8. Entrevista con Juan: Una conversación con el discípulo amado

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debemos hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica exacta, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Tampoco afirmamos que las palabras atribuidas a Juan hayan sido pronunciadas literalmente por él.

  Se trata simplemente de un recurso literario diseñado para ayudarnos a comprender mejor a uno de los personajes más fascinantes del cristianismo primitivo y acercarnos a las experiencias que marcaron profundamente su vida.

  Nuestro invitado de hoy es Juan.

  A diferencia de Lucas, Juan no investigó los acontecimientos desde la distancia.

  Los vivió.

  A diferencia de Marcos, no dependió principalmente de los recuerdos de otros.

  Fue uno de los testigos.

  Y a diferencia de la mayoría de los hombres de su generación, pasó años caminando junto a la persona que transformaría la historia de la humanidad.

  Las Escrituras lo presentan inicialmente como un pescador de Galilea.

  Era hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo.

  Junto con Pedro y su hermano formó parte del círculo más cercano a Jesús durante buena parte de su ministerio.

  Estuvo presente en algunos de los acontecimientos más extraordinarios narrados por los Evangelios.

  Presenció la transfiguración.

  Acompañó a Jesús en Getsemaní.

  Se encontró entre los discípulos durante las últimas horas antes de la crucifixión.

  Y según el propio Evangelio de Juan, permaneció cerca de la cruz cuando muchos otros habían huido.

  Sin embargo, existe algo que hace a Juan especialmente interesante.

  Cuando leemos su Evangelio descubrimos que no parece estar únicamente interesado en registrar acontecimientos.

  También intenta responder una pregunta mucho más profunda.

  ¿Quién era realmente Jesús?

  Mientras Mateo presenta a Jesús como el Mesías prometido y Marcos enfatiza sus acciones y autoridad, Juan dedica buena parte de su obra a mostrar la identidad del Maestro.

  Por esa razón encontramos algunas de las declaraciones más sorprendentes de todo el Nuevo Testamento precisamente en sus escritos.

  Declaraciones que han provocado admiración, debate y reflexión durante casi dos mil años.

  Naturalmente, como ocurre con cualquier personaje de la antigüedad, existen muchos aspectos de la vida de Juan que desconocemos.

  No sabemos exactamente cómo era su voz.

  No sabemos cómo lucía físicamente.

  No conocemos todos los detalles de su personalidad.

  Pero sí sabemos algo.

  Durante décadas reflexionó acerca de la persona de Jesucristo.

  Y cuando finalmente escribió su Evangelio, llegó a una conclusión que cambió para siempre la manera en que millones de personas entenderían a Jesús.

  Por esa razón, para esta entrevista partiremos de aquello que las fuentes históricas y bíblicas nos permiten afirmar razonablemente.

  Juan fue uno de los discípulos más cercanos a Jesús.

  Fue testigo de gran parte de su ministerio.

  Presenció su muerte.

  Afirmó haberlo visto después de la resurrección.

  Y dedicó el resto de su vida a proclamar aquello que había visto y oído.

  Con esa base establecida, los investigadores de Cristopedia decidieron activar nuevamente la máquina del tiempo.

  Esta vez no entrevistaríamos a un investigador.

  Ni al discípulo de un apóstol.

  Esta vez conversaríamos con un hombre que caminó junto a Jesús.

  Un hombre que lo vio reír.

  Que lo escuchó enseñar.

  Que observó sus milagros.

  Y que dedicó buena parte de su vida intentando responder una pregunta que sigue fascinando a la humanidad.

  ¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?

  Una vez aclarados todos estos puntos, procedamos a nuestra entrevista ficticia.

  •  

  La entrevista con Lucas había provocado una reacción mundial sin precedentes.

  Durante semanas, universidades, medios de comunicación, centros de investigación y comunidades religiosas continuaron analizando sus declaraciones.

  Los fragmentos más importantes de la conversación habían sido traducidos a cientos de idiomas.

  Millones de personas seguían discutiendo sus observaciones acerca de los testigos, la expansión del cristianismo y la extraordinaria influencia que Jesús había ejercido sobre toda una generación.

  Sin embargo, mientras el interés mundial continuaba creciendo, una sola pregunta comenzaba a dominar las conversaciones.

  ¿Qué ocurriría cuando llegara el turno de Juan?

  La expectativa alcanzó niveles nunca antes vistos.

  Las solicitudes para asistir a la transmisión superaron cualquier registro anterior.

  Gobiernos solicitaron acceso.

  Universidades reservaron auditorios completos.

  Museos y centros culturales organizaron transmisiones públicas.

  Las principales cadenas de televisión del mundo modificaron su programación.

