El poder no es malo en sí mismo.
Dios mismo dio autoridad al ser humano desde el principio.
Le permitió administrar.
Organizar.
Cultivar.
Gobernar sobre la creación.
Tomar decisiones.
Ejercer responsabilidad.
Pero después de la caída ocurrió algo peligroso.
El hombre ya no solamente quiso administrar.
Comenzó a querer:
controlar.
Ya no solamente quiso dirigir.
Quiso someter.
Ya no solamente quiso servir desde una posición de autoridad.
Quiso utilizar la autoridad para elevarse sobre otros.
Y entonces el poder comenzó a convertirse en:
dominio.
A partir de allí, la historia humana comenzó a llenarse de reyes, imperios, dictadores, ejércitos, sistemas, estructuras, familias e incluso relaciones personales en las que alguien utilizó su posición para hacer sentir a otro:
«Yo mando sobre ti».
Ésa es una de las expresiones más antiguas de El imperio de la muerte.
Así era al principio: autoridad para cuidar, no para aplastar
Cuando Dios creó al ser humano, le dijo:
«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra…»
Génesis 1:26, RVR1960
Y después:
«…llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
Génesis 1:28, RVR1960
Aquello era autoridad.
Pero no era autoridad autónoma.
El hombre no era dueño absoluto de la creación.
Era administrador bajo Dios.
La tierra seguía perteneciendo al Creador.
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Por lo tanto, la autoridad humana debía ejercerse bajo una autoridad superior.
El hombre gobernaba…
pero Dios seguía siendo Rey.
Y eso establecía un límite fundamental:
no puedo utilizar el poder como si todo me perteneciera.
La autoridad original implicaba responsabilidad.
Cuidar.
Cultivar.
Ordenar.
Proteger.
Desarrollar.
Administrar bien aquello que Dios había colocado en nuestras manos.
El poder debía producir:
vida.

Esto fue lo que hicimos: convertimos autoridad en superioridad
El pecado introdujo orgullo.
Competencia.
Ambición.
Deseo de reconocimiento.
Deseo de posesión.
Y entonces la autoridad comenzó a cambiar de significado.
En lugar de preguntar:
«¿Cómo puedo servir con lo que Dios me dio?»
el hombre comenzó a preguntar:
«¿Cómo puedo utilizar esto para elevarme?»
Ése es el punto donde el poder se corrompe.
Cuando dejamos de verlo como responsabilidad…
y comenzamos a verlo como:
privilegio sobre los demás.
Entonces aparecen frases como:
«Yo decido.»
«Yo mando.»
«Aquí se hace lo que yo digo.»
«Tú no tienes opción.»
«Yo tengo el poder.»
Y cuando una persona cree que su posición le concede derecho absoluto sobre otros, el siguiente paso puede ser:
la opresión.
Babel: cuando los hombres quisieron hacerse un nombre
Uno de los primeros grandes cuadros bíblicos de poder humano concentrado aparece en Babel.
Los hombres dijeron:
«Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre…»
Génesis 11:4, RVR1960
Observe aquella expresión:
«hagámonos un nombre».
No:
«Glorifiquemos a Dios.»
No:
«Administremos bien la tierra.»
No:
«Sirvamos a otros.»
Sino:
«hagámonos un nombre».
La ambición humana comenzaba a organizarse.
Ciudad.
Proyecto.
Concentración.
Unidad alrededor de la grandeza humana.
Babel no es solamente la historia de una torre.
Es la historia de algo que se repetirá una y otra vez:
el hombre concentrando poder para exaltarse a sí mismo.
Después vendrán imperios.
Tronos.
Monumentos.
Conquistas.
Ejércitos.
Palacios.
Y nombres de hombres grabados sobre ciudades construidas muchas veces con el trabajo y sufrimiento de otros.
El poder puede comenzar a necesitar personas debajo
Ésta es una de sus perversiones más peligrosas.
Cuando el poder se convierte en identidad, alguien necesita sentirse:
por encima.
Pero para estar por encima…
alguien tiene que quedar:
debajo.
Entonces el poder puede comenzar a alimentarse de jerarquía.
Necesito subordinados.
Necesito obediencia.
Necesito reconocimiento.
Necesito que otros sepan quién manda.
Necesito controlar la conversación.
La casa.
El dinero.
La empresa.
La iglesia.
La comunidad.
El país.
Y cuanto más poder obtiene una persona, mayor puede ser la tentación de confundir:
autoridad
con:
superioridad humana.
Pero poseer autoridad sobre alguien no significa valer más que él.
Un gobernante no vale más que un ciudadano.
Un patrón no vale más que un empleado.
Un padre no vale más que un hijo.
Un pastor no vale más que la congregación.
Un esposo no vale más que su esposa.
Una posición puede ser diferente.
La dignidad humana:
no.
Cuando controlar se vuelve más importante que amar
El dominio no aparece solamente en grandes imperios.
Puede entrar en una casa.
En un matrimonio.
En una familia.
En una empresa.
En una iglesia.
En una amistad.
Una persona puede controlar mediante:
dinero.
miedo.
amenazas.
culpa.
silencio.
castigo emocional.
información.
posición.
religión.
afecto.
Entonces ya no busca relacionarse.
Busca:
dominar.
No pregunta:
«¿Qué necesitas?»
Pregunta:
«¿Cómo consigo que hagas lo que quiero?»
Y en ese momento la otra persona deja de ser compañero…
y comienza a convertirse en:
territorio.
El control produce miedo en quienes viven debajo
El dominio puede producir consecuencias psicológicas profundas.
Cuando una persona vive bajo alguien controlador, comienza a medir cada palabra.
Piensa antes de hablar.
Observa el estado de ánimo del otro.
Evita temas.
Aprende qué puede decir y qué no.
Se pregunta:
«¿Cómo reaccionará?»
Entonces aparece hipervigilancia.
Tensión.
Ansiedad.
Miedo a equivocarse.
Miedo a provocar enojo.
Miedo a perder recursos.
Miedo a ser rechazado.
Miedo a ser castigado.
Y lentamente la persona puede comenzar a perder:
su propia voz.
Ya no decide lo que piensa.
Piensa qué puede pensar sin producir conflicto.
Ya no expresa lo que siente.
Expresa lo que será permitido.
Ya no vive.
Aprende a:
sobrevivir dentro del sistema de otro.
Eso es tormento.
El poder sin límites puede deshumanizar
Cuando alguien controla suficientemente a otros, puede comenzar a verlos únicamente en función de obediencia.
El buen empleado es el que no pregunta.
El buen ciudadano es el que obedece.
El buen hijo es el que nunca contradice.
El buen miembro es el que no cuestiona.
Entonces el valor de la persona comienza a depender de:
qué tan útil es para mantener mi poder.
Y si deja de obedecer…
puede convertirse en enemigo.
Así nacen muchas formas de abuso.
No necesariamente porque el controlador crea que está haciendo mal.
Algunas personas llegan incluso a convencerse de que:
«Yo sé qué es lo mejor para todos».
Y ésa puede ser una de las formas más peligrosas de poder.
Porque cuando alguien cree que siempre tiene razón…
ya no necesita:
escuchar.
Los imperios muestran hasta dónde puede llegar esta deformación
La Biblia está llena de ejemplos.
Faraón utilizó poder para esclavizar.
Exigió producción.
Aumentó cargas.
Controló vidas.
