Por el Dr. Elio M. Rivera
Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.
Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Es simplemente una manera diferente de acercarnos a uno de los personajes más importantes del cristianismo primitivo.
Nuestro invitado de hoy es Marcos.
A diferencia de Mateo y Juan, Marcos no formó parte de los doce apóstoles. Tampoco existe evidencia concluyente de que acompañara a Jesús durante todo su ministerio público. Sin embargo, eso no significa que estuviera lejos de los acontecimientos.
Sabemos por las Escrituras que su madre, llamada María, poseía una casa en Jerusalén donde los creyentes acostumbraban reunirse (Hechos 12:12). También sabemos que Pedro conocía bien aquel lugar y acudió allí después de ser liberado milagrosamente de la prisión (Hechos 12:12-17).
Además, Marcos llegó a convertirse en colaborador cercano de Pedro. Tanto fue así que el propio apóstol lo llamó “mi hijo” (1 Pedro 5:13), una expresión que probablemente refleja una profunda relación espiritual.
A partir de este punto resulta interesante observar lo que afirman algunas de las fuentes cristianas más antiguas que se conservan.
A comienzos del siglo segundo, Papías de Hierápolis escribió que Marcos fue intérprete de Pedro y que registró cuidadosamente las cosas que el apóstol recordaba acerca del Señor. Décadas más tarde, Ireneo de Lyon confirmó la misma información. Otros escritores antiguos, como Clemente de Alejandría y Eusebio de Cesarea, también preservaron testimonios que relacionan estrechamente el Evangelio de Marcos con la predicación y los recuerdos de Pedro.
Naturalmente, estos autores escribieron después de los acontecimientos y sus declaraciones deben ser evaluadas como cualquier otra fuente histórica antigua. Sin embargo, el hecho de que varios escritores independientes coincidan en atribuir a Marcos una relación tan cercana con Pedro ha llevado a numerosos investigadores a considerar esta información seriamente.
Por esa razón, muchos especialistas consideran que, cuando leemos el Evangelio de Marcos, estamos escuchando no solamente la voz del evangelista, sino también gran parte de los recuerdos de uno de los hombres que convivió más estrechamente con Jesucristo.
Sin embargo, existe otro detalle que pocas veces se menciona.
Cuando Jesús recorrió Galilea, Judea y las regiones vecinas, sus obras produjeron un impacto extraordinario sobre la población. Los Evangelios describen multitudes provenientes de diversas regiones buscando escucharlo, observarlo o ser sanadas por Él (Mateo 4:23-25).
La fama de Jesús se extendió rápidamente por ciudades, aldeas y caminos. Los enfermos eran llevados hasta donde se encontraba. Los endemoniados eran presentados delante de Él. Familias enteras hablaban acerca de sus enseñanzas y de sus milagros. En algunos lugares las multitudes eran tan numerosas que apenas había espacio para acercarse (Marcos 1:33; Marcos 2:2).
Por esa razón resulta difícil imaginar que un joven como Marcos, que vivía precisamente en medio de aquel mundo, permaneciera ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.
¿Escuchó personalmente a Jesús en alguna ocasión?
No lo sabemos.
¿Llegó a presenciar algunos acontecimientos relacionados con su ministerio?
Es posible.
¿Escuchó innumerables testimonios de personas que habían visto actuar al Maestro?
Eso parece prácticamente inevitable.
Su familia vivía en Jerusalén. Los apóstoles frecuentaban su casa. Pedro formaba parte de su círculo más cercano. Y durante años estuvo rodeado de hombres y mujeres cuyas vidas habían sido transformadas por Jesús.
Cuando Jesús murió y resucitó, Marcos probablemente era un joven. No sabemos exactamente qué edad tenía ni cuánto contacto directo tuvo con el Maestro. Sin embargo, vivió lo suficientemente cerca de los acontecimientos como para crecer rodeado de personas que habían conocido personalmente a Jesús. Además, durante décadas escuchó los recuerdos de Pedro, uno de los principales testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Cristo.
