Por el Dr. Elio M. Rivera

  A lo largo de esta serie principal hemos estado explorando una pregunta que considero profundamente importante: ¿podemos llegar a conocer a Jesucristo como lo conocieron los discípulos del siglo primero? Es una pregunta que va mucho más allá de la curiosidad histórica. Después de todo, millones de personas conocen datos acerca de Jesús. Han escuchado sermones sobre Él, han leído algunos pasajes bíblicos, han visto películas o contemplado imágenes religiosas. Sin embargo, conocer información acerca de una persona no es necesariamente lo mismo que conocer a la persona misma.

  Mientras investigaba para Cristopedia y reunía material sobre la vida y la obra de Jesucristo, me encontré con una idea que despertó nuevamente mi interés por los llamados Evangelios. Había leído esos libros durante décadas. Como pastor, maestro y estudiante de la Biblia, los había recorrido una y otra vez. Sin embargo, en algún momento descubrí algo que, aunque muchos estudiosos conocen desde hace tiempo, yo nunca había considerado con suficiente profundidad: los Evangelios pueden entenderse también como biografías antiguas de Jesucristo.

  Debo confesar que aquello produjo un efecto inesperado en mí.

  De pronto dejé de ver a Mateo, Marcos, Lucas y Juan únicamente como libros religiosos. Comencé a contemplarlos desde otra perspectiva. Empecé a verlos como los relatos de hombres que intentaban preservar la memoria, las palabras, las acciones y el carácter de una persona real que había vivido entre ellos. Aquella idea despertó mi curiosidad de una manera nueva.

  Cuando uno encuentra la biografía de un personaje histórico que admira, normalmente siente el deseo de abrir el libro para descubrir cómo era realmente esa persona. Quiere conocer sus pensamientos, sus decisiones, sus luchas, sus triunfos y su forma de ver el mundo. Pues bien, eso mismo comenzó a ocurrirme con los Evangelios. Ya no estaba leyendo solamente un texto religioso. Estaba acercándome a los testimonios más antiguos y confiables que poseemos acerca de Jesucristo.

  Y mientras más reflexionaba sobre ello, más comprendía que esta es probablemente la forma más segura de acercarnos a la persona de Cristo.

  A lo largo de los siglos se han escrito miles de libros acerca de Jesús. Existen comentarios, tratados teológicos, novelas, películas, documentales y toda clase de interpretaciones. Muchos de ellos contienen observaciones valiosas. Sin embargo, todos comparten una característica: fueron escritos después. Los Evangelios, en cambio, nos acercan mucho más a la fuente original. Son los documentos que la iglesia primitiva conservó precisamente porque entendió que contenían el testimonio más cercano a la vida real del Maestro.

  Si una persona me preguntara hoy cuál es el mejor lugar para comenzar a conocer a Jesucristo, mi respuesta sería sencilla: empiece por los Evangelios. No porque sean los únicos libros importantes de la Biblia, sino porque son los documentos que nos permiten observar directamente sus palabras, sus reacciones, sus conversaciones, su manera de tratar a la gente, su compasión, su firmeza, su sabiduría y su carácter.

  Por esa razón nace esta subserie.

  En los próximos capítulos no nos concentraremos únicamente en lo que Jesús hizo. Nos acercaremos también a quienes registraron su historia. Intentaremos conocer a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Descubriremos quiénes eran, qué circunstancias rodearon sus escritos y qué aspectos de Cristo llamaron especialmente su atención.

  Lo haremos mediante un ejercicio imaginario. Será como si pudiéramos sentarnos frente a cada uno de estos autores y entrevistarlos personalmente. Les preguntaremos qué los motivó a escribir. Les pediremos que nos expliquen por qué seleccionaron ciertos acontecimientos y omitieron otros. Trataremos de descubrir qué fue lo que más los impactó de la persona de Jesucristo.

  Y mientras realizamos este recorrido, veremos algo extraordinario. Aunque los cuatro escribieron acerca del mismo Jesús, cada uno aporta matices distintos. Es como observar una montaña majestuosa desde diferentes ángulos. La montaña es la misma, pero cada perspectiva permite apreciar detalles que desde otro lugar podrían pasar desapercibidos.

  Tal vez la mayor sorpresa de esta serie sea descubrir que los Evangelios no son simplemente libros antiguos que debemos leer porque forman parte de la Biblia. Son ventanas abiertas hacia la vida de Cristo. Son la vía más directa, más cercana y más confiable que poseemos para aproximarnos al Jesús histórico.

  Si nuestro objetivo es conocer a Jesucristo como lo conocieron los primeros discípulos, inevitablemente tendremos que regresar una y otra vez a estos relatos. Allí encontramos sus palabras. Allí observamos sus acciones. Allí escuchamos sus enseñanzas. Allí contemplamos sus reacciones frente al dolor humano, frente a la fe sincera, frente a la hipocresía religiosa y frente a las necesidades de las personas.

  Por eso le invito a emprender este viaje conmigo. Abriremos juntos estas antiguas biografías y trataremos de escuchar nuevamente la voz de quienes dedicaron parte de su vida a preservar la historia del hombre que cambió el curso de la humanidad. Porque si realmente deseamos conocer a Jesús, los Evangelios siguen siendo, después de dos mil años, el mejor lugar para comenzar.

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Descubra el Mueso la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Durante muchos años leí Mateo, Marcos, Lucas y Juan sin detenerme a pensar en algo que ahora me parece fascinante. Siempre escuché que eran “los Evangelios”. Era una expresión tan común dentro del cristianismo que jamás me pregunté de dónde provenía ese nombre ni si sus autores habrían pensado en sus escritos de esa manera. Para mí, como para millones de personas, simplemente eran una parte natural de la Biblia. Sin embargo, mientras investigaba más profundamente la vida de Jesucristo para Cristopedia, descubrí algo que despertó nuevamente mi curiosidad y renovó mi interés por estos documentos antiguos: los escritos que conocemos como Evangelios también pueden entenderse como biografías de Jesús.

Un descubrimiento que cambió mi manera de leer

  Debo confesar que aquel descubrimiento produjo un efecto inesperado en mí. Había leído estos libros durante décadas. Los había estudiado como pastor, maestro y estudiante de las Escrituras. Sin embargo, cuando comprendí que estaba frente a relatos biográficos acerca de una persona real que caminó por las calles de Galilea y Judea hace dos mil años, mi perspectiva cambió por completo. Ya no estaba leyendo únicamente textos religiosos. Estaba acercándome a los testimonios más antiguos y confiables que poseemos acerca de Jesucristo. Aquella idea despertó en mí un deseo renovado de abrir nuevamente sus páginas, pero esta vez con una pregunta diferente en mente: ¿cómo era realmente el hombre del que estaban hablando?

  Cuando alguien toma en sus manos la biografía de un personaje histórico importante, normalmente no busca solamente fechas, datos o acontecimientos. Busca conocer a la persona. Quiere descubrir cómo pensaba, qué lo motivaba, cómo reaccionaba ante las dificultades, cuáles eran sus convicciones y qué impacto tuvo sobre quienes lo rodeaban. Eso mismo comenzó a ocurrirme con Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Empecé a leerlos con el deseo de acercarme a la persona de Jesucristo, de observar sus acciones, escuchar sus palabras y descubrir el carácter que impresionó tan profundamente a quienes convivieron con Él.

Una palabra más antigua que los propios libros

  Curiosamente, la palabra “evangelio” no nació como el nombre de un libro. Proviene del término griego euangelion, que significa “buena noticia” o “buenas nuevas”. Los primeros cristianos utilizaban esta palabra para describir el mensaje acerca de Jesucristo: su vida, su muerte, su resurrección y la esperanza que Él ofrecía al mundo. Cuando hablaban del evangelio, no estaban pensando en un documento escrito, sino en una noticia que consideraban tan extraordinaria que debía ser compartida con todas las personas.

  Con el paso de los años, los relatos escritos acerca de Jesús comenzaron a circular entre las iglesias. Aquellos documentos preservaban la historia del Maestro y permitían que nuevas generaciones conocieran lo que había dicho y hecho. Poco a poco, la comunidad cristiana empezó a identificar esos escritos como el registro de la Buena Noticia. Así surgieron expresiones como “El Evangelio según Mateo”, “El Evangelio según Marcos”, “El Evangelio según Lucas” y “El Evangelio según Juan”. Es interesante notar que originalmente la idea no era que existieran cuatro evangelios diferentes, sino un solo Evangelio acerca de Jesucristo contado desde cuatro perspectivas distintas.

Mucho más que documentos religiosos

  Con frecuencia olvidamos que estos escritos fueron redactados por personas reales para lectores reales. Mateo no sabía que dos mil años después millones de personas estudiarían sus palabras. Marcos no imaginaba que su relato sería traducido a cientos de idiomas. Lucas probablemente nunca pensó que historiadores, arqueólogos y especialistas analizarían cuidadosamente su investigación. Juan tampoco pudo prever que su testimonio llegaría a ser uno de los textos más leídos e influyentes de toda la historia humana. Sin embargo, todos compartían una misma convicción: la historia de Jesús debía ser preservada.

  Precisamente por esa razón considero que los Evangelios representan la forma más segura de acercarnos a Jesucristo. A lo largo de los siglos se han escrito miles de libros acerca de Él. Existen comentarios, sermones, estudios académicos, novelas, películas y documentales. Muchos de ellos contienen observaciones valiosas, pero todos fueron escritos después. Los Evangelios, en cambio, nos acercan mucho más a la fuente original. Son los documentos que la iglesia primitiva conservó porque reconoció en ellos el testimonio más cercano a la vida y al ministerio de Cristo.

Cuatro autores, un mismo Jesús

  Algo que descubriremos a lo largo de esta serie es que cada autor observó aspectos distintos de la misma persona. Es como contemplar una gran montaña desde varios puntos de observación. La montaña es la misma, pero cada perspectiva permite apreciar detalles diferentes. Mateo enfatiza ciertos rasgos de Jesús. Marcos destaca otros. Lucas aporta información que los demás no registraron. Juan nos ofrece una mirada particularmente profunda de la relación entre Cristo y sus discípulos. Ninguno contradice a los otros; más bien se complementan para ofrecernos una imagen mucho más completa.

  Por esta razón nace esta subserie dentro de nuestro recorrido titulado ¿Podemos llegar a conocer a Jesucristo como los discípulos del siglo primero? En los próximos capítulos no solamente estudiaremos los relatos acerca de Jesús. También intentaremos acercarnos a quienes los escribieron. Descubriremos quiénes eran, qué experiencias tuvieron con Cristo, qué los motivó a preservar su historia y qué aspectos de su vida consideraron más importantes. Será como sentarnos frente a Mateo, Marcos, Lucas y Juan para preguntarles directamente qué fue lo que vieron en aquel hombre que transformó sus vidas para siempre.

Una invitación a leer con nuevos ojos

  Mi deseo al comenzar esta serie es invitarle a abrir nuevamente los Evangelios con una perspectiva diferente. No los vea únicamente como libros religiosos. No los considere simplemente una parte familiar de la Biblia. Intente acercarse a ellos como lo haría con las biografías de los personajes más importantes de la historia. Lea cada página con el deseo de conocer a la persona que aparece en ellas. Observe cómo habla Jesús, cómo responde a las personas, cómo trata a los marginados, cómo enfrenta la oposición y cómo revela su carácter en las situaciones más diversas.

  Si nuestro objetivo es conocer a Jesucristo, difícilmente encontraremos un mejor lugar para comenzar. Después de dos mil años, los Evangelios siguen siendo las ventanas más amplias, más cercanas y más confiables que poseemos para acercarnos al Jesús histórico. Y quizá, al igual que me ocurrió a mí, usted descubra que detrás de estos antiguos relatos existe mucho más que información. Existe la oportunidad de encontrarse con la persona que cambió el curso de la historia humana.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si alguien le preguntara cuál es la principal fuente de información acerca de Jesucristo, probablemente respondería sin dudar que son los Evangelios. Y tendría razón. La mayor parte de lo que sabemos acerca de sus enseñanzas, sus milagros, sus viajes, sus conversaciones y los acontecimientos relacionados con su muerte y resurrección proviene de cuatro documentos que han sobrevivido durante casi dos mil años: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  Sin embargo, existe una pregunta que vale la pena plantearnos antes de continuar nuestro recorrido: ¿quién escribió realmente estos documentos? ¿Fueron redactados por personas que conocieron a Jesús? ¿Fueron escritos por testigos presenciales? ¿O surgieron siglos después como leyendas desarrolladas por sus seguidores?

  La respuesta es importante porque nuestra confianza en cualquier documento histórico depende, en gran medida, de quién lo escribió y de qué tan cerca estuvo de los acontecimientos que describe.

Cuatro hombres detrás de cuatro relatos

  Aunque los cuatro Evangelios hablan del mismo Jesús, sus autores provenían de contextos muy diferentes. Esa diversidad resulta especialmente valiosa porque nos permite observar a Cristo desde distintos ángulos.

  El primero es Mateo. Antes de convertirse en discípulo, trabajaba como cobrador de impuestos para el gobierno romano. Era un hombre acostumbrado a los registros, los números y los documentos. Los Evangelios narran el momento en que Jesús pasó junto a su lugar de trabajo y le dijo: “Sígueme”. La respuesta de Mateo fue inmediata. Se levantó y comenzó una nueva vida como discípulo del Maestro (Mateo 9:9). La tradición cristiana más antigua identifica a este mismo Mateo como el autor del Evangelio que lleva su nombre.

  El segundo autor es Marcos, también conocido como Juan Marcos. Aunque no formó parte de los doce discípulos, estuvo estrechamente relacionado con los líderes de la iglesia primitiva. Su madre poseía una casa en Jerusalén donde se reunían los creyentes (Hechos 12:12). Más tarde colaboró con Pablo y con Bernabé (Hechos 12:25), pero especialmente desarrolló una relación muy cercana con Pedro. De hecho, muchos estudiosos consideran que el Evangelio de Marcos preserva gran parte de los recuerdos y enseñanzas del propio Pedro acerca de Jesús.

  El tercer autor es Lucas. A diferencia de Mateo y Juan, Lucas no fue uno de los doce discípulos. Era médico (Colosenses 4:14) y compañero de viaje del apóstol Pablo. Lo que hace particularmente interesante a Lucas es que él mismo explica el método que utilizó para escribir. En los primeros versículos de su Evangelio declara que investigó cuidadosamente los acontecimientos y consultó a quienes fueron testigos oculares desde el principio (Lucas 1:1-4). En otras palabras, Lucas actuó como un historiador e investigador que reunió testimonios directos acerca de la vida de Jesús.

  Finalmente encontramos a Juan. De los cuatro autores, probablemente fue quien disfrutó de una relación más cercana con Cristo. Era uno de los miembros del círculo íntimo de discípulos que acompañaron a Jesús en momentos especialmente importantes. Su Evangelio contiene numerosos detalles personales y observaciones que reflejan una experiencia directa con los acontecimientos narrados. Al final de su libro encontramos una declaración significativa: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero” (Juan 21:24).

¿Cuándo fueron escritos?

  Las fechas exactas continúan siendo motivo de estudio y debate, pero la mayoría de los investigadores sitúan la redacción de los Evangelios dentro del primer siglo.

  Muchos estudiosos consideran que Marcos fue escrito alrededor de los años sesenta al sesenta y cinco después de Cristo. Mateo probablemente fue redactado entre los años sesenta y sesenta y cinco, aunque algunos proponen fechas ligeramente posteriores. Lucas suele ubicarse entre los años sesenta y setenta. Juan, por su parte, generalmente se fecha entre los años ochenta y noventa y cinco después de Cristo.

  Lo importante no es únicamente la fecha exacta, sino el hecho de que todos fueron escritos dentro de la generación que vivió los acontecimientos. No estamos hablando de leyendas desarrolladas siglos después. Estamos hablando de documentos que comenzaron a circular cuando todavía vivían personas que habían conocido a Jesús, escuchado sus enseñanzas o presenciado algunos de sus milagros.

Un detalle que a menudo olvidamos

  Cuando leemos los Evangelios desde la comodidad de dos mil años de distancia, es fácil olvidar algo fundamental: los acontecimientos descritos todavía podían ser investigados por muchas personas vivas en aquel tiempo.

  Cuando Marcos escribió acerca de Bartimeo recobrando la vista (Marcos 10:46-52), probablemente aún existían personas que recordaban aquel hecho. Cuando los Evangelios mencionaban a Lázaro siendo resucitado (Juan 11:43-44), el propio Lázaro posiblemente todavía vivía o al menos su historia era ampliamente conocida. Lo mismo puede decirse de muchas otras personas que aparecen en los relatos: los discípulos, los familiares de algunos beneficiados por los milagros, habitantes de Jerusalén, Galilea, Betania o Jericó.

  Esto crea una situación muy interesante para el historiador. Los Evangelios no fueron escritos en un vacío. Fueron publicados en un contexto donde sus afirmaciones podían ser examinadas, cuestionadas y discutidas por personas que habían vivido durante aquellos mismos años.

¿Y qué hay de los enemigos de Jesús?

  Este punto suele llamar mi atención.

  Si los Evangelios hubieran sido completamente ficticios, sus adversarios habrían tenido una oportunidad extraordinaria para desacreditarlos. Los líderes religiosos que se opusieron a Jesús no desaparecieron de un día para otro. Tampoco desaparecieron las autoridades romanas ni los numerosos críticos del movimiento cristiano naciente.

  De hecho, el propio libro de los Hechos muestra que los enemigos del cristianismo continuaban activos décadas después de la muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, resulta significativo que las discusiones registradas en los primeros años del cristianismo rara vez se centran en negar que ciertos acontecimientos hubieran ocurrido. Con frecuencia el debate giraba alrededor de cómo interpretar esos acontecimientos.

