7.Entrevista con Lucas: Una conversación con el investigador que siguió las huellas de Jesús

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Tampoco afirmamos que las palabras atribuidas a Lucas hayan sido pronunciadas literalmente por él.

  Se trata simplemente de un recurso literario diseñado para ayudarnos a comprender mejor a uno de los personajes más importantes del cristianismo primitivo y acercarnos al contexto histórico en el que desarrolló su labor.

  Nuestro invitado de hoy es Lucas.

  A diferencia de Mateo, Lucas no formó parte de los doce apóstoles. Tampoco existe evidencia de que conociera personalmente a Jesucristo durante su ministerio terrenal. Sin embargo, terminó escribiendo dos de las obras más extensas e influyentes del Nuevo Testamento: el Evangelio que lleva su nombre y el libro de los Hechos de los Apóstoles.

  Lo que distingue a Lucas de los demás evangelistas es algo que él mismo dejó registrado al inicio de su obra.

  Mientras otros escritores narraban acontecimientos que habían presenciado personalmente, Lucas explicó que dedicó tiempo a investigar cuidadosamente los hechos que estaba relatando.

  En las primeras líneas de su Evangelio afirma que muchos ya habían intentado poner por escrito los acontecimientos relacionados con Jesús y que él mismo había investigado diligentemente todas las cosas desde su origen para presentarlas de manera ordenada.

  Estas palabras han llevado a numerosos investigadores a considerar a Lucas como uno de los grandes historiadores del cristianismo primitivo.

  Sin embargo, existe un aspecto de su trabajo que pocas veces recibe la atención que merece.

  Cuando Jesús murió, el movimiento que había iniciado no desapareció.

  Por el contrario, miles de personas afirmaban haber sido impactadas por Él de una u otra manera.

  Los Evangelios describen multitudes que escucharon sus enseñanzas. Hombres y mujeres que aseguraban haber presenciado milagros. Familias enteras que hablaban acerca de sus obras. Personas que afirmaban haber sido sanadas. Discípulos que dedicaron el resto de sus vidas a proclamar su mensaje.

  A esto debemos añadir otro dato extraordinario.

  Décadas después de la crucifixión, todavía vivían numerosos testigos de aquellos acontecimientos.

  Muchos de los hombres y mujeres que habían conocido a Jesús continuaban presentes. Algunos habían escuchado sus enseñanzas. Otros habían presenciado sus milagros. Algunos afirmaban haberlo visto después de la resurrección. Otros habían convivido con quienes aseguraban haber sido testigos directos de aquellos sucesos.

  En otras palabras, cuando Lucas comenzó a investigar la vida de Jesús, no estaba estudiando acontecimientos enterrados en un pasado remoto.

  Todavía existían personas a quienes podía entrevistar.

  Todavía había recuerdos vivos.

  Todavía había conversaciones.

  Todavía había testigos.

  Por esa razón, muchos estudiosos consideran que una parte importante del trabajo de Lucas consistió en recopilar información directamente de personas relacionadas con los acontecimientos que estaba describiendo.

  Naturalmente, desconocemos la identidad exacta de todos aquellos informantes. Tampoco sabemos cuántas entrevistas realizó ni cuáles fueron sus métodos específicos de investigación.

  Sin embargo, el propio Evangelio sugiere que dedicó un esfuerzo considerable a recopilar testimonios, contrastar información y ordenar cuidadosamente los hechos que había descubierto.

  Por esa razón, para esta entrevista partiremos de aquello que la mayoría de los investigadores considera razonable: Lucas fue un observador meticuloso que tuvo acceso a una gran cantidad de testimonios relacionados con Jesús y con el nacimiento del movimiento cristiano.

  Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.

  Esta vez no entrevistaríamos a un apóstol.

  Tampoco al discípulo cercano de un apóstol.

  Esta vez conversaríamos con un hombre que dedicó años a seguir las huellas que Jesús había dejado sobre toda una generación.

  Un médico.

  Un investigador.

  Un recopilador de testimonios.