  Prácticamente cada plataforma digital importante anunció que transmitiría el acontecimiento en tiempo real.

  Los expertos calculaban que más de mil millones de personas observarían la entrevista.

  Y quizá la cifra real sería todavía mayor.

  Mucho antes del inicio de la transmisión, las inmediaciones del estudio se encontraban completamente abarrotadas.

  Miles de personas observaban enormes pantallas instaladas en el exterior.

  Otras aguardaban en plazas públicas, auditorios y centros de reunión distribuidos por distintos continentes.

  Dentro del estudio no quedaba un solo asiento disponible.

  Historiadores.

  Arqueólogos.

  Investigadores bíblicos.

  Periodistas.

  Profesores universitarios.

  Representantes de innumerables organizaciones.

  Todos aguardaban el mismo momento.

  Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  La conversación en el auditorio desapareció.

  El silencio se apoderó del lugar.

  La gigantesca pantalla detrás del escenario cobró vida.

  Primero apareció el mar de Galilea.

  Luego una pequeña embarcación de pesca.

  Después una red extendida sobre el agua.

  Las imágenes cambiaron lentamente.

  Ahora podía verse un camino polvoriento recorriendo Galilea.

  Luego una multitud siguiendo a un Maestro.

  Luego una colina.

  Luego una cruz.

  Finalmente apareció una tumba vacía.

  Me puse de pie.

  El silencio era absoluto.

  —Nuestro invitado de esta noche ocupa un lugar único en la historia.

  Las imágenes continuaban proyectándose detrás del escenario.

  —Fue pescador.

  —Fue discípulo.

  —Fue testigo.

  —Y dedicó el resto de su vida a hablar acerca de un hombre llamado Jesús de Nazaret.

  En la pantalla apareció nuevamente el mar de Galilea.

  —Sabemos que trabajó junto a su padre Zebedeo.

  —Sabemos que dejó sus redes para seguir al Maestro.

  —Sabemos que formó parte del círculo más cercano de los discípulos.

  —Y sabemos que estuvo presente durante algunos de los acontecimientos más extraordinarios registrados por los Evangelios.

  Las imágenes continuaron avanzando.

  —Escuchó las enseñanzas de Jesús.

  —Presenció sus milagros.

  —Observó cómo multitudes enteras eran impactadas por su mensaje.

  —Y acompañó al Maestro durante los años más importantes de su ministerio.

  La pantalla mostró entonces una colina oscura.

  El auditorio permanecía completamente inmóvil.

  —Pero existe algo que hace a Juan especialmente diferente.

  La imagen cambió nuevamente.

  Ahora podía verse una cruz levantándose contra el horizonte.

  —Cuando llegó el momento más difícil…

  —Cuando muchos huyeron…

  —Cuando el Maestro fue crucificado…

  Juan estuvo allí.

  El silencio era absoluto.

  La imagen volvió a cambiar.

  Ahora aparecía una tumba abierta.

  —Y según su propio testimonio…

  —También estuvo entre aquellos que afirmaron haber visto a Jesús vivo después de la resurrección.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —Esta noche no entrevistaremos solamente al autor de un Evangelio.

  —No entrevistaremos solamente al escritor de varias cartas que han influido sobre millones de personas.

  —Esta noche conversaremos con un hombre que afirmó haber visto ambas cosas.

  —La cruz.

  —Y la tumba vacía.

  Volví la mirada hacia la puerta lateral del escenario.

  —Damas y caballeros…

  —Recibamos a Juan.

  Las luces del estudio comenzaron a descender lentamente.

  El silencio era absoluto.

  Finalmente, una puerta lateral se abrió.

  Durante unos segundos nadie apareció.

  La expectativa era enorme.

  Entonces una figura comenzó a avanzar lentamente hacia el escenario.

  El auditorio estalló en aplausos.

  La reacción fue inmediata.

  Miles de personas se pusieron de pie.

  Los aplausos crecieron hasta convertirse en una ovación que parecía no tener fin.

  Juan se detuvo.

  Observó a la multitud.

  Luego observó las enormes pantallas.

  Después volvió a contemplar a las personas que llenaban el estudio.

  Una expresión de sorpresa apareció en su rostro.

  No parecía comprender completamente lo que estaba ocurriendo.

  Durante algunos segundos permaneció inmóvil.

  Simplemente observando.

  La ovación continuaba.

  Finalmente levantó una mano saludando discretamente.

  La reacción del público aumentó todavía más.

  Juan volvió a mirar a su alrededor.

  Era evidente que intentaba entender por qué tantas personas parecían emocionadas de verlo.

  Comenzó a caminar nuevamente.

  Sus pasos eran lentos.