  Por ejemplo, incluso los adversarios de Jesús llegaron a atribuir sus milagros a otras fuentes de poder en lugar de negar simplemente que existieran (Mateo 12:24). Esa reacción resulta interesante porque sugiere que ciertos hechos eran demasiado conocidos para ser ignorados.

¿Cómo comenzaron a circular los Evangelios?

  Una vez terminados, los Evangelios no permanecieron guardados en una sola ciudad. Las iglesias cristianas estaban dispersas por Judea, Siria, Asia Menor, Grecia, Egipto y otras regiones del Imperio Romano. Los creyentes valoraban enormemente estos documentos porque preservaban las enseñanzas y la historia del Maestro.

  Por esa razón comenzaron a realizarse copias manuscritas. Cada copia requería tiempo, esfuerzo y recursos. Un escriba debía reproducir cuidadosamente cada línea sobre papiro o pergamino. Luego esas copias viajaban de una comunidad a otra. Las iglesias las leían públicamente, las compartían y producían nuevas copias para otras congregaciones.

  Antes de que terminara el primer siglo, los relatos acerca de Jesús ya circulaban ampliamente entre las comunidades cristianas. Durante el segundo siglo comenzaron a aparecer traducciones tempranas a otros idiomas, especialmente al siríaco y posteriormente al latín. Además, numerosos escritores cristianos citaban fragmentos de los Evangelios en sus propias obras, demostrando que ya eran considerados documentos de enorme autoridad.

Un libro destinado a viajar

  Personalmente, me parece muy probable que algunas copias terminaran llegando a manos de personas que no simpatizaban con el cristianismo. Las rutas comerciales del Imperio Romano conectaban ciudades distantes, y los documentos circulaban mucho más de lo que solemos imaginar. Las cartas de Pablo, por ejemplo, eran copiadas y compartidas entre distintas iglesias. No existe razón para pensar que los Evangelios siguieran un camino diferente.

  De hecho, si los críticos del cristianismo querían entender aquello que los seguidores de Jesús enseñaban, una de las mejores maneras era conseguir copias de esos escritos. Probablemente muchos opositores tuvieron acceso a ellos. Algunos los rechazaron. Otros los criticaron. Pero precisamente esa circulación amplia contribuyó a que estos documentos fueran examinados desde muy temprano por amigos y enemigos por igual.

Mucho más que cuatro libros antiguos

  Al comenzar esta serie es importante recordar que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no son simplemente nombres impresos en una página. Detrás de ellos encontramos personas reales, con experiencias reales y con razones concretas para escribir. Sus relatos comenzaron a circular cuando todavía vivían testigos de los acontecimientos, cuando aún podían formularse preguntas y cuando los hechos todavía estaban relativamente cerca en el tiempo.

  Por eso los Evangelios ocupan un lugar único dentro de nuestra búsqueda del Jesús histórico. Son mucho más que documentos religiosos. Son los testimonios más cercanos que poseemos acerca de la vida del hombre que transformó la historia humana. Y aunque en este capítulo hemos ofrecido solamente una visión general de sus autores y de cómo sus escritos llegaron hasta nosotros, existe mucho más que podría decirse acerca de su confiabilidad histórica.

  De hecho, debido a la importancia de este tema, en Cristopedia hemos desarrollado una serie completa dedicada exclusivamente a examinar la confiabilidad de los Evangelios. En ella analizamos preguntas como: ¿han sido alterados con el paso del tiempo?, ¿qué tan fieles son los manuscritos que han llegado hasta nosotros?, ¿qué evidencias históricas y arqueológicas respaldan sus relatos?, y ¿por qué tantos investigadores consideran que constituyen algunos de los documentos mejor preservados de la antigüedad? Si este tema despierta su interés, le animo a consultar también esa serie complementaria.

  Sin embargo, nuestro propósito aquí es diferente. Antes de analizar con mayor profundidad lo que escribieron Mateo, Marcos, Lucas y Juan, primero necesitamos conocer a los hombres que estuvieron detrás de esos relatos. ¿Quién era realmente Mateo antes de encontrarse con Jesús? ¿Qué llevó a un cobrador de impuestos a abandonar su profesión para seguir a un predicador galileo? ¿Qué vio en Cristo que cambió el rumbo de toda su vida?

  Esa será precisamente nuestra siguiente parada. En el próximo capítulo comenzaremos a sentarnos, por así decirlo, frente a los biógrafos de Jesús. Y descubriremos que, para entender mejor sus escritos, primero debemos conocer las historias de quienes los escribieron.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si alguien hubiera recorrido las calles de Capernaúm durante los días de Jesús y hubiera preguntado quién tenía más probabilidades de convertirse en un importante líder espiritual, difícilmente habría señalado a Mateo. No era sacerdote, no era escriba y tampoco pertenecía a los grupos religiosos que gozaban de prestigio entre la población judía. Por el contrario, era un publicano, un cobrador de impuestos al servicio del gobierno romano. Para muchos de sus compatriotas, aquella ocupación era motivo suficiente para considerarlo un hombre indigno de confianza. Sin embargo, la historia de Mateo nos recuerda una vez más que Jesús veía en las personas algo que otros no podían ver.

  La mayor parte de lo que sabemos acerca de Mateo proviene de los propios Evangelios. Su nombre también aparece como Leví en algunos pasajes, y todo parece indicar que se trata de la misma persona (Marcos 2:14; Lucas 5:27). Vivía y trabajaba en Capernaúm, una ciudad situada junto al Mar de Galilea por donde transitaban comerciantes, pescadores y viajeros. Allí se encontraba su oficina de recaudación de impuestos, un lugar donde pasaba gran parte de sus días registrando mercancías, cobrando tributos y llevando cuentas para las autoridades romanas.

Un hombre acostumbrado al rechazo

  Para comprender mejor el impacto del llamado de Jesús, es importante recordar cómo eran vistos los publicanos en aquella época. Aunque algunos cumplían su trabajo de manera honesta, muchos abusaban de su posición para obtener ganancias adicionales. Debido a ello, la reputación de los cobradores de impuestos era generalmente muy negativa. Los líderes religiosos los consideraban pecadores públicos y frecuentemente eran excluidos de los círculos más respetados de la sociedad.

  Probablemente Mateo estaba acostumbrado a las miradas de desprecio. Seguramente sabía que muchas personas lo juzgaban antes siquiera de hablar con él. Sin embargo, resulta interesante observar que los Evangelios nunca presentan a Jesús compartiendo aquella actitud. Una y otra vez encontramos al Maestro acercándose a personas que otros preferían evitar. Leprosos, pecadores, samaritanos, enfermos y marginados recibían de Él una atención que pocas veces encontraban en otros lugares.

  Quizá precisamente por eso el encuentro entre Jesús y Mateo resulta tan significativo. Mientras otros veían a un publicano sentado detrás de una mesa de impuestos, Jesús veía a un futuro discípulo y a un hombre que un día ayudaría a preservar la historia más importante jamás contada.

El encuentro que cambió su vida

  Mateo describe aquel momento con una sencillez sorprendente. En su Evangelio leemos: “Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió” (Mateo 9:9).

  A simple vista parece un relato muy breve, pero detrás de esas pocas palabras se esconde una decisión monumental. Mateo poseía un empleo estable, ingresos constantes y una posición económica probablemente superior a la de muchos de los pescadores que formaban parte del grupo de discípulos. Sin embargo, cuando Jesús lo llamó, dejó atrás aquella vida para seguirlo.

  Los Evangelios no registran largas discusiones ni negociaciones. Tampoco mencionan dudas prolongadas. Lo que encontramos es a un hombre que escucha una invitación y responde de inmediato. Aquella decisión transformaría completamente su futuro. El cobrador de impuestos de Capernaúm terminaría convirtiéndose en uno de los hombres más conocidos de la historia cristiana.

Lo que Mateo vio en Jesús

  Durante aproximadamente tres años, Mateo tuvo la oportunidad de observar a Jesús de cerca. Escuchó sus enseñanzas, presenció sus milagros y contempló la manera en que trataba a las personas. Fue testigo de acontecimientos extraordinarios que marcarían para siempre la historia de la humanidad.

  Aunque Mateo nunca escribió explícitamente cuál fue el aspecto de Jesús que más lo impresionó, su Evangelio nos ofrece algunas pistas muy interesantes. Una de las características más notables de su relato es el énfasis constante en demostrar que Jesús era el Mesías prometido por las Escrituras. Una y otra vez encontramos expresiones como: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta…” (Mateo 1:22).

  Parece evidente que Mateo quedó profundamente impactado al descubrir cómo la vida de Jesús encajaba con las antiguas profecías del Antiguo Testamento. Como judío, conocía las promesas mesiánicas que habían sido transmitidas durante generaciones. Sin embargo, ahora estaba observando a una persona cuya vida parecía cumplirlas una tras otra.

  Al mismo tiempo, resulta difícil ignorar la importancia que la misericordia ocupa en su Evangelio. Después de todo, Mateo había experimentado personalmente aquella misericordia. Él sabía lo que era ser señalado por la sociedad. Sabía lo que era vivir bajo el peso de una mala reputación. Y fue precisamente a él a quien Jesús llamó para formar parte de su círculo más cercano.

  Quizá por esa razón Mateo conserva una de las declaraciones más hermosas del Maestro: “Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). Es difícil imaginar que estas palabras no hubieran quedado grabadas profundamente en su corazón.

El hombre que escribió una de las biografías más importantes de la historia

  Años después de aquellos acontecimientos, Mateo tomó la decisión de poner por escrito lo que había visto y escuchado. Gracias a ello, generaciones enteras han podido acercarse a la vida y las enseñanzas de Jesucristo. Su Evangelio se convirtió en uno de los documentos más influyentes jamás escritos y continúa siendo leído en prácticamente todos los rincones del mundo.

  Resulta extraordinario pensar que todo comenzó con un hombre sentado detrás de una mesa de impuestos y con una sencilla invitación pronunciada por Jesús. Lo que parecía un día común terminó convirtiéndose en el punto de partida de una historia que cambiaría no solamente la vida de Mateo, sino también la de millones de personas a lo largo de los siglos.

  Sin embargo, todavía quedan muchas preguntas por responder. ¿Qué sintió Mateo cuando escuchó por primera vez el llamado de Jesús? ¿Qué recuerdos conservó con mayor claridad después de tantos años? ¿Por qué decidió escribir su Evangelio? ¿Y qué aspecto de la personalidad de Cristo lo impresionó más profundamente?

  En el próximo capítulo intentaremos acercarnos aún más a este antiguo publicano. Imaginaremos que podemos sentarnos frente a él para realizar una entrevista y escuchar, en sus propias palabras, lo que significó haber caminado junto al hombre que transformó la historia humana.

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debo hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Es simplemente una manera diferente de acercarnos a uno de los hombres que caminó junto a Jesucristo.

  Para ello imaginaremos algo extraordinario.

  Supongamos que los investigadores de Cristopedia lograron construir una máquina del tiempo.

  Supongamos también que, después de años de trabajo, consiguieron traer temporalmente a nuestra época a uno de los hombres más buscados de la historia.

  Mateo.

  El publicano que abandonó su mesa de impuestos para seguir a Jesús. El hombre que convivió con el Maestro. El testigo que observó gran parte de los acontecimientos que cambiarían el rumbo de la humanidad. Y el autor de uno de los relatos más importantes jamás escritos.

  Naturalmente surgió un problema inmediato. Mateo hablaba arameo. Conocía hebreo. Probablemente podía comunicarse en griego. Nosotros hablamos español. Además, ¿cómo podría comprender un mundo separado del suyo por casi dos mil años? Afortunadamente, nuestros ingenieros temporales habían pensado en ese detalle. Como parte del proceso de adaptación, cualquier visitante trasladado desde otra época recibe temporalmente la capacidad de comprender los idiomas modernos y entender los conceptos básicos necesarios para interactuar con nuestro mundo. En otras palabras, Mateo puede conversar con nosotros. Puede comprender nuestras preguntas. Puede leer nuestros libros. Y puede descubrir qué ha ocurrido durante los últimos veinte siglos.

  Obviamente, la noticia de que Mateo, uno de los discípulos de Jesucristo, sería entrevistado en nuestra época provocó una reacción sin precedentes. En cuestión de horas, los principales medios de comunicación del mundo comenzaron a difundir la noticia. Cadenas de televisión modificaron su programación habitual, periodistas solicitaron acreditaciones especiales y millones de personas empezaron a seguir cada actualización relacionada con el acontecimiento.

  La expectativa era comprensible. Después de todo, no se trataba de entrevistar a un personaje histórico cualquiera. Estábamos hablando de un hombre que había caminado junto a Jesús, que había escuchado sus enseñanzas directamente de sus labios, que había presenciado muchos de sus milagros y que posteriormente había escrito uno de los testimonios más importantes acerca de su vida. Historiadores, arqueólogos, investigadores, teólogos, creyentes y escépticos coincidían en algo: aquella podría convertirse en una de las entrevistas más importantes jamás realizadas.

  Por primera vez en la historia, el mundo tendría la oportunidad de escuchar directamente a uno de los hombres que estuvo allí. A alguien que no hablaba de teorías ni de tradiciones transmitidas por generaciones, sino de acontecimientos que había visto con sus propios ojos. La expectativa era enorme. Las preguntas se contaban por miles. Y mientras millones i millones de personas aguardaban el inicio de la transmisión, una interrogante dominaba por encima de todas las demás: ¿qué diría Mateo acerca de Jesús?

  Las cadenas de televisión interrumpieron su programación habitual. Los principales medios de comunicación enviaron representantes. Multitudes de personas comenzaron a conectarse desde distintos países. Historiadores querían escucharlo. Arqueólogos querían hacer preguntas. Teólogos querían conocer sus respuestas. Periodistas querían entrevistarlo. Creyentes de todo el mundo estaban expectantes. Y también los escépticos. Después de todo, ¿quién no querría escuchar a un hombre que caminó junto a Jesús? ¿Quién no querría preguntarle qué vio realmente? ¿Quién no querría saber qué impresión le causó el personaje más influyente de toda la historia humana?

  Finalmente llegó el momento y Mateo llego al estudio, permaneció inmóvil durante algunos segundos. Observó las luces. Observó las cámaras. Observó las enormes pantallas que cubrían las paredes. Luego señaló discretamente una de ellas.

  —¿Y esa cosa qué hace?

  —Permite que millones de personas puedan verlo y escucharlo.

  Mateo me observó durante varios segundos.

  —¿Millones?

  —Millones.

  —¿Al mismo tiempo?

  —Al mismo tiempo.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  —Debo admitir que eso es más impresionante que la máquina del tiempo.

  Ambos reímos.

        Poco después dirigió su mirada hacia una ventana. En ese momento un avión cruzaba el cielo. Mateo lo siguió con la vista.

  —Y esas enormes aves metálicas…

  —Se llaman aviones.

  —¿Vuelan?

  —Sí.

  —¿Y llevan personas dentro?

  —Miles cada día.

  Mateo negó lentamente con la cabeza.

  —Definitivamente me he perdido algunos acontecimientos importantes.

       Minutos después encendimos una de las pantallas principales. Comenzaron a aparecer imágenes provenientes de distintos lugares del mundo. Personas leyendo las Escrituras en China. Congregaciones adorando en África. Familias estudiando la Biblia en América Latina. Creyentes reunidos en Europa. Grupos de oración en Medio Oriente. Mateo observó durante largo tiempo sin decir una sola palabra. Finalmente preguntó:

     —¿Quiénes son todas estas personas?… ¿Acaso todos ellos conocen al Maestro?  

  —¿Todos?

  —Todos.

Mateo guardó silencio durante varios segundos, intentando procesar todo lo que tenía delante. Sus ojos recorrieron una vez más las imágenes de personas provenientes de distintos lugares del mundo. Finalmente levantó la cabeza y pronunció unas palabras que nadie esperaba.  

  —¿Qué ocurrió? Le pregunto el entrevistador.

  —Lo que Él dijo.

  —¿A qué se refiere?

  — Recuerdo perfectamente sus palabras. Nos dijo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”

  Mateo continúa observando la pantalla.

  — En aquel momento éramos un grupo pequeño en una provincia pequeña del Imperio Romano.

  El apóstol hizo una pausa y continuo diciendo:

  — Creo que ninguno de nosotros alcanzó a imaginar algo como esto. Luego sonrío.

     Mientras Mateo continuaba contemplando las imágenes proyectadas en la pantalla, uno de nuestros asistentes se acercó discretamente y colocó un libro entre sus manos.

El antiguo discípulo bajó la mirada y lo observó con curiosidad. Luego comenzó a examinarlo cuidadosamente. Al principio observó la encuadernación, el papel y la forma en que el texto estaba organizado. Luego frunció ligeramente el ceño y volvió a mirar con mayor atención.

  —Es extraordinario…

  —¿Qué cosa?

  —Puedo leerlo.

  Sus ojos continuaron recorriendo las líneas impresas.

  —Sé que me explicaron lo que ocurrió durante el proceso de adaptación temporal, pero aun así resulta sorprendente. Hace unas horas no conocía una sola palabra de este idioma y ahora puedo entender cada línea.

  Volvió a bajar la mirada hacia el libro.

  —Definitivamente el viaje al futuro está lleno de sorpresas.

  Mientras avanzaba entre las páginas, de pronto encontró su propio relato y permaneció observándolo durante algunos segundos. Pasó suavemente la mano sobre la página.

  — Es difícil describir lo que siento en este momento. Cuando escribí estas palabras, mi único deseo era que otras personas pudieran conocerlo. Jamás imaginé que algún día serían leídas en lugares cuyos nombres nunca escuché, por personas que todavía no habían nacido. Levantó la vista por un instante y dijo:

  —Y sin embargo, aquí están. Continuó recorriendo el volumen hasta encontrar otro nombre.

  — Marcos… Una sonrisa apareció en su rostro.

  —Me alegra saber que su testimonio sobrevivió al paso de los siglos. Poco después llegó al relato de Lucas.