  Una vez aclarados todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia. Y na vez aclarados todos estos puntos, procedamos con la entrevista imaginaria. (Recuerde, dije imaginaria)

  •  

La entrevista con Marcos había terminado, pero el mundo seguía hablando de ella.

  Los principales medios de comunicación continuaban analizando sus declaraciones. Historiadores debatían cada detalle. Universidades organizaban foros especiales para discutir las implicaciones de sus respuestas. Programas de radio, televisión y plataformas digitales permanecían saturados de comentarios. En prácticamente todos los continentes la conversación era la misma.

  Jesús de Nazaret.

  Su nombre volvía a ocupar el centro del interés mundial.

  Sin embargo, mientras millones de personas seguían reflexionando sobre los recuerdos que Marcos había compartido acerca de Pedro y de la generación que conoció al Maestro, una nueva expectativa comenzaba a crecer.

  La siguiente entrevista había sido anunciada.

  Y esta vez el invitado sería Lucas.

  La reacción fue inmediata.

  Las solicitudes para asistir al programa superaron todos los récords anteriores. Decenas de miles de personas intentaron obtener acceso al estudio. Las plataformas encargadas de registrar asistentes colapsaron varias veces durante las primeras horas. Los hoteles de la ciudad agotaron rápidamente sus habitaciones. Aerolíneas añadieron vuelos especiales. Equipos periodísticos llegaron desde distintos lugares del mundo.

  Pero lo más impresionante ocurría fuera del estudio.

  Millones de personas planeaban suspender sus actividades para presenciar la transmisión.

  Universidades preparaban auditorios especiales.

  Museos organizaban proyecciones públicas.

  Iglesias, centros culturales y grupos de estudio anunciaban reuniones para seguir la entrevista en tiempo real.

  Incluso numerosos escépticos reconocían que el acontecimiento era imposible de ignorar.

  Después de todo, la humanidad estaba a punto de conversar con un hombre que había vivido en el siglo primero.

  Pero no se trataba de cualquier hombre.

  Lucas ocupaba un lugar único dentro de la historia cristiana.

  No fue uno de los doce apóstoles.

  No caminó junto a Jesús por los caminos de Galilea.

  No estuvo presente cuando el Maestro multiplicó los panes.

  No contempló personalmente la crucifixión.

  Y, sin embargo, terminó escribiendo uno de los relatos más detallados acerca de la vida de Jesucristo.

  Las pantallas gigantes instaladas alrededor del mundo comenzaron a mostrar imágenes de manuscritos antiguos, caminos romanos, ciudades del Mediterráneo y antiguos puertos donde habían transitado comerciantes, soldados y viajeros durante generaciones.

  Mientras tanto, el estudio permanecía completamente lleno.

  Las cámaras recorrían lentamente a la audiencia.

  Entre los asistentes podían verse arqueólogos, historiadores, lingüistas, especialistas en literatura antigua, investigadores bíblicos, periodistas y representantes de numerosas universidades.

  Todos aguardaban en silencio.

  La expectativa era enorme.

  Finalmente, las luces comenzaron a disminuir.

  La gigantesca pantalla situada detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció una imagen de Jerusalén.

  Luego Antioquía.

  Después Cesarea.

  Finalmente comenzaron a proyectarse antiguos caminos que parecían extenderse hacia el horizonte.

     Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  La gigantesca pantalla situada detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció una imagen de Jerusalén.

  Luego Antioquía.

  Después Cesarea.

  Finalmente comenzaron a proyectarse antiguos caminos que parecían extenderse hacia el horizonte.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Nuestro invitado de esta noche es un personaje extraordinario.

  Las imágenes continuaron desplazándose detrás del escenario.

  —No fue pescador.

  —No fue cobrador de impuestos.

  —No perteneció al grupo original de discípulos.

  —Y hasta donde sabemos, nunca escuchó personalmente las enseñanzas de Jesús.

  Hice una breve pausa.

  —Sin embargo, escribió una de las obras históricas más importantes de toda la antigüedad.

  En la pantalla apareció un antiguo pergamino.

  —Sabemos que era médico.

  —Sabemos que fue compañero de viaje del apóstol Pablo.