Por lo tanto, para esta entrevista partiremos de aquello que la mayoría de los estudiosos considera razonable: Marcos conoció de cerca a los principales líderes del cristianismo primitivo, escuchó durante años los relatos acerca de Jesús y recibió una profunda influencia de Pedro, uno de los testigos oculares más importantes de toda la historia cristiana.
Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.
Y esta vez el invitado sería el hombre que escribió el evangelio más antiguo de todos.
Una vez aclarado todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia.
La entrevista con Mateo había terminado, pero el impacto de sus palabras continuaba sintiéndose alrededor del mundo. Millones de personas seguían comentando sus respuestas. Los medios de comunicación analizaban cada una de sus declaraciones. Historiadores debatían sus observaciones. Creyentes y escépticos discutían sus conclusiones. Las redes sociales permanecían saturadas de comentarios. Nadie parecía indiferente a lo que acababa de suceder. Después de todo, el mundo había escuchado a uno de los hombres que caminó junto a Jesucristo.
Sin embargo, mientras las conversaciones acerca de Mateo continuaban multiplicándose, una nueva expectativa comenzaba a surgir. Miles de personas formulaban la misma pregunta: si Mateo había hablado como testigo directo de Jesús, ¿qué diría Marcos? La curiosidad era enorme. Su nombre era conocido por millones de lectores de la Biblia, pero pocas personas sabían realmente quién había sido aquel hombre o cuál había sido su relación con los acontecimientos que transformaron la historia.
Marcos era diferente a Mateo. No perteneció a los doce apóstoles. No aparece recorriendo los caminos de Galilea junto al Maestro. No fue uno de los hombres que abandonaron sus redes de pesca para seguir a Jesús. Y, sin embargo, terminó escribiendo uno de los relatos más importantes de toda la historia cristiana. De hecho, muchos investigadores consideran que su Evangelio pudo haber sido el primero en escribirse.
Las solicitudes para asistir a la entrevista superaron todos los registros anteriores. Cadenas internacionales enviaron corresponsales especiales. Universidades solicitaron acceso a la transmisión. Historiadores, arqueólogos, investigadores bíblicos y periodistas ocuparon sus lugares en el estudio. La expectativa era enorme. Todos querían escuchar lo que aquel hombre tenía que decir.
Cuando las luces comenzaron a disminuir, una enorme pantalla apareció detrás del escenario. Sobre ella comenzaron a proyectarse imágenes de la antigua Jerusalén. Las murallas, los caminos de piedra, el Templo y las estrechas calles de la ciudad fueron apareciendo lentamente mientras el silencio se apoderaba del auditorio.
—Nuestro invitado de esta noche ocupa un lugar único en la historia —comencé diciendo mientras las imágenes continuaban desfilando frente a la audiencia.
Una antigua casa apareció entonces en la pantalla.
—Sabemos por las Escrituras que su madre se llamaba María y que poseía una casa en Jerusalén donde los primeros creyentes acostumbraban reunirse (Hechos 12:12). También sabemos que aquella casa era bien conocida por los apóstoles y por los líderes de la iglesia primitiva.
Las imágenes cambiaron nuevamente.
Ahora podía verse una representación de Pedro llegando a una puerta en medio de la noche.
—Fue precisamente a esa casa donde llegó el apóstol Pedro después de haber sido liberado milagrosamente de la prisión (Hechos 12:6-17). Imaginen por un momento aquella escena. Los creyentes reunidos en oración. Pedro encarcelado. La posibilidad real de una ejecución. Y de pronto, un golpe inesperado en la puerta. Pedro estaba libre.
Hice una breve pausa mientras la audiencia observaba atentamente la pantalla.
—Aquella casa no era una casa cualquiera. Se encontraba en el corazón mismo de los acontecimientos que marcaron los primeros años del cristianismo. Por sus habitaciones desfilaron hombres y mujeres que habían conocido personalmente a Jesús. Personas que habían escuchado sus enseñanzas. Personas que habían sido testigos de sus milagros. Personas que afirmaban haberlo visto vivo después de la resurrección.
Esta noche no entrevistaremos solamente al autor de un Evangelio.