  —Lucas. Siempre fue un hombre muy cuidadoso. Le gustaba investigar cada detalle antes de escribirlo. Siguió avanzando lentamente hasta detenerse nuevamente.

     Siguió avanzando lentamente hasta detenerse nuevamente. Esta vez permaneció en silencio durante algunos momentos.

  —Juan…

  Su voz sonó diferente. Más suave. Más reflexiva.

  —El discípulo amado.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Amaba profundamente al Maestro.

  Permaneció observando el nombre durante algunos segundos.

  —Siempre tuvo una forma especial de hablar acerca de Él.

  Continuó recorriendo algunas páginas de su relato. Entonces levantó la vista.

  —¿Las personas todavía leen esto?

  —Millones de personas.

  —¿En muchos países?

  —Prácticamente en todo el mundo.

  Mateo volvió a bajar la mirada hacia las páginas. Era evidente que estaba intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Y su propio relato.

  Cuatro hombres separados por siglos de distancia de los lectores que ahora los estudiaban. Finalmente sonrió.

  —Entonces los cuatro seguimos hablando del Maestro.

  La fuerza de aquella frase llena toda la habitación.

  Y mientras el mundo entero observa en silencio, comprendo que ha llegado el momento de formular la pregunta que todos están esperando.

  La pregunta que millones de personas darían cualquier cosa por escuchar responder a uno de los hombres que estuvo allí. La pregunta que ha atravesado veinte siglos de historia.

  Me inclino ligeramente hacia adelante.

  —Mateo…

  —Después de todo lo que vio…

  —Después de todo lo que escuchó…

  —Después de caminar junto a Jesús…

  ¿Quién era realmente Él?

  Mateo permanece en silencio.

  Por primera vez desde que comenzó la entrevista parece buscar cuidadosamente las palabras. No parece una pregunta difícil.

     —Mateo, millones de personas alrededor del mundo están viendo esta entrevista.

  El antiguo discípulo asintió lentamente.

  —Lo sé.

  —Y muchas de ellas tienen opiniones muy diferentes acerca de Jesús. Algunos creen que fue un maestro moral. Otros piensan que fue un profeta. Otros lo consideran una figura histórica importante. Y continuo diciendo:

  —Usted caminó junto a Él. Usted lo conoció personalmente. Si tuviera que decirle al mundo quién era realmente Jesús, ¿qué respondería?

  Durante algunos segundos Mateo permaneció en silencio. La expectativa era enorme. Nadie parecía dispuesto a moverse. Finalmente respondió.

  — Diría que pasé tres años intentando responder esa misma pregunta. Una ligera sonrisa apareció en su rostro.

  —Y cada vez que creía haber encontrado la respuesta, Jesús hacía algo que me obligaba a pensar más profundamente.

  —¿Cómo qué?

  —Las profecías.

  —¿Las profecías?

  —Sí.

  —Yo conocía las Escrituras desde mi juventud. Sabía lo que habían anunciado Isaías, Daniel, Miqueas y los demás profetas. Sabía lo que debía hacer el Mesías cuando viniera. Mateo hizo una pausa.

  —Pero entonces apareció Jesús.

  La sala quedó completamente en silencio.

  —Y comencé a ver cómo aquellas antiguas palabras cobraban vida delante de mis ojos.

  —¿Está diciendo que las profecías lo convencieron?

  —Estoy diciendo que me obligaron a tomar una decisión.

  —¿Cuál?

  —Aceptar lo que estaba viendo. Su voz adquirió firmeza.

  —Porque una profecía podía ser coincidencia.

  —Dos podían ser casualidad.

  —Pero cuando observé una tras otra cumplirse delante de mis ojos, llegué a una conclusión de la que jamás me aparté. Nadie dijo una sola palabra.

  —¿Cuál fue esa conclusión?

  Mateo levantó lentamente la mirada.

  —Que Jesús era el Mesías prometido por Dios.

  La respuesta provocó un murmullo entre algunas personas presentes. Pero Mateo aún no había terminado.

  —Y con el tiempo comprendí algo todavía más grande.

  La sala volvió a quedar en silencio.

  —¿Qué comprendió?

  —Que incluso la palabra Mesías era demasiado pequeña.

  Por un instante se habría podido escuchar caer un alfiler.

  —¿Demasiado pequeña?

  —Sí.

  —Porque Jesús no solamente cumplía las promesas acerca del Rey.

  —Jesús era el Rey. Su voz sonó firme.

  —El Hijo de David.

  —El heredero del trono.

  —El Rey anunciado por los profetas.

  Luego hizo una pausa larga. Como si estuviera escogiendo cuidadosamente las siguientes palabras.

  —Pero hubo algo más.

  —¿Qué cosa?

  —El título que más utilizaba para sí mismo.

  —¿El Hijo del Hombre?

  —Exactamente. Mateo asintió.

  —Muchos escuchaban esas palabras y pensaban que estaba hablando de su humanidad.

  —Pero nosotros conocíamos las Escrituras.

  —Sabíamos lo que el profeta Daniel había visto.

  —Sabíamos quién era aquel que venía con las nubes del cielo.

  —Sabíamos quién era aquel que recibiría dominio eterno y un reino que jamás tendría fin.

  La tensión en el estudio era evidente.

  —¿Está diciendo que Jesús estaba identificándose con esa figura?

  —No tengo ninguna duda. La respuesta cayó como un martillo.

  —Ninguna. Nadie se movió. Nadie habló. Todos esperaban la siguiente frase. Entonces Mateo continuó.

  —Y cuando finalmente comprendí quién era realmente Jesús, una palabra comenzó a perseguirme.

  —¿Cuál?

  Mateo respondió sin vacilar.

  —Emmanuel.

  La sala quedó inmóvil.

  —¿Dios con nosotros?

  —Sí.

  —Dios con nosotros. Su voz se volvió más suave.

  —Durante años pensé que esa profecía hablaba acerca de Él.

  —Después comprendí que hablaba de quién era Él.

  Un silencio profundo llenó el estudio. Incluso las personas detrás de cámaras parecían haberse olvidado de moverse.

  —Mateo, ¿está diciendo que Jesús era Dios? Por primera vez el antiguo publicano respondió sin detenerse a pensar. Como si aquella convicción hubiera ardido en su corazón durante toda una vida.

  —Estoy diciendo que vi cumplirse las profecías.

  —Estoy diciendo que escuché sus palabras.

  —Estoy diciendo que observé su vida.

  —Estoy diciendo que vi cómo el Maestro confirmó una y otra vez quién era. Mateo se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Y después de todo lo que vi, después de todo lo que escuché y después de todo lo que llegué a comprender… Su voz adquirió una fuerza extraordinaria.

  —Vuelvo a decirlo, no me quedó ninguna duda.

  —Jesús es el Mesías.

  —Jesús es el Rey.

  —Jesús es el Hijo del Hombre.

  —Jesús es Emmanuel.

  —Jesús es Dios con nosotros. Por unos segundos nadie dijo absolutamente nada.

      Y mientras millones de personas observaban aquella entrevista alrededor del mundo, resultaba imposible no sentir el peso de una realidad inquietante.

  No estaba hablando un hombre que había leído acerca de Jesús. Estaba hablando un hombre que había caminado junto a Él.

  Un hombre que había escuchado sus enseñanzas directamente de sus labios. Un hombre que había dedicado años de su vida a observarlo de cerca. Un hombre que estuvo dispuesto a abandonar su profesión, su seguridad y su futuro para seguirlo.

  Un hombre que, después de todo lo que vio, llegó a la conclusión de que Jesús era el Mesías, el Rey prometido, el Hijo del Hombre y Emmanuel.

  Cuando las cámaras finalmente dejaron de transmitir, el silencio seguía siendo casi tan intenso como al comienzo de la entrevista.

  Las palabras de Mateo todavía parecían suspendidas en el aire. Y mientras abandonaba lentamente el estudio, una sensación extraña permanecía en el corazón de quienes habían escuchado su testimonio.

  La sensación de haber estado frente a un hombre que no estaba defendiendo una teoría, ni una tradición, ni una filosofía. Sino frente a un hombre que había defendido con su propia vida la verdad de lo que había visto y de aquello de lo que había sido testigo.

Disfrute un reel con proposito

Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Es simplemente una manera diferente de acercarnos a uno de los personajes más importantes del cristianismo primitivo.

  Nuestro invitado de hoy es Marcos.

  A diferencia de Mateo y Juan, Marcos no formó parte de los doce apóstoles. Tampoco existe evidencia concluyente de que acompañara a Jesús durante todo su ministerio público. Sin embargo, eso no significa que estuviera lejos de los acontecimientos.

  Sabemos por las Escrituras que su madre, llamada María, poseía una casa en Jerusalén donde los creyentes acostumbraban reunirse (Hechos 12:12). También sabemos que Pedro conocía bien aquel lugar y acudió allí después de ser liberado milagrosamente de la prisión (Hechos 12:12-17).

  Además, Marcos llegó a convertirse en colaborador cercano de Pedro. Tanto fue así que el propio apóstol lo llamó “mi hijo” (1 Pedro 5:13), una expresión que probablemente refleja una profunda relación espiritual.

  A partir de este punto resulta interesante observar lo que afirman algunas de las fuentes cristianas más antiguas que se conservan.

  A comienzos del siglo segundo, Papías de Hierápolis escribió que Marcos fue intérprete de Pedro y que registró cuidadosamente las cosas que el apóstol recordaba acerca del Señor. Décadas más tarde, Ireneo de Lyon confirmó la misma información. Otros escritores antiguos, como Clemente de Alejandría y Eusebio de Cesarea, también preservaron testimonios que relacionan estrechamente el Evangelio de Marcos con la predicación y los recuerdos de Pedro.

  Naturalmente, estos autores escribieron después de los acontecimientos y sus declaraciones deben ser evaluadas como cualquier otra fuente histórica antigua. Sin embargo, el hecho de que varios escritores independientes coincidan en atribuir a Marcos una relación tan cercana con Pedro ha llevado a numerosos investigadores a considerar esta información seriamente.

  Por esa razón, muchos especialistas consideran que, cuando leemos el Evangelio de Marcos, estamos escuchando no solamente la voz del evangelista, sino también gran parte de los recuerdos de uno de los hombres que convivió más estrechamente con Jesucristo.

  Sin embargo, existe otro detalle que pocas veces se menciona.

  Cuando Jesús recorrió Galilea, Judea y las regiones vecinas, sus obras produjeron un impacto extraordinario sobre la población. Los Evangelios describen multitudes provenientes de diversas regiones buscando escucharlo, observarlo o ser sanadas por Él (Mateo 4:23-25).

  La fama de Jesús se extendió rápidamente por ciudades, aldeas y caminos. Los enfermos eran llevados hasta donde se encontraba. Los endemoniados eran presentados delante de Él. Familias enteras hablaban acerca de sus enseñanzas y de sus milagros. En algunos lugares las multitudes eran tan numerosas que apenas había espacio para acercarse (Marcos 1:33; Marcos 2:2).

  Por esa razón resulta difícil imaginar que un joven como Marcos, que vivía precisamente en medio de aquel mundo, permaneciera ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.

  ¿Escuchó personalmente a Jesús en alguna ocasión?

  No lo sabemos.

  ¿Llegó a presenciar algunos acontecimientos relacionados con su ministerio?

  Es posible.

  ¿Escuchó innumerables testimonios de personas que habían visto actuar al Maestro?

  Eso parece prácticamente inevitable.

  Su familia vivía en Jerusalén. Los apóstoles frecuentaban su casa. Pedro formaba parte de su círculo más cercano. Y durante años estuvo rodeado de hombres y mujeres cuyas vidas habían sido transformadas por Jesús.

    Cuando Jesús murió y resucitó, Marcos probablemente era un joven. No sabemos exactamente qué edad tenía ni cuánto contacto directo tuvo con el Maestro. Sin embargo, vivió lo suficientemente cerca de los acontecimientos como para crecer rodeado de personas que habían conocido personalmente a Jesús. Además, durante décadas escuchó los recuerdos de Pedro, uno de los principales testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Cristo.

  Por lo tanto, para esta entrevista partiremos de aquello que la mayoría de los estudiosos considera razonable: Marcos conoció de cerca a los principales líderes del cristianismo primitivo, escuchó durante años los relatos acerca de Jesús y recibió una profunda influencia de Pedro, uno de los testigos oculares más importantes de toda la historia cristiana.

  Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.

  Y esta vez el invitado sería el hombre que escribió el evangelio más antiguo de todos.

Una vez aclarado todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia.

  La entrevista con Mateo había terminado, pero el impacto de sus palabras continuaba sintiéndose alrededor del mundo. Millones de personas seguían comentando sus respuestas. Los medios de comunicación analizaban cada una de sus declaraciones. Historiadores debatían sus observaciones. Creyentes y escépticos discutían sus conclusiones. Las redes sociales permanecían saturadas de comentarios. Nadie parecía indiferente a lo que acababa de suceder. Después de todo, el mundo había escuchado a uno de los hombres que caminó junto a Jesucristo.

  Sin embargo, mientras las conversaciones acerca de Mateo continuaban multiplicándose, una nueva expectativa comenzaba a surgir. Miles de personas formulaban la misma pregunta: si Mateo había hablado como testigo directo de Jesús, ¿qué diría Marcos? La curiosidad era enorme. Su nombre era conocido por millones de lectores de la Biblia, pero pocas personas sabían realmente quién había sido aquel hombre o cuál había sido su relación con los acontecimientos que transformaron la historia.

  Marcos era diferente a Mateo. No perteneció a los doce apóstoles. No aparece recorriendo los caminos de Galilea junto al Maestro. No fue uno de los hombres que abandonaron sus redes de pesca para seguir a Jesús. Y, sin embargo, terminó escribiendo uno de los relatos más importantes de toda la historia cristiana. De hecho, muchos investigadores consideran que su Evangelio pudo haber sido el primero en escribirse.

  Las solicitudes para asistir a la entrevista superaron todos los registros anteriores. Cadenas internacionales enviaron corresponsales especiales. Universidades solicitaron acceso a la transmisión. Historiadores, arqueólogos, investigadores bíblicos y periodistas ocuparon sus lugares en el estudio. La expectativa era enorme. Todos querían escuchar lo que aquel hombre tenía que decir.

  Cuando las luces comenzaron a disminuir, una enorme pantalla apareció detrás del escenario. Sobre ella comenzaron a proyectarse imágenes de la antigua Jerusalén. Las murallas, los caminos de piedra, el Templo y las estrechas calles de la ciudad fueron apareciendo lentamente mientras el silencio se apoderaba del auditorio.

  —Nuestro invitado de esta noche ocupa un lugar único en la historia —comencé diciendo mientras las imágenes continuaban desfilando frente a la audiencia.

  Una antigua casa apareció entonces en la pantalla.

  —Sabemos por las Escrituras que su madre se llamaba María y que poseía una casa en Jerusalén donde los primeros creyentes acostumbraban reunirse (Hechos 12:12). También sabemos que aquella casa era bien conocida por los apóstoles y por los líderes de la iglesia primitiva.

  Las imágenes cambiaron nuevamente.

  Ahora podía verse una representación de Pedro llegando a una puerta en medio de la noche.

  —Fue precisamente a esa casa donde llegó el apóstol Pedro después de haber sido liberado milagrosamente de la prisión (Hechos 12:6-17). Imaginen por un momento aquella escena. Los creyentes reunidos en oración. Pedro encarcelado. La posibilidad real de una ejecución. Y de pronto, un golpe inesperado en la puerta. Pedro estaba libre.

  Hice una breve pausa mientras la audiencia observaba atentamente la pantalla.

  —Aquella casa no era una casa cualquiera. Se encontraba en el corazón mismo de los acontecimientos que marcaron los primeros años del cristianismo. Por sus habitaciones desfilaron hombres y mujeres que habían conocido personalmente a Jesús. Personas que habían escuchado sus enseñanzas. Personas que habían sido testigos de sus milagros. Personas que afirmaban haberlo visto vivo después de la resurrección.

  Esta noche no entrevistaremos solamente al autor de un Evangelio.

  Entrevistaremos a un hombre que creció en medio de la huella que Jesús dejó sobre toda una generación. Un hombre que escuchó durante años a quienes lo conocieron. Un hombre que dedicó parte de su vida a conservar esos recuerdos para que también nosotros pudiéramos conocerlos.

  Damas y caballeros…

  Recibamos a Marcos.

  Las luces del estudio comenzaron a descender lentamente mientras una suave música llenaba el ambiente. La enorme pantalla detrás del escenario mostraba imágenes de Jerusalén, los caminos polvorientos de Judea y las antiguas murallas que habían visto pasar a generaciones enteras. La expectativa era enorme. Millones de personas observaban desde distintos lugares del mundo. Nadie sabía exactamente qué esperar de aquel encuentro.

  Finalmente, una puerta lateral se abrió.

  El auditorio estalló en aplausos.

  Marcos apareció en el escenario.

  Durante algunos segundos permaneció inmóvil observando todo a su alrededor. Sus ojos recorrían las enormes pantallas, las luces suspendidas sobre el estudio y las cámaras que parecían seguir cada uno de sus movimientos. Era evidente que todavía no terminaba de acostumbrarse al mundo al que había llegado.

  El evangelista avanzó lentamente hasta su asiento mientras los aplausos continuaban. Sonrió con cierta timidez y saludó discretamente a la audiencia. Cuando finalmente tomó asiento, observó una de las cámaras que tenía enfrente.

  —Todavía me cuesta creer que millones de personas puedan estar viendo esta conversación al mismo tiempo.

  Algunas personas rieron.

  —Créame, Marcos, a nosotros también nos sigue pareciendo impresionante.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Cuando llegué aquí pensé que la máquina del tiempo sería lo más extraordinario que vería. Pero después me mostraron esas pequeñas cajas que llevan en los bolsillos y me dijeron que pueden comunicarse instantáneamente con personas que están al otro lado del mundo.

