ya vimos al jornalero esperando ser contratado.
Ahora observemos lo que significa socialmente.
El propietario podía preguntarse:
“¿Cuántos trabajadores necesito hoy?”
El jornalero se hacía una pregunta completamente diferente:
“¿Alguien necesitará hoy de mí?”
Uno decidía si contrataba.
El otro esperaba ser escogido.
La misma relación económica se veía completamente diferente dependiendo del lado desde donde se viviera.
La tierra podía proporcionar alimento.
Pero también exigía muchísimo.
Había que preparar.
Sembrar.
Esperar.
Cuidar.
Cosechar.
Y entre sembrar y cosechar existía una realidad que ningún campesino podía controlar completamente.
El clima.
La cantidad de lluvia.
Las plagas.
Las enfermedades de las plantas.
Una mala temporada podía significar mucho más que una decepción.
Cuando la supervivencia de una familia está relacionada con lo que produce la tierra, mirar el cielo también puede convertirse en una preocupación económica.
Quizá por eso el mundo agrícola aparece con tanta fuerza posteriormente en las enseñanzas de Jesús.
Campos.
Cosechas.
Viñas.
Trabajadores.
Graneros.
Trigo.
Cizaña.
Higueras.
No eran decoraciones poéticas.
Formaban parte del paisaje humano de Galilea.
Había personas para quienes la estructura social podía resultar todavía más difícil.
Entre ellas estaban muchas viudas.
La Ley de Moisés había mostrado una preocupación especial por la viuda, el huérfano y el extranjero precisamente porque podían quedar expuestos a abuso y necesidad.
Deuteronomio ordenaba:
“No torcerás el derecho del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda.”
—Deuteronomio 24:17.
La existencia misma de esas protecciones revela la vulnerabilidad.
Una mujer que perdía a su marido podía perder también una parte importante de la seguridad económica de su hogar, especialmente si no contaba con hijos adultos, propiedades suficientes o una red familiar capaz de sostenerla.
Por eso, cuando años después Jesús habló de viudas, sus oyentes no escuchaban una categoría abstracta.
Veían un rostro conocido.
Éste es quizá el punto que más necesitamos sentir.
Nosotros hablamos de “los pobres” y podemos convertirlos sin querer en una estadística.
En una comunidad pequeña eso era mucho más difícil.
El pobre podía tener nombre.
Uno sabía dónde vivía.
Conocía a sus hijos.
Había visto lo que le había ocurrido.
Quizá recordaba cuando la familia estaba mejor.
La pobreza no era solamente una condición económica.
Era la situación de alguien conocido.
La mujer que necesitaba ayuda.
El hombre que llevaba tiempo sin encontrar suficiente trabajo.
La familia que había perdido algo.
El anciano que ya no podía producir como antes.
El mendigo que dependía de la generosidad de otros.
Jesús creció en un mundo donde la necesidad humana podía encontrarse caminando.
La discapacidad, la pérdida de capacidad laboral, la ausencia de apoyo familiar u otras circunstancias podían llevar a algunas personas a depender de la limosna.
Los Evangelios reflejan repetidamente esa realidad.
Personas colocadas en lugares donde podían pedir.
Hombres ciegos.
Personas incapaces de sostenerse mediante un trabajo ordinario.
Gente dependiendo de que alguien se detuviera.
Pensemos en lo que significa vivir así.
Ver pasar personas todo el día.
Escuchar pasos.
Pedir.
Alguien da.
Otro continúa.
Hay que volver a pedir.
La dignidad humana sigue allí.
Los deseos siguen allí.
La personalidad sigue allí.
Pero la supervivencia depende en parte de la decisión de otra persona de abrir la mano.
La Torá había dicho:
“…abrirás a él tu mano liberalmente…”
—Deuteronomio 15:8.
Porque cerrar la mano tenía consecuencias sobre una persona real.
Y ésta era quizá una de las realidades más inquietantes.
Las categorías no siempre eran permanentes.
Una familia podía tener cierta estabilidad y después perderla.
Una deuda podía crecer.
Una mala cosecha podía debilitarla.
La pérdida del principal proveedor podía cambiarlo todo.
Una propiedad podía disminuir.
Algo podía tener que venderse.
Después otra cosa.
La distancia entre “tenemos suficiente” y “necesitamos ayuda” podía ser mucho menor de lo que parecía.
Por eso la pobreza no siempre pertenecía a “otros”.
Podía acercarse.
El que poseía recursos podía prestar.
El que no los tenía podía necesitar pedir.
Y desde ese momento parte del futuro del deudor quedaba comprometida.
Si todo salía bien, pagaba.
Pero si aparecía otro problema, la situación podía complicarse.
La deuda podía aumentar la dependencia y hacer más difícil recuperar estabilidad.
La Ley de Israel había establecido diferentes protecciones precisamente para evitar que la necesidad destruyera completamente a una persona.
Prohibía aprovecharse del pobre.
Regulaba las prendas.
Ordenaba generosidad.
Recordaba constantemente que Israel mismo había conocido la esclavitud.
Porque una sociedad puede acostumbrarse con extraordinaria facilidad a mirar la necesidad…
hasta dejar de verla.
En medio de aquel mundo aparecían también los cobradores de impuestos.
Ya hablamos del sistema económico que representaban.
Aquí interesa otra cosa:
su posición social.
Un publicano podía tener dinero y, al mismo tiempo, ser despreciado.
Eso nos recuerda que riqueza y aceptación social no son exactamente lo mismo.
Una persona podía prosperar económicamente y perder respeto dentro de su comunidad.
Podía tener recursos…
pero no confianza.
Podía tener dinero…
pero escuchar lo que otros decían de él cuando pasaba.
La desigualdad humana no funciona solamente en una dirección.
Hay personas que carecen de dinero.
Otras carecen de aceptación.
Otras poseen ambas cosas.
Y algunas no tienen ninguna.
No hace falta ser adulto para descubrir que algunas familias tienen más.
Los niños lo perciben muy pronto.
Uno tiene algo que otro no.
Una familia puede comprar con mayor facilidad.
Otra tiene que esperar.
Alguien lleva una prenda mejor.
Otro continúa utilizando la anterior.
Uno puede permitirse perder algo.
Al otro le preocupa regresar a casa y explicar que lo perdió.
Los niños observan.
Quizá no conocen las palabras riqueza, pobreza o desigualdad social.
Pero entienden perfectamente:
“Ellos pueden.”
“Nosotros no.”
Y también pueden descubrir lo contrario:
“Nosotros tenemos algo que ellos necesitan.”
Así comienza la conciencia del mundo social.
Tener mucho resolvía problemas reales.
Sería absurdo negarlo.
Permitía mejor alimentación.
Mayor seguridad.
Capacidad para enfrentar pérdidas.
Posibilidad de contratar ayuda.
Más alternativas.
Pero el dinero también podía crear distancia.
Quien posee mucho puede comenzar a vivir rodeado principalmente de personas que también poseen.
Puede dejar de sentir lo que significa esperar un jornal.
Puede olvidar cuánto representa una moneda para quien tiene pocas.
Puede acostumbrarse a ser servido.
Y existe un peligro todavía mayor:
confundir comodidad con superioridad.
La sociedad puede terminar asignando diferente valor a las personas según lo que poseen.
Ésa es una tentación antigua.
Hay una escena que Jesús utilizaría posteriormente y que resume de manera estremecedora esa distancia.
Un hombre rico vive con abundancia.
A su puerta está Lázaro.
—Lucas 16:19-21.
No entraremos todavía en la enseñanza de la parábola.
Eso pertenece a otra serie.
Por ahora observemos solamente la imagen.
Una puerta.
De un lado, abundancia.
Del otro, necesidad.
La distancia física puede ser de unos cuantos metros.
La distancia humana puede ser enorme.
Eso es desigualdad.
No solamente que uno tenga más.
Sino que sea posible vivir tan cerca del sufrimiento de otra persona…
y continuar como si no estuviera allí.
Todo esto debemos devolverlo finalmente a nuestra historia.
Jesús no creció leyendo informes acerca de desigualdad.
La vio.
La sociedad de Galilea tenía propietarios y trabajadores.
Personas con recursos y personas vulnerables.
Viudas.
Campesinos.
Jornaleros.
Mendigos.
Deudores.
Cobradores.
Gente que podía prestar.
Gente que necesitaba pedir.
Y todos compartían el mismo mundo.
Se encontraban en caminos.
Poblaciones.
Campos.
Reuniones.
Mercados.
Jesús creció entre esas diferencias.
Quizá aquí comenzamos a entender algo que más adelante será imposible ignorar en Jesús.
Cuando hablaba de un pobre, nunca parecía estar hablando simplemente de una categoría.
Cuando hablaba de una viuda, podía describir su situación.
Cuando hablaba de un jornalero, entendía su espera.
Cuando hablaba de un rico, conocía sus posibilidades y también sus peligros.
Cuando hablaba de un deudor, sabía lo que significaba tener una obligación encima.
Cuando hablaba de alguien que tenía hambre, no utilizaba una palabra decorativa.
Aquellas realidades pertenecían al mundo que había observado durante años.
No necesitamos adelantar todavía lo que hará con ellas.
Eso vendrá después.
Por ahora basta verlo caminar por una sociedad desigual.
Una lleva suficiente.
La otra espera conseguir algo.
Una posee tierras.
La otra busca trabajo.
Una piensa dónde almacenar lo que tiene.
La otra calcula cuánto puede comprar.
Una presta.
La otra pide.
Una teme perder parte de su riqueza.
La otra teme no tener suficiente.
Ambas pasan una junto a la otra.
Ambas son parte de Israel.
Ambas tienen familia.