  —Sabemos que dedicó años a recopilar información acerca de Jesús y del nacimiento del movimiento cristiano.

  —Y sabemos que, al comenzar su Evangelio, afirmó haber investigado cuidadosamente los acontecimientos que estaba relatando.

  Las imágenes cambiaron nuevamente.

  Ahora podían verse multitudes.

  Hombres.

  Mujeres.

  Ancianos.

  Niños.

  Rostros anónimos.

  Miles de rostros.

  —Pero existe algo que hace a Lucas especialmente interesante.

  Volví la mirada hacia la audiencia.

  —Cuando él comenzó su investigación, todavía vivían innumerables personas que habían conocido a Jesús.

  La pantalla mostró una multitud cada vez más grande.

  —Todavía existían hombres y mujeres que afirmaban haber escuchado sus enseñanzas.

  —Todavía existían personas que hablaban de milagros que habían presenciado.

  —Todavía existían discípulos que aseguraban haberlo visto después de la resurrección.

  —Todavía existían familias enteras cuya historia había sido transformada por aquel hombre llamado Jesús de Nazaret.

  El silencio se apoderó del estudio.

  —Esta noche no entrevistaremos únicamente al autor de un Evangelio.

  —Entrevistaremos al investigador que recorrió las huellas que Jesús dejó sobre toda una generación.

  —Al hombre que escuchó a los testigos.

  —Al escritor que intentó poner en orden una de las historias más extraordinarias jamás contadas.

  Hice una breve pausa.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Damas y caballeros…

  —Recibamos a Lucas.

  Las luces continuaban recorriendo lentamente el estudio mientras la audiencia permanecía en silencio.

  La expectativa era enorme.

  Millones de personas observaban la transmisión desde distintos lugares del mundo. Nadie sabía exactamente qué esperar.

  Finalmente, una puerta lateral comenzó a abrirse.

  Por un instante, el estudio entero pareció contener la respiración.

  Entonces apareció Lucas.

  El auditorio estalló en aplausos.

  El médico permaneció inmóvil durante algunos segundos observando todo a su alrededor.

  A diferencia de Mateo y Marcos, su reacción fue distinta desde el primer momento.

  No parecía abrumado.

  Parecía fascinado.

  Sus ojos recorrían cada rincón del escenario con evidente curiosidad.

  Observó las enormes pantallas suspendidas sobre el auditorio.

  Luego las cámaras.

  Después las luces.

  Las filas interminables de espectadores.

  Y finalmente el gigantesco monitor que mostraba su propia imagen en tiempo real.

  Frunció ligeramente el ceño.

  No con temor.

  Con interés.

  Como un hombre que intentaba comprender el funcionamiento de algo completamente nuevo.

  La audiencia sonrió al observar su reacción.

  Lucas avanzó algunos pasos más.

  Continuaba examinándolo todo.

  Parecía imposible que pudiera evitarlo.

  Después de todo, aquella era precisamente la clase de hombre que había sido durante toda su vida.

  Un observador.

  Un investigador.

  Un hombre acostumbrado a prestar atención a los detalles.

  Mientras caminaba hacia el escenario, levantó la vista hacia una de las enormes pantallas.

  Allí podía verse una transmisión en directo del estudio.

  Miles de luces.

  Cientos de personas.

  Y él mismo caminando hacia su asiento.

  Por un momento pareció desconcertado.

  Luego sonrió.

  La audiencia respondió con una suave risa.

  Lucas siguió avanzando.

  Sus ojos continuaban moviéndose de un lugar a otro.

  Las cámaras parecían llamar especialmente su atención.

  Sabía que estaban observándolo.

  Pero evidentemente no comprendía cómo era posible.

  Finalmente llegó hasta su asiento.

  Sin embargo, antes de sentarse volvió a contemplar el estudio.

  Las pantallas.

  Las luces.

  Las cámaras.

  Los sistemas de sonido.

  Los cientos de rostros presentes.

  Y probablemente también los millones que se encontraban al otro lado de aquellas extrañas máquinas capaces de transmitir imágenes alrededor del mundo.

  Movió lentamente la cabeza.