Entrevistaremos a un hombre que creció en medio de la huella que Jesús dejó sobre toda una generación. Un hombre que escuchó durante años a quienes lo conocieron. Un hombre que dedicó parte de su vida a conservar esos recuerdos para que también nosotros pudiéramos conocerlos.
Damas y caballeros…
Recibamos a Marcos.
Las luces del estudio comenzaron a descender lentamente mientras una suave música llenaba el ambiente. La enorme pantalla detrás del escenario mostraba imágenes de Jerusalén, los caminos polvorientos de Judea y las antiguas murallas que habían visto pasar a generaciones enteras. La expectativa era enorme. Millones de personas observaban desde distintos lugares del mundo. Nadie sabía exactamente qué esperar de aquel encuentro.
Finalmente, una puerta lateral se abrió.
El auditorio estalló en aplausos.
Marcos apareció en el escenario.
Durante algunos segundos permaneció inmóvil observando todo a su alrededor. Sus ojos recorrían las enormes pantallas, las luces suspendidas sobre el estudio y las cámaras que parecían seguir cada uno de sus movimientos. Era evidente que todavía no terminaba de acostumbrarse al mundo al que había llegado.
El evangelista avanzó lentamente hasta su asiento mientras los aplausos continuaban. Sonrió con cierta timidez y saludó discretamente a la audiencia. Cuando finalmente tomó asiento, observó una de las cámaras que tenía enfrente.
—Todavía me cuesta creer que millones de personas puedan estar viendo esta conversación al mismo tiempo.
Algunas personas rieron.
—Créame, Marcos, a nosotros también nos sigue pareciendo impresionante.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Cuando llegué aquí pensé que la máquina del tiempo sería lo más extraordinario que vería. Pero después me mostraron esas pequeñas cajas que llevan en los bolsillos y me dijeron que pueden comunicarse instantáneamente con personas que están al otro lado del mundo.
La audiencia volvió a reír.
—Aún estoy tratando de entender cómo funciona eso.
El ambiente se relajó inmediatamente.
Por unos momentos pareció olvidarse que el hombre sentado frente a nosotros había vivido casi dos mil años atrás.
Esperé unos segundos antes de formular la primera pregunta.
—Marcos, millones de personas alrededor del mundo conocen su nombre. Han leído su Evangelio. Han escuchado hablar de usted durante años. Pero la realidad es que sabemos muy poco acerca de su vida.
Marcos asintió lentamente.
—Eso suele suceder cuando uno escribe acerca de alguien mucho más importante que uno mismo.
La respuesta provocó algunas sonrisas entre los asistentes.
—Sin embargo, hoy nos gustaría comenzar hablando de usted. Cuéntenos un poco acerca de su vida. ¿Quién era Marcos antes de convertirse en el autor de un Evangelio?
El evangelista permaneció en silencio durante algunos segundos. Parecía estar organizando cuidadosamente sus recuerdos.
Finalmente levantó la vista.
—Mi nombre era Juan Marcos.
Su voz sonó tranquila.
—La mayoría de las personas me conocía simplemente como Marcos. Crecí en Jerusalén, en una época extraordinaria. Una época llena de esperanza, de tensión y también de incertidumbre. Los romanos gobernaban nuestra tierra. Los líderes religiosos discutían constantemente acerca de la Ley. Y el pueblo esperaba la llegada del Mesías prometido.
Hizo una breve pausa.
—Mi madre se llamaba María. Era una mujer profundamente comprometida con Dios. Nuestra casa se convirtió con el tiempo en un lugar de reunión para muchos creyentes. Allí se reunían hombres y mujeres que habían dedicado sus vidas a seguir al Señor. Con el paso de los años, aquella casa llegó a convertirse en un lugar muy conocido entre los hermanos de Jerusalén.
Marcos guardó silencio durante unos instantes, como si estuviera contemplando nuevamente aquellos recuerdos.
—Cuando pienso en mi juventud, muchas de las imágenes que vienen a mi mente ocurren precisamente allí… en aquella casa.