  Propios de un hombre que había recorrido un largo camino durante su vida.

  La audiencia continuaba de pie.

  Al llegar al centro del escenario volvió a detenerse.

  Contempló durante algunos instantes las enormes pantallas que mostraban su imagen.

  Luego observó a las personas.

  Miles de rostros.

  Miles de ojos observándolo atentamente.

  Finalmente sonrió.

  Una sonrisa tranquila.

  Serena.

  Casi paternal.

  Como si estuviera observando a una generación muy distante de la suya.

  La ovación comenzaba a disminuir lentamente.

  Juan volvió a mirar a la multitud.

  Luego negó suavemente con la cabeza.

  Y sin darse cuenta quedó lo suficientemente cerca de uno de los micrófonos para que todos escucharan lo que dijo.

  —Es extraordinario.

  El estudio quedó en silencio.

  Juan continuó observando a las personas.

  —Han pasado tantos años…

  Hizo una breve pausa.

  —Y todavía quieren hablar acerca de Jesús.

  El silencio se apoderó nuevamente del auditorio.

  Nadie esperaba aquella respuesta.

  Juan no parecía impresionado por las luces.

  Ni por las cámaras.

  Ni por la tecnología.

  Ni siquiera por la multitud.

  Lo que parecía sorprenderle era algo completamente distinto.

  Que dos mil años después las personas siguieran interesadas en el Maestro.

  Finalmente avanzó los últimos pasos que lo separaban de su asiento.

  Tomó asiento lentamente.

  Volvió a observar el estudio una vez más.

  Luego dirigió su atención hacia el entrevistador.

  Y por primera vez desde que había entrado al escenario pareció completamente listo para comenzar la conversación.

  —Juan, antes de comenzar la entrevista, hay algo que queremos mostrarle.

  —¿De qué se trata?

  Uno de los asistentes se acercó y colocó cuidadosamente una Biblia sobre la mesa.

  Juan observó el libro en silencio.

  Pasó la mano lentamente sobre la cubierta.

  —¿Qué es esto?

  —Lo llamamos Biblia.

  Juan abrió el volumen con cuidado.

  Sus ojos recorrieron las páginas lentamente.

  Vio los nombres.

  Mateo.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Se detuvo.

  —Ese es mi relato.

  —Sí.

  Siguió avanzando.

  Primera de Juan.

  Segunda de Juan.

  Tercera de Juan.

  Guardó silencio.

  —También conservaron mis cartas.

  —Así es.

  Por un momento no dijo nada.

  Luego continuó pasando páginas.

  Hasta que llegó al final.

  Apocalipsis.

  Juan se quedó inmóvil.

  Su rostro cambió.

  —Esperen…

  El estudio quedó en silencio.

  —Este escrito…

  Levantó la mirada lentamente.

  —Yo apenas terminé de recibir estas visiones.

  La audiencia permaneció completamente quieta.

  —Todavía estaba revisando cómo enviarlas a las iglesias.

  Volvió a mirar la página.

  —Éfeso.

  —Esmirna.

  —Pérgamo.

  —Tiatira.

  —Sardis.

  —Filadelfia.

  —Laodicea.

  Su voz bajó ligeramente.

  —¿También esto llegó hasta ustedes?

  —Sí, Juan.

  El anciano permaneció mirando el libro.

  —Entonces el Señor lo preservó.

  El estudio quedó en silencio.

  Juan cerró la Biblia con cuidado.

  Sus manos permanecieron sobre el volumen durante algunos segundos.

  —Pensé que estaba escribiendo para iglesias perseguidas de mi tiempo.

  Hizo una pausa.

  —No imaginé que esas palabras también hablarían a generaciones que todavía no habían nacido.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  Juan continuó observando las páginas que tenía frente a él.

  Sus dedos recorrieron lentamente el borde del libro.

  Como si estuviera intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.

  —Cuando escribí estas cosas, el mundo parecía muy distinto.

  Su voz sonó tranquila.

  Reflexiva.

  —Las iglesias enfrentaban dificultades.

  —Muchos creyentes vivían bajo presión.

  —Algunos sufrían persecución.

  —Y otros comenzaban a desanimarse.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Por eso escribí.

  —Porque quería que recordaran quién es Jesucristo.

  —Quería que supieran que Él sigue siendo Señor.

  —Que sigue caminando en medio de sus iglesias.

  —Y que ningún imperio de este mundo puede impedir que se cumpla aquello que Dios ha determinado.

  Volvió a mirar el libro.

  Luego sonrió.

  —Pero ahora descubro que el Señor tenía planes mucho mayores.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Es extraordinario.

  —Realmente extraordinario.

  Levantó lentamente la vista.