  Como alguien que todavía estaba intentando procesar todo lo que veía.

  Finalmente tomó asiento.

  Los aplausos continuaban.

  Lucas observó nuevamente una de las cámaras.

  Luego otra.

  Y otra más.

  Era evidente que estaba tratando de entender cómo funcionaban.

  Finalmente se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Debo hacer una confesión.

  La audiencia guardó silencio.

  —Cuando me hablaron de una máquina capaz de atravesar el tiempo pensé que nada podría sorprenderme más.

  Varias personas sonrieron.

  Lucas señaló lentamente las pantallas que lo rodeaban.

  —Ahora ya no estoy tan seguro.

  Las risas recorrieron el estudio.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  —He pasado gran parte de esta semana haciendo preguntas.

  Las risas aumentaron.

  —Eso no nos sorprende, Lucas.

  —Me lo imaginaba.

  La audiencia volvió a reír.

  Lucas observó nuevamente las enormes pantallas.

  —Me explicaron que estas imágenes pueden verse simultáneamente en distintos países.

  —Así es.

  —Y que las personas pueden observar esta conversación mientras ocurre.

  —Correcto.

  Lucas permaneció pensativo durante algunos segundos.

  —Eso significa que más personas están viendo esta entrevista en este momento de las que probablemente vivían en muchas de las ciudades que conocí.

  El comentario provocó una mezcla de sonrisas y asombro.

  Lucas volvió a mirar a su alrededor.

  —También me mostraron algunos de sus hospitales.

  La audiencia reaccionó inmediatamente.

  —Y debo admitir que todavía estoy intentando comprender algunas de las cosas que vi.

  Las pantallas comenzaron a mostrar imágenes de equipos médicos modernos.

  —¿Le impresionaron?

  Lucas soltó una pequeña risa.

  —Impresionarme sería una forma muy moderada de describirlo.

  Las carcajadas recorrieron nuevamente el estudio.

  —Durante años observé médicos examinando pacientes con poco más que sus manos, sus ojos y la experiencia acumulada después de muchos años de práctica.

  Hizo una breve pausa.

  —Ustedes pueden observar el interior del cuerpo humano sin abrirlo.

  La audiencia permaneció atenta.

  —Pueden ver huesos.

  —Órganos.

  —Vasos sanguíneos.

  —Incluso estructuras que nosotros jamás habríamos imaginado estudiar en una persona viva.

  Negó lentamente con la cabeza.

  —Francamente, todavía no estoy seguro de haber comprendido todo lo que me explicaron.

  Las risas volvieron a escucharse.

  Finalmente se acomodó en su asiento.

  Respiró profundamente.

  Y por primera vez desde que había entrado al estudio pareció dispuesto a concentrarse completamente en la conversación que estaba por comenzar.

  Esperé unos segundos a que los aplausos terminaran.

  Lucas todavía observaba ocasionalmente las pantallas y las cámaras que lo rodeaban. Era evidente que parte de su atención seguía intentando comprender aquel mundo extraordinario al que había llegado.

  Finalmente sonreí.

  —Lucas, sospecho que podríamos pasar varias horas hablando acerca de todo lo que ha descubierto en el siglo veintiuno.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Lucas asintió.

  —Probablemente.

  —Sin embargo, me temo que nuestro tiempo es limitado.

  —Ya me han explicado eso.

  La audiencia volvió a sonreír.

  —Por esa razón me gustaría comenzar con algo sencillo.

  Lucas asintió.

  —Adelante.

  —Millones de personas alrededor del mundo conocen su nombre. Han leído sus escritos. Han escuchado hablar de usted durante años. Pero si pudiera presentarse a quienes nos observan esta noche, ¿qué les diría?

  Lucas permaneció pensativo durante algunos segundos.

  Como si la pregunta fuera más difícil de lo que parecía.

  Finalmente respondió.

  —Mi nombre es Lucas.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Supongo que eso es un buen comienzo.

  Las risas recorrieron el auditorio.

  —Nací en un mundo muy diferente al suyo. Un mundo gobernado por Roma. Un mundo donde los viajes tomaban semanas o meses. Donde las noticias avanzaban tan rápido como podía caminar un hombre o correr un caballo.