Ambas tienen preocupaciones.
Ambas tienen nombre.
Y ambas viven delante de Dios.
Ése era el mundo que Jesús veía.
Tal vez ésta sea una de las cosas más importantes que Nazaret y Galilea nos permiten contemplar.
Jesús creció viendo diferencias…
pero delante de Él nunca dejaron de existir personas.
El rico seguía siendo una persona.
El pobre también.
El propietario.
El jornalero.
La viuda.
El cobrador.
El endeudado.
El mendigo.
Después, durante su ministerio, lo veremos entrar en casas de personas con recursos.
También lo veremos rodeado de pobres.
Hablará con cobradores de impuestos.
Defenderá a vulnerables.
Advertirá a quienes confían en sus riquezas.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora estamos en Nazaret.
Estamos viendo crecer al muchacho.
Y alrededor de Él hay una sociedad donde unos tienen mucho y otros apenas suficiente.
Donde algunos pueden elegir y otros dependen de que alguien les dé una oportunidad.
Donde una puerta puede separar abundancia de necesidad.
Donde una moneda puede ser insignificante para uno y muy importante para otro.
Jesús vio ese mundo durante años.
Lo observó desde cerca.
Y cuando finalmente comenzó a enseñar, no habló de una humanidad imaginaria.
Habló de propietarios y jornaleros.
De ricos y pobres.
De viudas y administradores.
De acreedores y deudores.
De hombres que construían graneros y de otros que pedían pan.
Porque ésas eran las personas que había visto toda su vida.
Y quizá ahí encontramos una clave para comprender posteriormente su manera de mirar al ser humano:
antes de hablarle a las multitudes, había vivido entre ellas.
No conocía solamente sus diferencias.
Conocía su mundo.
El dueño de todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde algunos tenían mucho y otros casi nada.
Vio al propietario.
Y al jornalero.
Al que podía prestar.
Y al que necesitaba pedir.
Al que tenía reservas para mañana.
Y al que dependía del trabajo de hoy.
Vio viudas.
Mendigos.
Deudores.
Personas que podían elegir y otras que solamente podían esperar una oportunidad.
El Rey de reyes caminó por caminos donde una persona podía llevar abundancia mientras otra se preguntaba si tendría suficiente para comer.
Y antes de hablarles a las multitudes, vivió entre ellas.
Conoció sus diferencias.
Sus preocupaciones.
Sus necesidades.
Y sus rostros.
Y el Verbo se hizo carne y vivió entre ricos y pobres, propietarios y jornaleros, personas que tenían abundancia y otras que luchaban cada día para tener lo necesario.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Mateo 13:3
“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”
Hay palabras de Jesús que nosotros conocemos como parábolas.
Para sus primeros oyentes eran también escenas de la vida.
Un sembrador salió a sembrar.
Un hombre plantó una viña.
Una semilla cayó entre espinos.
Una higuera no produjo fruto.
Un pastor perdió una oveja.
Un rebaño entró en un redil.
Nosotros abrimos la Biblia para encontrarnos con esas imágenes.
Jesús podía encontrarlas simplemente saliendo al campo.

Los sembradores, una parte importante de la economía Galilea
Nazaret pertenecía a un mundo rural.
Alrededor de las poblaciones de Galilea la tierra era trabajada, las estaciones determinaban actividades y una parte considerable de la vida dependía de aquello que pudiera producir el suelo.
Había trigo.
Cebada.
Viñas.
Olivos.
Higueras.
Había rebaños.
Había hombres que sembraban.
Otros podaban.
Otros cosechaban.
Pastores salían con animales y regresaban con ellos.
El paisaje estaba vivo.
Pero vivir de la tierra significaba también depender de algo que no siempre obedecía al hombre.
Se podía trabajar mucho…
y todavía había que esperar.
El campesino conocía una experiencia que nuestras ciudades modernas nos permiten olvidar.
El alimento comienza mucho antes de aparecer sobre una mesa.
Comienza en la tierra.
Y la tierra exige paciencia.
Primero había que preparar.
Después sembrar.
Luego esperar.
La semilla desaparecía.
Eso debía resultar impresionante incluso después de haberlo visto muchas veces.
Algo que podía comerse se colocaba dentro del suelo.
Se cubría.
Y durante un tiempo parecía perdido.
El campesino no podía abrir la tierra cada mañana para comprobar si la semilla estaba haciendo su trabajo.
Tenía que continuar.
Esperar lluvia.
Observar el cielo.
Mirar el terreno.
Y confiar en un proceso que ocurría debajo de sus pies.
Después aparecía algo verde.
Pequeño.
Frágil.
Todavía no era cosecha.
Era solamente una posibilidad.
Y entre aquella pequeña planta y el alimento que algún día podría recogerse todavía podían ocurrir muchas cosas.
Galilea ofrecía tierras productivas, pero el terreno podía variar incluso dentro de una misma zona.
Había suelo bueno.
Había lugares donde la roca se encontraba cerca de la superficie.
Había bordes de caminos endurecidos por el paso.
Había maleza y espinos capaces de competir con lo sembrado.
Eso ayuda a escuchar de otra manera una de las parábolas más conocidas de Jesús.
“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”
—Mateo 13:3.
Parte de la semilla cayó junto al camino.
Otra parte cayó en pedregales.
Otra entre espinos.
Y otra en buena tierra.
Para nosotros son cuatro categorías que hemos escuchado innumerables veces.
Para un campesino eran cuatro problemas que conocía.
El camino endurecido no recibe fácilmente la semilla.
El suelo poco profundo puede permitir un crecimiento rápido, pero la planta carece de profundidad suficiente.
Los espinos compiten.
La buena tierra produce.
Jesús no necesitó inventar un universo extraño para explicar lo que ocurre dentro del corazón humano.
Tomó un campo.
Pensemos en el hombre de la parábola.
Sale llevando semilla.
Cada puñado que esparce tiene valor.
No está arrojando algo inútil.
Está colocando en la tierra parte de aquello de lo que espera obtener una cosecha futura.
Camina.
Esparce.
Avanza.
Vuelve a tomar semilla.
Otra vez.
El movimiento se repite.
Pero después de sembrar llega el límite de su poder.
Puede trabajar la tierra.
Puede sembrar.
Puede cuidar.
Pero no puede ordenar a una semilla:
“Crece.”
No puede fabricar lluvia.
No puede decidir la temperatura.
No puede garantizar que cada planta llegue a la cosecha.
El campesino trabaja precisamente en esa frontera extraña entre lo que puede hacer y lo que no puede controlar.
Quizá por eso la agricultura produjo durante siglos personas extraordinariamente conscientes de su dependencia de Dios.
Se hacía todo lo posible.
Y después había que mirar al cielo.
Entonces llegaba una temporada favorable.
La lluvia había sido suficiente.
El campo respondía.
Las plantas crecían.
Y poco a poco aparecía aquello por lo que se había trabajado durante meses.
La cosecha.
Ahora había otra clase de urgencia.
Lo que había tardado tanto tiempo en crecer tenía que recogerse.
Había que trabajar mientras era el momento.
El campo podía llenarse de actividad.
Personas cortando.
Recogiendo.
Transportando.
Separando.
Guardando.
El cansancio podía ser enorme, pero era un cansancio diferente.
Había algo delante de los ojos.
La tierra había producido.
La familia podía mirar aquello y saber que parte de su futuro estaba allí.
Pero no todas las temporadas terminaban así.
La lluvia podía ser insuficiente.
Una tormenta podía dañar.
Los insectos podían afectar cultivos.
Una planta podía enfermar.
Una producción esperada podía resultar menor.
Y aquí aparece una de las angustias particulares de la vida agrícola:
haber trabajado durante meses y descubrir que el resultado no depende solamente del esfuerzo.
El campesino podía haber hecho su parte.
Haberse levantado temprano.
Trabajado cansado.
Cuidado.
Esperado.
Y aun así recoger menos de lo esperado.
No siempre existe una relación perfecta entre cuánto trabajamos y cuánto recibimos.
Quien vive de la tierra aprende esa verdad muy pronto.
Los cereales formaban una parte esencial de la alimentación.
Trigo y cebada aparecen continuamente en el mundo bíblico porque pertenecían a la vida real de la población.
Antes del pan había grano.
Antes del grano había espigas.
Antes de las espigas había semilla.
Y antes de la semilla había un hombre caminando sobre un campo.
Esto significa que cuando Jesús hablaba de una cosecha, sus oyentes podían pensar también en meses de trabajo.
Cuando hablaba de sembrar, sabían cuánto costaba hacerlo.
Cuando hablaba de trabajadores enviados a un campo, conocían el esfuerzo.
Y cuando decía:
“A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos”
—Mateo 9:37,
la imagen podía verse.
Un campo listo no espera indefinidamente.
Hay momentos en que el trabajo debe hacerse ahora.
También estaban las viñas.
Una viña no era simplemente un terreno donde algo crecía por casualidad.
Requería cuidado.
Preparación.
Protección.
Poda.
Tiempo.
El profeta Isaías había utilizado siglos antes precisamente esa imagen:
“Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas…”
—Isaías 5:1-2.
Despedregar.
Preparar.
Plantar.
Esperar.
Una viña representaba inversión y expectativa.
Por eso podía resultar doloroso que después de todo aquel trabajo el resultado no fuera el esperado.
Jesús crecería escuchando las Escrituras hablar de viñas…
mientras vivía en una tierra donde podía comprender perfectamente el trabajo que representaban.
Palabra y paisaje se encontraban.
También estaban las higueras.
Un árbol puede parecer algo inmóvil.
Pero quien depende de su fruto lo mira de otra manera.
Observa.
¿Está brotando?