  La audiencia volvió a reír.

  —Aún estoy tratando de entender cómo funciona eso.

  El ambiente se relajó inmediatamente.

  Por unos momentos pareció olvidarse que el hombre sentado frente a nosotros había vivido casi dos mil años atrás.

  Esperé unos segundos antes de formular la primera pregunta.

  —Marcos, millones de personas alrededor del mundo conocen su nombre. Han leído su Evangelio. Han escuchado hablar de usted durante años. Pero la realidad es que sabemos muy poco acerca de su vida.

  Marcos asintió lentamente.

  —Eso suele suceder cuando uno escribe acerca de alguien mucho más importante que uno mismo.

  La respuesta provocó algunas sonrisas entre los asistentes.

  —Sin embargo, hoy nos gustaría comenzar hablando de usted. Cuéntenos un poco acerca de su vida. ¿Quién era Marcos antes de convertirse en el autor de un Evangelio?

  El evangelista permaneció en silencio durante algunos segundos. Parecía estar organizando cuidadosamente sus recuerdos.

  Finalmente levantó la vista.

  —Mi nombre era Juan Marcos.

  Su voz sonó tranquila.

  —La mayoría de las personas me conocía simplemente como Marcos. Crecí en Jerusalén, en una época extraordinaria. Una época llena de esperanza, de tensión y también de incertidumbre. Los romanos gobernaban nuestra tierra. Los líderes religiosos discutían constantemente acerca de la Ley. Y el pueblo esperaba la llegada del Mesías prometido.

  Hizo una breve pausa.

  —Mi madre se llamaba María. Era una mujer profundamente comprometida con Dios. Nuestra casa se convirtió con el tiempo en un lugar de reunión para muchos creyentes. Allí se reunían hombres y mujeres que habían dedicado sus vidas a seguir al Señor. Con el paso de los años, aquella casa llegó a convertirse en un lugar muy conocido entre los hermanos de Jerusalén.

  Marcos guardó silencio durante unos instantes, como si estuviera contemplando nuevamente aquellos recuerdos.

  —Cuando pienso en mi juventud, muchas de las imágenes que vienen a mi mente ocurren precisamente allí… en aquella casa.

  Antes de comenzar la entrevista, uno de nuestros asistentes se acercó discretamente al escenario llevando un objeto entre las manos. Marcos lo observó con curiosidad mientras el hombre se lo entregaba.

  —¿Qué es eso?

  —Es una Biblia.

  La recibió cuidadosamente y comenzó a examinarla desde distintos ángulos. Pasó la mano sobre la cubierta, observó el grosor del volumen y luego lo levantó ligeramente, como intentando calcular su peso. Una expresión de sorpresa apareció en su rostro.

  —Es extraordinario.

  —¿Qué le parece tan extraordinario?  Marcos volvió a observar el libro antes de responder.

  —En mi época algo así habría sido impensable. Nosotros escribíamos en papiros. Algunos documentos se copiaban sobre pergaminos hechos con pieles de animales. Los escritos extensos se conservaban en rollos que debían desenrollarse cuidadosamente para leerlos y volver a enrollarse cuando terminabas. Pero esto… —dijo mientras abría lentamente el volumen— contiene una enorme cantidad de información en un espacio sorprendentemente pequeño.

  Comenzó a pasar páginas una tras otra. Cada vez parecía más impresionado.

  —¿Todo esto está escrito dentro de un solo volumen?

  —Sí.

  Marcos negó lentamente con la cabeza.

  —Increíble. En mis días, para transportar una cantidad semejante de escritos habríamos necesitado varios rollos y probablemente una caja enorme para guardarlos. Y ustedes simplemente lo llevan bajo el brazo.

  La audiencia sonrió mientras Marcos continuaba hojeando las páginas. De pronto se detuvo. Sus ojos recorrieron varias líneas y una sonrisa apareció en su rostro.

  —Pablo.

  —¿Encontró algo familiar?

  —Sí.

Continuó leyendo durante algunos segundos.

  —Romanos… Corintios… Gálatas…

  Sacudió ligeramente la cabeza.

  —Si alguien me hubiera dicho que algún día las cartas de Pablo serían leídas en todo el mundo, probablemente no le habría creído.

  —¿Lo conoció bien?

  —Sí. Era difícil olvidarlo.

  Las risas se escucharon en distintas partes del auditorio. Mientras seguía avanzando entre las páginas, uno de nuestros asistentes se acercó nuevamente.

  —Marcos, hay algo más que quizá quiera ver.

  —¿Algo más?

  —Sí.

  El asistente abrió la Biblia en otro lugar y señaló un pasaje específico. Marcos comenzó a leer en silencio. Durante varios segundos permaneció concentrado en la página. Finalmente levantó la vista y una expresión entre sorpresa y resignación apareció en su rostro.

  —Oh…

  La audiencia comenzó a reír.

  —¿Qué encontró?

  —Un libro que escribió Lucas.

  Las risas aumentaron.

  —¿Y qué escribió Lucas?

  Marcos volvió a mirar la página antes de responder.

  —Parece que decidió dejar registrado cierto desacuerdo entre Pablo y mi tío Bernabé.

  Las carcajadas se extendieron por todo el estudio.

  —¿El relacionado con usted?

  —El mismo.

  La audiencia seguía riendo.

  —¿Y qué opina de que dos mil años después todo el mundo siga leyendo esa historia?

  Marcos cerró los ojos por un instante y negó suavemente con la cabeza.

  —Empiezo a pensar que Lucas disfrutaba demasiado escribiendo detalles.

  La sala volvió a estallar en risas.

  —Vamos, Marcos. ¿Todavía le incomoda?

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  —Digamos que no era precisamente el episodio que esperaba encontrar primero.

  Las risas disminuyeron poco a poco.

  —Aunque debo admitir algo.

  —¿Qué cosa?

  —Me alegra que la historia no terminara allí. Pablo me dio una segunda oportunidad. Y eso cambió mi vida.

  Por unos instantes el estudio quedó en silencio. Había algo profundamente humano en aquella confesión. Marcos permaneció observando las páginas durante algunos momentos más, hasta que de pronto se detuvo nuevamente.

  Frunció ligeramente el ceño. Retrocedió algunas páginas. Volvió a avanzar. Parecía intentar confirmar algo que acababa de descubrir.

  Finalmente levantó la vista.

  —¿Qué significa esto?

  —¿Qué encontró?

  Marcos señaló el encabezado de una página.

  —Aquí dice: “Evangelio según Marcos”.

  La sala quedó completamente en silencio.

  —Sí.

  —¿Marcos?

  —Sí.

  —¿Juan Marcos?

  —El mismo.

  Durante algunos segundos permaneció inmóvil. Volvió lentamente la mirada hacia las páginas. Sus dedos recorrieron varias líneas impresas mientras leía en silencio.

  —No lo entiendo.

  —¿Qué es lo que no entiende?

  —¿Cómo llegó esto hasta aquí?

  Nadie respondió.

  —Cuando escribí estas cosas, jamás imaginé que sobrevivirían tanto tiempo. Nunca pensé que personas de lugares cuyos nombres jamás escuché llegarían a leerlas.

  Pasó algunas páginas más. Entonces encontró otros nombres.

  Mateo.

  Lucas.

  Juan.

  Permaneció observándolos durante varios segundos.

  —Entonces ellos también están aquí.

  —Sí.

  —Y las personas todavía leen estos escritos.

  —Todos los días.

  Marcos volvió a contemplar las páginas. Era evidente que estaba intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.

  —Dos mil años…

  Su voz apenas era un susurro.

  —Y todavía siguen hablando acerca del Maestro.

  Nadie dijo una sola palabra.

  Porque la respuesta estaba allí mismo. En aquel libro. En los millones de personas que observaban la transmisión.

  Y en el hecho extraordinario de que las palabras escritas por aquellos hombres continuaban llevando a nuevas generaciones a conocer a Jesucristo.

  Finalmente cerró la Biblia con cuidado y permaneció unos segundos sosteniéndola entre sus manos.

  —Cuando escribí estas cosas, solamente esperaba conservar recuerdos que consideraba demasiado importantes para perderse.

  Hizo una pausa.

  —Jamás imaginé que Dios los preservaría durante tanto tiempo.

  Luego levantó la vista y sonrió.

  —Definitivamente este viaje al futuro está lleno de sorpresas.

  La audiencia respondió con un cálido aplauso.

  Y sólo entonces comenzó la entrevista.

  Esperé unos segundos a que los aplausos terminaran. Marcos todavía parecía impresionado por todo lo que había descubierto. Finalmente colocó la Biblia sobre la mesa y volvió su atención hacia la entrevista.

  —Marcos, hace unos momentos nos habló un poco acerca de su juventud en Jerusalén y de la casa de su madre.

  —Así es.

  —Las Escrituras nos dicen que aquella casa llegó a convertirse en un lugar importante para los creyentes de aquellos años. Por eso me gustaría hacerle una pregunta muy sencilla.

  Marcos asintió.

  —Adelante.

  —¿Qué clase de personas visitaban su casa?

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Más de las que yo imaginaba en aquel tiempo.

  La audiencia guardó silencio.

  —Cuando eres joven, muchas veces no comprendes la importancia de las personas que te rodean. Para mí eran simplemente hermanos que llegaban a visitarnos, personas que se reunían para orar, conversar o compartir noticias. Con el paso de los años comprendí que muchos de ellos terminarían desempeñando papeles muy importantes en la historia de la iglesia.

  Hizo una breve pausa.

  —Recuerdo a Pedro.

  La audiencia reaccionó inmediatamente al escuchar aquel nombre.

  Marcos sonrió.

  —Sí, Pedro visitaba nuestra casa.

  Guardó silencio durante unos segundos, como si estuviera viendo nuevamente aquellos días.

  —Y no era el único.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —También recuerdo a Bernabé. Después de todo, era familia. Su presencia era algo muy natural para nosotros.

  Hizo una breve pausa.

  —Con los años también llegué a conocer a Pablo.

  Al escuchar aquel nombre, la audiencia reaccionó inmediatamente.

  —Y muchos otros hermanos cuyos nombres quizá no resulten familiares para ustedes, pero que desempeñaron un papel importante en los primeros años de la iglesia.

  Marcos volvió a guardar silencio por unos instantes.

  —Lo que más recuerdo no son los nombres.

  La audiencia permaneció atenta.

  —Lo que recuerdo son las conversaciones.

  Sus ojos parecían perdidos en algún punto distante.

  —Nuestra casa era un lugar donde constantemente se reunían hombres y mujeres que amaban al Señor. Algunos habían escuchado a Jesús. Otros habían conocido a quienes caminaron con Él. Otros habían visto con sus propios ojos lo que Dios estaba haciendo en aquellos días.

  Una sonrisa apareció nuevamente en su rostro.

  —Ahora que lo pienso, probablemente escuché algunas de las conversaciones más extraordinarias de mi generación dentro de aquellas paredes.

   Marcos continuo hablando de aquellos años como si todavía pudiera caminar por aquellas calles.

  Como si Jerusalén siguiera viva en su memoria. Entonces el entrevistador lo interrumpió suavemente y le dijo:

  —Marcos, antes de continuar hablando de las personas que visitaban su casa, me gustaría preguntarle algo.

  —Claro.

  —¿Cómo era Jerusalén en aquellos días?

  La pregunta pareció sorprenderlo.

  Marcos guardó silencio durante algunos segundos.

  Como si intentara regresar mentalmente a una ciudad que había desaparecido hacía casi dos mil años.

  Finalmente respondió.

  —Era una ciudad llena de contrastes.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Por un lado estaba el Templo. Los sacerdotes. Los sacrificios. Las festividades. Los peregrinos que llegaban desde distintos lugares del mundo. Jerusalén siempre estaba llena de actividad. Especialmente durante las grandes celebraciones.

  Hizo una breve pausa.

  —Pero en aquellos años había algo más.

  Su voz se volvió más reflexiva.

  —Había conversaciones.

  —¿Conversaciones?

  —Sí.

  —En los mercados.

  —En las calles.

  —En las casas.

  —En las reuniones familiares.

  —Las personas hablaban de lo que había sucedido.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —¿A qué se refiere?

  —A Jesús.

  El silencio se apoderó del estudio.

  —Habían pasado algunos años desde su crucifixión y su resurrección, pero su nombre seguía apareciendo constantemente en las conversaciones.

  Marcos hizo una pausa.

  —Y no solamente entre sus seguidores.

  Eso pareció sorprender a varias personas.

  —¿No?

  —No.

  —Algunos hablaban de Él con admiración.

  —Otros con gratitud.

  —Otros con curiosidad.

  —Y algunos con enojo.

  La tensión en el estudio aumentó.

  —¿Por qué con enojo?

  —Porque no todos estaban contentos con lo que estaba ocurriendo.

  —Había líderes religiosos que consideraban peligroso el crecimiento de sus seguidores.

  —Había personas que rechazaban las afirmaciones que se hacían acerca de Él.

  —Y había quienes simplemente deseaban que todo aquello desapareciera.

  Marcos negó lentamente con la cabeza.

  —Pero no desaparecía.

  La sala quedó en silencio.

  —¿Por qué?

  Marcos respondió sin vacilar.

  —Porque todavía vivían demasiadas personas que afirmaban haber sido impactadas por Él.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Había hombres y mujeres que aseguraban haber escuchado sus enseñanzas.

  —Había familias que hablaban de milagros que habían presenciado.

  —Había discípulos que seguían proclamando su mensaje.

  —Y había personas que afirmaban haberlo visto vivo después de la resurrección.

  Hizo una pausa.

  —Por eso Jerusalén era un lugar extraordinario.

  Sus ojos parecían contemplar nuevamente aquellos días.

  —No era una ciudad que estuviera hablando de acontecimientos ocurridos siglos atrás.

  —Era una ciudad que todavía estaba tratando de entender lo que había sucedido apenas unos años antes.

  Y mientras Marcos hablaba, resultaba imposible no imaginar aquellas calles llenas de personas discutiendo, recordando, cuestionando y tratando de comprender la figura que había cambiado para siempre el rumbo de sus vidas.

  Una figura cuyo nombre seguía apareciendo una y otra vez en cada rincón de Jerusalén.

  Jesús de Nazaret.

  El entrevistador observó por un instante el reloj que tenía frente a él.

  Luego volvió la mirada hacia Marcos.

  —Marcos, me temo que nuestro tiempo está llegando a su fin.

  Una ligera expresión de sorpresa apareció en el rostro del antiguo escritor.

  —Debo admitir que ha pasado más rápido de lo que esperaba.

  Algunas personas sonrieron.

  —Créame, todos pensamos lo mismo.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  El entrevistador se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.

  —Adelante.

  —Millones de personas han leído el relato que lleva su nombre. Pero me gustaría saber algo. ¿Qué fue lo que lo motivó a escribirlo? ¿Quién inspiró aquella obra?

  Una leve sonrisa apareció en el rostro de Marcos.

  —Pedro.

  La respuesta fue inmediata. La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Durante años escuché sus recuerdos. Escuché las historias que contaba acerca del Maestro. Escuché las cosas que había visto con sus propios ojos. Cuando Pedro hablaba de Jesús, no parecía estar relatando acontecimientos lejanos. Parecía estar reviviéndolos.

  —¿Qué era lo que más le impresionaba de aquellos relatos?

  Marcos permaneció pensativo durante algunos segundos.

  —La autoridad de Jesús.

  El silencio llenó el estudio.

  —Pedro me habló de enfermos que recuperaban la salud. De personas atormentadas que eran liberadas. De multitudes enteras asombradas por sus enseñanzas. De tormentas que se calmaban.

  Hizo una breve pausa.

  —Pero no solamente escuché esas historias de Pedro.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Durante aquellos años todavía vivían muchas personas que afirmaban haber conocido al Maestro. Algunas aseguraban haber escuchado sus enseñanzas. Otras hablaban de milagros que habían presenciado. Incluso recuerdo conversaciones con personas cuyas familias habían sido profundamente impactadas por Él.

  Marcos guardó silencio durante unos instantes.

  —Por eso, cuando Pedro hablaba de estas cosas, no parecía estar contando historias aisladas. Sus recuerdos encajaban dentro de una realidad que todavía seguía viva en la memoria de muchas personas.

  Luego continuó.

  —Pero más allá de los milagros, lo que Pedro nunca pudo olvidar era la autoridad con la que Jesús actuaba.

  Marcos hizo una breve pausa.

  —Los profetas oraban y Dios respondía.

  —Jesús solo hablaba. La audiencia permanecía inmóvil.

  —Jesús hablaba y los demonios obedecían.

  —Jesús hablaba y las enfermedades retrocedían.

  —Jesús hablaba y el viento obedecía.

  —Jesús hablaba y hasta la muerte parecía rendirse ante su voz.

  El entrevistador guardó silencio durante unos instantes.

  Luego formuló una última pregunta.

  —Marcos, después de todo lo que escuchó de Pedro y después de todo lo que escribió… ¿quién decía Pedro que era Jesús?

  Marcos permaneció en silencio durante algunos segundos. Finalmente levantó la vista.

  —Pedro estaba convencido de que Jesús era mucho más que un maestro.

  —Mucho más que un profeta.

  —Mucho más que un hacedor de milagros.

  Hizo una breve pausa.

  —Recuerdo perfectamente una de las preguntas más importantes que el Maestro hizo a sus discípulos.

  ”¿Quién decís que soy yo?”

  Y Pedro respondió:

  ”Tu eres el Cristo.”

  Marcos asintió lentamente.

  —Eso fue lo que creyó hasta el último día de su vida.

  —Y eso fue lo que intenté mostrar cuando escribí mi relato.

  —Jesús es el Cristo.

  —El Hijo de Dios.

  —El Hijo del Hombre.

  —El Señor a quien obedecen el viento y el mar.