  Hizo una breve pausa.

  —Por lo que he podido descubrir durante estos días, ustedes saben mucho más acerca de mí de lo que yo imaginaba.

  La audiencia sonrió.

  —Sé que ejercí la medicina.

  —Al menos eso me han dicho que todavía lo recuerdan.

  —Y debo admitir que me alegra saberlo.

  Algunas personas rieron suavemente.

  —También me han mostrado varias cartas escritas por Pablo donde se me menciona.

  Su expresión se volvió más cálida.

  —Fue extraño volver a leer su nombre.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Compartimos viajes, peligros, conversaciones y años de trabajo juntos.

  —Así que encontrar esas referencias fue una experiencia profundamente emotiva.

  La audiencia permaneció atenta.

  —También he descubierto algo que sinceramente me sorprendió.

  Volvió a mirar una de las pantallas.

  —También he descubierto algo que sinceramente me sorprendió.

  Volvió a mirar una de las pantallas.

  —Al parecer escribí dos libros que ustedes continúan leyendo después de casi dos mil años.

  Las risas y los aplausos se mezclaron en distintas partes del estudio.

  Lucas negó lentamente con la cabeza.

  —Debo admitir que todavía me cuesta comprenderlo.

  —Cuando escribí aquellas obras, jamás imaginé que serían preservadas durante tanto tiempo.

  —Mucho menos que personas de naciones cuya existencia desconocía llegarían a leerlas.

  Hizo una breve pausa.

  —La verdad es que aquellos escritos fueron dirigidos originalmente a mi amigo Teófilo.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Nunca imaginé que terminarían viajando mucho más lejos de lo que cualquiera de nosotros habría podido soñar.

  La audiencia permanecía completamente atenta.

  —Pero debo decir algo.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Me alegra.

  La respuesta sorprendió a varios asistentes.

  —Porque esos libros nunca tuvieron como propósito hablar acerca de mí.

  —Hablan acerca de Jesús de Nazaret.

  —Hablan acerca de su vida.

  —De sus enseñanzas.

  —De sus obras.

  —De su muerte.

  —Y de lo que ocurrió después.

  Su voz adquirió un tono más reflexivo.

  —También hablan de hombres y mujeres cuyas vidas fueron transformadas por Él y que dedicaron el resto de sus días a llevar su mensaje a otros lugares.

  Hizo una breve pausa.

  —Durante buena parte de mi vida observé cómo aquel movimiento se extendía de ciudad en ciudad, de provincia en provincia y de nación en nación.

  —Así que descubrir que todavía continúan leyendo esas historias dos mil años después resulta profundamente conmovedor.

  Lucas sonrió.

  —Después de todo, creo que el mundo nunca tendrá suficientes oportunidades para conocer a Jesús.

  El estudio quedó en silencio durante algunos segundos.

  Finalmente continuó.

  —Pero si debo describirme de alguna manera, creo que diría algo muy sencillo.

  —Soy un observador.

  La audiencia guardó silencio.

  —Me gustaba escuchar.

  —Me gustaba hacer preguntas.

  —Me gustaba comprender cómo habían ocurrido las cosas.

  —Y cuando encontraba algo que consideraba importante, procuraba registrarlo con la mayor precisión posible.

  Una leve sonrisa apareció nuevamente en su rostro.

  —Probablemente por eso estoy aquí esta noche.

Lucas, permítame continuar con la entrevista:

  • Usted acaba de decir que era un observador, que le gustaba escuchar, hacer preguntas y comprender cómo habían ocurrido las cosas. Entonces permítame comenzar por ahí: ¿cómo llegó usted a interesarse tanto en la historia de Jesús de Nazaret?

  Lucas permaneció en silencio durante algunos segundos.

  La pregunta parecía haber despertado recuerdos muy antiguos.

  Finalmente respondió.

  —Creo que fue imposible ignorarlo.

  La audiencia permaneció atenta.

  —Cuando ustedes estudian aquellos acontecimientos dos mil años después, pueden llegar a pensar en Jesús como una figura histórica.