  —Mateo escribió.

  —Marcos escribió.

  —Lucas escribió.

  —Y yo escribí.

  —Pero ninguno de nosotros podía imaginar todo lo que Dios haría después.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Definitivamente este viaje al futuro ha estado lleno de sorpresas.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  Finalmente cerró la Biblia con cuidado.

  La sostuvo entre sus manos durante algunos segundos.

  Como si estuviera sosteniendo algo profundamente valioso.

  Luego dirigió su atención hacia el entrevistador.

  —Bien.

  Una sonrisa tranquila apareció en su rostro.

  —Creo que ahora entiendo por qué me trajeron hasta aquí.

  Las risas volvieron a escucharse.

  —Y debo admitir que tengo curiosidad.

  —¿Por dónde comenzaremos? Entonces el entrevistador hizo la pregunta:

  —¿Qué hacía usted en Patmos?

  Juan permaneció en silencio durante algunos segundos.

  La sonrisa había desaparecido de su rostro.

  Finalmente respondió.

  —Estaba prisionero.

  El estudio quedó completamente inmóvil.

  —Patmos no era un lugar al que uno viajara para descansar.

  —No era un sitio de recreación.

  —Era un lugar de confinamiento.

  —Un lugar donde Roma enviaba a personas que deseaba apartar de la sociedad.

  Hizo una breve pausa.

  —Yo ya era un hombre anciano cuando llegué allí.

  —Había servido al Señor durante muchos años.

  —Había visto partir a la mayoría de mis compañeros.

  —Pedro ya no estaba.

  —Pablo ya no estaba.

  —Jacobo ya no estaba.

  Sus palabras resonaron en el silencio del estudio.

  —Durante años continué enseñando y fortaleciendo a las iglesias.

  —Especialmente en la región de Asia.

  —Éfeso.

  —Esmirna.

  —Pérgamo.

  —Tiatira.

  —Sardis.

  —Filadelfia.

  —Laodicea.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Eran mis hermanos.

  —Mi familia.

  Luego volvió a ponerse serio.

  —Pero aquellos eran tiempos difíciles.

  —Roma exigía cada vez más lealtad al emperador.

  —Y muchos hombres estaban dispuestos a rendirle honores que solamente pertenecen a Dios.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —En aquellos días gobernaba Domiciano.

  La audiencia permanecía completamente atenta.

  —No puedo decirles quién firmó cada orden ni qué funcionarios participaron en cada decisión.

  —Lo que sí sé es que terminé separado de las iglesias que amaba.

  —Y fui enviado a Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo.

  Su voz se volvió más suave.

  —Recuerdo el día que llegué.

  —Recuerdo las rocas.

  —El mar.

  —La soledad.

  —Y la sensación de estar lejos de todo aquello por lo que había trabajado durante décadas.

  El estudio permanecía en silencio.

  —No voy a negar que fue doloroso.

  —Había pasado gran parte de mi vida sirviendo a aquellas congregaciones.

  —Y de pronto estaba allí.

  —Lejos de ellas.

  —Sin saber si volvería a verlas.

  Juan bajó la mirada durante unos instantes.

  —Pero aprendí algo.

  El entrevistador permanecía inmóvil.

  —Los hombres pueden exiliar a un siervo de Dios.

  —Pero no pueden exiliar a Dios.

  El silencio fue absoluto.

  —Creyeron que me alejaban de mi misión.

  —Y resultó que el Señor tenía otros planes.

  Una leve sonrisa apareció nuevamente en su rostro.

  —Porque fue precisamente en aquella isla-prisión…

  —En aquel lugar donde pensaban que mi voz sería silenciada…

  —Donde recibí algunas de las revelaciones más extraordinarias de toda mi vida.

  —Juan, sabemos que usted convivió con Jesús durante varios años.

  —Viajó con Él.

  —Comió con Él.

  —Caminó junto a Él por los caminos de Galilea, Samaria y Judea.

  —Lo vio cuando las multitudes lo seguían.

  —Y también cuando se encontraba agotado y lejos de las multitudes.

  Hice una breve pausa.

  —Y debo admitir que hay algo que siempre me ha llamado la atención.

  Juan inclinó ligeramente la cabeza.

  —¿Qué cosa?

  —Por experiencia sé que cuando uno convive con una persona durante años, termina conociéndola de verdad.

  —Las apariencias desaparecen.

  —Los defectos aparecen.

  —Las debilidades salen a la luz.

  —Todos terminamos decepcionando a alguien tarde o temprano.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Por eso quiero hacerle una pregunta muy personal.

  Juan asintió lentamente.

  —Adelante.

  —¿Jesús alguna vez lo decepcionó?