  —Aquel que tiene autoridad sobre la enfermedad, los demonios y la muerte.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  Finalmente, el entrevistador se puso de pie.

  —Marcos, muchas gracias por haber estado con nosotros.

  La audiencia respondió con una prolongada ovación.

  Mientras Marcos saludaba a los presentes, el entrevistador volvió a tomar la palabra.

  —Amigos, nuestra investigación continúa.

  —La próxima vez recibiremos a un hombre muy diferente.

  —Un médico.

  —Un investigador.

  —Un escritor meticuloso que dedicó años a recopilar testimonios de quienes estuvieron allí.

  —La próxima entrevista será con Lucas.

  —No se la pierdan.

Disfrute un reel con propósito

Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Tampoco afirmamos que las palabras atribuidas a Lucas hayan sido pronunciadas literalmente por él.

  Se trata simplemente de un recurso literario diseñado para ayudarnos a comprender mejor a uno de los personajes más importantes del cristianismo primitivo y acercarnos al contexto histórico en el que desarrolló su labor.

  Nuestro invitado de hoy es Lucas.

  A diferencia de Mateo, Lucas no formó parte de los doce apóstoles. Tampoco existe evidencia de que conociera personalmente a Jesucristo durante su ministerio terrenal. Sin embargo, terminó escribiendo dos de las obras más extensas e influyentes del Nuevo Testamento: el Evangelio que lleva su nombre y el libro de los Hechos de los Apóstoles.

  Lo que distingue a Lucas de los demás evangelistas es algo que él mismo dejó registrado al inicio de su obra.

  Mientras otros escritores narraban acontecimientos que habían presenciado personalmente, Lucas explicó que dedicó tiempo a investigar cuidadosamente los hechos que estaba relatando.

  En las primeras líneas de su Evangelio afirma que muchos ya habían intentado poner por escrito los acontecimientos relacionados con Jesús y que él mismo había investigado diligentemente todas las cosas desde su origen para presentarlas de manera ordenada.

  Estas palabras han llevado a numerosos investigadores a considerar a Lucas como uno de los grandes historiadores del cristianismo primitivo.

  Sin embargo, existe un aspecto de su trabajo que pocas veces recibe la atención que merece.

  Cuando Jesús murió, el movimiento que había iniciado no desapareció.

  Por el contrario, miles de personas afirmaban haber sido impactadas por Él de una u otra manera.

  Los Evangelios describen multitudes que escucharon sus enseñanzas. Hombres y mujeres que aseguraban haber presenciado milagros. Familias enteras que hablaban acerca de sus obras. Personas que afirmaban haber sido sanadas. Discípulos que dedicaron el resto de sus vidas a proclamar su mensaje.

  A esto debemos añadir otro dato extraordinario.

  Décadas después de la crucifixión, todavía vivían numerosos testigos de aquellos acontecimientos.

  Muchos de los hombres y mujeres que habían conocido a Jesús continuaban presentes. Algunos habían escuchado sus enseñanzas. Otros habían presenciado sus milagros. Algunos afirmaban haberlo visto después de la resurrección. Otros habían convivido con quienes aseguraban haber sido testigos directos de aquellos sucesos.

  En otras palabras, cuando Lucas comenzó a investigar la vida de Jesús, no estaba estudiando acontecimientos enterrados en un pasado remoto.

  Todavía existían personas a quienes podía entrevistar.

  Todavía había recuerdos vivos.

  Todavía había conversaciones.

  Todavía había testigos.

  Por esa razón, muchos estudiosos consideran que una parte importante del trabajo de Lucas consistió en recopilar información directamente de personas relacionadas con los acontecimientos que estaba describiendo.

  Naturalmente, desconocemos la identidad exacta de todos aquellos informantes. Tampoco sabemos cuántas entrevistas realizó ni cuáles fueron sus métodos específicos de investigación.

  Sin embargo, el propio Evangelio sugiere que dedicó un esfuerzo considerable a recopilar testimonios, contrastar información y ordenar cuidadosamente los hechos que había descubierto.

  Por esa razón, para esta entrevista partiremos de aquello que la mayoría de los investigadores considera razonable: Lucas fue un observador meticuloso que tuvo acceso a una gran cantidad de testimonios relacionados con Jesús y con el nacimiento del movimiento cristiano.

  Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.

  Esta vez no entrevistaríamos a un apóstol.

  Tampoco al discípulo cercano de un apóstol.

  Esta vez conversaríamos con un hombre que dedicó años a seguir las huellas que Jesús había dejado sobre toda una generación.

  Un médico.

  Un investigador.

  Un recopilador de testimonios.

  Una vez aclarados todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia. Y na vez aclarados todos estos puntos, procedamos con la entrevista imaginaria. (Recuerde, dije imaginaria)

La entrevista con Marcos había terminado, pero el mundo seguía hablando de ella.

  Los principales medios de comunicación continuaban analizando sus declaraciones. Historiadores debatían cada detalle. Universidades organizaban foros especiales para discutir las implicaciones de sus respuestas. Programas de radio, televisión y plataformas digitales permanecían saturados de comentarios. En prácticamente todos los continentes la conversación era la misma.

  Jesús de Nazaret.

  Su nombre volvía a ocupar el centro del interés mundial.

  Sin embargo, mientras millones de personas seguían reflexionando sobre los recuerdos que Marcos había compartido acerca de Pedro y de la generación que conoció al Maestro, una nueva expectativa comenzaba a crecer.

  La siguiente entrevista había sido anunciada.

  Y esta vez el invitado sería Lucas.

  La reacción fue inmediata.

  Las solicitudes para asistir al programa superaron todos los récords anteriores. Decenas de miles de personas intentaron obtener acceso al estudio. Las plataformas encargadas de registrar asistentes colapsaron varias veces durante las primeras horas. Los hoteles de la ciudad agotaron rápidamente sus habitaciones. Aerolíneas añadieron vuelos especiales. Equipos periodísticos llegaron desde distintos lugares del mundo.

  Pero lo más impresionante ocurría fuera del estudio.

  Millones de personas planeaban suspender sus actividades para presenciar la transmisión.

  Universidades preparaban auditorios especiales.

  Museos organizaban proyecciones públicas.

  Iglesias, centros culturales y grupos de estudio anunciaban reuniones para seguir la entrevista en tiempo real.

  Incluso numerosos escépticos reconocían que el acontecimiento era imposible de ignorar.

  Después de todo, la humanidad estaba a punto de conversar con un hombre que había vivido en el siglo primero.

  Pero no se trataba de cualquier hombre.

  Lucas ocupaba un lugar único dentro de la historia cristiana.

  No fue uno de los doce apóstoles.

  No caminó junto a Jesús por los caminos de Galilea.

  No estuvo presente cuando el Maestro multiplicó los panes.

  No contempló personalmente la crucifixión.

  Y, sin embargo, terminó escribiendo uno de los relatos más detallados acerca de la vida de Jesucristo.

  Las pantallas gigantes instaladas alrededor del mundo comenzaron a mostrar imágenes de manuscritos antiguos, caminos romanos, ciudades del Mediterráneo y antiguos puertos donde habían transitado comerciantes, soldados y viajeros durante generaciones.

  Mientras tanto, el estudio permanecía completamente lleno.

  Las cámaras recorrían lentamente a la audiencia.

  Entre los asistentes podían verse arqueólogos, historiadores, lingüistas, especialistas en literatura antigua, investigadores bíblicos, periodistas y representantes de numerosas universidades.

  Todos aguardaban en silencio.

  La expectativa era enorme.

  Finalmente, las luces comenzaron a disminuir.

  La gigantesca pantalla situada detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció una imagen de Jerusalén.

  Luego Antioquía.

  Después Cesarea.

  Finalmente comenzaron a proyectarse antiguos caminos que parecían extenderse hacia el horizonte.

     Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  La gigantesca pantalla situada detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció una imagen de Jerusalén.

  Luego Antioquía.

  Después Cesarea.

  Finalmente comenzaron a proyectarse antiguos caminos que parecían extenderse hacia el horizonte.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Nuestro invitado de esta noche es un personaje extraordinario.

  Las imágenes continuaron desplazándose detrás del escenario.

  —No fue pescador.

  —No fue cobrador de impuestos.

  —No perteneció al grupo original de discípulos.

  —Y hasta donde sabemos, nunca escuchó personalmente las enseñanzas de Jesús.

  Hice una breve pausa.

  —Sin embargo, escribió una de las obras históricas más importantes de toda la antigüedad.

  En la pantalla apareció un antiguo pergamino.

  —Sabemos que era médico.

  —Sabemos que fue compañero de viaje del apóstol Pablo.

  —Sabemos que dedicó años a recopilar información acerca de Jesús y del nacimiento del movimiento cristiano.

  —Y sabemos que, al comenzar su Evangelio, afirmó haber investigado cuidadosamente los acontecimientos que estaba relatando.

  Las imágenes cambiaron nuevamente.

  Ahora podían verse multitudes.

  Hombres.

  Mujeres.

  Ancianos.

  Niños.

  Rostros anónimos.

  Miles de rostros.

  —Pero existe algo que hace a Lucas especialmente interesante.

  Volví la mirada hacia la audiencia.

  —Cuando él comenzó su investigación, todavía vivían innumerables personas que habían conocido a Jesús.

  La pantalla mostró una multitud cada vez más grande.

  —Todavía existían hombres y mujeres que afirmaban haber escuchado sus enseñanzas.

  —Todavía existían personas que hablaban de milagros que habían presenciado.

  —Todavía existían discípulos que aseguraban haberlo visto después de la resurrección.

  —Todavía existían familias enteras cuya historia había sido transformada por aquel hombre llamado Jesús de Nazaret.

  El silencio se apoderó del estudio.

  —Esta noche no entrevistaremos únicamente al autor de un Evangelio.

  —Entrevistaremos al investigador que recorrió las huellas que Jesús dejó sobre toda una generación.

  —Al hombre que escuchó a los testigos.

  —Al escritor que intentó poner en orden una de las historias más extraordinarias jamás contadas.

  Hice una breve pausa.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Damas y caballeros…

  —Recibamos a Lucas.

  Las luces continuaban recorriendo lentamente el estudio mientras la audiencia permanecía en silencio.

  La expectativa era enorme.

  Millones de personas observaban la transmisión desde distintos lugares del mundo. Nadie sabía exactamente qué esperar.

  Finalmente, una puerta lateral comenzó a abrirse.

  Por un instante, el estudio entero pareció contener la respiración.

  Entonces apareció Lucas.

  El auditorio estalló en aplausos.

  El médico permaneció inmóvil durante algunos segundos observando todo a su alrededor.

  A diferencia de Mateo y Marcos, su reacción fue distinta desde el primer momento.

  No parecía abrumado.

  Parecía fascinado.

  Sus ojos recorrían cada rincón del escenario con evidente curiosidad.

  Observó las enormes pantallas suspendidas sobre el auditorio.

  Luego las cámaras.

  Después las luces.

  Las filas interminables de espectadores.

  Y finalmente el gigantesco monitor que mostraba su propia imagen en tiempo real.

  Frunció ligeramente el ceño.

  No con temor.

  Con interés.

  Como un hombre que intentaba comprender el funcionamiento de algo completamente nuevo.

  La audiencia sonrió al observar su reacción.

  Lucas avanzó algunos pasos más.

  Continuaba examinándolo todo.

  Parecía imposible que pudiera evitarlo.

  Después de todo, aquella era precisamente la clase de hombre que había sido durante toda su vida.

  Un observador.

  Un investigador.

  Un hombre acostumbrado a prestar atención a los detalles.

  Mientras caminaba hacia el escenario, levantó la vista hacia una de las enormes pantallas.

  Allí podía verse una transmisión en directo del estudio.

  Miles de luces.

  Cientos de personas.

  Y él mismo caminando hacia su asiento.

  Por un momento pareció desconcertado.

  Luego sonrió.

  La audiencia respondió con una suave risa.

  Lucas siguió avanzando.

  Sus ojos continuaban moviéndose de un lugar a otro.

  Las cámaras parecían llamar especialmente su atención.

  Sabía que estaban observándolo.

  Pero evidentemente no comprendía cómo era posible.

  Finalmente llegó hasta su asiento.

  Sin embargo, antes de sentarse volvió a contemplar el estudio.

  Las pantallas.

  Las luces.

  Las cámaras.

  Los sistemas de sonido.

  Los cientos de rostros presentes.

  Y probablemente también los millones que se encontraban al otro lado de aquellas extrañas máquinas capaces de transmitir imágenes alrededor del mundo.

  Movió lentamente la cabeza.

  Como alguien que todavía estaba intentando procesar todo lo que veía.

  Finalmente tomó asiento.

  Los aplausos continuaban.

  Lucas observó nuevamente una de las cámaras.

  Luego otra.

  Y otra más.

  Era evidente que estaba tratando de entender cómo funcionaban.

  Finalmente se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Debo hacer una confesión.

  La audiencia guardó silencio.

  —Cuando me hablaron de una máquina capaz de atravesar el tiempo pensé que nada podría sorprenderme más.

  Varias personas sonrieron.

  Lucas señaló lentamente las pantallas que lo rodeaban.

  —Ahora ya no estoy tan seguro.

  Las risas recorrieron el estudio.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  —He pasado gran parte de esta semana haciendo preguntas.

  Las risas aumentaron.

  —Eso no nos sorprende, Lucas.

  —Me lo imaginaba.

  La audiencia volvió a reír.

  Lucas observó nuevamente las enormes pantallas.

  —Me explicaron que estas imágenes pueden verse simultáneamente en distintos países.

  —Así es.

  —Y que las personas pueden observar esta conversación mientras ocurre.

  —Correcto.

  Lucas permaneció pensativo durante algunos segundos.

  —Eso significa que más personas están viendo esta entrevista en este momento de las que probablemente vivían en muchas de las ciudades que conocí.

  El comentario provocó una mezcla de sonrisas y asombro.

  Lucas volvió a mirar a su alrededor.

  —También me mostraron algunos de sus hospitales.

  La audiencia reaccionó inmediatamente.

  —Y debo admitir que todavía estoy intentando comprender algunas de las cosas que vi.

  Las pantallas comenzaron a mostrar imágenes de equipos médicos modernos.

  —¿Le impresionaron?

  Lucas soltó una pequeña risa.

  —Impresionarme sería una forma muy moderada de describirlo.

  Las carcajadas recorrieron nuevamente el estudio.

  —Durante años observé médicos examinando pacientes con poco más que sus manos, sus ojos y la experiencia acumulada después de muchos años de práctica.

  Hizo una breve pausa.

  —Ustedes pueden observar el interior del cuerpo humano sin abrirlo.

  La audiencia permaneció atenta.

  —Pueden ver huesos.

  —Órganos.

  —Vasos sanguíneos.

  —Incluso estructuras que nosotros jamás habríamos imaginado estudiar en una persona viva.

  Negó lentamente con la cabeza.

  —Francamente, todavía no estoy seguro de haber comprendido todo lo que me explicaron.

  Las risas volvieron a escucharse.

  Finalmente se acomodó en su asiento.

  Respiró profundamente.

  Y por primera vez desde que había entrado al estudio pareció dispuesto a concentrarse completamente en la conversación que estaba por comenzar.

  Esperé unos segundos a que los aplausos terminaran.

  Lucas todavía observaba ocasionalmente las pantallas y las cámaras que lo rodeaban. Era evidente que parte de su atención seguía intentando comprender aquel mundo extraordinario al que había llegado.

  Finalmente sonreí.

  —Lucas, sospecho que podríamos pasar varias horas hablando acerca de todo lo que ha descubierto en el siglo veintiuno.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Lucas asintió.

  —Probablemente.

  —Sin embargo, me temo que nuestro tiempo es limitado.

  —Ya me han explicado eso.

  La audiencia volvió a sonreír.

  —Por esa razón me gustaría comenzar con algo sencillo.

  Lucas asintió.

  —Adelante.

  —Millones de personas alrededor del mundo conocen su nombre. Han leído sus escritos. Han escuchado hablar de usted durante años. Pero si pudiera presentarse a quienes nos observan esta noche, ¿qué les diría?

  Lucas permaneció pensativo durante algunos segundos.

  Como si la pregunta fuera más difícil de lo que parecía.

  Finalmente respondió.

  —Mi nombre es Lucas.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Supongo que eso es un buen comienzo.

  Las risas recorrieron el auditorio.

  —Nací en un mundo muy diferente al suyo. Un mundo gobernado por Roma. Un mundo donde los viajes tomaban semanas o meses. Donde las noticias avanzaban tan rápido como podía caminar un hombre o correr un caballo.

  Hizo una breve pausa.

  —Por lo que he podido descubrir durante estos días, ustedes saben mucho más acerca de mí de lo que yo imaginaba.

  La audiencia sonrió.

  —Sé que ejercí la medicina.

  —Al menos eso me han dicho que todavía lo recuerdan.

  —Y debo admitir que me alegra saberlo.

  Algunas personas rieron suavemente.

  —También me han mostrado varias cartas escritas por Pablo donde se me menciona.

  Su expresión se volvió más cálida.

  —Fue extraño volver a leer su nombre.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Compartimos viajes, peligros, conversaciones y años de trabajo juntos.

  —Así que encontrar esas referencias fue una experiencia profundamente emotiva.

  La audiencia permaneció atenta.

  —También he descubierto algo que sinceramente me sorprendió.

  Volvió a mirar una de las pantallas.

  —También he descubierto algo que sinceramente me sorprendió.

  Volvió a mirar una de las pantallas.

  —Al parecer escribí dos libros que ustedes continúan leyendo después de casi dos mil años.

  Las risas y los aplausos se mezclaron en distintas partes del estudio.

  Lucas negó lentamente con la cabeza.

  —Debo admitir que todavía me cuesta comprenderlo.

  —Cuando escribí aquellas obras, jamás imaginé que serían preservadas durante tanto tiempo.