Y cuando sintió amenazada su posición, ordenó la muerte de niños.
Nabucodonosor levantó una imagen y exigió adoración.
Herodes sintió amenazado su trono y derramó sangre.
Pilato reconoció la inocencia de Jesús…
pero cedió ante la presión para conservar estabilidad política.
Una y otra vez aparece el mismo problema:
cuando conservar el poder se vuelve más importante que hacer justicia.
Entonces personas reales pueden ser sacrificadas para proteger:
un trono.
una reputación.
un sistema.
una ideología.
una posición.
un imperio.
El poder puede convertir a los demás en medios
Éste es uno de los cambios más terribles.
La persona ya no pregunta:
«¿Qué puedo hacer por ellos?»
Pregunta:
«¿Qué pueden hacer ellos por mí?»
Los trabajadores producen mi riqueza.
Los soldados protegen mi poder.
Los ciudadanos financian mi sistema.
Los seguidores alimentan mi importancia.
Los subordinados ejecutan mi voluntad.
Los demás se convierten en:
medios para mantener mi posición.
Y cuando una persona deja de ser fin en sí misma y se convierte solamente en instrumento…
la explotación está cerca.
El deseo de dominio también destruye al que domina
Podemos pensar que solamente sufre quien está sometido.
Pero el poder desordenado también deforma a quien lo ejerce.
Produce orgullo.
Sospecha.
Miedo a perder posición.
Necesidad de control constante.
Desconfianza.
Aislamiento.
Porque cuando todo gira alrededor del poder, aparece una pregunta inevitable:
«¿Quién quiere quitármelo?»
Entonces el gobernante puede temer al pueblo.
El jefe puede temer al empleado talentoso.
El líder puede temer a quien hace preguntas.
La persona controladora puede temer cualquier señal de independencia.
Y termina atrapada dentro de aquello que creía darle seguridad.
Tiene poder…
pero no descanso.
Tiene obediencia…
pero quizá no amor.
Tiene gente alrededor…
pero no sabe quién está con ella por afecto y quién por miedo.
Eso también es:
No fuimos creados para gobernarnos unos a otros de esta manera
El diseño original no era un hombre aplastando a otro hombre.
Era humanidad administrando bajo Dios.
Autoridad bajo autoridad.
Poder con responsabilidad.
Gobierno con límites.
Pero el pecado introdujo algo diferente:
el hombre queriendo ocupar el lugar de Dios sobre otros hombres.
Y entonces Eclesiastés resume dolorosamente una parte de nuestra historia:
«…el hombre se enseñorea del hombre para mal suyo.»
Eclesiastés 8:9, RVR1960
Qué descripción tan exacta.
El hombre enseñoreándose del hombre.
Y el resultado:
«para mal suyo».
Eso no era el Edén.
Eso pertenece a:
Jesús expuso claramente cómo funciona el poder caído
Un día los discípulos comenzaron a discutir acerca de posiciones.
Querían saber quién sería grande.
Entonces Jesús les dijo:
«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.»
Mateo 20:25, RVR1960
Jesús conocía perfectamente el modelo humano.
Los gobernantes:
«se enseñorean».
Los grandes:
«ejercen potestad».
Así funciona el mundo.
El que está arriba manda.
El que está abajo obedece.
El grande es servido.
El pequeño sirve.
Pero después Jesús pronunció cinco palabras revolucionarias:
«Mas entre vosotros no será así».
Mateo 20:26, RVR1960
Ése es el Reino de Dios entrando en conflicto directo con El imperio de la muerte.
El Reino invierte la definición de grandeza
Jesús continuó:
«…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»
Mateo 20:26, RVR1960
Y añadió:
«y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo.»
Mateo 20:27, RVR1960
Eso cambia todo.
En el mundo caído:
grande es quien tiene más personas sirviéndole.
En el Reino:
grande es quien:
sirve más.
En el mundo:
poder significa capacidad para ordenar.
En el Reino:
poder significa capacidad para:
bendecir.
En el mundo:
la posición eleva al líder sobre los demás.
En el Reino:
la posición aumenta:
su responsabilidad hacia los demás.
Jesús no solamente enseñó esto: lo vivió
Él tenía autoridad.
Una autoridad extraordinaria.
Los demonios obedecían.
Las enfermedades cedían.
Los vientos se calmaban.
El mar obedecía.
Los muertos volvían a la vida.
Pero jamás utilizó su poder para construir un palacio para sí mismo.
No formó un ejército para obligar a otros a obedecerlo.
No explotó a las multitudes.
No vendió milagros al mejor postor.
No utilizó a las personas para engrandecer su ego.
Al contrario.
Tocó leprosos.
Alimentó hambrientos.
Restauró enfermos.
Recibió niños.
Lavó pies.
Y finalmente dijo:
«…el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»
Mateo 20:28, RVR1960
Éste es quizá el contraste más grande de todo el capítulo.
Los gobernantes humanos pueden sacrificar al pueblo para conservar su poder.
sacrificó su propia vida para salvar a su pueblo.
El Rey se arrodilló
En Juan 13 ocurre algo difícil de imaginar.
Jesús sabía quién era.
Sabía de dónde venía.
Sabía adónde iba.
Y precisamente desde esa seguridad:
se arrodilló.
Tomó una toalla.
Lavó los pies de sus discípulos.
El Maestro sirvió.
El Señor se inclinó.
El más grande asumió la posición del servidor.
Eso significa que en el Reino de Dios:
servir no disminuye autoridad.
La revela correctamente.
El poder redimido protege en lugar de controlar
Entonces, ¿cómo luce la autoridad cuando Cristo la redime?
Un padre utiliza su autoridad para proteger a sus hijos…
no para aterrorizarlos.
Un esposo utiliza su fuerza para cuidar…
no para dominar.
Una madre guía…
no manipula.
Un pastor sirve a la congregación…
no la utiliza para alimentar su ego.
Un empresario puede producir riqueza…
y al mismo tiempo tratar dignamente a quienes trabajan con él.
Un gobernante administra para el bien de quienes representa…
no para enriquecerse a costa de ellos.
Un líder forma personas capaces…
no personas dependientes de él.
La autoridad sana no pregunta:
«¿Cómo hago que todos dependan de mí?»
Pregunta:
«¿Cómo utilizo lo que Dios me dio para que otros puedan florecer?»
El verdadero liderazgo no necesita destruir la libertad de otros
Una persona segura no necesita controlar cada detalle.
Puede enseñar.
Orientar.
Corregir.
Delegar.
Escuchar.
Permitir preguntas.
Reconocer errores.
Desarrollar a otros.
Incluso alegrarse cuando alguien debajo de su liderazgo llega a hacer algo mejor que ella.
Eso requiere humildad.
Porque quien sirve no necesita que todos permanezcan pequeños para sentirse:
grande.
Cristo también puede liberarnos de la necesidad de controlar
A veces pensamos solamente en liberar a quien está siendo dominado.
Pero el Evangelio también puede liberar:
al controlador.
Al hombre que necesita que todo se haga a su manera.
A la mujer que utiliza manipulación para sentirse segura.
Al líder que necesita reconocimiento constante.
Al jefe que no sabe delegar.
Al padre que confunde respeto con miedo.
Al pastor que confunde autoridad espiritual con control personal.
Cristo puede sanar esa necesidad de dominio.
Porque muchas veces detrás del control existe:
miedo.
orgullo.
temor a perder.