  —Un personaje del pasado.

  —Alguien que pertenece a otra época.

  Lucas negó lentamente con la cabeza.

  —Pero para nosotros no era así.

  Hizo una breve pausa.

  —Cuando comencé a escuchar acerca de Jesús, las conversaciones todavía estaban ocurriendo.

  La audiencia guardó silencio.

  —Las ciudades estaban llenas de personas hablando de Él.

  —Los mercados.

  —Las casas.

  —Los caminos.

  —Las sinagogas.

  —Los puertos.

  —Prácticamente en cualquier lugar donde uno se detuviera el tiempo suficiente para escuchar.

  Sus ojos parecían contemplar nuevamente aquellos años.

  —Había personas que afirmaban haber escuchado sus enseñanzas.

  —Otros hablaban de milagros que aseguraban haber presenciado.

  —Algunos recordaban a familiares que habían sido sanados.

  —Otros discutían acerca de la resurrección.

  —Y algunos rechazaban todo aquello por completo.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Pero incluso quienes se oponían seguían hablando de Él.

  Algunas personas sonrieron.

  —Eso fue precisamente lo que llamó mi atención.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Los movimientos humanos suelen desaparecer cuando muere su líder.

  —Las personas regresan a sus vidas.

  —Las conversaciones terminan.

  —La memoria se desvanece poco a poco.

  —Pero aquí estaba ocurriendo exactamente lo contrario.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Cuanto más tiempo pasaba, más lejos parecía extenderse la influencia de Jesús.

  —Su nombre aparecía en nuevas ciudades.

  —Nuevos grupos de creyentes surgían constantemente.

  —Y cada vez encontraba más personas convencidas de que algo extraordinario había sucedido.

  Lucas hizo una breve pausa.

  —Luego apareció Pablo.

  La audiencia reaccionó inmediatamente.

  —Yo conocí a Pablo.

  —Y puedo asegurarles algo.

  —No era un hombre fácil de ignorar.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Lucas sonrió.

  —Antes había perseguido a los seguidores de Jesús.

  —Había combatido este movimiento con todas sus fuerzas.

  —Y de pronto estaba dedicando su vida a proclamar exactamente aquello que había intentado destruir.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Recuerdo haber pensado muchas veces en eso.

  —¿Qué puede hacer cambiar así a un hombre?

  —¿Qué pudo ocurrir para transformar a un perseguidor en un defensor?

  —¿Qué vio?

  —¿Qué experimentó?

  —¿Qué lo convenció?

  Lucas guardó silencio durante algunos segundos.

  —Y Pablo no era el único.

  —Seguían apareciendo más testigos.

  —Más historias.

  —Más personas cuyas vidas habían sido transformadas.

  —Más hombres y mujeres dispuestos a sufrir por aquello que afirmaban haber visto.

  Su voz se volvió más reflexiva.

  —Llegó un momento en que comprendí que aquello merecía ser investigado cuidadosamente.

  —No porque quisiera creerlo.

  —Ni porque quisiera rechazarlo.

  —Sino porque estaba sucediendo algo demasiado grande para ser ignorado.

  Hizo una breve pausa.

  —Así que hice lo que siempre había hecho.

  —Escuché.

  —Pregunté.

  —Busqué testigos.

  —Comparé relatos.

  —Y comencé a seguir las huellas que Jesús había dejado detrás de sí.

  Lucas sonrió levemente.

  —Y mientras más investigaba, más difícil se volvía apartar la mirada de aquel hombre de Nazaret.

  El entrevistador permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Luego se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Lucas, cuando decidió investigar, ¿a dónde lo llevó esa búsqueda?

  Lucas respiró profundamente.

  —A muchos lugares.

  La audiencia guardó silencio.

  —A Jerusalén.

  —A Judea.

  —A las regiones cercanas.

  —A casas donde todavía se recordaban sus palabras.

  —A comunidades donde su nombre seguía transformando vidas.

  Hizo una breve pausa.

  —No puedo decirles aquí todos los nombres.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Algunos pertenecen a historias que merecen ser contadas con más cuidado.

