Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Romanos 12:15

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”

Nazaret no estaba formada solamente por trabajo.

La vida también tenía días que interrumpían todo.

Una boda.

El nacimiento de un hijo.

Una celebración familiar.

La llegada de parientes.

Jesucristo y los funerales

Y también una noticia completamente distinta:

alguien había muerto.

Entonces la misma comunidad que unos meses antes había cantado y celebrado podía reunirse para llorar.

Jesús creció dentro de ese mundo.

Vio personas casarse.

Vio familias celebrar.

Escuchó música.

Compartió comidas.

Conoció hogares llenos de alegría.

Y conoció también el duelo.

Personas que un día estaban allí y después ya no.

Casas donde las conversaciones cambiaban porque faltaba alguien.

Familias acompañando a sus muertos.

No necesitamos inventar episodios de su juventud para comprenderlo.

Basta conocer la sociedad en la que vivió.

Jesús conoció la vida humana no solamente en el trabajo, sino también en sus grandes momentos: cuando celebramos y cuando lloramos.

Una boda podía involucrar a toda la comunidad

En una pequeña población, un matrimonio no era simplemente un acontecimiento privado entre dos personas.

Unía familias.

Movilizaba parientes.

Creaba nuevas relaciones.

Había preparación.

Expectativa.

Alimentos.

Invitados.

Vestidos preparados para la ocasión.

Conversaciones que comenzaban mucho antes.

Y finalmente llegaba el momento.

Las bodas judías del siglo primero no deben reconstruirse copiando sin cuidado todas las costumbres judías documentadas en períodos posteriores. Los detalles podían variar según época, lugar y circunstancias familiares.

Pero los Evangelios mismos muestran algo suficiente para sentir su dimensión social.

Había novio.

Había novia.

Había invitados.

Había banquetes.

Había lámparas.

Había espera.

Había vino.

Había celebración.

Y podía haber una cantidad considerable de personas involucradas.

No era:

“Nos casamos y después les avisamos.”

La comunidad participaba.

Para una pequeña población, aquello significaba que la rutina se rompía.

Había algo que esperar.

Durante unos días la vida podía sentirse diferente

Quien ha vivido en una comunidad pequeña conoce esta experiencia.

Una familia está preparando una boda y, de alguna manera, medio pueblo termina enterándose.

Alguien ayuda.

Otro presta algo.

Otro prepara alimento.

Alguien pregunta qué falta.

Los familiares llegan.

Los niños observan.

Los adultos conversan.

Aparecen personas que no se habían visto durante algún tiempo.

Y la casa que normalmente tenía un ritmo conocido comienza a llenarse.

Había trabajo, por supuesto.

Una celebración no se prepara sola.

Alguien tenía que cocinar.

Servir.

Transportar.

Ordenar.

Limpiar.

Atender invitados.

Conseguir lo necesario.

Detrás de una mesa llena siempre ha habido personas cansadas que trabajaron para llenarla.

Pero finalmente llegaba el momento de disfrutar.

Comer juntos.

Conversar.

Reír.

Escuchar música.

Celebrar que dos personas comenzaban una nueva familia.

Jesús conoció ese mundo.

Y tenemos una evidencia extraordinaria de que las bodas no fueron para Él solamente una imagen observada desde lejos.

Juan 2 comienza diciendo:

“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.”

—Juan 2:1-2.

Jesús aceptó una invitación a una boda.

Su primer milagro registrado por Juan no ocurrió en un funeral, un campo de batalla ni un palacio.

Ocurrió en medio de una celebración familiar.

Por eso sus enseñanzas están llenas de bodas

Años después, cuando Jesús enseñaba, aparecían una y otra vez escenas que sus oyentes conocían.

Un rey preparó bodas para su hijo.

Unos invitados fueron llamados a un banquete.

Diez vírgenes tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo.

Un esposo tardó.

Una puerta finalmente se cerró.

Jesús no necesitaba explicar qué era una boda.

Sus oyentes conocían la expectativa.

Sabían lo que significaba esperar al novio.

Entendían la importancia de estar preparados.

Conocían el ambiente de una celebración.

Cuando Jesús utilizaba aquellas imágenes, no estaba pintando un mundo fantástico.

Tomaba recuerdos que probablemente casi todos poseían.

Todos habían visto alguna boda.

Todos sabían lo que significaba que una familia estuviera celebrando.

Pero había otro sonido que también conocían.

No la música.

El llanto.

Cuando alguien moría, la vida se detenía de otra manera

En nuestro mundo moderno podemos mantener la muerte relativamente lejos de la vida cotidiana.

Una persona muere en un hospital.

Su cuerpo es trasladado por profesionales.

Una funeraria realiza gran parte de la preparación.

Días después ocurre el funeral.

En el mundo judío del siglo primero, la muerte estaba mucho más cerca de la casa.

Y debido al clima y a las prácticas funerarias de la época, el entierro normalmente se realizaba con rapidez, frecuentemente el mismo día.

No había largas semanas para prepararse emocionalmente.

La muerte llegaba.

Y había que actuar.

El cuerpo tenía que ser atendido.

Familiares y comunidad eran avisados.

Comenzaba el duelo.

Y había que llevar al muerto a su sepultura.

Imagine la rapidez emocional de aquello.

Por la mañana una persona podía estar viva.

Y antes de que terminara el día, su familia podía estar caminando detrás de su cuerpo hacia una tumba.

El corazón apenas comenzaba a comprender lo ocurrido cuando ya tenía que despedirse.

El duelo se escuchaba

El dolor antiguo no siempre era silencioso.

Se lloraba.

Se lamentaba.

Familiares, vecinos y conocidos acompañaban a quienes habían sufrido la pérdida.

Los Evangelios conservan escenas en las que aparecen personas llorando alrededor de una muerte.

Cuando Jesús llegó a la casa de Jairo, Mateo describe:

“…a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto…”

—Mateo 9:23.

En Betania, cuando murió Lázaro, muchos judíos habían llegado para acompañar a Marta y María.

Juan dice:

“Y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.”

—Juan 11:19.

Eso nos muestra algo profundamente humano.

El dolor pertenecía también a la comunidad.

No se esperaba que una familia enfrentara sola aquellas primeras horas.

Había presencia.

Había acompañamiento.

Había lágrimas.

Después había que caminar hasta la tumba

Otra vez aparece el camino.

Pero éste era muy diferente del camino hacia una boda.

Allí había expectativa.

Aquí alguien faltaba.

El cuerpo era llevado hacia el lugar de sepultura.

Las tumbas judías podían aprovechar la roca natural y, dependiendo de los recursos familiares y las condiciones locales, adoptar diferentes formas.

La arqueología de Galilea y Judea permite conocer diversas prácticas funerarias del período.

Pero para quien caminaba detrás del muerto, la arquitectura de la tumba seguramente era lo menos importante.

Importaba quién iba dentro.

Una madre.

Un padre.

Un hermano.

Una esposa.

Un hijo.

Un amigo.

Alguien con quien se había hablado pocos días antes.

Alguien cuyo lugar en la casa ahora quedaría vacío.

Ésa es una experiencia que no ha cambiado demasiado en dos mil años.

Podemos cambiar los funerales.

Los vehículos.

Los cementerios.

Las costumbres.

Pero hay una experiencia que sigue siendo la misma:

regresar a casa sin la persona que salió para ser sepultada.

Y posiblemente Jesús conoció ese dolor dentro de su propia familia

Aquí debemos caminar con mucho cuidado.

Los Evangelios no narran la muerte de José.

No dicen cuándo murió.

No dicen dónde.

No describen su funeral.

Por eso no podemos escribir una escena diciendo que Jesús sostuvo su cuerpo, cavó su tumba o pronunció determinadas palabras.

No lo sabemos.

Pero existe una observación difícil de ignorar.

José aparece durante la infancia y juventud de Jesús.

Después desaparece de la narración.

María continúa apareciendo.

Los hermanos de Jesús aparecen.

Sus hermanas son mencionadas.

Pero durante el ministerio público de Jesús, José ya no aparece.

Y cuando Jesús está en la cruz, encomienda el cuidado de María al discípulo amado:

“Mujer, he ahí tu hijo.”

Después dice al discípulo:

“He ahí tu madre.”

—Juan 19:26-27.

Todo esto hace razonable pensar que José había muerto antes del ministerio público de Jesús.

No podemos saber cuándo.

Pero si fue así, entonces hay una posibilidad profundamente conmovedora:

Jesús perdió al hombre que había ocupado el lugar de padre dentro de su hogar.

El hombre bajo cuya autoridad había vivido.

El hombre que había protegido a María.

El hombre que lo había llevado siendo niño a Egipto.

El hombre que había regresado con Él a Nazaret.

El hombre con quien probablemente compartió el mundo del trabajo.

Un día ya no estaba.

Una familia numerosa cambia cuando falta el padre

Si José murió mientras todavía había hijos dependiendo del hogar, su ausencia no habría sido solamente emocional.

También habría tenido consecuencias prácticas.

Una familia pierde una voz conocida.

Una presencia.

Una fuente de trabajo.

Una figura de autoridad.

Responsabilidades que antes pertenecían a una persona tienen que distribuirse entre otras.

Los hijos mayores tienen que crecer rápidamente.

La madre continúa.

La casa continúa.

Hay que comer al día siguiente.

Hay cosas que deben resolverse aunque alguien todavía esté llorando.

Eso es parte de la crueldad silenciosa del duelo:

el mundo no se detiene al mismo ritmo que nuestro corazón.

Hay que levantarse.

Preparar comida.

Trabajar.

Atender a los demás.

Responder preguntas.

Continuar.

Mientras dentro de nosotros todavía existe una silla que parece ocupada.

Un lugar donde esperamos escuchar una voz.

Una costumbre que por un instante nos hace olvidar que aquella persona ya no regresará.

No sabemos cómo ni cuándo ocurrió esto en la familia de Jesús.

Pero si José había muerto, Jesús conoció desde dentro algo que después encontraría muchas veces durante su ministerio:

una familia enfrentando una ausencia.

Jesús no miró el dolor humano como un extraño

Esto ayuda a comprender una escena posterior sin necesidad de inventar nada acerca de Nazaret.

Jesús llega a Betania.

Lázaro ha muerto.

Marta sale a encontrarlo.

María llora.

Los que están con ella lloran.

Y entonces aparece uno de los versículos más cortos y, al mismo tiempo, más humanos de toda la Biblia:

“Jesús lloró.”

—Juan 11:35.

No dio primero una explicación filosófica sobre la muerte.

Lloró.

El Hijo de Dios estaba delante de una tumba.

Sabía lo que iba a hacer.

Y aun así lloró.

Eso nos revela algo extraordinario.

Saber que existe resurrección no convierte la pérdida en algo que no duele.

Jesús podía conocer el final de aquella historia y todavía conmoverse delante de las lágrimas de quienes amaba.

Así era la vida de su pueblo

Una semana podía haber música.

Otra podía haber llanto.

En una casa preparaban una boda.

En otra estaban atendiendo a un enfermo.

Una familia recibía una nueva nuera.

Otra acompañaba a un padre hasta la tumba.

Un niño nacía.

Un anciano moría.

Alguien comenzaba una nueva casa.

Otro dejaba para siempre la suya.

Eso era Nazaret.

Eso era Galilea.

Eso era la vida.

Y Jesús creció en medio de ella.

Por eso, cuando posteriormente habló a las personas, conocía las imágenes que tocaban el corazón.

Bodas.

Banquetes.

Esposos.

Invitados.

Lámparas.

Viudas.

Entierros.

Lágrimas.

Sepulcros.

No estaba hablando de una humanidad estudiada desde lejos.

Estaba hablando del mundo en el que había vivido.

Y el Verbo se hizo carne

El que creó la alegría entró en nuestras celebraciones.

El que estableció la familia aceptó pertenecer a una.

El que hizo al hombre y a la mujer asistió a bodas humanas.

Escuchó música.

Compartió mesas.

Vio familias comenzar.

Pero el Verbo también entró en un mundo donde las familias se despedían.

Vio llorar.

Vio tumbas cerrarse.

Acompañó a personas que habían perdido a quienes amaban.

Y probablemente conoció dentro de su propia casa lo que significaba que alguien amado ya no estuviera.

El eterno entró en un mundo donde el tiempo nos obliga a despedirnos.

El que es la Vida caminó entre personas que morían.

El que un día diría:

“Yo soy la resurrección y la vida”

—Juan 11:25,

también se detuvo frente a una tumba…

y lloró.

No vino a observar nuestras bodas desde el cielo.

No contempló nuestros funerales desde la eternidad.

Entró en ambos.

Celebró con los que celebraban.

Lloró con los que lloraban.

Y quizá pocas escenas expliquen mejor esas palabras:

el Dios eterno aceptó vivir en un mundo donde podía abrazar hoy a una persona y, un día, caminar con su familia para despedirla.

 “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Levítico 19:32

“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová.”

Cuando imaginamos una población antigua, fácilmente vemos primero a quienes parecen ocupar el centro de la actividad.

Los hombres trabajando.

Los campesinos en los campos.

Los artesanos.

Los comerciantes.

Los propietarios.

Los dirigentes.

Pero una población no estaba formada solamente por ellos.

Había mujeres.

Niños.

Ancianos.

Viudas.

Madres con hijos pequeños.

Personas que todavía no podían sostenerse por sí mismas.

Y otras que después de muchos años comenzaban a depender nuevamente de los demás.

Todos formaban parte del mundo en el que Jesús creció.

Y si queremos comprender posteriormente algunas de las escenas más hermosas de su ministerio, necesitamos detenernos por un momento y mirar también hacia ellos.

Porque no todas las personas que vivían en aquella sociedad tenían la misma autoridad.

No todas poseían los mismos recursos.

No todas podían defenderse con la misma facilidad.

Pero todas tenían algo que Jesús nunca olvidaría:

eran personas.

Las mujeres sostenían gran parte de la vida cotidiana

Cuando pensamos en una mujer de Galilea durante el siglo primero, debemos evitar dos extremos.

No debemos imaginarla simplemente como una persona sin voz, encerrada y completamente separada de la vida social.

Pero tampoco debemos trasladar hacia aquella época las posibilidades y estructuras de nuestra sociedad moderna.

Su mundo era diferente.

La familia ocupaba un lugar central.

Y dentro de ella las mujeres realizaban trabajos indispensables para la supervivencia cotidiana.

Preparar alimento.

Trabajar con el grano y la harina.

Cuidar a los niños.

Atender necesidades domésticas.

Lavar.

Remendar.

Organizar.

Conservar.

Ayudar en actividades productivas de la familia cuando era necesario.

Gran parte de aquel trabajo desaparecía casi inmediatamente después de realizarse.

El pan preparado hoy se comía.

La ropa lavada volvía a ensuciarse.

La casa limpiada necesitaba limpiarse nuevamente.

El niño atendido hoy volvería a necesitar atención mañana.

Era trabajo repetitivo.

Pero era indispensable.

Una familia podía reconocer fácilmente el trabajo del hombre que regresaba después de una jornada fuera de casa.

El trabajo realizado dentro del hogar podía ser menos visible.

Y sin embargo, sin él, la casa simplemente no funcionaba.

Jesús creció dentro de ese mundo.

María no fue una figura decorativa dentro de la historia de la encarnación.

Fue una mujer real.

Había llevado un embarazo.

Había dado a luz.

Había alimentado y cuidado a un niño.

Después llegaron otros hijos a la familia.

Los años pasaron.

Las necesidades cambiaron.

Y la vida continuó.

No conocemos cada tarea que María realizaba y no debemos inventarla.

Pero sabemos que Jesús creció dentro de una familia real, en una sociedad donde el trabajo de las mujeres constituía una parte fundamental de la vida cotidiana.

Quizá eso nos ayuda a comprender por qué, años después, las mujeres aparecen con tanta naturalidad dentro de sus enseñanzas.

Una mujer mezcla levadura con harina.

Otra pierde una moneda y barre la casa hasta encontrarla.

Una viuda insiste ante un juez.

Mujeres esperan una boda con sus lámparas.

Jesús podía tomar escenas del mundo femenino cotidiano y colocarlas junto a sembradores, propietarios, pastores y trabajadores.

Para Él, la vida dentro de la casa también podía explicar el Reino de Dios.

Ser mujer también podía significar vulnerabilidad

Pero había otra realidad.

La posición económica y social de muchas mujeres estaba profundamente relacionada con la familia.

Una mujer con una estructura familiar sólida podía contar con protección, trabajo compartido, recursos y relaciones.

Pero si esa estructura desaparecía, su situación podía cambiar rápidamente.

Por eso la Biblia habla tantas veces de las viudas.

No porque toda viuda fuera necesariamente pobre.

Sino porque la pérdida del marido podía colocar a una mujer en una posición especialmente vulnerable.

La Ley decía:

“A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.”

—Éxodo 22:22.

Aquella protección era necesaria precisamente porque existía la posibilidad de abuso.

Una persona con menos capacidad económica, menos respaldo familiar o menos autoridad social podía ser más fácil de ignorar.

Y allí aparece algo que veremos repetidamente cuando Jesús comience su ministerio.

Jesús veía a las mujeres.

No solamente cuando pertenecían a familias importantes.

No solamente cuando podían ofrecer algo.

Las veía como personas.

Hablará con ellas.

Escuchará sus necesidades.

Recibirá su ayuda.

Permitirá que lo acompañen.

Responderá a su fe.

Defenderá su dignidad.

Pero todavía no lleguemos allí.

Por ahora estamos en Nazaret.

Y Jesús está creciendo dentro de una sociedad donde puede observar que no todas las personas tienen la misma capacidad para protegerse.

Los niños estaban por todas partes

También estaban los niños.

En una población pequeña y en familias frecuentemente numerosas, la presencia infantil debía formar parte constante de la vida.

Niños entrando y saliendo.

Siguiendo a otros.

Preguntando.

Observando.

Aprendiendo.

Jugando.

Llorando.

Discutiendo.

Reconciliándose.

Intentando hacer lo que hacían los mayores.

Algunos suficientemente pequeños para necesitar atención casi constante.

Otros comenzando a recibir responsabilidades.

Y aquí también debemos evitar mirar el mundo antiguo solamente desde nuestras categorías modernas.

La infancia existía.

Había afecto.

Había protección.

Había juego.

Pero el niño también estaba siendo preparado para incorporarse progresivamente a la vida familiar.

Conforme aumentaba su capacidad, podían aumentar sus responsabilidades.

Primero observa.

Después ayuda.

Más tarde puede hacerse cargo de algo.

El objetivo no era mantenerlo separado durante muchos años del mundo adulto.

Era enseñarle gradualmente a vivir dentro de él.

Jesús conoció ese proceso desde dentro.

Fue niño entre niños.

Creció rodeado de hermanos y hermanas.

Vio llegar otros niños a las familias.

Vio madres cargándolos.

Padres corrigiéndolos.

Hermanos jugando.

Niños aprendiendo.

Pequeños queriendo acercarse a lo que hacían los grandes.

Y años después ocurrirá una escena extraordinaria.

Algunas personas llevarán niños a Jesús.

Los discípulos intentarán impedirlo.

Marcos dice:

“Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban.”

—Marcos 10:13.

Para los discípulos quizá había asuntos más importantes.

Adultos.

Preguntas.

Enseñanza.

Problemas.

Multitudes.

Pero Jesús reaccionó.

“Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.”

—Marcos 10:14.

Después ocurrió algo todavía más hermoso:

“Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.”

—Marcos 10:16.

El Maestro al que seguían multitudes tuvo tiempo para detenerse por niños.

Un niño dependía de que alguien lo protegiera

Hay algo más profundo detrás de aquella escena.

Un niño podía tener personalidad.

Voluntad.

Inteligencia.

Curiosidad.

Alegría.

Pero seguía dependiendo de los adultos.

No controlaba los recursos de la familia.

No decidía dónde vivir.

No podía defender sus intereses como un adulto.

Dependía de que alguien lo alimentara.

Lo vistiera.

Lo protegiera.

Lo enseñara.

Lo corrigiera.

Lo cuidara.

Su vulnerabilidad estaba unida precisamente a su dependencia.

Y Jesús sabía lo que significaba ser niño.

No porque hubiera observado la infancia solamente desde afuera.

Él mismo había aceptado pasar por ella.

El Verbo no apareció en Belén convertido inmediatamente en adulto.

Fue cargado.

Fue alimentado.

Fue protegido.

Fue llevado a Egipto cuando Herodes quiso matarlo.

Dependió de María y José.

Creció.

Y poco a poco dejó de ser el niño que necesitaba que otros hicieran todo por Él.

Por eso cuando Jesús colocaba a un niño delante de sus discípulos, no estaba utilizando una criatura extraña a su experiencia humana.

La infancia pertenecía a la vida que Él mismo había aceptado vivir.

Y después estaban los ancianos

En el otro extremo de la vida se encontraban quienes habían recorrido muchos años.

Israel poseía una profunda tradición de respeto hacia ellos.

La Ley decía:

“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano…”

—Levítico 19:32.

Las canas podían representar algo que ninguna riqueza podía comprar rápidamente:

años vividos.

El anciano había visto cosas que el joven solamente había escuchado.

Había conocido personas que ya habían muerto.

Recordaba acontecimientos familiares.

Conservaba historias.

Podía recordar cómo eran las cosas antes.

En una sociedad donde gran parte de la memoria se transmitía oralmente, los mayores podían convertirse en puentes vivos hacia el pasado.

El niño escuchaba una historia.

El anciano podía decir:

“Yo lo recuerdo.”

Eso tenía valor.

La familia no comenzaba con la generación presente.

Había padres.

Abuelos.

Antepasados.

Historias.

Nombres.

Recuerdos.

La identidad también viajaba de una generación a otra.

Pero envejecer también significaba perder fuerzas

El respeto no eliminaba la realidad física.

Llegaba un momento en que el cuerpo comenzaba a cambiar.

Las manos que habían trabajado durante décadas quizá ya no podían producir lo mismo.

Caminar podía hacerse más difícil.

La vista podía disminuir.

El oído podía fallar.

El cansancio podía aparecer antes.

Alguien que durante años había sostenido a otros podía comenzar a necesitar que otros lo sostuvieran.

Ésa es una de las transiciones más profundas de la vida.

Primero somos cargados.

Después caminamos solos.

Más tarde cargamos a otros.

Y si vivimos suficientes años, quizá llegue nuevamente el momento en que necesitemos ayuda.

En una sociedad sin nuestros sistemas modernos de jubilación, instituciones geriátricas y redes públicas de asistencia, la familia tenía una importancia enorme.

Los hijos no eran solamente descendientes.

Podían convertirse en la protección de los padres cuando éstos envejecían.

Por eso honrar al padre y a la madre no terminaba necesariamente cuando el hijo se hacía adulto.

La responsabilidad podía continuar.

Y en algunos sentidos podía invertirse.

Los padres que habían cuidado…

ahora podían necesitar ser cuidados.

La familia era una red de protección

Esto nos ayuda a comprender algo esencial acerca del mundo de Jesús.

La familia no era solamente un grupo de personas que compartían afecto.

También era una estructura económica y social.

Dentro de ella se trabajaba.

Se compartía.

Se enseñaba.

Se cuidaba.

Se transmitía identidad.

Se protegía al pequeño.

Se ayudaba al enfermo.

Se acompañaba al anciano.

Cuando esa red funcionaba bien, podía proteger a personas que por sí mismas tendrían enormes dificultades.

Cuando desaparecía, la vulnerabilidad aumentaba.

Por eso palabras como:

viuda,

huérfano,

extranjero,

tenían tanta fuerza en las Escrituras.

Describían personas que podían carecer de una parte de las redes normales de protección.

Y por eso Dios había ordenado repetidamente a Israel mirar hacia ellas.

“Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda…”

—Deuteronomio 10:17-18.

El Dios de Israel no solamente miraba a quienes estaban en el centro.

También miraba hacia quienes podían quedar en los bordes.

En una población pequeña era difícil que fueran solamente categorías

Aquí regresamos nuevamente a Nazaret.

“Una viuda.”

“Un anciano.”

“Un niño.”

“Una mujer.”

Nosotros podemos leer esas palabras como categorías.

Pero en una población pequeña tenían rostros.

La viuda podía vivir unas casas más allá.

El anciano podía ser conocido por todos.

Los niños podían pertenecer a familias conocidas.

La mujer que trabajaba podía ser madre, hermana, esposa, hija o vecina de alguien.

La vulnerabilidad no era una estadística.

Tenía nombre.

Y Jesús creció dentro de ese mundo.

Vio a las generaciones convivir.

Niños que todavía necesitaban cuidado.

Adultos sosteniendo familias.

Ancianos que habían sostenido antes a quienes ahora los ayudaban.

Mujeres realizando trabajos indispensables que podían pasar desapercibidos precisamente porque ocurrían todos los días.

La vida humana estaba delante de Él en todas sus etapas.

Después comprenderemos mejor muchas escenas

Años después, cuando Jesús comience su ministerio, veremos cosas que ahora tendrán otra profundidad.

Veremos mujeres acercándose a Él.

Veremos madres.

Viudas.

Niños.

Ancianos.

Personas dependientes.

Personas vulnerables.

Y una y otra vez descubriremos que Jesús podía detenerse.

La multitud avanzaba…

pero Él veía a una persona.

Otros podían pensar en categorías.

Él veía rostros.

Otros podían calcular importancia.

Él podía detenerse ante alguien que parecía no tenerla.

Eso no comenzó porque un día decidió adoptar una estrategia para su ministerio.

El Hijo de Dios había aceptado vivir durante años dentro de una comunidad humana.

Había visto cómo funciona una familia.

Había visto crecer a los niños.

Había visto trabajar a las mujeres.

Había visto envejecer a las personas.

Había vivido entre fuertes y vulnerables.

Entre quienes podían ayudar y quienes necesitaban ser ayudados.

Y cuando finalmente salió de Nazaret para comenzar su ministerio, llevó consigo algo que veremos repetidamente:

la capacidad de mirar a la persona que estaba delante de Él.

Y el Verbo se hizo carne

El que creó al hombre y a la mujer aceptó vivir entre hombres y mujeres.

El que da la vida aceptó comenzar como un niño.

Fue cargado.

Protegido.

Alimentado.

Y cuidado.

Después creció.

Vio a otros niños crecer.

Vio mujeres sostener hogares.

Vio madres cuidar.

Vio viudas vulnerables.

Vio hombres y mujeres envejecer.

Vio manos que antes habían trabajado comenzar a perder fuerzas.

El Eterno aceptó vivir entre todas las etapas de nuestra existencia.

Y cuando llegó el momento de caminar entre las multitudes, nunca permitió que la multitud le impidiera ver a la persona.

Y el Verbo se hizo carne y vivió entre mujeres, niños y ancianos, conociendo desde dentro una sociedad donde algunos podían sostener a otros y otros necesitaban ser protegidos, cuidados y vistos.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 9:36

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.”

Hasta ahora hemos recorrido muchas escenas de la vida en Nazaret.

Hemos entrado en las casas.

Hemos visto trabajar a las familias.

Hemos caminado por los campos.

Hemos observado mercados, jornaleros, pastores, mujeres, niños y ancianos.

Pero si queremos reconstruir honestamente el mundo en el que Jesús creció, hay otra realidad que no podemos dejar fuera.

Había dolor.

Jesucristo conoció a los enfermos y marginados

No estaba escondido detrás de las puertas de hospitales.

No estaba concentrado en instituciones alejadas de la población.

La enfermedad vivía dentro de las casas.

La discapacidad podía verse en los caminos.

La pobreza tenía rostro.

La muerte entraba en las familias.

Y algunas personas cargaban, además de su sufrimiento físico o económico, con el peso de sentirse apartadas de los demás.

Jesús creció viendo un mundo donde la vida podía ser hermosa…

pero también podía romperse rápidamente.

Enfermarse era mucho más peligroso

Nosotros vivimos después de siglos de avances médicos.

Podemos medir la temperatura.

Realizar análisis de sangre.

Observar el interior del cuerpo.

Identificar microorganismos.

Administrar antibióticos.

Operar.

Controlar hemorragias.

Corregir fracturas.

Tratar enfermedades que durante gran parte de la historia podían significar muerte o discapacidad permanente.

El mundo de Nazaret no tenía nada semejante.

Había conocimientos médicos, remedios, cuidados domésticos y personas que intentaban tratar enfermedades.

Pero sus posibilidades eran enormemente limitadas comparadas con las nuestras.

Una infección que hoy puede tratarse podía convertirse en algo grave.

Una herida podía complicarse.

Una diarrea podía debilitar peligrosamente a una persona.

Una fiebre podía producir preocupación real.

Un accidente durante el trabajo podía dejar consecuencias permanentes.

Un parto podía convertirse en una situación peligrosa para la madre, para el niño o para ambos.

Una enfermedad que hoy controlaríamos durante años podía entonces cambiar rápidamente la historia de una familia.

Por eso enfermar no significaba solamente:

“Me siento mal.”

Podía significar:

“¿Voy a recuperarme?”

Y para una familia cuyo sustento dependía del trabajo físico, aparecía inmediatamente otra pregunta:

“¿Qué sucederá si no puedo trabajar?”

El dolor físico y el problema económico podían llegar juntos.

La enfermedad afectaba a toda la casa

Cuando alguien enfermaba, no enfermaba aisladamente.

La familia tenía que reorganizarse.

Alguien debía cuidarlo.

Alguien podía tener que realizar las tareas que aquella persona ya no podía hacer.

Si el enfermo contribuía al sustento familiar, su ausencia podía sentirse rápidamente.

Había menos trabajo realizado.

Menos ingreso.

Pero quizá más necesidades.

Eso podía producir cansancio.

Preocupación.

Incertidumbre.

No porque la familia no amara al enfermo.

Precisamente porque lo amaba.

Quien ha cuidado a una persona enferma sabe que el amor también puede cansarse físicamente sin dejar de ser amor.

Hay noches interrumpidas.

Hay preocupación.

Hay cosas que hacer.

Hay preguntas sin respuesta.

En aquel mundo, además, muchas veces no existía la seguridad de saber qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo.

La familia podía observar.

Esperar.

Cuidar.

Orar.

Y ver qué sucedía.

El dolor estaba cerca.

También había personas que nunca habían visto el mundo como otros lo veían

Los Evangelios nos presentan posteriormente un número considerable de personas con discapacidades.

Ciegos.

Sordos.

Personas con dificultades para hablar.

Paralíticos.

Personas con limitaciones para caminar.

No debemos proyectar automáticamente cada descripción bíblica sobre un diagnóstico médico moderno específico.

Pero la realidad es evidente:

había personas cuyos cuerpos no funcionaban como los de la mayoría.

Pensemos en lo que significaba la ceguera en una sociedad sin nuestras adaptaciones modernas.

No había semáforos sonoros.

Grabaciones.

Pantallas accesibles.

Sistemas educativos especializados.

Tecnologías de asistencia.

Una persona ciega dependía mucho más de la memoria, del oído, del tacto y frecuentemente de otras personas.

Algo semejante podía ocurrir con quien no podía caminar.

Los caminos no estaban diseñados para sillas de ruedas.

Las construcciones no tenían normas modernas de accesibilidad.

Moverse podía requerir ayuda.

La discapacidad no era solamente una condición del cuerpo.

Podía determinar cuánto podía participar una persona en muchas actividades de la vida cotidiana.

Y cuando la capacidad de trabajar disminuía, podía aparecer también la pobreza.

Algunas personas tenían que pedir

Por eso encontramos mendigos en los Evangelios.

No necesariamente porque no quisieran trabajar.

Para algunas personas, pedir podía ser una de las pocas posibilidades que quedaban.

Una discapacidad.

La pérdida de quien sostenía a la familia.

La edad.

Una enfermedad prolongada.

Una deuda.

Una sucesión de malas cosechas.

Varias desgracias podían empujar a una persona hacia una dependencia cada vez mayor.

Y entonces ocurría algo profundamente humano.

Una persona que anteriormente había dado podía terminar necesitando recibir.

Quien había caminado solo podía necesitar que alguien lo llevara.

Quien había trabajado podía terminar dependiendo de lo que otros quisieran darle.

Eso afecta más que el bolsillo.

Puede tocar la dignidad.

Porque una cosa es necesitar ayuda.

Y otra es sentir que los demás solamente ven nuestra necesidad.

El hombre deja de ser conocido por su nombre.

Ahora es:

“el ciego”.

“el cojo”.

“el mendigo”.

“la viuda”.

“el pobre”.

La condición comienza a tragarse a la persona.

Pero detrás de cada categoría continuaba existiendo alguien.

Con historia.

Familia.

Recuerdos.

Temores.

Deseos.

Un ser humano.

Algunas enfermedades podían separar

Había además condiciones que producían una vulnerabilidad todavía mayor.

La Biblia utiliza el término tradicionalmente traducido como lepra para distintas afecciones cutáneas que no deben identificarse automáticamente con lo que hoy llamamos enfermedad de Hansen.

Lo importante para nuestra historia es comprender el efecto social y religioso que ciertas condiciones podían producir.

Levítico establecía medidas de separación en determinados casos.

Eso significa que una persona podía sufrir dos dolores al mismo tiempo.

El problema de su cuerpo…

y la separación de la comunidad.

Imagine esa experiencia.

No solamente:

“Estoy enfermo.”

Sino:

“No puedo estar donde están los demás.”

La enfermedad podía modificar el contacto.

La convivencia.

La participación.

La manera en que otros se acercaban.

Y entonces comprendemos mejor por qué algunos encuentros posteriores de Jesús resultan tan poderosos.

Pero nuevamente debemos esperar.

Todavía estamos en Nazaret.

Por ahora basta reconocer que Jesús creció en un mundo donde algunas personas podían quedar físicamente y socialmente apartadas.

La pobreza podía comenzar con una desgracia

Ya hemos hablado de ricos y pobres.

Pero aquí debemos mirar la pobreza desde otra dirección.

No siempre comenzaba porque una familia hubiera sido pobre durante generaciones.

A veces podía comenzar con algo que salió mal.

Una enfermedad.

Una muerte.

Una lesión.

Una mala cosecha.

La pérdida de capacidad para trabajar.

Una deuda imposible de pagar.

Una familia podía estar sobreviviendo razonablemente…

hasta que algo ocurría.

Y después otra cosa.

Y después otra.

Poco a poco desaparecía el margen.

Primero se utilizaban las reservas.

Después quizá había que pedir.

Después endeudarse.

Después depender de otros.

La distancia entre estabilidad y necesidad podía ser mucho menor de lo que imaginamos.

Eso significaba que el pobre no pertenecía necesariamente a otro mundo.

Podía ser alguien conocido.

Un vecino.

Un familiar.

Una viuda.

Un hombre lesionado.

Una familia que había tenido una mala temporada.

La necesidad podía aparecer a pocas casas de distancia.

También estaba la muerte

Nuestro mundo moderno ha alejado la muerte de gran parte de la vida cotidiana.

Muchas personas mueren en hospitales.

Los cuerpos son trasladados.

Existen funerarias.

Hay profesionales encargados de muchos procesos que anteriormente ocurrían mucho más cerca de la familia.

En el mundo de Jesús la muerte estaba mucho más integrada a la experiencia de la comunidad.

Las personas morían en las casas.

Las familias participaban directamente en el duelo.

Los entierros ocurrían pronto.

El llanto podía escucharse.

La ausencia quedaba dentro de la casa.

Una silla, un lugar, una voz, una persona ya no estaban.

Y cuando la persona fallecida cumplía una función importante dentro de la economía familiar, la muerte podía producir inmediatamente otra crisis.

Una mujer podía convertirse en viuda.

Los niños podían perder a un padre.

Una familia podía perder a quien la sostenía.

La muerte no llegaba sola.

Podía traer pobreza.

Desprotección.

Deuda.

Incertidumbre.

Por eso viudas y huérfanos aparecen tantas veces juntos en las Escrituras.

La pérdida afectiva y la vulnerabilidad social podían comenzar el mismo día.

No debemos convertir Nazaret solamente en tristeza

Pero debemos tener cuidado.

Reconocer todo esto no significa imaginar una aldea donde todos vivían permanentemente deprimidos.

Eso tampoco sería humano.

Las personas reían.

Los niños jugaban.

Había bodas.

Comidas.

Conversaciones.

Fiestas.

Amistades.

Trabajo.

Familias que se amaban.

Personas que envejecían rodeadas de sus hijos.

Enfermos que se recuperaban.

Heridas que sanaban.

Temporadas buenas.

Cosechas abundantes.

Nacimientos celebrados.

La presencia del dolor no elimina la alegría.

Y la presencia de la alegría no elimina el dolor.

Ambas cosas pueden vivir en la misma calle.

En una casa puede celebrarse un nacimiento.

A pocas casas de distancia alguien puede estar muriendo.

Una familia puede preparar una boda.

Otra puede estar enterrando a un padre.

Un niño puede correr riendo por un camino.

Otro puede no poder caminar.

Ésa es la vida humana.

Y ése fue el mundo en el que Jesús decidió vivir.