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —¿Lo vio actuar de manera equivocada?

  —¿Lo vio pecar?

  —¿Lo vio perder el control?

  —¿Lo vio hacer algo que le hiciera pensar que no era quien decía ser?

  Por primera vez una leve sonrisa apareció en el rostro del anciano.

  Luego negó suavemente con la cabeza.

  —No.

  El silencio fue absoluto.

  —Ni una sola vez.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Como si estuviera recorriendo décadas de recuerdos.

  Finalmente continuó.

  —Y créame cuando le digo que tuvimos muchas oportunidades para observarlo.

  Algunas personas sonrieron.

  —No estuvimos con Él durante unos días.

  —Ni unas semanas.

  —Fueron años.

  —Caminábamos juntos.

  —Comíamos juntos.

  —Dormíamos bajo el mismo cielo.

  —Atravesábamos tormentas.

  —Caminábamos largas distancias.

  —Pasábamos días enteros rodeados de multitudes.

  —Y también momentos donde solamente estábamos nosotros.

  Hizo una pausa.

  —Vi personas amarlo.

  —Y vi personas odiarlo.

  —Vi multitudes aclamarlo.

  —Y vi multitudes abandonarlo.

  —Vi momentos de alegría.

  —Y momentos de profundo dolor.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  —Lo vi cuando murió Lázaro.

  —Lo vi llorar.

  —Lo vi cansado.

  —Lo vi hambriento.

  —Lo vi sufrir.

  La audiencia escuchaba atentamente.

  —Pero jamás lo vi pecar.

  —Jamás lo escuché mentir.

  —Jamás lo vi actuar por egoísmo.

  —Jamás lo vi aprovecharse de nadie.

  —Jamás lo vi usar su poder para beneficio propio.

  La voz de Juan se volvió más firme.

  —Y cuanto más tiempo pasábamos con Él, más extraordinario resultaba.

  —Porque normalmente ocurre lo contrario.

  —Mientras más conoces a una persona, más descubres sus defectos.

  —Con Jesús sucedía exactamente al revés.

  El estudio permanecía completamente inmóvil.

  —Mientras más cerca estabas de Él…

  —Más difícil era encontrar algo incorrecto.

  —Más evidente se volvía su carácter.

  —Más evidente se volvía su compasión.

  —Más evidente se volvía su pureza.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Después de todos estos años…

  —Después de todo lo que vi…

  —Y después de todo lo que he meditado acerca de Él…

  Todavía sigo convencido de una cosa.

  El silencio era absoluto.

  —Jesús fue el hombre más extraordinario que ha existido.

  Hizo una breve pausa.

  Luego añadió con serenidad:

  —Y cuanto más lo conocíamos…

  —Más comprendíamos que era mucho más que un hombre.

  El estudio permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Las últimas palabras de Juan parecían haber quedado suspendidas en el aire.

  —Y cuanto más lo conocíamos…

  —Más comprendíamos que era mucho más que un hombre.

  —Juan, eso me lleva a algo que siempre he querido preguntar. Dijo el entrevistador.

  El anciano asintió lentamente.

  —Adelante.

  —Usted acaba de decir que mientras más conocían a Jesús, más comprendían que era mucho más que un hombre.

  —Pero eso no pudo haber ocurrido de un día para otro.

  —Después de todo, cuando lo conoció, Jesús parecía un hombre común.

  —Comía.

  —Dormía.

  —Caminaba por los mismos caminos que ustedes.

  —Y vivía en el mismo mundo que todos los demás.

  Hice una breve pausa.

  —Entonces dígame…

  —¿Cuándo comenzó a sospechar que Jesús era diferente?

  Juan permaneció pensativo durante algunos segundos.

  Finalmente sonrió.

  —Creo que la verdadera respuesta sería: muy temprano.

  Algunas personas sonrieron.

  —Pero también debo decir que nos tomó mucho tiempo comprender completamente quién era.

  La audiencia permanecía atenta.

  —Al principio sabíamos que era extraordinario.

  —Eso era evidente.

  —Sus enseñanzas eran diferentes.

  —Su autoridad era diferente.

  —La manera en que trataba a las personas era diferente.

  —Incluso sus enemigos reconocían que había algo inusual en Él.

  Guardó silencio unos instantes.

  —Pero una cosa es reconocer que alguien es extraordinario.

  —Y otra muy distinta comprender quién es realmente.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Recuerdo muchas ocasiones que nos dejaron sin palabras.

  —Momentos que ninguno de nosotros podía explicar.

  —Momentos en que terminábamos mirándonos unos a otros sin saber qué decir.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Debo admitir que no siempre éramos tan brillantes como la gente imagina.