Cuando descubrimos nuestra identidad en Dios, ya no necesitamos construir nuestra importancia:
sometiendo a los demás.
Podemos manifestar otra clase de autoridad aquí y ahora
No tenemos que esperar hasta el cielo para que el mundo vea una forma diferente de liderazgo.
Podemos mostrarla ahora.
En nuestras casas.
En nuestras iglesias.
En nuestros negocios.
En nuestras instituciones.
En nuestros ministerios.
En nuestras comunidades.
Donde otros utilizan poder para dominar…
podemos utilizarlo para:
servir.
Donde otros utilizan autoridad para enriquecerse…
podemos utilizarla para:
bendecir.
Donde otros producen miedo…
podemos producir:
seguridad.
Donde otros mantienen personas pequeñas…
podemos ayudarlas a:
crecer.
Donde otros exigen reconocimiento…
podemos dar:
honor.
Eso es mostrar el Reino de Dios.
El imperio de la muerte dice: sube y somete
Babel dijo:
«hagámonos un nombre».
Los imperios dijeron:
«conquistemos».
Los tiranos dijeron:
«obedezcan».
El orgullo dice:
«sírveme».
Pero Jesucristo tomó una toalla.
Se arrodilló.
Y dijo:
«Mas entre vosotros no será así».
Ese puede ser uno de los contrastes más profundos entre los dos reinos.
El imperio de la muerte utiliza poder para elevar al que está arriba.
El Reino de Dios utiliza poder para levantar:
al que está abajo.
Uno controla.
El otro sirve.
Uno utiliza personas.
El otro entrega la vida por ellas.
Uno pregunta:
«¿Cuántos están debajo de mí?»
Jesús pregunta:
«¿A cuántos estás sirviendo?»
Porque en su Reino…
el verdaderamente grande no es el que consigue que más personas se arrodillen delante de él.
Es quien está dispuesto, siguiendo el ejemplo de Cristo, a:
arrodillarse para servirlas.
Libro recomendado

Música recomomendada
Hay algo más doloroso que sufrir una injusticia.
Es descubrir que el sistema que debería protegerte:
también puede estar en tu contra.
El pobre llega ante un juez…
pero el rico tiene influencias.
El trabajador reclama lo que le deben…
pero quien tiene poder encuentra la manera de no pagar.
El inocente espera justicia…
pero alguien compra un testimonio.
La viuda necesita protección…
pero nadie considera importante su caso.
El huérfano queda expuesto.
El extranjero no conoce sus derechos.
El débil no tiene contactos.
El poderoso sí.
Y entonces la injusticia deja de ser solamente el acto de una persona mala.
Puede convertirse en:
una estructura.
Una forma de gobernar.
Una manera de hacer negocios.
Una cultura.
Un sistema que funciona…
pero funciona:
injustamente.
Éste es uno de los frutos más terribles de El imperio de la muerte.
Así era al principio: Dios no creó un mundo donde el fuerte devorara al débil
En el diseño original no existía una clase humana superior y otra inferior.
No había amos y esclavos.
No había ricos comprando jueces.
No había tribunales corruptos.
No había trabajadores defraudados.
No había viudas abandonadas.
No había huérfanos desprotegidos.
No había extranjeros tratados como seres humanos de segunda categoría.
Había un hombre y una mujer hechos a imagen de Dios.
Y Dios les entregó una creación abundante.
La autoridad que recibieron debía ejercerse bajo Él.
No para explotar.
No para enriquecerse destruyendo a otro.
No para utilizar la fuerza contra quien no podía defenderse.
Sino para:
administrar.
Cuidar.
Cultivar.
Proteger.
Hacer fructificar.
La justicia comienza precisamente allí:
cuando cada persona reconoce que no es dueña absoluta de nada ni de nadie.
Todo pertenece finalmente a Dios.
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.»
Salmo 24:1, RVR1960
Si eso es verdad, entonces ni la tierra…
ni el dinero…
ni el poder…
ni otra persona…
pueden ser utilizados como si fueran propiedad absoluta nuestra.

Esto fue lo que hicimos: convertimos diferencias en ventajas para abusar
Después de la caída aparecieron:
ambición.
violencia.
engaño.
orgullo.
deseo de dominio.
Y rápidamente el ser humano descubrió algo peligroso:
si soy más fuerte, puedo imponerme.
Si tengo más dinero, puedo comprar ventajas.
Si conozco a la persona correcta, puedo evitar consecuencias.
Si controlo el tribunal, puedo decidir quién tiene razón.
Si poseo la tierra, puedo imponer condiciones.
Si alguien depende económicamente de mí, puedo aprovecharme.
Si una persona no tiene familia, poder o voz…
puedo ignorarla.
Y entonces nació una de las reglas más crueles del mundo caído:
el débil paga con frecuencia el precio de las decisiones del fuerte.
La injusticia no siempre grita
Algunas injusticias son evidentes.
Un robo.
Una golpiza.
Una condena falsa.
Un soborno.
Pero otras pueden esconderse detrás de:
contratos.
leyes.
procedimientos.
instituciones.
costumbres.
salarios.
impuestos.
deudas.
trámites.
políticas.
Todo puede parecer legal…
y seguir siendo:
profundamente injusto.
Algo puede estar permitido por una ley humana…
y continuar siendo incorrecto delante de Dios.
Porque la legalidad no siempre equivale a:
justicia.
Cuando el rico explota al pobre
La Biblia habla con una claridad extraordinaria sobre esto.
Santiago escribió:
«He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros…»
Santiago 5:4, RVR1960
Observe la escena.
El trabajador ya trabajó.
Ya produjo.
Ya entregó su tiempo.
Su fuerza.
Sus horas.
Pero alguien con más poder decide:
no pagarle correctamente.
Para el rico puede ser una cifra.
Para el trabajador puede significar:
comida.
renta.
zapatos para sus hijos.
deudas.
Un día más de supervivencia.
Por eso Dios no ve solamente:
dinero retenido.
Ve:
una persona defraudada.
Y Santiago dice que ese salario:
«clama».
La injusticia tiene voz delante de Dios.
El juez corrupto destruye mucho más que un caso
Cuando alguien llega a un tribunal espera encontrar justicia.
No perfección humana.
Pero sí al menos una oportunidad de ser escuchado correctamente.
Cuando un juez acepta soborno…
favorece al poderoso…
condena al inocente…
o permite que el culpable escape porque tiene influencias…
no solamente daña a una persona.
Destruye:
confianza.
La gente comienza a pensar:
«¿Para qué denunciar?»
«¿Para qué reclamar?»
«¿Para qué buscar justicia si todo está comprado?»
Y cuando una sociedad deja de confiar en sus tribunales…
algo muy peligroso ocurre:
el ciudadano puede comenzar a sentir que está completamente solo.
Isaías denunció esto:
«¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo…!»
Isaías 10:1-2, RVR1960
Observe.
No está denunciando solamente a un ladrón.
Está denunciando:
leyes injustas.
La injusticia había llegado hasta la estructura misma.
Una sociedad puede institucionalizar el pecado
Éste es uno de los puntos más importantes de este capítulo.
El pecado no permanece siempre dentro del corazón individual.
Puede organizarse.
Puede escribirse.
Puede administrarse.
Puede financiarse.
Puede protegerse legalmente.
Puede convertirse en costumbre.