Antes de comenzar la entrevista, uno de nuestros asistentes se acercó discretamente al escenario llevando un objeto entre las manos. Marcos lo observó con curiosidad mientras el hombre se lo entregaba.
—¿Qué es eso?
—Es una Biblia.
La recibió cuidadosamente y comenzó a examinarla desde distintos ángulos. Pasó la mano sobre la cubierta, observó el grosor del volumen y luego lo levantó ligeramente, como intentando calcular su peso. Una expresión de sorpresa apareció en su rostro.
—Es extraordinario.
—¿Qué le parece tan extraordinario? Marcos volvió a observar el libro antes de responder.
—En mi época algo así habría sido impensable. Nosotros escribíamos en papiros. Algunos documentos se copiaban sobre pergaminos hechos con pieles de animales. Los escritos extensos se conservaban en rollos que debían desenrollarse cuidadosamente para leerlos y volver a enrollarse cuando terminabas. Pero esto… —dijo mientras abría lentamente el volumen— contiene una enorme cantidad de información en un espacio sorprendentemente pequeño.
Comenzó a pasar páginas una tras otra. Cada vez parecía más impresionado.
—¿Todo esto está escrito dentro de un solo volumen?
—Sí.
Marcos negó lentamente con la cabeza.
—Increíble. En mis días, para transportar una cantidad semejante de escritos habríamos necesitado varios rollos y probablemente una caja enorme para guardarlos. Y ustedes simplemente lo llevan bajo el brazo.
La audiencia sonrió mientras Marcos continuaba hojeando las páginas. De pronto se detuvo. Sus ojos recorrieron varias líneas y una sonrisa apareció en su rostro.
—Pablo.
—¿Encontró algo familiar?
—Sí.
Continuó leyendo durante algunos segundos.
—Romanos… Corintios… Gálatas…
Sacudió ligeramente la cabeza.
—Si alguien me hubiera dicho que algún día las cartas de Pablo serían leídas en todo el mundo, probablemente no le habría creído.
—¿Lo conoció bien?
—Sí. Era difícil olvidarlo.
Las risas se escucharon en distintas partes del auditorio. Mientras seguía avanzando entre las páginas, uno de nuestros asistentes se acercó nuevamente.
—Marcos, hay algo más que quizá quiera ver.
—¿Algo más?
—Sí.
El asistente abrió la Biblia en otro lugar y señaló un pasaje específico. Marcos comenzó a leer en silencio. Durante varios segundos permaneció concentrado en la página. Finalmente levantó la vista y una expresión entre sorpresa y resignación apareció en su rostro.
—Oh…
La audiencia comenzó a reír.
—¿Qué encontró?
—Un libro que escribió Lucas.
Las risas aumentaron.
—¿Y qué escribió Lucas?
Marcos volvió a mirar la página antes de responder.
—Parece que decidió dejar registrado cierto desacuerdo entre Pablo y mi tío Bernabé.
Las carcajadas se extendieron por todo el estudio.
—¿El relacionado con usted?
—El mismo.
La audiencia seguía riendo.
—¿Y qué opina de que dos mil años después todo el mundo siga leyendo esa historia?
Marcos cerró los ojos por un instante y negó suavemente con la cabeza.
—Empiezo a pensar que Lucas disfrutaba demasiado escribiendo detalles.
La sala volvió a estallar en risas.
—Vamos, Marcos. ¿Todavía le incomoda?
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Digamos que no era precisamente el episodio que esperaba encontrar primero.
Las risas disminuyeron poco a poco.
—Aunque debo admitir algo.
—¿Qué cosa?
—Me alegra que la historia no terminara allí. Pablo me dio una segunda oportunidad. Y eso cambió mi vida.
Por unos instantes el estudio quedó en silencio. Había algo profundamente humano en aquella confesión. Marcos permaneció observando las páginas durante algunos momentos más, hasta que de pronto se detuvo nuevamente.
Frunció ligeramente el ceño. Retrocedió algunas páginas. Volvió a avanzar. Parecía intentar confirmar algo que acababa de descubrir.
Finalmente levantó la vista.
—¿Qué significa esto?
—¿Qué encontró?