  Las risas recorrieron suavemente el estudio.

  —Muchas veces entendíamos las cosas mucho después.

  Las risas aumentaron.

  Juan sonrió.

  —Mucho después.

  El ambiente se relajó.

  —Pero hubo un acontecimiento que jamás olvidé.

  La audiencia quedó en silencio.

  —Una noche nos encontrábamos en el mar de Galilea.

  —Algunos de nosotros habíamos pasado gran parte de nuestras vidas en embarcaciones.

  —Conocíamos aquellas aguas.

  —Conocíamos las tormentas.

  —Sabíamos cuándo una situación era peligrosa.

  Su expresión se volvió más seria.

  —Y aquella noche era peligrosa.

  —Muy peligrosa.

  Guardó silencio durante unos instantes.

  —Mientras luchábamos contra el viento y las olas, Jesús dormía.

  Algunas personas sonrieron.

  —Finalmente lo despertamos.

  —Y entonces ocurrió algo que jamás pude olvidar.

  El estudio permanecía completamente inmóvil.

  —Jesús se puso de pie.

  —Miró el viento.

  —Miró las olas.

  —Y les habló.

  La audiencia permanecía en absoluto silencio.

  —Les habló como un hombre habla a un siervo.

  Juan hizo una pausa.

  —Y el mar obedeció.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —La tormenta desapareció.

  —El viento cesó.

  —Y el mar quedó en calma.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  Como si todavía estuviera viendo aquella escena.

  —Recuerdo perfectamente lo que ocurrió después.

  —No comenzamos a celebrar.

  —No gritamos de alegría.

  —No nos felicitamos por haber sobrevivido.

  Volvió a levantar la vista.

  —Nos dio miedo.

  El silencio era absoluto.

  —Mucho miedo.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Porque de pronto comprendimos que la verdadera pregunta no era si sobreviviríamos a la tormenta.

  La voz de Juan se volvió más profunda.

  —La verdadera pregunta era:

  ”¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

  El estudio quedó completamente en silencio.

  Juan guardó silencio unos segundos.

  Luego añadió:

  —Y para ser honestos…

  —Pasamos los siguientes años intentando responder esa pregunta.

  El entrevistador permaneció en silencio durante algunos segundos.

  Luego tomó nuevamente el control de la conversación.

  —Juan, quisiera llevarlo ahora al acontecimiento que cambió la historia para siempre.

  El anciano asintió lentamente.

  —La resurrección.

  —Así es.

  La audiencia quedó completamente en silencio.

  —Sabemos que usted afirmó haber visto al Cristo resucitado.

  —Y sabemos que fue testigo de algunos de los acontecimientos ocurridos durante aquellos días.

  Hice una breve pausa.

  —Pero antes de hablar de la resurrección, me gustaría preguntarle algo.

  —¿Cómo se encontraban ustedes después de la crucifixión?

  La expresión de Juan cambió inmediatamente.

  Durante algunos segundos pareció regresar a aquellos días.

  Finalmente respondió.

  —Devastados.

  El silencio se apoderó del estudio.

  —Completamente devastados.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  —Hoy resulta fácil leer la historia sabiendo cómo termina.

  —Pero nosotros no estábamos viviendo el final de la historia.

  —Estábamos viviendo el viernes.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —Habíamos visto arrestar al Maestro.

  —Lo habíamos visto golpeado.

  —Humillado.

  —Condenado.

  —Crucificado.

  Su voz se volvió más suave.

  —Y finalmente lo vimos morir.

  El silencio era absoluto.

  —Todo aquello ocurrió delante de nuestros ojos.

  —No era un rumor.

  —No era una noticia que alguien nos contó.

  —Lo vimos.

  Juan bajó ligeramente la mirada.

  —Y cuando llegó el sábado, todo parecía haber terminado.

  La audiencia escuchaba atentamente.

  —Habíamos dejado nuestras antiguas vidas para seguirlo.

  —Creíamos que Él era el Mesías.

  —Pero no comprendíamos completamente lo que debía suceder.

  —No entendíamos las Escrituras como las entendemos ahora.

  —Y ciertamente no esperábamos lo que estaba por ocurrir.

  Guardó silencio unos segundos.

  —Habíamos escuchado algunas de sus declaraciones acerca de resucitar.

  —Pero para ser completamente honesto…

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Ninguno de nosotros parecía haberlas comprendido muy bien.

  Algunas personas sonrieron.

  —Nuestra mente estaba llena de preguntas.

  —De temor.

  —De tristeza.

  —Y de recuerdos que no podíamos quitar de nuestra cabeza.

  La audiencia permanecía completamente inmóvil.

  —Recuerdo la cruz.