  —Mucho menos que personas de naciones cuya existencia desconocía llegarían a leerlas.

  Hizo una breve pausa.

  —La verdad es que aquellos escritos fueron dirigidos originalmente a mi amigo Teófilo.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Nunca imaginé que terminarían viajando mucho más lejos de lo que cualquiera de nosotros habría podido soñar.

  La audiencia permanecía completamente atenta.

  —Pero debo decir algo.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Me alegra.

  La respuesta sorprendió a varios asistentes.

  —Porque esos libros nunca tuvieron como propósito hablar acerca de mí.

  —Hablan acerca de Jesús de Nazaret.

  —Hablan acerca de su vida.

  —De sus enseñanzas.

  —De sus obras.

  —De su muerte.

  —Y de lo que ocurrió después.

  Su voz adquirió un tono más reflexivo.

  —También hablan de hombres y mujeres cuyas vidas fueron transformadas por Él y que dedicaron el resto de sus días a llevar su mensaje a otros lugares.

  Hizo una breve pausa.

  —Durante buena parte de mi vida observé cómo aquel movimiento se extendía de ciudad en ciudad, de provincia en provincia y de nación en nación.

  —Así que descubrir que todavía continúan leyendo esas historias dos mil años después resulta profundamente conmovedor.

  Lucas sonrió.

  —Después de todo, creo que el mundo nunca tendrá suficientes oportunidades para conocer a Jesús.

  El estudio quedó en silencio durante algunos segundos.

  Finalmente continuó.

  —Pero si debo describirme de alguna manera, creo que diría algo muy sencillo.

  —Soy un observador.

  La audiencia guardó silencio.

  —Me gustaba escuchar.

  —Me gustaba hacer preguntas.

  —Me gustaba comprender cómo habían ocurrido las cosas.

  —Y cuando encontraba algo que consideraba importante, procuraba registrarlo con la mayor precisión posible.

  Una leve sonrisa apareció nuevamente en su rostro.

  —Probablemente por eso estoy aquí esta noche.

Lucas, permítame continuar con la entrevista:

  Lucas permaneció en silencio durante algunos segundos.

  La pregunta parecía haber despertado recuerdos muy antiguos.

  Finalmente respondió.

  —Creo que fue imposible ignorarlo.

  La audiencia permaneció atenta.

  —Cuando ustedes estudian aquellos acontecimientos dos mil años después, pueden llegar a pensar en Jesús como una figura histórica.

  —Un personaje del pasado.

  —Alguien que pertenece a otra época.

  Lucas negó lentamente con la cabeza.

  —Pero para nosotros no era así.

  Hizo una breve pausa.

  —Cuando comencé a escuchar acerca de Jesús, las conversaciones todavía estaban ocurriendo.

  La audiencia guardó silencio.

  —Las ciudades estaban llenas de personas hablando de Él.

  —Los mercados.

  —Las casas.

  —Los caminos.

  —Las sinagogas.

  —Los puertos.

  —Prácticamente en cualquier lugar donde uno se detuviera el tiempo suficiente para escuchar.

  Sus ojos parecían contemplar nuevamente aquellos años.

  —Había personas que afirmaban haber escuchado sus enseñanzas.

  —Otros hablaban de milagros que aseguraban haber presenciado.

  —Algunos recordaban a familiares que habían sido sanados.

  —Otros discutían acerca de la resurrección.

  —Y algunos rechazaban todo aquello por completo.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Pero incluso quienes se oponían seguían hablando de Él.

  Algunas personas sonrieron.

  —Eso fue precisamente lo que llamó mi atención.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Los movimientos humanos suelen desaparecer cuando muere su líder.

  —Las personas regresan a sus vidas.

  —Las conversaciones terminan.

  —La memoria se desvanece poco a poco.

  —Pero aquí estaba ocurriendo exactamente lo contrario.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Cuanto más tiempo pasaba, más lejos parecía extenderse la influencia de Jesús.

  —Su nombre aparecía en nuevas ciudades.

  —Nuevos grupos de creyentes surgían constantemente.

  —Y cada vez encontraba más personas convencidas de que algo extraordinario había sucedido.

  Lucas hizo una breve pausa.

  —Luego apareció Pablo.

  La audiencia reaccionó inmediatamente.

  —Yo conocí a Pablo.

  —Y puedo asegurarles algo.

  —No era un hombre fácil de ignorar.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Lucas sonrió.

  —Antes había perseguido a los seguidores de Jesús.

  —Había combatido este movimiento con todas sus fuerzas.

  —Y de pronto estaba dedicando su vida a proclamar exactamente aquello que había intentado destruir.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Recuerdo haber pensado muchas veces en eso.

  —¿Qué puede hacer cambiar así a un hombre?

  —¿Qué pudo ocurrir para transformar a un perseguidor en un defensor?

  —¿Qué vio?

  —¿Qué experimentó?

  —¿Qué lo convenció?

  Lucas guardó silencio durante algunos segundos.

  —Y Pablo no era el único.

  —Seguían apareciendo más testigos.

  —Más historias.

  —Más personas cuyas vidas habían sido transformadas.

  —Más hombres y mujeres dispuestos a sufrir por aquello que afirmaban haber visto.

  Su voz se volvió más reflexiva.

  —Llegó un momento en que comprendí que aquello merecía ser investigado cuidadosamente.

  —No porque quisiera creerlo.

  —Ni porque quisiera rechazarlo.

  —Sino porque estaba sucediendo algo demasiado grande para ser ignorado.

  Hizo una breve pausa.

  —Así que hice lo que siempre había hecho.

  —Escuché.

  —Pregunté.

  —Busqué testigos.

  —Comparé relatos.

  —Y comencé a seguir las huellas que Jesús había dejado detrás de sí.

  Lucas sonrió levemente.

  —Y mientras más investigaba, más difícil se volvía apartar la mirada de aquel hombre de Nazaret.

  El entrevistador permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Luego se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Lucas, cuando decidió investigar, ¿a dónde lo llevó esa búsqueda?

  Lucas respiró profundamente.

  —A muchos lugares.

  La audiencia guardó silencio.

  —A Jerusalén.

  —A Judea.

  —A las regiones cercanas.

  —A casas donde todavía se recordaban sus palabras.

  —A comunidades donde su nombre seguía transformando vidas.

  Hizo una breve pausa.

  —No puedo decirles aquí todos los nombres.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Algunos pertenecen a historias que merecen ser contadas con más cuidado.

  El entrevistador sonrió discretamente.

  —Pero sí puedo decirles algo.

  —Encontré recuerdos vivos.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Historias que aparecían una y otra vez.

  —Mujeres que recordaban detalles que otros habían pasado por alto.

  —Familias que hablaban de encuentros que les habían cambiado la vida.

  —Discípulos que todavía repetían palabras que habían escuchado de sus propios labios.

  —Y comunidades enteras que existían porque alguien había sido alcanzado por aquel mensaje.

  Lucas guardó silencio por un instante.

  —No era un rumor aislado.

  —Era una ola.

  —Una ola que había salido de Galilea, había llegado a Jerusalén y después comenzó a moverse hacia otros pueblos, otras ciudades y otras naciones.

  Su voz se volvió más firme.

  —En Jope escuché historias de puertas que comenzaban a abrirse.

  —En Cesarea vi cómo el mensaje había cruzado fronteras que muchos consideraban imposibles.

  —En cada ciudad encontraba algo semejante.

  —Una persona había escuchado.

  —Otra había creído.

  —Otra había sido transformada.

  —Y luego esa persona hablaba con alguien más.

  Hizo una pausa.

  —Así avanzaba todo.

  El entrevistador permaneció atento.

  —¿Y qué encontró en esas investigaciones?

  Lucas sonrió levemente.

  —Encontré que Jesús había dejado mucho más que seguidores.

  —Había dejado testigos.

  —Había dejado preguntas.

  —Había dejado gratitud.

  —Había dejado controversia.

  —Había dejado heridas sanadas y conciencias inquietas.

  —Había dejado una generación entera tratando de explicar lo que había visto.

  El estudio quedó en silencio.

  Lucas bajó ligeramente la mirada.

  —Y mientras más escuchaba, más comprendía que aquella historia no podía quedarse dispersa en la memoria de las personas.

  —Alguien tenía que ordenarla.

  —Alguien tenía que investigarla con diligencia.

  —Alguien tenía que escribirla y yo lo hice.

  Observé discretamente el reloj que tenía frente a mí.

  Luego volví la mirada hacia Lucas.

  —Lucas, me temo que nuestro tiempo se ha agotado.

  Una ligera sonrisa apareció en su rostro.

  —Parece que el tiempo sigue avanzando igual de rápido en este siglo.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  —Créame, todos sentimos lo mismo.

  La audiencia respondió con algunas sonrisas.

  —Espero sinceramente que ésta no sea la última vez que nos visite.

  —Yo también lo espero.

  Los aplausos resonaron brevemente.

  —Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.

  Lucas asintió.

  —Adelante.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Después de todo lo que investigó…

  —Después de todos los testimonios que escuchó…

  —Después de los viajes…

  —Después de los años dedicados a recopilar información…

  —Después de escribir dos de los libros más influyentes de la historia…

  ¿Quién dice usted que es Jesús de Nazaret?

  El silencio fue absoluto.

  Lucas permaneció inmóvil durante varios segundos.

  Como si estuviera recorriendo nuevamente toda una vida de recuerdos.

  Finalmente levantó la vista.

  —Cuando comencé mi investigación encontré muchas opiniones.

  —Algunos lo llamaban maestro.

  —Otros profeta.

  —Otros sanador.

  —Otros decían que era un engañador.

  Hizo una breve pausa.

  —Pero mientras más escuchaba a los testigos…

  —Mientras más examinaba los acontecimientos…

  —Mientras más observaba lo que había ocurrido después de su muerte…

  Más difícil resultaba encerrar a Jesús dentro de cualquiera de esas definiciones.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Yo llegué a la conclusión de que Jesús es exactamente quien dijo ser.

  Su voz sonó tranquila.

  Pero llena de convicción.

  —Es el Cristo.

  —El Mesías prometido.

  —El Salvador que Dios envió al mundo.

  —El Señor.

  —El Hijo del Hombre del que hablaron los profetas.

  —Aquel a quien la muerte no pudo retener.

  Lucas hizo una breve pausa.

  —Investigando descubrí algo extraordinario.

  —Las personas pueden discutir acerca de sus enseñanzas.

  —Pueden debatir sus milagros.

  —Pueden cuestionar muchas cosas.

  —Pero resulta imposible ignorar el efecto que produjo sobre quienes lo conocieron.

  Sus ojos recorrieron lentamente el auditorio.

  —Vi hombres temerosos convertirse en proclamadores valientes.

  —Vi perseguidos que continuaban hablando de Él.

  —Vi ciudades enteras transformadas por su mensaje.

  —Vi personas dispuestas a sufrir, perderlo todo e incluso morir porque estaban convencidas de que Jesús había resucitado.

  El silencio era absoluto.

  —Y cuanto más investigaba, más comprendía que el verdadero misterio no era cómo surgió aquel movimiento.

  —El verdadero misterio era la persona que estaba en el centro de todo.

  Lucas sonrió levemente.

  —Jesús de Nazaret.

  —El hombre que continúa cambiando vidas mucho tiempo después de haber abandonado este mundo.

  Guardó silencio durante algunos segundos.

  Luego añadió:

  —Hace unos momentos hablamos de mis libros.

  —Y sí, me alegra profundamente saber que todavía son leídos.

  —Pero no porque lleven mi nombre.

  —Me alegra porque ayudan a que nuevas generaciones conozcan a Jesús.

  La emoción podía sentirse en todo el estudio.

  —Después de dedicar tantos años a investigar su vida, puedo decir esto con absoluta sinceridad.

  —Vale la pena conocerlo.

  —Vale la pena estudiarlo.

  —Vale la pena escucharlo.

  —Y vale la pena seguir las evidencias que dejó detrás de sí.

  Lucas hizo una última pausa.

  Luego concluyó con una serenidad que llenó el auditorio.

  —Porque si los testigos tenían razón…

  —Si los acontecimientos ocurrieron como ellos afirmaban…

  —Entonces Jesús no es solamente una de las figuras más importantes de la historia.

  —Es la persona más importante que cualquier ser humano llegará a conocer.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Lucas, muchas gracias por haber estado con nosotros esta noche.

  —El privilegio ha sido mío.

  La audiencia respondió con una prolongada ovación.

  —Amigos, esta noche hemos conversado con un hombre extraordinario.

  —Un médico.

  —Un investigador.

  —Un observador que dedicó buena parte de su vida a seguir las huellas que Jesús dejó sobre toda una generación.

  —Un hombre que escuchó a los testigos.

  —Que recopiló sus historias.

  —Y que decidió preservarlas para las generaciones futuras.

  Volvió la mirada hacia Lucas.

  —Y dos mil años después, seguimos beneficiándonos de aquel trabajo.

  Lucas inclinó ligeramente la cabeza.

  —Me alegra saberlo.

  —Especialmente si ayuda a más personas a conocer a Jesús.

  Los aplausos volvieron a llenar el estudio.

  —Amigos, esto ha sido todo por esta noche.

  —Pero nuestra investigación continúa.

  —Todavía quedan preguntas por responder.

  —Todavía quedan recuerdos por escuchar.

  —Y todavía quedan testigos cuyas voces siguen resonando a través de los siglos.

  La enorme pantalla detrás del escenario comenzó a iluminarse.

  Una imagen apareció lentamente.

  Un anciano observando el mar.

  Una isla solitaria.

  Un pergamino abierto.

  La audiencia quedó en silencio.

  —Nuestro próximo invitado fue pescador.

  —Caminó junto a Jesús durante años.

  —Presenció algunos de los acontecimientos más extraordinarios de su ministerio.

  —Estuvo al pie de la cruz.

  —Y fue uno de los primeros en contemplar la tumba vacía.

  Hizo una breve pausa.

  —A sí mismo se describió de una manera muy particular.

  —No como el discípulo más valiente.

  —No como el más importante.

  —No como el más inteligente.

  —Sino simplemente como…

  ”el discípulo a quien Jesús amaba.”

  La imagen ocupó toda la pantalla.

  La audiencia estalló en aplausos.

  —La próxima vez…

  —Entrevistaremos a Juan.

  —No se lo pierdan.

Disfrute un reel con propósito

Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Tampoco afirmamos que las palabras atribuidas a Juan hayan sido pronunciadas literalmente por él.

  Se trata simplemente de un recurso literario diseñado para ayudarnos a comprender mejor a uno de los personajes más fascinantes del cristianismo primitivo y acercarnos a las experiencias que marcaron profundamente su vida.

  Nuestro invitado de hoy es Juan.

  A diferencia de Lucas, Juan no investigó los acontecimientos desde la distancia.

  Los vivió.

  A diferencia de Marcos, no dependió principalmente de los recuerdos de otros.

  Fue uno de los testigos.

  Y a diferencia de la mayoría de los hombres de su generación, pasó años caminando junto a la persona que transformaría la historia de la humanidad.

  Las Escrituras lo presentan inicialmente como un pescador de Galilea.

  Era hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo.

  Junto con Pedro y su hermano formó parte del círculo más cercano a Jesús durante buena parte de su ministerio.

  Estuvo presente en algunos de los acontecimientos más extraordinarios narrados por los Evangelios.

  Presenció la transfiguración.

  Acompañó a Jesús en Getsemaní.

  Se encontró entre los discípulos durante las últimas horas antes de la crucifixión.

  Y según el propio Evangelio de Juan, permaneció cerca de la cruz cuando muchos otros habían huido.

  Sin embargo, existe algo que hace a Juan especialmente interesante.

  Cuando leemos su Evangelio descubrimos que no parece estar únicamente interesado en registrar acontecimientos.

  También intenta responder una pregunta mucho más profunda.

  ¿Quién era realmente Jesús?

  Mientras Mateo presenta a Jesús como el Mesías prometido y Marcos enfatiza sus acciones y autoridad, Juan dedica buena parte de su obra a mostrar la identidad del Maestro.

  Por esa razón encontramos algunas de las declaraciones más sorprendentes de todo el Nuevo Testamento precisamente en sus escritos.

  Declaraciones que han provocado admiración, debate y reflexión durante casi dos mil años.

  Naturalmente, como ocurre con cualquier personaje de la antigüedad, existen muchos aspectos de la vida de Juan que desconocemos.

  No sabemos exactamente cómo era su voz.

  No sabemos cómo lucía físicamente.

  No conocemos todos los detalles de su personalidad.

  Pero sí sabemos algo.

  Durante décadas reflexionó acerca de la persona de Jesucristo.

  Y cuando finalmente escribió su Evangelio, llegó a una conclusión que cambió para siempre la manera en que millones de personas entenderían a Jesús.

  Por esa razón, para esta entrevista partiremos de aquello que las fuentes históricas y bíblicas nos permiten afirmar razonablemente.

  Juan fue uno de los discípulos más cercanos a Jesús.

  Fue testigo de gran parte de su ministerio.

  Presenció su muerte.

  Afirmó haberlo visto después de la resurrección.

  Y dedicó el resto de su vida a proclamar aquello que había visto y oído.

  Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.

  Esta vez no entrevistaríamos a un investigador.

  Ni al discípulo de un apóstol.

  Esta vez conversaríamos con un hombre que caminó junto a Jesús.

  Un hombre que lo vio reír.

  Que lo escuchó enseñar.

  Que observó sus milagros.

  Y que dedicó buena parte de su vida intentando responder una pregunta que sigue fascinando a la humanidad.

  ¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?

  Una vez aclarados todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia.

  La entrevista con Lucas había provocado una reacción mundial sin precedentes.

  Durante semanas, universidades, medios de comunicación, centros de investigación y comunidades religiosas continuaron analizando sus declaraciones.

  Los fragmentos más importantes de la conversación habían sido traducidos a cientos de idiomas.