¿Tiene hojas?
¿Habrá fruto?
¿Cuándo estará listo?
La persona que nunca ha esperado una cosecha puede mirar un árbol simplemente porque es hermoso.
Quien espera alimento mira también lo que producirá.
Por eso Jesús pudo utilizar posteriormente una higuera para hablar de fruto, de tiempo, de expectativa y de oportunidad.
Sus oyentes no necesitaban una explicación botánica.
Conocían la experiencia de mirar una planta esperando algo de ella.

Esta es una foto real de los árboles de olivo de lo que un día fue el huerto del Getsemaní
El olivo pertenecía profundamente al paisaje y a la economía de la región mediterránea.
Su fruto podía convertirse en aceite.
Y el aceite entraba en múltiples dimensiones de la vida.
Alimento.
Preparación de comidas.
Iluminación.
Usos domésticos.
La aceituna que alguien veía sobre un árbol podía terminar meses después dentro de una lámpara iluminando una casa.
Pero entre ambas cosas había trabajo.
Recoger.
Transportar.
Prensar.
Separar.
Almacenar.
El paisaje que rodeaba a una población no era decoración.
Era parte de la supervivencia.

Y entonces el paisaje comenzaba a moverse.
A cierta distancia podían verse animales.
Ovejas.
Cabras.
Un pastor caminando con ellas.
Quizá para nosotros la imagen resulte tranquila.
Incluso romántica.
Para quien tenía la responsabilidad del rebaño era trabajo.
Los animales necesitaban alimento.
Agua.
Dirección.
Protección.
Había que llevarlos hacia lugares adecuados y evitar que se dispersaran.
El pastor tenía que prestar atención.
Porque una oveja no comprende el valor económico que representa.
No sabe que debe permanecer con el grupo porque pertenece a alguien.
Simplemente puede alejarse.
Y entonces comienza el problema.
Jesús preguntaría después:
“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?”
—Lucas 15:4.
Nosotros conocemos inmediatamente la enseñanza espiritual.
Pero antes de llegar allí debemos sentir la escena.
Falta una.
El pastor cuenta.
Mira otra vez.
Quizá busca entre el grupo.
No está.
Ahora tiene que pensar.
¿Dónde la vio por última vez?
¿Se quedó atrás?
¿Tomó otra dirección?
¿Quedó atrapada?
¿Está herida?
La tarde puede estar avanzando.
Y mientras más tiempo pase, mayor puede ser el peligro.
Entonces hay que regresar.
Buscar.
Caminar nuevamente por lugares que ya se recorrieron.
Escuchar.
Mirar.
Una oveja perdida significaba trabajo adicional, preocupación y riesgo.
Cuando Jesús habló de buscar “hasta encontrarla”, sus oyentes comprendían perfectamente la obstinación del pastor.
No era una búsqueda simbólica para él.
Era su animal.
Pastorear no consistía simplemente en caminar detrás de animales.
Requería experiencia.
Había que conocer rutas.
Fuentes de agua.
Lugares donde podían alimentarse.
Zonas peligrosas.
Cambios del clima.
Había que observar el estado de los animales.
Un animal que comenzaba a quedarse atrás podía necesitar atención.
El pastor aprendía a detectar aquello que una persona sin experiencia quizá no vería.
Y con el tiempo los animales también podían familiarizarse con quien los conducía.
Por eso Jesús diría:
“Las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca.”
—Juan 10:3.
Y después:
“…las ovejas le siguen, porque conocen su voz.”
—Juan 10:4.
La imagen funciona porque parte de una relación real.
Una voz repetida.
Una presencia conocida.
Una rutina aprendida.
La noche cambiaba las condiciones.
Había que proteger a los animales.
Los corrales o rediles proporcionaban un lugar donde reunirlos y disminuir el riesgo.
Podían utilizarse recintos construidos o espacios adaptados según el lugar y las circunstancias.
La entrada tenía importancia.
También la vigilancia.
Jesús hablaría de ladrones.
De salteadores.
Del lobo.
Del asalariado que huye.
Del pastor que permanece.
Para sus oyentes, aquellas palabras no pertenecían a un cuento infantil.
Un animal tenía valor.
Perderlo significaba una pérdida.
Y protegerlo podía exigir exponerse.
Por eso cuando Jesús dijo:
“El buen pastor su vida da por las ovejas”
—Juan 10:11,
llevó una imagen conocida hasta su expresión más profunda.
Aquí aparece una observación extraordinariamente humana.
No todos los que cuidan algo lo aman de la misma manera.
El dueño mira:
“Mis ovejas.”
El trabajador contratado puede mirar:
“Las ovejas que debo cuidar.”
Ambos pueden hacer bien su trabajo.
Pero cuando aparece un peligro grave, la diferencia puede hacerse visible.
Jesús dijo:
“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye…”
—Juan 10:12.
La diferencia no está simplemente en la habilidad.
Está en la relación.
Lo que es mío me duele de otra manera cuando se pierde.
Eso entendía cualquier persona que hubiera cuidado algo propio.
Y aquí las dos partes de este paisaje se unen.
El agricultor tenía que esperar.
El pastor tenía que vigilar.
El agricultor no podía obligar a la semilla a crecer.
El pastor no podía permitir que el rebaño caminara sin dirección.
Uno observaba la tierra.
El otro observaba animales.
Uno conocía el tiempo de sembrar y cosechar.
El otro aprendía cuándo avanzar, detenerse, buscar agua o regresar.
Ambos trabajos requerían algo que nuestra vida moderna frecuentemente intenta eliminar:
permanecer atentos durante mucho tiempo.
No todo sucede inmediatamente.
No todo puede acelerarse.
Hay cosas que solamente se comprenden después de haberlas observado muchas veces.
No necesitamos imaginar una escena particular diciendo que un día Jesús se sentó exactamente junto a determinado sembrador o acompañó a determinado pastor.
No hace falta.
El mundo rural estaba alrededor.
Y después basta escuchar sus enseñanzas.
Un sembrador salió a sembrar.
Una semilla creció.
Un enemigo sembró cizaña.
La mies estaba lista.
Un hombre tenía una viña.
Otro esperaba fruto de una higuera.
Un grano de mostaza comenzó pequeño.
Un pastor perdió una oveja.
Las ovejas conocían una voz.
Un buen pastor protegía su rebaño.
Las imágenes aparecen una y otra vez.
No suenan como observaciones tomadas de un libro.
Suenan a un mundo conocido.
Imagine ahora a uno de sus oyentes regresando a casa después de escucharlo.
Al día siguiente sale nuevamente.
Ve a un hombre sembrando.
Pero ahora ya no ve solamente semilla.
Recuerda:
“El sembrador salió a sembrar…”
Observa un terreno lleno de espinos.
Y recuerda.
Ve un rebaño pasando.
Escucha la voz del pastor.
Y recuerda:
“Las ovejas oyen su voz…”
Un animal se aleja.
Y recuerda al pastor que salió a buscar lo perdido.
Ésa era parte de la extraordinaria fuerza de las enseñanzas de Jesús.
La lección continuaba después de que Él terminaba de hablar.
El mundo se encargaba de repetirla.
Quizá ahora comprendemos mejor por qué Jesús enseñó de aquella manera.
Durante años había vivido rodeado de un mundo que hablaba mediante imágenes.
La semilla desaparecía en la tierra y después producía.
El terreno revelaba lo que podía recibir.
Los espinos ahogaban.
El árbol era conocido por su fruto.
La cosecha llegaba después de una larga espera.
La oveja podía perderse.
El pastor podía buscarla.
El rebaño aprendía una voz.
Todo aquello era vida ordinaria.
Pero cuando Jesús comenzó a enseñar, tomó esas realidades conocidas y abrió dentro de ellas ventanas hacia verdades mucho mayores.
No necesitó alejar a la gente de su mundo para enseñarles acerca de Dios.
Hizo exactamente lo contrario.
Les pidió que miraran mejor el mundo que ya tenían delante.
El campesino podía regresar a su campo.
El pastor a su rebaño.
La mujer podía mirar la semilla.
El trabajador podía observar la cosecha.
Y algo había cambiado.
Porque después de escuchar a Jesús, aquellas cosas podían recordarles algo más.
Nazaret y Galilea habían estado llenas de esas imágenes durante toda su vida.
Jesús las había visto crecer junto con Él.
Campos.
Espinos.
Viñas.
Higueras.
Olivos.
Pastores.
Ovejas.
Cosechas.
Y cuando llegó el momento de hablar del reino de Dios, no buscó un lenguaje reservado para filósofos.
Miró el mundo de las personas que estaban delante de Él.
Y prácticamente les dijo:
Miren otra vez.
Porque una semilla podía hablarles de Dios.
Una cosecha podía hablarles de Dios.
Una oveja perdida podía hablarles de Dios.
Y hasta la voz de un pastor atravesando los campos podía convertirse en una puerta para comprender el corazón del Padre.
El paisaje que Jesús había conocido durante años terminó convirtiéndose en el lenguaje con el que enseñó verdades eternas.
El que hizo producir la tierra aceptó vivir entre quienes tenían que sembrarla y esperar.
Vio al sembrador salir al campo.
La semilla desaparecer bajo la tierra.
Los espinos crecer.
Las viñas producir.
Las cosechas llegar.
Vio rebaños atravesar los campos.
Pastores guiando.
Ovejas siguiendo una voz.
Y alguna que podía perderse.
El Creador de aquel paisaje aceptó contemplarlo durante años con ojos humanos.
Y cuando llegó el momento de hablar del reino de Dios, aquellas imágenes estaban allí.
La semilla.
La cosecha.
La viña.
El pastor.
La oveja.
