30. Cuando la culpa de todo lo malo la tiene Dios

Dr. Elio M. Rivera

  Llegamos a una de las paradojas más dolorosas de El imperio de la muerte.

  El hombre se alejó de Dios.

  Rechazó su gobierno.

  Eligió su propio camino.

  Construyó guerras.

  Explotó al débil.

  Corrompió gobiernos.

  Destruyó familias.

  Cometió injusticias.

  Contaminó relaciones.

  Derramó sangre.

  Y después, contemplando las consecuencias de un mundo separado de su Creador, levantó los ojos al cielo y preguntó:

«Dios, ¿por qué hiciste esto?»

  Y quizá ésta sea una de las mayores victorias de El imperio de la muerte:

no solamente distorsionó al hombre.

También distorsionó la imagen que el hombre tiene de Dios.

Así era al principio: Dios era la fuente de todo lo bueno

  Cuando abrimos Génesis, no encontramos a Dios produciendo sufrimiento.

  Lo encontramos creando:

  luz.

  vida.

  orden.

  belleza.

  alimento.

  abundancia.

  compañía.

  propósito.

  familia.

  comunión.

  Y al terminar su obra:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960

  Ése era el mundo que Dios había diseñado.

  No había cementerios.

  No había hospitales llenos de enfermos.

  No había guerras.

  No había niños abandonados.

  No había viudas llorando a sus esposos.

  No había hambre producida por guerras y corrupción.

  No había trata de personas.

  No había cárceles.

  No había abuso.

  No había miedo.

  No había muerte.

  Si queremos saber cómo era el mundo cuando solamente estaba presente el diseño de Dios, no necesitamos imaginarlo.

  Génesis nos lo dice:

«bueno en gran manera».

Entonces, ¿qué ocurrió?

  Dios advirtió al hombre que apartarse de Él tendría consecuencias.

«…porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.»

Génesis 2:17, RVR1960

  Pero apareció otra voz.

  La serpiente dijo:

«No moriréis.»

Génesis 3:4, RVR1960

  En esencia, el hombre tuvo que decidir:

¿Quién dice la verdad acerca de la vida?

  Eligió desobedecer a Dios.

  Y ocurrió exactamente aquello que Dios había advertido.

  Entró el pecado.

  Entró la separación.

  Y con el pecado:

entró la muerte.

«…el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  Dios no había mentido.

  Había:

advertido.

Pero después comenzamos a culpar precisamente a quien nos advirtió

  Imagine a un padre diciendo a su hijo:

  «No hagas eso porque te destruirá.»

  El hijo responde:

  «Haré lo que yo quiera.»

  Lo hace.

  Sufre las consecuencias.

  Y después acusa al padre:

«Mira lo que me hiciste».

  Algo parecido ocurrió con la humanidad.

  Dios dijo:

«Este camino conduce a la muerte».

  Nosotros tomamos ese camino.

  Y cuando encontramos muerte en él, preguntamos:

«¿Por qué Dios permite que exista la muerte?»

  Nos apartamos de la fuente de la vida…

  y después culpamos a la fuente de la vida porque:

estamos muriendo.

El imperio de la muerte deformó el rostro de Dios

  Ésta es una de las consecuencias más terribles de la caída.

  Dios comienza a aparecer ante la mente humana como:

  distante.

  indiferente.

  cruel.

  castigador.

  responsable de enfermedades.

  responsable de tragedias.

  responsable de guerras.

  responsable del hambre.

  responsable del sufrimiento.

  Y cuando ocurre algo terrible escuchamos:

«¿Por qué Dios me hizo esto?»

  Pero debemos aprender a preguntar:

¿Realmente lo hizo Dios?

  ¿Dios golpeó a esa mujer?

  ¿Dios abandonó a ese niño?

  ¿Dios robó ese dinero?

  ¿Dios aceptó aquel soborno?

  ¿Dios condujo borracho?

  ¿Dios disparó el arma?

  ¿Dios comenzó aquella guerra?

  ¿Dios explotó al trabajador?

  ¿Dios fue infiel?

  ¿Dios abusó de aquel pequeño?

  No.

  Muchísimo sufrimiento humano tiene detrás:

decisiones humanas.

  Y otra parte ocurre porque vivimos dentro de una creación que, como ya vimos, está sometida a corrupción y gime esperando su restauración.

  Pablo escribió:

«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.»

Romanos 8:22, RVR1960

  No vivimos todavía en Génesis 1.

  Vivimos en:

un mundo caído.

La primera acusación contra Dios apareció desde el principio

  Después de pecar, Adán respondió:

«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.»

Génesis 3:12, RVR1960

  Observe cuidadosamente.

  Adán no dijo solamente:

  «La mujer.»

  Dijo:

«La mujer que me diste».

  La responsabilidad comenzaba a desplazarse.

  Yo comí…

  pero tú me diste a la mujer.

  La tendencia humana ya estaba allí:

buscar a quién responsabilizar por nuestra propia decisión.

  Y finalmente hasta Dios puede terminar sentado:

en el banquillo de los acusados.