Jesús no conoció el sufrimiento humano solamente cuando comenzó su ministerio

Aquí aparece algo importante.

Los Evangelios comienzan a mostrarnos a Jesús sanando enfermos después de iniciar su ministerio público.

No tenemos base bíblica para afirmar que realizó milagros de sanidad durante su infancia o juventud.

No debemos inventarlos.

Pero eso no significa que la enfermedad apareciera repentinamente delante de Él cuando tenía alrededor de treinta años.

El dolor humano ya estaba allí.

Durante años había vivido entre personas.

Y donde hay personas hay enfermedad.

Hay envejecimiento.

Hay accidentes.

Hay pérdidas.

Hay pobreza.

Hay muerte.

Jesús no necesitó comenzar su ministerio para descubrir que los seres humanos sufrían.

Cuando posteriormente los enfermos comenzaron a acercarse a Él, no estaba encontrándose por primera vez con el dolor.

Había crecido en un mundo donde el dolor formaba parte visible de la existencia.

Y entonces comenzaron a llegar

Después llegará el día en que todo cambiará.

La noticia comenzará a extenderse.

Jesús está sanando.

Y entonces aparecerán personas de todas partes.

Mateo dice:

“Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”

—Mateo 4:23.

Entonces comenzaremos a verlos.

Un ciego gritando junto al camino.

Un paralítico llevado por otros.

Una mujer enferma desde hacía años.

Un hombre con una mano seca.

Personas con enfermedades de la piel.

Padres rogando por sus hijos.

Familias desesperadas.

Personas que habían gastado recursos buscando alivio.

Algunos llegarán caminando.

Otros tendrán que ser llevados.

Algunos podrán acercarse.

Otros necesitarán que alguien los acerque.

Y una y otra vez veremos algo extraordinario.

Jesús no verá solamente la enfermedad.

Verá a la persona.

No solamente:

“un ciego”.

Sino un hombre.

No solamente:

“una mujer enferma”.

Sino una mujer.

No solamente:

“un paralítico”.

Sino alguien que puede ser llamado:

“Hijo…”

No solamente una multitud necesitada.

Mateo nos permite mirar lo que ocurría dentro de Él:

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas…”

—Mateo 9:36.

El dolor tenía rostro

Quizá ésta sea la idea que debemos llevarnos de regreso a Nazaret.

El dolor no era teórico.

No era una discusión acerca de por qué existe el sufrimiento.

Tenía rostro.

El pobre tenía rostro.

El enfermo tenía rostro.

El discapacitado tenía rostro.

La viuda tenía rostro.

El anciano debilitado tenía rostro.

El niño que había perdido a alguien tenía rostro.

Y en una comunidad pequeña muchas de aquellas personas probablemente eran conocidas por quienes vivían alrededor.

Durante años Jesús vivió dentro de ese mundo.

Todavía no había multitudes siguiéndolo.

Todavía no recorría Galilea sanando.

Todavía no había hombres abriendo un techo para colocar un paralítico delante de Él.

Todavía no había un ciego gritando junto al camino:

“¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”

Pero el sufrimiento humano ya estaba allí.

Cerca.

Visible.

Cotidiano.

Y un día, cuando comenzó su ministerio, quienes durante generaciones habían tenido pocas posibilidades frente a la enfermedad comenzaron a escuchar una noticia extraordinaria:

Jesús de Nazaret estaba pasando cerca.

Y el Verbo se hizo carne

El que había creado el cuerpo humano aceptó vivir en un mundo de cuerpos que podían sufrir.

Vio enfermedad.

Discapacidad.

Pobreza.

Debilidad.

Envejecimiento.

Duelo.

Vio familias preocupadas.

Personas dependientes.

Viudas vulnerables.

Hombres que ya no podían trabajar como antes.

Personas que necesitaban que alguien las ayudara.

El que un día sanaría a los enfermos no apareció de repente ante el sufrimiento humano.

Había vivido durante años cerca de él.

El dolor tenía rostro.

Tenía nombre.

Y estaba a pocas casas de distancia.

Y el Verbo se hizo carne y vivió entre enfermos, pobres, personas con discapacidad y familias que conocían de cerca el dolor, la pérdida y la necesidad.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 13:34

“Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba.”

Hemos recorrido Nazaret.

Entramos en una casa.

Vimos amanecer.

Imaginamos el momento en que había que levantarse porque comenzaba otro día.

Observamos el trabajo necesario para mantener una familia.

El pan que había que preparar.

La ropa que había que lavar.

Las cosas que se rompían y debían repararse.

Las monedas que había que contar.

Los jornaleros que esperaban trabajo.

Los campos.

Las semillas.

Las viñas.

Los pastores.

Las ovejas.

Las bodas.

Los funerales.

Los caminos.

El sábado.

La sinagoga.

La vida de una pequeña población de Galilea.

Durante muchos capítulos hemos recorrido todo aquello intentando responder una pregunta:

¿Cómo era el mundo en el que Jesús creció?

Pero ahora podemos hacer otra pregunta.

Una pregunta que quizá solamente podemos responder después de haber recorrido todo lo anterior:

¿Qué hizo Jesús con todo aquel mundo cuando comenzó a enseñar?

La respuesta es extraordinaria.

Lo convirtió en lenguaje.

Cuando Jesús comenzó a hablar, Nazaret apareció en sus palabras

Años después, las multitudes comenzaron a reunirse alrededor de Jesús.

Ahora había personas esperando escucharlo.

Algunas recorrían distancias para encontrarlo.

Había discípulos.

Había enfermos.

Había curiosos.

Había religiosos.

Había personas que lo seguían porque habían escuchado acerca de sus milagros.

Y entonces Jesús comenzó a hablarles acerca de algunas de las verdades más grandes que un ser humano puede escuchar.

El reino de Dios.

El perdón.

La misericordia.

La justicia.

La fe.

El juicio.

La obediencia.

La gracia.

La eternidad.

Pero resulta sorprendente observar cómo decidió hablar de ellas.

No utilizó normalmente el lenguaje de los filósofos.

No construyó sus enseñanzas alrededor de conceptos incomprensibles para la gente común.

Miró el mundo de quienes estaban delante de Él.

Y comenzó a hablar.

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

—Mateo 13:3.

Un campesino podía comprender aquella primera frase.

Había visto sembradores.

Quizá él mismo había sembrado.

Después Jesús habló de semilla.

Camino.

Pedregales.

Espinos.

Buena tierra.

Todo estaba allí.

El campo se había convertido en una puerta hacia el corazón humano.

Pero Jesús no se quedó en el campo.

En otra ocasión dijo:

“El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.”

—Mateo 13:33.

Ahora no estamos afuera.

Estamos dentro de la casa.

Una mujer.

Harina.

Levadura.

Una tarea doméstica.

Nada espectacular.

Nada que normalmente aparecería en los libros de los grandes acontecimientos de la historia.

Pero Jesús la miró…

y vio allí una manera de hablar del Reino de Dios.

Dios también podía ser explicado desde una cocina.

El Reino estaba escondido dentro de escenas conocidas

Jesús habló de una mujer que perdió una moneda.

“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?”

—Lucas 15:8.

Otra vez estamos dentro de una casa.

Una lámpara.

Una escoba.

Una moneda.

Una mujer buscando.

El lector moderno puede pasar rápidamente sobre la escena.

Pero nosotros ya hemos recorrido ese mundo.

Sabemos que una moneda podía representar mucho.

Sabemos que una casa necesitaba luz artificial cuando caía la noche.

Sabemos que había que limpiar.

Sabemos que cuando se tiene poco, perder algo pequeño puede sentirse enorme.

Jesús tomó esa experiencia y habló acerca del valor de lo perdido.

Después salió nuevamente al campo.

Una oveja desapareció.

El pastor la buscó.

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?”

—Lucas 15:4.

Nosotros ya conocemos esa escena.

Sabemos que perder una oveja significaba preocupación.

Había que contar.

Descubrir que faltaba una.

Pensar dónde pudo haberse separado.

Regresar.

Buscar.

Escuchar.

Caminar.

Y continuar hasta encontrarla.

Jesús tomó aquella preocupación de un pastor…

y mediante ella mostró algo del corazón de Dios.

Después apareció un hombre endeudado.

Un acreedor.

Un administrador.

Un propietario.

Un trabajador esperando ser contratado.

Un hombre calculando cuánto costaría construir.

Otro almacenando una cosecha.

Una viuda con unas pequeñas monedas.

Un comerciante buscando buenas perlas.

Un hombre que encontró un tesoro.

Un padre y sus hijos.

Un rey.

Un siervo.

Una boda.

Una lámpara esperando durante la noche.

Una casa construida sobre roca.

Otra construida sobre arena.

El mundo entero de la gente común comenzó a aparecer en sus palabras.

Y ahora nosotros podemos comenzar a comprender por qué.

Jesús hablaba el lenguaje de la vida.

No necesitaba sacar a las personas de su mundo

Ésta quizá sea una de las características más hermosas de su manera de enseñar.

Jesús no decía:

“Olviden su vida cotidiana para poder comprender a Dios.”

Hacía prácticamente lo contrario.

Parecía decir:

“Miren mejor.”

¿Ve aquella semilla?

Mírela otra vez.

¿Ve al sembrador?

Hay algo que quiero enseñarle.

¿Conoce una mujer preparando harina?

Mire lo que ocurre cuando la levadura comienza a extenderse.

¿Ha perdido alguna vez algo que realmente necesitaba?

Entonces sabe lo que significa buscar.

¿Ha tenido una deuda?

Entonces comprende el peso de deber.

¿Ha esperado alguna vez que alguien lo contrate?

Entonces conoce la incertidumbre del jornalero.

¿Ha visto a un pastor buscando una oveja?

¿Ha asistido a una boda?

¿Ha encendido una lámpara?

¿Ha construido una casa?

¿Ha visto crecer una planta?

¿Ha esperado una cosecha?

Entonces ya posee dentro de su propia vida imágenes que pueden ayudarlo a comprender algo del Reino de Dios.

Eso es extraordinario.

Porque significa que Jesús dignificó la vida ordinaria convirtiéndola en vehículo de verdades eternas.

La cocina podía enseñar.

El campo podía enseñar.

Una moneda podía enseñar.

Una deuda podía enseñar.

Una lámpara podía enseñar.

Una boda podía enseñar.

Una oveja podía enseñar.

Una construcción podía enseñar.

La vida estaba llena de puertas.

Jesús sabía abrirlas.

Después de escucharlo, el mundo ya no se veía igual

Imagine por un momento lo que podía ocurrir después.

Un campesino escucha a Jesús hablar del sembrador.

Regresa a su trabajo.

Días después vuelve a tomar semilla en sus manos.

La ha tomado muchas veces.

Pero ahora puede recordar:

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

La semilla sigue siendo semilla.

El campo sigue siendo campo.

Pero ahora también puede recordarle algo acerca de su corazón.

Una mujer prepara harina.

Añade levadura.

Observa cómo aquello comienza a extenderse.

Lo ha hecho muchas veces.

Pero ahora recuerda que Jesús dijo:

“El reino de los cielos es semejante a la levadura…”

Un pastor escucha una oveja.

La conoce.

Sabe cómo se comporta.

Pero quizá ahora recuerda al pastor que buscó la que se había perdido.

Una mujer enciende una lámpara.

Un hombre paga un jornal.

Otro cobra una deuda.

Una familia asiste a una boda.

Un trabajador coloca una piedra sobre otra.

Y de pronto algo que pertenecía a la vida cotidiana podía traer nuevamente a la memoria una enseñanza de Jesús.

Ésa era una fuerza extraordinaria de las parábolas.

Jesús terminaba de hablar, pero la parábola continuaba hablando.

El mundo se encargaba de repetirla.

Cada nueva siembra podía recordarla.

Cada cosecha.

Cada lámpara.

Cada moneda.

Cada oveja.

Cada deuda.

Cada boda.

Cada casa.

Las enseñanzas podían caminar de regreso con las personas hasta sus hogares.

Las parábolas tenían polvo en los pies

A veces podemos cometer un error al leerlas.

Las encontramos impresas en una Biblia.

Las estudiamos dentro de una iglesia.

Las dividimos en puntos.

Las analizamos palabra por palabra.

Todo eso puede ser útil.

Pero las parábolas no nacieron originalmente sobre una página impresa.

Nacieron en un mundo vivo.

Tenían tierra.

Polvo.

Sudor.

Hambre.

Dinero.

Trabajo.

Animales.

Casas.

Familias.

Conflictos.

Alegrías.

Pérdidas.

Esperas.

Preocupaciones.

Una parábola acerca de un jornalero tenía detrás a hombres que necesitaban trabajar.

Una parábola acerca de una deuda tenía detrás la angustia real de deber.

Una parábola acerca de una oveja perdida tenía detrás el trabajo de un pastor.

Una parábola acerca de una cosecha tenía detrás meses de espera.

Una parábola acerca de una boda tenía detrás una celebración que todo el pueblo podía comprender.

Una parábola acerca de una lámpara tenía detrás una casa donde la oscuridad llegaba cada noche.

Las parábolas tenían polvo en los pies porque habían nacido entre personas que caminaban sobre la tierra.

Jesús había vivido entre esas imágenes

Aquí regresamos finalmente a Nazaret.

No necesitamos afirmar que conocemos el momento exacto en que Jesús observó por primera vez un sembrador.

No sabemos qué mujer vio preparar determinada masa.

No sabemos qué pastor conoció.

No sabemos qué mercado visitó en un día específico.

No sabemos qué construcción observó.

No sabemos qué boda de su juventud quedó en su memoria.

Y no necesitamos inventarlo.

Sabemos algo mucho más importante.

Vivió durante años dentro de ese mundo.

Había campos alrededor.

Había casas.

Había trabajadores.

Había animales.

Había matrimonios.

Había niños.

Había comerciantes.

Había propietarios.

Había jornaleros.

Había pobres.

Había personas endeudadas.

Había familias contando monedas.

Había mujeres preparando alimento.

Había hombres construyendo.

Había pastores cuidando rebaños.

Había semillas desapareciendo bajo la tierra.

Y todo aquello pasó durante años delante de sus ojos.

Por eso, cuando finalmente comenzó a enseñar, sus palabras no parecían desprendidas de la vida.

Estaban llenas de ella.

Nazaret comienza a explicar las parábolas

Ahora comprendemos por qué necesitábamos caminar durante tanto tiempo por aquella pequeña población.

Quizá al principio algunos detalles parecían demasiado ordinarios.

¿Por qué hablar del pan?

¿Por qué detenernos en una lámpara?

¿Por qué hablar del trabajo?

¿Por qué contar monedas?

¿Por qué entrar en el campo?

¿Por qué observar una oveja?

¿Por qué pensar en una boda?

¿Por qué detenernos en la construcción de una casa?

Porque años después, cuando Jesús abrió su boca para enseñar, todo ese mundo comenzó a aparecer nuevamente.

Nazaret había sido una aldea pequeña.

Pero las imágenes de aquella vida terminarían viajando por todo el mundo.

El sembrador sigue sembrando cada vez que alguien lee la parábola.

La mujer todavía busca su moneda.

El pastor todavía sale detrás de la oveja.

Los jornaleros todavía esperan en la plaza.

Las vírgenes todavía esperan al esposo con sus lámparas.

La semilla todavía cae en diferentes terrenos.

La casa sobre la roca todavía permanece cuando llega la tormenta.

Dos mil años después seguimos viendo aquellas escenas.

Y seguimos comprendiendo.

Porque aunque nuestro mundo ha cambiado enormemente, todavía conocemos muchas de las experiencias humanas que existen detrás de ellas.

Sabemos lo que significa perder.

Esperar.

Trabajar.

Deber.

Buscar.

Celebrar.

Construir.

Sembrar.

Tener miedo.

Tener esperanza.

Y por eso las parábolas siguen encontrándonos.

Jesús tomó lo cotidiano…

y lo hizo eterno.

Tomó cosas que desaparecían todos los días…

y mediante ellas habló de cosas que nunca desaparecerán.

Tomó la tierra…

y habló del cielo.

Y el Verbo se hizo carne

El que conocía los misterios del Reino aceptó vivir durante años entre las cosas sencillas de nuestra vida.

Vio campos.

Casas.

Semillas.

Lámparas.

Monedas.

Viñas.

Jornaleros.

Pastores.

Ovejas.

Bodas.

Niños.

Deudas.

Construcciones.

Vio la vida que nosotros vivimos.

Y cuando llegó el momento de hablarnos de las cosas del cielo, no despreció las cosas de la tierra.

Las tomó en sus manos.

Y mediante ellas nos enseñó.

El Verbo eterno aprendió nuestro lenguaje cotidiano.

Y después utilizó ese lenguaje para hablarnos de verdades eternas.

Y el Verbo se hizo carne y convirtió el mundo cotidiano que había conocido durante años en el lenguaje con el que enseñó las verdades del Reino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Dr. Elio M Rivera

Una historia ficticia para comprender una realidad que Jesucristo conoció

 Esta es una historia ficticia, pero está inspirada en las condiciones de vida de los trabajadores de Galilea durante el siglo primero.

 David, nuestro personaje principal, nunca existió. Su familia, sus compañeros y los acontecimientos que viviremos a través de él son una recreación literaria. Sin embargo, las dificultades económicas, las exigencias del oficio y las responsabilidades que enfrentará reflejan situaciones que pudieron formar parte de la vida de cualquier teckton de aquella época.

 Decidí escribir esta serie en forma de novela porque deseaba mostrar cómo era la vida de aquellos trabajadores sin atribuirle a Jesucristo acontecimientos que las Escrituras no registran.

 Sabemos que Jesús fue carpintero, pero desconocemos los detalles de sus jornadas laborales. No sabemos quiénes lo contrataron, cuánto recibía por su trabajo, qué construcciones realizó ni qué dificultades particulares enfrentó.

 Por eso conoceremos a David.

 A través de su historia recorreremos los caminos de Galilea, entraremos en las construcciones, conoceremos las relaciones entre trabajadores y patrones, las dificultades para conseguir empleo y las preocupaciones de quienes dependían de un jornal para sostener a sus familias.

 También descubriremos las satisfacciones de aquel oficio, las amistades que surgían entre compañeros y la dignidad de los hombres que construían con sus manos.

 Nuestro propósito no es afirmar que Jesús vivió los mismos acontecimientos, sino comprender el mundo laboral al que perteneció.

Ahora bien, ¿Qué tiene de extraordinario que Jesús fuera carpintero?

 Alguien podría preguntarse:

 ¿Qué tiene de especial esta historia? Millones de personas trabajan diariamente para ganarse la vida. Se levantan temprano, soportan el cansancio, enfrentan dificultades y regresan a sus hogares procurando llevar el sustento a sus familias. ¿Por qué habría de sorprendernos que Jesús también trabajara?

 La respuesta no está en el oficio.

 Está en quién era aquel que lo desempeñaba.

 El Evangelio de Juan declara:

 «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3, RVR1960).

 ¡Pensemos en lo que esto significa!

 El mismo que creó el universo aceptó vivir en una pequeña aldea de Galilea y ganarse la vida trabajando con sus manos.

 El dueño de todas las cosas conoció las condiciones de una familia humilde. Aprendió un oficio, utilizó herramientas y dedicó años de su existencia terrenal al trabajo cotidiano.

 No vino a representar una humanidad aparente. Se hizo verdaderamente hombre.

 Y aunque los Evangelios no describen cómo se distribuían las responsabilidades económicas dentro de su hogar, es razonable considerar que su oficio contribuyó al sostenimiento familiar.

 Si José falleció durante aquellos años, como algunos han considerado posible, Jesús, siendo el primogénito, pudo haber asumido responsabilidades todavía mayores. No podemos afirmarlo como un hecho documentado, pero tampoco debemos ignorar las costumbres familiares de aquella sociedad.

 Hay algo profundamente conmovedor en todo esto.

 Jesús sabía que llegaría el día en que anunciaría públicamente el reino de Dios. Sabía que enseñaría a las multitudes, sanaría enfermos y finalmente entregaría su vida por nuestros pecados.

 Pero mientras llegaba el tiempo señalado por el Padre, permaneció en Nazaret, viviendo bajo las condiciones ordinarias de la existencia humana.

 Su preparación para el ministerio público no lo apartó de las responsabilidades de la vida cotidiana.

 El apóstol Pablo escribió:

 «Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7, RVR1960).

 Generalmente, cuando pensamos en los sacrificios de Jesucristo, nuestra atención se dirige al Calvario. Allí realizó la obra redentora que solamente él podía llevar a cabo.

 Pero su humillación voluntaria comenzó con la encarnación.

 Durante años aceptó las limitaciones propias de nuestra humanidad, entre ellas el esfuerzo físico, el aprendizaje y el cansancio que acompañaban su oficio.

 El Señor de la gloria no consideró indigno vivir como uno de los trabajadores de Nazaret.

 Y esto nos permite comprender que los años anteriores a su ministerio público no fueron un tiempo vacío ni una etapa sin importancia.

 Formaron parte de su vida de obediencia al Padre.

Una invitación a recorrer aquel mundo

 Esta novela nos permitirá acompañar a David en su vida familiar y laboral. Conoceremos sus dificultades, sus decisiones, sus alegrías y los desafíos que enfrentaba un hombre que dependía de su trabajo para sobrevivir.

 Habrá momentos de compañerismo, pero también conflictos, injusticias y situaciones que pondrán a prueba su carácter.

 La narración utilizará circunstancias históricamente plausibles, sin pretender que cada episodio represente un acontecimiento documentado.

 Y mientras avanzamos en la historia, quisiera que recordáramos las palabras con las que los habitantes de Nazaret identificaron a Jesús:

 «¿No es éste el carpintero…?» (Marcos 6:3, RVR1960).

 Aquellos vecinos conocían su oficio, pero no comprendían plenamente quién era el hombre que había vivido entre ellos.

 Nosotros conocemos su identidad.

 Y precisamente por eso su vida en Nazaret adquiere una dimensión extraordinaria.

 Lo sorprendente no es que un hombre trabajara para ganarse la vida, sino que el Hijo eterno de Dios hubiera aceptado hacerlo.

 Ésa es la razón de esta novela.

 Los invito a conocer a David, el teckton de Nazaret, y a descubrir, a través de su historia, lo que significaba trabajar con las manos en la Galilea del siglo primero.

 Quizá entonces podamos comprender con mayor profundidad el sacrificio voluntario de aquel que, siendo Señor de todas las cosas, aceptó tomar forma de siervo y vivir entre nosotros.

Hay algo profundamente conmovedor en la vida de Jesucristo que pocas veces nos detenemos a considerar.

  Jesús fue carpintero.

  Lo hemos escuchado tantas veces que quizá hemos dejado de pensar en lo que realmente significaban aquellas palabras.

  Nos imaginamos a Jesús trabajando tranquilamente en un pequeño taller de Nazaret, rodeado de madera, herramientas y el sonido de sus propias manos dando forma a algún objeto.

  Quizá lo imaginamos fabricando una mesa, reparando una puerta o preparando algún mueble para una familia de la aldea.

  Es una imagen hermosa.

  Casi poética.

  Pero ¿era realmente así la vida de un carpintero en la Galilea del siglo primero?

  ¿Era aquel oficio semejante al que conocemos en nuestros días?

  ¿Tenía trabajo todos los días?

  ¿Quién contrataba sus servicios?

  ¿Cuánto recibía por una jornada?

  ¿Podía sostener fácilmente a su familia?

  ¿Qué sucedía cuando no había encargos?

  Y si necesitaba trabajar fuera de Nazaret, ¿cuántos kilómetros debía caminar antes de comenzar una jornada que podía prolongarse hasta el atardecer?

  Ser carpintero no era simplemente conocer un oficio. Era tener que vivir de él.

  Y para comprender aquella realidad, primero necesitamos conocer qué significaba verdaderamente ser un tekton.

El tekton: mucho más que un carpintero

  Cuando escuchamos la palabra carpintero, generalmente pensamos en un hombre que fabrica muebles, puertas, mesas o sillas.

  Pero en tiempos de Jesús, aquel oficio podía ser mucho más amplio.

  La palabra griega que utiliza el Evangelio de Marcos es τέκτων (tekton).

  Un tekton era un hombre que trabajaba con sus manos y conocía técnicas para fabricar, reparar y construir.

  Podía trabajar la madera, preparar vigas para los techos, fabricar puertas y marcos, reparar viviendas y participar en diferentes tareas de construcción.

  Según su especialidad, también podía trabajar la piedra o intervenir en obras donde se combinaban piedra, madera y otros materiales.

  No era necesariamente el carpintero que hoy imaginamos dentro de un taller fabricando muebles. Podía ser también un constructor.

  Y esto es importante porque en la Galilea del siglo primero muchas viviendas se construían principalmente con piedra, mientras que la madera se utilizaba en puertas, techumbres y otras partes de los edificios.

  Aquellos hombres podían pasar sus jornadas trabajando entre piedras, vigas, herramientas, polvo y materiales pesados.

  Podían reparar una vivienda, participar en la construcción de otra o trasladarse a una población cercana donde hubiera trabajo.

  No todos dominaban las mismas tareas.

  Algunos se especializaban en madera.

  Otros podían tener conocimientos de construcción o de trabajo en piedra.

  Y en determinadas obras, diferentes trabajadores debían colaborar para levantar una vivienda o terminar un edificio.

  Unos preparaban materiales.

  Otros levantaban muros.

  Algunos colocaban vigas.

  Otros construían puertas, marcos o estructuras de madera.

  Había que medir, cortar, ajustar, levantar, transportar y reparar.

  Y todo aquello requería fuerza, habilidad, experiencia y muchas horas de trabajo.

  Ser tekton no era solamente saber trabajar la madera. Era pertenecer al mundo de los hombres que construían.

La vida de quienes trabajaban con sus manos

  Pero conocer el oficio es solamente el principio.

  Porque detrás de cada herramienta había un hombre.

  Y detrás de cada hombre, una vida.

  Había una familia.

  Había necesidades.

  Había preocupaciones.

  Había responsabilidades que no desaparecían cuando terminaba la jornada.

  ¿Qué significaba realmente ganarse la vida como trabajador en la Galilea del siglo primero?

  Era levantarse por la mañana sabiendo que había necesidades que atender.

  Era depender de la fuerza de los brazos, de la habilidad de las manos y de que alguien estuviera dispuesto a pagar por aquel trabajo.

  Era conocer el cansancio, el calor, el frío, el polvo de las construcciones y el peso de los materiales.

  Era trabajar junto a otros hombres.

  Hombres buenos y generosos, pero también hombres envidiosos, egoístas o dispuestos a perjudicar a un compañero para conservar su empleo.

  Era encontrarse con patrones justos, pero también con quienes podían aprovecharse de la necesidad de sus trabajadores.

  Era saber que un accidente podía dejar a un hombre sin ingresos, que una herramienta perdida podía representar un problema económico y que una enfermedad podía poner en dificultades a toda una familia.

  Había competencia por conseguir trabajo.

  Había desacuerdos por los salarios.

  Podía haber rumores, acusaciones injustas, engaños y conflictos entre compañeros.

  Y también existía el temor de perder un empleo que había costado demasiado conseguir.

  Porque cuando un hombre dependía de sus manos para alimentar a su familia, perder la capacidad de trabajar podía significar mucho más que quedarse sin una ocupación.

  Podía significar quedarse sin el sustento.

  Pero no todo era sufrimiento.

  También había satisfacciones.

  La alegría de recibir un jornal después de una jornada difícil.

  La amistad de un compañero que ayudaba a levantar una carga demasiado pesada.

  El orgullo de contemplar una construcción terminada y saber que las propias manos habían participado en ella.

  El descanso después de un día agotador.

  Las conversaciones entre compañeros mientras compartían un pedazo de pan.

  Y, sobre todo, la tranquilidad de regresar al hogar llevando algo con qué alimentar a la familia.

  Ése era el mundo de los trabajadores.

  Un mundo de esfuerzo, necesidades, alegrías, injusticias, amistades y responsabilidades.

  Un mundo profundamente humano.

  Y Jesucristo vivió en una sociedad donde aquellas realidades formaban parte de la existencia cotidiana.

Antes de ser conocido como Maestro, fue conocido como carpintero

  Cuando Jesús comenzó su ministerio público, los habitantes de Nazaret hicieron una pregunta extraordinaria:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3, RVR1960).

  Detengámonos un momento en aquellas palabras.

  No preguntaron si Jesús era carpintero. Lo reconocieron como tal.

  Aquellos hombres conocían su familia.

  Sabían dónde había crecido.

  Conocían a su madre.

  Conocían a sus hermanos y hermanas.

  Y lo identificaban por su oficio.

  Para ellos era Jesús, el carpintero de Nazaret.

  Antes de que las multitudes lo siguieran por los caminos de Galilea, sus vecinos lo conocían como un trabajador.

  Antes de que enseñara en las sinagogas y anunciara públicamente el reino de Dios, había vivido durante años en aquella pequeña población.

  Antes de que los enfermos buscaran su ayuda y los discípulos escucharan sus enseñanzas, había llevado una vida cotidiana entre las familias de Nazaret.

  Y aquella vida incluyó el trabajo.

  También Mateo nos revela que José era conocido por ese oficio:

  «¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mateo 13:55, RVR1960).

  José era carpintero.

  Y Jesús también fue conocido como carpintero.

  Es razonable pensar que José desempeñó un papel importante en el aprendizaje de aquel oficio, aunque las Escrituras no describen cómo ocurrió.

  Jesús no apareció repentinamente en Galilea a los treinta años sin haber vivido una infancia, una adolescencia y una juventud.

  Creció.

  Aprendió.

  Vivió en un hogar.

  Y estuvo sujeto a sus padres.

  Lucas lo expresa con una sencillez extraordinaria:

  «Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos» (Lucas 2:51, RVR1960).

  Y añade:

  «Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52, RVR1960).

  Aquellos años no fueron un tiempo vacío.

  No fueron años sin importancia.

  Fueron parte de su verdadera vida humana.

  El Hijo eterno de Dios aceptó pasar por las etapas normales del crecimiento.

  Aceptó vivir bajo la autoridad de sus padres terrenales.

  Aceptó aprender un oficio y ejercerlo.

  Antes de presentarse públicamente como Maestro, Jesús había vivido como hijo y como trabajador.

  No porque necesitara perfeccionarse en su divinidad, sino porque había asumido verdaderamente nuestra humanidad.

  Y aquella decisión también formaba parte de su humillación voluntaria.

Un hogar que también necesitaba ser sostenido

  Hay otro aspecto de la vida de Jesús en Nazaret que merece nuestra atención.

  Jesucristo no se casó.

  No tuvo esposa ni hijos propios que alimentar.

  Pero eso no significa que estuviera libre de responsabilidades familiares.

  Los Evangelios nos presentan a Jesús como el primogénito de María y mencionan a sus hermanos y hermanas.

  Y aquí surge una pregunta que pocas veces nos hacemos:

  ¿Qué sucedió con aquella familia cuando José dejó de estar presente?

  No sabemos cuándo murió José.

  Las Escrituras no registran su fallecimiento ni nos dicen qué edad tenía Jesús cuando ocurrió.

  José aparece durante la infancia de Jesús, pero no vuelve a aparecer desempeñando un papel activo durante su ministerio público.

  Esto ha llevado a considerar la posibilidad de que hubiera fallecido antes de aquellos acontecimientos.

  Si José murió mientras Jesús todavía vivía en Nazaret, aquella familia habría enfrentado una realidad que millones de hogares conocen perfectamente.

  La ausencia del padre.

  La pérdida de quien contribuía al sostenimiento económico de la casa.

  La necesidad de continuar alimentando a la familia, conseguir vestido, mantener la vivienda y atender las necesidades ordinarias de cada día.

  En la sociedad judía de aquella época, el hijo primogénito podía asumir importantes responsabilidades familiares cuando faltaba el padre.

  Y Jesús era el primogénito.

  ¿Habrá tenido que asumir una parte importante del sostenimiento de María y de sus hermanos menores?

  No podemos afirmarlo como un acontecimiento documentado.

  Pero es una posibilidad históricamente razonable que merece ser considerada.

  Pensemos por un momento en lo que aquello habría significado.

  Levantarse temprano, no solamente porque había un trabajo que realizar, sino porque en casa había personas que dependían de los ingresos familiares.

  Aceptar un encargo aunque el cuerpo estuviera cansado.

  Caminar hasta otra población si allí existían mejores oportunidades.

  Calcular cuánto alimento podía comprarse con el jornal recibido.

  Pensar en las necesidades de una madre, de hermanos y hermanas que compartían el mismo hogar.

  No sabemos si Jesús experimentó personalmente cada una de estas circunstancias.

  Pero sabemos que vivió dentro de una familia verdadera, en una sociedad donde el trabajo y las responsabilidades familiares estaban profundamente relacionados.

  Y aquí encontramos algo que nos acerca extraordinariamente a su humanidad.

  Porque millones de personas no trabajan solamente para sí mismas.

  Trabajan para sus hijos.

  Para sus esposas o esposos.

  Para sus padres ancianos.

  Para sus hermanos menores.

  Para sostener un hogar que depende de ellos.

  Conocen la preocupación de que el dinero no alcance.

  Saben lo que significa levantarse cansados porque las necesidades de la familia no pueden esperar.

  Comprenden la responsabilidad de salir a buscar trabajo aun cuando no existe la seguridad de encontrarlo.

  Y algunos conocen una carga todavía más dolorosa: tener que asumir responsabilidades familiares antes de lo que habían imaginado, porque el padre murió o dejó de estar presente.

  Un muchacho que de pronto tiene que ayudar a mantener a sus hermanos.

  Una madre que debe trabajar para sostener sola a sus hijos.

  Un hombre que regresa agotado después de una larga jornada y todavía encuentra necesidades esperando en casa.

  Una mujer que cuenta cuidadosamente las monedas disponibles, tratando de hacer que alcancen para todos.

  Ése es precisamente el mundo humano al que vino Jesucristo.

  No nació en un palacio donde otros resolvieran todas las necesidades de la vida cotidiana.

  Creció en una familia de Nazaret.

  Aprendió un oficio.

  Trabajó con sus manos.

  Y vivió entre personas para quienes el sustento de cada día era una preocupación real.

El sacrificio que comenzó mucho antes de la cruz

  Cuando pensamos en el sacrificio de Jesucristo, nuestra mente se dirige inmediatamente al Calvario.

  Y con razón.

  Fue allí donde entregó su vida por nuestros pecados.

  Fue allí donde cargó con nuestra culpa y realizó la obra de nuestra redención.

  Pero hay algo que no debemos olvidar.

  La cruz fue el sacrificio redentor de Jesucristo, pero su humillación voluntaria había comenzado mucho antes.

  Comenzó cuando el Hijo eterno de Dios aceptó hacerse hombre.

  Cuando aquel que había existido eternamente con el Padre entró en nuestra historia.

  Cuando el Creador aceptó vivir como una de sus criaturas, sin dejar de ser Dios.

  El apóstol Pablo escribió:

  «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:6-7, RVR1960).

  Pensemos en lo que esto significa.

  Aquel que no necesitaba alimento aceptó sentir hambre.

  Aquel que no necesitaba descanso en su naturaleza divina aceptó experimentar el cansancio humano.

  Aquel que había creado la madera, la piedra y las montañas aceptó aprender a trabajar con los materiales de su propia creación.

  Aquel a quien pertenecen todas las cosas aceptó vivir en un hogar sencillo.

  Aquel que sostiene el universo con su poder aceptó crecer bajo el cuidado de María y José.

  Y aquel que un día sería reconocido como el gran Maestro pasó muchos años viviendo como un trabajador de Nazaret.

  No era una obligación que alguien le hubiera impuesto. Fue una decisión que aceptó voluntariamente por amor.

  Podría haber venido al mundo rodeado de riquezas.

  Podría haber escogido una vida de privilegios humanos.

  Podría haber evitado las condiciones humildes de una familia común.

  Pero no lo hizo.

  Aceptó la sencillez de Nazaret.

  Aceptó el crecimiento humano.

  Aceptó la vida familiar.

  Aceptó el aprendizaje.

  Aceptó el trabajo.

  Y aceptó vivir durante años sin el reconocimiento público que después acompañaría su ministerio.

  El Señor de la gloria fue conocido en su propia aldea como el carpintero.

  No debemos confundir esta humillación con el sacrificio expiatorio de la cruz. Fue en la cruz donde pagó por nuestros pecados.

  Pero toda su vida terrenal manifestó hasta dónde estuvo dispuesto a descender por amor a nosotros.

  Su obediencia no comenzó en Getsemaní.

  Su disposición a servir no comenzó cuando lavó los pies de sus discípulos.

  Su humillación no comenzó cuando los soldados lo golpearon.

  Desde su encarnación, el Hijo de Dios había aceptado ocupar el lugar de un siervo.

  Y durante años, parte de aquella vida de servicio transcurrió en Nazaret.

  En un hogar.

  Entre vecinos.

  Con responsabilidades humanas.

  Y trabajando con sus manos.