Puede pasar de generación en generación.
Y entonces tenemos sistemas completos donde mucha gente participa en algo injusto…
sin sentir individualmente que está haciendo algo terrible.
Uno firma.
Otro ejecuta.
Otro cobra.
Otro autoriza.
Otro calla.
Otro mira hacia otro lado.
Y al final:
alguien sufre.
Así funciona muchas veces la injusticia institucional.
No necesita que todos sean monstruos.
Solamente necesita que suficientes personas acepten:
«así funciona el sistema».
El extranjero suele descubrir rápidamente si una sociedad es justa
La Biblia habla repetidamente del extranjero.
¿Por qué?
Porque el extranjero puede estar en una posición vulnerable.
No conoce el sistema.
No conoce las leyes.
No tiene familia cerca.
No tiene contactos.
Quizá no domina el idioma.
Y precisamente por eso puede ser fácil:
engañarlo.
pagarle menos.
abusar de él.
amenazarlo.
despreciarlo.
Dios dijo a Israel:
«Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero…»
Éxodo 23:9, RVR1960
Qué expresión tan hermosa:
«sabéis cómo es el alma del extranjero».
Dios no solamente habla de su condición legal.
Habla de:
su alma.
Su miedo.
Su vulnerabilidad.
Su sensación de estar fuera de casa.
Su necesidad de protección.
La viuda y el huérfano revelan el corazón de una sociedad
La Biblia menciona constantemente:
la viuda.
el huérfano.
el pobre.
el extranjero.
¿Por qué?
Porque son personas que en muchas sociedades antiguas podían quedar sin alguien poderoso que las defendiera.
Entonces Dios dijo:
«A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.»
Éxodo 22:22, RVR1960
Y Deuteronomio declara:
«Él hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.»
Deuteronomio 10:18, RVR1960
Eso nos revela algo impresionante acerca del corazón de Dios.
Dios observa particularmente:
qué hacemos con quien no puede devolvernos el favor.
Porque es fácil tratar bien al poderoso.
Puede ayudarnos.
Puede abrirnos puertas.
Puede favorecer nuestros intereses.
Pero la justicia verdadera se revela cuando tratamos correctamente:
a quien no puede hacernos poderosos.
Los profetas se enfrentaron constantemente con sociedades injustas
Los profetas bíblicos no predicaban solamente acerca de asuntos privados.
También denunciaban estructuras sociales.
Amós dijo:
«…vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos.»
Amós 2:6, RVR1960
¡Qué imagen!
Una vida humana reducida a:
un precio.
Isaías dijo:
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.»
Isaías 1:17, RVR1960
Miqueas resumió:
«Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno… solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.»
Miqueas 6:8, RVR1960
Dios nunca fue indiferente a la injusticia.
Nunca dijo:
«Eso es solamente política.»
«Eso es solamente economía.»
«Eso es solamente cómo funciona el mundo.»
No.
Cuando alguien utiliza poder para aplastar al débil:
Dios lo ve.
El inocente condenado es una de las expresiones más dolorosas de la injusticia
Imagine saber que usted no cometió un delito…
pero nadie le cree.
Imagine perder años de su vida.
Su familia.
Su reputación.
Su libertad.
Porque alguien mintió.
Porque una investigación fue corrupta.
Porque alguien necesitaba un culpable.
Porque la persona correcta tenía más poder que usted.
Pocas experiencias producen una sensación de impotencia tan profunda.
La persona piensa:
«La verdad existe, pero no me está protegiendo».
La Biblia condena directamente esto:
«El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová.»
Proverbios 17:15, RVR1960
Dios no confunde justicia con conveniencia.
La injusticia puede destruir generaciones
Una injusticia no siempre termina con quien la sufrió inicialmente.
Una familia despojada puede transmitir pobreza.
Un padre encarcelado injustamente puede dejar hijos traumatizados.
Un trabajador explotado puede no tener recursos para educar a sus hijos.
Una comunidad abandonada puede deteriorarse durante décadas.
Una guerra injusta puede producir generaciones enteras de desplazados.
Una sociedad corrupta puede enseñar a sus jóvenes:
«Para sobrevivir también tendrás que corromperte».
Entonces la injusticia deja de producir solamente víctimas.
Puede comenzar a producir:
imitadores.
El niño aprende:
«El que tiene poder gana.»
«La verdad no importa.»
«Todo se compra.»
«Ser honesto es para tontos.»
Y entonces el sistema se reproduce.
La injusticia también destruye el mundo interior
Ser tratado injustamente duele profundamente.
Produce enojo.
Impotencia.
Humillación.
Frustración.
Desconfianza.
Miedo.
Algunas personas quedan atrapadas durante años en:
«Lo que me hicieron».
Repasan conversaciones.
Imaginan lo que deberían haber dicho.
Esperan reparación.
Quieren que alguien reconozca:
«Sí. Te hicieron mal».
Y si nadie lo reconoce, pueden comenzar a preguntarse:
«¿A nadie le importa?»
«¿Nunca habrá justicia?»
«¿El que me hizo daño simplemente continuará viviendo como si nada hubiera ocurrido?»
La injusticia puede herir algo profundamente humano:
nuestro sentido de que el bien debería importar.
No fuimos creados para vivir en un mundo donde la injusticia sea normal
Quizá nos hemos acostumbrado tanto que decimos:
«Así es el mundo».
Sobornos.
Favoritismos.
Influyentismo.
Explotación.
Mentiras.
Contratos tramposos.
Funcionarios enriquecidos.
Trabajadores defraudados.
Inocentes condenados.
Culpables protegidos.
Y terminamos aceptándolo como si fuera parte natural de la existencia.
Pero debemos volver a decirlo:
Dios no creó al fuerte para devorar al débil.
No creó al rico para explotar al pobre.
No creó al juez para vender sentencias.
No creó al gobernante para enriquecerse con el sufrimiento del pueblo.
No creó al empresario para usar trabajadores como piezas desechables.
No creó al extranjero para que fuera despreciado.
No creó a la viuda y al huérfano para que quedaran abandonados.
Nosotros construimos:
un mundo capaz de institucionalizar la injusticia.
Y después preguntamos: «¿Dónde está Dios?»
Ésta es una de las preguntas más dolorosas.
Vemos corrupción.
Explotación.
Guerras.
Pobreza provocada por decisiones humanas.
Abuso.
Personas despojadas.
Inocentes sufriendo.
Y preguntamos:
«¿Por qué Dios permite esto?»
Pero antes de acusar a Dios quizá deberíamos preguntar:
¿Quién aceptó el soborno?
¿Quién falsificó la evidencia?
¿Quién robó el salario?
¿Quién abusó de su autoridad?
¿Quién escribió la ley injusta?
¿Quién explotó al trabajador?
¿Quién utilizó al pobre?
¿Quién comenzó la guerra?
¿Quién decidió enriquecerse mientras otros sufrían?
Muchas veces encontramos una respuesta incómoda:
nosotros.
No podemos construir sistemas injustos…
participar en ellos…
beneficiarnos de ellos…
guardar silencio ante ellos…
y después responsabilizar al Creador por:
lo que nosotros hicimos con su mundo.
Pero Dios no permaneció indiferente
La Biblia no presenta a un Dios contemplando tranquilamente la injusticia.
Los profetas demuestran exactamente lo contrario.
Dios habló.
Denunció.
Advirtió.
Defendió al pobre.