Marcos señaló el encabezado de una página.
—Aquí dice: “Evangelio según Marcos”.
La sala quedó completamente en silencio.
—Sí.
—¿Marcos?
—Sí.
—¿Juan Marcos?
—El mismo.
Durante algunos segundos permaneció inmóvil. Volvió lentamente la mirada hacia las páginas. Sus dedos recorrieron varias líneas impresas mientras leía en silencio.
—No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiende?
—¿Cómo llegó esto hasta aquí?
Nadie respondió.
—Cuando escribí estas cosas, jamás imaginé que sobrevivirían tanto tiempo. Nunca pensé que personas de lugares cuyos nombres jamás escuché llegarían a leerlas.
Pasó algunas páginas más. Entonces encontró otros nombres.
Mateo.
Lucas.
Juan.
Permaneció observándolos durante varios segundos.
—Entonces ellos también están aquí.
—Sí.
—Y las personas todavía leen estos escritos.
—Todos los días.
Marcos volvió a contemplar las páginas. Era evidente que estaba intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.
—Dos mil años…
Su voz apenas era un susurro.
—Y todavía siguen hablando acerca del Maestro.
Nadie dijo una sola palabra.
Porque la respuesta estaba allí mismo. En aquel libro. En los millones de personas que observaban la transmisión.
Y en el hecho extraordinario de que las palabras escritas por aquellos hombres continuaban llevando a nuevas generaciones a conocer a Jesucristo.
Finalmente cerró la Biblia con cuidado y permaneció unos segundos sosteniéndola entre sus manos.
—Cuando escribí estas cosas, solamente esperaba conservar recuerdos que consideraba demasiado importantes para perderse.
Hizo una pausa.
—Jamás imaginé que Dios los preservaría durante tanto tiempo.
Luego levantó la vista y sonrió.
—Definitivamente este viaje al futuro está lleno de sorpresas.
La audiencia respondió con un cálido aplauso.
Y sólo entonces comenzó la entrevista.
Esperé unos segundos a que los aplausos terminaran. Marcos todavía parecía impresionado por todo lo que había descubierto. Finalmente colocó la Biblia sobre la mesa y volvió su atención hacia la entrevista.
—Marcos, hace unos momentos nos habló un poco acerca de su juventud en Jerusalén y de la casa de su madre.
—Así es.
—Las Escrituras nos dicen que aquella casa llegó a convertirse en un lugar importante para los creyentes de aquellos años. Por eso me gustaría hacerle una pregunta muy sencilla.
Marcos asintió.
—Adelante.
—¿Qué clase de personas visitaban su casa?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Más de las que yo imaginaba en aquel tiempo.
La audiencia guardó silencio.
—Cuando eres joven, muchas veces no comprendes la importancia de las personas que te rodean. Para mí eran simplemente hermanos que llegaban a visitarnos, personas que se reunían para orar, conversar o compartir noticias. Con el paso de los años comprendí que muchos de ellos terminarían desempeñando papeles muy importantes en la historia de la iglesia.
Hizo una breve pausa.
—Recuerdo a Pedro.
La audiencia reaccionó inmediatamente al escuchar aquel nombre.
Marcos sonrió.
—Sí, Pedro visitaba nuestra casa.
Guardó silencio durante unos segundos, como si estuviera viendo nuevamente aquellos días.
—Y no era el único.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—También recuerdo a Bernabé. Después de todo, era familia. Su presencia era algo muy natural para nosotros.
Hizo una breve pausa.
—Con los años también llegué a conocer a Pablo.
Al escuchar aquel nombre, la audiencia reaccionó inmediatamente.
—Y muchos otros hermanos cuyos nombres quizá no resulten familiares para ustedes, pero que desempeñaron un papel importante en los primeros años de la iglesia.
Marcos volvió a guardar silencio por unos instantes.
—Lo que más recuerdo no son los nombres.
La audiencia permaneció atenta.
—Lo que recuerdo son las conversaciones.
Sus ojos parecían perdidos en algún punto distante.