  —Recuerdo sus últimas palabras.

  —Recuerdo el momento en que fue colocado en la tumba.

  Juan hizo una pausa.

  —Y recuerdo pensar que aquella era la conclusión de la historia.

  El estudio quedó en absoluto silencio.

  —Pero entonces llegó el domingo.

  La tensión aumentó inmediatamente en el auditorio.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Y con él llegaron noticias que ninguno de nosotros esperaba escuchar.

  —Noticias tan extraordinarias…

  —Que al principio resultaban difíciles de creer.

  El anciano sonrió ligeramente.

  —Y allí comenzó el día más sorprendente de toda mi vida.

  —¿Y qué pasó después?

  La pregunta rompió el silencio que se había apoderado del estudio.

  Juan sonrió levemente.

  Como si todavía pudiera ver aquellos acontecimientos ocurriendo delante de sus ojos.

  —Después llegó María Magdalena.

  La audiencia permaneció completamente atenta.

  —Llegó con una noticia que ninguno de nosotros esperaba.

  —Nos dijo que la piedra había sido removida.

  —Y que la tumba estaba abierta.

  Hizo una breve pausa.

  —Recuerdo que Pedro y yo salimos inmediatamente.

  —Corrimos.

  Las palabras provocaron algunas sonrisas entre los asistentes.

  —Bueno… yo corrí más rápido que Pedro.

  Las risas recorrieron el estudio.

  Juan sonrió.

  —Eso también quedó escrito, por cierto.

  Las risas aumentaron.

  —Y después de casi dos mil años, sigo sin arrepentirme de haberlo mencionado.

  La audiencia volvió a reír.

  Luego el anciano se puso serio nuevamente.

  —Pero cuando llegamos a la tumba, todo cambió.

  El silencio regresó inmediatamente.

  —La piedra había sido removida.

  —La tumba estaba abierta.

  —Y el cuerpo ya no estaba allí.

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Como si todavía estuviera contemplando aquella escena.

  —Entré.

  —Observé cuidadosamente.

  —Vi los lienzos.

  —Vi el sudario colocado aparte.

  —Y comprendí algo.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —La tumba estaba vacía.

  El silencio era absoluto.

  —No había señales de violencia.

  —No había señales de una retirada apresurada.

  —No había señales de que alguien hubiera robado un cuerpo.

  Juan hizo una pausa.

  —Simplemente ya no estaba allí.

  La tensión en el estudio era palpable.

  —¿Y qué pensó en ese momento?

  Juan permaneció reflexionando durante algunos segundos.

  —La verdad…

  —Creo que al principio ni siquiera comprendí completamente lo que estaba viendo.

  Algunas personas sonrieron.

  —Aquello era demasiado grande.

  —Demasiado extraordinario.

  —Demasiado inesperado.

  Guardó silencio.

  —Pero una cosa sí sabía.

  La audiencia permanecía inmóvil.

  —La muerte no había podido retenerlo.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Aquel que había abierto los ojos de los ciegos…

  —Aquel que había levantado a Lázaro de la tumba…

  —Aquel que había hablado al viento y al mar…

  —No permaneció bajo el poder de la muerte.

  La voz de Juan se volvió más firme.

  —Y poco tiempo después ya no estábamos observando una tumba vacía.

  —Lo estábamos viendo a Él.

  Nadie dijo una sola palabra.

  —Lo escuchamos.

  —Hablamos con Él.

  —Lo vimos.

  —Y nuestras vidas jamás volvieron a ser las mismas.

  Juan levantó lentamente la vista.

  —Muchos años han pasado desde entonces.

  —He visto imperios levantarse y caer.

  —He visto morir a amigos queridos.

  —He visto persecuciones y sufrimientos.

  —Pero hay algo que nunca cambió.

  Hizo una pausa.

  —Aquella mañana la tumba estaba vacía.

  —Y Jesús estaba vivo.

  El estudio quedó completamente en silencio.

  —Juan, me temo que nuestro tiempo está llegando a su fin.

  —Ha pasado más rápido de lo que imaginaba.

  Las risas recorrieron el estudio.

  —Creo que todos sentimos lo mismo.

  Los aplausos se escucharon en distintos lugares del auditorio.

  —Sin embargo, antes de despedirnos quisiera hacerle una última pregunta.

  —Adelante.

  —Usted caminó con Jesús.

  —Comió con Él.

  —Escuchó sus enseñanzas.

  —Presenció sus milagros.

  —Lo vio morir.

  —Y afirmó haberlo visto vivo después de la resurrección.

  —Además dedicó buena parte de su vida a reflexionar acerca de quién era realmente.