Confrontó gobernantes.
Condenó jueces corruptos.
Exigió salarios justos.
Protegió al extranjero.
Defendió a la viuda.
Escuchó el clamor del oprimido.
Cuando Israel sufría esclavitud en Egipto, Dios dijo:
«Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor…»
Éxodo 3:7, RVR1960
Observe:
«he visto».
«he oído».
El sufrimiento humano no era invisible para Dios.
Y tampoco lo es ahora.
Jesucristo entró personalmente en un mundo injusto
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Dios no solamente envió profetas a denunciar la injusticia.
Jesucristo entró:
personalmente en nuestro mundo.
Y Él mismo experimentó la injusticia.
Fue acusado falsamente.
Testigos mintieron.
Las autoridades religiosas buscaron cómo condenarlo.
Pilato reconoció:
«Ningún delito hallo en este hombre.»
Lucas 23:4, RVR1960
Y aun así:
lo entregó.
El hombre más inocente que jamás caminó sobre la tierra fue condenado por un sistema que sabía que era inocente.
¡Qué cuadro tan impresionante de El imperio de la muerte!
La Verdad estaba delante del tribunal…
y el tribunal condenó:
a la Verdad.
Pero la injusticia no tuvo la última palabra
Los hombres pudieron condenar a Jesús.
Pudieron crucificarlo.
Pudieron colocar su cuerpo en una tumba.
Pero no pudieron convertir su mentira en verdad.
Dios levantó a Jesucristo de entre los muertos.
Y la resurrección proclamó que el veredicto humano:
no era el veredicto final.
Esto trae esperanza a cualquiera que haya sufrido injusticia.
Puede ocurrir que un tribunal humano falle.
Puede ocurrir que nadie reconozca lo que nos hicieron.
Puede ocurrir que alguien escape de consecuencias durante años.
Pero existe un tribunal superior.
Existe un Juez que no puede ser comprado.
Que no recibe soborno.
Que conoce todos los hechos.
Que escucha todas las conversaciones.
Que conoce las intenciones.
Y que jamás confunde:
al culpable con el inocente.
Cristo también nos llama a manifestar justicia aquí y ahora
Pero nuestra esperanza no consiste solamente en esperar un juicio futuro.
Jesús nos enseñó a manifestar el Reino de Dios:
ahora.
Eso significa que donde encontramos injusticia podemos actuar.
Podemos defender al débil.
Podemos pagar justamente.
Podemos negarnos a participar en corrupción.
Podemos hablar cuando alguien no tiene voz.
Podemos proteger al vulnerable.
Podemos administrar negocios con integridad.
Podemos ejercer autoridad sin explotación.
Podemos ayudar al extranjero.
Podemos cuidar al huérfano.
Podemos acompañar a la viuda.
Podemos denunciar aquello que destruye vidas.
Isaías dijo:
«Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado…»
Isaías 1:17, RVR1960
Observe el verbo:
«buscad».
La justicia no siempre llega sola.
Algunas veces tiene que haber personas dispuestas a:
buscarla.
El Reino de Dios produce otra clase de sociedad
Cada vez que un empresario decide no explotar a sus trabajadores…
cada vez que un juez se niega a vender una sentencia…
cada vez que alguien devuelve lo que no le pertenece…
cada vez que una persona poderosa protege en lugar de aprovecharse…
cada vez que alguien defiende a quien no puede defenderse…
cada vez que una iglesia alimenta al hambriento…
cada vez que alguien trata al extranjero con dignidad…
cada vez que la verdad vence al soborno…
algo del Reino de Dios se hace visible:
aquí y ahora.
No resolveremos mediante nuestras fuerzas toda la injusticia del planeta.
Pero tampoco fuimos llamados a contemplarla indiferentes.
Jesucristo nos enseñó otra manera de vivir.
Una donde el grande sirve.
El fuerte protege.
El que tiene comparte.
El que gobierna administra.
El que posee poder lo utiliza para:
levantar, no aplastar.
Llegará el día en que nadie podrá comprar la justicia
Y finalmente, el Reino que hoy comenzamos a manifestar tendrá su cumplimiento completo.
Isaías anunció acerca del Mesías:
«Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite… disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.»
Isaías 9:7, RVR1960
Habrá un Rey incorruptible.
No podrá ser comprado.
No tendrá intereses ocultos.
No favorecerá al rico porque sea rico.
No despreciará al pobre porque sea pobre.
No condenará al inocente.
No protegerá al culpable por influencia.
No olvidará al débil.
No perderá un expediente.
No necesitará testigos para descubrir la verdad.
Porque:
Él conoce la verdad.
Y entonces comprenderemos plenamente algo que El imperio de la muerte intentó hacernos olvidar:
la justicia no era una fantasía.
Era parte del corazón de Dios.
El mundo injusto:
no fue el mundo que Él diseñó.
Nosotros convertimos poder en privilegio.
Dinero en influencia.
Diferencias en explotación.
Leyes en instrumentos.
Personas en víctimas.
Pero Jesucristo vino a anunciar otro Reino.
Un Reino donde la verdad importa.
La vida importa.
El pobre importa.
La viuda importa.
El huérfano importa.
El extranjero importa.
El trabajador importa.
El inocente importa.
Y donde incluso aquel cuya voz nadie quiso escuchar puede descubrir:
Dios sí la escuchó.
El imperio de la muerte construyó un mundo donde muchas veces el fuerte aplasta al débil.
El Reino de Jesucristo anuncia exactamente lo contrario:
el Rey utiliza su poder para hacer justicia.
Y nosotros, mientras caminamos en este mundo, podemos comenzar a vivir bajo ese Reino:
aquí y ahora.
Libro recomendado

Música recomomendada
Existe una pregunta que probablemente todo ser humano termina haciéndose de alguna manera:
¿Quién soy?
No:
¿cómo me llamo?
¿dónde nací?
¿qué profesión tengo?
¿cuántos años tengo?
Sino algo mucho más profundo:
¿Quién soy realmente?
Y detrás de esa pregunta aparecen otras:
¿Cuánto valgo?
¿Por qué estoy aquí?
¿Para qué existo?
¿Qué hace que mi vida tenga importancia?
Son preguntas enormes.
Porque dependiendo de cómo las respondamos podemos construir prácticamente:
toda nuestra vida.
Si creo que valgo por mi belleza, necesitaré conservarla.
Si creo que valgo por mi dinero, necesitaré acumularlo.
Si creo que valgo por mis logros, necesitaré seguir produciendo.
Si creo que valgo por la opinión de otros, necesitaré su aprobación.
Si creo que valgo por mi posición, necesitaré protegerla.
Y si aquello que utilizaba para definir quién soy desaparece…
puedo sentir que desaparecí:
yo también.
Ésta es otra de las heridas profundas de El imperio de la muerte:
el hombre perdió de vista quién era.
Así era al principio: Adán no necesitaba inventarse una identidad
Adán abrió los ojos dentro de un mundo donde su identidad ya estaba establecida.
Antes de hacer algo…
Dios ya lo había creado.
Antes de producir algo…
Dios ya le había dado dignidad.
Antes de construir algo…
Dios ya le había dado propósito.
Antes de que alguien pudiera aplaudirlo…
Dios ya lo había bendecido.
La Biblia dice:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…»
Génesis 1:27, RVR1960
Adán podía responder:
¿De dónde vengo?