  El entrevistador sonrió discretamente.

  —Pero sí puedo decirles algo.

  —Encontré recuerdos vivos.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Historias que aparecían una y otra vez.

  —Mujeres que recordaban detalles que otros habían pasado por alto.

  —Familias que hablaban de encuentros que les habían cambiado la vida.

  —Discípulos que todavía repetían palabras que habían escuchado de sus propios labios.

  —Y comunidades enteras que existían porque alguien había sido alcanzado por aquel mensaje.

  Lucas guardó silencio por un instante.

  —No era un rumor aislado.

  —Era una ola.

  —Una ola que había salido de Galilea, había llegado a Jerusalén y después comenzó a moverse hacia otros pueblos, otras ciudades y otras naciones.

  Su voz se volvió más firme.

  —En Jope escuché historias de puertas que comenzaban a abrirse.

  —En Cesarea vi cómo el mensaje había cruzado fronteras que muchos consideraban imposibles.

  —En cada ciudad encontraba algo semejante.

  —Una persona había escuchado.

  —Otra había creído.

  —Otra había sido transformada.

  —Y luego esa persona hablaba con alguien más.

  Hizo una pausa.

  —Así avanzaba todo.

  El entrevistador permaneció atento.

  —¿Y qué encontró en esas investigaciones?

  Lucas sonrió levemente.

  —Encontré que Jesús había dejado mucho más que seguidores.

  —Había dejado testigos.

  —Había dejado preguntas.

  —Había dejado gratitud.

  —Había dejado controversia.

  —Había dejado heridas sanadas y conciencias inquietas.

  —Había dejado una generación entera tratando de explicar lo que había visto.

  El estudio quedó en silencio.

  Lucas bajó ligeramente la mirada.

  —Y mientras más escuchaba, más comprendía que aquella historia no podía quedarse dispersa en la memoria de las personas.

  —Alguien tenía que ordenarla.

  —Alguien tenía que investigarla con diligencia.

  —Alguien tenía que escribirla y yo lo hice.

  Observé discretamente el reloj que tenía frente a mí.

  Luego volví la mirada hacia Lucas.

  —Lucas, me temo que nuestro tiempo se ha agotado.

  Una ligera sonrisa apareció en su rostro.

  —Parece que el tiempo sigue avanzando igual de rápido en este siglo.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  —Créame, todos sentimos lo mismo.

  La audiencia respondió con algunas sonrisas.

  —Espero sinceramente que ésta no sea la última vez que nos visite.

  —Yo también lo espero.

  Los aplausos resonaron brevemente.

  —Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.

  Lucas asintió.

  —Adelante.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Después de todo lo que investigó…

  —Después de todos los testimonios que escuchó…

  —Después de los viajes…

  —Después de los años dedicados a recopilar información…

  —Después de escribir dos de los libros más influyentes de la historia…

  ¿Quién dice usted que es Jesús de Nazaret?

  El silencio fue absoluto.

  Lucas permaneció inmóvil durante varios segundos.

  Como si estuviera recorriendo nuevamente toda una vida de recuerdos.

  Finalmente levantó la vista.

  —Cuando comencé mi investigación encontré muchas opiniones.

  —Algunos lo llamaban maestro.

  —Otros profeta.

  —Otros sanador.

  —Otros decían que era un engañador.

  Hizo una breve pausa.

  —Pero mientras más escuchaba a los testigos…

  —Mientras más examinaba los acontecimientos…

  —Mientras más observaba lo que había ocurrido después de su muerte…

  Más difícil resultaba encerrar a Jesús dentro de cualquiera de esas definiciones.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Yo llegué a la conclusión de que Jesús es exactamente quien dijo ser.

  Su voz sonó tranquila.

  Pero llena de convicción.

  —Es el Cristo.

  —El Mesías prometido.

  —El Salvador que Dios envió al mundo.

  —El Señor.

  —El Hijo del Hombre del que hablaron los profetas.

  —Aquel a quien la muerte no pudo retener.

  Lucas hizo una breve pausa.

  —Investigando descubrí algo extraordinario.

  —Las personas pueden discutir acerca de sus enseñanzas.