—Nuestra casa era un lugar donde constantemente se reunían hombres y mujeres que amaban al Señor. Algunos habían escuchado a Jesús. Otros habían conocido a quienes caminaron con Él. Otros habían visto con sus propios ojos lo que Dios estaba haciendo en aquellos días.
Una sonrisa apareció nuevamente en su rostro.
—Ahora que lo pienso, probablemente escuché algunas de las conversaciones más extraordinarias de mi generación dentro de aquellas paredes.
Marcos continuo hablando de aquellos años como si todavía pudiera caminar por aquellas calles.
Como si Jerusalén siguiera viva en su memoria. Entonces el entrevistador lo interrumpió suavemente y le dijo:
—Marcos, antes de continuar hablando de las personas que visitaban su casa, me gustaría preguntarle algo.
—Claro.
—¿Cómo era Jerusalén en aquellos días?
La pregunta pareció sorprenderlo.
Marcos guardó silencio durante algunos segundos.
Como si intentara regresar mentalmente a una ciudad que había desaparecido hacía casi dos mil años.
Finalmente respondió.
—Era una ciudad llena de contrastes.
La audiencia permaneció completamente atenta.
—Por un lado estaba el Templo. Los sacerdotes. Los sacrificios. Las festividades. Los peregrinos que llegaban desde distintos lugares del mundo. Jerusalén siempre estaba llena de actividad. Especialmente durante las grandes celebraciones.
Hizo una breve pausa.
—Pero en aquellos años había algo más.
Su voz se volvió más reflexiva.
—Había conversaciones.
—¿Conversaciones?
—Sí.
—En los mercados.
—En las calles.
—En las casas.
—En las reuniones familiares.
—Las personas hablaban de lo que había sucedido.
La audiencia permanecía inmóvil.
—¿A qué se refiere?
—A Jesús.
El silencio se apoderó del estudio.
—Habían pasado algunos años desde su crucifixión y su resurrección, pero su nombre seguía apareciendo constantemente en las conversaciones.
Marcos hizo una pausa.
—Y no solamente entre sus seguidores.
Eso pareció sorprender a varias personas.
—¿No?
—No.
—Algunos hablaban de Él con admiración.
—Otros con gratitud.
—Otros con curiosidad.
—Y algunos con enojo.
La tensión en el estudio aumentó.
—¿Por qué con enojo?
—Porque no todos estaban contentos con lo que estaba ocurriendo.
—Había líderes religiosos que consideraban peligroso el crecimiento de sus seguidores.
—Había personas que rechazaban las afirmaciones que se hacían acerca de Él.
—Y había quienes simplemente deseaban que todo aquello desapareciera.
Marcos negó lentamente con la cabeza.
—Pero no desaparecía.
La sala quedó en silencio.
—¿Por qué?
Marcos respondió sin vacilar.
—Porque todavía vivían demasiadas personas que afirmaban haber sido impactadas por Él.
La audiencia permanecía inmóvil.
—Había hombres y mujeres que aseguraban haber escuchado sus enseñanzas.
—Había familias que hablaban de milagros que habían presenciado.
—Había discípulos que seguían proclamando su mensaje.
—Y había personas que afirmaban haberlo visto vivo después de la resurrección.
Hizo una pausa.
—Por eso Jerusalén era un lugar extraordinario.
Sus ojos parecían contemplar nuevamente aquellos días.
—No era una ciudad que estuviera hablando de acontecimientos ocurridos siglos atrás.
—Era una ciudad que todavía estaba tratando de entender lo que había sucedido apenas unos años antes.
Y mientras Marcos hablaba, resultaba imposible no imaginar aquellas calles llenas de personas discutiendo, recordando, cuestionando y tratando de comprender la figura que había cambiado para siempre el rumbo de sus vidas.
Una figura cuyo nombre seguía apareciendo una y otra vez en cada rincón de Jerusalén.
El entrevistador observó por un instante el reloj que tenía frente a él.
Luego volvió la mirada hacia Marcos.
—Marcos, me temo que nuestro tiempo está llegando a su fin.
Una ligera expresión de sorpresa apareció en el rostro del antiguo escritor.
