Dr. Elio M. Rivera
El pecado no solamente cambió el mundo que rodeaba al hombre.
Cambió también:
el mundo que llevaba dentro.
Después de la caída encontramos al ser humano experimentando miedo, vergüenza, culpa, enojo, celos, angustia, tristeza, soledad y desesperanza.
El hombre puede estar rodeado de personas…
y sentirse solo.
Puede tener una casa…
y no encontrar descanso.
Puede tener dinero…
y vivir angustiado.
Puede sonreír delante de todos…
mientras por dentro está:
quebrado.
¿Cómo llegó hasta aquí?
Así era al principio: un mundo interior en paz
Es difícil imaginar cómo era la experiencia emocional de Adán y Eva antes del pecado.
No conocían el trauma.
No habían perdido a nadie.
Nadie los había rechazado.
No habían sufrido abandono.
No tenían recuerdos dolorosos.
No temían enfermar.
No tenían miedo a morir.
No existía culpa por errores del pasado ni ansiedad por un futuro incierto.
Vivían en comunión con Dios, consigo mismos, entre ellos y con la creación.
La Biblia describe algo extraordinario:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
No había nada que esconder.
No había necesidad de aparentar.
No había máscaras.
No había vergüenza.
El hombre podía simplemente:
ser.
Entonces algo se quebró
Después del pecado, la Biblia registra inmediatamente cambios emocionales.
Adán dijo:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
Observe lo que apareció:
miedo.
Después aparece vergüenza.
Ocultamiento.
Culpa.
Acusación.
Y muy pronto, en Caín, encontramos otra tormenta interior.
«Entonces Caín se ensañó en gran manera, y decayó su semblante.»
Génesis 4:5, RVR1960
Ahora aparecen enojo, frustración y resentimiento.
El mundo exterior apenas comenzaba a quebrarse…
pero el mundo interior del hombre:
ya estaba herido.
Las emociones comenzaron a convertirse en tormento
Las emociones forman parte de nuestra capacidad humana y no son malas en sí mismas.
Jesús lloró.
Sintió compasión.
Experimentó tristeza.
Se indignó.
El problema no es sentir.
El problema es que en un mundo caído nuestras emociones pueden ser heridas, desordenadas y llevadas hasta convertirse en:
tormento.
El miedo puede transformarse en una prisión.
La tristeza puede apagar el deseo de levantarse.
La culpa puede perseguirnos durante años.
La vergüenza puede hacernos esconder quiénes somos.
El enojo puede convertirse en resentimiento.
La pérdida puede dejar un vacío que parece imposible llenar.
La ansiedad puede hacernos sufrir hoy por algo que quizá nunca ocurrirá mañana.
Y una herida sufrida hace veinte años puede continuar produciendo lágrimas:
hoy.
El hombre comenzó a cargar historias dentro de sí
A medida que avanzó la historia humana, comenzaron a acumularse heridas.
Abandono.
Traición.
Humillación.
Infidelidad.
Fracaso.
Pérdidas.
Palabras que nunca debieron pronunciarse.
Personas que debieron quedarse y se fueron.
Personas que prometieron amar y terminaron lastimando.
Y aunque el acontecimiento termine…
su recuerdo puede permanecer.
El cuerpo está en el presente…
pero una parte de la mente puede continuar viviendo:
en el momento donde fue herida.
Ésa es una de las crueldades del mundo caído.
Hay heridas que ocurren una sola vez…
pero emocionalmente pueden doler:
mil veces.
Así vivimos ahora
Nuestra sociedad ha aprendido a esconder mucho del dolor interior.
Preguntamos:
«¿Cómo estás?»
Y automáticamente respondemos:
«Bien.»
Pero detrás de muchas puertas existen personas luchando con:
ansiedad.
miedo.
soledad.
culpa.
resentimiento.
vacío.
desesperanza.
Algunas trabajan.
Atienden negocios.
Cuidan familias.
Predican.
Enseñan.
Sonríen.
Sirven.
Pero cuando llega la noche y todo queda en silencio…
regresa aquello que llevan:
por dentro.

No culpemos a Dios por el mundo emocional que nosotros quebramos
A veces alguien pregunta:
«Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanto sufrimiento emocional?»
Pero Dios no creó:
el abandono.
la traición.
el abuso.
la infidelidad.
la violencia.
la humillación.
el rechazo.
la muerte.
Muchas de las heridas que cargamos fueron producidas por vivir en un mundo donde seres humanos heridos:
también hieren a otros.
El pecado produce dolor…
y el dolor no sanado puede producir más dolor.
Así una herida puede pasar de una generación a otra.
Un padre herido hiere a su hijo.
Ese hijo crece herido.
Después puede herir a sus propios hijos.
Y el sufrimiento continúa.
Eso tampoco fue el diseño original.
Jesús entró también en el mundo emocional del hombre
Una de las cosas más hermosas de Jesucristo es que no trató a las personas como máquinas espirituales.
Vio su dolor.
Frente a la tumba de Lázaro:
«Jesús lloró.»
Juan 11:35, RVR1960
En Getsemaní dijo:
«Mi alma está muy triste, hasta la muerte…»
Mateo 26:38, RVR1960
Cristo conoce el sufrimiento humano.
Pero no solamente vino para comprenderlo.
Vino también para:
restaurar.
Isaías había anunciado acerca de Él:
«Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón…»
Isaías 61:1, RVR1960
Qué descripción tan hermosa.
No solamente cuerpos enfermos.
También:
corazones quebrantados.
La restauración puede comenzar aquí y ahora
El Evangelio no nos dice simplemente:
«Aguanta hasta llegar al cielo.»
Jesucristo puede comenzar a restaurar nuestro interior:
ahora.
Puede enseñarnos a perdonar.
Puede liberarnos de culpa.
Puede romper cadenas de miedo.
Puede sanar recuerdos.
Puede devolver esperanza.
Puede enseñarnos nuevamente a confiar.
Puede darnos paz aun mientras las circunstancias todavía están cambiando.
Jesús dijo:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
El mundo quebrado entró en nuestro corazón.
Pero Cristo también puede entrar:
allí.
El imperio de la muerte produjo seres humanos capaces de sonreír mientras lloraban por dentro.
Pero Jesucristo vino a buscar precisamente:
a los quebrantados de corazón.
Porque Dios no solamente quiere restaurar algún día el mundo que nos rodea.
Quiere comenzar a restaurar también:
el mundo que llevamos dentro.
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