  ¡Qué extraordinario resulta pensar que el Creador de todas las cosas aceptó conocer la vida de quienes construían las viviendas de Galilea!

  Antes de llevar una cruz sobre sus hombros, había vivido la realidad cotidiana del trabajo humano.

Una historia para conocer aquel mundo

  ¿Cómo podemos acercarnos a la realidad cotidiana de aquellos trabajadores sin atribuirle a Jesucristo experiencias que las Escrituras no registran?

  A través de una historia.

  Vamos a conocer a David.

  David es un tekton que vive en Nazaret con su esposa y sus hijos.

  Tiene herramientas.

  Conoce su oficio.

  Sabe trabajar la madera y participar en tareas de construcción.

  Pero necesita algo que sus conocimientos no siempre pueden garantizarle.

  Necesita encontrar trabajo.

  En Nazaret los encargos no siempre son suficientes.

  Y a varios kilómetros de distancia, en la ciudad de Séforis, se levantan construcciones donde quizá necesiten hombres como él.

  Por eso David tendrá que salir de su hogar cuando todavía esté oscuro.

  Dejará a su esposa y a sus hijos durmiendo.

  Recogerá sus herramientas.

  Caminará por senderos pedregosos.

  Y llegará a una ciudad donde otros hombres también esperan conseguir un jornal.

  Pero encontrar trabajo será solamente el principio.

  Dentro de las construcciones conocerá hombres muy diferentes.

  Algunos se convertirán en amigos.

  Otros verán en él a un competidor.

  Habrá momentos de generosidad y compañerismo.

  Pero también aparecerán la envidia, los rumores, las trampas, los conflictos y las injusticias.

  Conoceremos las exigencias de los encargados, las dificultades para recibir un salario justo, los riesgos de los accidentes y el temor de perder el empleo.

  También entraremos en su hogar.

  Conoceremos a su esposa.

  Escucharemos a sus hijos.

  Compartiremos sus preocupaciones económicas, sus alegrías familiares y sus conversaciones después de una jornada agotadora.

  Veremos cómo una enfermedad puede alterar la tranquilidad de una familia.

  Cómo la pérdida de una herramienta puede convertirse en una tragedia económica.

  Y cómo un hombre puede verse obligado a tomar decisiones difíciles cuando su familia depende de él.

  Pero no todo será sufrimiento.

  También habrá risas.

  Amistades verdaderas.

  Satisfacciones por el trabajo bien hecho.

  Momentos de descanso.

  Y esa alegría tan sencilla de regresar a casa después de haber conseguido el sustento del día.

  David no es un personaje bíblico.

  Es un personaje ficticio creado para esta novela histórica.

  Su esposa, sus hijos, sus compañeros y los acontecimientos particulares de su vida son recreaciones literarias ambientadas en la Galilea del siglo primero.

  No estamos afirmando que Jesucristo vivió estos episodios ni que podamos demostrar que presenció situaciones idénticas.

  Nuestro propósito es acercarnos, mediante una narración históricamente plausible, al ambiente humano y laboral en el que Jesús ejerció su oficio.

  Porque hay una enorme diferencia entre saber que Jesús fue carpintero y comprender lo que significaba ganarse la vida como carpintero en aquella época.

Hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para rescatarnos

  Antes de comenzar nuestra historia, quisiera que consideráramos algo todavía más extraordinario.

  ¿Por qué el Hijo de Dios estuvo dispuesto a vivir de esta manera?

  ¿Por qué aceptar la pequeñez de una aldea?

  ¿Por qué pasar por la infancia, la adolescencia y la juventud?

  ¿Por qué aprender un oficio?

  ¿Por qué trabajar durante años antes de comenzar su ministerio público?

  ¿Por qué someterse a las limitaciones de una verdadera vida humana?

  La respuesta se encuentra en el propósito de su venida.

  Dios había decidido rescatarnos.

  El pecado había separado al hombre de su Creador.

  La humanidad era incapaz de salvarse por sus propios esfuerzos.

  No podíamos borrar nuestra culpa.

  No podíamos reparar nuestra rebelión.

  No podíamos pagar el precio de nuestra redención.

  Y entonces ocurrió algo extraordinario.

  Dios no permaneció distante de nuestra condición.

  No se limitó a enviar un mensaje desde el cielo.

  No envió simplemente a otro profeta.

  El Hijo eterno de Dios vino personalmente a nuestro mundo.

  Juan lo expresó con palabras que jamás deberían dejar de asombrarnos:

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

  El Verbo eterno se hizo carne.

  El Creador entró en su creación.

  El Santo vino a vivir entre pecadores.

  El Señor aceptó la condición de siervo.

  El que era rico se hizo pobre por amor a nosotros.

  Como escribió Pablo:

  «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9, RVR1960).

  No vino solamente para experimentar nuestra vida.

  Vino para salvarnos.

  Y para hacerlo aceptó recorrer verdaderamente el camino de nuestra humanidad.

  Aceptó nacer.

  Aceptó crecer.

  Aceptó aprender.

  Aceptó vivir en una familia.

  Aceptó trabajar.

  Aceptó el cansancio y las necesidades propias de una vida humana.

  Aceptó ser rechazado.

  Aceptó sufrir.

  Y finalmente aceptó entregar su vida en la cruz.

  Pero había una diferencia fundamental entre él y nosotros.

  Jesucristo vivió sin pecado.

  Compartió nuestra verdadera humanidad, pero jamás participó de nuestra rebelión contra Dios.

  Por eso pudo ofrecerse como el sacrificio perfecto por nuestros pecados.

  Pablo escribió:

  «Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).

  Observemos aquellas palabras.

  Hasta la muerte.

  La cruz fue el punto culminante de una vida de obediencia.

  Pero antes de aquella muerte hubo años de vida humana.

  Hubo una infancia.

  Hubo un hogar.

  Hubo aprendizaje.

  Hubo trabajo.

  Hubo una vida que los habitantes de Nazaret conocieron de cerca.

  Y cuando llegó el momento señalado, aquel a quien sus vecinos habían llamado carpintero entregó voluntariamente su vida para salvar a los pecadores.

  ¡Hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios para rescatarnos!

  No solamente estuvo dispuesto a morir por nosotros.

  Estuvo dispuesto a venir a vivir entre nosotros.

  A conocer desde dentro nuestra condición humana.

  A recorrer el camino de la obediencia.

  A servir en lugar de ser servido.

  Y finalmente, a entregar su vida para abrirnos el camino de regreso al Padre.

  Ése es el amor que encontramos detrás de la encarnación.

  Ése es el amor que nos conduce hasta la cruz.

  Y ése es el amor que también nos invita a mirar con nuevos ojos los años que Jesús vivió en Nazaret.

Antes de comenzar nuestro recorrido

  Esta novela debe leerse como una historia continua.

  Cada capítulo nos permitirá conocer nuevas dimensiones de la vida de David, sus relaciones familiares, sus compañeros, sus dificultades y las condiciones laborales de los trabajadores de Galilea.

  Por eso recomendamos comenzar desde el primer capítulo y seguir el desarrollo de la narración.

  No queremos solamente aprender cómo se utilizaba una herramienta o cómo se levantaba una construcción.

  Queremos conocer a los hombres que realizaban aquellos trabajos.

  Sus preocupaciones.

  Sus necesidades.

  Sus alegrías.

  Sus temores.

  Y las responsabilidades que los esperaban al regresar a casa.

  Quizá, cuando terminemos esta historia, volvamos a leer Marcos 6:3 con otros ojos.

  Y cuando escuchemos nuevamente aquella pregunta:

  «¿No es éste el carpintero?»

  Ya no pensemos solamente en un hombre sosteniendo una herramienta.

  Pensemos en todo lo que significaba ejercer un oficio, pertenecer a una familia y vivir en una sociedad donde el trabajo estaba profundamente unido a la supervivencia.

  Y recordemos algo todavía más grande.

  Aquel carpintero de Nazaret era el Hijo eterno de Dios.

  El mismo que había creado la madera que los hombres trabajaban.

  El mismo que había formado la piedra con la que levantaban sus viviendas.

  El mismo que sostenía el universo con su poder.

  Y, sin embargo, aceptó vivir entre ellos.

  Aceptó ser conocido como uno de ellos.

  Aceptó trabajar con sus manos.

  Antes de que esas manos fueran extendidas sobre la cruz, habían sido las manos de un trabajador.

  Antes de que las multitudes escucharan sus enseñanzas, los habitantes de Nazaret lo conocían por su oficio.

  Y antes de que el mundo contemplara la gloria de su ministerio, el Hijo de Dios había aceptado la sencillez de una vida humana.

  Una cosa es saber que Jesús fue carpintero. Otra muy diferente es comprender lo que significaba vivir como carpintero en la Galilea del siglo primero.

  Ése es el mundo que estamos a punto de conocer.

  Y al recorrerlo, quizá comprendamos un poco mejor no solamente la humanidad de Jesucristo, sino también la inmensidad del amor que lo llevó a hacerse hombre para rescatarnos.

COMENCEMOS NUESTRA HISTORIA… (Continua el capitulo 1)

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

  

David abrió los ojos en la oscuridad.

  No había escuchado ninguna voz. Nadie lo había despertado. Sin embargo, algo dentro de él parecía conocer la hora exacta en que debía levantarse.

  Permaneció inmóvil, escuchando la respiración de su familia.

  La casa estaba fría.

  Desde el lugar donde descansaba distinguía apenas las formas de los objetos: una vasija junto a la pared, las mantas extendidas sobre las esteras y el pequeño bulto de herramientas que había preparado la noche anterior.

  Su esposa dormía cerca de los niños.

  O eso parecía.

  David se incorporó con cuidado. Apenas enderezó la espalda, sintió una punzada que lo obligó a detenerse.

  Cerró los ojos.

  Habían pasado dos días desde que terminó la reparación de una vivienda, pero su cuerpo todavía recordaba las horas inclinado sobre una estructura de madera.

  Apoyó una mano en el suelo y esperó a que disminuyera la molestia.

  No tenía tiempo para enfermarse.

  Ni dinero para permanecer en casa.

  Buscó sus sandalias a tientas. Cuando encontró una, pasó los dedos por la correa desgastada y descubrió que el cuero se había abierto un poco más.

  —Todavía tienes que resistir —murmuró.

  Se la colocó con cuidado.

  Entonces escuchó la voz de su esposa.

  —¿Le estás hablando a tus sandalias?

  David volvió la cabeza.

  Ella estaba despierta.

  —A una solamente. La otra todavía se porta bien.

  Su esposa dejó escapar una risa breve, procurando no despertar a los niños.

  Aquella pequeña risa le hizo bien.

  Habían sido días difíciles y últimamente no tenían muchas razones para reír.

  —Ven —susurró ella—. Preparé algo para que comas antes de salir.

  Se levantó y encendió la lámpara de aceite.

  La llama vaciló unos instantes antes de iluminar las paredes de piedra. David observó su rostro. Tenía los ojos cansados y algunos mechones de cabello se habían escapado de la tela con que se cubría.

  No había dormido bien.

  Él lo sabía.

  Durante la noche la había escuchado cambiar de posición varias veces.

  La preocupación también le estaba quitando el sueño.

Una casa donde todos dependían de sus manos

  Sobre una pequeña superficie de trabajo había un poco de pan.

  Su esposa lo dividió con cuidado y colocó una porción delante de él.

  David miró los pedazos.

  —¿Y tú?

  —Comeré después.

  —Eso dijiste ayer.

  Ella continuó acomodando el pan, como si no lo hubiera escuchado.

  David tomó uno de los pedazos y lo dejó frente a ella.

  —Come conmigo.

  —Los niños necesitarán desayunar cuando despierten.

  —Lo sé.

  —Entonces no insistas.

  David la miró durante unos momentos.

  Conocía aquella expresión. Era la misma que aparecía en su rostro cuando intentaba calcular cuánto alimento podrían comprar con las monedas que quedaban.

  —No voy a comer más que tú —dijo finalmente.

  Ella levantó la mirada.

  —David…

  —Si voy a discutir con alguien antes del amanecer, prefiero que sea contigo.

  Su esposa negó con la cabeza, pero terminó aceptando el pedazo de pan.

  Comieron en silencio.

  El pan estaba seco y tuvieron que humedecerlo un poco para masticarlo con facilidad.

  David bebió agua.

  Después miró hacia sus hijos.

  El mayor dormía con una pierna fuera de la manta. La pequeña estaba acurrucada, con una mano cerrada junto al rostro.

  Se levantó para cubrir al muchacho.

  Al acomodarle la manta, el niño se movió.

  —Padre…

  David se inclinó.

  —Aquí estoy.

  —¿Ya te vas?

  —Todavía falta un poco para que salga el sol.

  El niño abrió los ojos apenas.

  —¿Vas a trabajar?

  David tardó un instante en responder.

  —Voy a buscar trabajo.

  —¿En la ciudad grande?

  —En Séforis.

  El muchacho pareció pensarlo.

  —¿Vas a construir una casa?

  —Si alguien me contrata, quizá.

  —Haz una muy grande.

  David sonrió.

  —¿Para quién?

  —Para nosotros.

  La sonrisa permaneció en su rostro, pero algo le oprimió el pecho.

  —Primero tendré que conseguir el trabajo —respondió suavemente.

  El niño volvió a cerrar los ojos.

  —Entonces que te contraten.

  David permaneció inclinado junto a él.

  Le acarició el cabello.

  —Eso espero, hijo.

  Cuando regresó junto a su esposa, ella había terminado de envolver el pan que llevaría durante el camino.

  —Te escuché —dijo en voz baja.

  David miró la pequeña bolsa.

  —Algún día tendremos una casa más grande.

  Ella lo observó.

  —Ésta nos ha protegido de muchas noches frías.

  —Y de algunas lluvias.

  —De muchas lluvias.

  David sonrió débilmente.

  —También deja entrar el agua por una esquina.

  —Entonces tendrás que repararla.

  —Cuando consiga tiempo.

  —Cuando consigas trabajo —corrigió ella.

  La sonrisa desapareció lentamente.

  Ambos guardaron silencio.

  Aquella era la realidad.

  Había reparaciones pendientes en su propia vivienda, pero David necesitaba dedicar sus fuerzas a las casas de otros.

  Y en aquellos días ni siquiera eso estaba asegurado.

  Dos jornadas antes había terminado un encargo en Nazaret. El propietario le pagó lo convenido, pero cuando David preguntó si necesitaba alguna otra reparación, recibió una respuesta breve:

  —Por ahora, no.

  Desde entonces había recorrido la aldea preguntando por trabajo.

  Un hombre necesitaba arreglar una puerta, pero prefería esperar hasta después de la cosecha. Otra familia quería ampliar su vivienda, aunque todavía no había reunido los materiales.

  Todos hablaban de más adelante.

  Nadie necesitaba contratarlo aquel día.

  Y sus hijos no podían alimentarse con promesas.

  Su esposa colocó la bolsa en sus manos.

  —Dicen que en Séforis están levantando edificios —comentó.

  —Eso escuché.

  —¿Crees que necesiten más trabajadores?

  David miró sus herramientas.

  —No lo sabré hasta llegar.

  Ella asintió, aunque la respuesta no parecía tranquilizarla.

  —El camino es largo.

  —Lo he recorrido antes.

  —Y tu espalda todavía te duele.

  David levantó la cabeza.

  —¿Quién te dijo eso?

  —Te vi levantarte.

  Él intentó sonreír.

  —Entonces tendré que aprender a levantarme cuando no estés mirando.

  Esta vez ella no se rio.

  Se acercó y le acomodó la tela de la túnica sobre el hombro.

  —No tienes que fingir conmigo.

  David sintió que aquellas palabras lo alcanzaban más profundamente que cualquier reproche.

  Durante varios días había procurado ocultar el cansancio.

  No quería aumentar sus preocupaciones.

  Pero ella conocía demasiado bien sus silencios.

  —Estoy cansado —admitió.

  Su esposa apoyó una mano sobre su brazo.

  —Lo sé.

  —Y tengo miedo de regresar sin nada.

  Ella no respondió inmediatamente.

  Después tomó su mano.

  —Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David la miró.

  —¿Qué quieres decir?

  —Que necesitamos alimento, sí. Pero también te necesitamos a ti.

  Él bajó la mirada.

  Durante unos instantes no encontró palabras.

  Finalmente apretó suavemente los dedos de su esposa.

  —Volveré.

  Aquella promesa sí podía hacerla.

  O al menos deseaba poder cumplirla.

El camino que comenzaba en la oscuridad

  Cuando David abrió la puerta, una corriente de aire frío entró en la vivienda.

  Se volvió una última vez.

  Su esposa permanecía junto a la lámpara.

  Detrás de ella, los niños continuaban acostados.

  David levantó ligeramente la mano.

  Ella hizo lo mismo.

  No hubo una despedida larga.

  En las familias acostumbradas al trabajo, muchas veces el amor debía expresarse en unos pocos instantes.

  Después salió.

  La puerta se cerró con un sonido apagado.

  Nazaret todavía dormía.

  Las casas parecían confundirse con las laderas. Sus muros de piedra conservaban el frío de la noche y apenas se distinguían bajo la claridad de las estrellas.

  David avanzó por los pasos estrechos de la aldea.

  El suelo era irregular. Había pequeñas piedras, tierra endurecida y desniveles que conocía desde niño.

  En una vivienda cercana escuchó toser a alguien.

  Más adelante, una puerta se abrió y dejó escapar una franja de luz amarillenta.

  Otro hombre comenzaba su jornada.

  David ajustó la correa de su bolsa.

  Las herramientas golpearon suavemente unas contra otras.

  Llevaba solamente las que podía transportar sin agotarse antes de llegar. Las había revisado la noche anterior, limpiando las superficies de trabajo y comprobando que ninguna pieza estuviera floja.

  Una herramienta dañada podía arruinar una tarea.

  Una herramienta perdida podía significar varios días de trabajo desperdiciados.

  Al dejar atrás las últimas viviendas, el terreno comenzó a descender.

  Las colinas se extendían frente a él como grandes sombras inmóviles.

  El aire olía a tierra seca y vegetación silvestre.

  Bajo sus sandalias crujían pequeñas piedras.

  David conocía el camino, pero no podía recorrerlo distraído.

  Todavía faltaba luz.

  Y en algunos tramos la grava suelta hacía peligroso el descenso.

  De pronto, una piedra rodó bajo su pie.

  David perdió el equilibrio.

  Extendió un brazo y consiguió apoyarse contra una roca antes de caer.

  La bolsa se deslizó de su hombro y una de las herramientas golpeó la piedra.

  —¡Ah!

  Se quedó inmóvil.

  Un dolor breve le atravesó la espalda.

  Esperó.

  Respiró profundamente.

  Después movió el pie con cuidado.

  No parecía haberse lastimado.

  Recogió la bolsa y revisó sus herramientas.

  Todas seguían allí.

  Pero el corazón todavía le latía con fuerza.

  Una caída podía terminar con su jornada antes de que comenzara.

  Y un tobillo lesionado podía impedirle trabajar durante varios días.

  Se apoyó nuevamente contra la roca.

  —Ni siquiera he llegado —murmuró.

  Miró hacia el camino.

  La oscuridad comenzaba a retirarse lentamente.

  Tenía que continuar.

Siete kilómetros de incertidumbre

  Séforis se encontraba aproximadamente a siete kilómetros de Nazaret en línea recta. El recorrido por los senderos era más largo, porque debía adaptarse a las pendientes y a las irregularidades del terreno.

  David lo sabía.

  Por eso había salido antes del amanecer.

  No quería llegar cuando los encargados ya hubieran elegido a todos los trabajadores.

  La ciudad ofrecía oportunidades que difícilmente podían encontrarse en una aldea pequeña.

  Durante aquellos años, Herodes Antipas había impulsado su desarrollo. Se levantaban y reparaban edificios, se transportaban materiales y se necesitaban hombres con diferentes habilidades.

  David conocía la madera.

  Sabía medir, cortar y ajustar piezas. Había participado en reparaciones de techumbres, puertas y elementos de viviendas. También estaba acostumbrado a trabajar junto a otros hombres cuando una tarea exigía varias manos.

  Le gustaba su oficio.

  Había satisfacción en tomar una pieza mal ajustada y trabajarla hasta que encajara correctamente.

  En descubrir por qué una estructura no estaba firme.

  En terminar una tarea y saber que había quedado bien hecha.

  Pero la satisfacción no llenaba las vasijas de harina.

  Necesitaba que alguien estuviera dispuesto a pagar por su trabajo.

  Mientras avanzaba, recordó las palabras de su hijo.

  Haz una casa muy grande.

  Sonrió.

  El muchacho imaginaba las construcciones como lugares donde cualquier hombre podía levantar lo que quisiera.

  David sabía que las cosas eran diferentes.

  Había que conseguir materiales.

  Pagar trabajadores.

  Obedecer las instrucciones del encargado.

  Y esperar que al terminar la jornada no apareciera alguna excusa para reducir el salario.

  Había conocido patrones honrados.

  Hombres que cumplían lo prometido y reconocían el esfuerzo de sus trabajadores.

  Pero también había encontrado otros que exigían más de lo convenido.

  Recordó una ocasión en que un encargado quiso dar por terminada una reparación antes de que una pieza estuviera correctamente ajustada.

  —Déjala así —le había ordenado—. Nadie va a detenerse a examinarla.

  David observó entonces la unión de la madera.

  —Se moverá cuando reciba peso.

  —He dicho que la dejes.

  —Si se mueve, habrá que repararla otra vez.

  El hombre lo miró con irritación.

  —¿Quién está dirigiendo este trabajo?

  David había sentido el impulso de responder con dureza.

  Pero necesitaba cobrar.

  Y sabía que discutir podía costarle el jornal.

  Apretó los dientes.

  —Tú —respondió finalmente—. Pero déjame corregirla. No tardaré mucho.

  El encargado aceptó de mala gana.

  David pasó buena parte de la mañana trabajando sobre aquella pieza.

  Cuando terminó, nadie lo felicitó.

  Sin embargo, al observar que había quedado firme, sintió la satisfacción silenciosa de haber hecho lo correcto.

  Ahora necesitaba encontrar otro encargado dispuesto a darle una oportunidad.

  Y esperaba que fuera menos difícil que el anterior.

  Un sonido repentino interrumpió sus pensamientos.

  Algo se movió entre los arbustos.

  David volvió la cabeza.

  Un ave levantó el vuelo casi a sus pies.

  El batir de sus alas rompió el silencio de la madrugada.

  David soltó el aire.

  —También tú tienes prisa.

  Continuó caminando.

  La primera claridad apareció sobre las colinas.

  Poco a poco comenzaron a distinguirse las piedras del sendero, los arbustos bajos y las irregularidades del terreno.

  A lo lejos se escuchó el balido de un animal.

  El mundo despertaba.

  David sintió que el aire fresco comenzaba a perderse.

  Más tarde el sol calentaría las piedras de las construcciones. El sudor le correría por la espalda, la túnica se le pegaría al cuerpo y el polvo se mezclaría con la humedad de sus manos.

  Conocía bien aquel cansancio.

  Y estaba dispuesto a soportarlo.

  Lo que no podía soportar era la idea de regresar a casa sin haber conseguido nada.

Otros hombres buscaban lo mismo

  El sonido de pasos detrás de él lo hizo volver la cabeza.

  Dos hombres avanzaban por el sendero.

  Uno llevaba herramientas envueltas en una tela. El otro cargaba una bolsa sobre el hombro.

  David se apartó ligeramente para permitirles pasar.

  —La paz sea contigo —saludó uno.

  —Y contigo.

  El hombre miró las herramientas de David.

  —¿También vas a Séforis?

  —Sí.

  —Entonces buscamos lo mismo.

  David observó sus rostros.

  Parecían trabajadores acostumbrados a caminar largas distancias.

  —¿Hay contrataciones? —preguntó.

  —Eso esperamos —respondió el mayor—. Nos dijeron que necesitaban hombres en una construcción.

  —¿Cuántos?

  El hombre se encogió de hombros.

  —Nadie lo sabe.

  Su compañero soltó una risa seca.

  —Tal vez cuando lleguemos nos digan que volvamos mañana.

  —No empieces —respondió el mayor.

  —¿Qué? Solamente digo lo que pasó la última vez.

  David escuchó con atención.

  —¿Ya habían ido?

  —Hace unos días —respondió el más joven—. Caminamos desde temprano. Cuando llegamos, el encargado había contratado a los hombres que necesitaba.

  —Hoy salimos antes —añadió el otro.

  David miró el horizonte.

  La claridad aumentaba rápidamente.

  —Entonces será mejor no perder tiempo.

  Los tres continuaron caminando durante un tramo.

  Hablaron de los trabajos que habían terminado, de los encargos escasos y de las dificultades para conseguir una ocupación estable.

  David descubrió que uno de ellos tenía varios hijos.

  El otro llevaba días sin recibir un jornal completo.

  Aquellos hombres no eran enemigos.

  También tenían familias.

  También necesitaban alimento.

  Pero una idea comenzó a inquietarlo.

  Si había pocos puestos disponibles, cada trabajador contratado significaría una oportunidad menos para los demás.

  El hombre más joven aceleró el paso.

  —No pienso llegar otra vez cuando todo haya terminado.

  Su compañero lo siguió.

  —Que tengas suerte, nazareno.

  —También ustedes.

  David los observó alejarse.

  Durante unos instantes pensó en apresurarse.

  Después recordó la molestia de su espalda.

  Todavía le quedaba camino.

  Y si conseguía trabajo, necesitaría todas sus fuerzas.

  Continuó a un paso firme.

  Pero ahora miraba con mayor frecuencia hacia la ciudad.

La ciudad sobre la colina

  Cuando Séforis apareció frente a él, el sol comenzaba a iluminar las partes más altas de sus edificios.

  David se detuvo.

  La ciudad se levantaba sobre una elevación del terreno, muy diferente de la pequeña Nazaret.

  Había más movimiento.

  Más viviendas.

  Más personas.

  Y construcciones que requerían trabajadores.

  Desde la distancia comenzaron a llegarle sonidos familiares.

  Golpes de herramientas.

  Voces que daban instrucciones.

  El roce de materiales arrastrados sobre la tierra.

  El ruido de un carro.

  David sintió una esperanza que durante el camino había procurado mantener bajo control.

  Allí había trabajo.

  Podía verlo.

  Podía escucharlo.

  Pero todavía no sabía si habría un lugar para él.

  Se acomodó la bolsa sobre el hombro.

  La correa le había irritado la piel.

  Tenía polvo entre los dedos de los pies y sentía la garganta seca.

  Todavía no había levantado una piedra.

  No había cortado una pieza de madera.

  No había ganado una sola moneda.

  Y ya estaba cansado.

  Sin embargo, mientras observaba el movimiento de la ciudad, recordó nuevamente el rostro de su esposa.

  Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David apretó la correa de su bolsa.

  —Pero voy a intentarlo —murmuró.

  Y comenzó a subir hacia la ciudad.

Frente a la construcción

  La obra estaba rodeada de movimiento.

  Varios hombres transportaban materiales. Otros preparaban piezas junto a un muro. El aire olía a polvo, madera trabajada y sudor.

  Se escuchaban órdenes, golpes y el ruido de herramientas que caían sobre superficies duras.

  David se acercó a la entrada.

  Allí encontró a un grupo de trabajadores esperando.

  Algunos permanecían sentados sobre piedras.

  Otros observaban el interior de la construcción.

  Todos llevaban la misma expresión.

  Esperanza mezclada con preocupación.

  David reconoció a los dos hombres que había encontrado en el camino.

  El más joven estaba hablando con alguien.

  El mayor lo saludó con un movimiento de cabeza.

  —Llegaste.

  —¿Todavía están contratando?

  —Eso parece.

  David sintió alivio.

  Al menos no había llegado demasiado tarde.

  Un hombre salió de la construcción y recorrió el grupo con la mirada.

  Tenía la piel curtida por el sol y una expresión que no invitaba a conversaciones largas.

  —Los que no sepan trabajar, que no me hagan perder tiempo —anunció.

  Nadie respondió.

  El encargado comenzó a examinar las herramientas de los hombres.

  A uno le preguntó si sabía preparar piezas de madera.

  A otro, si había trabajado en techumbres.

  A un tercero le indicó que entrara inmediatamente.

  David observó cómo los elegidos recogían sus pertenencias y desaparecían detrás del muro.

  Cuando el encargado llegó frente a él, se detuvo.

  —¿De dónde vienes?

  —De Nazaret.

  —¿Qué sabes hacer?

  —Trabajo la madera. He reparado techumbres, puertas y estructuras de viviendas. También puedo ayudar en otras tareas de construcción.

  El hombre le miró las manos.

  David las extendió ligeramente.

  Tenía la piel endurecida y pequeñas marcas de trabajos anteriores.

  —¿Cuánto tiempo llevas en el oficio?

  —Varios años.

  —Todos dicen lo mismo.

  David sostuvo su mirada.

  —Puedo mostrarte cómo trabajo.

  El encargado observó sus herramientas.

  —Eso ya lo veremos.

  Señaló hacia un muro.

  —Espera allí.

  David obedeció.

  No sabía si aquella respuesta significaba que tenía posibilidades o que el hombre simplemente quería apartarlo.

  Se colocó junto a los demás.

  El sol había comenzado a calentar la piedra.

  La sombra del muro se hacía cada vez más estrecha y los trabajadores se acomodaban para permanecer dentro de ella.

  Un hombre sentado cerca de David lo observó.

  —¿Te dijo que esperaras?

  —Sí.

  El hombre soltó una risa amarga.

  —A mí también.

  —¿Hace cuánto?

  —Lo suficiente para que empiece a pensar que está esperando a que nos vayamos solos.

  David miró hacia la entrada.

  —Todavía sigue contratando.

  —Mientras tenga de dónde escoger.

  Aquellas palabras le desagradaron.

  No por su dureza, sino porque podían ser ciertas.

  El encargado regresó y llamó a otros dos hombres.

  Ambos entraron.

  David los siguió con la mirada.

  Uno de ellos era el trabajador más joven que había conocido durante el camino.

  Al pasar cerca, el muchacho le dirigió una sonrisa de alivio.

  David asintió.

  Se alegraba por él.

  Pero sintió que su propia esperanza disminuía.

  Se acomodó la bolsa sobre el hombro.

  La espalda comenzaba a molestarle nuevamente.

  Sacó el pan que su esposa le había preparado.

  Lo sostuvo entre las manos.

  Pensó en comer un poco.

  Después recordó que, si lo contrataban, todavía tendría por delante muchas horas de trabajo.

  Volvió a guardarlo.

  Un trabajador que esperaba a su lado lo observó.

  —¿No tienes hambre?

  David sonrió sin alegría.

  —Sí.

  —Entonces come.

  —Prefiero esperar.

  El hombre miró la bolsa.

  —Si no te contratan, tendrás que caminar de regreso con el mismo pan.

  David bajó los ojos.

  No había pensado en ello de aquella manera.

  En su casa, sus hijos despertarían pronto.

  Su esposa repartiría el alimento que había reservado.

  Quizá el mayor preguntaría si su padre estaba construyendo aquella casa grande que le había pedido.

  Y ella tendría que responder que todavía no lo sabía.

  David apretó los labios.

  No quería regresar sin una respuesta mejor.

Solamente uno más

  El encargado apareció nuevamente.

  Los hombres que permanecían esperando se incorporaron casi al mismo tiempo.

  —¿Todavía necesita trabajadores? —preguntó uno.

  —Unos pocos.

  David levantó la cabeza.

  Unos pocos.

  Miró a su alrededor.

  Quedaban más hombres que puestos disponibles.

  El encargado llamó a uno.

  Después eligió a otro.

  Ambos entraron en la construcción.

  El grupo se redujo.

  David sintió que el estómago se le contraía.

  El sol ya alcanzaba el lugar donde esperaba.

  Una gota de sudor le recorrió la sien.

  Se la limpió con el dorso de la mano.

  El encargado se volvió hacia ellos.

  —Solamente necesito uno más.

  Nadie habló.

  Un hombre bajó la mirada.

  Otro apretó con fuerza las herramientas que llevaba.

  David sintió los latidos de su corazón.

  Había salido de casa en la oscuridad.

  Había caminado varios kilómetros.

  Había soportado el dolor de espalda y la incertidumbre.

  Todo para llegar hasta aquel momento.

  Un solo puesto.

  Varios hombres.

  El encargado comenzó a recorrerlos lentamente.

  Se detuvo frente a uno y examinó sus herramientas.

  Después siguió adelante.

  David procuró mantenerse erguido.

  No quería parecer agotado.

  Tampoco quería suplicar.

  Necesitaba trabajo, pero conocía su oficio y estaba dispuesto a demostrarlo.

  El encargado se detuvo frente a él.

  Le observó las manos.

  Después miró la bolsa de herramientas.

  —Tú eres el de Nazaret.

  —Sí.

  —Dijiste que sabes trabajar la madera.

  —Así es.

  El hombre guardó silencio.

  David sintió que el tiempo se alargaba.

  Detrás del encargado, varios trabajadores continuaban sus tareas.

  Una herramienta golpeó contra la piedra.

  Alguien gritó una instrucción.

  Un carro pasó lentamente por el camino.

  Pero David apenas escuchaba aquellos sonidos.

  Solamente esperaba.

  El encargado dio un paso hacia atrás.

  Miró nuevamente a los hombres que quedaban.

  —Ya sé a quién voy a llevar.

  David sintió la garganta seca.

  Por un instante volvió a ver la pequeña lámpara de su casa.

  El rostro cansado de su esposa.

  La mano de su hija junto a la mejilla.

  Y los ojos entreabiertos de su hijo preguntándole si construiría una casa grande.

  El encargado levantó el brazo.

  Extendió el dedo hacia uno de los trabajadores.

  David siguió aquel movimiento con la mirada.

  Pero todavía no sabía si el hombre estaba señalándolo a él.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que trasladarse a su lugar de trabajo caminando, cargando sus herramientas y esperar a que alguien lo contratara.

Continuará en el capítulo 2.

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  El encargado extendió el brazo.

  David siguió la dirección de aquel dedo y, durante un instante, sintió que el corazón le daba un vuelco.

  Lo estaba señalando.

  Tenía que ser él.

  Había observado sus herramientas, le había preguntado por su experiencia y parecía haber considerado seriamente contratarlo.

  David adelantó un pie.

  Pero entonces el hombre movió ligeramente la mano.

  —Tú. El de la túnica oscura.

  Un trabajador que estaba a su lado se incorporó apresuradamente.

  —¿Yo?

  —Sí, tú. ¿Cuántos hombres ves con esa túnica?

  El trabajador recogió sus herramientas.

  —Aquí estoy, señor.

  —Entra. Pregunta por Natán.

  El hombre cruzó la entrada sin mirar atrás.

  David permaneció inmóvil, con el pie todavía adelantado.

  Sintió calor en el rostro.

  No sabía qué le dolía más: haber perdido la oportunidad o haber estado a punto de avanzar delante de todos.

  Retrocedió discretamente.

  El encargado se volvió hacia los hombres que quedaban.

  —Por ahora no necesito a nadie más.

  Nadie respondió.

  Durante unos momentos solamente se escucharon los golpes que llegaban desde el interior de la construcción.

  Después comenzaron las protestas.

  —¡Llevo aquí desde antes de que amaneciera! —exclamó un hombre.

  —Y yo llevo tres días viniendo —añadió otro.

  El encargado ni siquiera se volvió.

  —Entonces ya saben dónde está el camino de regreso.

  Aquellas palabras provocaron murmullos de indignación.

  David apretó la mandíbula.

  Sintió el impulso de responder.

  De decirle que aquellos hombres no habían recorrido tantos kilómetros para recibir semejante trato.

  Pero se contuvo.

  No porque estuviera de acuerdo.

  Sino porque todavía necesitaba que aquel hombre lo contratara.

  Y aquella necesidad le produjo una vergüenza que no supo explicar.

  Había salido de Nazaret cuando sus hijos todavía dormían. Había caminado por las colinas en la oscuridad, soportando el peso de las herramientas y el dolor de espalda.

  Ahora tendría que regresar.

  Sin haber trabajado.

  Sin haber ganado una moneda.

  Y con la misma pregunta que había salido de casa intentando responder:

  ¿Qué llevaría aquella noche a su familia?

Los hombres que nadie había elegido

  La mañana avanzaba.

  La sombra del muro se había reducido a una franja estrecha y los hombres comenzaron a buscar otros lugares donde protegerse del sol.

  Algunos se marcharon inmediatamente.

  Otros permanecieron allí, esperando que el encargado cambiara de opinión.

  David no se movió.

  No estaba preparado para comenzar el camino de regreso.

  A su lado, un hombre de barba entrecana se sentó lentamente sobre una piedra.

  Llevaba una túnica remendada a la altura del hombro y unas sandalias que parecían haber sido reparadas muchas veces.

  Sus manos eran grandes. Los nudillos estaban deformados por años de esfuerzo.

  —¿De dónde vienes? —preguntó.

  —De Nazaret.

  —Has caminado bastante.

  —Lo suficiente para que me duelan los pies.