De Dios.
¿Quién soy?
Una criatura hecha a su imagen.
¿Cuánto valgo?
Lo suficiente para que Dios colocara sobre mí una dignidad extraordinaria dentro de su creación.
¿Para qué existo?
Para vivir en comunión con mi Creador y cumplir la misión que Él me entregó.
Después Dios dijo:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…»
Génesis 1:28, RVR1960
Tenía:
origen.
identidad.
dignidad.
pertenencia.
propósito.
misión.
Y bendición.
No tenía que pasar los siguientes cincuenta años intentando descubrir:
si era suficientemente importante.
Dios ya había hablado.
Adán podía mirarse desde los ojos de su Creador
Éste quizá sea el punto más importante.
El hombre originalmente no necesitaba preguntarle al mundo:
«¿Cuánto valgo?»
Podía preguntárselo a:
quien lo había creado.
Y Dios había contemplado su creación y declarado:
«…he aquí que era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
No existían redes sociales.
No había estadísticas de seguidores.
No había títulos académicos.
No había cuentas bancarias.
No había automóviles.
No había casas lujosas.
No había premios.
No había fama.
No había posiciones sociales.
Y sin ninguna de esas cosas…
Adán:
tenía identidad.
Eso significa que ninguna de esas cosas puede ser la fuente original de nuestra identidad.

Esto fue lo que hicimos: nos alejamos de la voz que nos decía quiénes éramos
Después ocurrió la caída.
El hombre se separó de Dios.
Y algo extraordinariamente doloroso sucedió.
La criatura comenzó a intentar entenderse:
sin su Creador.
Es como encontrar una obra de arte y negarse a preguntar al artista qué quiso expresar.
Como encontrar una herramienta extraordinariamente compleja y negarse a consultar a quien la diseñó.
Como leer una historia arrancando las primeras páginas y después preguntar:
«¿De qué trata todo esto?»
Cuando el hombre se alejó de Dios no solamente perdió comunión.
También perdió su principal punto de referencia para comprender:
quién era.
Y entonces comenzó una búsqueda que continúa hasta nuestros días.
Si no sé quién soy, tendré que construir algo que me diga cuánto valgo
Aquí comienza una carrera agotadora.
Necesito algo que me confirme:
«Eres importante».
Quizá sea:
mi apariencia.
mi cuerpo.
mi inteligencia.
mi profesión.
mi ministerio.
mi dinero.
mi empresa.
mi casa.
mi automóvil.
mis títulos.
mi productividad.
mi influencia.
mis seguidores.
mi reputación.
mi matrimonio.
mis hijos.
mis logros.
Entonces esas cosas dejan de ser simplemente partes de mi vida.
Comienzan a responder una pregunta que nunca fueron diseñadas para responder:
¿Quién soy?
Cuando necesito demostrar constantemente que valgo
Éste puede convertirse en un tormento silencioso.
Una persona puede trabajar extraordinariamente duro…
no solamente porque disfruta trabajar…
sino porque necesita sentirse:
valiosa.
Puede buscar reconocimiento…
no solamente porque agradece que reconozcan su trabajo…
sino porque necesita escuchar:
«Eres importante».
Puede obsesionarse con su apariencia…
porque cuando alguien dice:
«Te ves muy bien»
interiormente escucha:
«Tienes valor».
Puede acumular dinero…
porque la cantidad en una cuenta comienza a representar:
su importancia.
Puede buscar posiciones…
porque necesita un título delante de su nombre para sentirse alguien.
Puede necesitar constantemente:
aplausos.
comentarios.
reconocimiento.
admiración.
aceptación.
Porque cuando el hombre pierde la voz del Padre…
puede pasar toda la vida buscando otras voces que le digan:
«Tú vales».
Entonces aparece la comparación
Si mi valor depende de cosas externas, necesito saber:
cómo estoy comparado con los demás.
No basta tener una casa.
Necesito saber qué casa tiene el otro.
No basta tener éxito.
Necesito saber cuánto éxito tiene él.
No basta verme bien.
Necesito saber si me veo mejor que ella.
No basta tener seguidores.
Necesito saber cuántos tiene otro.
No basta que mi hijo avance.
Necesito saber cómo va comparado con los hijos de mis amigos.
Entonces la vida puede convertirse en:
una competencia interminable por sentir que somos suficientes.
Y siempre habrá alguien:
más joven.
más rico.
más atractivo.
más reconocido.
más exitoso.
más inteligente.
más fuerte.
con una casa mayor.
con más seguidores.
con una posición superior.
Por eso la comparación casi nunca puede producir una identidad estable.
Siempre existe alguien que amenaza:
la identidad que construimos.
La aprobación de otros puede convertirse en una prisión
Hay personas que no pueden disfrutar una decisión hasta saber:
qué pensarán los demás.
¿Qué pensarán si visto esto?
¿Qué pensarán si compro esto?
¿Qué pensarán si fracaso?
¿Qué pensarán si cambio de trabajo?
¿Qué pensarán si digo que no?
¿Qué pensarán si no tengo lo que ellos tienen?
¿Qué pensarán si descubren mis debilidades?
Y entonces la vida comienza a ser administrada por:
la opinión de personas que quizá ni siquiera nos conocen realmente.
Proverbios dice:
«El temor del hombre pondrá lazo…»
Proverbios 29:25, RVR1960
Un lazo.
Una trampa.
Una prisión invisible.
La persona puede ser físicamente libre…
pero emocionalmente vivir preguntando:
«¿Me aceptarán?»
Las redes sociales llevaron esta batalla a un nivel extraordinario
Ahora podemos medir aprobación.
Me gusta.
Comentarios.
Seguidores.
Visualizaciones.
Compartidos.
Una fotografía recibe atención…
y por unos minutos podemos sentir:
«Me están viendo».
Pero otra recibe poca respuesta…
y puede aparecer:
decepción.
comparación.
Entonces mostramos nuestras mejores fotografías.
Nuestros mejores viajes.
Nuestros logros.
Nuestros momentos felices.
Y podemos terminar comparando:
nuestra vida completa
contra:
los mejores segundos seleccionados de la vida de otros.
El resultado puede ser terrible.
Todos parecen felices.
Todos parecen exitosos.
Todos parecen viajar.
Todos parecen hermosos.
Todos parecen tener matrimonios extraordinarios.
Y yo puedo pensar:
«¿Qué está mal conmigo?»
Nada necesariamente.
Estoy comparando mi realidad:
con la presentación de otro.
Cuando la apariencia se convierte en identidad
Nuestro cuerpo importa.
Debemos cuidarlo.
Es posible disfrutar vestir bien, arreglarnos y sentirnos atractivos.
El problema aparece cuando nuestra apariencia comienza a determinar:
nuestro valor.
Porque entonces el espejo puede convertirse en juez.
Una arruga parece una pérdida.
Una cana parece una amenaza.
El aumento de peso puede sentirse como fracaso personal.
El envejecimiento puede convertirse en:
pérdida de identidad.
Pero si mi valor depende de permanecer joven…
estoy construyendo mi identidad sobre algo que inevitablemente:
cambiará.
El cuerpo cambia.
La belleza física cambia.
La fuerza cambia.
Pero aquello que Dios dijo acerca de nuestra dignidad:
no cambia con el espejo.
Cuando la profesión se convierte en identidad
Preguntamos frecuentemente:
«¿Qué eres?»