  —Pueden debatir sus milagros.

  —Pueden cuestionar muchas cosas.

  —Pero resulta imposible ignorar el efecto que produjo sobre quienes lo conocieron.

  Sus ojos recorrieron lentamente el auditorio.

  —Vi hombres temerosos convertirse en proclamadores valientes.

  —Vi perseguidos que continuaban hablando de Él.

  —Vi ciudades enteras transformadas por su mensaje.

  —Vi personas dispuestas a sufrir, perderlo todo e incluso morir porque estaban convencidas de que Jesús había resucitado.

  El silencio era absoluto.

  —Y cuanto más investigaba, más comprendía que el verdadero misterio no era cómo surgió aquel movimiento.

  —El verdadero misterio era la persona que estaba en el centro de todo.

  Lucas sonrió levemente.

  —Jesús de Nazaret.

  —El hombre que continúa cambiando vidas mucho tiempo después de haber abandonado este mundo.

  Guardó silencio durante algunos segundos.

  Luego añadió:

  —Hace unos momentos hablamos de mis libros.

  —Y sí, me alegra profundamente saber que todavía son leídos.

  —Pero no porque lleven mi nombre.

  —Me alegra porque ayudan a que nuevas generaciones conozcan a Jesús.

  La emoción podía sentirse en todo el estudio.

  —Después de dedicar tantos años a investigar su vida, puedo decir esto con absoluta sinceridad.

  —Vale la pena conocerlo.

  —Vale la pena estudiarlo.

  —Vale la pena escucharlo.

  —Y vale la pena seguir las evidencias que dejó detrás de sí.

  Lucas hizo una última pausa.

  Luego concluyó con una serenidad que llenó el auditorio.

  —Porque si los testigos tenían razón…

  —Si los acontecimientos ocurrieron como ellos afirmaban…

  —Entonces Jesús no es solamente una de las figuras más importantes de la historia.

  —Es la persona más importante que cualquier ser humano llegará a conocer.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Lucas, muchas gracias por haber estado con nosotros esta noche.

  —El privilegio ha sido mío.

  La audiencia respondió con una prolongada ovación.

  —Amigos, esta noche hemos conversado con un hombre extraordinario.

  —Un médico.

  —Un investigador.

  —Un observador que dedicó buena parte de su vida a seguir las huellas que Jesús dejó sobre toda una generación.

  —Un hombre que escuchó a los testigos.

  —Que recopiló sus historias.

  —Y que decidió preservarlas para las generaciones futuras.

  Volvió la mirada hacia Lucas.

  —Y dos mil años después, seguimos beneficiándonos de aquel trabajo.

  Lucas inclinó ligeramente la cabeza.

  —Me alegra saberlo.

  —Especialmente si ayuda a más personas a conocer a Jesús.

  Los aplausos volvieron a llenar el estudio.

  —Amigos, esto ha sido todo por esta noche.

  —Pero nuestra investigación continúa.

  —Todavía quedan preguntas por responder.

  —Todavía quedan recuerdos por escuchar.

  —Y todavía quedan testigos cuyas voces siguen resonando a través de los siglos.

  La enorme pantalla detrás del escenario comenzó a iluminarse.

  Una imagen apareció lentamente.

  Un anciano observando el mar.

  Una isla solitaria.

  Un pergamino abierto.

  La audiencia quedó en silencio.

  —Nuestro próximo invitado fue pescador.

  —Caminó junto a Jesús durante años.

  —Presenció algunos de los acontecimientos más extraordinarios de su ministerio.

  —Estuvo al pie de la cruz.

  —Y fue uno de los primeros en contemplar la tumba vacía.

  Hizo una breve pausa.

  —A sí mismo se describió de una manera muy particular.

  —No como el discípulo más valiente.

  —No como el más importante.

  —No como el más inteligente.

  —Sino simplemente como…

  ”el discípulo a quien Jesús amaba.”

  La imagen ocupó toda la pantalla.

  La audiencia estalló en aplausos.

  —La próxima vez…

  —Entrevistaremos a Juan.

  —No se lo pierdan.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.