  —Por eso quiero hacerle una pregunta muy sencilla.

  —¿Quién dice usted que es Jesús de Nazaret?

  Juan guardó silencio durante unos instantes.

  Luego sonrió.

  —Cuando era joven pensaba que conocía la respuesta.

  —Pero mientras pasaron los años comprendí que Jesús era mucho más grande de lo que había imaginado.

  Hizo una breve pausa.

  —Por eso, cuando escribí acerca de Él, no comencé hablando de Belén.

  —Ni de Nazaret.

  —Ni siquiera de Galilea.

  —Comencé antes de la creación misma.

  Volvió la mirada hacia la audiencia.

  —En el principio era el Verbo.

  —Y el Verbo era con Dios.

  —Y el Verbo era Dios.

  El estudio quedó en silencio.

  —Y aquel Verbo fue hecho carne.

  —Y habitó entre nosotros.

  —Y vimos su gloria.

  Juan continuó.

  —¿Quién es Jesús?

  —Es la Luz del mundo.

  —Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

  —Es el Pan de Vida.

  —Es la Puerta.

  —Es el Buen Pastor.

  —Es la Resurrección y la Vida.

  —Es la Vid verdadera.

  —Es el Camino.

  —La Verdad.

  —Y la Vida.

  —Y nadie viene al Padre sino por Él.

  Algunas personas comenzaron a aplaudir.

  Juan continuó hablando.

  —Lo vi tocar a los enfermos.

  —Lo vi recibir a los rechazados.

  —Lo vi llorar.

  —Lo vi sufrir.

  —Lo vi morir.

  —Y también lo vi vivo después de la resurrección.

  Hizo una breve pausa.

  —Por eso mi respuesta hoy es la misma que cuando terminé de escribir mi Evangelio.

  —Jesús es el Cristo.

  —El Hijo de Dios.

  —El Salvador del mundo.

  —El Santo de Dios.

  —El Rey de Israel.

  —El Señor.

  Juan sonrió.

  —Y después de todos estos años sigo convencido de algo.

  —Nunca ha existido nadie como Él.

  Los aplausos comenzaron a escucharse nuevamente.

  —Y nunca volverá a existir.

  Los aplausos comenzaron a escucharse en distintos lugares del estudio.

  Poco a poco fueron creciendo.

  Hasta convertirse en una prolongada ovación.

  Juan permaneció sentado observando a la audiencia.

  Finalmente volví la vista hacia el reloj que tenía frente a mí.

  Y suspiré.

  —Juan…

  El anciano sonrió.

  —¿Sí?

  —Me temo que nuestro tiempo se ha agotado.

  Inmediatamente se escuchó un murmullo generalizado de desaprobación en el estudio.

  Algunas personas incluso protestaron en voz alta.

  Las risas recorrieron el auditorio.

  —Créame, yo tampoco estoy contento.

  La audiencia respondió con aplausos.

  —Porque tengo una lista enorme de preguntas que todavía no le he hecho.

  Juan sonrió.

  —Y yo todavía tengo algunas historias que no les he contado.

  La reacción fue inmediata.

  Las risas y los aplausos llenaron nuevamente el estudio.

  —¿Lo escucharon?

  La audiencia volvió a aplaudir.

  —Entonces creo que no tendremos otra opción.

  Volví la mirada hacia Juan.

  —¿Estaría dispuesto a regresar?

  Una sonrisa apareció en el rostro del anciano.

  —Con mucho gusto.

  La ovación fue aún más fuerte.

  —Amigos, acabamos de escuchar a un hombre que caminó junto a Jesús.

  —Que escuchó sus enseñanzas.

  —Que presenció sus milagros.

  —Que estuvo cerca de la cruz.

  —Y que afirmó haber visto al Cristo resucitado.

  Hice una breve pausa.

  —Pero apenas hemos comenzado.

  —Todavía quedan muchas preguntas.

  —Todavía quedan muchos recuerdos.

  —Y todavía quedan muchos acontecimientos que queremos explorar junto a Juan.

  Volví la mirada hacia nuestro invitado.

  —Gracias por acompañarnos esta noche.

  —Gracias a ustedes.

  Los aplausos volvieron a llenar el estudio.

  —Amigos, esto ha sido todo por hoy.

  —Pero nuestra conversación con Juan continuará.

  —Y créanme…

  —No querrán perderse lo que viene.

  Las luces comenzaron a disminuir lentamente.

  —Buenas noches a todos.

  —Y hasta nuestra próxima entrevista con el discípulo amado.

  La audiencia respondió con una última ovación mientras la transmisión llegaba a su fin.

Disfrute un reel con propósito:

Explore el Museo la vida y obra de Jesucristo

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.