El paisaje de su vida se convirtió en el lenguaje de sus enseñanzas.
Y el Verbo se hizo carne y vivió rodeado de campos, semillas, cosechas, viñas, pastores y rebaños que un día convertiría en parábolas.Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros
Libro recomendado

Texto clave: Éxodo 20:8-10
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios…”
Había un momento de la semana en que algo cambiaba en Nazaret.
No cambiaban las casas.
No desaparecían los campos.
Las herramientas seguían allí.
Los animales continuaban necesitando atención.
El cuerpo seguía siendo el mismo que había trabajado durante los días anteriores.
Pero llegaba el séptimo día.
Y había que detenerse.
Para nosotros, acostumbrados a fines de semana, vacaciones, horarios laborales y días de descanso establecidos por calendarios civiles, puede ser difícil sentir la profundidad de aquella experiencia.
Para Israel, el sábado no había nacido de una conquista laboral.
No era simplemente tiempo libre.

Guardar el sábado y asistir a la sinagoga era la costumbre de la familia de Jesús
Era un mandamiento.
Dios había ordenado trabajar seis días.
Y Dios había ordenado detenerse el séptimo.
Por eso el sábado no comenzaba cuando una persona terminaba todo lo que quería hacer.
Llegaba aunque todavía quedaran cosas pendientes.
Y quizá allí comenzaba una de sus lecciones más profundas.
Durante seis días el hombre trabajaba sobre el mundo.
En el séptimo tenía que reconocer que el mundo podía continuar sin su trabajo.
El descanso no eliminaba las necesidades de una casa.
La familia seguiría necesitando alimento.
Los objetos utilizados durante la semana seguían allí.
Había actividades que convenía terminar antes.
Por eso el día previo adquiría importancia.
Los Evangelios mismos utilizan la expresión “día de la preparación” para referirse al tiempo anterior al sábado.
Había que pensar por adelantado.
Terminar.
Organizar.
Preparar.
Aquello debía producir una sensación muy particular conforme avanzaba el día.
Todavía había trabajo, pero ahora existía un límite.
El sol no iba a esperar porque algo hubiera quedado pendiente.
Uno podía imaginar la actividad aumentando conforme se acercaba el final de la jornada.
Lo necesario debía quedar dispuesto.
Las personas regresaban.
Las labores ordinarias llegaban a su fin.
Y poco a poco el ritmo de la población comenzaba a cambiar.
No porque hubiera sonado una sirena.
Porque estaba cayendo el sol.
Para una sociedad sin relojes en las muñecas ni teléfonos indicando cada minuto, el cielo seguía marcando la vida.
La luz disminuía.
Las sombras se alargaban.
El día terminaba.
Y comenzaba el sábado.
Quizá ésta sea la parte que nosotros comprendemos menos.
Descansar cuando todo está terminado es relativamente fácil.
Pero casi nunca está todo terminado.
Siempre existe algo más que podría hacerse.
Otra reparación.
Otro trabajo.
Otra tarea.
Otra oportunidad para producir.
Otro asunto que resolver.
El sábado colocaba un límite.
Hasta aquí.
Las herramientas podían quedar donde estaban.
El campo tendría que esperar.
El trabajo pendiente seguiría pendiente.
Y para una familia que dependía del esfuerzo cotidiano, detenerse era también un acto de confianza.
Porque trabajar un día más podía parecer productivo.
Había alimento que conseguir.
Cosechas que atender.
Negocios que realizar.
Necesidades que cubrir.
Pero el mandamiento no decía:
“Descansa cuando puedas permitírtelo.”
Decía:
“El séptimo día es reposo para Jehová tu Dios.”
Había que soltar.
Quien trabaja mucho conoce lo difícil que puede ser hacerlo.
El cuerpo se sienta…
pero la mente continúa trabajando.
“Me faltó aquello.”
“Mañana debería…”
“Podría haber terminado…”
El sábado enseñaba a detener también esa carrera.
Durante unas horas, el valor de una persona no dependería de cuánto pudiera producir.
Hay un detalle extraordinario en el mandamiento.
El descanso no era solamente para el jefe de la casa.
Éxodo dice:
“…no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia…”
—Éxodo 20:10.
El padre descansaba.
Pero también el hijo.
La hija.
El siervo.
La criada.
Incluso los animales utilizados para el trabajo.
Deuteronomio añade una explicación profundamente humana:
“…para que descanse tu siervo y tu criada como tú.”
—Deuteronomio 5:14.
Como tú.
En una sociedad desigual, aquellas dos palabras tenían una fuerza enorme.
El hombre con recursos no podía decir:
“Yo descansaré; tú continúa trabajando para mí.”
Había un límite colocado por Dios incluso sobre el derecho de exigir trabajo a otro.
El sábado llegaba también para el que servía.
Para el trabajador.
Para quien estaba bajo autoridad.
Durante seis días podían existir enormes diferencias sociales.
Pero el séptimo recordaba que todos eran criaturas.
Y las criaturas necesitan detenerse.
Pensemos ahora en la experiencia física.
Después de varios días de trabajo, despertar sabiendo que aquella jornada sería diferente debía sentirse.
No había que comenzar exactamente la misma rutina.
El hombre acostumbrado a tomar sus herramientas podía dejarlas.
El cuerpo que había cargado, caminado, cortado, sembrado, construido o transportado podía disminuir el esfuerzo.
Las manos descansaban.
La espalda descansaba.
Los pies descansaban.
Para alguien que trabajaba físicamente seis días, eso no era una idea teológica abstracta.
El descanso se sentía en el cuerpo.
Quizá había músculos doloridos de la semana.
Alguna molestia en las manos.
Cansancio acumulado.
Y ahora no había que volver inmediatamente a exigirles lo mismo.
El sábado decía al cuerpo:
Hoy no.
Y quizá por unas horas una persona podía descubrir cuánto cansancio llevaba encima precisamente porque finalmente se había detenido.
Eso nos ocurre todavía.
Hay veces que solamente cuando descansamos descubrimos lo agotados que estábamos.
La familia tenía que comer.
Pero el día no debía convertirse en otra jornada ordinaria de trabajo doméstico.
Por eso parte de la preparación anterior tenía sentido.
No necesitamos inventar para la familia de Jesús un menú específico ni trasladar hacia ella todas las costumbres sabáticas documentadas en épocas posteriores.
Basta comprender lo esencial.
Había alimento.
Había familia.
Había tiempo.
Y algo que durante la semana podía hacerse apresuradamente podía ahora experimentarse de otra manera.
Comer sin tener que regresar inmediatamente al trabajo cambia una comida.
Uno puede permanecer.
Hablar.
Escuchar.
Los niños están allí.
Los adultos también.
No todos tienen que salir corriendo hacia una obligación.
Para una familia numerosa, seguramente seguía existiendo movimiento.
Los niños no dejaban de ser niños porque fuera sábado.
Podía haber ruido.
Conversaciones.
Pequeñas diferencias.
Cansancio.
La santidad del día no convertía una casa humana en una escena perfecta.
Pero el ritmo era otro.
Había tiempo para estar.
Ya hemos entrado anteriormente en ella, por lo que no necesitamos repetir cómo funcionaba.
Aquí basta recordar una frase de Lucas:
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre…”
—Lucas 4:16.
El sábado tenía una dimensión comunitaria y religiosa.
La Escritura era escuchada.
La comunidad se reunía.
Israel recordaba quién era y quién era su Dios.
Pero sería un error reducir todo el sábado a la asistencia a la sinagoga.
El día era más grande que la reunión.
Era tiempo apartado.
Desde su comienzo hasta su final, el ritmo ordinario había sido interrumpido.
Aquí necesitamos hacer una pausa histórica importante.
Cuando hoy estudiamos el sábado judío encontramos una tradición enormemente rica y detallada.
El judaísmo rabínico desarrolló extensas discusiones acerca de qué constituía trabajo, qué estaba permitido, qué estaba prohibido y cómo debía observarse el día.
Muchas de esas tradiciones son fundamentales para comprender el judaísmo posterior.
Pero no podemos tomar automáticamente todo ese desarrollo y colocarlo dentro de la casa de José y María como si pudiéramos demostrar que cada práctica posterior se observaba exactamente de la misma manera en Nazaret durante la infancia de Jesús.
En los días de Jesús ya existían interpretaciones y debates acerca de la observancia del sábado.
Los propios Evangelios lo demuestran.
Pero el judaísmo del siglo primero no debe reconstruirse simplemente copiando hacia atrás toda la codificación rabínica de siglos posteriores.
Para nuestra historia es suficiente permanecer sobre terreno firme:
el sábado era santo.
Se descansaba del trabajo ordinario.
La comunidad se reunía.
Las Escrituras ocupaban un lugar central.
Y el día pertenecía a Dios.
Eso ya transforma completamente la semana.
Deuteronomio añade otra razón para guardarlo.
Israel debía recordar:
“Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá…”
—Deuteronomio 5:15.
Esto cambia el significado del descanso.
Israel había sido un pueblo esclavo.
Y el esclavo conoce una realidad terrible:
su tiempo no le pertenece.
Otro decide cuándo trabaja.
Otro decide cuándo termina.
Otro obtiene el beneficio de su esfuerzo.
Pero Dios había sacado a Israel de Egipto.
Ahora, una vez por semana, el pueblo entero detenía su trabajo.
El descanso se convertía también en memoria de libertad.
Ya no eran esclavos de Faraón.
Tenían un Dios que podía ordenarles trabajar…
y también un Dios que podía ordenarles descansar.
Qué diferencia con los dioses que solamente exigen.
El Dios de Israel había colocado descanso dentro de su ley.
Ahora podemos mirar nuevamente hacia Nazaret.
