Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Levítico 19:32
“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová.”
Cuando imaginamos una población antigua, fácilmente vemos primero a quienes parecen ocupar el centro de la actividad.
Los hombres trabajando.
Los campesinos en los campos.
Los artesanos.
Los comerciantes.
Los propietarios.
Los dirigentes.
Pero una población no estaba formada solamente por ellos.
Había mujeres.
Ancianos.
Madres con hijos pequeños.
Personas que todavía no podían sostenerse por sí mismas.
Y otras que después de muchos años comenzaban a depender nuevamente de los demás.
Todos formaban parte del mundo en el que Jesús creció.
Y si queremos comprender posteriormente algunas de las escenas más hermosas de su ministerio, necesitamos detenernos por un momento y mirar también hacia ellos.
Porque no todas las personas que vivían en aquella sociedad tenían la misma autoridad.
No todas poseían los mismos recursos.
No todas podían defenderse con la misma facilidad.
Pero todas tenían algo que Jesús nunca olvidaría:
eran personas.
Las mujeres sostenían gran parte de la vida cotidiana
Cuando pensamos en una mujer de Galilea durante el siglo primero, debemos evitar dos extremos.
No debemos imaginarla simplemente como una persona sin voz, encerrada y completamente separada de la vida social.
Pero tampoco debemos trasladar hacia aquella época las posibilidades y estructuras de nuestra sociedad moderna.
Su mundo era diferente.
La familia ocupaba un lugar central.
Y dentro de ella las mujeres realizaban trabajos indispensables para la supervivencia cotidiana.
Preparar alimento.
Trabajar con el grano y la harina.
Cuidar a los niños.
Atender necesidades domésticas.
Lavar.
Remendar.
Organizar.
Conservar.
Ayudar en actividades productivas de la familia cuando era necesario.
Gran parte de aquel trabajo desaparecía casi inmediatamente después de realizarse.
El pan preparado hoy se comía.
La ropa lavada volvía a ensuciarse.
La casa limpiada necesitaba limpiarse nuevamente.
El niño atendido hoy volvería a necesitar atención mañana.
Era trabajo repetitivo.
Pero era indispensable.
Una familia podía reconocer fácilmente el trabajo del hombre que regresaba después de una jornada fuera de casa.
El trabajo realizado dentro del hogar podía ser menos visible.
Y sin embargo, sin él, la casa simplemente no funcionaba.
Jesús creció dentro de ese mundo.
María no fue una figura decorativa dentro de la historia de la encarnación.
Fue una mujer real.
Había llevado un embarazo.
Había dado a luz.
Había alimentado y cuidado a un niño.
Después llegaron otros hijos a la familia.
Los años pasaron.
Las necesidades cambiaron.
Y la vida continuó.
No conocemos cada tarea que María realizaba y no debemos inventarla.
Pero sabemos que Jesús creció dentro de una familia real, en una sociedad donde el trabajo de las mujeres constituía una parte fundamental de la vida cotidiana.
Quizá eso nos ayuda a comprender por qué, años después, las mujeres aparecen con tanta naturalidad dentro de sus enseñanzas.
Una mujer mezcla levadura con harina.
Otra pierde una moneda y barre la casa hasta encontrarla.
Una viuda insiste ante un juez.
Mujeres esperan una boda con sus lámparas.
Jesús podía tomar escenas del mundo femenino cotidiano y colocarlas junto a sembradores, propietarios, pastores y trabajadores.
Para Él, la vida dentro de la casa también podía explicar el Reino de Dios.
Ser mujer también podía significar vulnerabilidad
Pero había otra realidad.
La posición económica y social de muchas mujeres estaba profundamente relacionada con la familia.
Una mujer con una estructura familiar sólida podía contar con protección, trabajo compartido, recursos y relaciones.
Pero si esa estructura desaparecía, su situación podía cambiar rápidamente.
Por eso la Biblia habla tantas veces de las viudas.
No porque toda viuda fuera necesariamente pobre.
Sino porque la pérdida del marido podía colocar a una mujer en una posición especialmente vulnerable.
La Ley decía:
“A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.”
—Éxodo 22:22.
Aquella protección era necesaria precisamente porque existía la posibilidad de abuso.
Una persona con menos capacidad económica, menos respaldo familiar o menos autoridad social podía ser más fácil de ignorar.
Y allí aparece algo que veremos repetidamente cuando Jesús comience su ministerio.
Jesús veía a las mujeres.
No solamente cuando pertenecían a familias importantes.
No solamente cuando podían ofrecer algo.
Las veía como personas.
Hablará con ellas.
Escuchará sus necesidades.
Recibirá su ayuda.
Permitirá que lo acompañen.
Responderá a su fe.
Defenderá su dignidad.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora estamos en Nazaret.
Y Jesús está creciendo dentro de una sociedad donde puede observar que no todas las personas tienen la misma capacidad para protegerse.
