5. Entrevista con Mateo: Una conversación con el hombre que dejó la mesa de impuestos para seguir a Jesús

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Antes de comenzar esta entrevista debo hacer una aclaración importante.

  Lo que está a punto de leer es un ejercicio narrativo. No pretende ser una reconstrucción histórica, ni una revelación sobrenatural, ni una experiencia mística. Es simplemente una manera diferente de acercarnos a uno de los hombres que caminó junto a Jesucristo.

  Para ello imaginaremos algo extraordinario.

  Supongamos que los investigadores de Cristopedia lograron construir una máquina del tiempo.

  Supongamos también que, después de años de trabajo, consiguieron traer temporalmente a nuestra época a uno de los hombres más buscados de la historia.

  Mateo.

  El publicano que abandonó su mesa de impuestos para seguir a Jesús. El hombre que convivió con el Maestro. El testigo que observó gran parte de los acontecimientos que cambiarían el rumbo de la humanidad. Y el autor de uno de los relatos más importantes jamás escritos.

  Naturalmente surgió un problema inmediato. Mateo hablaba arameo. Conocía hebreo. Probablemente podía comunicarse en griego. Nosotros hablamos español. Además, ¿cómo podría comprender un mundo separado del suyo por casi dos mil años? Afortunadamente, nuestros ingenieros temporales habían pensado en ese detalle. Como parte del proceso de adaptación, cualquier visitante trasladado desde otra época recibe temporalmente la capacidad de comprender los idiomas modernos y entender los conceptos básicos necesarios para interactuar con nuestro mundo. En otras palabras, Mateo puede conversar con nosotros. Puede comprender nuestras preguntas. Puede leer nuestros libros. Y puede descubrir qué ha ocurrido durante los últimos veinte siglos.

  Obviamente, la noticia de que Mateo, uno de los discípulos de Jesucristo, sería entrevistado en nuestra época provocó una reacción sin precedentes. En cuestión de horas, los principales medios de comunicación del mundo comenzaron a difundir la noticia. Cadenas de televisión modificaron su programación habitual, periodistas solicitaron acreditaciones especiales y millones de personas empezaron a seguir cada actualización relacionada con el acontecimiento.

  La expectativa era comprensible. Después de todo, no se trataba de entrevistar a un personaje histórico cualquiera. Estábamos hablando de un hombre que había caminado junto a Jesús, que había escuchado sus enseñanzas directamente de sus labios, que había presenciado muchos de sus milagros y que posteriormente había escrito uno de los testimonios más importantes acerca de su vida. Historiadores, arqueólogos, investigadores, teólogos, creyentes y escépticos coincidían en algo: aquella podría convertirse en una de las entrevistas más importantes jamás realizadas.

  Por primera vez en la historia, el mundo tendría la oportunidad de escuchar directamente a uno de los hombres que estuvo allí. A alguien que no hablaba de teorías ni de tradiciones transmitidas por generaciones, sino de acontecimientos que había visto con sus propios ojos. La expectativa era enorme. Las preguntas se contaban por miles. Y mientras millones i millones de personas aguardaban el inicio de la transmisión, una interrogante dominaba por encima de todas las demás: ¿qué diría Mateo acerca de Jesús?

  Las cadenas de televisión interrumpieron su programación habitual. Los principales medios de comunicación enviaron representantes. Multitudes de personas comenzaron a conectarse desde distintos países. Historiadores querían escucharlo. Arqueólogos querían hacer preguntas. Teólogos querían conocer sus respuestas. Periodistas querían entrevistarlo. Creyentes de todo el mundo estaban expectantes. Y también los escépticos. Después de todo, ¿quién no querría escuchar a un hombre que caminó junto a Jesús? ¿Quién no querría preguntarle qué vio realmente? ¿Quién no querría saber qué impresión le causó el personaje más influyente de toda la historia humana?

  •  

  Finalmente llegó el momento y Mateo llego al estudio, permaneció inmóvil durante algunos segundos. Observó las luces. Observó las cámaras. Observó las enormes pantallas que cubrían las paredes. Luego señaló discretamente una de ellas.

  —¿Y esa cosa qué hace?

  —Permite que millones de personas puedan verlo y escucharlo.

  Mateo me observó durante varios segundos.

  —¿Millones?

  —Millones.

  —¿Al mismo tiempo?

  —Al mismo tiempo.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  —Debo admitir que eso es más impresionante que la máquina del tiempo.

  Ambos reímos.

        Poco después dirigió su mirada hacia una ventana. En ese momento un avión cruzaba el cielo. Mateo lo siguió con la vista.

  —Y esas enormes aves metálicas…

  —Se llaman aviones.

  —¿Vuelan?

  —Sí.

  —¿Y llevan personas dentro?

  —Miles cada día.

  Mateo negó lentamente con la cabeza.

  —Definitivamente me he perdido algunos acontecimientos importantes.

       Minutos después encendimos una de las pantallas principales. Comenzaron a aparecer imágenes provenientes de distintos lugares del mundo. Personas leyendo las Escrituras en China. Congregaciones adorando en África. Familias estudiando la Biblia en América Latina. Creyentes reunidos en Europa. Grupos de oración en Medio Oriente. Mateo observó durante largo tiempo sin decir una sola palabra. Finalmente preguntó:

     —¿Quiénes son todas estas personas?… ¿Acaso todos ellos conocen al Maestro?  

  • Sí.

  —¿Todos?

  —Todos.