Una semana.
Después otra.
Y otra.
Seis días.
Sábado.
Seis días.
Sábado.
Años enteros marcados por ese ritmo.
Jesús conoció la experiencia de trabajar…
y detenerse.
De hacer…
y dejar de hacer.
De producir…
y descansar.
De reunirse con su pueblo.
De escuchar las Escrituras.
De compartir el tiempo con la familia.
El sábado no apareció repentinamente en su vida cuando comenzó su ministerio.
Lucas puede escribir “conforme a su costumbre” porque pertenecía al mundo en el que había crecido.
Y precisamente por eso resulta tan significativo lo que ocurrirá después.
Durante su ministerio surgirán conflictos acerca del sábado.
Sus discípulos arrancarán espigas.
Jesús sanará.
Algunos observarán.
Otros acusarán.
Se discutirá qué puede hacerse y qué no.
Pero cuando eso ocurra, debemos recordar algo.
Jesús no estará hablando como un extranjero que desprecia una tradición que no conoce.
Habrá vivido el sábado durante toda su vida.
Conocerá su mandamiento.
Su propósito.
Su lugar dentro de Israel.
Por eso podrá llevar la discusión hasta el corazón mismo del asunto:
“El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.”
—Marcos 2:27.
Qué frase tan extraordinaria después de pensar en el trabajador cansado.
En el jornalero.
En la madre de familia.
En el siervo.
En el animal de trabajo.
En el hombre que lleva seis días usando su cuerpo para producir.
El sábado fue hecho por causa del hombre.
Dios conocía la necesidad humana de detenerse.
Finalmente el día comenzaba a terminar.
La luz cambiaba otra vez.
Habían pasado horas sin la rutina habitual.
El cuerpo había descansado.
La familia había compartido tiempo.
La comunidad se había reunido.
Las Escrituras habían sido escuchadas.
Pero el sábado no detenía el mundo para siempre.
Llegaba su final.
Y delante estaba nuevamente la vida.
Las herramientas seguían donde habían quedado.
El campo seguía allí.
Había cosas pendientes.
Volverían las responsabilidades.
Otra semana comenzaría.
Pero algo había ocurrido.
Durante un día entero, Israel había hecho algo profundamente contrario a la ansiedad humana:
había dejado de producir.
Y el mundo no había terminado.
La tierra había seguido girando.
Las semillas habían continuado debajo del suelo.
Los árboles habían permanecido en los campos.
Dios había seguido siendo Dios.
Tal vez ésa sea una de las imágenes más hermosas de la vida que Jesús conoció en Nazaret.
Durante seis días las manos trabajaban.
Y cada séptimo día se abrían.
Soltaban las herramientas.
Dejaban lo pendiente.
Descansaban.
No porque ya no hubiera nada por hacer.
Sino porque existía algo más importante que hacer:
recordar que el hombre no fue creado solamente para trabajar.
Había sido creado también para Dios.
Y así, semana tras semana, Nazaret volvía a detenerse.
Hasta que caía nuevamente el sol.
Entonces comenzaba otra semana.
Y otra vez se escuchaban pasos.
Herramientas.
Animales.
Trabajo.
La vida continuaba.
Pero seis días después volvería a llegar el sábado.
Y otra vez, por mandato de Dios,
habría que soltarlo todo.
El que había establecido el sábado para Israel, vino a vivir entre nosotros y lo guardó.
El que había ordenado al hombre detener sus manos y recordar a Dios, también dejó las herramientas al llegar el séptimo día.
El Señor del sábado conoció el descanso del sábado.
Entró en la sinagoga.
Escuchó las Escrituras.
Compartió aquel día con su familia y con su pueblo.
No observó desde el cielo la vida que había ordenado a Israel.
Descendió y vivió dentro de ella.
El Legislador se hizo hombre.
El Señor entró en el calendario de su pueblo.
El eterno aceptó vivir contando días y semanas.
Y el que era Señor del sábado, guardó el sábado entre nosotros.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
El que había establecido el sábado para Israel vino a vivir dentro de él.
El que había ordenado trabajar seis días y detenerse el séptimo también aceptó detener sus manos.
Llegaba el sábado.
Las herramientas quedaban.
El trabajo esperaba.
El cuerpo descansaba.
La familia tenía tiempo.
La comunidad se reunía.
Las Escrituras eran escuchadas.
El Legislador se hizo hombre.
El Señor entró en el calendario de su pueblo.
El Eterno aceptó vivir contando días y semanas.
Y durante años, cada séptimo día, el Señor del sábado vivió aquello que Él mismo había dado a Israel.
Y el Verbo se hizo carne y guardó entre nosotros el sábado que Él mismo había establecido.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

Texto clave: Lucas 2:41
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”
Nosotros dividimos el año de muchas maneras.
Meses.
Cumpleaños.
Vacaciones.
Inicio de clases.
Fechas familiares.
Días de trabajo.
Celebraciones.
Hay acontecimientos que esperamos durante semanas y otros que sabemos que regresarán cuando llegue determinada época.
Israel también vivía dentro de un calendario.
Pero aquel calendario hacía algo extraordinario:
contaba una historia.
Cuando llegaba determinada fecha, el pueblo recordaba.
Cuando llegaba otra, celebraba.
En otra daba gracias.
Había días de descanso.
Sacrificios.
Ofrendas.
Peregrinaciones.
Comidas.
Familias reuniéndose.
Jerusalén recibiendo multitudes.
El año no transcurría simplemente como una sucesión de días.
Una y otra vez, el calendario llevaba al israelita hacia las obras de Dios.
Y Jesús creció dentro de ese calendario.
Un niño aprende el año de una manera distinta a un adulto.
Quizá todavía no comprende calendarios complicados, pero sabe perfectamente cuándo se acerca algo importante.
Escucha hablar a los mayores.
Observa preparativos.
Percibe cambios.
“Ya falta poco.”
“Tenemos que preparar esto.”
“Este año iremos…”
La expectativa comienza antes de que llegue la fecha.
Eso debió formar parte también de la experiencia de los niños judíos.
Las fiestas no aparecían repentinamente.
Se aproximaban.
Y algunas significaban algo extraordinario para una familia de Galilea:
había que viajar.
La Torá había establecido tres grandes fiestas de peregrinación: la fiesta de los panes sin levadura, asociada con la Pascua; la fiesta de las semanas; y la fiesta de los tabernáculos.
“Tres veces cada año aparecerá todo varón tuyo delante de Jehová el Señor…”
—Éxodo 23:17.
Para una familia que vivía lejos de Jerusalén, esas palabras tenían consecuencias prácticas.
Dios había colocado lugares, tiempos y movimiento dentro del calendario de Israel.

De todas aquellas celebraciones, una debió poseer una fuerza extraordinaria.
La Pascua.
Su historia comenzaba siglos atrás, en Egipto.
Israel había sido esclavo.
Faraón no quería dejarlo salir.
Entonces llegó aquella noche.
El cordero.
La sangre.
La comida preparada con urgencia.
Los panes sin levadura.
Y finalmente la salida.
“Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones…”
—Éxodo 12:14.
Observe las palabras:
“en memoria.”
Cada generación debía recordar algo que le había ocurrido a una generación anterior.
El niño que había nacido siglos después del éxodo crecía dentro de la historia de un pueblo que decía:
Dios nos sacó de Egipto.
Dios nos libertó.
Dios hizo de nosotros un pueblo.
La Pascua impedía que la libertad se convirtiera simplemente en un dato antiguo.
Había que volver a contarla.
Para una familia común, una fiesta religiosa también significaba cosas extraordinariamente prácticas.
Había que organizarse.
Pensar en alimentos.
Preparar lo necesario.
Interrumpir actividades ordinarias.
Y si había viaje, la preparación aumentaba.
¿Qué llevaremos?
¿Qué necesitamos para el camino?
¿Cuánto tardaremos?
¿Con quién viajaremos?
¿Está todo preparado?
Una peregrinación no comenzaba cuando se divisaban los muros de Jerusalén.
Comenzaba días antes dentro de la casa.
Y Lucas nos proporciona un detalle precioso acerca de la familia de Jesús:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”
—Lucas 2:41.
Todos los años.
No una vez.
No solamente en el episodio de Jesús a los doce años.
Lucas describe una práctica habitual de José y María.
Eso significa que dentro del calendario familiar había una fecha que regresaba y que exigía prepararse nuevamente.
Pascua.
Jerusalén.
Otra vez el camino.

Aquí debemos abandonar nuestras comodidades modernas.
No había automóvil.
No había carretera asfaltada.
No había una maleta con ruedas deslizándose por el suelo.
Había que recorrer una distancia considerable desde Galilea.
Caminar.
Organizar provisiones.
Encontrar lugares donde descansar.
Viajar con otras personas ofrecía compañía y mayor seguridad.
El camino significaba horas sobre los pies.
Polvo.
Sol.
Cansancio.
Conversaciones.
Paradas.
Dormir fuera de la propia casa.
Levantarse y continuar.
Los adultos podían comprender por qué lo hacían.
Para un niño, además, el viaje debió ser una experiencia.
Salir de Nazaret.
Ver otros lugares.
Encontrar viajeros.
Escuchar diferentes voces.
Observar cómo los caminos recibían más personas conforme se acercaban a Jerusalén.
Porque no era solamente una familia viajando.
Israel estaba subiendo.
Imagine el camino.
Al principio quizá un grupo conocido.
Familiares.
Vecinos.
Personas de poblaciones cercanas.
Después aparecen otros.
Más adelante otros grupos.
Todos llevan una dirección semejante.
Jerusalén.
La sensación debía crecer conforme avanzaban.