  El hombre sonrió.

  —Entonces todavía te quedan fuerzas. Cuando dejen de dolerte, preocúpate.

  David dejó escapar una risa breve.

  Se sentó cerca de él.

  —¿Y tú?

  —Vengo de una aldea al otro lado de las colinas.

  —¿También trabajas la madera?

  —Cuando encuentro quién me pague por hacerlo. También he trabajado piedra y he cargado materiales. A estas alturas aceptaría casi cualquier tarea.

  El hombre se frotó una rodilla.

  David observó el movimiento.

  —¿Te lastimaste?

  —Hace años. Algunas mañanas parece que la pierna todavía se acuerda.

  —¿Cuánto tiempo llevas buscando trabajo?

  El hombre miró hacia la construcción.

  —Aquí, tres mañanas.

  David guardó silencio.

  Tres mañanas.

  Tres viajes.

  Tres días sin jornal.

  —¿No has encontrado nada en otro lugar?

  —Algunos encargos pequeños. Pero ahora necesito algo que dure más de un día.

  Se quedó mirando sus manos.

  —Mi hijo se lastimó una pierna durante la cosecha. Antes trabajábamos juntos.

  David volvió la cabeza.

  —¿Está mejor?

  —Todavía no puede trabajar.

  El hombre intentó sonreír.

  —Ahora tengo que hacer el trabajo de los dos.

  No añadió nada más.

  David tampoco preguntó.

  Había sufrimientos que podían comprenderse sin necesidad de escuchar toda la historia.

  Un poco más allá esperaba un trabajador joven.

  Tenía el rostro delgado y una expresión inquieta. Sujetaba una herramienta con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

  Cuando el encargado pasó cerca de la entrada, el muchacho se adelantó.

  —¡Señor! Puedo cargar piedra. También sé preparar mezcla.

  El encargado continuó caminando.

  —¡He trabajado antes! —insistió el joven.

  El hombre ni siquiera volvió la cabeza.

  El muchacho quedó inmóvil, con la herramienta todavía levantada.

  David apartó la mirada.

  No quería contemplar su humillación.

  Pero tampoco podía dejar de pensar en ella.

  Aquellos hombres no habían venido a pedir limosna.

  Habían traído sus herramientas.

  Sus conocimientos.

  Sus brazos.

  Su disposición a trabajar.

  Y aun así podían regresar a casa sin nada.

  David introdujo una mano en su bolsa.

  Sus dedos encontraron el pan que su esposa había preparado.

  Lo sacó.

  El hombre de barba entrecana lo observó de reojo.

  —Parece que tu mujer pensó en ti.

  David miró el pequeño envoltorio.

  —Siempre piensa en mí.

  —Entonces eres afortunado.

  David partió un pedazo.

  Durante un instante pensó en ofrecerle la mitad.

  Después recordó cuánto alimento quedaba en casa.

  Sus hijos también necesitarían comer.

  Vaciló.

  Le molestó descubrir aquella vacilación en sí mismo.

  Finalmente extendió la mano.

  —¿Quieres un poco?

  El hombre miró el pan.

  —Guárdalo. Todavía tienes que regresar a Nazaret.

  —Tú también tienes camino por delante.

  El trabajador sonrió con tristeza.

  —Y una esposa que me regañará si descubre que acepté el alimento de otro hombre que tampoco encontró trabajo.

  David sonrió.

  Volvió a envolver el pan.

  No insistió.

  Pero aquel hombre le había recordado algo que la preocupación casi le había hecho olvidar:

  La necesidad podía poner a dos trabajadores a competir por un mismo jornal, sin convertirlos por eso en enemigos.

Una voz detrás del muro

  Un golpe seco interrumpió sus pensamientos.

  Después llegó una exclamación irritada desde el interior de la construcción.

  —¡No entra!

  Se escuchó otro golpe.

  —¡Te dije que no cortaras más!

  David levantó la cabeza.

  Conocía aquellos sonidos.

  Una herramienta trabajando sobre madera.

  Una pieza que no encajaba.

  Y hombres que comenzaban a perder la paciencia.

  El encargado apareció junto a la entrada.

  Caminaba deprisa.

  Se detuvo para hablar con otro trabajador y ambos miraron hacia una parte de la construcción.

  —Si seguimos así, no terminaremos antes de que lleguen los materiales —dijo el encargado.

  —La pieza está mal preparada —respondió el otro.

  —Entonces que la corrijan.

  —Ya han intentado hacerlo.

  El encargado soltó una exclamación de disgusto.

  David prestó atención.

  No alcanzaba a ver la pieza, pero comprendió que tenían dificultades con una estructura de madera.

  Su primera reacción fue levantarse.

  Después volvió a sentarse.

  Ya te dijeron que no necesitan más hombres.

  No quería parecer desesperado.

  Tampoco quería provocar otra humillación delante de los trabajadores.

  Pero si se marchaba, ¿qué conseguiría con su orgullo?

  Miró sus manos.

  Tenía pequeñas cicatrices y callosidades formadas durante años de trabajo.

  Sabía medir.

  Sabía ajustar madera.

  Sabía reconocer cuándo una pieza necesitaba corregirse antes de colocarla.

  El encargado comenzó a alejarse.

  David se puso de pie.

  —Señor.

  El hombre se detuvo.

  —¿Qué quieres ahora?

  David sintió las miradas de los trabajadores.

  —Escuché que tienen dificultades con una pieza de madera.

  —¿Y qué tiene eso que ver contigo?

  —Puedo examinarla.

  El encargado lo miró con impaciencia.

  —Ya tengo hombres trabajando en ella.

  —Lo sé.

  —Entonces, ¿por qué sigues aquí?

  David sintió que el rostro se le calentaba.

  Podía dar media vuelta.

  Recoger sus herramientas.

  Marcharse con la dignidad herida, pero sin soportar otra palabra de aquel hombre.

  Sin embargo, recordó la voz de su hijo.

  Entonces que te contraten.

  Y recordó a su esposa diciéndole que regresara aunque no consiguiera trabajo.

  Aquella mañana ella había reconocido su cansancio.

  Él no quería regresar sin haber hecho todo lo posible.

  —Porque conozco mi oficio —respondió—. Si me permites examinar la pieza, quizá pueda ayudarte.

  El encargado entrecerró los ojos.

  —¿Crees que sabes más que mis trabajadores?

  David comprendió el peligro de aquella pregunta.

  —No he dicho eso.

  —Entonces habla claramente.

  —Digo que puedo revisar las medidas. Si el problema tiene solución, te lo diré. Y si no sé resolverlo, también.

  El encargado lo observó durante unos instantes.

  Después extendió la mano.

  —Muéstrame tus herramientas.

  David abrió la bolsa.

  El hombre examinó algunas piezas. Tomó una herramienta, observó su estado y la devolvió.

  —¿Son tuyas?

  —Sí.

  —¿Sabes utilizarlas o solamente sabes cargarlas?

  David sintió el impulso de responder con dureza.

  La pregunta era innecesariamente ofensiva.

  Pero había llegado demasiado lejos para perder aquella oportunidad por una palabra.

  —Sé utilizarlas.

  El encargado sostuvo su mirada.

  Después señaló hacia el interior.

  —Ven conmigo.

  David sintió un alivio repentino.

  Recogió sus herramientas antes de que el hombre cambiara de opinión.

  Al pasar junto al trabajador de barba entrecana, éste levantó ligeramente la mano.

  —Que te vaya bien, nazareno.

  David se detuvo.

  —Espero que también encuentres algo.

  —Ve —respondió el hombre—. No hagas esperar al que tiene el dinero.

  David sonrió.

  Después cruzó la entrada.

  No sabía si había conseguido trabajo.

  Pero al menos había conseguido que lo escucharan.

El ruido de una ciudad que construía

  Apenas entró, el sonido de la obra lo envolvió.

  Desde fuera había escuchado golpes y voces. Dentro, los ruidos parecían venir de todas partes.

  Una herramienta golpeaba piedra con movimientos breves y precisos.

  Dos hombres arrastraban una pieza de madera sobre el suelo.

  Más adelante, varios trabajadores levantaban materiales mientras otro les indicaba dónde colocarlos.

  El aire estaba cargado de polvo.

  Olía a madera recién cortada, tierra removida y sudor.

  El sol caía sobre los sectores descubiertos de la construcción. En otros lugares, los muros levantados proyectaban sombras donde algunos hombres habían dejado sus recipientes de agua.

  David caminó detrás del encargado procurando no estorbar.

  Al pasar junto a una carga suspendida mediante cuerdas, escuchó un grito.

  —¡Espera!

  Uno de los trabajadores había comenzado a tirar antes que su compañero.

  La carga se inclinó peligrosamente.

  David retrocedió instintivamente.

  La cuerda se tensó.

  Durante un instante pareció que el material iba a caer.

  —¡Sujétala! —gritó otro hombre.

  Los trabajadores corrigieron la posición.

  La carga volvió a quedar estable.

  El encargado soltó una maldición entre dientes.

  —¡Si rompen ese material, lo descontaré de sus jornales!

  David miró a los hombres.

  Uno de ellos respiraba agitadamente.

  El otro tenía las manos enrojecidas por la fricción de la cuerda.

  Nadie parecía haberse lastimado.

  Pero David comprendió que aquella construcción no sería un lugar donde pudiera trabajar distraído.

  En una obra, un error podía costar más que dinero.

  Podía costar una mano.

  Una pierna.

  O la vida.

  El encargado continuó caminando.

  David lo siguió.

  Finalmente llegaron a una estructura parcialmente preparada.

  Varias piezas de madera descansaban sobre soportes provisionales.

  Una de ellas debía colocarse entre dos puntos de apoyo, pero sus extremos no coincidían correctamente.

  Un joven sostenía una herramienta mientras otro hombre examinaba la pieza.

  —Aquí está el que dice que sabe resolverlo —anunció el encargado.

  El hombre levantó la cabeza.

  Tenía el cabello entrecano, la piel curtida y una pequeña cicatriz junto a la ceja.

  Su expresión era seria.

  No parecía impresionado por la llegada de David.

  —¿Cómo te llamas? —preguntó.

  —David.

  —¿De dónde vienes?

  —De Nazaret.

  El hombre observó sus herramientas.

  —¿Cuánto tiempo llevas trabajando madera?

  —Varios años.

  —Entonces dime qué ves.

  David dejó la bolsa en un lugar seguro.

  Se acercó a la estructura.

  El joven que sostenía la herramienta se apartó con evidente disgusto.

  David lo notó.

  No dijo nada.

  Primero examinó los puntos donde debía descansar la pieza.

  Después observó sus extremos.

  Pasó los dedos por una superficie áspera.

  Había marcas de cortes recientes.

  Uno de los extremos había sido rebajado más de lo necesario en una zona, mientras otra parte todavía ofrecía resistencia.

  David se agachó para mirar desde otro ángulo.

  El hombre de cabello entrecano lo observaba.

  —¿Y bien?

  David no respondió inmediatamente.

  Tomó una cuerda de medir.

  Comprobó la distancia entre los apoyos.

  Después revisó la longitud de la pieza.

  Volvió a medir.

  El joven soltó un suspiro de impaciencia.

  —Eso ya lo hicimos.

  David levantó la mirada.

  —Entonces no te molestará que lo compruebe otra vez.

  El muchacho apretó los labios.

  El hombre de cabello entrecano permaneció en silencio.

  David volvió a concentrarse.

  La diferencia era pequeña, pero suficiente para impedir que la madera encajara correctamente.

  Además, los apoyos no estaban colocados exactamente como parecía a primera vista.

  Si continuaban rebajando uno de los extremos sin corregir la medida, terminarían desperdiciando la pieza.

  David se enderezó.

  —El problema no está solamente aquí —dijo, señalando el extremo trabajado—. La distancia entre los apoyos no coincide con la medida que utilizaron.

  El joven frunció el ceño.

  —La medimos.

  —No digo que no.

  —Entonces, ¿qué estás diciendo?

  David sintió que comenzaba a irritarse.

  No había entrado para discutir.

  Pero tampoco estaba dispuesto a fingir que no veía el error.

  —Que necesitamos comprobarla desde los puntos donde realmente descansará la madera.

  El hombre entrecano extendió la mano.

  —Dame la cuerda.

  Volvió a medir.

  Después comprobó los apoyos.

  Guardó silencio.

  El joven lo observaba.

  Finalmente el hombre levantó la cabeza.

  —Tiene razón.

  David sintió que la tensión de sus hombros disminuía.

  El muchacho bajó la mirada.

  No parecía satisfecho.

  Pero el encargado ya estaba acercándose.

  —¿Qué sucede?

  —La medida estaba equivocada —respondió el hombre entrecano—. Si seguimos cortando, perderemos la pieza.

  El encargado miró a David.

  —¿Puedes corregirla?

  David examinó nuevamente la madera.

  No era una tarea imposible.

  Pero tampoco podía realizarse apresuradamente.

  —Sí.

  El encargado se cruzó de brazos.

  —Entonces escucha bien.

El precio de una oportunidad

  —No voy a pagar a un hombre para que pase la mañana mirando madera —dijo el encargado—. Necesito que esa pieza quede preparada y colocada antes de que continuemos con el resto de la estructura.

  David asintió.

  —Entiendo.

  —Si sabes hacer lo que dices, tendrás trabajo hoy. Si no, te marcharás.

  El joven levantó la mirada.

  David percibió algo en su expresión.

  Tal vez esperaba que fracasara.

  O quizá simplemente deseaba recuperar la tarea que había perdido.

  David comprendía aquella incomodidad.

  A nadie le agradaba que otro hombre llegara para corregir su trabajo delante de todos.

  Pero él también necesitaba aquella oportunidad.

  —No desperdicies material —continuó el encargado—. Y no hagas cortes sin comprobar las medidas.

  —No lo haré.

  —Eso espero.

  El hombre comenzó a marcharse.

  David lo llamó.

  —Una cosa más.

  El encargado se volvió con evidente fastidio.

  —¿Ahora qué?

  —¿Cuánto pagarás por la jornada?

  El hombre lo miró fijamente.

  —Primero demuestra que sabes trabajar.

  —Lo haré. Pero necesito conocer el jornal antes de comenzar.

  Durante unos instantes David temió haber arruinado todo.

  El encargado parecía acostumbrado a dar órdenes sin recibir preguntas.

  Finalmente indicó la cantidad prevista y las condiciones del pago.

  David hizo el cálculo mentalmente.

  No era una fortuna.

  Pero permitiría comprar alimento y atender algunas necesidades de su familia.

  —De acuerdo —respondió.

  El encargado señaló al trabajador entrecano.

  —Él es Natán. Harás lo que te indique.

  Después se marchó.

  David observó cómo desaparecía entre los trabajadores.

  Había conseguido entrar.

  Ahora debía demostrar que merecía quedarse.

  Natán se acercó a la estructura.

  —¿Puedes hacer lo que dijiste?

  David lo miró.

  —Sí.

  —Entonces hazlo.

  Señaló la pieza.

  —No tenemos toda la mañana.

  David comprendió que Natán era un hombre de pocas palabras.

  Y que probablemente sería mejor demostrarle su capacidad trabajando que intentando impresionarlo con explicaciones.

Una pieza de madera y dos hombres

  David volvió a comprobar las medidas.

  Marcó cuidadosamente la zona que necesitaba corregir.

  Después acomodó la madera sobre una superficie firme.

  El joven permanecía a unos pasos.

  Observaba cada movimiento.

  David podía sentir su mirada.

  Tomó una herramienta y comenzó a trabajar.

  La madera ofreció resistencia.

  Ajustó la posición de sus manos.

  Volvió a intentarlo.

  El sonido de la herramienta se mezcló con los golpes que llegaban desde otros puntos de la obra.

  Una pequeña viruta cayó al suelo.

  Después otra.

  David avanzaba despacio.

  Sabía que retirar demasiado material sería un error difícil de corregir.

  El joven se acercó.

  —Así tardarás mucho.

  David continuó trabajando.

  —Tal vez.

  —Natán quiere terminar pronto.

  —Yo también.

  —Entonces deberías cortar más.

  David dejó de mover la herramienta.

  Levantó la mirada.

  —¿Cómo te llamas?

  El muchacho pareció sorprendido.

  —¿Para qué quieres saberlo?

  —Porque es más fácil hablar contigo si conozco tu nombre.

  El joven vaciló.

  —Joel.

  —Bien, Joel. Si corto más de lo necesario, ¿qué haremos con la madera que falte?

  El muchacho miró la pieza.

  No respondió.

  David volvió al trabajo.

  —Prefiero tardar un poco más que empezar de nuevo.

  Joel permaneció a su lado.

  Después de unos instantes se agachó para observar mejor la marca.

  —Ese extremo fue el que nos dio problemas.

  —Lo imaginé.

  —Pensé que necesitaba rebajarse más.

  David examinó la superficie.

  —Era una posibilidad.

  Joel lo miró.

  —Pero estaba equivocado.

  David levantó la cabeza.

  Recordó sus propios errores.

  Las piezas desperdiciadas durante sus primeros años.

  Las correcciones que otros hombres habían tenido que hacer por él.

  Y la vergüenza de escuchar una reprimenda delante de los compañeros.

  —Todos nos equivocamos —respondió—. Lo importante es descubrirlo antes de arruinar toda la obra.

  Joel guardó silencio.

  David señaló uno de los extremos.

  —¿Puedes sostenerla aquí?

  El muchacho se acercó.

  —Así.

  —Un poco más hacia ti.

  Joel corrigió la posición.

  —¿Ahora?

  —Ahora está bien.

  Trabajaron juntos.

  David comenzó a notar que el joven tenía fuerza y disposición, aunque todavía le faltaba experiencia.

  También comprendió que no era un muchacho acostumbrado a recibir correcciones con facilidad.

  Eso podía causarle problemas.

  Pero no significaba que fuera un mal trabajador.

  Mientras ajustaban la madera, Joel observó las manos de David.

  —¿Dónde aprendiste?

  —En Nazaret.

  —¿Con tu padre?

  David tardó un instante en responder.

  —Aprendí trabajando con hombres que conocían el oficio.

  Joel asintió.

  —Yo llevo poco tiempo en construcciones grandes.

  —Se nota.

  El muchacho levantó bruscamente la cabeza.

  David comprendió que sus palabras habían sonado más duras de lo que pretendía.

  —Quise decir que todavía estás aprendiendo —aclaró—. No que no puedas hacerlo.

  Joel volvió a mirar la madera.

  —Aquí nadie tiene paciencia con los que están aprendiendo.

  David guardó silencio.

  Había algo de verdad en aquella afirmación.

  —Entonces procura aprender de cada error —respondió—. Pero no dejes que el miedo te haga cometer otro.

  Joel lo observó brevemente.

  Después volvió a sujetar la pieza.

  Por primera vez desde que David había llegado, trabajaron sin la tensión de dos hombres que se consideraban rivales.

Bajo la mirada de Natán

  El calor comenzó a intensificarse.

  El sol alcanzó la zona donde trabajaban y la madera se calentó bajo sus manos.

  David sintió el sudor descender por la espalda.

  La túnica comenzó a pegarse a su piel.

  Una gota le recorrió la sien y estuvo a punto de entrarle en el ojo.

  Se limpió con el antebrazo.

  Después continuó.

  El dolor de espalda regresó lentamente.

  Al principio fue una molestia soportable.

  Después sintió una punzada al inclinarse.

  Se quedó inmóvil durante un instante.

  Joel levantó la mirada.

  —¿Te sucede algo?

  —Nada.

  El muchacho observó su postura.

  —Te duele la espalda.

  David enderezó el cuerpo.

  —He tenido mañanas mejores.

  Joel señaló una piedra cercana.

  —Puedes sentarte un momento.

  David miró hacia donde trabajaba Natán.

  —No creo que sea buena idea.

  —No está mirando.

  David sonrió débilmente.

  —Ése no es el problema.

  Volvió a inclinarse.

  No quería que Natán pensara que había contratado a un hombre incapaz de soportar la jornada.

  Pero tampoco podía ignorar completamente el dolor.

  Cambió de posición.

  Apoyó una rodilla sobre el suelo.

  Trabajó desde otro ángulo.

  La molestia disminuyó un poco.

  Natán regresó después de un rato.

  No anunció su llegada.

  Simplemente se colocó junto a ellos y observó.

  David sintió su presencia antes de levantar la cabeza.

  El hombre examinó la madera.

  Pasó los dedos por la superficie trabajada.

  Después comprobó las marcas.

  —¿Cuánto falta?

  —Poco —respondió David—. Quiero revisar el ajuste antes de terminar.

  Natán miró a Joel.

  —¿Lo estás ayudando?

  —Sí.

  —Entonces sostén bien la pieza.

  Joel apretó los labios.

  Natán volvió a mirar el trabajo.

  —Continúen.

  Se alejó sin añadir nada más.

  David soltó lentamente el aire.

  Joel lo observó.

  —No dijo que estuviera mal.

  —Eso es bueno.

  —Tampoco dijo que estuviera bien.

  David sonrió.

  —Tal vez ésa sea su manera de felicitarnos.

  Joel soltó una risa breve.

  Fue la primera vez que David lo escuchó reír.

El hombre que tuvo que regresar

  Poco después, David levantó la cabeza para descansar la vista.

  Desde donde trabajaba podía distinguir una parte de la entrada.

  Allí estaba nuevamente el hombre de barba entrecana.

  Hablaba con otro encargado.

  Mostraba sus manos mientras explicaba algo.

  Después señaló hacia el interior de la construcción.

  David no escuchaba las palabras, pero comprendió lo que estaba sucediendo.

  El hombre todavía buscaba una oportunidad.

  El encargado negó con la cabeza.

  El trabajador insistió.

  La respuesta volvió a ser negativa.

  Finalmente bajó las manos.

  Recogió su bolsa.

  Durante unos instantes permaneció inmóvil, observando la obra.

  Después se volvió hacia la calle.

  David sintió una tristeza inesperada.

  Pensó en el hijo lesionado.

  En las tres mañanas de búsqueda.

  En la esposa que quizá estaría esperando una buena noticia.

  Y en la dignidad con que aquel hombre había aceptado su propia decepción.

  —¿Lo conoces? —preguntó Joel.

  David negó con la cabeza.

  —Hablamos esta mañana.

  —Hay muchos que vienen todos los días.

  David continuó observando la entrada.

  —Me dijo que su hijo está lastimado.

  Joel miró al hombre que se alejaba.

  —Entonces necesita trabajo.

  —Sí.

  —Todos lo necesitamos.

  David volvió la cabeza.

  El muchacho no había hablado con crueldad.

  Solamente había expresado una realidad que ambos conocían.

  David regresó a la pieza.

  Pero durante varios minutos no consiguió olvidar al desconocido.

  Había deseado suerte a un hombre que sí obtuvo una oportunidad.

  Y él había tenido que marcharse con las manos vacías.

  David pensó en el pan que llevaba guardado.

  Quizá debió insistir en compartirlo.

  Ahora era demasiado tarde.

  Un golpe seco lo devolvió al trabajo.

  Natán había colocado otra herramienta cerca de ellos.

  —Necesitamos terminar antes del descanso.

  David asintió.

  Tenía que concentrarse.

  No podía ayudar a todos los hombres que sufrían.

  Apenas estaba intentando conservar su propio jornal.

Una pieza que debía encajar

  La mañana continuó avanzando.

  David volvió a medir.

  Revisó el extremo trabajado.

  Comprobó que la superficie estuviera preparada correctamente.

  Después llamó a Joel.

  —Ayúdame a levantarla.

  Entre ambos movieron la pieza hacia los apoyos.

  Era más pesada de lo que parecía.

  David sintió una punzada en la espalda.

  Apretó los dientes.

  —Espera —dijo.

  Joel detuvo el movimiento.

  —¿Qué sucede?

  —Necesitamos otro hombre.

  El muchacho miró la pieza.

  —Podemos hacerlo.

  David negó con la cabeza.

  —Podemos intentarlo. No es lo mismo.

  Joel pareció dispuesto a protestar.

  Pero David continuó:

  —Si la soltamos, perderemos todo el trabajo.

  El muchacho miró hacia Natán.

  Finalmente llamó a otro trabajador.

  Entre los tres acomodaron la pieza con mayor seguridad.

  Natán se acercó.

  —¿Está lista?

  —Creo que sí —respondió David—. Pero quiero comprobarla en su lugar.

  El hombre indicó que continuaran.

  Los trabajadores levantaron la madera.

  David dirigió el movimiento.

  —Despacio.

  La pieza avanzó hacia los apoyos.

  —Un poco más hacia ti, Joel.

  El muchacho corrigió la posición.

  —Ahora bájenla.

  La madera descendió lentamente.

  Uno de los extremos tocó el apoyo.

  El otro quedó ligeramente levantado.

  David sintió que el corazón se le aceleraba.

  ¿Había calculado mal?

  Natán frunció el ceño.

  —No entra.

  Joel volvió la mirada hacia David.

  Por un instante nadie se movió.

  David observó la posición de la pieza.

  Después comprendió.

  —Levanten un poco ese extremo.

  Los hombres obedecieron.

  —Ahora gírenla apenas hacia mí.

  La madera se movió.

  —Deténganse.

  David comprobó el apoyo.

  —Bájenla.

  La pieza descendió.

  Esta vez encajó.

  El sonido fue pequeño.

  Apenas el roce de la madera acomodándose en su lugar.

  Pero para David resultó más hermoso que todos los golpes de herramientas que había escuchado durante la mañana.

  Natán se acercó.

  Presionó la pieza.

  Examinó los puntos de apoyo.

  Después tomó la cuerda y comprobó nuevamente las medidas.

  David permaneció inmóvil.

  Joel también esperaba.

  Finalmente Natán se enderezó.

  —Está bien.

  David sintió que los músculos de sus hombros comenzaban a relajarse.

  Dos palabras.

  Nada más.

  Pero eran las primeras palabras de aprobación que recibía desde que había entrado en aquella construcción.

  Natán llamó al encargado.

Una jornada, no un empleo seguro

  El encargado llegó con el ceño fruncido.

  Examinó la estructura.

  Miró los extremos de la madera.

  Comprobó que estuviera firme.

  Después se volvió hacia Natán.

  —¿Él hizo el ajuste?

  —Sí.

  —¿Sin desperdiciar material?

  —Sin desperdiciar material.

  El encargado observó a David.

  —¿Cuánto tardaste?

  David respondió.

  El hombre pareció considerar la información.

  Después volvió a mirar la pieza.

  —Has demostrado que sabes trabajar.

  David permaneció atento.

  No quería adelantarse nuevamente.

  Ya había cometido aquel error una vez durante la mañana.

  —Puedes quedarte durante el resto de la jornada.

  El alivio fue tan profundo que por un instante le costó hablar.

  Pensó en su esposa.

  En los niños.

  En la posibilidad de regresar aquella tarde con alimento.

  —Gracias —respondió finalmente.

  Pero el encargado levantó una mano.

  —No confundas una jornada con un puesto seguro.

  David guardó silencio.

  —Aquí se trabaja mientras haya trabajo. Y se conserva el lugar mientras se cumpla.

  —Lo entiendo.

  —Mañana veremos si todavía te necesitamos.

  Aquellas palabras apagaron parte de su alegría.

  Mañana.

  Otra vez la incertidumbre.

  Pero David decidió no permitir que le arrebatara completamente la satisfacción de aquel momento.

  Había llegado buscando trabajo.

  Y lo había encontrado.

  Por lo menos durante un día.

  El encargado se marchó.

  Natán señaló hacia otro sector de la construcción.

  —Después del descanso necesitaré que me ayudes allí.

  David observó el lugar.

  Había piezas de madera y materiales de piedra preparados para continuar la obra.

  —Estaré listo.

  Natán asintió.

  Después miró a Joel.

  —Tú también.

  El muchacho respondió afirmativamente.

  Cuando Natán se alejó, Joel volvió la cabeza hacia David.

  —Parece que te quedarás.

  —Por hoy.

  Joel observó la estructura terminada.

  —Pensé que no conseguirías ajustarla.

  David sonrió.

  —Durante un momento, yo también.

  El muchacho lo miró sorprendido.

  —¿En serio?

  —Cuando no entró a la primera, pensé que había cometido un error.

  Joel bajó la mirada.

  —A mí me sucedió lo mismo esta mañana.

  David comprendió que el joven todavía recordaba su fracaso.

  —La diferencia es que esta vez pudimos corregirlo.

  Joel volvió a observar la madera.

  Después asintió lentamente.

  No eran amigos.

  Todavía no.

  Pero al menos habían dejado de mirarse como enemigos.

El jornal que todavía no tenía

  David encontró un pequeño espacio de sombra junto a uno de los muros.

  Se sentó con cuidado.

  Al doblar las piernas sintió la rigidez que se había acumulado desde la caminata.

  La espalda le dolía.

  Los hombros estaban cansados.

  Tenía polvo en las manos y pequeñas virutas adheridas a la túnica.

  Dejó las herramientas junto a él.

  Después abrió la bolsa.

  El pan seguía allí.

  Lo sacó lentamente.

  Durante toda la mañana había pensado en aquel alimento.

  Ahora, mientras lo sostenía entre las manos, recordó a su esposa preparándolo antes del amanecer.

  Recordó también sus palabras:

  Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David cerró los ojos durante un instante.

  Había conseguido una oportunidad.

  No era un empleo seguro.

  No sabía qué sucedería al día siguiente.

  Ni siquiera tenía todavía el jornal en las manos.

  Pero por primera vez desde que salió de Nazaret podía imaginar el regreso sin sentir aquel peso insoportable en el pecho.

  Partió el pan.

  Comió despacio.

  Estaba seco y se deshacía ligeramente entre sus dedos.

  Bebió un poco de agua.

  Después miró hacia la entrada.

  Todavía pasaban trabajadores por la calle.

  Algunos cargaban herramientas.

  Otros caminaban con las manos vacías.

  David pensó nuevamente en el hombre de barba entrecana.

  Se preguntó si habría encontrado trabajo en otra construcción.

  Deseó que así fuera.

  Después miró sus propias manos.

  Tenía pequeñas cicatrices y callosidades formadas durante años.

  Aquellas manos habían sostenido a su familia.

  Pero su familia también dependía de que continuaran siendo capaces de trabajar.

  Si se lastimaba seriamente, todo cambiaría.

  David cerró lentamente los dedos.

  Todavía tenía fuerzas.

  Todavía podía ejercer su oficio.

  Y aquella tarde tendría la oportunidad de ganar el jornal completo.

  Terminó el pan.

  Sacudió las migas de la túnica.

  Después bebió el último sorbo de agua que había reservado para el descanso.

  Desde el otro extremo de la obra, Natán lo llamó.

  —¡David!

  Se levantó.

  —¡Aquí estoy!

  —Ven. Necesitamos mover estas piezas.

  David recogió sus herramientas y las dejó en un lugar seguro.

  Después se acercó.

  Cuatro hombres esperaban junto a unos materiales de gran tamaño.

  El encargado señaló las cargas.

  —Necesito que las lleven hasta el otro extremo de la construcción.

  David observó las piezas.

  Eran mucho más grandes de lo que había imaginado.

  Uno de los trabajadores lo examinó de arriba abajo.

  Tenía los brazos gruesos y una expresión que David no consiguió interpretar.

  —¿Tú eres el nuevo?

  —Sí.

  El hombre miró la carga.

  Después volvió a observarlo.

  —Entonces procura no soltar antes de tiempo.

  David sintió que la molestia de su espalda regresaba con fuerza.

  Miró las piezas.

  Recordó la carga que había estado a punto de caer cuando entró en la construcción.

  Y comprendió que la jornada todavía podía convertirse en algo muy distinto de lo que había imaginado.

  Aquella mañana había demostrado que sabía trabajar la madera.

  Ahora tendría que demostrar cuánto podía soportar su cuerpo.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que demostrar que era capaz de realizar su trabajo.

Continua el capitulo 3

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

  David contempló las enormes piezas de madera que descansaban sobre el suelo.

  Desde cierta distancia no parecían demasiado grandes. Pero ahora que estaba frente a ellas, comprendía por qué Natán había solicitado varios hombres.

  Una de las vigas era especialmente larga y gruesa. Su superficie conservaba marcas de herramientas y algunas irregularidades que dificultarían sujetarla.

  David pasó una mano sobre la madera.

  Estaba caliente por el sol.

  —¿Tú eres el nuevo?

  Levantó la cabeza.

  Frente a él había un hombre de hombros anchos, cuello grueso y brazos endurecidos por años de trabajo. Tenía una barba oscura y una cicatriz que le cruzaba parte del antebrazo izquierdo.

  —Sí —respondió David.

  El hombre lo examinó de arriba abajo.

  Después miró la viga.

  —Entonces procura no soltar antes de tiempo.

  David sostuvo su mirada.

  —No acostumbro soltar lo que estoy cargando.

  El hombre entrecerró los ojos.

  —Eso dicen todos antes de que la madera empiece a pesarles.

  David sintió una respuesta formándose en su garganta.

  No le agradaba que lo trataran como si nunca hubiera trabajado.

  Pero recordó que era su primer día en aquella construcción.

  Y que todavía no había cobrado el jornal.

  —Dime dónde necesitas que me coloque —respondió.

  El hombre señaló uno de los extremos.

  —Allí.

  David obedeció.

  Los demás trabajadores ocuparon sus posiciones.

  Natán se acercó para revisar el movimiento.

  —Primero despejen el camino. No quiero que nadie tropiece mientras llevamos esa pieza.

  Los hombres comenzaron a retirar piedras y materiales que estorbaban.

  David se agachó.

  El calor del suelo le alcanzó el rostro.

  Recogió varias piedras pequeñas y las apartó. Una tenía un borde áspero que le raspó los dedos.

  Cuando terminó, se incorporó lentamente.

  La espalda le recordó inmediatamente las horas de trabajo de la mañana.

  Sintió una punzada.

  No dijo nada.

  Natán observó a los hombres.

  —Escuchen. Nadie levanta hasta que yo lo indique. Nadie avanza por su cuenta. Y nadie suelta sin avisar.

  El trabajador corpulento asintió.

  —Ya escucharon.

  David acomodó los pies.

  Flexionó las piernas.

  Introdujo las manos bajo la madera.

  La superficie estaba áspera.

  Natán levantó el brazo.

  —Ahora.

  Los hombres hicieron fuerza al mismo tiempo.

  La viga comenzó a elevarse.

  David sintió que el peso le recorría los brazos hasta los hombros.

  Era más pesada de lo que había calculado.

  Mucho más.

  Apretó los dientes.

  La madera se separó lentamente del suelo.

  —¡Mantengan la altura! —ordenó Natán.

  Dieron el primer paso.

  Después otro.

  David sintió que los músculos de la espalda se tensaban dolorosamente.

  No podía cambiar de posición.

  No podía detenerse.

  Debía sostener su parte del peso mientras los demás avanzaban.

  De pronto, uno de los trabajadores tropezó con una irregularidad del suelo.

  La viga descendió bruscamente de un extremo.

  —¡Espera! —gritó Natán.

  David sintió un tirón violento en los brazos.

  Por un instante creyó que perdería la sujeción.

  La madera se inclinó.

  El hombre corpulento lanzó una exclamación furiosa.

  —¡Afirma los pies!

  El trabajador que había tropezado intentó recuperar el equilibrio.

  David sintió que la carga comenzaba a deslizarse entre sus dedos.

  —¡Se está moviendo! —advirtió.

  —¡No la sueltes! —gritó el hombre de barba oscura.

  —¡Entonces ayúdame a sostenerla!

  Natán intervino inmediatamente.

  —¡Bájenla! ¡Todos juntos!

  Los hombres flexionaron las piernas y consiguieron depositar la viga sobre el suelo.

  El golpe levantó una pequeña nube de polvo.

  Durante unos instantes nadie habló.

  David permaneció inclinado, respirando profundamente.

  Le temblaban los brazos.

  Sentía los dedos rígidos.

  El trabajador corpulento se volvió hacia el hombre que había tropezado.

  —¡Pudiste habernos lastimado a todos!

  —Había una piedra —respondió el otro.

  —¡Entonces mira dónde pones los pies!

  David levantó la cabeza.

  —No sirve de nada gritarle ahora.

  El hombre volvió la mirada hacia él.

  —¿Qué dijiste?

  David comprendió que había hablado demasiado deprisa.

  Pero no retiró sus palabras.

  —Que necesitamos revisar el camino antes de levantarla otra vez.

  El hombre dio un paso hacia él.

  —¿Vas a decirme cómo hacer mi trabajo?

  Natán se interpuso.

  —Basta.

  Ambos guardaron silencio.

  —Rubén, revisa el extremo de la carga —ordenó Natán—. David, ayúdame a comprobar el camino.

  El hombre corpulento miró a David una última vez.

  Después se alejó.

  David comprendió que acababa de ganarse la antipatía de uno de sus compañeros.

  Y todavía no había terminado su primer día.

Hombres que tenían que confiar unos en otros

  Volvieron a levantar la viga después de retirar las piedras que podían estorbar.