Los niños estaban por todas partes
También estaban los niños.
En una población pequeña y en familias frecuentemente numerosas, la presencia infantil debía formar parte constante de la vida.
Niños entrando y saliendo.
Siguiendo a otros.
Preguntando.
Observando.
Aprendiendo.
Jugando.
Llorando.
Discutiendo.
Reconciliándose.
Intentando hacer lo que hacían los mayores.
Algunos suficientemente pequeños para necesitar atención casi constante.
Otros comenzando a recibir responsabilidades.
Y aquí también debemos evitar mirar el mundo antiguo solamente desde nuestras categorías modernas.
La infancia existía.
Había afecto.
Había protección.
Había juego.
Pero el niño también estaba siendo preparado para incorporarse progresivamente a la vida familiar.
Conforme aumentaba su capacidad, podían aumentar sus responsabilidades.
Primero observa.
Después ayuda.
Más tarde puede hacerse cargo de algo.
El objetivo no era mantenerlo separado durante muchos años del mundo adulto.
Era enseñarle gradualmente a vivir dentro de él.
Jesús conoció ese proceso desde dentro.
Fue niño entre niños.
Creció rodeado de hermanos y hermanas.
Vio llegar otros niños a las familias.
Vio madres cargándolos.
Padres corrigiéndolos.
Hermanos jugando.
Niños aprendiendo.
Pequeños queriendo acercarse a lo que hacían los grandes.
Y años después ocurrirá una escena extraordinaria.
Algunas personas llevarán niños a Jesús.
Los discípulos intentarán impedirlo.
Marcos dice:
“Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban.”
—Marcos 10:13.
Para los discípulos quizá había asuntos más importantes.
Adultos.
Preguntas.
Enseñanza.
Problemas.
Multitudes.
Pero Jesús reaccionó.
“Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.”
—Marcos 10:14.
Después ocurrió algo todavía más hermoso:
“Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.”
—Marcos 10:16.
El Maestro al que seguían multitudes tuvo tiempo para detenerse por niños.
Un niño dependía de que alguien lo protegiera
Hay algo más profundo detrás de aquella escena.
Un niño podía tener personalidad.
Voluntad.
Curiosidad.
Alegría.
Pero seguía dependiendo de los adultos.
No controlaba los recursos de la familia.
No decidía dónde vivir.
No podía defender sus intereses como un adulto.
Dependía de que alguien lo alimentara.
Lo vistiera.
Lo protegiera.
Lo enseñara.
Lo corrigiera.
Lo cuidara.
Su vulnerabilidad estaba unida precisamente a su dependencia.
Y Jesús sabía lo que significaba ser niño.
No porque hubiera observado la infancia solamente desde afuera.
Él mismo había aceptado pasar por ella.
El Verbo no apareció en Belén convertido inmediatamente en adulto.
Fue cargado.
Fue alimentado.
Fue protegido.
Fue llevado a Egipto cuando Herodes quiso matarlo.
Dependió de María y José.
Creció.
Y poco a poco dejó de ser el niño que necesitaba que otros hicieran todo por Él.
Por eso cuando Jesús colocaba a un niño delante de sus discípulos, no estaba utilizando una criatura extraña a su experiencia humana.
La infancia pertenecía a la vida que Él mismo había aceptado vivir.
Y después estaban los ancianos
En el otro extremo de la vida se encontraban quienes habían recorrido muchos años.
Israel poseía una profunda tradición de respeto hacia ellos.
La Ley decía:
“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano…”
—Levítico 19:32.
Las canas podían representar algo que ninguna riqueza podía comprar rápidamente:
años vividos.
El anciano había visto cosas que el joven solamente había escuchado.
Había conocido personas que ya habían muerto.
Recordaba acontecimientos familiares.
Conservaba historias.
Podía recordar cómo eran las cosas antes.
En una sociedad donde gran parte de la memoria se transmitía oralmente, los mayores podían convertirse en puentes vivos hacia el pasado.
El niño escuchaba una historia.
El anciano podía decir:
“Yo lo recuerdo.”
Eso tenía valor.
La familia no comenzaba con la generación presente.
Había padres.
Abuelos.
Antepasados.
Historias.
Nombres.
Recuerdos.
La identidad también viajaba de una generación a otra.
Pero envejecer también significaba perder fuerzas
El respeto no eliminaba la realidad física.
Llegaba un momento en que el cuerpo comenzaba a cambiar.
Las manos que habían trabajado durante décadas quizá ya no podían producir lo mismo.
Caminar podía hacerse más difícil.
La vista podía disminuir.
El oído podía fallar.
El cansancio podía aparecer antes.
Alguien que durante años había sostenido a otros podía comenzar a necesitar que otros lo sostuvieran.
Ésa es una de las transiciones más profundas de la vida.
Primero somos cargados.