Lo que en Nazaret era una celebración conocida ahora comenzaba a sentirse como algo mucho mayor.
Israel no era solamente la pequeña comunidad donde Jesús había crecido.
Había judíos procedentes de otros lugares.
Había diferentes acentos.
Diferentes historias familiares.
Personas que jamás se habían visto.
Pero cuando llegaba la fiesta, compartían una memoria.
Todos pertenecían a la misma historia.
Para alguien acostumbrado a una población como Nazaret, Jerusalén debía producir una impresión difícil de olvidar.
La ciudad.
Las construcciones.
Las multitudes.
Y sobre todo:
el templo.
El templo de Jerusalén durante los días de Jesús era una construcción monumental.
Herodes el Grande había iniciado una enorme ampliación del complejo décadas antes.
Para un niño que había crecido entre las construcciones sencillas de Galilea, contemplarlo debía representar un contraste enorme.
Piedra.
Escalinatas.
Patios.
Sacerdotes.
Peregrinos.
Animales destinados al sacrificio.
Movimiento.
Olores.
Oraciones.
Una multitud mucho mayor de la que podía encontrarse normalmente en Nazaret.
Y en medio de todo aquello estaba una historia que Jesús había escuchado desde pequeño.
El Dios de Israel.
La Pascua.
La liberación.
La alianza.
Jerusalén hacía visible una dimensión de su pueblo que Nazaret por sí sola no podía mostrar.
Después estaba Shavuot, la fiesta de las semanas, que en el mundo griego llegaría a ser conocida como Pentecostés.
La Torá la relacionaba con el ciclo agrícola y las primicias.
“Siete semanas contarás; desde que comenzare a meterse la hoz en las mieses comenzarás a contar las siete semanas.”
—Deuteronomio 16:9.
Aquí el calendario de Dios se encontraba directamente con el campo.
Había sembrado.
Había esperado.
Había llegado la cosecha.
Y ahora había que reconocer algo:
la tierra había producido, pero Israel no debía olvidar de quién procedía finalmente la provisión.
El hombre podía trabajar.
Podía sembrar.
Podía cosechar.
Pero no había creado la tierra.
No había creado la semilla.
No había creado la lluvia.
No había creado el sol.
Por eso la cosecha podía convertirse en gratitud.
La fe de Israel no ocurría solamente cuando algo iba mal.
También enseñaba qué hacer cuando algo había salido bien:
dar gracias.
Después llegaba una de las fiestas más visuales del calendario.
La fiesta de los Tabernáculos.
La Torá ordenaba:
“En tabernáculos habitaréis siete días…”
—Levítico 23:42.
Y explicaba por qué:
“Para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto.”
—Levítico 23:43.
Israel tenía casas.
Pero durante aquella celebración debía recordar un tiempo en que no las tuvo.
Había familias establecidas.
Campos.
Propiedades.
Poblaciones.
Sin embargo, una vez al año la celebración les hacía mirar hacia atrás.
Hubo un tiempo en que nuestros padres vivieron en el desierto.
Hubo un tiempo en que no tenían una ciudad.
No tenían campos establecidos.
No sabían dónde estarían después.
Dependían de Dios.
Qué extraordinaria manera de combatir una ilusión profundamente humana:
pensar que porque ahora tenemos algo, siempre lo hemos tenido y siempre lo tendremos.
Durante unos días, la memoria de Israel regresaba a la fragilidad.
Quizá aquí encontramos una de las partes más humanas del calendario.
Los adultos comprendían doctrina, historia y mandamientos.
Los niños primero experimentaban.
Veían.
Probaban.
Escuchaban.
Preguntaban.
¿Por qué hacemos esto?
¿Por qué comemos esto?
¿Por qué viajamos?
¿Por qué dejamos nuestra casa?
¿Por qué Jerusalén está llena de gente?
¿Por qué ofrecemos esto?
¿Por qué celebramos?
La Torá había anticipado precisamente esa clase de pregunta.
Respecto de la Pascua decía:
“Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis…”
—Éxodo 12:26-27.
Eso es extraordinario.
Dios había diseñado una celebración capaz de provocar preguntas.
El niño veía algo diferente.
Preguntaba.
Y entonces el padre contaba la historia.
La fe pasaba de una generación a otra no solamente mediante una explicación formal.
También mediante experiencias que hacían preguntar:
“¿Por qué hacemos esto?”
El calendario de Israel incluía además otras convocaciones y celebraciones.
El día de Expiación ocupaba un lugar singular de solemnidad y humillación delante de Dios.
La fiesta de las Trompetas marcaba otra santa convocación.
Y para el siglo primero también existían celebraciones surgidas de acontecimientos posteriores de la historia judía.
Entre ellas estaba la fiesta de la Dedicación, Hanukkah.
Sabemos directamente que Jesús conocía aquella celebración porque Juan escribe:
“Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.”
—Juan 10:22-23.
También estaba Purim, que recordaba la liberación narrada en el libro de Ester.
No todas las fiestas tenían el mismo origen ni las mismas obligaciones.
Pero juntas producían algo extraordinario:
el año tenía memoria.
Ésta quizá sea la idea central.
Nosotros normalmente pensamos que aprendemos mediante palabras.
Israel también aprendía mediante el tiempo.
Llegaba Pascua:
recuerda la liberación.
Llegaban las semanas:
agradece la provisión.
Llegaban los Tabernáculos:
recuerda el desierto.
Llegaba el día de Expiación:
humíllate delante de Dios.
Llegaban otras celebraciones:
recuerda lo que Dios hizo en nuestra historia.
Después el año terminaba.
Y comenzaba otro.
Y las fiestas regresaban.
Otra Pascua.
Otra cosecha.
Otros Tabernáculos.
Los niños del año anterior habían crecido.
Los ancianos estaban un año más viejos.
Quizá alguien que había celebrado con la familia el año anterior ya no estaba.
Habían nacido otros niños.
Y nuevamente se contaba la historia.
Así sobrevivía la memoria.
Esto es importante para nuestra serie.
Jesús no apareció a los treinta años dentro de una sociedad religiosa que desconocía.
Había crecido dentro de Israel.
Su vida había estado marcada por sus semanas y también por sus años.
Sábado tras sábado.
Fiesta tras fiesta.
Pascua tras Pascua.
Lucas nos permite mirar especialmente esta última:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén…”
Podemos imaginar lo que significa la palabra años.
Cuando era pequeño, el camino debía parecer enorme.
Después lo conoció mejor.
Algunas partes comenzaron a resultarle familiares.
Sabía que después de determinado lugar venía otro.
Reconocía caminos.
Paisajes.
Paradas.
Jerusalén dejaba de ser solamente una ciudad de la que hablaban las Escrituras.
Él había estado allí.
Y cada año era diferente porque Él también estaba creciendo.
Ésta es otra experiencia que todos conocemos.
Podemos escuchar la misma historia a diferentes edades y descubrir que ya no significa lo mismo.
De niño vemos acontecimientos.
Después comprendemos sacrificios.
Más tarde entendemos pérdidas.
Responsabilidades.
Dolor.
Una historia no cambió.
Nosotros cambiamos.
Así también las fiestas podían acompañar el crecimiento.
Un niño podía disfrutar el viaje.
Un muchacho comenzar a comprender su significado.
Un adulto sentir el peso de preparar a su propia familia.
El calendario permanecía.
La persona crecía dentro de él.
Y Jesús también creció.
Lucas dice:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
—Lucas 2:52.
Mientras crecía, las fiestas regresaban.
Aquí debemos detenernos.
Porque si avanzamos demasiado entraremos en otra historia.
Años después, Jesús volvería a Jerusalén durante la Pascua.
Sus discípulos estarían con Él.
La ciudad volvería a llenarse.
Se prepararían los panes sin levadura.
Las familias recordarían nuevamente la salida de Egipto.
Pero aquella Pascua tendría un significado que sus discípulos todavía no alcanzaban a comprender.
No llegaremos allí todavía.
Nuestro Jesús sigue en Nazaret.
Todavía estamos contemplando los años de crecimiento.
Por ahora basta mirar el calendario de aquella familia.
Seis días y sábado.
Semanas.
Meses.
Estaciones.
Cosechas.
Fiestas.
Y nuevamente otro año.
Pascua.
Pentecostés.
Tabernáculos.
Otras convocaciones y memorias de Israel.
Después comenzaba nuevamente el ciclo.
Pero no era simplemente repetición.
Cada fiesta volvía a colocar delante de una nueva generación la misma pregunta:
¿Recuerdas lo que Dios hizo?
Y así, año tras año, Jesús creció dentro de un pueblo que había aprendido a colocar su historia en el calendario.
El tiempo no solamente pasaba.
El tiempo recordaba.
Una fiesta hablaba de libertad.
Otra de provisión.
Otra de dependencia.
Otra de perdón y reconciliación.
Y cuando llegaba nuevamente la Pascua, una familia de una pequeña población de Galilea comenzaba a prepararse.
José.
María.
Sus hijos.
El camino esperaba.
Jerusalén estaba lejos.
Habría que caminar.
Habría cansancio.
Habría multitudes.
Pero volverían.
Porque aquella historia también era la historia de su pueblo.
Y entre los miembros de aquella familia caminaba Jesús.
El niño que año tras año escuchaba cómo Dios había libertado a Israel.
El muchacho que veía los sacrificios.
El joven que conocía las Escrituras.
El hombre que algún día daría a aquellas antiguas celebraciones una profundidad que sus propios discípulos apenas comenzarían a comprender.
Pero todavía no.
Por ahora dejémoslo caminar con su familia hacia Jerusalén.
Porque antes de que las fiestas de Israel aparecieran en su ministerio,
habían formado parte del calendario de su vida.