  Millones de personas seguían discutiendo sus observaciones acerca de los testigos, la expansión del cristianismo y la extraordinaria influencia que Jesús había ejercido sobre toda una generación.

  Sin embargo, mientras el interés mundial continuaba creciendo, una sola pregunta comenzaba a dominar las conversaciones.

  ¿Qué ocurriría cuando llegara el turno de Juan?

  La expectativa alcanzó niveles nunca antes vistos.

  Las solicitudes para asistir a la transmisión superaron cualquier registro anterior.

  Gobiernos solicitaron acceso.

  Universidades reservaron auditorios completos.

  Museos y centros culturales organizaron transmisiones públicas.

  Las principales cadenas de televisión del mundo modificaron su programación.

  Prácticamente cada plataforma digital importante anunció que transmitiría el acontecimiento en tiempo real.

  Los expertos calculaban que más de mil millones de personas observarían la entrevista.

  Y quizá la cifra real sería todavía mayor.

  Mucho antes del inicio de la transmisión, las inmediaciones del estudio se encontraban completamente abarrotadas.

  Miles de personas observaban enormes pantallas instaladas en el exterior.

  Otras aguardaban en plazas públicas, auditorios y centros de reunión distribuidos por distintos continentes.

  Dentro del estudio no quedaba un solo asiento disponible.

  Historiadores.

  Arqueólogos.

  Investigadores bíblicos.

  Periodistas.

  Profesores universitarios.

  Representantes de innumerables organizaciones.

  Todos aguardaban el mismo momento.

  Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  La conversación en el auditorio desapareció.

  El silencio se apoderó del lugar.

  La gigantesca pantalla detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció el mar de Galilea.

  Luego una pequeña embarcación de pesca.

  Después una red extendida sobre el agua.

  Las imágenes cambiaron lentamente.

  Ahora podía verse un camino polvoriento recorriendo Galilea.

  Luego una multitud siguiendo a un Maestro.

  Luego una colina.

  Luego una cruz.

  Finalmente apareció una tumba vacía.

  Me puse de pie.

  El silencio era absoluto.

  —Nuestro invitado de esta noche ocupa un lugar único en la historia.

  Las imágenes continuaban proyectándose detrás del escenario.

  —Fue pescador.

  —Fue discípulo.

  —Fue testigo.

  —Y dedicó el resto de su vida a hablar acerca de un hombre llamado Jesús de Nazaret.

  En la pantalla apareció nuevamente el mar de Galilea.

  —Sabemos que trabajó junto a su padre Zebedeo.

  —Sabemos que dejó sus redes para seguir al Maestro.

  —Sabemos que formó parte del círculo más cercano de los discípulos.

  —Y sabemos que estuvo presente durante algunos de los acontecimientos más extraordinarios registrados por los Evangelios.

  Las imágenes continuaron avanzando.

  —Escuchó las enseñanzas de Jesús.

  —Presenció sus milagros.

  —Observó cómo multitudes enteras eran impactadas por su mensaje.

  —Y acompañó al Maestro durante los años más importantes de su ministerio.

  La pantalla mostró entonces una colina oscura.

  El auditorio permanecía completamente inmóvil.

  —Pero existe algo que hace a Juan especialmente diferente.

  La imagen cambió nuevamente.

  Ahora podía verse una cruz levantándose contra el horizonte.

  —Cuando llegó el momento más difícil…

  —Cuando muchos huyeron…

  —Cuando el Maestro fue crucificado…

  Juan estuvo allí.

  El silencio era absoluto.

  La imagen volvió a cambiar.

  Ahora aparecía una tumba abierta.

  —Y según su propio testimonio…

  —También estuvo entre aquellos que afirmaron haber visto a Jesús vivo después de la resurrección.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —Esta noche no entrevistaremos solamente al autor de un Evangelio.

  —No entrevistaremos solamente al escritor de varias cartas que han influido sobre millones de personas.

  —Esta noche conversaremos con un hombre que afirmó haber visto ambas cosas.

  —La cruz.

  —Y la tumba vacía.

  Volví la mirada hacia la puerta lateral del escenario.

  —Damas y caballeros…

  —Recibamos a Juan.

  Las luces del estudio comenzaron a descender lentamente.

  El silencio era absoluto.

  Finalmente, una puerta lateral se abrió.

  Durante unos segundos nadie apareció.

  La expectativa era enorme.

  Entonces una figura comenzó a avanzar lentamente hacia el escenario.

  El auditorio estalló en aplausos.

  La reacción fue inmediata.

  Miles de personas se pusieron de pie.

  Los aplausos crecieron hasta convertirse en una ovación que parecía no tener fin.

  Juan se detuvo.

  Observó a la multitud.

  Luego observó las enormes pantallas.

  Después volvió a contemplar a las personas que llenaban el estudio.

  Una expresión de sorpresa apareció en su rostro.

  No parecía comprender completamente lo que estaba ocurriendo.

  Durante algunos segundos permaneció inmóvil.

  Simplemente observando.

  La ovación continuaba.

  Finalmente levantó una mano saludando discretamente.

  La reacción del público aumentó todavía más.

  Juan volvió a mirar a su alrededor.

  Era evidente que intentaba entender por qué tantas personas parecían emocionadas de verlo.

  Comenzó a caminar nuevamente.

  Sus pasos eran lentos.

  Propios de un hombre que había recorrido un largo camino durante su vida.

  La audiencia continuaba de pie.

  Al llegar al centro del escenario volvió a detenerse.

  Contempló durante algunos instantes las enormes pantallas que mostraban su imagen.

  Luego observó a las personas.

  Miles de rostros.

  Miles de ojos observándolo atentamente.

  Finalmente sonrió.

  Una sonrisa tranquila.

  Serena.

  Casi paternal.

  Como si estuviera observando a una generación muy distante de la suya.

  La ovación comenzaba a disminuir lentamente.

  Juan volvió a mirar a la multitud.

  Luego negó suavemente con la cabeza.

  Y sin darse cuenta quedó lo suficientemente cerca de uno de los micrófonos para que todos escucharan lo que dijo.

  —Es extraordinario.

  El estudio quedó en silencio.

  Juan continuó observando a las personas.

  —Han pasado tantos años…

  Hizo una breve pausa.

  —Y todavía quieren hablar acerca de Jesús.

  El silencio se apoderó nuevamente del auditorio.

  Nadie esperaba aquella respuesta.

  Juan no parecía impresionado por las luces.

  Ni por las cámaras.

  Ni por la tecnología.

  Ni siquiera por la multitud.

  Lo que parecía sorprenderle era algo completamente distinto.

  Que dos mil años después las personas siguieran interesadas en el Maestro.

  Finalmente avanzó los últimos pasos que lo separaban de su asiento.

  Tomó asiento lentamente.

  Volvió a observar el estudio una vez más.

  Luego dirigió su atención hacia el entrevistador.

  Y por primera vez desde que había entrado al escenario pareció completamente listo para comenzar la conversación.

  —Juan, antes de comenzar la entrevista, hay algo que queremos mostrarle.

  —¿De qué se trata?

  Uno de los asistentes se acercó y colocó cuidadosamente una Biblia sobre la mesa.

  Juan observó el libro en silencio.

  Pasó la mano lentamente sobre la cubierta.

  —¿Qué es esto?

  —Lo llamamos Biblia.

  Juan abrió el volumen con cuidado.

  Sus ojos recorrieron las páginas lentamente.

  Vio los nombres.

  Mateo.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Se detuvo.

  —Ese es mi relato.

  —Sí.

  Siguió avanzando.

  Primera de Juan.

  Segunda de Juan.

  Tercera de Juan.

  Guardó silencio.

  —También conservaron mis cartas.

  —Así es.

  Por un momento no dijo nada.

  Luego continuó pasando páginas.

  Hasta que llegó al final.

  Apocalipsis.

  Juan se quedó inmóvil.

  Su rostro cambió.

  —Esperen…

  El estudio quedó en silencio.

  —Este escrito…

  Levantó la mirada lentamente.

  —Yo apenas terminé de recibir estas visiones.

  La audiencia permaneció completamente quieta.

  —Todavía estaba revisando cómo enviarlas a las iglesias.

  Volvió a mirar la página.

  —Éfeso.

  —Esmirna.

  —Pérgamo.

  —Tiatira.

  —Sardis.

  —Filadelfia.

  —Laodicea.

  Su voz bajó ligeramente.

  —¿También esto llegó hasta ustedes?

  —Sí, Juan.

  El anciano permaneció mirando el libro.

  —Entonces el Señor lo preservó.

  El estudio quedó en silencio.

  Juan cerró la Biblia con cuidado.

  Sus manos permanecieron sobre el volumen durante algunos segundos.

  —Pensé que estaba escribiendo para iglesias perseguidas de mi tiempo.

  Hizo una pausa.

  —No imaginé que esas palabras también hablarían a generaciones que todavía no habían nacido.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  Juan continuó observando las páginas que tenía frente a él.

  Sus dedos recorrieron lentamente el borde del libro.

  Como si estuviera intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.

  —Cuando escribí estas cosas, el mundo parecía muy distinto.

  Su voz sonó tranquila.

  Reflexiva.

  —Las iglesias enfrentaban dificultades.

  —Muchos creyentes vivían bajo presión.

  —Algunos sufrían persecución.

  —Y otros comenzaban a desanimarse.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Por eso escribí.

  —Porque quería que recordaran quién es Jesucristo.

  —Quería que supieran que Él sigue siendo Señor.

  —Que sigue caminando en medio de sus iglesias.

  —Y que ningún imperio de este mundo puede impedir que se cumpla aquello que Dios ha determinado.

  Volvió a mirar el libro.

  Luego sonrió.

  —Pero ahora descubro que el Señor tenía planes mucho mayores.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Es extraordinario.

  —Realmente extraordinario.

  Levantó lentamente la vista.

  —Mateo escribió.

  —Marcos escribió.

  —Lucas escribió.

  —Y yo escribí.

  —Pero ninguno de nosotros podía imaginar todo lo que Dios haría después.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Definitivamente este viaje al futuro ha estado lleno de sorpresas.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Finalmente cerró la Biblia con cuidado.

  La sostuvo entre sus manos durante algunos segundos.

  Como si estuviera sosteniendo algo profundamente valioso.

  Luego dirigió su atención hacia el entrevistador.

  —Bien.

  Una sonrisa tranquila apareció en su rostro.

  —Creo que ahora entiendo por qué me trajeron hasta aquí.

  Las risas volvieron a escucharse.

  —Y debo admitir que tengo curiosidad.

  —¿Por dónde comenzaremos? Entonces el entrevistador hizo la pregunta:

  —¿Qué hacía usted en Patmos?

  Juan permaneció en silencio durante algunos segundos.

  La sonrisa había desaparecido de su rostro.

  Finalmente respondió.

  —Estaba prisionero.

  El estudio quedó completamente inmóvil.

  —Patmos no era un lugar al que uno viajara para descansar.

  —No era un sitio de recreación.

  —Era un lugar de confinamiento.

  —Un lugar donde Roma enviaba a personas que deseaba apartar de la sociedad.

  Hizo una breve pausa.

  —Yo ya era un hombre anciano cuando llegué allí.

  —Había servido al Señor durante muchos años.

  —Había visto partir a la mayoría de mis compañeros.

  —Pedro ya no estaba.

  —Pablo ya no estaba.

  —Jacobo ya no estaba.

  Sus palabras resonaron en el silencio del estudio.

  —Durante años continué enseñando y fortaleciendo a las iglesias.

  —Especialmente en la región de Asia.

  —Éfeso.

  —Esmirna.

  —Pérgamo.

  —Tiatira.

  —Sardis.

  —Filadelfia.

  —Laodicea.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Eran mis hermanos.

  —Mi familia.

  Luego volvió a ponerse serio.

  —Pero aquellos eran tiempos difíciles.

  —Roma exigía cada vez más lealtad al emperador.

  —Y muchos hombres estaban dispuestos a rendirle honores que solamente pertenecen a Dios.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —En aquellos días gobernaba Domiciano.

  La audiencia permanecía completamente atenta.

  —No puedo decirles quién firmó cada orden ni qué funcionarios participaron en cada decisión.

  —Lo que sí sé es que terminé separado de las iglesias que amaba.

  —Y fui enviado a Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo.

  Su voz se volvió más suave.

  —Recuerdo el día que llegué.

  —Recuerdo las rocas.

  —El mar.

  —La soledad.

  —Y la sensación de estar lejos de todo aquello por lo que había trabajado durante décadas.

  El estudio permanecía en silencio.

  —No voy a negar que fue doloroso.

  —Había pasado gran parte de mi vida sirviendo a aquellas congregaciones.

  —Y de pronto estaba allí.

  —Lejos de ellas.

  —Sin saber si volvería a verlas.

  Juan bajó la mirada durante unos instantes.

  —Pero aprendí algo.

  El entrevistador permanecía inmóvil.

  —Los hombres pueden exiliar a un siervo de Dios.

  —Pero no pueden exiliar a Dios.

  El silencio fue absoluto.

  —Creyeron que me alejaban de mi misión.

  —Y resultó que el Señor tenía otros planes.

  Una leve sonrisa apareció nuevamente en su rostro.

  —Porque fue precisamente en aquella isla-prisión…

  —En aquel lugar donde pensaban que mi voz sería silenciada…

  —Donde recibí algunas de las revelaciones más extraordinarias de toda mi vida.

  —Juan, sabemos que usted convivió con Jesús durante varios años.

  —Viajó con Él.

  —Comió con Él.

  —Caminó junto a Él por los caminos de Galilea, Samaria y Judea.

  —Lo vio cuando las multitudes lo seguían.

  —Y también cuando se encontraba agotado y lejos de las multitudes.

  Hice una breve pausa.

  —Y debo admitir que hay algo que siempre me ha llamado la atención.

  Juan inclinó ligeramente la cabeza.

  —¿Qué cosa?

  —Por experiencia sé que cuando uno convive con una persona durante años, termina conociéndola de verdad.

  —Las apariencias desaparecen.

  —Los defectos aparecen.

  —Las debilidades salen a la luz.

  —Todos terminamos decepcionando a alguien tarde o temprano.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Por eso quiero hacerle una pregunta muy personal.

  Juan asintió lentamente.

  —Adelante.

  —¿Jesús alguna vez lo decepcionó?

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —¿Lo vio actuar de manera equivocada?

  —¿Lo vio pecar?

  —¿Lo vio perder el control?

  —¿Lo vio hacer algo que le hiciera pensar que no era quien decía ser?

  Por primera vez una leve sonrisa apareció en el rostro del anciano.

  Luego negó suavemente con la cabeza.

  —No.

  El silencio fue absoluto.

  —Ni una sola vez.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Como si estuviera recorriendo décadas de recuerdos.

  Finalmente continuó.

  —Y créame cuando le digo que tuvimos muchas oportunidades para observarlo.

  Algunas personas sonrieron.

  —No estuvimos con Él durante unos días.

  —Ni unas semanas.

  —Fueron años.

  —Caminábamos juntos.

  —Comíamos juntos.

  —Dormíamos bajo el mismo cielo.

  —Atravesábamos tormentas.

  —Caminábamos largas distancias.

  —Pasábamos días enteros rodeados de multitudes.

  —Y también momentos donde solamente estábamos nosotros.

  Hizo una pausa.

  —Vi personas amarlo.

  —Y vi personas odiarlo.

  —Vi multitudes aclamarlo.

  —Y vi multitudes abandonarlo.

  —Vi momentos de alegría.

  —Y momentos de profundo dolor.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  —Lo vi cuando murió Lázaro.

  —Lo vi llorar.

  —Lo vi cansado.

  —Lo vi hambriento.

  —Lo vi sufrir.

  La audiencia escuchaba atentamente.

  —Pero jamás lo vi pecar.

  —Jamás lo escuché mentir.

  —Jamás lo vi actuar por egoísmo.

  —Jamás lo vi aprovecharse de nadie.

  —Jamás lo vi usar su poder para beneficio propio.

  La voz de Juan se volvió más firme.

  —Y cuanto más tiempo pasábamos con Él, más extraordinario resultaba.

  —Porque normalmente ocurre lo contrario.

  —Mientras más conoces a una persona, más descubres sus defectos.

  —Con Jesús sucedía exactamente al revés.

  El estudio permanecía completamente inmóvil.

  —Mientras más cerca estabas de Él…

  —Más difícil era encontrar algo incorrecto.

  —Más evidente se volvía su carácter.

  —Más evidente se volvía su compasión.

  —Más evidente se volvía su pureza.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Después de todos estos años…

  —Después de todo lo que vi…

  —Y después de todo lo que he meditado acerca de Él…

  Todavía sigo convencido de una cosa.

  El silencio era absoluto.

  —Jesús fue el hombre más extraordinario que ha existido.

  Hizo una breve pausa.

  Luego añadió con serenidad:

  —Y cuanto más lo conocíamos…

  —Más comprendíamos que era mucho más que un hombre.

  El estudio permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Las últimas palabras de Juan parecían haber quedado suspendidas en el aire.

  —Y cuanto más lo conocíamos…

  —Más comprendíamos que era mucho más que un hombre.

  —Juan, eso me lleva a algo que siempre he querido preguntar. Dijo el entrevistador.

  El anciano asintió lentamente.

  —Adelante.

  —Usted acaba de decir que mientras más conocían a Jesús, más comprendían que era mucho más que un hombre.

  —Pero eso no pudo haber ocurrido de un día para otro.

  —Después de todo, cuando lo conoció, Jesús parecía un hombre común.

  —Comía.

  —Dormía.

  —Caminaba por los mismos caminos que ustedes.

  —Y vivía en el mismo mundo que todos los demás.

  Hice una breve pausa.

  —Entonces dígame…

  —¿Cuándo comenzó a sospechar que Jesús era diferente?

  Juan permaneció pensativo durante algunos segundos.