Preguntamos dónde estaba Dios, pero pocas veces preguntamos dónde estaba el hombre

  Cuando vemos una guerra preguntamos:

«¿Dónde está Dios?»

  Pero ¿dónde estaba el hombre cuando decidió comenzarla?

  Cuando vemos hambre preguntamos:

«¿Dónde está Dios?»

  Pero ¿dónde estamos nosotros cuando sobra alimento en un lugar mientras otro ser humano no tiene qué comer?

  Cuando vemos corrupción preguntamos:

«¿Por qué Dios permite esto?»

  Pero alguien recibió el soborno.

  Alguien robó.

  Alguien mintió.

  Alguien decidió guardar silencio.

  Cuando un niño es abandonado preguntamos dónde estaba Dios.

  Pero también deberíamos preguntar:

¿dónde estaban quienes tenían la responsabilidad de amarlo y protegerlo?

  Esto no responde cada misterio del sufrimiento humano.

  Hay dolores cuyas causas particulares no conocemos y tragedias que no podemos atribuir honestamente a una decisión específica.

  Pero sí destruye una acusación demasiado sencilla:

«Todo lo malo que ocurre es culpa de Dios».

Si queremos saber cómo es Dios, miremos a Jesucristo

  Aquí llegamos a algo extraordinario.

  El hombre tenía una imagen distorsionada de Dios.

  Entonces Dios hizo algo maravilloso:

se dejó ver.

  Jesús dijo:

«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…»

Juan 14:9, RVR1960

  Entonces miremos a Jesús.

  ¿Qué hizo cuando encontró enfermos?

Los sanó.

  ¿Qué hizo cuando encontró hambrientos?

Los alimentó.

  ¿Qué hizo cuando encontró a una madre llorando porque su hijo había muerto?

Le devolvió a su hijo.

  ¿Qué hizo cuando encontró a Lázaro muerto?

Lloró y lo llamó fuera de la tumba.

  ¿Qué hizo cuando encontró personas atormentadas?

Las libertó.

  ¿Qué hizo cuando una tormenta amenazaba a sus discípulos?

La reprendió.

  ¿Qué hizo con pecadores que se acercaron buscando misericordia?

Los recibió.

  Jesús no caminó por Galilea produciendo miseria.

  Caminó:

destruyéndola.

Jesús nos mostró de qué lado está Dios

  Pedro resumió el ministerio de Cristo diciendo:

«…Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Hechos 10:38, RVR1960

  Qué declaración.

  Jesús:

«anduvo haciendo bienes».

  Ésa es una imagen de Dios muy diferente de la que El imperio de la muerte intenta presentarnos.

  Jesucristo vino a mostrarnos que Dios no contempla con placer nuestro sufrimiento.

  Vino a:

  sanar.

  liberar.

  perdonar.

  restaurar.

  alimentar.

  rescatar.

  devolver esperanza.

  Y finalmente:

dar su propia vida.

El acusado terminó pagando por los acusadores

  Aquí la historia alcanza algo difícil de comprender.

  La humanidad culpó a Dios.

  Se rebeló contra Dios.

  Se escondió de Dios.

  Desobedeció a Dios.

  Construyó un mundo profundamente herido lejos de Dios.

  ¿Y qué hizo Dios?

  No nos abandonó.

  Vino:

a buscarnos.

«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»

Lucas 19:10, RVR1960

  El Dios al que tantas veces responsabilizamos por nuestro dolor…

  entró personalmente en nuestro dolor.

  Permitió ser rechazado.

  Golpeado.

  Escupido.

  Humillado.

  Clavado en una cruz.

  Y murió para rescatar:

a quienes se habían apartado de Él.

  Qué paradoja.

  Sentamos a Dios en el banquillo y lo acusamos de destruir nuestro mundo…

  mientras Dios estaba preparando:

el rescate de quienes lo destruyeron.

Tal vez hemos estado mirando a Dios con el rostro equivocado

  Después de todo lo que hemos recorrido en esta serie, quizá debemos volver a la pregunta inicial:

¿Es Dios realmente el culpable de que nuestro mundo esté así?

  Miremos nuevamente el Edén.

  Miremos lo que Dios creó.

  Miremos lo que el pecado produjo.

  Miremos lo que nosotros hemos hecho unos con otros.

  Y finalmente:

miremos a Jesús.

  Allí encontramos el corazón del Padre.

  No un Dios disfrutando de nuestra miseria.

  Sino un Dios entrando en ella para:

rescatarnos.

  El imperio de la muerte consiguió que el hombre mirara las ruinas y acusara al Creador.

  Pero Jesucristo vino a corregir aquella imagen.

  Y cuando lo contemplamos, comenzamos a descubrir algo extraordinario:

Dios no es el enemigo del hombre.

  Es quien vino a buscarlo.

  Quien lloró con él.

  Quien sanó sus heridas.

  Quien cargó con su pecado.

  Quien venció la muerte.

  Y quien abrió nuevamente:

el camino de regreso a casa.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.