El que había establecido las fiestas de Israel entró en el calendario de su pueblo y las vivió entre ellos.
El que había ordenado recordar la liberación de Egipto, celebró la Pascua.
El que había establecido los tiempos, aceptó vivir sujeto al tiempo.
El eterno contó días, semanas y años.
El que había dado a Israel sus fiestas, caminó con su familia hacia Jerusalén para celebrarlas.
Vio los peregrinos.
Entró en la ciudad.
Contempló el templo.
Escuchó las Escrituras y participó de la memoria de su pueblo.
Pero había algo que los demás todavía no podían comprender.
Aquel a quien muchas de aquellas celebraciones finalmente señalaban caminaba entre ellos.
El Legislador había entrado en la historia de los que recibieron la Ley.
El Dios de Israel vivía ahora como un israelita.
El que había dado las fiestas…
vino a celebrarlas con su pueblo.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
Desde Galilea existían diferentes posibilidades para dirigirse hacia Judea, y los Evangelios muestran que Jesús llegó a atravesar también territorio samaritano. Lucas relata expresamente una ocasión en que, dirigiéndose hacia Jerusalén, entró en una aldea de samaritanos.
Pero hay otra ruta que aparece con una fuerza extraordinaria en los Evangelios:
el camino relacionado con el valle del Jordán, Jericó y la subida final hacia Jerusalén.
Era un camino que Jesús conocía.
En su último viaje hacia Jerusalén, después de anunciar a sus discípulos:
“He aquí subimos a Jerusalén…”
—Lucas 18:31,
el relato lo conduce hacia Jericó.
Allí encuentra al ciego junto al camino.
Después entra en Jericó.
Allí aparece Zaqueo.
Y desde aquella región continúa finalmente hacia Jerusalén.
Jericó no aparece accidentalmente en el relato.
Era una puerta natural para quien se aproximaba a Jerusalén desde el valle del Jordán.
Y desde allí comenzaba una de las partes más exigentes del viaje:
subir hacia las montañas de Judea.
Hay otra evidencia todavía más hermosa.
Cuando Jesús quiso contar la historia que nosotros conocemos como el buen samaritano, escogió un camino concreto:
“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó…”
—Lucas 10:30.
No dijo simplemente:
“Un hombre viajaba.”
Mencionó Jerusalén.
Mencionó Jericó.
Y mencionó también un peligro que sus oyentes podían comprender:
“…cayó en manos de ladrones…”
Era un camino real.
Una geografía real.
Un peligro comprensible.
Sacerdotes y levitas podían recorrer aquella ruta porque Jericó estaba vinculada también con población sacerdotal relacionada con Jerusalén.
Jesús utiliza el camino con una naturalidad que revela cuánto pertenecía al mundo conocido por Él y por sus oyentes.
Por eso, al reconstruir las peregrinaciones desde Galilea, podemos contemplar seriamente esta ruta.
Desde Nazaret, los viajeros podían dirigirse hacia el valle del Jordán, avanzar hacia el sur y llegar finalmente a la región de Jericó.
Y entonces comenzaba la subida.
Aquí el viaje cambiaba.
Jericó se encuentra profundamente hundida en el valle del Jordán, mientras Jerusalén está situada en las montañas de Judea.
Eso significa que el peregrino no solamente tenía kilómetros por delante.
Tenía que subir.
Y subir después de varios días caminando no debía sentirse igual que comenzar descansado.
El paisaje se hacía más árido.
El terreno ascendía.
Los pies llevaban kilómetros acumulados.
Las piernas ya habían trabajado durante días.
Pero ahora ocurría algo psicológico que cualquier viajero comprende:
Jerusalén estaba cerca.
Quizá el cuerpo estaba más cansado que al salir de Nazaret.
Pero la meta comenzaba a sentirse.
Paso a paso, la elevación aumentaba.
Jericó iba quedando atrás.
El camino continuaba entre las montañas de Judea.
Y precisamente en este trayecto que después Jesús utilizaría para hablar del hombre herido, del sacerdote, del levita y del samaritano, generaciones de viajeros conocieron lo que significaba avanzar entre ambas ciudades.
Entonces comprendemos mejor una expresión bíblica que hemos leído tantas veces:
“Subieron a Jerusalén.”
No era solamente una manera religiosa de hablar.
Había que subir.
No podemos afirmar qué ocurrió en cada viaje particular de la infancia de Jesús.
Pero Lucas sí nos dice algo extraordinario:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”
—Lucas 2:41.
Todos los años.
Eso significa caminos repetidos.
Paisajes que dejaban de ser desconocidos.
Lugares que comenzaban a resultar familiares.
Un niño puede hacer una ruta una vez y mirar todo con sorpresa.
Pero cuando vuelve a hacerla…
y después otra vez…
empieza a conocerla.
Sabe que todavía falta.
Reconoce lugares.
Recuerda dónde fue difícil la vez anterior.
Comienza a comprender las distancias.
Y cuando años después Jesús habló de caminos, viajeros, ladrones, sacerdotes, levitas y personas que iban de Jerusalén a Jericó, no estaba construyendo sus enseñanzas sobre una geografía imaginaria.
Hablaba de un mundo real.
Un mundo de caminos que había recorrido.
El que había escogido a Jerusalén como ciudad de su templo aceptó recorrer los caminos para llegar hasta ella.
El que había creado las montañas de Judea las subió con sus propios pies.
El que hizo el valle del Jordán caminó por aquella tierra.
El que conocía cada piedra del camino aceptó sentir la distancia paso a paso.
El eterno supo lo que significaba mirar hacia adelante y descubrir que todavía faltaba camino.
Y cuando llegó a Jericó, Jerusalén todavía estaba arriba.
Había que subir.
El Señor del templo no apareció repentinamente dentro de sus atrios.
Llegó como peregrino.
Caminando.
Cansándose.
Avanzando con los demás.
Subiendo hacia la ciudad donde su pueblo iba a encontrarse con Dios.
Y había algo que los peregrinos que caminaban junto a Él todavía no podían comprender:
el Dios que buscaban en Jerusalén caminaba por el mismo camino que ellos.
El que había dicho a Israel que subiera a celebrar delante de Él…
ahora subía con Israel.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
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Texto clave: Salmo 122:2-3
“Nuestros pies estuvieron
dentro de tus puertas, oh Jerusalén.
Jerusalén, que se ha edificado
como una ciudad que está bien unida entre sí.”
Después de varios días de camino, Jerusalén aparecía.
Y para alguien que venía de Nazaret, el contraste debía ser enorme.
Atrás quedaba una pequeña población de Galilea.
Casas sencillas.
Campos.
Senderos conocidos.
Rostros que se repetían todos los días.
Delante estaba una ciudad.
No necesitamos imaginar lo que Jesús pensó la primera vez que la contempló.
Basta mirar lo que estaba delante de sus ojos.
Murallas.
Puertas.
Torres.
Edificios.
Calles.
Soldados.
Comerciantes.
Sacerdotes.
Animales.
Peregrinos.
Y elevándose sobre todo aquel mundo, el enorme complejo del Templo.
Jesús había llegado a Jerusalén.

Nazaret no podía preparar completamente a un niño para aquello.
En una pequeña población, la escala de la vida es humana.
Uno puede reconocer a buena parte de quienes encuentra.
Sabe dónde vive determinada familia.
Conoce los caminos.
Reconoce voces.
Sabe quién trabaja en qué.
Jerusalén era diferente.
Especialmente durante una fiesta.
Allí aparecían rostros desconocidos constantemente.
Personas llegadas de Judea.
Galilea.
Otras regiones.
Y judíos procedentes incluso de lugares mucho más lejanos.
Se escuchaban diferentes maneras de hablar.
Había personas mejor vestidas que otras.
Campesinos.
Artesanos.
Comerciantes.
Personas con recursos.
Personas pobres.
Ancianos.
Niños.
Peregrinos cansados que finalmente habían llegado.
Y todos tenían que moverse dentro de un espacio limitado por la ciudad y sus accesos.
Para alguien acostumbrado al ritmo de Nazaret, aquello debía sentirse inmediatamente.
Más gente.
Más ruido.
Más movimiento.
Más de todo.
Antes de entrar, Jerusalén ya hablaba mediante su arquitectura.
Las murallas no eran decoración.
En el mundo antiguo significaban defensa.
Seguridad.
Poder.
Había puertas por donde entraban personas, animales y mercancías.
Había torres.
Había estructuras militares.
Jerusalén no se parecía a una pequeña población rural extendida sobre las colinas.
Era una ciudad protegida.
Y también una ciudad políticamente sensible.
Judea estaba bajo dominio romano.
En los días de la infancia de Jesús, la situación política experimentó cambios importantes tras la muerte de Herodes el Grande; más adelante Judea quedaría bajo administración romana directa.
La presencia del poder imperial formaba parte del mundo de Jerusalén.
No era solamente la ciudad santa.
Era también una ciudad vigilada.
Durante las grandes fiestas, cuando enormes cantidades de judíos se reunían allí, esa vigilancia adquiría todavía mayor importancia para las autoridades.
Religión y política caminaban muy cerca una de la otra.
Entrar significaba pasar del camino abierto al movimiento de una ciudad.
Había que avanzar entre personas.
Animales.
Cargas.
Mercancías.
Alguien quería pasar.
Otro se detenía.
Una familia intentaba permanecer junta.
Un animal podía bloquear momentáneamente el paso.
Alguien llamaba a otra persona.
Un comerciante ofrecía algo.
Un peregrino preguntaba.
Otro sabía exactamente hacia dónde dirigirse porque había estado allí muchas veces.
El suelo recibía miles de pasos.