Y respondemos:
«Soy médico.»
«Soy empresario.»
«Soy pastor.»
«Soy abogado.»
«Soy maestro.»
«Soy ingeniero.»
Pero en realidad eso responde:
qué hago.
No necesariamente:
quién soy.
Porque ¿qué sucede cuando llega la jubilación?
¿Cuando pierdo el empleo?
¿Cuando cierro la empresa?
¿Cuando ya no puedo ejercer?
¿Cuando alguien ocupa mi puesto?
Si mi profesión era toda mi identidad…
puedo mirar el día siguiente y preguntar:
«¿Y ahora quién soy?»
Eso explica por qué algunas pérdidas laborales producen una crisis mucho más profunda que la económica.
La persona no perdió solamente:
un trabajo.
Siente que perdió:
una parte de sí misma.
Cuando el éxito se convierte en identidad, el fracaso puede destruirnos
Si digo:
«Valgo porque tengo éxito»
entonces cada fracaso amenaza mi valor.
Por eso algunas personas no pueden admitir errores.
Necesitan parecer siempre exitosas.
Ocultan fracasos.
Exageran logros.
Defienden su reputación desesperadamente.
Porque no están protegiendo solamente una imagen pública.
Están protegiendo:
la estructura sobre la cual construyeron quiénes son.
Pero todos fracasamos alguna vez.
Todos perdemos algo.
Todos cometemos errores.
Todos atravesamos temporadas donde las cosas no funcionan.
Una identidad que no puede sobrevivir al fracaso:
es demasiado frágil para sostener una vida.
Y un día aquello que utilizábamos para definirnos puede desaparecer
Éste es el problema fundamental de construir identidad sobre cosas temporales.
El dinero puede desaparecer.
La empresa puede cerrar.
El cuerpo envejece.
La belleza cambia.
Los hijos crecen y se marchan.
La posición termina.
El público puede olvidarnos.
La fama cambia de nombre.
La salud puede deteriorarse.
La relación puede terminar.
El trabajo puede perderse.
Los seguidores pueden seguir a alguien más.
Y entonces ocurre algo profundamente doloroso:
si yo era aquello que perdí, ¿quién soy ahora?
Ahí puede aparecer una verdadera crisis de identidad.
El imperio de la muerte nos hizo confundir nuestro valor con nuestra utilidad
Quizá ésta sea una de sus mentiras más crueles.
«Vales mientras produces».
Entonces el niño vale por sus calificaciones.
El adulto por su productividad.
El empresario por sus resultados.
El pastor por el tamaño de su congregación.
El autor por sus ventas.
El anciano comienza a preguntarse si todavía sirve para algo.
El enfermo puede sentirse una carga.
La persona discapacitada puede sentir que aporta poco.
Pero eso es completamente contrario a Génesis.
Adán tenía valor:
antes de producir su primer fruto.
Su valor comenzó en Dios.
No en:
su rendimiento.
No fuimos creados para pasar la vida demostrando que merecemos existir
Qué cansancio.
Demostrar que soy inteligente.
Demostrar que tengo éxito.
Demostrar que soy atractivo.
Demostrar que mi ministerio funciona.
Demostrar que mis hijos están bien.
Demostrar que tengo dinero.
Demostrar que soy importante.
Demostrar que soy feliz.
Demostrar.
Demostrar.
Demostrar.
¿A quién?
¿Y para qué?
El hombre que perdió de vista quién era comenzó a construir escenarios donde otros pudieran confirmar:
su valor.
Y eso puede consumir una vida completa.
Pero:
Jesucristo vino a devolvernos al Padre
Aquí la historia comienza a cambiar.
Jesús no vino solamente para perdonar pecados.
Vino para llevarnos nuevamente a una relación con:
el Padre.
Juan dice:
«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
Juan 1:12, RVR1960
Ahí comienza nuevamente la respuesta.
¿Quién soy?
¿A quién pertenezco?
A mi Padre.
¿De dónde viene mi valor?
De quien me creó y me redimió.
¿Para qué existo?
Para vivir en comunión con Él y cumplir el propósito para el cual me llamó.
La identidad comienza nuevamente a tener:
un centro.
Jesús mismo vivió desde una identidad recibida del Padre
Antes de comenzar su ministerio público…
antes de multiplicar panes…
antes de sanar multitudes…
antes de caminar sobre el agua…
antes de resucitar muertos…
el Padre declaró:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.»
Mateo 3:17, RVR1960
Observe el orden.
Primero:
Hijo amado.
Después:
ministerio.
Eso es fundamental.
Jesús no hizo milagros para conseguir que el Padre dijera:
«Ahora sí te amo».
Actuó desde:
una identidad ya establecida.
Y ésa es una diferencia enorme.
No trabajamos para conseguir identidad.
Trabajamos:
desde nuestra identidad.
No servimos para lograr que Dios nos ame.
Servimos porque:
somos amados.
En Cristo podemos dejar de preguntarle al mundo cuánto valemos
El mundo puede aplaudirnos hoy…
y olvidarnos mañana.
Puede admirar nuestra juventud…
hasta que envejecemos.
Puede valorar nuestra productividad…
hasta que dejamos de producir.
Puede reconocer nuestro éxito…
hasta que fracasamos.
Pero Dios no fundamentó nuestra identidad en ninguna de esas cosas.
Pablo escribió:
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…»
Efesios 2:10, RVR1960
Observe:
«hechura suya».
No accidente.
No mercancía.
No número.
No producto de nuestra reputación.
Hechura suya.
Y además:
con propósito.
Podemos recuperar nuestra identidad aquí y ahora
No tenemos que esperar hasta el cielo para saber quiénes somos.
Podemos comenzar a vivir desde esa verdad ahora.
Puedo trabajar…
sin convertir mi trabajo en mi identidad.
Puedo tener dinero…
sin utilizarlo para medir mi valor.
Puedo cuidar mi apariencia…
sin necesitar que el espejo me diga cuánto valgo.
Puedo disfrutar reconocimiento…
sin volverme esclavo del aplauso.
Puedo tener éxito…
sin creer que soy superior.
Puedo fracasar…
sin concluir que soy un fracaso.
Puedo envejecer…
sin pensar que mi vida perdió importancia.
Puedo perder una posición…
sin perder:
quién soy.
Porque todas esas cosas describen partes de mi vida.
Pero ninguna de ellas tiene autoridad para definir:
mi identidad.
El Reino de Dios nos devuelve el nombre que habíamos olvidado
El mundo pregunta:
¿Cuánto tienes?
¿Qué lograste?
¿Quién te conoce?
¿Qué posición ocupas?
¿Cómo te ves?
¿Cuántos te siguen?
¿Cuánto produces?
El Padre comienza mucho más profundo:
«Eres mío».
Y cuando esa verdad entra realmente en el corazón, algo comienza a descansar.
Ya no necesito ganar cada comparación.
Ya no necesito impresionar a todos.
Ya no necesito demostrar constantemente que soy importante.
Ya no necesito construir una personalidad para que otros me acepten.
Puedo crecer.
Aprender.
Crear.
Trabajar.
Soñar.
Producir.
Servir.
Prosperar.
Y disfrutar lo que Dios coloque en mis manos.
Pero ninguna de esas cosas tiene que cargar con el peso imposible de decirme:
quién soy.
El imperio de la muerte separó al hombre de su Creador…
y después lo dejó caminando por el mundo preguntando:
«¿Quién soy?»