  Esta vez avanzaron con mayor cuidado.

  Natán caminaba a un lado, observando la posición de los hombres.

  —Despacio.

  David sintió que el peso le presionaba los brazos.

  El sudor le descendió por la sien.

  Una gota llegó hasta la mandíbula.

  No podía limpiarse.

  Dieron otro paso.

  Después otro.

  La madera osciló ligeramente.

  —¡Manténganla firme! —ordenó Rubén.

  David apretó los dedos.

  Le ardían los músculos.

  Pero continuó.

  Finalmente llegaron a los soportes preparados.

  —Ahora bájenla —indicó Natán.

  Los hombres flexionaron las piernas.

  La viga descendió lentamente.

  Cuando descansó sobre los apoyos, David retiró las manos.

  Sintió un alivio inmediato.

  Abrió y cerró los dedos varias veces.

  Las articulaciones estaban rígidas.

  Rubén lo observó.

  —No la soltaste.

  David levantó la cabeza.

  —No era momento de hacerlo.

  El hombre soltó una risa breve.

  —Al menos tienes brazos.

  —Eso espero. Los necesitaré para regresar a Nazaret.

  Rubén volvió a reír.

  No fue una risa amistosa.

  Pero tampoco sonó tan hostil como antes.

  —Todavía faltan otras piezas —dijo.

  David miró hacia los materiales.

  Su espalda protestó silenciosamente.

  —Ya lo veo.

  Y regresó con los demás.

  Durante las siguientes horas comenzó a reconocer a los hombres de la construcción.

  Algunos trabajaban principalmente piedra.

  Otros conocían mejor la madera.

  Había quienes se dedicaban a transportar materiales y quienes preparaban las piezas que después utilizarían los constructores.

  Todos participaban en la misma obra.

  Pero no todos recibían el mismo trato.

  David observó que Natán confiaba ciertas tareas a los trabajadores experimentados sin explicarles cada movimiento.

  Con otros debía permanecer cerca, corrigiendo errores y repitiendo instrucciones.

  Rubén era uno de los hombres a quienes Natán recurría cuando necesitaba mover cargas pesadas.

  Tenía fuerza.

  Y conocía los peligros de aquel trabajo.

  Sin embargo, parecía considerar cualquier equivocación ajena como una ofensa personal.

  David no sabía todavía si aquella dureza nacía de su carácter o de alguna experiencia que lo había vuelto desconfiado.

  Por ahora, prefería mantener cierta distancia.

Un error delante de todos

  Más tarde, mientras preparaban otra parte de la construcción, David observó a Joel intentando mover una pieza antes de que el extremo opuesto estuviera completamente libre.

  El muchacho había trabajado con él durante la mañana.

  Habían conseguido corregir juntos una pieza de madera que parecía imposible de ajustar.

  Pero Joel seguía teniendo una dificultad.

  Quería demostrar demasiado pronto que sabía hacerlo todo.

  —Espera —advirtió David.

  Joel no lo escuchó.

  Tiró de la pieza.

  La madera se movió bruscamente.

  Una herramienta cayó al suelo.

  Natán volvió la cabeza.

  —¡Joel!

  El muchacho se quedó inmóvil.

  —¿Cuántas veces tengo que decirte que compruebes los apoyos antes de mover una pieza?

  Joel bajó la mirada.

  —Pensé que estaba libre.

  —Entonces deja de pensar y compruébalo.

  Algunos trabajadores volvieron la cabeza.

  Uno soltó una risa breve.

  Joel enrojeció.

  David conocía aquella sensación.

  La vergüenza de cometer un error delante de hombres que parecían esperar precisamente ese momento para burlarse.

  Cuando Natán se alejó, David se acercó.

  —Ven.

  Joel lo miró con desconfianza.

  —¿Ahora tú también vas a regañarme?

  —No. Quiero mostrarte algo.

  David señaló el extremo de la madera.

  —Antes de moverla, comprueba aquí.

  Joel se agachó.

  David le mostró cómo revisar el apoyo y asegurarse de que ninguna parte estuviera reteniendo la pieza.

  —Si tiras cuando todavía está sujeta, puedes perder el equilibrio o hacer que otro hombre lo pierda.

  Joel observó sus manos.

  Después asintió.

  —Lo entiendo.

  David se incorporó.

  —A mí también me tuvieron que enseñar.

  Joel levantó la mirada.

  —¿Tú cometías errores?

  David sonrió.

  —Algunos bastante costosos.

  —No pareces de los que se equivocan.

  David soltó una risa.

  —Entonces todavía no me conoces.

  Joel sonrió por primera vez aquella tarde.

  Después regresaron al trabajo.

  David no sabía si aquel joven llegaría a convertirse en un buen constructor.

  Pero había reconocido algo familiar en su manera de esforzarse.

  El deseo de ser útil.

  Y el miedo de que los demás descubrieran cuánto le faltaba por aprender.

El hombre que daba las órdenes

  Poco después apareció el capataz.

  Caminaba acompañado por un hombre que llevaba una tablilla y revisaba cantidades de materiales.

  Se detuvieron frente a Natán.

  David continuó trabajando, aunque podía escuchar parte de la conversación.

  —Necesito que esa sección quede preparada hoy —dijo el capataz.

  Natán miró hacia el muro.

  —Habíamos previsto terminarla mañana.

  —Los materiales llegarán antes.

  —Entonces necesitaré más hombres.

  El capataz negó con la cabeza.

  —Trabaja con los que tienes.

  Natán apretó la mandíbula.

  —No puedo hacer que cuatro hombres trabajen como ocho.

  —Entonces organiza mejor a tus trabajadores.

  El hombre de la tablilla permaneció callado.

  Natán sostuvo la mirada del capataz.

  Durante un instante David creyó que iba a responderle.

  Pero finalmente asintió.

  —Haré lo posible.

  —No necesito posibilidades, Natán. Necesito resultados.

  El capataz se marchó.

  Natán permaneció inmóvil unos instantes.

  Después se volvió hacia los trabajadores.

  —¡Escuchen todos!

  Las conversaciones se interrumpieron.

  —Tenemos que adelantar una parte de la obra. Quiero que reorganices esos materiales, Rubén. Joel, deja lo que estás haciendo y ayuda a preparar los apoyos.

  Después señaló a David.

  —Tú ven conmigo.

  David recogió sus herramientas.

  Había comenzado a preparar una pieza y le molestaba dejarla a medio terminar.

  Pero obedeció.

  Natán lo condujo hacia otra zona.

  —Necesito que revises estas medidas.

  David examinó la madera.

  —¿Para cuándo?

  —Antes de que terminemos la jornada.

  David miró el trabajo pendiente.

  —Será difícil.

  Natán lo observó.

  —Lo sé.

  Aquella respuesta lo sorprendió.

  Por primera vez comprendió que Natán no estaba dando órdenes por simple impaciencia.

  También él recibía exigencias.

  También tenía hombres por encima de él.

  Y probablemente su propio puesto dependía de que la obra avanzara.

  David comenzó a trabajar.

  Pero apenas había preparado la primera pieza cuando Natán volvió a llamarlo.

  Necesitaban ayuda en otro lugar.

  David apretó los labios.

  Recogió sus herramientas.

  Se trasladó.

  Poco después ocurrió nuevamente.

  Esta vez sintió que la irritación le subía por el pecho.

  —Natán…

  El hombre volvió la cabeza.

  —¿Qué sucede?

  David estuvo a punto de decirle que no podía terminar ninguna tarea si lo cambiaban constantemente de lugar.

  Pero observó su rostro.

  También estaba agotado.

  Tenía sudor en la frente y polvo adherido a la barba.

  —¿Dónde me necesitas ahora? —preguntó finalmente.

  Natán señaló hacia el otro extremo de la construcción.

  —Allí.

  David asintió.

  Y continuó.

El peso de las horas

  El sol avanzó sobre Séforis.

  Las sombras comenzaron a retirarse de los muros.

  El aire se volvió más caliente.

  David sintió que la túnica se le pegaba a la espalda.

  Tenía polvo en el cuello, en los brazos y entre los dedos.

  Cada vez que se agachaba, la región lumbar le recordaba el esfuerzo de la jornada.

  Intentó cambiar de postura.

  Apoyó una mano sobre el muslo.

  Estiró lentamente la espalda.

  Pero el alivio duraba poco.

  A su alrededor, los demás hombres mostraban señales semejantes.

  Rubén se limpiaba la frente con el borde de la túnica.

  Joel abría y cerraba las manos cuando creía que nadie lo observaba.

  Otro trabajador se había quitado una sandalia para examinar una zona enrojecida del talón.

  Nadie se sorprendía.

  Aquellas molestias formaban parte de la jornada.

  David se acercó a su recipiente de agua.

  Bebió lentamente.

  El agua estaba tibia.

  Aun así, sintió alivio al pasar por su garganta.

  Dejó el recipiente en la sombra.

  Cuando volvió a su lugar, Natán ya lo estaba buscando.

  —Necesito que prepares estas piezas.

  David examinó la madera.

  La tarea exigía precisión.

  Sintió cierto alivio.

  Al menos podría volver a trabajar en algo que conocía bien.

  Colocó una pieza sobre los soportes.

  Comprobó la medida.

  Marcó cuidadosamente el lugar donde debía cortar.

  Después comenzó.

  La herramienta avanzaba con un sonido áspero y constante.

  Pequeñas partículas de madera cayeron sobre sus sandalias.

  David trabajó concentrado.

  Durante unos momentos dejó de escuchar las conversaciones de los demás.

  Solamente prestaba atención a la resistencia de la madera.

  A la posición de sus manos.

  A la línea que debía seguir.

  Aquello le agradaba de su oficio.

  Una pieza sin forma podía transformarse lentamente en algo útil.

  Había satisfacción en comprobar que dos elementos encajaban correctamente.

  Y en saber que una estructura bien construida podría permanecer durante muchos años.

  Pero la satisfacción no eliminaba el cansancio.

  Cuando terminó la primera pieza, los músculos de sus brazos estaban tensos.

  Todavía faltaban otras.

  David levantó la mirada hacia el cielo.

  Deseó que el día avanzara más deprisa.

  Y casi inmediatamente se sorprendió de aquel pensamiento.

  Había pasado la mañana deseando encontrar trabajo.

  Ahora deseaba que terminara.

  Sonrió para sí mismo.

  Tal vez aquello era parte de la vida de cualquier trabajador.

  Desear tener un empleo.

  Y, después de conseguirlo, desear regresar a casa.

El último esfuerzo

  Cuando el sol comenzó a descender, David pensó que pronto podrían guardar las herramientas.

  Pero Natán apareció con otra indicación.

  —Necesitamos terminar esta sección antes de marcharnos.

  Rubén soltó una exclamación de disgusto.

  —¡Llevamos todo el día trabajando!

  Natán lo miró.

  —Yo también.

  —Entonces sabes que estamos agotados.

  —Lo sé. Pero si dejamos esto sin terminar, mañana tendremos que comenzar por aquí y retrasaremos el resto.

  Rubén miró los materiales.

  Después sacudió la cabeza.

  —Algún día van a descubrir que los hombres no somos animales de carga.

  Natán no respondió.

  David observó el rostro de ambos.

  Ninguno parecía tener fuerzas para discutir.

  Finalmente Rubén recogió su herramienta.

  —Terminemos de una vez.

  Los demás lo imitaron.

  David volvió a inclinarse sobre la madera.

  La tarea no era especialmente difícil.

  En otras circunstancias la habría realizado sin problemas.

  Pero después de tantas horas, cada movimiento parecía exigirle un esfuerzo mayor.

  Le dolían los brazos.

  La espalda.

  Los pies.

  Los dedos estaban rígidos.

  Mientras ajustaba una pieza, una pequeña astilla se le clavó cerca de la base de un dedo.

  David retiró la mano.

  —¡Ah!

  Observó la herida.

  La astilla había penetrado bajo la piel.

  Consiguió extraerla con cuidado.

  Apareció una pequeña gota de sangre.

  Joel se acercó.

  —¿Te lastimaste?

  —Solamente una astilla.

  El muchacho miró su mano.

  —Parece que la madera decidió defenderse.

  David soltó una risa cansada.

  —Ha tenido todo el día para hacerlo.

  Se limpió la mano.

  Después continuó.

  Natán se acercó para revisar el avance.

  David sintió nuevamente el impulso de decirle que necesitaban descansar.

  Pero cuando levantó la cabeza, vio que el hombre también estaba exhausto.

  Su rostro estaba cubierto de sudor.

  Se movía con menos rapidez que durante la mañana.

  Había pasado el día resolviendo problemas, respondiendo al capataz y tratando de mantener la obra en marcha.

  David comprendió que también él soportaba una carga considerable.

  Natán observó la tarea.

  —Terminen esto y podrán marcharse.

  Aquellas palabras devolvieron algo de energía a los hombres.

  Rubén se colocó junto a David.

  Joel sostuvo una pieza.

  Durante los últimos movimientos casi no hablaron.

  Ya no quedaban fuerzas para discusiones.

  Solamente querían terminar.

  Cuando colocaron la última pieza, Natán revisó el trabajo.

  Pasó los dedos por una unión.

  Comprobó las medidas.

  Finalmente asintió.

  —Está bien.

  David dejó la herramienta.

  Por primera vez en muchas horas pudo enderezarse sin tener que inclinarse inmediatamente sobre otra tarea.

  Sintió el dolor acumulado en la espalda.

  Movió lentamente los hombros.

  Después miró sus manos.

  Estaban sucias.

  Tenían pequeñas raspaduras.

  La piel mostraba marcas de madera y tierra.

  Había trabajado todo el día.

  Y ahora solamente deseaba regresar a casa.

El jornal en sus manos

  Cuando los trabajadores comenzaron a recoger sus pertenencias, David se acercó al lugar donde se realizaban los pagos.

  El capataz revisaba las tareas terminadas.

  A su lado, otro hombre llevaba el registro de los jornales.

  David esperó su turno.

  Delante de él, un trabajador recibió su paga y comenzó a contarla.

  Después otro.

  David sintió una inquietud que no había experimentado mientras trabajaba.

  ¿Le pagarían lo acordado?

  Había cumplido las tareas.

  Pero conocía hombres que encontraban excusas para reducir un jornal.

  Finalmente llegó su turno.

  El encargado lo observó.

  —El de Nazaret.

  —Sí.

  —Natán dice que terminaste el trabajo.

  —Así es.

  El hombre tomó las monedas correspondientes y las colocó en su mano.

  David las contó discretamente.

  Estaba completo.

  Sintió que una tensión que había llevado durante todo el día comenzaba a desaparecer.

  —Gracias.

  El encargado ya estaba llamando al siguiente trabajador.

  David se apartó.

  Guardó cuidadosamente las monedas.

  No eran muchas.

  Pero representaban alimento para su familia.

  Representaban aceite.

  Harina.

  Y quizá la posibilidad de reparar aquellas sandalias antes de que terminaran de romperse.

  Miró hacia la construcción.

  Había conseguido trabajo.

  Había demostrado su capacidad.

  Y regresaría con dinero.

  Pero todavía no sabía si tendría que volver a buscar otro empleo al día siguiente.

  Natán pasó cerca de él.

  David se volvió.

  —¿Necesitarán hombres mañana?

  Natán se detuvo.

  Observó hacia donde el capataz continuaba pagando.

  —Todavía no lo sé.

  David asintió.

  No era la respuesta que deseaba escuchar.

  Pero tampoco era una negativa.

  —Ven temprano —añadió Natán—. Si hay trabajo, prefiero tener cerca a los hombres que ya conozco.

  David sintió que algo de esperanza regresaba.

  —Aquí estaré.

  Natán continuó caminando.

  David recogió sus herramientas.

  Después salió de Séforis.

Siete kilómetros para regresar a casa

  El sol descendía hacia las colinas.

  La luz del atardecer teñía las laderas de tonos dorados y las sombras comenzaban a alargarse sobre el terreno.

  David llevaba las herramientas al hombro.

  La correa le rozaba una zona sensible de la piel.

  Había intentado acomodarla de diferentes maneras, pero ninguna resultaba cómoda.

  Sus piernas parecían mucho más pesadas que durante la mañana.

  Cada pendiente exigía un esfuerzo.

  Cada piedra del camino parecía colocada precisamente donde podía hacerle tropezar.

  Se detuvo junto a una roca.

  Dejó las herramientas en el suelo.

  Se inclinó lentamente.

  La espalda protestó.

  David permaneció unos instantes respirando profundamente.

  Después bebió un poco de agua.

  Estaba tibia.

  Pero le supo mejor que durante toda la jornada.

  Miró hacia el horizonte.

  El paisaje era hermoso.

  Las colinas se extendían bajo la luz suave del atardecer.

  Una brisa comenzó a mover la vegetación baja.

  A lo lejos se escuchó el sonido de un animal.

  David habría deseado permanecer allí.

  Sentarse.

  Cerrar los ojos.

  Descansar hasta que desapareciera el dolor de sus músculos.

  Pero en Nazaret lo esperaban.

  Recogió las herramientas.

  Y continuó.

  Mientras caminaba, comenzó a calcular lo que podrían comprar con el jornal.

  Necesitaban harina.

  También aceite.

  Su esposa había mencionado que algunas provisiones estaban por terminarse.

  Quizá podrían reservar una pequeña parte.

  Pero solamente si encontraba trabajo al día siguiente.

  David sintió que la preocupación comenzaba a regresar.

  Mañana.

  Siempre había un mañana.

  Un nuevo camino.

  Una nueva búsqueda.

  Una nueva posibilidad de regresar con las manos vacías.

  Sacudió ligeramente la cabeza.

  No quería pasar todo el camino preocupado por una jornada que todavía no había comenzado.

  Aquella tarde llevaba dinero.

  Y sus hijos lo esperaban.

  Eso debía ser suficiente por unas horas.

La casa al final del camino

  Cuando aparecieron las primeras viviendas de Nazaret, el cielo comenzaba a oscurecer.

  David reconoció los senderos.

  Pasó junto a una casa donde una mujer recogía algunos objetos antes de que desapareciera la luz.

  Más adelante escuchó voces de niños jugando.

  El sonido le produjo una alegría inesperada.

  Había pasado el día entre hombres que gritaban órdenes, herramientas golpeando materiales y cargas que debían moverse con cuidado.

  Ahora escuchaba los sonidos familiares de su aldea.

  Una conversación junto a una vivienda.

  Un animal moviéndose cerca de un muro.

  El ruido de alguien preparando la comida.

  Y finalmente las voces que más deseaba escuchar.

  Sus hijos.

  El mayor fue el primero en verlo.

  Estaba cerca de la casa, entretenido con pequeños pedazos de madera.

  Cuando reconoció a su padre, dejó caer lo que tenía en las manos.

  —¡Padre!

  David sonrió.

  El niño corrió hacia él.

  Detrás apareció su hermana menor.

  También comenzó a correr, aunque sus pasos eran más cortos.

  David apenas tuvo tiempo de dejar las herramientas en el suelo.

  El muchacho se abrazó a su cintura.

  La pequeña levantó los brazos.

  —¡Cárgame!

  David sintió una punzada en la espalda al inclinarse.

  Se detuvo apenas un instante.

  Después la levantó.

  La niña rodeó su cuello con los brazos.

  Tenía el cabello despeinado y las mejillas calientes por haber estado jugando.

  David la sostuvo contra su pecho.

  Por unos momentos olvidó el ruido de la construcción.

  El peso de las vigas.

  Las órdenes del capataz.

  Y las horas que todavía le dolían en el cuerpo.

  Su hijo levantó la cabeza.

  —¿Construiste una casa grande?

  David sonrió.

  —Hoy ayudé a construir una parte.

  —¿Era muy grande?

  —Más grande que nuestra casa.

  El niño abrió los ojos.

  —¿Mucho más?

  —Muchísimo más.

  —Entonces mañana tendrás que terminarla.

  David soltó una risa.

  —Creo que necesitaremos varios días.

  El niño pareció satisfecho.

  Su esposa apareció en la puerta.

  David la observó.

  Tenía una expresión que mezclaba alegría y preocupación.

  Conocía aquella manera de caminar.

  La rigidez de sus hombros.

  La lentitud con que había dejado las herramientas.

  David bajó cuidadosamente a la niña.

  Se acercó a su esposa.

  Introdujo la mano en la bolsa.

  Y depositó las monedas en su palma.

  Ella las miró.

  Después levantó los ojos hacia él.

  —¿Te contrataron?

  David asintió.

  —Por hoy.

  Su esposa cerró lentamente los dedos alrededor de las monedas.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  David sintió que algo dentro de él descansaba.

  Había valido la pena.

  Pero entonces ella volvió a mirarlo.

  —¿Qué te sucedió?

  David frunció el ceño.

  —¿A qué te refieres?

  —Estás caminando como un anciano.

  Él soltó una risa cansada.

  —Hoy cargué suficiente madera para construir media Nazaret.

  Su esposa negó con la cabeza.

  —Ven. Siéntate antes de que te caigas.

  David obedeció.

  Y por primera vez en muchas horas pudo descansar sin preocuparse por la mirada de un encargado.

Todavía quedaban fuerzas para ellos

  Después de comer, David se sentó cerca de la entrada.

  Se había lavado las manos y el rostro.

  El agua le había resultado agradable, especialmente al pasar por la nuca y los brazos.

  Se quitó las sandalias.

  Observó una zona enrojecida cerca del talón.

  La piel estaba irritada por el roce.

  Tendría que ajustar la correa antes de volver a caminar hacia Séforis.

  Apoyó la espalda contra el muro.

  Cerró los ojos.

  El cuerpo parecía hundirse lentamente en el descanso.

  Su esposa continuaba ocupada dentro de la vivienda.

  Los niños jugaban cerca.

  David escuchaba sus voces sin prestar demasiada atención.

  Hasta que sintió una mano pequeña sobre la rodilla.

  Abrió los ojos.

  Su hijo mayor estaba frente a él.

  Sostenía dos pedazos de madera.

  —Padre, mira.

  David observó las piezas.

  El niño había intentado unirlas de una manera que recordaba vagamente una pequeña estructura.

  No estaban bien ajustadas.

  Una sobresalía demasiado.

  La otra se movía al tocarla.

  Pero el muchacho parecía orgulloso.

  David tomó la madera.

  La examinó con la misma seriedad que había mostrado durante la jornada.

  —¿Tú hiciste esto?

  El niño asintió rápidamente.

  —Quiero construir una casa.

  David sintió una sonrisa formándose en su rostro.

  Miró las piezas.

  Después miró a su hijo.

  —Entonces tendremos que hacer que se sostenga.

  El niño se sentó inmediatamente a su lado.

  David le mostró cómo colocar una de las piezas para darle mayor estabilidad.

  El muchacho observó sus manos con atención.

  Intentó imitarlo.

  La estructura se inclinó.

  Ambos rieron.

  La niña se acercó al escuchar las risas.

  —¡Yo también!

  Tomó una de las piezas.

  La colocó donde no correspondía.

  La pequeña construcción se derrumbó.

  —¡No! —protestó su hermano.

  La niña comenzó a reír.

  David también.

  —Parece que tendremos que comenzar otra vez.

  El muchacho miró a su hermana con indignación.

  —¡Siempre rompe todo!

  David le puso una mano sobre el hombro.

  —Entonces tendremos que enseñarle.

  La niña levantó la cabeza.

  —Yo sé.

  —Eso espero —respondió David—. Porque necesitaremos mucha ayuda para terminar esta casa.

  Los tres comenzaron nuevamente.

  Durante unos instantes, aquella vivienda sencilla se llenó de una alegría que no tenía relación con los jornales, las herramientas ni las exigencias de Séforis.

  David estaba agotado.

  Le dolían los brazos.

  La espalda.

  Los pies.

  Pero sus hijos no sabían cuánto esfuerzo le había costado llegar hasta allí.

  Solamente sabían que su padre había regresado.

  Y que ahora estaba sentado con ellos.

  Su esposa apareció junto a la entrada.

  Observó la pequeña construcción.

  Después miró a David.

  —Pensé que estabas demasiado cansado para seguir trabajando.

  David levantó la cabeza.

  —Esto no es trabajo.

  Su esposa sonrió.

  —Entonces, ¿qué es?

  David miró a sus hijos.

  La niña intentaba colocar una pieza mientras su hermano le explicaba cómo sostenerla.

  —Esto es lo que me da fuerzas para trabajar mañana.

  Su esposa permaneció en silencio.

  Después se acercó y apoyó suavemente una mano sobre su hombro.

  David levantó la vista.

  Ambos sonrieron.

Antes de que amaneciera otra vez

  La casa comenzó a quedarse en silencio.

  Los niños se acostaron.

  La lámpara proyectaba una luz suave sobre las paredes.

  David permaneció sentado mientras su esposa guardaba algunas cosas.

  Ella se acercó y observó sus manos.

  Tenía pequeñas raspaduras.

  La piel estaba enrojecida en algunos lugares.

  —Fue un día pesado —dijo.

  David asintió.

  —Pero hubo trabajo.

  Su esposa se sentó junto a él.

  Durante unos instantes permanecieron en silencio.

  Desde el exterior llegaba el sonido lejano de algún animal.

  Una corriente de aire movió ligeramente la llama de la lámpara.

  David sintió que los párpados comenzaban a cerrársele.

  Había sido una jornada larga.

  Mucho más larga de lo que había imaginado al salir de Nazaret.

  Su esposa miró las herramientas colocadas junto a la puerta.

  —¿Tendrás que salir temprano mañana?

  David abrió los ojos.

  La pregunta lo devolvió inmediatamente a la realidad.

  No sabía si Natán necesitaría a los mismos hombres.

  No sabía si el capataz continuaría contratando trabajadores.

  Ni si habría suficiente trabajo para todos.

  Había ganado el jornal de aquel día.

  Pero el siguiente todavía no existía.

  —Voy a intentarlo —respondió.

  Su esposa asintió.

  No insistió.

  David se levantó con dificultad.

  Revisó la correa de una de sus sandalias.

  Después acomodó las herramientas para encontrarlas fácilmente antes del amanecer.

  Su esposa apagó la lámpara.

  La oscuridad llenó lentamente la habitación.

  David se acostó.

  El cuerpo encontró por fin una posición en la que podía descansar.

  Escuchó la respiración tranquila de sus hijos.

  Pensó en la pequeña construcción de madera que habían intentado levantar juntos.

  Y sonrió en la oscuridad.

  Poco después comenzó a quedarse dormido.

  Pero antes de perder completamente la conciencia, recordó las últimas palabras del capataz:

  Aquí se trabaja mientras haya trabajo.

  David abrió los ojos una vez más.

  Afuera, Nazaret dormía.

  Y a varios kilómetros de distancia, en Séforis, otros hombres también descansaban sin saber cuántos serían contratados al amanecer.

  David cerró los ojos.

  Dentro de unas horas tendría que levantarse nuevamente.

  Y todavía no sabía si aquel primer día de trabajo sería también el último.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que enfrentar la incertidumbre del mercado laboral,

Continua en el capítulo 4

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

  

David despertó antes de que cantaran los primeros gallos.

  Todavía no había abierto completamente los ojos cuando intentó girarse sobre un costado.

  Una punzada le atravesó la espalda.

  Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

  Durante unos instantes no supo si podría incorporarse sin despertar a toda la familia. Los músculos de los hombros parecían endurecidos y las piernas le dolían incluso antes de poner los pies en el suelo.

  Había pasado el día anterior cargando madera, inclinándose sobre las piezas que debía preparar y caminando de regreso por las colinas. Ahora, en la oscuridad de su casa, su cuerpo parecía reclamarle cada uno de aquellos esfuerzos.

  Intentó sentarse.

  El dolor regresó.

  —¡Ah…!

  La exclamación escapó entre sus dientes.

  —¿David?

  La voz de su esposa llegó desde la oscuridad.

  —Sigue durmiendo —respondió él—. No sucede nada.

  —Los hombres que dicen que no sucede nada generalmente están tratando de ocultar algo.

  David sonrió a pesar del dolor.

  —Entonces debo aprender a quejarme en silencio.

  Su esposa se incorporó.

  —¿Te duele mucho?

  —Solamente cuando me muevo.

  —Eso no parece poca cosa.

  David apoyó una mano en el suelo y consiguió sentarse.

  —Ayer trabajé más de lo que estaba acostumbrado.

  Ella encendió la lámpara.

  La pequeña llama iluminó las paredes y dejó al descubierto el rostro cansado de David.

  Su esposa lo observó.

  —Tienes los ojos hinchados.

  —Todavía no han tenido tiempo de despertarse.

  Ella negó con la cabeza, pero sonrió.

  David buscó las sandalias.

  Al intentar colocarse la primera sintió el roce de la correa sobre el talón lastimado.

  Retiró el pie.

  Examinó la piel.

  La irritación del día anterior seguía allí.

  —Tendré que ajustar esto —murmuró.

  Su esposa comenzó a preparar el alimento que llevaría.

  David abrió la bolsa de herramientas y revisó su contenido.

  Una de ellas tenía el mango ligeramente flojo.

  La sostuvo bajo la luz.

  Intentó ajustarla con la mano.

  La madera cedió un poco.

  No le agradó.

  —¿Está dañada? —preguntó su esposa.

  —Todavía puede servir.

  —No te pregunté eso.

  David levantó la mirada.

  Ella lo conocía demasiado bien.

  —El mango necesita atención —admitió—. Lo revisaré cuando regrese.

  —¿Y si se rompe mientras trabajas?

  David observó la herramienta.

  Era una buena pregunta.

  Pero tampoco podía darse el lujo de dejarla en casa.

  —Tendré cuidado.

  Su esposa no pareció convencida.

  Le entregó un poco de pan y agua.

  David comió sentado, mientras el resplandor de la lámpara iluminaba apenas sus manos.

  En un rincón dormían los niños.

  Su hijo mayor había dejado junto a su lugar de descanso las pequeñas piezas de madera con las que habían jugado la noche anterior.

  David las observó.

  Recordó sus risas.

  La manera en que su hija había derrumbado aquella pequeña construcción.

  Y la indignación de su hermano.

  Sonrió.

  —¿Qué sucede? —preguntó su esposa.

  —Nada. Estaba pensando en la casa que construimos anoche.

  Ella miró los pedazos de madera.

  —No parece muy resistente.

  —Tenemos un problema con una de las trabajadoras.

  —¿Cuál?

  —La más pequeña. Derriba todo lo que hacemos.

  Su esposa soltó una risa suave.

  David terminó el pan.

  Después guardó el alimento para el descanso y tomó sus herramientas.

  Ella se acercó para acomodarle la túnica bajo la correa de la bolsa.

  —¿Te dijeron que regresaras?

  David vaciló.

  —Natán me dijo que llegara temprano.

  —Entonces te esperan.

  —Dijo que si había trabajo prefería tener cerca a los hombres que ya conocía.

  Su esposa sostuvo su mirada.

  —Eso es mejor que no haber dicho nada.

  David asintió.

  Tenía razón.

  Pero ambos sabían que una posibilidad no era lo mismo que un jornal.

  Antes de salir, ella le tomó una mano.

  —No tienes que demostrar que eres más fuerte que todos los hombres de Séforis.

  David sonrió.

  —Con sobrevivir a Rubén será suficiente.

  —¿Quién es Rubén?

  —Un hombre que parece haber nacido enojado.

  Ella soltó una risa.

  Después le apretó suavemente los dedos.

  —Cuídate.

  David la miró.

  Quiso decirle que no se preocupara.

  Pero recordó la viga que casi habían dejado caer el día anterior.

  Recordó también el peso de aquella madera sobre sus brazos.

  —Lo haré —respondió.

  Y salió a la oscuridad.

El cuerpo recordaba

  El aire de la madrugada estaba frío.

  David respiró profundamente.

  El contraste con el calor de la vivienda le produjo un estremecimiento.

  A su alrededor, Nazaret permanecía casi completamente en silencio.

  Solamente se escuchaba el movimiento ocasional de algún animal y el ruido de sus propias sandalias sobre el terreno.

  Comenzó a caminar.

  Los primeros pasos fueron difíciles.

  Las piernas parecían resistirse.

  La espalda le dolía cada vez que descendía una pendiente, y al subir eran los muslos los que comenzaban a endurecerse.

  Intentó acelerar.

  No pudo mantener el ritmo.

  Disminuyó la marcha.

  Si continúas así, llegarás agotado antes de comenzar.

  Aquella idea lo inquietó.

  Todavía no sabía si lo contratarían.

  Y si lo contrataban, tendría que trabajar durante toda la jornada.

  No podía presentarse como un hombre incapaz de soportar el esfuerzo.

  Se detuvo un instante para cambiar la bolsa de hombro.

  Después continuó.

  Las colinas se distinguían apenas contra el cielo oscuro. Una claridad tenue comenzaba a aparecer hacia el oriente.

  El aire olía a tierra fresca y vegetación.

  David escuchó pasos detrás de él.

  Volvió la cabeza.

  Un trabajador caminaba en la misma dirección.

  Llevaba herramientas al hombro y avanzaba con la cabeza inclinada.

  Cuando se acercó, David lo reconoció.

  Era uno de los hombres que habían esperado trabajo junto a la entrada el día anterior.

  No había sido contratado.

  —Buenos días —saludó David.

  El hombre levantó la mirada.

  —Buenos días.

  Caminaron juntos durante un trecho.

  —¿Vuelves a Séforis? —preguntó David.

  —Sí.

  —¿Encontraste algo ayer?

  El hombre negó con la cabeza.

  —Fui a otras dos construcciones. En una me dijeron que regresara hoy.

  David comprendió.

  Aquella promesa podía significar una oportunidad.

  O simplemente una manera de despedirlo.

  —Espero que tengas suerte.

  El hombre miró las herramientas de David.

  —¿Tú trabajaste ayer?

  —Sí.

  —Entonces quizá vuelvan a contratarte.

  —Eso espero.

  Llegaron a una bifurcación.

  El hombre tomó otro sendero.

  —Que encuentres trabajo, nazareno.

  —Y tú también.

  David lo observó alejarse.

  Durante unos instantes sintió el impulso de preguntarle si tenía familia.

  Pero no lo hizo.

  Quizá porque ya conocía demasiado bien la respuesta que podía escuchar.

  Continuó caminando.

  A medida que se acercaba a Séforis, el dolor comenzó a disminuir ligeramente. Los músculos parecían acostumbrarse al movimiento.

  Pero la preocupación seguía allí.

  ¿Lo recordarían?

  ¿Habría trabajo suficiente?

  ¿O tendría que regresar a Nazaret después de recorrer nuevamente aquellos siete kilómetros?

La segunda mañana

  Cuando llegó a la construcción, varios hombres esperaban junto a la entrada.

  Algunos estaban sentados sobre piedras.

  Otros permanecían de pie, sosteniendo sus herramientas.

  David reconoció a Joel.

  El muchacho comía un pedazo de pan mientras observaba la entrada.

  Al verlo, levantó una mano.

  —¡David!

  David se acercó.

  —¿Ya comenzaron?

  Joel negó con la cabeza.

  —Todavía no sale Natán.

  —¿Y el capataz?

  —Entró hace un rato.

  David dejó la bolsa en el suelo.

  Se acomodó junto al muro.

  El corazón comenzó a latirle con mayor rapidez.

  Había recorrido el camino.

  Había soportado el dolor.

  Y ahora debía esperar a que alguien decidiera si necesitaba sus brazos.

  Joel terminó el pan.

  —¿Te duele todo?

  David volvió la cabeza.

  —¿Se nota?

  —Caminas como Rubén cuando se levanta después de beber demasiado vino.

  David soltó una carcajada.

  —No se lo digas.

  —No pienso hacerlo. Quiero conservar todos mis dientes.

  Ambos rieron.

  La conversación alivió un poco la tensión.

  Poco después apareció Natán.

  Llevaba una cuerda enrollada en una mano y caminaba con la expresión seria de siempre.

  Observó a los hombres.

  Sus ojos se detuvieron en David.

  —Tú trabajaste ayer.

  David se puso de pie.

  —Sí.

  Natán miró sus herramientas.

  Después observó a Joel.

  —Necesitamos hombres para mover materiales. ¿Puedes hacerlo?

  David sintió una punzada en la espalda, casi como si su cuerpo hubiera comprendido la pregunta antes que él.

  Recordó las vigas.

  El peso.

  Los músculos temblando.

  Pero también recordó las monedas que había depositado en la mano de su esposa.

  —Puedo —respondió.

  Natán señaló hacia el interior.

  —Entonces entra.

  David recogió sus herramientas.

  No sonrió hasta haber cruzado la entrada.

  Había conseguido otro día.

  Pero todavía no sabía lo que tendría que hacer para ganarlo.

La piedra no perdona

  Natán los condujo hacia una zona donde habían preparado varios bloques de piedra.

  David se detuvo al verlos.

  No eran pequeños.

  Algunos descansaban directamente sobre el suelo. Otros habían sido colocados junto a maderas resistentes, cuerdas y palancas que servirían para trasladarlos.

  Las superficies mostraban marcas de herramientas.

  Había bordes ásperos.