Y durante las fiestas, Jerusalén tenía que absorber a una población temporal mucho mayor que la que habitualmente vivía dentro de ella.
Eso significaba presión.
Había que encontrar alojamiento.
Había que conseguir alimento.
Había que comprar determinadas cosas.
Había animales relacionados con los sacrificios.
Había intercambio de dinero.
Había necesidades prácticas producidas simplemente por la presencia de tanta gente.
La peregrinación era una experiencia religiosa.
Pero los peregrinos seguían necesitando comer.
Dormir.
Comprar.
Preguntar.
Pagar.
Encontrar a su familia.
Lo sagrado ocurría en medio de una ciudad real.

Y aquí el contraste con Nazaret alcanzaba otra dimensión.
El Templo que Jesús conoció había sido transformado monumentalmente por el enorme proyecto de Herodes el Grande.
No debemos imaginar solamente un edificio.
El complejo ocupaba una enorme plataforma sostenida y ampliada mediante obras extraordinarias de ingeniería y construcción.
Grandes muros de contención.
Patios.
Pórticos.
Escalinatas.
Entradas.
Espacios destinados a diferentes funciones.
Y piedras de dimensiones que todavía hoy impresionan.
Jesús conocía el mundo de la construcción.
Había crecido en una región donde la piedra formaba parte de la vida.
Pero aquí la piedra había sido llevada a una escala monumental.
Años después, sus propios discípulos todavía reaccionarían ante aquello.
Marcos registra que uno de ellos le dijo:
“Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.”
—Marcos 13:1.
Eso nos permite comprender algo.
El Templo impresionaba.
No solamente por lo que significaba religiosamente.
También por lo que se veía.
El tamaño.
La arquitectura.
La piedra.
La altura.
La cantidad de personas.
Todo comunicaba importancia.

Nazaret tenía sinagoga.
Jerusalén tenía Templo.
La diferencia era enorme.
En la sinagoga podían leerse y explicarse las Escrituras, orar y reunirse como comunidad.
En Jerusalén estaba el sistema sacerdotal relacionado con el Templo.
Sacerdotes.
Levitas.
Sacrificios.
Ofrendas.
Purificaciones.
Turnos de servicio.
Actividades que no formaban parte de la experiencia ordinaria de una pequeña sinagoga galilea.
Las vestiduras también diferenciaban funciones.
Había orden.
Jerarquía.
Áreas a las que determinadas personas podían acceder y otras a las que no.
Todo aquello podía verse.
Y también podía escucharse.
Porque el Templo no era silencioso.
Había voces.
Oraciones.
Movimiento.
Animales.
Pasos.
Instrucciones.
Personas entrando y saliendo.
Durante una gran fiesta, la experiencia debía ser intensa.
Para nosotros resulta difícil recuperar esta parte de la experiencia porque vivimos muy lejos culturalmente del sacrificio animal.
Pero para el judaísmo del Templo formaba parte visible de la vida religiosa.
Los animales llegaban vivos.
Eran inspeccionados.
Eran llevados a los lugares correspondientes.
Los sacerdotes realizaban el servicio establecido.
Había sangre.
Fuego.
Humo.
Olores.
El sacrificio no era una palabra escrita en un libro de teología.
Se veía.
Se escuchaba.
Se olía.
Costaba algo.
Un animal que tenía valor dejaba de pertenecer a quien lo había llevado.
En la Pascua, esta realidad adquiría una dimensión todavía mayor por la cantidad de peregrinos y sacrificios vinculados con la celebración.
Jesús creció viendo una religión que involucraba el cuerpo y los sentidos.
Había que caminar hasta Jerusalén.
Había que presentarse.
Había que llevar.
Había que ofrecer.
La fe de Israel estaba escrita en las Escrituras, pero también estaba construida en piedra y representada mediante actos que podían contemplarse.
Donde llegan miles de personas aparecen necesidades.
Y donde existen necesidades aparece comercio.
Jerusalén no era una excepción.
Los peregrinos necesitaban alimentos.
Alojamiento.
Animales.
Productos.
Servicios.
Y para determinadas obligaciones relacionadas con el Templo también existían necesidades monetarias concretas.
Por eso el dinero circulaba.
Había compradores.
Vendedores.
Cambistas.
Personas que podían hacer buenos negocios durante las fiestas.
Aquí comenzaban a convivir dos realidades que años después aparecerían con enorme fuerza en el ministerio de Jesús:
adoración y comercio.
No necesitamos adelantarnos todavía al episodio de la purificación del Templo.
Llegaremos a él en su momento.
Por ahora basta observar.
El niño y después el joven que llegaba desde Nazaret podía ver que alrededor del lugar más sagrado de Israel también existía una economía.
Personas ganaban dinero.
Personas gastaban dinero.
Algunas tenían mucho.
Otras contaban cuidadosamente lo poco que llevaban.
Y dentro de aquella misma ciudad podían encontrarse tanto la magnificencia como la necesidad.
Jerusalén tenía otra característica que Nazaret no poseía en la misma escala.
El poder vivía allí.
Poder religioso.
Poder económico.
Poder político.
El Templo tenía autoridades.
Había familias sacerdotales de enorme influencia.
Existían dirigentes y grupos con distintas interpretaciones religiosas y diferentes grados de autoridad social.
Y sobre todos ellos se extendía una realidad que ningún judío podía olvidar:
Roma.
El imperio estaba presente.
Los impuestos lo recordaban.
Las monedas podían recordarlo.
Los soldados lo recordaban.
Las decisiones políticas lo recordaban.
Israel adoraba al Dios de Abraham, Isaac y Jacob…
pero vivía bajo dominio extranjero.
Durante las grandes fiestas, esa tensión no desaparecía.
Podía intensificarse.
Miles de judíos llegaban a la ciudad para recordar su identidad, su historia y la intervención de Dios en favor de su pueblo.
Y al mismo tiempo el poder romano sabía perfectamente cuántas personas estaban reunidas.
Jerusalén era santa.
Pero no era políticamente inocente.
Quizá solamente cuando conocemos algo grande comprendemos realmente lo pequeño que era nuestro mundo.
Nazaret tenía unos cuantos cientos de habitantes.
Jerusalén podía reunir durante las fiestas multitudes procedentes de muchos lugares.
Nazaret tenía construcciones sencillas.
Jerusalén tenía edificios monumentales.
Nazaret tenía una sinagoga.
Jerusalén tenía el Templo.
Nazaret vivía principalmente del trabajo rural y artesanal.
Jerusalén concentraba sacerdocio, comercio, peregrinación, administración y poder.
En Nazaret, Jesús podía conocer muchos de los rostros que encontraba.
En Jerusalén podía caminar entre miles de personas que jamás volvería a ver.
Eran dos mundos.
Y Jesús conoció ambos.
No solamente el campo.
También la ciudad.
No solamente al trabajador.
También a quienes tenían autoridad.
No solamente la pequeña economía de una población galilea.
También el comercio que acompañaba a las grandes concentraciones humanas.
No solamente una sinagoga local.
También el Templo de Jerusalén.
Después de algunos días, algo comenzaba a cambiar nuevamente.
Los peregrinos se preparaban para regresar.
Las familias recogían sus cosas.
Los grupos comenzaban a salir.
Las mismas puertas que habían recibido multitudes empezaban a despedirlas.
Jerusalén quedaba atrás.
Y comenzaba otra vez el camino.
Para la familia de Jesús significaba regresar a Galilea.
Días de marcha.
Finalmente las colinas conocidas.
Después Nazaret.
La casa.
El trabajo.
La rutina.
La enorme ciudad quedaba lejos.
Pero al año siguiente volverían.
Lucas lo dijo con una frase que ahora comienza a adquirir un peso diferente:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén…”
—Lucas 2:41.
Jesús no conoció Jerusalén solamente cuando comenzó su ministerio.
La ciudad había formado parte de su mundo desde mucho antes.
Había visto sus murallas.
Había caminado entre sus multitudes.
Había entrado en el Templo.
Había visto sacerdotes.
Sacrificios.
Comercio.
Riqueza.
Autoridad.
Peregrinos.
Y después había regresado nuevamente a la pequeña Nazaret.
Año tras año.
El que había escogido a Jerusalén entró por sus puertas como uno más entre los peregrinos.
El que había dado instrucciones acerca del Templo caminó por sus patios.
El que había establecido el sacerdocio vio a los sacerdotes realizar su servicio.
El que había ordenado los sacrificios contempló cómo eran ofrecidos.
El que era adorado en aquel lugar llegó acompañado por José, María y los demás peregrinos.
Y nadie tuvo que detener la ciudad porque Dios acababa de entrar.
Los comerciantes continuaron vendiendo.
Los sacerdotes continuaron sirviendo.
Los peregrinos continuaron caminando.
Los soldados continuaron vigilando.
La multitud siguió moviéndose.
Y entre ella estaba Él.
El Señor del Templo contempló el Templo.
El Rey entró en su ciudad sin cortejo real.
El Dios de Israel caminó entre Israel sin exigir que las multitudes abrieran paso delante de Él.
El que llenaba los cielos aceptó perderse entre miles de rostros humanos.
Eso también fue la encarnación.
No solamente hacerse hombre.
Sino entrar verdaderamente en nuestro mundo.
Caminar por nuestras calles.
Ver nuestras desigualdades.
Escuchar nuestro ruido.
Moverse entre nuestras multitudes.
Y ocupar un lugar entre nosotros.
Jerusalén podía contemplar un Templo magnífico y pensar en la presencia de Dios.
Pero durante aquellos días ocurrió algo que la ciudad todavía no comprendía:
Aquel a quien el Templo señalaba había entrado por sus puertas.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”
—Juan 1:14.
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