«¿Cuánto valgo?»
«¿Para qué existo?»
Jesucristo vino para llevarnos nuevamente al lugar donde esas preguntas encuentran respuesta.
No en el espejo.
No en la cuenta bancaria.
No en los aplausos.
No en una posición.
No en una profesión.
No en nuestros seguidores.
No siquiera en nuestros mayores logros.
Sino en:
el Padre.
Porque antes de todas las cosas que hacemos…
antes de todo lo que tenemos…
antes de todo lo que otros piensan de nosotros…
existe una verdad mucho más profunda:
fuimos creados por Dios.
Llevamos su imagen.
Fuimos buscados por Cristo.
Tenemos propósito.
Y en Él podemos volver a mirar nuestra vida y finalmente responder:
«Ahora recuerdo quién soy».
Libro recomendado

Música recomomendada
El pecado no solamente cambió el mundo que rodeaba al hombre.
Cambió también:
el mundo que llevaba dentro.
Después de la caída encontramos al ser humano experimentando miedo, vergüenza, culpa, enojo, celos, angustia, tristeza, soledad y desesperanza.
El hombre puede estar rodeado de personas…
y sentirse solo.
Puede tener una casa…
y no encontrar descanso.
Puede tener dinero…
y vivir angustiado.
Puede sonreír delante de todos…
mientras por dentro está:
quebrado.
¿Cómo llegó hasta aquí?
Así era al principio: un mundo interior en paz
Es difícil imaginar cómo era la experiencia emocional de Adán y Eva antes del pecado.
No conocían el trauma.
No habían perdido a nadie.
Nadie los había rechazado.
No habían sufrido abandono.
No tenían recuerdos dolorosos.
No temían enfermar.
No tenían miedo a morir.
No existía culpa por errores del pasado ni ansiedad por un futuro incierto.
Vivían en comunión con Dios, consigo mismos, entre ellos y con la creación.
La Biblia describe algo extraordinario:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
No había nada que esconder.
No había necesidad de aparentar.
No había máscaras.
No había vergüenza.
El hombre podía simplemente:
ser.
Entonces algo se quebró
Después del pecado, la Biblia registra inmediatamente cambios emocionales.
Adán dijo:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.»
Génesis 3:10, RVR1960
Observe lo que apareció:
miedo.
Después aparece vergüenza.
Ocultamiento.
Culpa.
Acusación.
Y muy pronto, en Caín, encontramos otra tormenta interior.
«Entonces Caín se ensañó en gran manera, y decayó su semblante.»
Génesis 4:5, RVR1960
Ahora aparecen enojo, frustración y resentimiento.
El mundo exterior apenas comenzaba a quebrarse…
pero el mundo interior del hombre:
ya estaba herido.
Las emociones comenzaron a convertirse en tormento
Las emociones forman parte de nuestra capacidad humana y no son malas en sí mismas.
Jesús lloró.
Sintió compasión.
Experimentó tristeza.
Se indignó.
El problema no es sentir.
El problema es que en un mundo caído nuestras emociones pueden ser heridas, desordenadas y llevadas hasta convertirse en:
tormento.
El miedo puede transformarse en una prisión.
La tristeza puede apagar el deseo de levantarse.
La culpa puede perseguirnos durante años.
La vergüenza puede hacernos esconder quiénes somos.
El enojo puede convertirse en resentimiento.
La pérdida puede dejar un vacío que parece imposible llenar.
La ansiedad puede hacernos sufrir hoy por algo que quizá nunca ocurrirá mañana.
Y una herida sufrida hace veinte años puede continuar produciendo lágrimas:
hoy.
El hombre comenzó a cargar historias dentro de sí
A medida que avanzó la historia humana, comenzaron a acumularse heridas.
Abandono.
Traición.
Humillación.
Infidelidad.
Fracaso.
Pérdidas.
Palabras que nunca debieron pronunciarse.
Personas que debieron quedarse y se fueron.
Personas que prometieron amar y terminaron lastimando.
Y aunque el acontecimiento termine…
su recuerdo puede permanecer.
El cuerpo está en el presente…
pero una parte de la mente puede continuar viviendo:
en el momento donde fue herida.
Ésa es una de las crueldades del mundo caído.
Hay heridas que ocurren una sola vez…
pero emocionalmente pueden doler:
mil veces.
Así vivimos ahora
Nuestra sociedad ha aprendido a esconder mucho del dolor interior.
Preguntamos:
«¿Cómo estás?»
Y automáticamente respondemos:
«Bien.»
Pero detrás de muchas puertas existen personas luchando con:
ansiedad.
miedo.
soledad.
culpa.
resentimiento.
vacío.
desesperanza.
Algunas trabajan.
Atienden negocios.
Cuidan familias.
Predican.
Enseñan.
Sonríen.
Sirven.
Pero cuando llega la noche y todo queda en silencio…
regresa aquello que llevan:
por dentro.

No culpemos a Dios por el mundo emocional que nosotros quebramos
A veces alguien pregunta:
«Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanto sufrimiento emocional?»
Pero Dios no creó:
el abandono.
la traición.
el abuso.
la infidelidad.
la violencia.
la humillación.
el rechazo.
la muerte.
Muchas de las heridas que cargamos fueron producidas por vivir en un mundo donde seres humanos heridos:
también hieren a otros.
El pecado produce dolor…
y el dolor no sanado puede producir más dolor.
Así una herida puede pasar de una generación a otra.
Un padre herido hiere a su hijo.
Ese hijo crece herido.
Después puede herir a sus propios hijos.
Y el sufrimiento continúa.
Eso tampoco fue el diseño original.
Jesús entró también en el mundo emocional del hombre
Una de las cosas más hermosas de Jesucristo es que no trató a las personas como máquinas espirituales.
Vio su dolor.
Frente a la tumba de Lázaro:
«Jesús lloró.»
Juan 11:35, RVR1960
En Getsemaní dijo:
«Mi alma está muy triste, hasta la muerte…»
Mateo 26:38, RVR1960
Cristo conoce el sufrimiento humano.
Pero no solamente vino para comprenderlo.
Vino también para:
restaurar.
Isaías había anunciado acerca de Él:
«Me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón…»
Isaías 61:1, RVR1960
Qué descripción tan hermosa.
No solamente cuerpos enfermos.
También:
corazones quebrantados.
La restauración puede comenzar aquí y ahora
El Evangelio no nos dice simplemente:
«Aguanta hasta llegar al cielo.»
Jesucristo puede comenzar a restaurar nuestro interior:
ahora.
Puede enseñarnos a perdonar.
Puede liberarnos de culpa.
Puede romper cadenas de miedo.
Puede sanar recuerdos.
Puede devolver esperanza.
Puede enseñarnos nuevamente a confiar.
Puede darnos paz aun mientras las circunstancias todavía están cambiando.
Jesús dijo:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27, RVR1960
El mundo quebrado entró en nuestro corazón.
Pero Cristo también puede entrar:
allí.
El imperio de la muerte produjo seres humanos capaces de sonreír mientras lloraban por dentro.
Pero Jesucristo vino a buscar precisamente:
a los quebrantados de corazón.
Porque Dios no solamente quiere restaurar algún día el mundo que nos rodea.
Quiere comenzar a restaurar también:
el mundo que llevamos dentro.
Libro recomendado

Música recomomendada