  Finalmente sonrió.

  —Creo que la verdadera respuesta sería: muy temprano.

  Algunas personas sonrieron.

  —Pero también debo decir que nos tomó mucho tiempo comprender completamente quién era.

  La audiencia permanecía atenta.

  —Al principio sabíamos que era extraordinario.

  —Eso era evidente.

  —Sus enseñanzas eran diferentes.

  —Su autoridad era diferente.

  —La manera en que trataba a las personas era diferente.

  —Incluso sus enemigos reconocían que había algo inusual en Él.

  Guardó silencio unos instantes.

  —Pero una cosa es reconocer que alguien es extraordinario.

  —Y otra muy distinta comprender quién es realmente.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Recuerdo muchas ocasiones que nos dejaron sin palabras.

  —Momentos que ninguno de nosotros podía explicar.

  —Momentos en que terminábamos mirándonos unos a otros sin saber qué decir.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Debo admitir que no siempre éramos tan brillantes como la gente imagina.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  —Muchas veces entendíamos las cosas mucho después.

  Las risas aumentaron.

  Juan sonrió.

  —Mucho después.

  El ambiente se relajó.

  —Pero hubo un acontecimiento que jamás olvidé.

  La audiencia quedó en silencio.

  —Una noche nos encontrábamos en el mar de Galilea.

  —Algunos de nosotros habíamos pasado gran parte de nuestras vidas en embarcaciones.

  —Conocíamos aquellas aguas.

  —Conocíamos las tormentas.

  —Sabíamos cuándo una situación era peligrosa.

  Su expresión se volvió más seria.

  —Y aquella noche era peligrosa.

  —Muy peligrosa.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Mientras luchábamos contra el viento y las olas, Jesús dormía.

  Algunas personas sonrieron.

  —Finalmente lo despertamos.

  —Y entonces ocurrió algo que jamás pude olvidar.

  El estudio permanecía completamente inmóvil.

  —Jesús se puso de pie.

  —Miró el viento.

  —Miró las olas.

  —Y les habló.

  La audiencia permanecía en absoluto silencio.

  —Les habló como un hombre habla a un siervo.

  Juan hizo una pausa.

  —Y el mar obedeció.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —La tormenta desapareció.

  —El viento cesó.

  —Y el mar quedó en calma.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  Como si todavía estuviera viendo aquella escena.

  —Recuerdo perfectamente lo que ocurrió después.

  —No comenzamos a celebrar.

  —No gritamos de alegría.

  —No nos felicitamos por haber sobrevivido.

  Volvió a levantar la vista.

  —Nos dio miedo.

  El silencio era absoluto.

  —Mucho miedo.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Porque de pronto comprendimos que la verdadera pregunta no era si sobreviviríamos a la tormenta.

  La voz de Juan se volvió más profunda.

  —La verdadera pregunta era:

  ”¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

  El estudio quedó completamente en silencio.

  Juan guardó silencio unos segundos.

  Luego añadió:

  —Y para ser honestos…

  —Pasamos los siguientes años intentando responder esa pregunta.

  El entrevistador permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Luego tomó nuevamente el control de la conversación.

  —Juan, quisiera llevarlo ahora al acontecimiento que cambió la historia para siempre.

  El anciano asintió lentamente.

  —La resurrección.

  —Así es.

  La audiencia quedó completamente en silencio.

  —Sabemos que usted afirmó haber visto al Cristo resucitado.

  —Y sabemos que fue testigo de algunos de los acontecimientos ocurridos durante aquellos días.

  Hice una breve pausa.

  —Pero antes de hablar de la resurrección, me gustaría preguntarle algo.

  —¿Cómo se encontraban ustedes después de la crucifixión?

  La expresión de Juan cambió inmediatamente.

  Durante algunos segundos pareció regresar a aquellos días.

  Finalmente respondió.

  —Devastados.

  El silencio se apoderó del estudio.

  —Completamente devastados.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  —Hoy resulta fácil leer la historia sabiendo cómo termina.

  —Pero nosotros no estábamos viviendo el final de la historia.

  —Estábamos viviendo el viernes.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Habíamos visto arrestar al Maestro.

  —Lo habíamos visto golpeado.

  —Humillado.

  —Condenado.

  —Crucificado.

  Su voz se volvió más suave.

  —Y finalmente lo vimos morir.

  El silencio era absoluto.

  —Todo aquello ocurrió delante de nuestros ojos.

  —No era un rumor.

  —No era una noticia que alguien nos contó.

  —Lo vimos.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  —Y cuando llegó el sábado, todo parecía haber terminado.

  La audiencia escuchaba atentamente.

  —Habíamos dejado nuestras antiguas vidas para seguirlo.

  —Creíamos que Él era el Mesías.

  —Pero no comprendíamos completamente lo que debía suceder.

  —No entendíamos las Escrituras como las entendemos ahora.

  —Y ciertamente no esperábamos lo que estaba por ocurrir.

  Guardó silencio unos segundos.

  —Habíamos escuchado algunas de sus declaraciones acerca de resucitar.

  —Pero para ser completamente honesto…

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Ninguno de nosotros parecía haberlas comprendido muy bien.

  Algunas personas sonrieron.

  —Nuestra mente estaba llena de preguntas.

  —De temor.

  —De tristeza.

  —Y de recuerdos que no podíamos quitar de nuestra cabeza.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Recuerdo la cruz.

  —Recuerdo sus últimas palabras.

  —Recuerdo el momento en que fue colocado en la tumba.

  Juan hizo una pausa.

  —Y recuerdo pensar que aquella era la conclusión de la historia.

  El estudio quedó en absoluto silencio.

  —Pero entonces llegó el domingo.

  La tensión aumentó inmediatamente en el auditorio.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Y con él llegaron noticias que ninguno de nosotros esperaba escuchar.

  —Noticias tan extraordinarias…

  —Que al principio resultaban difíciles de creer.

  El anciano sonrió ligeramente.

  —Y allí comenzó el día más sorprendente de toda mi vida.

  —¿Y qué pasó después?

  La pregunta rompió el silencio que se había apoderado del estudio.

  Juan sonrió levemente.

  Como si todavía pudiera ver aquellos acontecimientos ocurriendo delante de sus ojos.

  —Después llegó María Magdalena.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Llegó con una noticia que ninguno de nosotros esperaba.

  —Nos dijo que la piedra había sido removida.

  —Y que la tumba estaba abierta.

  Hizo una breve pausa.

  —Recuerdo que Pedro y yo salimos inmediatamente.

  —Corrimos.

  Las palabras provocaron algunas sonrisas entre los asistentes.

  —Bueno… yo corrí más rápido que Pedro.

  Las risas recorrieron el estudio.

  Juan sonrió.

  —Eso también quedó escrito, por cierto.

  Las risas aumentaron.

  —Y después de casi dos mil años, sigo sin arrepentirme de haberlo mencionado.

  La audiencia volvió a reír.

  Luego el anciano se puso serio nuevamente.

  —Pero cuando llegamos a la tumba, todo cambió.

  El silencio regresó inmediatamente.

  —La piedra había sido removida.

  —La tumba estaba abierta.

  —Y el cuerpo ya no estaba allí.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Como si todavía estuviera contemplando aquella escena.

  —Entré.

  —Observé cuidadosamente.

  —Vi los lienzos.

  —Vi el sudario colocado aparte.

  —Y comprendí algo.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —La tumba estaba vacía.

  El silencio era absoluto.

  —No había señales de violencia.

  —No había señales de una retirada apresurada.

  —No había señales de que alguien hubiera robado un cuerpo.

  Juan hizo una pausa.

  —Simplemente ya no estaba allí.

  La tensión en el estudio era palpable.

  —¿Y qué pensó en ese momento?

  Juan permaneció reflexionando durante algunos segundos.

  —La verdad…

  —Creo que al principio ni siquiera comprendí completamente lo que estaba viendo.

  Algunas personas sonrieron.

  —Aquello era demasiado grande.

  —Demasiado extraordinario.

  —Demasiado inesperado.

  Guardó silencio.

  —Pero una cosa sí sabía.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —La muerte no había podido retenerlo.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Aquel que había abierto los ojos de los ciegos…

  —Aquel que había levantado a Lázaro de la tumba…

  —Aquel que había hablado al viento y al mar…

  —No permaneció bajo el poder de la muerte.

  La voz de Juan se volvió más firme.

  —Y poco tiempo después ya no estábamos observando una tumba vacía.

  —Lo estábamos viendo a Él.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —Lo escuchamos.

  —Hablamos con Él.

  —Lo vimos.

  —Y nuestras vidas jamás volvieron a ser las mismas.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Muchos años han pasado desde entonces.

  —He visto imperios levantarse y caer.

  —He visto morir a amigos queridos.

  —He visto persecuciones y sufrimientos.

  —Pero hay algo que nunca cambió.

  Hizo una pausa.

  —Aquella mañana la tumba estaba vacía.

  —Y Jesús estaba vivo.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Juan, me temo que nuestro tiempo está llegando a su fin.

  —Ha pasado más rápido de lo que imaginaba.

  Las risas recorrieron el estudio.

  —Creo que todos sentimos lo mismo.

  Los aplausos se escucharon en distintos lugares del auditorio.

  —Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.

  —Adelante.

  —Usted caminó con Jesús.

  —Comió con Él.

  —Escuchó sus enseñanzas.

  —Presenció sus milagros.

  —Lo vio morir.

  —Y afirmó haberlo visto vivo después de la resurrección.

  —Además dedicó buena parte de su vida a reflexionar acerca de quién era realmente.

  —Por eso quiero hacerle una pregunta muy sencilla.

  —¿Quién dice usted que es Jesús de Nazaret?

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Luego sonrió.

  —Cuando era joven pensaba que conocía la respuesta.

  —Pero mientras pasaron los años comprendí que Jesús era mucho más grande de lo que había imaginado.

  Hizo una breve pausa.

  —Por eso, cuando escribí acerca de Él, no comencé hablando de Belén.

  —Ni de Nazaret.

  —Ni siquiera de Galilea.

  —Comencé antes de la creación misma.

  Volvió la mirada hacia la audiencia.

  —En el principio era el Verbo.

  —Y el Verbo era con Dios.

  —Y el Verbo era Dios.

  El estudio quedó en silencio.

  —Y aquel Verbo fue hecho carne.

  —Y habitó entre nosotros.

  —Y vimos su gloria.

  Juan continuó.

  —¿Quién es Jesús?

  —Es la Luz del mundo.

  —Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

  —Es el Pan de Vida.

  —Es la Puerta.

  —Es el Buen Pastor.

  —Es la Resurrección y la Vida.

  —Es la Vid verdadera.

  —Es el Camino.

  —La Verdad.

  —Y la Vida.

  —Y nadie viene al Padre sino por Él.

  Algunas personas comenzaron a aplaudir.

  Juan continuó hablando.

  —Lo vi tocar a los enfermos.

  —Lo vi recibir a los rechazados.

  —Lo vi llorar.

  —Lo vi sufrir.

  —Lo vi morir.

  —Y también lo vi vivo después de la resurrección.

  Hizo una breve pausa.

  —Por eso mi respuesta hoy es la misma que cuando terminé de escribir mi Evangelio.

  —Jesús es el Cristo.

  —El Hijo de Dios.

  —El Salvador del mundo.

  —El Santo de Dios.

  —El Rey de Israel.

  —El Señor.

  Juan sonrió.

  —Y después de todos estos años sigo convencido de algo.

  —Nunca ha existido nadie como Él.

  Los aplausos comenzaron a escucharse nuevamente.

  —Y nunca volverá a existir.

  Los aplausos comenzaron a escucharse en distintos lugares del estudio.

  Poco a poco fueron creciendo.

  Hasta convertirse en una prolongada ovación.

  Juan permaneció sentado observando a la audiencia.

  Finalmente volví la vista hacia el reloj que tenía frente a mí.

  Y suspiré.

  —Juan…

  El anciano sonrió.

  —¿Sí?

  —Me temo que nuestro tiempo se ha agotado.

  Inmediatamente se escuchó un murmullo generalizado de desaprobación en el estudio.

  Algunas personas incluso protestaron en voz alta.

  Las risas recorrieron el auditorio.

  —Créame, yo tampoco estoy contento.

  La audiencia respondió con aplausos.

  —Porque tengo una lista enorme de preguntas que todavía no le he hecho.

  Juan sonrió.

  —Y yo todavía tengo algunas historias que no les he contado.

  La reacción fue inmediata.

  Las risas y los aplausos llenaron nuevamente el estudio.

  —¿Lo escucharon?

  La audiencia volvió a aplaudir.

  —Entonces creo que no tendremos otra opción.

  Volví la mirada hacia Juan.

  —¿Estaría dispuesto a regresar?

  Una sonrisa apareció en el rostro del anciano.

  —Con mucho gusto.

  La ovación fue aún más fuerte.

  —Amigos, acabamos de escuchar a un hombre que caminó junto a Jesús.

  —Que escuchó sus enseñanzas.

  —Que presenció sus milagros.

  —Que estuvo cerca de la cruz.

  —Y que afirmó haber visto al Cristo resucitado.

  Hice una breve pausa.

  —Pero apenas hemos comenzado.

  —Todavía quedan muchas preguntas.

  —Todavía quedan muchos recuerdos.

  —Y todavía quedan muchos acontecimientos que queremos explorar junto a Juan.

  Volví la mirada hacia nuestro invitado.

  —Gracias por acompañarnos esta noche.

  —Gracias a ustedes.

  Los aplausos volvieron a llenar el estudio.

  —Amigos, esto ha sido todo por hoy.

  —Pero nuestra conversación con Juan continuará.

  —Y créanme…

  —No querrán perderse lo que viene.

  Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  —Buenas noches a todos.

  —Y hasta nuestra próxima entrevista con el discípulo amado.

  La audiencia respondió con una última ovación mientras la transmisión llegaba a su fin.

Disfrute un reel con propósito:

Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Al llegar al final de esta serie, resulta difícil no sentir una profunda admiración por los documentos que conocemos como Evangelios.

  Durante siglos muchas personas los han considerado únicamente libros religiosos. Sin embargo, al examinarlos más de cerca descubrimos algo más. Estamos frente a antiguas biografías escritas dentro del mundo real, en lugares reales y por autores que afirmaron haber sido testigos de los acontecimientos o haber investigado cuidadosamente a quienes lo fueron.

  Mateo escribió como un hombre que caminó junto a Jesús.

  Marcos preservó los recuerdos de quienes lo conocieron de cerca.

  Lucas investigó los hechos consultando a numerosos testigos.

  Y Juan escribió como alguien que dedicó toda una vida a reflexionar sobre aquello que vio con sus propios ojos.

  Cada uno tuvo una perspectiva distinta.

  Cada uno destacó aspectos diferentes.

  Y, sin embargo, todos apuntan hacia la misma persona.

  Cuando las cuatro biografías se colocan una junto a la otra, emerge una imagen extraordinariamente coherente de Jesucristo.

  No aparece un personaje mitológico perdido entre leyendas.

  No encontramos a un simple maestro de filosofía.

  Ni a un líder político.

  Ni a un reformador religioso más.

  El personaje que emerge de estas páginas es alguien absolutamente singular.

  Un hombre que desafió las expectativas de su tiempo.

  Que habló con una autoridad que asombraba incluso a sus enemigos.

  Que mostró una compasión extraordinaria hacia los rechazados.

  Que transformó la vida de quienes se acercaron a Él.

  Y cuya influencia continúa extendiéndose después de dos mil años.

  Los autores de estas biografías procedían de contextos diferentes.

  Tenían personalidades distintas.

  Vivieron experiencias diferentes.

  Pero todos terminaron dedicando sus vidas a la misma tarea: hablar acerca de Jesús.

  Muchos de ellos enfrentaron persecución.

  Sufrimiento.

  Prisión.

  Y algunos incluso la muerte.

  Sin embargo, ninguno abandonó aquello que afirmaba haber visto y experimentado.

  Tal vez esa sea una de las preguntas más importantes que deja esta serie.

  ¿Qué vieron estos hombres para quedar tan profundamente convencidos?

  ¿Qué ocurrió para que pescadores, cobradores de impuestos, médicos, investigadores y hombres comunes terminaran dedicando sus vidas a una sola persona?

  Las respuestas completas requerirán una investigación mucho más profunda.

  Pero al menos una conclusión parece inevitable.

  Jesucristo no fue una figura cualquiera de la antigüedad.

  Su impacto sobre la historia humana es demasiado grande para ser ignorado.

  Y cuanto más examinamos las antiguas biografías que hablan de Él, más comprendemos por qué aquellos primeros testigos llegaron a la conclusión de que habían conocido al hombre más extraordinario que jamás ha existido.

  Quizá esa sea la verdadera invitación que nos dejan Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  No simplemente admirar sus escritos.

  Sino continuar la investigación por nosotros mismos.

  Porque después de todo, las antiguas biografías siguen abiertas.

  Y la pregunta que las atraviesa desde la primera hasta la última página continúa siendo la misma:

  ¿Quién es realmente Jesús de Nazaret?

Disfrute un reel con propósito

Explore el museo la vida y obra de jesucristo

¿Podemos confiar en los Evangelios como documentos históricos, o son simplemente relatos religiosos escritos mucho tiempo después de los acontecimientos que describen? Esta es una de las preguntas más importantes para cualquiera que desee investigar seriamente la vida de Jesucristo. A lo largo de los siglos, creyentes, escépticos, historiadores y arqueólogos han examinado estos antiguos textos en busca de respuestas.

En esta obra, el Dr. Elio M. Rivera explora la evidencia histórica, los manuscritos antiguos, los testimonios de los primeros cristianos y los descubrimientos arqueológicos relacionados con los Evangelios. El resultado es una investigación accesible y documentada que invita al lector a examinar los hechos por sí mismo y a descubrir por qué estos escritos han influido en la historia de la humanidad como ningún otro libro.

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