—Debo admitir que ha pasado más rápido de lo que esperaba.
Algunas personas sonrieron.
—Créame, todos pensamos lo mismo.
Las risas recorrieron suavemente el estudio.
El entrevistador se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.
—Adelante.
—Millones de personas han leído el relato que lleva su nombre. Pero me gustaría saber algo. ¿Qué fue lo que lo motivó a escribirlo? ¿Quién inspiró aquella obra?
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Marcos.
—Pedro.
La respuesta fue inmediata. La audiencia permaneció completamente atenta.
—Durante años escuché sus recuerdos. Escuché las historias que contaba acerca del Maestro. Escuché las cosas que había visto con sus propios ojos. Cuando Pedro hablaba de Jesús, no parecía estar relatando acontecimientos lejanos. Parecía estar reviviéndolos.
—¿Qué era lo que más le impresionaba de aquellos relatos?
Marcos permaneció pensativo durante algunos segundos.
—La autoridad de Jesús.
El silencio llenó el estudio.
—Pedro me habló de enfermos que recuperaban la salud. De personas atormentadas que eran liberadas. De multitudes enteras asombradas por sus enseñanzas. De tormentas que se calmaban.
Hizo una breve pausa.
—Pero no solamente escuché esas historias de Pedro.
La audiencia permaneció completamente atenta.
—Durante aquellos años todavía vivían muchas personas que afirmaban haber conocido al Maestro. Algunas aseguraban haber escuchado sus enseñanzas. Otras hablaban de milagros que habían presenciado. Incluso recuerdo conversaciones con personas cuyas familias habían sido profundamente impactadas por Él.
Marcos guardó silencio durante unos instantes.
—Por eso, cuando Pedro hablaba de estas cosas, no parecía estar contando historias aisladas. Sus recuerdos encajaban dentro de una realidad que todavía seguía viva en la memoria de muchas personas.
Luego continuó.
—Pero más allá de los milagros, lo que Pedro nunca pudo olvidar era la autoridad con la que Jesús actuaba.
Marcos hizo una breve pausa.
—Los profetas oraban y Dios respondía.
—Jesús solo hablaba. La audiencia permanecía inmóvil.
—Jesús hablaba y los demonios obedecían.
—Jesús hablaba y las enfermedades retrocedían.
—Jesús hablaba y el viento obedecía.
—Jesús hablaba y hasta la muerte parecía rendirse ante su voz.
El entrevistador guardó silencio durante unos instantes.
Luego formuló una última pregunta.
—Marcos, después de todo lo que escuchó de Pedro y después de todo lo que escribió… ¿quién decía Pedro que era Jesús?
Marcos permaneció en silencio durante algunos segundos. Finalmente levantó la vista.
—Pedro estaba convencido de que Jesús era mucho más que un maestro.
—Mucho más que un profeta.
—Mucho más que un hacedor de milagros.
Hizo una breve pausa.
—Recuerdo perfectamente una de las preguntas más importantes que el Maestro hizo a sus discípulos.
”¿Quién decís que soy yo?”
Y Pedro respondió:
”Tu eres el Cristo.”
Marcos asintió lentamente.
—Eso fue lo que creyó hasta el último día de su vida.
—Y eso fue lo que intenté mostrar cuando escribí mi relato.
—Jesús es el Cristo.
—El Hijo de Dios.
—El Hijo del Hombre.
—El Señor a quien obedecen el viento y el mar.
—Aquel que tiene autoridad sobre la enfermedad, los demonios y la muerte.
El estudio quedó completamente en silencio.
Finalmente, el entrevistador se puso de pie.
—Marcos, muchas gracias por haber estado con nosotros.
La audiencia respondió con una prolongada ovación.
Mientras Marcos saludaba a los presentes, el entrevistador volvió a tomar la palabra.
—Amigos, nuestra investigación continúa.
—La próxima vez recibiremos a un hombre muy diferente.
—Un médico.
—Un investigador.
—Un escritor meticuloso que dedicó años a recopilar testimonios de quienes estuvieron allí.
—La próxima entrevista será con Lucas.
—No se la pierdan.
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