  Esquinas irregulares.

  Y un peso que David no necesitaba comprobar con las manos para comprender que sería considerable.

  Rubén estaba junto a uno de los bloques.

  Cuando vio a David, levantó las cejas.

  —¿Otra vez tú?

  —Parece que sí.

  Rubén señaló la piedra.

  —Hoy no vamos a mover madera.

  David examinó el bloque.

  —Ya lo veo.

  —La piedra no perdona los errores.

  —La madera tampoco siempre.

  Rubén sonrió de lado.

  —Entonces veremos cuánto sabes.

  Natán se acercó.

  —Basta de conversaciones. Tenemos que trasladar estos bloques hasta aquella zona.

  Señaló hacia el otro extremo de la construcción.

  David siguió la dirección de su mano.

  Había una pequeña pendiente.

  El terreno era irregular.

  Y cerca del recorrido se distinguían varias piedras sueltas.

  Rubén tomó una cuerda.

  Comenzó a explicar cómo moverían el primer bloque utilizando los apoyos de madera.

  David escuchó atentamente.

  Conocía aquel tipo de trabajo.

  Pero también sabía que cada carga tenía sus propios peligros.

  —Primero debemos despejar ese tramo —dijo, señalando la pendiente.

  Rubén volvió la cabeza.

  —Ya revisé el camino.

  David observó las piedras.

  —Hay material suelto cerca de donde pasarán los apoyos.

  Rubén apretó los labios.

  —¿Siempre tienes algo que decir?

  David sintió que comenzaba a irritarse.

  —Solamente cuando veo algo que puede hacernos caer.

  El hombre lo miró fijamente.

  Natán intervino.

  —David tiene razón. Despejen el recorrido.

  Rubén se volvió hacia los bloques.

  No respondió.

  Pero David comprendió que aquella observación no le había agradado.

  Joel se acercó mientras recogían las piedras.

  —Creo que Rubén comienza a apreciarte.

  David lo miró.

  —¿Eso crees?

  —Todavía no te ha arrojado ninguna herramienta.

  David soltó una risa.

  Después continuaron preparando el camino.

Cuando la piedra comenzó a moverse

  Colocaron maderas resistentes bajo el primer bloque.

  Las palancas permitirían levantarlo lo suficiente para ajustar los apoyos, mientras las cuerdas ayudarían a controlar su desplazamiento.

  Rubén revisó las posiciones.

  —Nadie coloca las manos debajo de la piedra —advirtió—. Si comienza a caer, se apartan.

  David observó a Joel.

  El muchacho escuchaba con atención.

  Natán dio la señal.

  Los hombres aplicaron fuerza.

  El bloque apenas se movió.

  Rubén volvió a indicar el movimiento.

  Esta vez la piedra avanzó ligeramente.

  Una de las maderas crujió bajo el peso.

  David sintió que la cuerda se tensaba entre sus manos.

  La superficie áspera comenzó a rozarle las palmas.

  Apretó los dedos.

  El bloque avanzó otro poco.

  —¡Despacio! —ordenó Rubén.

  Los hombres corrigieron la posición de los apoyos.

  La piedra continuó moviéndose.

  David mantenía la vista fija en el terreno.

  Entonces escuchó un chasquido.

  Uno de los apoyos se había desplazado.

  El bloque comenzó a inclinarse.

  —¡Alto! —gritó David.

  Pero Joel ya se había acercado.

  El muchacho extendió una mano hacia la madera que se estaba moviendo.

  Quizá pretendía corregirla.

  Quizá pensó que todavía podía impedir que el bloque perdiera estabilidad.

  David vio sus dedos aproximarse al espacio entre la piedra y el apoyo.

  Sintió que el corazón se le detenía.

  —¡JOEL, ATRÁS!

  El muchacho volvió la cabeza.

  David soltó la cuerda al quedar descargada y lo sujetó de la túnica, tirando de él hacia atrás.

  En ese mismo instante, el bloque descendió violentamente.

  La madera se desplazó con un golpe seco.

  Una pequeña nube de polvo se levantó del suelo.

  Durante un instante nadie se movió.

  Joel estaba junto a David.

  Su rostro había perdido el color.

  Miró la piedra.

  Después miró su mano.

  El espacio donde había intentado colocarla había desaparecido bajo el bloque.

  Rubén llegó inmediatamente.

  —¡¿Qué estabas haciendo?!

  Joel abrió la boca.

  No consiguió responder.

  —¡Pudiste perder la mano!

  Natán se acercó.

  Examinó los apoyos.

  Después miró al muchacho.

  —¿Estás herido?

  Joel negó con la cabeza.

  —No.

  —Entonces apártate y bebe un poco de agua.

  El joven obedeció.

  David permaneció junto a la piedra.

  Sentía los dedos rígidos.

  El corazón le golpeaba con fuerza.

  Había sido cuestión de un instante.

  Un movimiento equivocado.

  Un apoyo desplazado.

  Una mano donde no debía estar.

  Y aquel muchacho habría regresado a casa sin poder volver a utilizarla.

  Rubén se volvió hacia David.

  —Lo sacaste a tiempo.

  David miró a Joel, que estaba sentado junto a un muro.

  —Casi no lo consigo.

  Rubén examinó la posición del bloque.

  Después habló con una seriedad que David no le había escuchado antes.

  —Por eso te dije que la piedra no perdona.

  David no respondió.

  Esta vez no tenía nada que discutir.

El muchacho que pudo perderlo todo

  Durante la breve interrupción, David se acercó a Joel.

  El joven estaba sentado con las manos sobre las rodillas.

  Miraba el suelo.

  David se acomodó junto a él.

  —¿Cómo estás?

  Joel tardó en responder.

  —Bien.

  David observó sus manos.

  Le temblaban ligeramente.

  —No parece.

  El muchacho intentó sonreír.

  —Pensé que podía detenerla.

  —Lo sé.

  —Solamente quería corregir el apoyo.

  David guardó silencio.

  Después señaló hacia los bloques.

  —Hay cargas que ningún hombre puede detener con las manos.

  Joel bajó la mirada.

  —Rubén estaba furioso.

  —Porque sabía lo que podía sucederte.

  El joven levantó la cabeza.

  —¿Crees que Natán me despedirá?

  David comprendió que aquella pregunta le preocupaba casi tanto como el accidente.

  —No lo sé.

  Joel volvió a mirar el suelo.

  David continuó:

  —Pero si conservas el trabajo, no vuelvas a intentar algo semejante.

  —No lo haré.

  David observó las manos del muchacho.

  —Míralas.

  Joel obedeció.

  —Puedes mover todos los dedos. Puedes sostener tus herramientas. Puedes regresar a casa entero.

  El joven tragó saliva.

  David habló con mayor suavidad.

  —Hoy eso vale más que cualquier jornal.

  Joel permaneció callado.

  Después asintió.

  Natán los llamó.

  El trabajo debía continuar.

  David se levantó.

  Antes de regresar, colocó una mano sobre el hombro del muchacho.

  —Ven. Todavía tenemos mucho que aprender de estas piedras.

  Joel se puso de pie.

  Y regresó con él.

El esfuerzo de muchos hombres

  La tarea continuó durante buena parte de la mañana.

  Después del accidente, los trabajadores se movían con mayor cautela.

  Rubén revisaba los apoyos antes de cada desplazamiento.

  Natán permanecía cerca cuando debían mover los bloques más grandes.

  David comenzó a sentir dolor en los antebrazos.

  Las cuerdas habían dejado marcas sobre sus palmas.

  Cada vez que aplicaba fuerza, los músculos de la espalda se contraían.

  El esfuerzo exigía algo más que resistencia.

  Había que mantener la atención.

  Escuchar las órdenes.

  Reconocer cuándo una pieza comenzaba a inclinarse.

  Y comprender que ningún hombre podía controlar por sí solo una carga semejante.

  Rubén dirigía los movimientos con voz firme.

  A veces era brusco.

  Pero David comenzó a reconocer que sus indicaciones eran precisas.

  Cuando ordenaba esperar, todos esperaban.

  Cuando indicaba detenerse, nadie continuaba.

  En una ocasión David observó que uno de los apoyos no estaba correctamente colocado.

  Se lo señaló.

  Rubén examinó la madera.

  Después ordenó corregirla.

  No agradeció la observación.

  Pero tampoco discutió.

  David comprendió que aquello era un avance.

  Poco a poco comenzaron a entenderse.

  No necesitaba que Rubén fuera amable.

  Necesitaba que supiera dirigir la carga.

  Y Rubén parecía comenzar a reconocer que el nuevo trabajador no era un hombre inexperto.

  Cuando finalmente colocaron el último bloque en el lugar indicado, David sintió que las piernas apenas podían sostenerlo.

  Se apartó.

  Apoyó una mano contra el muro.

  Respiró profundamente.

  La túnica estaba húmeda.

  Tenía partículas de piedra adheridas a los brazos.

  El polvo se había mezclado con el sudor y formaba líneas oscuras sobre su piel.

  Rubén pasó junto a él.

  Se detuvo.

  Observó los bloques que habían trasladado.

  Después miró a David.

  —No trabajas mal para ser nuevo.

  David levantó la cabeza.

  Aquello sí parecía un elogio.

  —Tú tampoco diriges mal.

  Rubén soltó una carcajada.

  Joel, que estaba cerca, también comenzó a reír.

  Por primera vez desde que había llegado a aquella construcción, David sintió que empezaba a formar parte del grupo.

El pan sabía diferente

  Durante el descanso, David buscó una zona de sombra junto a un muro.

  Se sentó lentamente sobre una piedra plana.

  Las piernas parecían agradecer inmediatamente que hubiera dejado de sostener su peso.

  Abrió la bolsa.

  Sacó el pan.

  Tenía tanta hambre que comenzó a comer antes de acomodarse por completo.

  El pan estaba seco.

  Pero aquella mañana le supo especialmente bien.

  Bebió agua.

  Estaba tibia.

  La sintió descender por la garganta.

  Durante unos instantes cerró los ojos.

  Escuchó a los trabajadores conversando cerca.

  Algunos hablaban de las tareas pendientes.

  Otros discutían sobre los materiales.

  Un hombre se quejaba de un dolor persistente en la rodilla.

  Otro mencionó que su esposa esperaba que regresara temprano porque necesitaban reparar una parte de la vivienda.

  David abrió los ojos.

  Aquellas conversaciones le resultaban familiares.

  Los trabajadores podían pasar el día levantando muros para otras personas.

  Pero al regresar a sus casas también encontraban puertas que no cerraban, techumbres que necesitaban atención y objetos que se rompían.

  El oficio no desaparecía cuando terminaba la jornada.

  A veces continuaba en casa.

  Y allí nadie pagaba por realizarlo.

  David terminó el pan.

  Guardó cuidadosamente el envoltorio.

  Después observó sus manos.

  Tenía una pequeña zona enrojecida cerca de la base de los dedos.

  La cuerda había rozado repetidamente la piel.

  Abrió y cerró las manos.

  Sintió rigidez.

  Pero podía mover todos los dedos.

  Aquello lo tranquilizó.

  Mientras descansaba, comenzó a pensar en el dinero que recibiría al terminar la jornada.

  Si conseguía trabajar varios días seguidos, quizá podría guardar algunas monedas.

  No muchas.

  Pero suficientes para afrontar algún imprevisto.

  Había aprendido que los imprevistos llegaban sin anunciarse.

  Una sandalia rota.

  Una herramienta dañada.

  Una necesidad de los niños.

  Un día de lluvia que impedía trabajar.

  Siempre había algo.

  David pensó que aquella semana podría ser diferente.

  Había conseguido trabajo dos días seguidos.

  Natán parecía confiar un poco más en él.

  Rubén había dejado de tratarlo como a un desconocido.

  Quizá las cosas comenzaban a mejorar.

  Aquel pensamiento lo acompañó durante el resto del descanso.

La herramienta que comenzó a fallar

  Después de comer, David regresó a sus tareas.

  El esfuerzo de la mañana había dejado señales en todo su cuerpo.

  Le costaba inclinarse.

  Los hombros estaban rígidos.

  Y cada vez que tenía que levantar una pieza, sentía que los músculos respondían con lentitud.

  Natán le asignó una tarea menos pesada.

  Debía preparar varias piezas de madera que utilizarían posteriormente.

  David agradeció poder trabajar sin mover grandes cargas.

  Colocó la primera pieza sobre los soportes.

  Tomó una herramienta.

  Comenzó a ajustar uno de los extremos.

  Después de algunos movimientos percibió algo extraño.

  El mango se había movido ligeramente dentro de la unión.

  David se detuvo.

  Examinó la herramienta.

  Era la misma que había revisado antes de salir de casa.

  La sostuvo firmemente.

  Intentó ajustarla.

  Pareció quedar mejor.

  Volvió a trabajar.

  El primer golpe fue normal.

  También el segundo.

  Pero al tercero sintió nuevamente el movimiento.

  La cabeza de la herramienta se desplazó ligeramente.

  David retiró la mano.

  La examinó con preocupación.

  Si continuaba trabajando, podía soltarse por completo.

  Y una herramienta que se desprendía durante un golpe podía lastimarlo a él o a cualquier hombre cercano.

  Dejó de utilizarla.

  Buscó otra manera de terminar la tarea con las herramientas disponibles.

  Trabajó más despacio.

  Tuvo que cambiar varias veces la posición de la madera.

  Y necesitó mayor esfuerzo para conseguir el mismo resultado.

  Natán pasó cerca.

  Observó lo que hacía.

  —¿Por qué tardas tanto?

  David le mostró la herramienta.

  —El mango está cediendo.

  Natán la examinó.

  Movió ligeramente la cabeza.

  —No la utilices así.

  —Lo sé.

  —Puedes lastimarte.

  David asintió.

  Natán volvió a entregársela.

  —Tendrás que repararla.

  —Esta noche.

  Natán lo observó.

  —¿Tienes madera adecuada?

  David vaciló.

  —Tendré que buscarla.

  El hombre no respondió.

  Continuó su recorrido.

  David permaneció mirando la herramienta.

  Sintió una molestia que no tenía relación con el dolor de sus brazos.

  Repararla podía costarle dinero.

  Y quizá tendría que conseguir un mango nuevo.

  Había trabajado dos días seguidos.

  Había comenzado a imaginar que podría guardar algunas monedas.

  Ahora una parte de aquel dinero tendría otro destino.

  Guardó la herramienta.

  Y continuó trabajando con las demás.

  Pero durante el resto de la tarde, cada vez que abría la bolsa, sus ojos se dirigían hacia el mango dañado.

Las monedas de aquella tarde

  Al terminar la jornada, David recibió su paga.

  Contó las monedas cuidadosamente.

  Había trabajado duro.

  Había soportado el dolor de la espalda, el peso de los bloques y el calor de la construcción.

  Y había conseguido completar las tareas que le asignaron.

  Mientras guardaba el dinero, sintió satisfacción.

  Pero recordó la herramienta.

  La sacó brevemente de la bolsa.

  Examinó el mango.

  La madera estaba desgastada cerca de la unión.

  No bastaría con apretarla.

  Necesitaría una reparación adecuada.

  David volvió a guardarla.

  Salió de la construcción.

  El sol descendía sobre Séforis.

  La ciudad continuaba llena de movimiento.

  Comerciantes recogían mercancías.

  Algunos trabajadores regresaban a sus casas.

  Otros todavía permanecían ocupados.

  David comenzó el camino hacia Nazaret.

  Las piernas estaban cansadas.

  Pero su preocupación principal ya no era el esfuerzo físico.

  Pensaba en el dinero.

  Había imaginado que podría guardar una pequeña cantidad.

  Ahora tendría que decidir cuánto destinar a la reparación.

  Y cuánto quedaría para las necesidades de la casa.

  Durante el camino intentó calcular diferentes posibilidades.

  Quizá pudiera reparar el mango él mismo.

  Tal vez necesitara solamente una pieza de madera apropiada.

  Pero si la unión estaba demasiado dañada, tendría que conseguir otro elemento.

  No podía arriesgarse a utilizar una herramienta insegura.

  Sus manos eran demasiado importantes.

  Y también lo era su trabajo.

  David siguió caminando.

  La luz del atardecer se extendía sobre las colinas.

  El aire comenzaba a refrescar.

  A lo lejos apareció Nazaret.

  Sintió alivio.

  Estaba cerca de casa.

Una preocupación junto a la lámpara

  Sus hijos lo recibieron con la alegría acostumbrada.

  El mayor quiso mostrarle nuevamente la pequeña construcción de madera que habían preparado la tarde anterior.

  La niña se acercó para abrazarlo.

  David sonrió.

  Pero esta vez tuvo que sentarse casi inmediatamente.

  Las piernas parecían negarse a sostenerlo durante más tiempo.

  Su esposa observó su rostro.

  —¿Fue un día difícil?

  David dejó escapar el aire lentamente.

  —Movimos piedra.

  Ella miró sus manos.

  Las marcas de las cuerdas eran visibles.

  Una zona de la piel estaba irritada.

  David intentó restar importancia a las molestias.

  —Estoy bien.

  Su esposa no discutió.

  Le acercó agua para que pudiera lavarse.

  Después preparó la comida.

  Los niños se sentaron cerca de él.

  Su hijo mayor comenzó a preguntarle por las piedras.

  Quería saber si eran grandes.

  Cuántos hombres se necesitaban para moverlas.

  Y si su padre podía levantarlas solo.

  David sonrió.

  —No. Eran demasiado pesadas.

  El niño abrió mucho los ojos.

  —¿Ni tú podías?

  David negó con la cabeza.

  —Hay cosas que ningún hombre debe intentar hacer solo.

  El niño pareció considerar aquella respuesta.

  Después volvió a jugar con sus pedazos de madera.

  David lo observó durante unos instantes.

  Le agradaba que su hijo admirara su trabajo.

  Pero también quería enseñarle que la fuerza tenía límites.

  Y que reconocerlos no era una vergüenza.

  Más tarde, cuando los niños comenzaron a prepararse para dormir, David sacó la herramienta dañada.

  La colocó junto a la lámpara.

  Su esposa se acercó.

  —¿Qué le pasó?

  —El mango está cediendo.

  Ella la examinó.

  No necesitaba conocer todos los detalles del oficio para comprender que aquello representaba un problema.

  —¿Puedes repararla?

  David movió ligeramente la cabeza.

  —Tal vez. Pero necesito una pieza adecuada.

  Su esposa miró las monedas que él había dejado sobre una superficie cercana.

  Habían comenzado a separarlas según las necesidades de la casa.

  Una parte sería para alimentos.

  Otra para aceite.

  Y David había pensado reservar unas pocas.

  Su esposa volvió a mirar la herramienta.

  —Entonces tendremos que usar parte de lo que íbamos a guardar.

  David permaneció callado.

  Sabía que tenía razón.

  Sin aquella herramienta, ciertas tareas serían más difíciles.

  Y si no podía trabajar correctamente, corría el riesgo de perder futuros jornales.

  La reparación no era un lujo.

  Era una necesidad.

  David tomó una de las monedas.

  La sostuvo entre los dedos.

  Pensó en las horas que había pasado bajo el sol.

  En la cuerda tensándose entre sus manos.

  En el peso de la piedra.

  En el dolor de la espalda.

  Y en el camino recorrido para regresar a casa.

  Todo aquel esfuerzo había producido unas pocas monedas.

  Ahora una parte desaparecería antes de que pudieran utilizarla para algo más.

  Su esposa se sentó junto a él.

  —Por lo menos encontraste trabajo otra vez.

  David asintió.

  —Sí.

  Miró la herramienta.

  Después las monedas.

  Y finalmente a su esposa.

  —Pensé que esta semana podríamos guardar algo.

  Ella permaneció en silencio durante unos instantes.

  Después tomó una de sus manos.

  La examinó bajo la luz de la lámpara.

  La piel estaba áspera.

  Los dedos mostraban pequeñas heridas.

  —Tendremos que esperar un poco más —respondió.

  David bajó la mirada.

  No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras.

  Esperar.

  Esperar para comprar algo.

  Esperar para reparar otra cosa.

  Esperar hasta conseguir más trabajo.

  Esperar hasta que hubiera dinero suficiente.

  Parecía que gran parte de su vida consistía en esperar.

  Sin embargo, aquella noche había comida en casa.

  Sus hijos estaban bien.

  Y él había recibido un jornal.

  David respiró profundamente.

  Guardó las monedas que todavía podían reservar.

  Después colocó la herramienta dañada junto a las demás.

  Tendría que ocuparse de ella antes de que empeorara.

Lo que cuesta seguir trabajando

  Cuando la casa quedó en silencio, David se acostó.

  El cuerpo le dolía de una manera diferente a la noche anterior.

  La espalda parecía más rígida.

  Los brazos estaban pesados.

  Y las palmas de las manos ardían ligeramente donde las cuerdas habían rozado la piel.

  Intentó acomodarse.

  Giró sobre un costado.

  Después sobre el otro.

  Finalmente encontró una posición que le permitió descansar.

  Su esposa ya dormía.

  Los niños respiraban tranquilamente.

  David contempló durante unos instantes la oscuridad.

  Pensó en la piedra que casi había atrapado la mano de Joel.

  En Rubén dando órdenes.

  En Natán exigiendo que terminaran las tareas.

  Y en la herramienta que necesitaba reparar.

  Comprendió algo que no había considerado cuando salió por primera vez hacia Séforis.

  Conseguir trabajo no significaba solamente recibir dinero.

  También significaba gastar fuerzas.

  Desgastar las sandalias.

  Dañar herramientas.

  Y arriesgar el cuerpo del que dependía toda la familia.

  David cerró los ojos.

  A pesar del cansancio, se sentía agradecido por haber trabajado.

  Pero aquella noche comprendía mejor el verdadero precio de cada jornal.

  No solamente lo pagaban los hombres que contrataban sus servicios.

  También lo pagaba él, poco a poco, con sus fuerzas, sus manos y los años de su vida.

  Afuera, Nazaret permanecía en silencio.

  Dentro de unas horas volvería a amanecer.

  Y David tendría que levantarse nuevamente.

  Esta vez, además de buscar trabajo, tendría que encontrar la manera de reparar aquello que necesitaba para conseguirlo.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que enfrentar los problemas cotidianos que se presentan en un trabajo.

Continua en el capítulo 5

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

 

 David despertó con la sensación de que algo había quedado pendiente.

  No era el dolor de la espalda, aunque todavía lo acompañaba. Tampoco eran las manos irritadas por las cuerdas ni las piernas que parecían haber envejecido varios años durante las últimas jornadas.

  Era la herramienta.

  Permanecía junto a su bolsa, exactamente donde la había dejado la noche anterior.

  David la tomó y la acercó a la lámpara.

  Movió cuidadosamente el mango.

  La cabeza metálica cedió ligeramente.

  Frunció el ceño.

  Había esperado que, después de descansar, pudiera encontrar una solución sencilla. Pero la madera estaba demasiado desgastada cerca de la unión.

  Necesitaba reemplazarla.

  —¿Todavía no puedes arreglarla?

  Su esposa estaba junto al lugar donde guardaban el pan.

  David negó con la cabeza.

  —Necesito un pedazo de madera resistente. Si encuentro uno adecuado, puedo preparar otro mango.

  —¿Y cuánto costará?

  David guardó silencio.

  Aquella era precisamente la pregunta que había intentado evitar desde la tarde anterior.

  —Depende de lo que consiga.

  Su esposa se acercó y examinó la herramienta.

  —Entonces no la lleves.

  —Quizá pueda repararla durante el descanso.

  —¿Con qué madera?

  David la miró.

  Ella levantó ligeramente las cejas.

  —Eso pensé.

  Él sonrió con resignación.

  Había trabajado la madera durante años. Sabía preparar un mango, ajustar una unión y reparar una pieza dañada. Pero ni siquiera el mejor artesano podía fabricar una herramienta sin el material necesario.

  Aquel era uno de los problemas de su oficio.

  Los hombres como David eran conocidos como tektones: carpinteros y constructores capaces de trabajar la madera y, según sus habilidades, participar también en obras de piedra. Podían preparar vigas, fabricar puertas, reparar herramientas, levantar estructuras y colaborar en la construcción de viviendas.

  En una aldea como Nazaret, donde nadie podía permitirse contratar a un especialista para cada pequeña necesidad, un buen tekton debía saber resolver muchos problemas con pocas herramientas.

  Pero había algo que ningún conocimiento podía cambiar.

  Si una herramienta se rompía y no había dinero para repararla, el oficio entero podía quedar detenido.

  David dejó la pieza dañada dentro de la bolsa.

  Su esposa comenzó a envolver el alimento que llevaría.

  Él observó que había preparado una porción mayor que los días anteriores.

  —Es demasiado —dijo.

  —Ayer llegaste con mucha hambre.

  —Tú también necesitas comer.

  Ella terminó de envolverlo.

  —Hay suficiente para esta mañana.

  David la observó.

  Conocía aquella respuesta.

  No significaba necesariamente que hubiera abundancia.

  Significaba que ella ya había calculado lo que podían utilizar.

  Y quizá también lo que tendría que dejar de comer.

  —Mírame —le dijo él.

  Su esposa levantó la cabeza.

  David partió el pan en dos porciones.

  Dejó una sobre la superficie cercana.

  —Esto se queda aquí.

  —David…

  —No voy a comer mientras camino sabiendo que tú te quedaste con menos.

  Ella lo contempló durante unos instantes.

  Después tomó el pan.

  No discutió.

  David recogió sus herramientas.

  Antes de salir, se acercó a donde dormían los niños.

  Su hijo mayor tenía una mano extendida sobre las pequeñas piezas de madera con las que habían jugado la noche anterior.

  David acomodó suavemente la tela que lo cubría.

  El niño se movió.

  —¿Padre?

  —Duerme. Todavía es temprano.

  —¿Vas a construir otra casa?

  David sonrió.

  —Eso espero.

  —Cuando regreses, quiero enseñarte la mía.

  —La veré.

  El niño cerró los ojos.

  David permaneció junto a él un instante más.

  Después abrió la puerta.

  El aire frío de la madrugada le rozó el rostro.

  Nazaret todavía dormía.

  Pero él debía comenzar nuevamente el camino hacia Séforis.

Los hombres que regresaban

  Cuando David llegó a la construcción, el cielo ya estaba iluminado.

  El ruido de los animales, las voces de los vendedores y los golpes que llegaban desde otras obras anunciaban que la ciudad había despertado.

  Junto a la entrada esperaba un grupo de trabajadores.

  Algunos sostenían bolsas de herramientas.

  Otros conversaban en voz baja.

  Varios miraban continuamente hacia el interior, esperando que apareciera alguien con autoridad para contratarlos.

  David reconoció a Simón.

  El muchacho estaba junto al muro.

  También vio a Joel.

  El joven que había estado a punto de perder una mano durante el traslado de las piedras permanecía sentado, examinándose los dedos.

  David se acercó.

  —Buenos días.

  Joel levantó la cabeza.

  —Buenos días.

  —¿Cómo está esa mano?

  El muchacho la abrió y cerró varias veces.

  —Todavía la tengo.

  David sonrió.

  —Procura conservarla.

  —Rubén ya me lo recordó tres veces.

  —Entonces seguramente lo recordarás.

  Simón soltó una carcajada.

  Joel también sonrió, aunque todavía parecía avergonzado por lo ocurrido.

  David dejó su bolsa junto al muro.

  Observó a los hombres que esperaban.

  Había rostros conocidos.

  Pero también otros que no había visto antes.

  Algunos eran jóvenes.

  Otros tenían el cabello gris y las manos deformadas por años de trabajo.

  Todos habían llegado con la misma esperanza.

  Que alguien necesitara sus servicios.

  Que hubiera suficientes tareas.

  Que al terminar la jornada pudieran llevar algo a sus hogares.

  Natán apareció poco después.

  Llevaba una cuerda de medir enrollada y caminaba con la expresión seria de siempre.

  Observó al grupo.

  —Joel.

  El muchacho se levantó inmediatamente.

  —Simón.

  Simón recogió sus herramientas.

  David sintió una inquietud familiar.

  Había trabajado dos días seguidos.

  Pero aquello no le garantizaba un tercero.

  Natán volvió a mirar a los hombres.

  —David.

  Él se adelantó.

  —Hoy trabajarás con nosotros.

  David sintió que una tensión desaparecía de sus hombros.

  Tres días.

  Tres jornadas consecutivas.

  Aquello comenzaba a parecer una oportunidad verdadera.

  Mientras entraba, observó a los hombres que todavía esperaban.

  Uno de ellos era mayor.

  Tenía el cabello gris, la espalda ligeramente encorvada y una bolsa de herramientas tan gastada que parecía haber sido reparada muchas veces.

  Natán lo reconoció.

  —Efraín. Ven también.

  El hombre se incorporó lentamente.

  David se hizo a un lado para dejarlo pasar.

  —Buenos días —dijo Efraín.

  —Buenos días.

  Caminaron juntos hacia el interior.

  David observó sus manos.

  Eran grandes.

  Los dedos estaban ligeramente torcidos.

  Y las uñas mostraban señales de muchos años de trabajo.

  El hombre caminaba despacio, pero sus ojos recorrían la construcción con la seguridad de quien había pasado gran parte de su vida entre piedras, madera y herramientas.

  David comprendió que aquel hombre tenía algo que él todavía necesitaba adquirir.

  Experiencia.

  Y mucha.

El hombre que conocía las piedras

  La primera tarea de aquella mañana consistía en preparar una sección de la construcción donde debían colocarse varias piezas.

  Natán dividió a los trabajadores.

  Rubén quedó encargado de supervisar el traslado de materiales.

  Joel y Simón ayudarían a despejar el lugar.

  David debía preparar algunos elementos de madera que servirían durante el trabajo.

  Efraín fue enviado a revisar varias piedras que necesitaban ajustes.

  David comenzó a trabajar.

  Después de un rato escuchó golpes breves y regulares cerca de donde estaba.

  Levantó la cabeza.

  Efraín examinaba una piedra.

  No golpeaba con fuerza innecesaria.

  Se detenía.

  Observaba la superficie.

  Volvía a colocar la herramienta.

  Y golpeaba nuevamente.

  Cada movimiento parecía calculado.

  David lo contempló durante unos instantes.

  Había visto hombres jóvenes golpear una piedra repetidamente hasta cansarse.

  Efraín parecía conseguir mejores resultados utilizando menos movimientos.

  Cuando terminó una de las piezas, el hombre se enderezó lentamente.

  Apoyó una mano sobre la parte baja de la espalda.

  Permaneció así unos instantes.

  Después tomó otra piedra.

  David se acercó cuando tuvo oportunidad.

  —Trabajas con mucha precisión.

  Efraín levantó la vista.

  —He tenido tiempo para aprender.

  David sonrió.

  —¿Cuántos años llevas en el oficio?

  El hombre miró sus manos.

  —Más de los que quisiera recordar.

  Ambos rieron brevemente.

  Efraín volvió a observar la piedra.

  —Cuando era joven pensaba que trabajar bien significaba golpear más fuerte que los demás.

  Le mostró una pequeña irregularidad.

  —Después aprendí que primero hay que saber dónde golpear.

  David observó cómo colocaba la herramienta.

  Efraín dio un golpe preciso.

  Un fragmento pequeño se desprendió.

  La superficie quedó más uniforme.

  David comprendió lo que quería decir.

  —Con la madera sucede algo semejante.

  —Con casi todo —respondió Efraín.

  El hombre volvió a trabajar.

  David regresó a sus piezas.

  Pero comenzó a observarlo con mayor interés.

  Había algo admirable en aquellos movimientos tranquilos.

  Efraín ya no tenía la fuerza de un hombre joven.

  Sin embargo, poseía una experiencia que no podía adquirirse en unos cuantos meses.

  Y aquella experiencia seguía siendo necesaria.

El descanso

  Cuando Natán anunció una pausa para comer, David sintió que el estómago le respondía inmediatamente.

  Había trabajado desde temprano.

  El hambre se había instalado lentamente, hasta convertirse en una molestia constante.

  Recogió sus herramientas y buscó un lugar donde sentarse.

  Encontró sombra junto a un muro que todavía no estaba terminado.

  Allí se habían reunido varios trabajadores.

  Rubén estaba sentado sobre una piedra grande.

  Joel y Simón se acomodaban cerca de él.

  Efraín había dejado su bolsa en el suelo y descansaba con la espalda apoyada contra el muro.

  David se acercó.

  —¿Hay lugar?

  Rubén señaló una piedra.

  —Si puedes sentarte después de lo de ayer.

  David dejó escapar una risa.

  Se acomodó lentamente.

  Las piernas protestaron al doblarse.

  Rubén lo observó.

  —Mañana dolerá menos.

  —Eso espero.

  —O te acostumbrarás a que duela.

  Simón comenzó a reír.

  Efraín negó con la cabeza.

  —No le hagas caso. Rubén se queja incluso cuando no le duele nada.

  Los hombres rieron.

  Rubén levantó una mano, fingiendo indignación.

  —Yo no me quejo. Solamente digo la verdad.

  David comenzó a sentirse cómodo entre ellos.

  Durante las primeras jornadas había pasado gran parte del tiempo preocupado por demostrar que sabía trabajar.

  Ahora podía sentarse junto a aquellos hombres sin sentir que todos lo estaban examinando.

  Abrió su bolsa.

  Sacó el pan que su esposa había preparado.

  Lo desenvolvió cuidadosamente.

  Había quedado algo aplastado durante el camino.

  David partió un trozo.

  Se lo llevó a la boca.

  El pan estaba seco, pero el hambre lo hacía agradable.

  A su alrededor, los hombres comenzaron a comer.

  Rubén tenía pan y unas pocas aceitunas.

  Joel sacó una pequeña porción de alimento que había envuelto en tela.

  Simón comenzó a comer en silencio.

  Efraín abrió su bolsa y examinó lo que llevaba.

  Durante unos instantes nadie habló demasiado.

  El hambre parecía haber impuesto una tregua.

  Desde otras partes de la construcción continuaban escuchándose golpes aislados.

  Algunos hombres todavía trabajaban.

  Otros buscaban sombra.

  Una mosca se posó sobre la mano de David.

  Él la espantó.

  Bebió agua.

  Estaba tibia.

  Pero le alivió la garganta.

  Después volvió a comer.

  Fue entonces cuando comenzó a conocer verdaderamente a sus compañeros.

Dos ancianos en una casa pequeña

  Efraín había terminado de comer una parte de su pan.

  Guardó cuidadosamente el resto.

  David lo observó.

  —¿No tienes hambre?

  El hombre sonrió.

  —Siempre tengo hambre a esta hora.

  —Entonces come.

  Efraín acomodó el pan dentro de la tela.

  —Lo guardaré para después.

  David no insistió.

  Pero Rubén, que parecía conocerlo desde hacía tiempo, intervino.

  —Efraín guarda comida hasta cuando está dormido.

  El hombre mayor lo miró.

  —Y tú hablas demasiado.

  Simón se rio.

  David también sonrió.

  Efraín terminó de envolver el pan.

  Después explicó que vivía con sus padres.

  David levantó la mirada.

  —¿Tus padres viven todavía?

  —Los dos.

  Había una satisfacción tranquila en su voz.

  —Mi padre ya no puede trabajar. Le cuesta levantarse y caminar. Mi madre todavía hace algunas cosas en casa, pero sus manos le duelen mucho.

  David observó los dedos deformados de Efraín.

  Pensó en lo que significaría envejecer después de tantos años de esfuerzo.

  —¿Tienes hermanos?

  —Tuve dos. Uno murió hace años. El otro vive lejos y tiene su propia familia.

  Efraín tomó un poco de agua.

  —Así que vivimos los tres.

  David permaneció en silencio.

  Había imaginado que aquel hombre trabajaba para sostenerse a sí mismo.

  Ahora comprendía que de su jornal dependían otras dos personas.

  —Mi madre siempre pregunta si comí suficiente —continuó Efraín—. Aunque apenas puede caminar hasta donde guardamos el pan.

  Sonrió al recordarlo.

  —Cuando regreso, lo primero que hace es mirarme las manos. Cree que todavía soy un muchacho y que puedo lastimarme por no tener cuidado.

  Rubén soltó una carcajada.

  —Pues no se equivoca.

  Efraín lo señaló con un dedo.

  —Algún día tú también tendrás mi edad.

  —Eso espero —respondió Rubén.

  La conversación quedó suspendida unos instantes.

  David volvió a mirar el pan que Efraín había guardado.

  Comprendió que quizá no lo reservaba solamente para más tarde.

  No preguntó.

  Había cosas que un hombre podía explicar si deseaba hacerlo.

  Y otras que merecían permanecer en silencio.

  Efraín se acomodó contra el muro.

  Cerró los ojos durante unos instantes.

  Su rostro mostraba arrugas profundas alrededor de la boca.

  David pensó en su propio futuro.

  Si Dios le concedía muchos años, quizá algún día tendría las manos como aquel hombre.

  Y quizá todavía necesitaría salir a trabajar.

  La idea le produjo una inquietud que no había sentido antes.

