29. Cuando apareció el hambre

Dr. Elio M. Rivera

  Pocas imágenes muestran con tanta crudeza El imperio de la muerte como un ser humano que no tiene qué comer.

  El cuerpo comienza a consumir sus propias reservas.

  Aparece debilidad.

  Se pierde peso.

  Disminuyen las fuerzas.

  El organismo comienza a deteriorarse.

  Y si el alimento no llega, finalmente puede llegar la muerte.

  Pero hay algo profundamente extraño en todo esto.

  Vivimos en un planeta que produce alimento.

  La tierra puede dar fruto.

  Los árboles producen.

  Los animales se reproducen.

  Existen mares, ríos, semillas y campos.

  Entonces surge nuevamente nuestra pregunta:

¿Fue el hambre parte del mundo que Dios diseñó?

Así era al principio: Dios alimentó al hombre antes de que tuviera hambre

  Cuando Dios creó a Adán no esperó a que apareciera para después preguntarse cómo alimentarlo.

  La provisión estaba allí antes que el hombre.

  Dios dijo:

«He aquí que os he dado toda planta que da semilla… y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.»

Génesis 1:29, RVR1960.

  Observe el orden.

  Primero Dios preparó.

  Después colocó al hombre.

  Adán abrió los ojos en medio de la provisión de su Padre.

  No conocía escasez.

  No conocía hambrunas.

  No tenía miedo de lo que comería mañana.

  Había sido creado como hijo dentro de la abundancia de Dios.

  El hambre no pertenecía al Reino de la vida.

Cuando conseguir alimento se convirtió en una lucha

  Después de la caída algo cambió incluso en la relación del hombre con la tierra:

«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»

Génesis 3:17, RVR1960.

  Y posteriormente encontramos sequías, pérdidas de cosechas, guerras, opresión, pobreza y hambre.

  La Biblia contiene incluso relatos estremecedores de ciudades sitiadas donde la falta de alimento llevó a situaciones inimaginables.

  El hombre creado en un jardín de abundancia había entrado en un mundo donde tendría que luchar por sobrevivir.

  Pero El imperio de la muerte hizo todavía algo peor.

  No solamente apareció la escasez.

  Apareció también un corazón humano capaz de contemplar el hambre de otro y permanecer indiferente.

  Mientras uno acumulaba, otro podía morir de hambre.

  Aquello jamás había formado parte del diseño original.

Jesucristo no solamente habló del hambre: ejerció autoridad sobre ella

  Aquí encontramos algo extraordinario.

  Cuando Jesucristo entró en El imperio de la muerte, no apareció simplemente como un hombre compasivo realizando buenas obras.

  Entró como el Hijo de Dios.

  Y cuando encontró a una multitud hambrienta, sus discípulos vieron inmediatamente las limitaciones humanas.

  Había demasiadas personas.

  Muy poco alimento.

  Muy poco dinero.

  Felipe hizo los cálculos:

«Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.»

Juan 6:7, RVR1960.

  Esa era la matemática humana.

  Miles de personas.

  Cinco panes.

  Dos peces.

  No alcanza.

  Pero Jesús no estaba limitado a los recursos que los discípulos podían contar.

  Tomó lo que había.

  Dio gracias.

  Lo repartió.

  Y ocurrió lo imposible.

«Y comieron todos, y se saciaron…»

Mateo 14:20, RVR1960.

  No comieron solamente un poco.

Se saciaron.

  Y todavía sobró.

  Frente a la escasez, Cristo manifestó la abundancia del Reino de Dios.

Y después entregó autoridad a sus discípulos

  Aquí debemos tener cuidado de no reducir el cristianismo únicamente a solidaridad humana.

  Por supuesto que debemos alimentar al hambriento.

  Debemos compartir.

  Debemos ayudar.

  Debemos administrar generosamente lo que Dios coloca en nuestras manos.

  Santiago pregunta:

«Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?»

Santiago 2:15-16, RVR1960.

  Las buenas obras importan.

  Pero no constituyen todo lo que somos.

  Jesucristo no llamó a sus discípulos solamente a convertirse en personas caritativas.

  Les dio autoridad.

«Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad…»

Mateo 10:1, RVR1960.

  Y cuando envió a los setenta, ellos regresaron sorprendidos por lo que había ocurrido:

«Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.»

Lucas 10:17, RVR1960.

  Cristo había comenzado a formar sobre la tierra una comunidad de hombres y mujeres que no solamente contemplarían las consecuencias de El imperio de la muerte.

  Representarían otro Reino dentro de él.

No somos simplemente víctimas del imperio

  Esto cambia completamente nuestra posición.

  El creyente no mira el hambre pensando solamente:

«Ojalá pudiera hacer algo.»

  Somos hijos de Dios.

  Oramos al Padre.

  Pedimos provisión.

  Confiamos en su poder.

  Ejercemos en el nombre de Jesucristo la autoridad que Él ha concedido a sus discípulos, conforme a su voluntad.

  Y al mismo tiempo utilizamos todo recurso que Dios coloca en nuestras manos.

  Oramos y alimentamos.

  Creemos y compartimos.

  Ejercemos autoridad espiritual y trabajamos.

  Pedimos milagros y abrimos nuestras despensas.

  Porque no existe contradicción entre el poder de Dios y nuestras acciones.

  Los panes y los peces estaban en manos humanas.

  Pero cuando fueron colocados en las manos de Cristo, ocurrió algo que las posibilidades humanas no podían producir.

Cristo es la esperanza: el hambre pertenece a un reino derrotado

  Jesús enseñó a sus discípulos a orar:

«El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.»

Mateo 6:11, RVR1960.

  Seguimos dependiendo del Padre.

  Pero no como huérfanos abandonados dentro de un mundo hostil.

  Somos hijos.

  Pablo escribió:

«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…»

Romanos 8:17, RVR1960.

  Por eso nuestra respuesta frente al hambre no puede limitarse a la impotencia.

  Cuando encontramos necesidad podemos actuar con compasión, pero también con fe.

  Podemos compartir nuestros recursos.

  Podemos producir alimento.

  Podemos sostener familias.

  Podemos alimentar comunidades.

  Podemos orar por provisión sobrenatural.

  Podemos esperar que Dios intervenga.

  Podemos poner lo poco que tenemos en las manos de Cristo y creer que Él sigue siendo mayor que nuestra escasez.

  Porque El imperio de la muerte dice:

«No hay suficiente.»

  Pero el Reino de Dios nos recuerda una escena completamente diferente:

  Cinco panes.

  Dos peces.

  Miles de personas.

  Todos comieron.

  Todos se saciaron.

  Y todavía sobró.

  El hambre no estaba en el Edén y no estará en el mundo restaurado.

  Mientras tanto, nosotros no somos simples espectadores atrapados entre ambos mundos.

Somos hijos del Reino de la vida viviendo todavía dentro de El imperio de la muerte.

  Y allí donde este imperio diga escasez, nuestra misión no es solamente llevar ayuda.

  Es llevar también fe, autoridad, provisión y la presencia del Rey cuyo Reino jamás conocerá el hambre.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.