Después caminamos solos.
Más tarde cargamos a otros.
Y si vivimos suficientes años, quizá llegue nuevamente el momento en que necesitemos ayuda.
En una sociedad sin nuestros sistemas modernos de jubilación, instituciones geriátricas y redes públicas de asistencia, la familia tenía una importancia enorme.
Los hijos no eran solamente descendientes.
Podían convertirse en la protección de los padres cuando éstos envejecían.
Por eso honrar al padre y a la madre no terminaba necesariamente cuando el hijo se hacía adulto.
La responsabilidad podía continuar.
Y en algunos sentidos podía invertirse.
Los padres que habían cuidado…
ahora podían necesitar ser cuidados.
La familia era una red de protección
Esto nos ayuda a comprender algo esencial acerca del mundo de Jesús.
La familia no era solamente un grupo de personas que compartían afecto.
También era una estructura económica y social.
Dentro de ella se trabajaba.
Se compartía.
Se enseñaba.
Se cuidaba.
Se transmitía identidad.
Se protegía al pequeño.
Se ayudaba al enfermo.
Se acompañaba al anciano.
Cuando esa red funcionaba bien, podía proteger a personas que por sí mismas tendrían enormes dificultades.
Cuando desaparecía, la vulnerabilidad aumentaba.
Por eso palabras como:
viuda,
huérfano,
extranjero,
tenían tanta fuerza en las Escrituras.
Describían personas que podían carecer de una parte de las redes normales de protección.
Y por eso Dios había ordenado repetidamente a Israel mirar hacia ellas.
“Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda…”
—Deuteronomio 10:17-18.
El Dios de Israel no solamente miraba a quienes estaban en el centro.
También miraba hacia quienes podían quedar en los bordes.
En una población pequeña era difícil que fueran solamente categorías
Aquí regresamos nuevamente a Nazaret.
“Una viuda.”
“Un anciano.”
“Un niño.”
“Una mujer.”
Nosotros podemos leer esas palabras como categorías.
Pero en una población pequeña tenían rostros.
La viuda podía vivir unas casas más allá.
El anciano podía ser conocido por todos.
Los niños podían pertenecer a familias conocidas.
La mujer que trabajaba podía ser madre, hermana, esposa, hija o vecina de alguien.
La vulnerabilidad no era una estadística.
Tenía nombre.
Y Jesús creció dentro de ese mundo.
Vio a las generaciones convivir.
Niños que todavía necesitaban cuidado.
Adultos sosteniendo familias.
Ancianos que habían sostenido antes a quienes ahora los ayudaban.
Mujeres realizando trabajos indispensables que podían pasar desapercibidos precisamente porque ocurrían todos los días.
La vida humana estaba delante de Él en todas sus etapas.
Después comprenderemos mejor muchas escenas
Años después, cuando Jesús comience su ministerio, veremos cosas que ahora tendrán otra profundidad.
Veremos mujeres acercándose a Él.
Veremos madres.
Viudas.
Niños.
Ancianos.
Personas dependientes.
Personas vulnerables.
Y una y otra vez descubriremos que Jesús podía detenerse.
La multitud avanzaba…
pero Él veía a una persona.
Otros podían pensar en categorías.
Él veía rostros.
Otros podían calcular importancia.
Él podía detenerse ante alguien que parecía no tenerla.
Eso no comenzó porque un día decidió adoptar una estrategia para su ministerio.
El Hijo de Dios había aceptado vivir durante años dentro de una comunidad humana.
Había visto cómo funciona una familia.
Había visto crecer a los niños.
Había visto trabajar a las mujeres.
Había visto envejecer a las personas.
Había vivido entre fuertes y vulnerables.
Entre quienes podían ayudar y quienes necesitaban ser ayudados.
Y cuando finalmente salió de Nazaret para comenzar su ministerio, llevó consigo algo que veremos repetidamente:
la capacidad de mirar a la persona que estaba delante de Él.
Y el Verbo se hizo carne
El que creó al hombre y a la mujer aceptó vivir entre hombres y mujeres.
El que da la vida aceptó comenzar como un niño.
Fue cargado.
Protegido.
Alimentado.
Y cuidado.
Después creció.
Vio a otros niños crecer.
Vio mujeres sostener hogares.
Vio madres cuidar.
Vio viudas vulnerables.
Vio hombres y mujeres envejecer.
Vio manos que antes habían trabajado comenzar a perder fuerzas.
El Eterno aceptó vivir entre todas las etapas de nuestra existencia.
Y cuando llegó el momento de caminar entre las multitudes, nunca permitió que la multitud le impidiera ver a la persona.
Y el Verbo se hizo carne y vivió entre mujeres, niños y ancianos, conociendo desde dentro una sociedad donde algunos podían sostener a otros y otros necesitaban ser protegidos, cuidados y vistos.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Libro recomendado