Los hijos de Rubén

  Rubén terminó una aceituna y escupió discretamente el hueso hacia un lugar apartado.

  Después se limpió los dedos.

  —Efraín mantiene a dos ancianos —dijo—. Yo mantengo a una multitud.

  Simón levantó la cabeza.

  —¿Cuántos hijos tienes?

  Rubén sonrió.

  —Cinco.

  David lo miró con sorpresa.

  —¿Cinco?

  —Y todos comen.

  Los hombres comenzaron a reír.

  Rubén extendió los dedos de una mano.

  —El mayor ya cree que sabe más que yo. El siguiente pregunta por qué tenemos que hacer las cosas como las hacemos. La tercera quiere saberlo todo. Y los dos pequeños…

  Se detuvo.

  Movió la cabeza.

  —Esos dos no dejan nada en su lugar.

  David sonrió.

  Reconocía aquella clase de desorden.

  Rubén continuó hablando.

  Contó que su esposa pasaba buena parte del día preparando comida, cuidando a los pequeños y tratando de mantener la casa en orden.

  El mayor comenzaba a ayudar en algunas tareas.

  Pero todavía necesitaba aprender.

  —Ayer rompieron un recipiente —añadió Rubén.

  David levantó las cejas.

  —¿Los pequeños?

  —¿Quién más?

  Simón se rio.

  Rubén negó con la cabeza.

  —Mi esposa estaba guardando agua. Uno de ellos tropezó, empujó al otro y el recipiente terminó en el suelo.

  David imaginó la escena.

  El agua derramándose.

  Los niños asustados.

  La madre contemplando los pedazos.

  Rubén continuó:

  —Ahora necesito conseguir otro.

  David dejó de sonreír.

  Sabía lo que significaba reemplazar un objeto necesario.

  No era solamente comprar algo nuevo.

  Era decidir qué otra cosa tendría que esperar.

  Rubén tomó el último pedazo de pan.

  —Por eso no me gusta perder días de trabajo.

  Lo dijo sin dramatismo.

  Como quien expresa una verdad conocida.

  David recordó las veces que Rubén había parecido impaciente durante el traslado de las piedras.

  Sus órdenes bruscas.

  Su preocupación por terminar rápidamente.

  Su disgusto cuando alguien retrasaba el trabajo.

  Hasta ese momento había pensado que Rubén era simplemente un hombre difícil.

  Ahora comenzaba a comprenderlo.

  Cinco hijos.

  Una esposa.

  Una casa que mantener.

  Y un recipiente roto que debía reemplazar.

  Cada retraso en la construcción podía convertirse en una preocupación dentro de su hogar.

  David miró sus propias manos.

  También él había llegado a Séforis con necesidades semejantes.

  Y también él sentía impaciencia cuando algo amenazaba su jornal.

El muchacho que todavía aprendía

  Simón había permanecido callado durante buena parte de la conversación.

  David lo observó.

  El joven estaba sentado con las rodillas dobladas, sosteniendo entre los dedos un pequeño trozo de pan.

  Parecía escuchar con atención las historias de los hombres mayores.

  —¿Y tú? —preguntó David—. ¿Tienes familia en Séforis?

  Simón negó con la cabeza.

  Vivía con su madre y dos hermanos menores en una aldea cercana.

  Su padre había muerto hacía algún tiempo.

  Desde entonces había tenido que buscar maneras de contribuir al sostenimiento de la casa.

  Había trabajado en tareas agrícolas y transportando materiales.

  Pero deseaba aprender un oficio que le permitiera conseguir trabajo con mayor regularidad.

  David comprendió de pronto la impaciencia del muchacho.

  No era solamente orgullo.

  Simón necesitaba demostrar que podía ser útil.

  Y necesitaba hacerlo pronto.

  —Mi hermano menor pregunta cuándo podré llevarlo a ver la ciudad —dijo Simón.

  Rubén sonrió.

  —Cuando conozcas mejor los caminos.

  El muchacho respondió con una sonrisa tímida.

  —Le digo que algún día lo traeré.

  David imaginó a un niño esperando escuchar las historias de su hermano mayor.

  Pensó en su propio hijo.

  En las preguntas que le hacía sobre la construcción.

  En su deseo de aprender a trabajar la madera.

  Y sintió una cercanía inesperada con aquel joven.

  Simón todavía no tenía esposa ni hijos.

  Pero también había personas que dependían de él.

  Y también regresaba a casa preguntándose si habría trabajo al día siguiente.

  David tomó un pedazo de su pan.

  Lo partió.

  Le ofreció una porción al muchacho.

  Simón lo miró.

  —Tengo suficiente.

  David observó el pequeño resto que sostenía.

  —Yo también.

  El joven dudó.

  Después aceptó.

  —Gracias.

  David volvió a comer.

  No había hecho nada extraordinario.

  Solamente había compartido un poco de pan.

  Pero sintió que aquella comida los había acercado más que todas las horas de trabajo anteriores.

Las historias que nadie veía

  Durante el resto del descanso, los hombres continuaron conversando.

  Rubén habló de su hijo mayor, que comenzaba a discutir con él porque deseaba tomar sus propias decisiones.

  Efraín recordó una ocasión en que su padre todavía podía acompañarlo al trabajo.

  Simón contó que su hermano menor había intentado construir una pequeña carreta utilizando ramas.

  David habló de sus propios hijos.

  Les contó cómo el mayor había reunido pedazos de madera para construir una casa pequeña.

  Y cómo su hija menor había derribado la estructura justo cuando parecía sostenerse.

  Rubén soltó una carcajada tan fuerte que varios trabajadores volvieron la cabeza.

  —Eso hacen los pequeños —dijo—. Uno pasa horas preparando algo y ellos lo destruyen en un instante.

  David sonrió.

  Recordó la risa de su hija.

  El abrazo con que lo había recibido al regresar.

  La manera en que su hijo observaba sus manos cuando trabajaba.

  Durante unos instantes deseó estar en casa.

  No porque quisiera abandonar la construcción.

  Sino porque comprendía cuánto de su vida transcurría lejos de aquellos a quienes más amaba.

  Salía cuando todavía dormían.

  Regresaba cuando el día estaba terminando.

  Y muchas veces apenas tenía fuerzas para escucharlos.

  Sin embargo, necesitaba trabajar precisamente por ellos.

  David miró a sus compañeros.

  Efraín guardaba cuidadosamente lo que quedaba de su alimento.

  Rubén hablaba de sus hijos con una mezcla de cansancio y orgullo.

  Simón escuchaba, todavía con aquella expresión de muchacho que intentaba encontrar su lugar entre los hombres.

  Hasta entonces David había visto principalmente sus cuerpos trabajando.

  Los brazos de Rubén levantando cargas.

  Las manos de Efraín golpeando piedra.

  Los movimientos rápidos de Simón.

  Ahora comenzaba a imaginar lo que ocurría cuando abandonaban la construcción.

  Las casas a las que regresaban.

  Las personas que los esperaban.

  Las conversaciones alrededor de una comida sencilla.

  Las preocupaciones que aparecían cuando faltaba dinero.

  Cada hombre llevaba consigo una historia que no podía verse desde el exterior.

  Y ninguna de aquellas historias terminaba cuando el capataz anunciaba el final de la jornada.

La herramienta de David

  Antes de que terminara el descanso, David recordó la herramienta dañada.

  La sacó de su bolsa.

  Examinó nuevamente el mango.

  Efraín lo observó.

  —¿Qué le ocurrió?

  David se la mostró.

  El hombre mayor la sostuvo cuidadosamente.

  Movió la unión.

  Después examinó la madera.

  —Está demasiado gastada.

  —Pensaba cambiar el mango.

  Efraín asintió.

  —Es lo mejor.

  Rubén se acercó para observar.

  —Si continúas utilizándola así, terminarás golpeándote la mano.

  David guardó silencio.

  Lo sabía.

  Pero necesitaba encontrar una solución que no consumiera demasiado dinero.

  Efraín le devolvió la herramienta.

  —Tengo un pedazo de madera que quizá pueda servirte.

  David levantó la cabeza.

  —¿Dónde?

  —En casa. Lo guardé después de reparar una herramienta mía.

  David sintió esperanza.

  —¿Crees que podrías traerlo?

  —Mañana, si vuelvo a conseguir trabajo.

  Aquellas últimas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

  David había comenzado a olvidar que Efraín tampoco tenía asegurado el siguiente jornal.

  El hombre mayor sonrió ligeramente.

  —Si nos encontramos, lo revisamos.

  David asintió.

  —Te lo agradecería mucho.

  Efraín se acomodó para levantarse.

  —Entre trabajadores tenemos que ayudarnos cuando podemos.

  Rubén observó la herramienta.

  —Y mientras tanto, no la utilices.

  David sonrió.

  —Ya me lo han dicho.

  —Entonces quizá sea verdad.

  Los hombres rieron.

  Poco después, Natán llamó a los trabajadores.

  El descanso había terminado.

  David guardó cuidadosamente la herramienta.

  Se levantó.

  Las piernas estaban rígidas.

  Pero se sentía diferente.

  Había llegado a aquella construcción como un desconocido.

  Ahora comenzaba a tener compañeros cuyos nombres conocía.

  Y cuyas preocupaciones empezaba a comprender.

La tarde entre piedras y madera

  El trabajo continuó bajo un sol intenso.

  David ayudó a preparar varias piezas que debían colocarse en una sección de la construcción.

  Natán supervisaba el avance.

  Rubén dirigía el movimiento de materiales.

  Joel y Simón transportaban herramientas y ayudaban donde se les necesitaba.

  Efraín continuaba ajustando piedras.

  Durante la tarde, David comenzó a observar pequeños cambios en la manera en que trabajaban juntos.

  Rubén ya no necesitaba explicarle cada movimiento.

  Cuando una carga debía trasladarse, David comprendía rápidamente dónde colocarse.

  Joel comenzó a esperar las indicaciones antes de aplicar fuerza.

  Y Efraín, cuando encontraba una dificultad, llamaba a David para que observara la posición de alguna pieza de madera.

  No eran grandes acontecimientos.

  Pero hacían que el trabajo avanzara con mayor facilidad.

  En una ocasión Natán se acercó para revisar una tarea.

  Observó las piezas preparadas.

  Después miró a los hombres.

  —Así está bien. Continúen.

  Rubén sonrió discretamente.

  David también sintió satisfacción.

  Había algo agradable en trabajar con personas que comenzaban a comprenderse sin necesidad de discutir cada movimiento.

  Sin embargo, la jornada seguía siendo pesada.

  El calor aumentó durante la tarde.

  David sintió que la espalda comenzaba a dolerle nuevamente.

  La túnica estaba húmeda.

  Tenía sed.

  Y todavía faltaba trabajo.

  En un momento de descanso breve, observó a Efraín enderezarse lentamente.

  El hombre mayor apoyó una mano sobre la rodilla.

  Su rostro mostró una expresión de dolor.

  David se acercó.

  —¿Estás bien?

  Efraín respiró profundamente.

  —Las piernas ya no obedecen como antes.

  David miró hacia Natán.

  —¿Necesitas sentarte?

  El hombre negó con la cabeza.

  —Dentro de un momento.

  Después volvió a su tarea.

  David lo observó.

  Pensó en sus padres ancianos.

  En la casa donde lo esperaban.

  Y en la razón por la que continuaba trabajando a pesar de su edad.

  Aquella imagen permaneció en su pensamiento durante el resto de la tarde.

El camino compartido

  Al terminar la jornada, David recibió su jornal.

  Guardó las monedas.

  Después recogió sus herramientas.

  Cuando salió de la construcción, encontró a Simón cerca de la entrada.

  El muchacho estaba ajustando una correa de su bolsa.

  —¿Vas hacia Nazaret? —preguntó.

  —Sí.

  —Caminaré contigo hasta el cruce.

  David asintió.

  Comenzaron a andar.

  La ciudad continuaba llena de movimiento.

  Algunos comerciantes recogían sus mercancías.

  Los animales avanzaban entre las personas.

  Desde una vivienda llegaba el olor de comida recién preparada.

  David sintió hambre nuevamente.

  Simón caminaba a su lado.

  Durante un rato hablaron de la construcción.

  Después el muchacho mencionó a su madre.

  Había prometido llevarle algo que necesitaban para la casa.

  David lo escuchó.

  Recordó las monedas que llevaba guardadas.

  También él tenía cosas que comprar.

  Y una herramienta que reparar.

  Al llegar al cruce, Simón se detuvo.

  —Mañana intentaré llegar temprano.

  —Yo también.

  El muchacho levantó una mano.

  David continuó solo.

  El camino hacia Nazaret se extendía entre las colinas.

  La luz del atardecer comenzaba a suavizarse.

  David sintió el cansancio de la jornada.

  Pero también una tranquilidad que no había experimentado durante los primeros días.

  Había conocido a hombres que compartían sus preocupaciones.

  Hombres que también necesitaban trabajar.

  Que también tenían familias.

  Que también se preguntaban cuánto duraría aquella oportunidad.

  Por primera vez, el camino de regreso le pareció menos solitario.

El pan que esperaba en casa

  Cuando llegó a Nazaret, sus hijos lo recibieron cerca de la vivienda.

  El mayor quiso mostrarle algo que había preparado con los pedazos de madera.

  David dejó las herramientas y se inclinó para observarlo.

  La pequeña estructura se sostenía mejor que la tarde anterior.

  El niño sonrió orgulloso.

  —Mira, padre. Ya no se cae.

  David examinó las piezas.

  —Has aprendido.

  El niño levantó la cabeza.

  —Como tú.

  David sintió una ternura profunda.

  Le acarició el cabello.

  Después entró en la casa.

  Su esposa estaba preparando la comida.

  El olor del pan llenaba la habitación.

  David dejó las monedas donde acostumbraban contarlas.

  Ella las observó.

  —¿Hubo trabajo otra vez?

  —Sí.

  Su esposa sonrió.

  David se sentó.

  Durante la comida les contó algunas cosas de sus compañeros.

  Habló de Efraín, el hombre mayor que mantenía a sus padres.

  De Rubén y sus cinco hijos.

  Y de Simón, que ayudaba a su madre y a sus hermanos.

  Su esposa lo escuchó con atención.

  —Todos tienen alguien por quien trabajar —comentó.

  David asintió.

  —Eso parece.

  Después le habló de la herramienta.

  Le explicó que Efraín quizá podría conseguirle un pedazo de madera para preparar un mango nuevo.

  Su esposa pareció aliviada.

  —Entonces tal vez no tengamos que gastar tanto.

  —Tal vez.

  David no quiso asegurarlo.

  Todavía debía comprobar que la madera fuera adecuada.

  Pero aquella posibilidad les permitía conservar una pequeña esperanza.

  Después de comer, los niños comenzaron a jugar.

  David permaneció sentado observándolos.

  Su esposa recogió algunas cosas.

  La casa estaba tranquila.

  Durante unos instantes, David recordó la conversación junto al muro de la construcción.

  El pan compartido.

  Las risas.

  Las historias familiares.

  Y la manera en que Efraín había guardado cuidadosamente una parte de su comida.

  Pensó en aquel hombre regresando a una casa donde lo esperaban dos ancianos.

  En Rubén entrando en una vivienda llena de voces infantiles.

  Y en Simón llevando a su madre lo que había conseguido durante el día.

  David miró a su propia familia.

  Comprendió que todos ellos estaban unidos por algo más profundo que el trabajo.

  Cada mañana salían de sus casas porque había personas que dependían de ellos.

  Y cada tarde regresaban esperando haber conseguido lo suficiente para continuar.

  Su hijo mayor se acercó con la pequeña construcción de madera.

  David la tomó.

  La examinó.

  Después se la devolvió.

  —Mañana podemos intentar hacerla más grande.

  El niño sonrió.

  —¿Cuando regreses?

  David sintió una pequeña punzada de incertidumbre.

  No sabía a qué hora regresaría.

  Ni siquiera sabía si encontraría trabajo.

  Pero observó el rostro esperanzado de su hijo.

  —Cuando regrese —respondió.

  El niño volvió a jugar.

  David permaneció sentado.

  La luz de la lámpara iluminaba suavemente la habitación.

  Su esposa se acercó y se sentó junto a él.

  Durante unos instantes ninguno habló.

  David sintió el cansancio en las piernas.

  La espalda le dolía.

  Las manos estaban ásperas.

  Pero había comida en la casa.

  Sus hijos estaban bien.

  Y aquella noche podía descansar.

  Antes de acostarse, colocó sus herramientas junto a la puerta.

  Separó la que necesitaba reparación.

  La observó durante unos instantes.

  Después recordó las palabras de Efraín:

  Entre trabajadores tenemos que ayudarnos cuando podemos.

  David apagó la lámpara.

  Se acostó junto a su familia.

  Y mientras el sueño comenzaba a vencerlo, comprendió que aquel día no solamente había ganado unas monedas.

  Había comenzado a encontrar amigos entre hombres que, como él, salían cada mañana a buscar el pan de quienes amaban.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que relacionarse con otros trabajadores en el lugar que laboraba.

Continuará en el capítulo 6.

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  David abrió los ojos antes del amanecer.

  Durante unos instantes permaneció inmóvil sobre su estera. La espalda le dolía, los hombros parecían endurecidos y tenía una pequeña herida en la palma de la mano derecha que le ardía cada vez que cerraba los dedos.

  Escuchó a su esposa moverse cerca del lugar donde guardaban los alimentos.

  Quiso levantarse inmediatamente.

  Pero su cuerpo no respondió con la rapidez acostumbrada.

  Se incorporó despacio, apoyando una mano sobre el suelo. Sintió una punzada en la parte baja de la espalda.

  Apretó los dientes.

  Otro día de trabajo.

  Otro camino hasta Séforis.

  Y otra jornada cuyo final todavía no conocía.

  Su esposa lo observó mientras preparaba el pan.

  —¿Te duele mucho?

  —Menos que ayer —respondió.

  Ella lo miró con desconfianza.

  —Eso dijiste ayer.

  David sonrió débilmente.

  —Entonces por lo menos soy constante.

  Su esposa no pudo evitar una sonrisa.

  Pero cuando se acercó para entregarle el alimento, notó la forma en que él movía los hombros.

  —No puedes continuar así todos los días.

  David tomó el pan.

  —Mientras haya trabajo, tendré que hacerlo.

  No lo dijo con amargura.

  Era simplemente la realidad de los hombres que vivían de sus manos.

  Los tektones, aquellos carpinteros y constructores que trabajaban la madera y participaban en distintas labores de edificación, no tenían asegurado el jornal de mañana.

  Un día podían preparar vigas o puertas.

  Otro, levantar estructuras, ajustar piezas o colaborar con los hombres que trabajaban la piedra.

  Y cuando no había quien los contratara, tampoco había monedas que llevar a casa.

  Su esposa miró hacia el exterior.

  —Hoy hará mucho calor.

  David siguió la dirección de sus ojos.

  El cielo comenzaba a aclararse.

  —Entonces será mejor salir antes de que amanezca.

  Se inclinó para recoger sus herramientas.

  Fue entonces cuando escuchó una voz adormilada.

  —¡Padre!

  Su hijo mayor estaba junto a la puerta, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados.

  —¿Ya te vas?

  —Sí, hijo.

  —¿Hoy vas a construir otra casa?

  —Hoy trabajaré donde me necesiten.

  El niño se acercó.

  —¿Y cuando regreses terminaremos la mía?

  David recordó las pequeñas piezas de madera que habían dejado junto a la pared.

  —Si todavía me quedan fuerzas.

  El pequeño reflexionó unos instantes.

  Después levantó ambas manos.

  —Yo te prestaré las mías.

  David soltó una carcajada.

  Se agachó, lo abrazó y le acarició el cabello.

  —Entonces seguramente podremos terminarla.

  Salió de la casa sonriendo.

  No imaginaba cuánto desearía escuchar nuevamente aquella voz al terminar el día.

Cuando el sol comenzó a subir

  En Séforis, los trabajadores se reunían junto a la entrada de la construcción.

  Joel observaba el cielo con expresión de disgusto.

  —Hoy vamos a cocernos —murmuró.

  Simón levantó la mirada.

  —Todavía está fresco.

  —Eso es lo peor —respondió Joel—. Te hace creer que tendrás un buen día.

  Rubén, que había escuchado la conversación, soltó una carcajada.

  —Entonces deja de hablar y aprovecha el fresco.

  David se acercó a ellos.

  —Buenos días.

  —Pregúntame al anochecer si fueron buenos —respondió Joel.

  Natán apareció poco después.

  Había trabajo para todos.

  Aquella noticia produjo alivio, aunque ninguno lo expresó abiertamente.

  Los hombres entraron.

  David recibió instrucciones para preparar varias piezas de madera que servirían en una sección de la obra. Joel y Simón ayudarían a trasladar materiales. Rubén supervisaría parte de aquel movimiento.

  Al principio, la mañana transcurrió sin dificultades.

  David disfrutaba el contacto de la madera bajo sus manos. Conocía sus irregularidades, sabía distinguir cuándo debía corregir una superficie y cuándo convenía dejar de golpear.

  Pero el sol comenzó a elevarse.

  Primero desapareció la frescura.

  Después las piedras adquirieron una tibieza desagradable.

  Y finalmente el calor se instaló sobre la construcción.

  David sintió una gota de sudor deslizarse por la frente.

  Se la limpió.

  Poco después apareció otra.

  Y otra más.

  La túnica comenzó a humedecerse entre los hombros.

  El polvo que flotaba alrededor se pegaba a la piel mojada. Una mezcla de tierra y sudor se acumuló en los pliegues del cuello.

  David continuó trabajando.

  Pero el aire parecía haberse detenido.

  No corría viento.

  Las piedras calentadas por el sol devolvían el calor hacia los hombres que trabajaban junto a ellas.

  Cada vez que David se inclinaba, la túnica se adhería a su espalda.

  Cuando se incorporaba, la tela húmeda tiraba de la piel irritada.

  Miró hacia el lugar donde habían dejado el agua.

  Todavía faltaba mucho para el descanso.

El calor que se metía dentro del cuerpo

  Al acercarse el mediodía, David comenzó a sentirse diferente.

  Ya no era solamente incomodidad.

  Tenía la boca seca.

  La lengua parecía pegarse al paladar.

  Y la herramienta, que al amanecer había sostenido con facilidad, comenzaba a pesarle demasiado.

  Se acercó a su recipiente.

  Bebió.

  El agua estaba tibia.

  No le resultó agradable, pero calmó momentáneamente la sed.

  Volvió al trabajo.

  Entonces una gota de sudor le entró en el ojo.

  El ardor fue inmediato.

  Cerró los párpados y trató de limpiarse con una parte de la túnica.

  Fue peor.

  La tela estaba cubierta de polvo.

  Parpadeó repetidamente.

  Las lágrimas le nublaron la vista.

  —¿Qué te ocurre? —preguntó Simón.

  —Sudor en los ojos.

  —Yo ya no sé si estoy sudando o derritiéndome.

  David intentó sonreír.

  Pero al inclinarse nuevamente sobre la madera sintió que el suelo se movía ligeramente.

  Se enderezó.

  El mareo desapareció.

  Volvió a inclinarse.

  Y regresó.

  Esta vez tuvo que apoyar una mano sobre la pieza que estaba trabajando.

  Su corazón latía con rapidez.

  El aire caliente no parecía aliviarle la respiración.

  Natán se acercó.

  —¿Por qué te detuviste?

  David levantó la cabeza.

  —Necesito agua. Me he mareado.

  El encargado lo examinó.

  Observó el rostro enrojecido, el cabello pegado a la frente y la forma en que sostenía su peso sobre la madera.

  —Ve a la sombra.

  —Puedo terminar esta pieza.

  —La pieza puede esperar. Una caída no.

  David no discutió.

  Caminó hasta un muro que proyectaba una estrecha franja de sombra.

  Se sentó.

  La piedra estaba caliente.

  Pero por lo menos el sol había dejado de golpearle directamente la cabeza.

  Bebió despacio.

  Se mojó la nuca.

  Cerró los ojos.

  Escuchaba los golpes de las herramientas y las voces de sus compañeros.

  La construcción seguía avanzando.

  Aquello le produjo una inquietud inesperada.

  Mientras él descansaba, otros hombres continuaban trabajando.

  Y todos necesitaban el jornal.

  Abrió los ojos.

  Miró sus manos.

  Pensó en el pan que su esposa había preparado.

  Y en sus hijos.

  No podía permitirse perder el trabajo.

  Pero tampoco podía permitirse una lesión que le impidiera volver al día siguiente.

  Permaneció sentado hasta que el mareo disminuyó.

El hombre que cayó de rodillas

  David acababa de regresar a su tarea cuando escuchó un golpe diferente.

  No fue el sonido de una herramienta contra la piedra.

  Fue el ruido seco de algo que caía al suelo.

  Después llegó una exclamación.

  —¡Ayúdenme!

  David se volvió.

  Uno de los trabajadores había caído sobre una rodilla.

  Su herramienta permanecía junto a él.

  Tenía la cabeza inclinada y respiraba con dificultad.

  Joel llegó primero.

  —¿Qué te sucede?

  El hombre intentó responder.

  Pero solamente consiguió murmurar:

  —Todo me da vueltas.

  Quiso levantarse.

  Sus piernas no lo sostuvieron.

  Joel lo sujetó por el hombro.

  —No te muevas.

  David se acercó.

  El rostro del trabajador estaba muy enrojecido.

  Tenía los ojos entrecerrados.

  —Hay que sacarlo del sol —dijo.

  Rubén llegó inmediatamente.

  Entre varios ayudaron al hombre a trasladarse hasta un lugar sombreado.

  Le aflojaron la ropa y comenzaron a refrescarle el rostro y el cuello con agua.

  Natán ordenó que alguien permaneciera con él.

  Durante unos instantes, David observó en silencio.

  Había sentido aquellos mismos mareos poco antes.

  La diferencia era que él había conseguido detenerse.

  Aquel hombre no.

  —¿Va a levantarse? —preguntó Simón en voz baja.

  Rubén miró al trabajador.

  —Primero tiene que recuperarse.

  El hombre permaneció en la sombra.

  No regresó al trabajo aquella tarde.

  Natán reunió a los demás.

  —Escúchenme bien. Nadie gana nada si termina debajo de una piedra. Si alguno comienza a marearse, debe avisar.

  Joel bajó la mirada.

  Esta vez no hizo bromas.

  Todos habían visto lo ocurrido.

  El calor ya no era solamente una molestia.

  Se había convertido en un peligro.

El frío que parecía romper los dedos

  Mientras trabajaba aquella tarde, David recordó una mañana completamente diferente.

  Había sido durante una temporada fría, cuando el viento descendía por las colinas y las noches dejaban las piedras heladas.

  Entonces no había deseado sombra.

  Había deseado calor.

  Recordaba haber salido de Nazaret antes del amanecer, con la túnica ajustada al cuerpo y las manos escondidas entre los pliegues de la ropa.

  El viento le golpeaba el rostro.

  Entraba por el cuello.

  Se deslizaba bajo las mangas.

  Y parecía encontrar cada pequeña abertura de su vestimenta.

  David caminaba rápidamente para entrar en calor.

  Pero los pies estaban fríos dentro de las sandalias.

  Las correas rozaban la piel endurecida.

  Y las piedras del camino parecían transmitirle el frío hasta los huesos.

  Al principio intentó mover los dedos.

  Abrió y cerró los puños.

  Se frotó las manos.

  Sopló sobre ellas.

  El alivio duraba apenas unos instantes.

  Cuando llegó al trabajo, sus dedos estaban rígidos.

  Tomó una herramienta.

  El contacto del metal frío le resultó desagradable.

  Necesitaba sostener una pieza de madera con una mano mientras golpeaba con la otra.

  Había realizado aquel movimiento incontables veces.

  Pero esa mañana sus dedos no respondieron con la rapidez acostumbrada.

  La pieza se movió.

  David intentó corregirla.

  Y el golpe cayó sobre uno de sus dedos.

  El dolor fue inmediato.

  Soltó la herramienta.

  Se dobló sobre sí mismo.

  Durante unos instantes no pudo hablar.

  Apretó la mano contra el pecho.

  Sintió una pulsación intensa bajo la uña.

  Un compañero se acercó.

  —¿Te golpeaste?

  David asintió con los dientes apretados.

  —Déjame ver.

  Extendió lentamente la mano.

  El dedo comenzaba a hincharse.

  —El frío vuelve torpes hasta a los hombres que conocen su oficio —comentó el trabajador.

  David no respondió.

  Estaba demasiado ocupado esperando que disminuyera el dolor.

  Pero sabía que tenía razón.

  El frío no solamente producía sufrimiento.

  También robaba precisión.

  Un dedo entumecido podía colocarse donde no debía.

  Una mano rígida podía soltar una herramienta.

  Y un pie que había perdido sensibilidad podía calcular mal un paso.

  Recordaba también las mañanas húmedas.

  Cuando las sandalias se mojaban, el frío permanecía pegado a los pies.

  La túnica húmeda se enfriaba sobre las piernas.

  Y el viento parecía atravesar la ropa.

  En ocasiones había intentado atar una cuerda sin conseguir mover correctamente los dedos.

  El nudo se deshacía.

  La cuerda escapaba de sus manos.

  Y debía comenzar nuevamente.

  —¿Cuánto tiempo necesitas para atar eso? —le había reclamado un encargado en cierta ocasión.

  David guardó silencio.

  ¿Qué podía responder?

  Que no sentía bien los dedos.

  Que las manos le dolían.

  Que apenas podía sostener la cuerda.

  Nada de aquello haría desaparecer la tarea.

  Y tampoco llevaría pan a su casa.

  —¡David!

  La voz de Joel lo devolvió al presente.

  El sol seguía castigando las piedras.

  El sudor le corría por la espalda.

  Y la boca estaba seca.

  Durante un instante deseó sentir el viento de aquella mañana fría.

  Después recordó el golpe en el dedo.

  Sonrió con cansancio.

  Ni el calor ni el frío eran buenos compañeros de un trabajador.

Siete kilómetros que parecían interminables

  Cuando Natán anunció el final de la jornada, David sintió un alivio tan grande que tuvo que sentarse unos instantes.

  Joel pasó junto a él.

  —¿Piensas dormir aquí?

  —Estoy intentando recordar cómo se camina.

  —Si descubres una manera de llegar a Nazaret sin usar las piernas, avísame.

  David soltó una risa débil.

  Guardó sus herramientas.

  Recibió su jornal.

  Y emprendió el regreso.

  Pero aquella tarde los siete kilómetros parecían más largos.

  El sol todavía calentaba las piedras.

  Las correas de las sandalias le rozaban los pies hinchados.

  La bolsa de herramientas pesaba sobre el hombro.

  Cambió la correa de posición.

  Después volvió a cambiarla.

  Nada parecía aliviarlo.

  Al subir una pendiente sintió que algo se contraía violentamente en la pantorrilla.

  Se detuvo.

  Apoyó una mano sobre una roca.

  El músculo se endureció.

  David apretó los dientes.

  Esperó.

  Movió lentamente el pie.

  La contracción comenzó a disminuir.

  Permaneció inmóvil unos instantes.

  Miró hacia las colinas.

  Nazaret todavía estaba lejos.

  Bebió el agua que le quedaba.

  Estaba caliente.

  Pero la necesitaba.

  Continuó caminando más despacio.

  Pensó en su casa.

  En el agua para lavarse.

  En la comida.

  En sus hijos.

  Y en la posibilidad de acostarse sin escuchar otra orden.

  Aquellas imágenes lo ayudaron a seguir.

  Sobre todo una.

  La de su hijo mayor levantando ambas manos aquella mañana.

  Yo te prestaré las mías.

  David sonrió.

  Tal vez todavía podrían jugar un momento antes de dormir.

La casa estaba demasiado silenciosa

  Cuando finalmente llegó a Nazaret, algo le pareció extraño.

  Su hijo mayor no salió corriendo a recibirlo.

  Tampoco escuchó la voz de la niña.

  David se detuvo junto a la puerta.

  La casa estaba demasiado silenciosa.

  Entró.

  Su esposa permanecía sentada junto a la estera donde descansaba el niño.

  Tenía una tela húmeda entre las manos.

  Al escuchar los pasos de David, levantó la cabeza.

  Él comprendió inmediatamente que algo ocurría.

  —¿Qué pasó?

  Su esposa miró al pequeño.

  —Comenzó a toser durante la mañana.

  David dejó las herramientas en el suelo.

  Se acercó.

  El niño estaba acostado.

  Tenía las mejillas enrojecidas y el cabello húmedo.

  Respiraba por la boca.

  David se arrodilló junto a él.

  —Hijo.

  El pequeño abrió los ojos.

  Lo reconoció.

  Intentó sonreír.

  —Padre.

  Su voz sonaba diferente.

  Más débil.

  David colocó una mano sobre su frente.

  Estaba caliente.

  Demasiado caliente.

  Miró a su esposa.

  —¿Desde cuándo tiene fiebre?

  —Comenzó después de que saliste. Primero solamente tosía. Pensé que se le pasaría.

  El niño volvió a toser.

  La tos era seca y repetida.

  Después respiró profundamente y se acomodó sobre un costado.

  David sintió una preocupación inmediata.

  Había pasado todo el día deseando regresar a casa.

  Ahora el cansancio parecía haber desaparecido de sus pensamientos.

  Solamente podía mirar a su hijo.

  Su esposa le explicó que había intentado darle agua en pequeñas cantidades y mantenerlo cómodo.

  El niño había comido poco.

  Y durante la tarde se había mostrado cada vez más cansado.

  David volvió a tocarle la frente.

  —¿Te duele algo?

  El pequeño asintió débilmente.

  —La cabeza.

  David sintió que algo se le apretaba dentro del pecho.

  Recordó las palabras de aquella mañana.

  Yo te prestaré las mías.

  Su hijo le había ofrecido sus fuerzas para que pudieran jugar al regresar.

  Y ahora apenas tenía fuerzas para levantar la cabeza.

Una noche que no prometía descanso

  David se lavó rápidamente las manos y el rostro.

  El agua arrastró parte del polvo y del sudor acumulados durante la jornada.

  La piel le ardía donde la túnica había rozado durante horas.

  Tenía sed.

  Las piernas le dolían.

  Pero apenas prestó atención a aquellas molestias.

  Regresó junto al niño.

  Su esposa había preparado algo para comer.

  David intentó sentarse.

  Tomó un poco de alimento.

  Masticó.

  Pero no tenía apetito.

  Escuchaba cada tos.

  Cada movimiento.

  Cada cambio en la respiración del pequeño.

  Finalmente dejó la comida.

  Se acercó nuevamente.

  El niño estaba despierto.

  —Padre, ¿mañana vas a trabajar?

  David lo miró.

  No esperaba aquella pregunta.

  —No pienses en eso ahora.

  El niño volvió a toser.

  Después habló en voz baja.

  —Íbamos a terminar mi casa.

  David sintió un nudo en la garganta.

  Miró hacia la pared.

  Allí estaban los pequeños pedazos de madera.

  La construcción que habían comenzado juntos.

  La misma que el niño había cuidado durante varios días.

  David tomó su mano.

  Estaba caliente.

  —La terminaremos cuando te sientas mejor.

  El pequeño cerró los ojos.

  Su esposa se acercó.

  Ambos permanecieron junto a él.

  La niña menor dormía cerca.

  De vez en cuando se movía y volvía a acomodarse.

  La lámpara iluminaba débilmente la habitación.

  David escuchó la tos de su hijo.

  Después un silencio.

  Luego otra tos.

  Se inclinó para observar cómo respiraba.

  Su esposa lo miró.

  —Necesitas descansar.

  David negó con la cabeza.

  —Todavía no.

  Ella conocía aquella expresión.

  Era la misma que aparecía cuando algo preocupaba profundamente a su marido.

  David volvió a tocar la frente del niño.

  Seguía caliente.

  Miró las monedas que había traído de Séforis.

  Había esperado guardar una pequeña parte.

  Quizá reparar alguna cosa de la casa.

  Quizá comprar lo que necesitaban para los próximos días.

  Ahora pensaba en buscar ayuda si la fiebre continuaba.

  Y en lo que costaría.

  Pero el dinero no era lo que más le preocupaba.

  Era la posibilidad de que su hijo empeorara.

  Durante la jornada había sentido que el calor le robaba las fuerzas.

  Había visto a un trabajador caer de rodillas.

  Había caminado kilómetros con los pies doloridos.

  Y había deseado llegar a casa para descansar.

  Ahora estaba sentado junto a su hijo enfermo.

  Y habría dado cualquier cosa por cambiar su cansancio por la salud del pequeño.

El hombre que no podía dormir

  La noche avanzó.

  El niño consiguió dormir durante algunos momentos.

  Después volvió a despertar tosiendo.

  David se levantaba cada vez que lo escuchaba.

  Su esposa también.

  Ambos se turnaron para permanecer cerca de él.

  En una ocasión, David se sentó junto a la puerta.

  Necesitaba respirar aire fresco.

  La noche estaba tranquila.

  Desde las colinas llegaba una brisa suave.

  El calor del día había comenzado a desaparecer.

  David apoyó la espalda contra el muro.

  Sintió inmediatamente el dolor de los músculos.

  Las manos estaban ásperas.

  Los pies todavía le ardían.

  Y la cabeza parecía pesarle.

  Cerró los ojos.

  Por un instante estuvo a punto de dormirse.

  Entonces escuchó toser al niño.

  Abrió los ojos.

  Se levantó.

  Y regresó al interior.

  Su esposa estaba junto al pequeño.

  David se arrodilló a su lado.

  Le acarició el cabello.

  El niño abrió ligeramente los ojos.

  —¿Padre?

  —Aquí estoy.

  El pequeño volvió a cerrarlos.

  David permaneció allí.

  No sabía cuánto duraría aquella enfermedad.

  No sabía si al día siguiente podría salir a trabajar.

  No sabía si Natán lo contrataría nuevamente.

  Y tampoco sabía cuánto dinero necesitarían si su hijo no mejoraba.

  Pero en aquel momento ninguna de esas preguntas tenía respuesta.

  Solamente podía permanecer junto a él.

  Su esposa apoyó una mano sobre su hombro.

  David levantó la mirada.

  Ambos estaban cansados.

  Ambos tenían miedo.

  Y ambos intentaban no mostrarlo delante del niño.

  La lámpara comenzaba a consumir el aceite.

  Afuera, Nazaret dormía.

  David miró hacia sus herramientas, colocadas junto a la puerta.

  Dentro de unas horas tendría que decidir si salía nuevamente hacia Séforis.

  Sus manos todavía dolían por el trabajo.

  Su espalda estaba agotada.

  Y los pies parecían no haberse recuperado del camino.

  Pero todo aquel sufrimiento le pareció pequeño cuando volvió a tocar la frente caliente de su hijo.

  Había pasado el día luchando contra el sol.

  Había recordado mañanas en que el frío parecía romperle los dedos.

  Y ahora enfrentaba algo contra lo que sus herramientas no podían ayudarlo.

  Podía trabajar la madera. Podía mover piedras. Podía soportar el calor y el frío.

  Pero no podía ordenar que la fiebre abandonara el cuerpo de su hijo.

  David permaneció despierto.

  Y cuando la oscuridad comenzó a palidecer detrás de las colinas, todavía estaba sentado junto al pequeño.

  El nuevo día se acercaba.

  Con sus caminos.

  Sus jornales inciertos.

  Sus herramientas.

  Y una pregunta que David no sabía cómo responder:

  ¿Cómo salir a buscar el pan cuando el corazón le pedía quedarse junto a su hijo?

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

   Y aquel Verbo se hizo carne y quizás mucha veces quizo quedarse en casa d descansar pero no pudo porque la necesidades de su hogar no s elo permitían.

Continuara en el capitulo 7

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Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

INTRODUCCION A LA SERIE
CAPITULO 1

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  David no supo en qué momento había terminado la noche.

  La pequeña lámpara se había apagado hacía horas. La casa permanecía sumida en la oscuridad y, a su alrededor, la familia descansaba sobre las esteras extendidas en el suelo.

  Todos dormían.

  O por lo menos eso parecía.

  Su esposa permanecía junto al niño enfermo. La pequeña dormía del otro lado, con una mano extendida sobre la manta de su madre.

  David llevaba horas escuchando.

  Cada vez que su hijo tosía, abría los ojos.

  A veces solamente levantaba la cabeza para comprobar que respiraba con tranquilidad. Otras veces tenía que incorporarse, acercarse a él y tocarle la frente.

  La fiebre continuaba.

  El niño había pasado una noche inquieta. La tos interrumpía su sueño y, en ocasiones, respiraba con dificultad por la congestión.

  David había intentado dormir entre aquellos episodios.

  Pero cada vez que comenzaba a perder la conciencia del mundo, escuchaba nuevamente aquella tos.

  Entonces volvía a despertarse.

  Ahora, cuando una claridad apenas perceptible comenzaba a anunciar el amanecer, comprendió que tendría que levantarse sin haber descansado verdaderamente.

  Se incorporó despacio.

  La espalda protestó inmediatamente.

  Los músculos de los hombros estaban endurecidos y las piernas parecían demasiado pesadas para sostenerlo. Al apoyar los pies sobre el suelo, sintió el ardor de los talones lastimados por las sandalias.

  Permaneció sentado unos instantes, con la cabeza inclinada.

  Tenía los ojos irritados.

  La boca seca.

  Y una sensación desagradable de agotamiento que no había experimentado durante las jornadas anteriores.

  Miró hacia la entrada.

  Allí estaban sus herramientas.

  Esperándolo.

  David cerró los ojos.

  Tenía que salir a trabajar.

La decisión antes del amanecer

  Su esposa despertó cuando escuchó el roce de la túnica.

  —¿Ya vas a levantarte?

  David volvió la cabeza.

  —Tengo que prepararme.

  Ella se incorporó y observó su rostro.

  —David, casi no dormiste.

  —Lo sé.

  —Te levantaste muchas veces durante la noche. Y ayer regresaste agotado.

  Él se inclinó para recoger las sandalias.

  —Si salgo ahora, llegaré a tiempo.

  Su esposa guardó silencio.

  Después miró hacia el niño.

  —Quizá deberías quedarte hoy.

  David dejó de mover las manos.

  Durante unos instantes contempló a su hijo.

  El pequeño dormía de costado, con las mejillas enrojecidas y el cabello pegado a la frente. Una de sus manos descansaba sobre la manta.

  Parecía tan indefenso.

  David sintió un deseo profundo de permanecer allí.

  Podría ayudar a cuidarlo.

  Podría acompañar a su esposa.

  Podría descansar unas horas y recuperar algo de las fuerzas que había perdido.

  Pero recordó las monedas que habían contado la noche anterior.

  Habían comprado alimento. Todavía necesitaban otras cosas. Y si la fiebre del niño continuaba, quizá tendrían que buscar ayuda.

  Todo costaba.

  Hasta la enfermedad.

  —Si no voy —respondió finalmente—, no habrá jornal.

  Su esposa bajó la mirada.

  Ambos conocían aquella realidad.

  Para hombres como David, carpinteros y constructores que dependían de ser contratados cada jornada, quedarse en casa significaba renunciar al dinero de aquel día.

  No existía una paga por cuidar a un hijo enfermo.

  Nadie entregaba monedas porque un trabajador hubiera pasado la noche despierto.

  Y tampoco había seguridad de que el capataz volviera a contratar a un hombre que faltaba cuando había otros esperando junto a la entrada.

  —Pero estás agotado —insistió ella—. Apenas puedes moverte.

  David intentó sonreír.

  —Cuando comience a caminar, el cuerpo despertará.

  —Eso espero.

  Ella se levantó para preparar el pan.

  David se colocó las sandalias.

  Una correa rozó la piel lastimada del talón.

  El dolor lo hizo detenerse.

  Su esposa lo observó.

  —También tienes los pies heridos.

  —Podré caminar.

  —¿Y trabajar?

  David levantó la mirada.

  No respondió inmediatamente.

  Porque aquella era la pregunta que él mismo había evitado hacerse.

  Finalmente dijo:

  —Tendré que hacerlo.

  Su esposa terminó de envolver el alimento.

  No discutió más.

  Pero sus movimientos se volvieron lentos.

  David comprendió que también ella tenía miedo.

  Se acercó al niño y se arrodilló junto a su estera.

  Le acarició suavemente el cabello.

  El pequeño abrió los ojos.

  —Padre…

  David sintió que algo se le apretaba dentro del pecho.

  —Aquí estoy, hijo.

  —¿Ya te vas?

  —Tengo que trabajar.

  El niño permaneció mirándolo.

  Después preguntó:

  —¿Regresarás cuando oscurezca?

  David quiso prometerle que volvería temprano.

  Quiso decirle que aquella tarde terminarían juntos la pequeña casa de madera.

  Pero no sabía cuánto trabajo habría ni a qué hora podría regresar.

  —Antes, si puedo.

  El niño asintió débilmente.

  David permaneció junto a él unos instantes más.

  Le acomodó la manta.

  Después se levantó.

  Su esposa le entregó el pan.

  Él tomó sus herramientas y caminó hacia la puerta.

  Antes de salir volvió la cabeza.

  Su hijo había cerrado los ojos.

  La fiebre seguía allí.

  Y David tendría que alejarse siete kilómetros sin saber cómo evolucionaría durante el día.

El camino de un hombre desvelado

  Nazaret todavía dormía cuando David comenzó a caminar.

  El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro y, durante los primeros minutos, le produjo una sensación agradable.

  Pero el alivio desapareció pronto.

  Las piernas estaban rígidas.

  La bolsa de herramientas parecía pesar más que de costumbre.

  Y cada paso hacía que las correas de las sandalias rozaran nuevamente sus talones.

  David intentó caminar con rapidez.

  No pudo mantener el ritmo.

  Redujo la marcha.

  A su alrededor, las colinas permanecían oscuras. El sendero pedregoso apenas comenzaba a distinguirse bajo la claridad creciente del cielo.

  Conocía aquel camino.

  Había recorrido sus pendientes, reconocido sus piedras y aprendido dónde convenía apoyar los pies.

  Sin embargo, aquella mañana tropezó con una pequeña roca.

  El movimiento repentino le produjo una punzada en la espalda.

  Se detuvo.

  Apoyó una mano sobre la pierna.

  Respiró profundamente.

  —Ten cuidado —murmuró para sí mismo.

  Continuó caminando.

  La falta de sueño comenzaba a afectarlo de una manera que le resultaba inquietante.

  En ocasiones tenía que parpadear varias veces para mantener los ojos abiertos.

  Los pensamientos avanzaban lentamente.

  Y cuando intentaba recordar algo, necesitaba concentrarse más de lo acostumbrado.

  Pensó en su hijo.

  ¿Habría vuelto a toser?

  ¿Seguiría con fiebre?

  ¿Estaría bebiendo suficiente agua?

  Confiaba en su esposa. Sabía que cuidaría al pequeño con toda la atención posible.

  Pero aquello no eliminaba su preocupación.

  Cada paso lo alejaba de la casa.

  Y cuanto más avanzaba, menos podía hacer por su hijo.

  En un momento se detuvo y miró hacia atrás.

  Nazaret había quedado oculta entre las colinas.

  Sintió el impulso de regresar.

  Fue tan intenso que durante unos instantes permaneció inmóvil.

  Podría volver.

  Decirle a su esposa que había cambiado de opinión.

  Sentarse junto al niño.

  Esperar a que mejorara.

  Pero entonces recordó las monedas.

  La comida.

  La necesidad de conservar su lugar entre los trabajadores.

  David apretó la correa de su bolsa.

  Volvió a mirar hacia Séforis.

  Y continuó.

  Aquel camino nunca le había parecido tan largo.

Una mañana que comenzó mal

  Natán estaba junto a la entrada cuando David llegó.

  Lo observó brevemente.

  —Llegaste.

  —Sí.

  El encargado señaló hacia el interior.

  —Necesito que prepares unas piezas de madera.

  David sintió alivio.

  Había trabajo para él.

  No tendría que regresar con las manos vacías.

  Entró sin explicar que había pasado la noche despierto. Tampoco mencionó la fiebre de su hijo ni los dolores que lo acompañaban desde Nazaret.

  Había conseguido una oportunidad.

  Y necesitaba conservarla.

  Encontró a Joel preparando materiales.

  El muchacho levantó la cabeza.

  —Tienes mala cara.

  David dejó su bolsa.

  —Gracias por decírmelo.

  Joel sonrió.

  —No es una ofensa. Solamente digo que pareces no haber dormido.

  David suspiró.

  —Mi hijo está enfermo.

  La sonrisa desapareció del rostro de Joel.

  —¿Qué tiene?

  —Tos y fiebre. Comenzó ayer y pasó una mala noche.

  —Entonces tú tampoco dormiste.

  David negó con la cabeza.

  Joel guardó silencio.

  Después dijo:

  —Espero que mejore.

  —Yo también.

  Durante unos instantes ninguno habló.

  Joel volvió a sus materiales.

  David sacó las herramientas.

  Había trabajado la madera durante años. Sabía preparar una pieza, reconocer sus irregularidades y comprobar una medida antes de cortar.

  Aquellos movimientos formaban parte de su vida.

  Pero esa mañana algo era diferente.

  Le costaba concentrarse.

  Tenía que comprobar dos veces cosas que normalmente recordaba con facilidad.

  En una ocasión buscó una herramienta durante varios instantes, hasta descubrir que estaba junto a su mano.

  Se sintió ridículo.

  Miró a su alrededor para comprobar que nadie lo hubiera visto.

  Después intentó continuar.

  Pero el cansancio no desaparecía.

El error que no podía deshacerse

  Natán le había encargado preparar varias piezas de madera para una sección de la construcción.

  David comprobó las medidas.

  Marcó la primera pieza.

  La acomodó sobre los apoyos y comenzó a trabajar.

  El sonido repetido de la herramienta parecía aumentarle el sueño.

  Se detuvo para frotarse los ojos.

  Después continuó.

  Mientras trabajaba, volvió a pensar en su hijo.

  Lo imaginó acostado sobre la estera.

  Su esposa inclinada junto a él.

  La niña pequeña observando en silencio.

  Se preguntó si la fiebre habría aumentado.

  Entonces volvió a mirar la madera.

  Había perdido por un instante la concentración.

  Revisó la marca.

  Creyó reconocerla.

  Y continuó cortando.

  Cuando terminó, dejó la pieza junto a las demás.

  Natán llegó poco después.

  Examinó el trabajo.

  Tomó la pieza recién preparada.

  Comprobó su longitud.

  Volvió a medir.

  Su expresión cambió.

  —David.

  Él levantó la cabeza.

  —¿Sí?

  Natán señaló la madera.

  —¿Quién te dio esta medida?

  David se acercó.

  Observó la pieza.

  Después buscó la marca original.

  Y comprendió.

  Había cortado demasiado.

  No mucho.

  Pero lo suficiente para que aquella pieza ya no sirviera en el lugar previsto.

  Sintió que la sangre le subía al rostro.

  —Yo…

  Natán lo interrumpió.

  —Te dije que comprobaras antes de cortar.

  —Lo hice.

  —Entonces explícame qué ocurrió.

  David abrió la boca.

  No encontró una respuesta inmediata.

  Había comprobado la medida.

  Estaba seguro.

  Pero también sabía que la pieza era demasiado corta.

  Natán levantó la voz.

  —La madera cuesta dinero. No podemos desperdiciarla porque un hombre está distraído.

  Algunos trabajadores volvieron la cabeza.

  Joel dejó de trabajar.

  Simón observó la escena desde unos pasos de distancia.

  David sintió que la vergüenza le ardía en el rostro.

  Quiso explicar que su hijo estaba enfermo.

  Que apenas había dormido.

  Que había recorrido siete kilómetros con los pies lastimados.

  Que le dolía la cabeza y apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

  Pero nada de aquello devolvería a la madera la parte que había cortado.

  —Fue un error mío —admitió.

  Natán lo miró fijamente.

  —Si tienes la cabeza en otro lugar, no puedes trabajar aquí.

  Aquellas palabras le dolieron más que la reprimenda.

  David necesitaba aquel trabajo.

  Y sabía que Natán podía encontrar otros hombres esperando junto a la entrada.

  El encargado señaló las piezas restantes.

  —Procura que no vuelva a ocurrir.

  Después se alejó.

  David permaneció inmóvil.

  Le ardían los ojos.

  No sabía si por el cansancio, la vergüenza o la rabia que intentaba contener.

  Había cometido un error.

  Lo reconocía.

  Pero también sabía que, en circunstancias normales, difícilmente habría ocurrido.

  Joel se acercó.

  —¿Estás bien?

  David miró la pieza arruinada.

  —He desperdiciado madera.

  —Todos cometemos errores.

  David negó con la cabeza.

  —No todos podemos permitirnos cometerlos.

  Joel guardó silencio.

  Había comprendido.

  David tomó la siguiente pieza.

  Comprobó la medida.

  Volvió a comprobarla.

  Y solamente entonces comenzó a trabajar.

  Esta vez avanzó despacio.

  Con una precaución casi dolorosa.

  No quería escuchar nuevamente su nombre pronunciado con aquella severidad.

El grito entre las piedras

  A media mañana, un grito interrumpió el trabajo.

  David levantó la cabeza.

  El sonido había llegado desde una zona donde varios hombres trasladaban bloques de piedra.

  Escuchó un segundo grito.

  Después, voces apresuradas.

  —¡Sujeten eso!

  —¡No lo muevan!

  Joel dejó inmediatamente su tarea.

  —Algo ocurrió.

  Ambos caminaron hacia el lugar.

  Varios trabajadores rodeaban un bloque de piedra que había quedado inclinado peligrosamente sobre sus apoyos.

  Uno de los hombres estaba sentado en el suelo.

  Sostenía una pierna entre las manos.

  Tenía el rostro contraído por el dolor.

  David lo reconoció.

  Era Rubén.

  El hombre corpulento que había dirigido tantos traslados de materiales. El mismo que hablaba de sus hijos durante los descansos y que parecía capaz de levantar cualquier carga.

  Ahora estaba en el suelo.

  Y no podía ponerse de pie.

  Natán daba órdenes con una urgencia que David nunca le había escuchado.

  —¡Nadie toque la piedra hasta que esté asegurada!

  Los trabajadores colocaron apoyos y comprobaron que la carga no pudiera desplazarse nuevamente.

  David se acercó a Rubén.

  —¿Qué ocurrió?

  Uno de los hombres respondió:

  —Cedió un apoyo. La piedra se movió y Rubén intentó apartarse.

  La pierna había recibido un golpe violento contra una pieza de madera.

  Rubén respiraba con rapidez.

  Tenía la frente cubierta de sudor.

  —Ayúdenme a levantarme —pidió.

  Un compañero intentó sostenerlo.

  Pero apenas movieron la pierna, Rubén lanzó un grito.

  —¡No! ¡No la muevan!

  Se inclinó hacia adelante.

  Apretó los dientes.

  Durante unos instantes no pudo hablar.

  Natán se agachó junto a él.

  —No intentes levantarte.

  —Tengo que hacerlo.

  —Primero necesitamos que te revisen.

  Rubén negó con la cabeza.

  Intentó acomodar la pierna.

  El dolor lo obligó a detenerse.

  David sintió un escalofrío.

  Aquel hombre había llegado caminando por sus propios medios.

  Había dado órdenes.

  Había levantado materiales.

  Había trabajado como cualquier otro día.

  Y ahora necesitaba ayuda incluso para cambiar de posición.

  Simón permanecía cerca, pálido.

  Joel miraba la pierna con una expresión de preocupación que David no le había visto antes.

  Rubén se cubrió el rostro con una mano.

  Durante unos instantes nadie habló.

  Después el hombre levantó la cabeza.

  —¿Y ahora qué voy a hacer?

  David creyó que preguntaba por el dolor.

  Pero Rubén no estaba mirando su pierna.

  Miraba hacia sus herramientas.

  —¿Cuánto tiempo estaré sin trabajar?

  Natán respondió con cautela.

  —Todavía no sabemos qué tan grave es.

  —Tengo que regresar mañana.

  —Rubén…

  —¡Tengo que trabajar mañana!

  Su voz se quebró.

  David se quedó inmóvil.

  Rubén respiró profundamente.

  Después habló con menos fuerza.

  —Mi esposa está esperando otro hijo.

  David levantó la mirada.

  Recordó las conversaciones del descanso. Rubén le había hablado de sus cinco hijos, del ruido de la casa y de las necesidades que nunca terminaban.

  Ahora venía otro niño.

  —No tenemos suficiente guardado —continuó Rubén—. Si dejo de trabajar, ¿qué van a comer?

  Joel se agachó junto a él.

  —Ahora necesitas que te atiendan.

  Rubén lo miró desesperado.

  —¿Y quién llevará el pan mientras tanto?

  Nadie respondió.

  Porque ninguno podía prometerle que habría comida en su casa mientras él se recuperaba.

  David sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

  Eran las mismas que él había pensado antes del amanecer.

  No puedo faltar al trabajo.

  Ahora Rubén quizá no tendría la posibilidad de elegir.

Cuando una pierna sostenía a toda una familia

  Después de asegurar el lugar, los trabajadores prepararon la manera de trasladar a Rubén sin obligarlo a apoyar peso sobre la pierna.

  El hombre intentó colaborar.

  Pero cada movimiento le producía dolor.

  Cuando finalmente lo retiraron para buscar atención, los demás permanecieron unos instantes en silencio.

  David observó el espacio que Rubén había dejado.

  Su bolsa seguía allí.

  También sus herramientas.

  Todo parecía dispuesto para que continuara trabajando.

  Pero él ya no podía hacerlo.

  Natán ordenó que se reorganizaran las tareas.

  La construcción debía continuar.

  David regresó a sus piezas de madera.

  Sin embargo, no conseguía apartar de su pensamiento el rostro de Rubén.

  Una pierna lastimada.

  Eso había bastado.

  Si la lesión necesitaba varios días de reposo, Rubén perdería esos jornales.

  Si tardaba semanas en recuperarse, la situación sería todavía peor.

  Y si no recuperaba completamente la fuerza, quizá tendría dificultades para regresar a un trabajo que dependía tanto de su cuerpo.

  David observó sus propias piernas.

  Le dolían los músculos.

  Tenía los talones heridos.

  Pero podía mantenerse de pie.

  Podía caminar.

  Podía sostener una herramienta.

  Rubén había salido aquella mañana con la esperanza de regresar con dinero.

  Ahora volvería a su casa necesitando que otros lo ayudaran a entrar.

  David imaginó a sus hijos corriendo hacia la puerta.

  La esposa esperando verlo llegar.

  Las preguntas.

  El miedo.

  Y la incertidumbre de no saber cuánto tiempo permanecería sin trabajar.

  Sintió una inquietud profunda.

  Los hombres como ellos dependían de su fuerza, su habilidad y su salud.

  Sus manos eran su principal riqueza.

  Sus piernas les permitían llegar hasta el trabajo.

  Y su espalda soportaba el peso de las jornadas.

  Pero todo aquello podía perderse en un instante.

  Joel se acercó.

  —Nunca lo había visto así —murmuró.

  David levantó la cabeza.

  —Yo tampoco.

  Joel miró hacia el lugar por donde habían retirado a Rubén.

  —Siempre parece que nada puede derribarlo.

  David observó la piedra que había causado el accidente.

  —Hoy descubrimos que sí.

  Joel permaneció callado.

  Después regresó a su tarea.

  David tomó nuevamente la herramienta.

  Comprobó la medida.

  Y continuó trabajando.

  Esta vez no solamente temía cometer otro error.

  Temía que un momento de descuido pudiera cambiar para siempre la vida de su familia.

La tos que no debía comenzar

  Cuando llegó el descanso del mediodía, David buscó un lugar sombreado.

  Se sentó lentamente.

  Extendió las piernas.

  El alivio fue inmediato.

  Durante unos instantes permaneció con los ojos cerrados, agradeciendo no tener que sostener su propio peso.

  Después sacó el pan que su esposa había preparado.

  Lo observó.

  Normalmente habría comenzado a comer con apetito.

  Pero aquella vez no sintió hambre.

  Tenía la cabeza pesada.

  Los ojos le ardían.

  Y había comenzado a notar una molestia desagradable en la garganta.

  Tragó saliva.

  Sintió una aspereza.

  Pensó que quizá era consecuencia del polvo.

  Había pasado la mañana trabajando entre madera y piedra. Las pequeñas partículas flotaban continuamente en el aire y se pegaban al sudor de los trabajadores.

  Bebió agua.

  Después intentó comer.

  Consiguió terminar una parte del pan.

  Guardó el resto.

  Joel se sentó cerca.

  —¿Ya terminaste?

  David asintió.

  —No tengo mucha hambre.

  Joel lo observó con curiosidad.

  —Eso sí es extraño.

  David intentó sonreír.

  Pero sintió un cosquilleo repentino en la garganta.

  Tosió.

  Se cubrió la boca.

  Esperó.

  Volvió a toser.

  La tos era seca y le produjo una molestia áspera detrás del pecho.

  Joel dejó de comer.

  —¿Desde cuándo estás tosiendo?

  David bebió otro poco de agua.

  —Acaba de comenzar.

  —Tu hijo también tiene tos.

  David levantó la mirada.

  Durante unos instantes ninguno habló.

  La posibilidad apareció entre ambos sin necesidad de explicarla.

  David volvió a tragar saliva.

  La garganta seguía irritada.

  —Quizá solamente sea el polvo —murmuró.

  Joel no pareció convencido.

  —¿Y el dolor de cabeza?

  —No dormí.

  —¿Y esa cara?

  David intentó bromear.

  —Siempre he tenido la misma.

  Joel sonrió apenas.

  Pero después se puso serio.

  —Deberías descansar.

  David bajó la mirada.

  —Eso mismo me dijo mi esposa esta mañana.

  —Entonces quizá deberías escucharla.

  David contempló a los hombres que comenzaban a levantarse.

  El descanso estaba terminando.

  Pronto Natán volvería a distribuir las tareas.

  —No puedo perder el jornal.

  Joel guardó silencio.

  Después se incorporó.

  —Por lo menos no intentes demostrar que eres más fuerte que todos.

  David asintió.

  Recogió sus herramientas.

  Y regresó al trabajo.

  Pero mientras caminaba sintió una inquietud nueva.

  Su hijo estaba enfermo.

  Y ahora él comenzaba a presentar los mismos síntomas.

Cuando el cuerpo comenzó a rendirse

  Durante la tarde, David comprendió que algo no estaba bien.

  La molestia de la garganta aumentó.

  Comenzó a toser con mayor frecuencia.

  Al principio conseguía continuar trabajando después de cada episodio.

  Pero pronto tuvo que detenerse.

  La tos aparecía inesperadamente, obligándolo a inclinarse y esperar hasta recuperar la respiración.

  También comenzó a sentir frío.

  Aquello le resultó extraño.

  El sol todavía calentaba la construcción.

  Los demás hombres sudaban.

  Pero David experimentó un escalofrío que le recorrió la espalda.

  Se frotó los brazos.

  Intentó continuar.

  Poco después volvió a sentirlo.

  Esta vez el temblor le llegó hasta las piernas.

  Miró hacia el cielo.

  No había viento frío.

  Comprendió que aquella sensación venía de su propio cuerpo.

  Se tocó la frente.

  No pudo determinar si tenía fiebre.

  Sus manos estaban ásperas y el rostro todavía húmedo de sudor.

  Volvió al trabajo.

  Pero la fuerza parecía abandonarlo lentamente.

  Una herramienta que normalmente manejaba sin dificultad comenzó a resultarle pesada.

  Los brazos se cansaban rápidamente.

  La espalda le dolía.

  Y cada vez que se inclinaba sentía una presión desagradable dentro de la cabeza.

  Natán pasó cerca.

  Observó que David se había detenido.

  —¿Otra vez?

  David levantó la mirada.

  El encargado señaló las piezas que faltaban.

  —Necesitamos terminar.

  David intentó responder.

  Pero comenzó a toser.

  La tos fue tan intensa que tuvo que inclinarse y apoyarse sobre una pieza de madera.

  Natán esperó.

  Cuando terminó, lo examinó con mayor atención.

  —¿Estás enfermo?

  David respiró profundamente.

  —Creo que estoy comenzando.

  Natán miró hacia las piezas pendientes.

  Después volvió a observarlo.

  —¿Desde cuándo te sientes así?

  —Desde hace un rato.

  —Esta mañana cometiste un error. Ahora apenas puedes sostenerte.

  David sintió temor.

  Pensó que lo enviaría a casa.

  Y que quizá no volvería a contratarlo.

  —Puedo terminar —respondió.

  Natán permaneció callado.

  Observó sus manos.

  Su respiración.

  El rostro cansado.

  Finalmente señaló una tarea menos exigente.

  —Ayuda allí. Nada de cargar piedras ni preparar piezas que requieran medidas delicadas.

  David asintió.

  —Gracias.

  —Y si empeoras, me lo dices. No quiero otro accidente.

  David recogió sus cosas.

  Se trasladó lentamente hacia el lugar indicado.

  Agradecía que Natán no lo hubiera despedido.

  Pero comprendía que su cuerpo estaba comenzando a fallarle.

  Y todavía faltaban varias horas para terminar la jornada.

El jornal más difícil

  La tarde pareció interminable.

  David tenía frío y calor al mismo tiempo.

  La piel estaba húmeda.

  Pero de vez en cuando sentía escalofríos.

  Le dolía la cabeza.

  Los ojos estaban irritados.

  Y la tos aparecía cada vez que intentaba respirar profundamente.

  Trabajó con lentitud.

  Tuvo que detenerse varias veces para beber agua.

  En una ocasión se sentó porque sintió que las piernas no respondían con firmeza.

  Simón se acercó.

  —¿Quieres que te ayude?

  David levantó la mirada.

  El muchacho parecía sinceramente preocupado.

  —Estoy bien.

  Pero apenas terminó de decirlo, volvió a toser.

  Simón permaneció junto a él.

  —No pareces estar bien.

  David sonrió débilmente.

  —Entonces tendré que mejorar mi apariencia.

  El joven soltó una risa breve.

  Después lo ayudó a terminar la tarea.

  David agradeció su compañía.

  No estaba acostumbrado a necesitar ayuda para cosas que normalmente podía hacer solo.

  Aquello le producía una vergüenza silenciosa.

  Sin embargo, también comprendía que, sin Simón, quizá no habría conseguido terminar.

  Cuando Natán anunció finalmente el final de la jornada, David sintió un alivio profundo.

  Había conseguido trabajar.

  Había cometido un error.

  Había recibido una reprimenda.

  Había visto a Rubén quedar incapacitado para continuar.

  Y ahora él mismo estaba enfermo.

  Pero recibiría su jornal.

  Guardó las monedas cuidadosamente.

  Después recogió las herramientas.

  El peso de la bolsa le produjo una molestia inmediata en el hombro.

  Miró hacia el camino.

  Siete kilómetros.

  Todavía tenía que recorrer siete kilómetros para llegar a casa.

El regreso de un hombre enfermo

  David salió de Séforis cuando el sol comenzaba a descender.

  El aire era más fresco que durante la tarde.

  Normalmente aquella brisa le resultaba agradable.

  Pero ahora le producía escalofríos.

  Se ajustó la túnica.

  Comenzó a caminar.

  Las piernas estaban pesadas.

  El dolor de cabeza aumentaba con cada paso.

  Y la garganta le ardía.

  Tosió varias veces.

  Cada episodio lo obligaba a detenerse.

  En una ocasión apoyó una mano sobre una roca.

  Se inclinó.

  Esperó a recuperar la respiración.

  Después continuó.

  El camino parecía mucho más largo.

  Las colinas se extendían frente a él.

  El cielo comenzaba a cambiar de color.

  Y David sentía que avanzaba demasiado despacio.

  Pensó en Rubén.

  En la pierna lastimada.

  En la desesperación de aquel hombre al comprender que quizá no podría trabajar durante varios días.

  David miró sus propias piernas.

  Todavía podía caminar.

  Pero apenas tenía fuerzas.

  Se preguntó qué ocurriría si al día siguiente amanecía peor.

  ¿Podría recorrer nuevamente aquel camino?

  ¿Podría sostener una herramienta?

  ¿Podría concentrarse lo suficiente para no cometer otro error?

  No encontró respuestas.

  Solamente siguió caminando.

  Cuando finalmente distinguió las primeras viviendas de Nazaret, sintió un alivio profundo.

  Estaba cerca.

  Pronto podría acostarse.

  Pero entonces recordó que su hijo continuaba enfermo.

  Y aceleró el paso cuanto le permitieron las piernas.

Dos enfermos bajo el mismo techo

  Su esposa estaba cerca de la entrada cuando David llegó.

  Al verlo, se acercó inmediatamente.

  —¿Qué te pasó?

  David intentó responder.

  Pero comenzó a toser.

  Ella se detuvo.

  Lo observó con preocupación.

  —David…

  Él dejó las herramientas en el suelo.

  —Creo que también me estoy enfermando.

  Su esposa le tocó la frente.

  Después el cuello.

  Su expresión cambió.

  —Tienes fiebre.

  David cerró los ojos unos instantes.

  No necesitaba que se lo confirmaran.

  Sentía el cuerpo extraño.

  Pesado.

  Dolorido.

  Como si el cansancio de muchos días hubiera caído sobre él de una sola vez.

  —¿Cómo está el niño? —preguntó.

  Su esposa miró hacia el interior.

  —Todavía tiene fiebre.

  David sintió que el poco ánimo que le quedaba desaparecía.

  Entró.

  El niño estaba acostado sobre su estera.

  La pequeña permanecía cerca, jugando en silencio con algunos objetos.

  David se arrodilló junto a su hijo.

  Le tocó la frente.

  Seguía caliente.

  El pequeño abrió los ojos.

  —Padre.

  David intentó sonreír.

  —Aquí estoy.

  El niño observó su rostro.

  Después preguntó:

  —¿Tú también estás enfermo?

  David no esperaba aquella pregunta.

  —Solamente estoy cansado.

  Pero comenzó a toser antes de terminar de hablar.

  El niño lo miró con seriedad.

  —Tienes mi tos.

  David sintió una ternura dolorosa.

  Le acarició el cabello.

  —Parece que sí.

  Su esposa se acercó.

  Le pidió que se lavara y descansara.

  David obedeció.

  Se quitó las sandalias.

  Los pies estaban doloridos.

  Al sentarse sobre la estera, sintió una molestia intensa en la espalda.

  Se recostó lentamente.

  Por primera vez en todo el día pudo dejar de sostener el peso de su cuerpo.

  Cerró los ojos.

  Pero la tos regresó.

  Se incorporó.

  Esperó.

  Después volvió a acostarse.

  Su esposa se sentó cerca.

  Tenía dos enfermos que cuidar.

  Y una niña pequeña que también necesitaba atención.

  David la observó.

  Comprendió que la jornada de ella tampoco había terminado.

El miedo al amanecer

  Aquella noche, la familia volvió a acostarse sobre sus esteras, unas junto a otras.

  El niño permaneció cerca de su madre.

  David se acomodó a poca distancia.

  La pequeña dormía entre mantas.

  La lámpara proyectaba una luz tenue sobre las paredes.

  David tenía fiebre.

  Lo comprendió cuando comenzó a sentir escalofríos a pesar de estar cubierto.

  Los músculos le dolían.

  La garganta estaba irritada.

  Y cada vez que tosía sentía una molestia en el pecho.

  Su esposa le acercó agua.

  David bebió.

  Después volvió a recostarse.

  Durante unos instantes permaneció mirando el techo.

  Recordó la reprimenda de Natán.

  La madera cortada incorrectamente.

  El accidente de Rubén.

  Las palabras desesperadas del trabajador herido.

  No puedo quedarme en casa.

  David cerró los ojos.

  Ahora comprendía aquellas palabras con una intensidad nueva.

  Si al día siguiente amanecía con más fiebre, quizá no podría salir.

  Y si no salía, no habría jornal.

  Pero si intentaba trabajar en aquellas condiciones, podía cometer otro error.

  O sufrir un accidente.

  O lastimar a alguien.

  Su esposa observó que continuaba despierto.

  —¿En qué piensas?

  David tardó en responder.

  —En mañana.

  Ella miró las herramientas junto a la puerta.

  Comprendió.

  —Primero necesitamos que tú y el niño mejoren.

  David asintió.

  Pero sabía que la necesidad de dinero no desaparecería mientras ellos descansaban.

  La lámpara comenzó a apagarse.

  La casa quedó lentamente en oscuridad.

  El niño tosió.

  David también.

  Durante unos instantes, los dos sonidos se alternaron en la habitación.

  Su esposa permaneció despierta, escuchándolos.

  David extendió una mano.

  Encontró la mano pequeña de su hijo.

  La sostuvo suavemente.

  El niño abrió los ojos.

  —¿Padre?

  —Aquí estoy.

  El pequeño apretó débilmente sus dedos.

  David sintió que se le humedecían los ojos.

  Había pasado el día luchando contra el sueño, el cansancio, el dolor y el temor de perder su trabajo.

  Pero ahora, acostado sobre el suelo junto a su familia, comprendía que había algo todavía más difícil.

  No era solamente estar enfermo. Era estar enfermo y saber que otros dependían de que uno pudiera levantarse.

  Afuera, Nazaret dormía.

  Las colinas permanecían oscuras.

  Y en Séforis, las piedras, las maderas y las herramientas esperaban una nueva jornada.

  David cerró los ojos.

  No sabía si tendría fuerzas para levantarse cuando llegara el amanecer.

  Pero había una pregunta que le preocupaba todavía más:

  ¿Qué ocurriría con su familia si un día su cuerpo dejaba de permitirle trabajar?

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

    «Y aquel Verbo fue hecho carne, y tambie tuvo que saber manejar su vida laboral con los problemas familiares que se presentaban día a día.

Continua en el capítulo 8

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