Mateo guardó silencio durante varios segundos, intentando procesar todo lo que tenía delante. Sus ojos recorrieron una vez más las imágenes de personas provenientes de distintos lugares del mundo. Finalmente levantó la cabeza y pronunció unas palabras que nadie esperaba.  

  • Entonces ocurrió.

  —¿Qué ocurrió? Le pregunto el entrevistador.

  —Lo que Él dijo.

  —¿A qué se refiere?

  — Recuerdo perfectamente sus palabras. Nos dijo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”

  Mateo continúa observando la pantalla.

  — En aquel momento éramos un grupo pequeño en una provincia pequeña del Imperio Romano.

  El apóstol hizo una pausa y continuo diciendo:

  — Creo que ninguno de nosotros alcanzó a imaginar algo como esto. Luego sonrío.

  • Pero el Maestro sí. Él tenía una capacidad extraordinaria para ver mucho más allá de lo que nosotros podíamos ver. En numerosas ocasiones nos habló de acontecimientos futuros que en aquel momento parecían imposibles de imaginar. Sin embargo, una y otra vez vimos cómo sus palabras terminaban cumpliéndose exactamente como las había anunciado.  

     Mientras Mateo continuaba contemplando las imágenes proyectadas en la pantalla, uno de nuestros asistentes se acercó discretamente y colocó un libro entre sus manos.

El antiguo discípulo bajó la mirada y lo observó con curiosidad. Luego comenzó a examinarlo cuidadosamente. Al principio observó la encuadernación, el papel y la forma en que el texto estaba organizado. Luego frunció ligeramente el ceño y volvió a mirar con mayor atención.

  —Es extraordinario…

  —¿Qué cosa?

  —Puedo leerlo.

  Sus ojos continuaron recorriendo las líneas impresas.

  —Sé que me explicaron lo que ocurrió durante el proceso de adaptación temporal, pero aun así resulta sorprendente. Hace unas horas no conocía una sola palabra de este idioma y ahora puedo entender cada línea.

  Volvió a bajar la mirada hacia el libro.

  —Definitivamente el viaje al futuro está lleno de sorpresas.

  Mientras avanzaba entre las páginas, de pronto encontró su propio relato y permaneció observándolo durante algunos segundos. Pasó suavemente la mano sobre la página.

  — Es difícil describir lo que siento en este momento. Cuando escribí estas palabras, mi único deseo era que otras personas pudieran conocerlo. Jamás imaginé que algún día serían leídas en lugares cuyos nombres nunca escuché, por personas que todavía no habían nacido. Levantó la vista por un instante y dijo:

  —Y sin embargo, aquí están. Continuó recorriendo el volumen hasta encontrar otro nombre.

  — Marcos… Una sonrisa apareció en su rostro.

  —Me alegra saber que su testimonio sobrevivió al paso de los siglos. Poco después llegó al relato de Lucas.

  —Lucas. Siempre fue un hombre muy cuidadoso. Le gustaba investigar cada detalle antes de escribirlo. Siguió avanzando lentamente hasta detenerse nuevamente.

     Siguió avanzando lentamente hasta detenerse nuevamente. Esta vez permaneció en silencio durante algunos momentos.

  —Juan…

  Su voz sonó diferente. Más suave. Más reflexiva.

  —El discípulo amado.

  Una leve sonrisa apareció en su rostro.

  —Amaba profundamente al Maestro.

  Permaneció observando el nombre durante algunos segundos.

  —Siempre tuvo una forma especial de hablar acerca de Él.

  Continuó recorriendo algunas páginas de su relato. Entonces levantó la vista.

  —¿Las personas todavía leen esto?

  —Millones de personas.

  —¿En muchos países?

  —Prácticamente en todo el mundo.

  Mateo volvió a bajar la mirada hacia las páginas. Era evidente que estaba intentando comprender la magnitud de lo que acababa de descubrir.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Y su propio relato.

  Cuatro hombres separados por siglos de distancia de los lectores que ahora los estudiaban. Finalmente sonrió.

  —Entonces los cuatro seguimos hablando del Maestro.

  La fuerza de aquella frase llena toda la habitación.

  Y mientras el mundo entero observa en silencio, comprendo que ha llegado el momento de formular la pregunta que todos están esperando.

  La pregunta que millones de personas darían cualquier cosa por escuchar responder a uno de los hombres que estuvo allí. La pregunta que ha atravesado veinte siglos de historia.

  Me inclino ligeramente hacia adelante.

  —Mateo…

  —Después de todo lo que vio…

  —Después de todo lo que escuchó…

  —Después de caminar junto a Jesús…

  ¿Quién era realmente Él?

  Mateo permanece en silencio.

  Por primera vez desde que comenzó la entrevista parece buscar cuidadosamente las palabras. No parece una pregunta difícil.

     —Mateo, millones de personas alrededor del mundo están viendo esta entrevista.

  El antiguo discípulo asintió lentamente.

  —Lo sé.

  —Y muchas de ellas tienen opiniones muy diferentes acerca de Jesús. Algunos creen que fue un maestro moral. Otros piensan que fue un profeta. Otros lo consideran una figura histórica importante. Y continuo diciendo:

  —Usted caminó junto a Él. Usted lo conoció personalmente. Si tuviera que decirle al mundo quién era realmente Jesús, ¿qué respondería?

  Durante algunos segundos Mateo permaneció en silencio. La expectativa era enorme. Nadie parecía dispuesto a moverse. Finalmente respondió.

  — Diría que pasé tres años intentando responder esa misma pregunta. Una ligera sonrisa apareció en su rostro.

  —Y cada vez que creía haber encontrado la respuesta, Jesús hacía algo que me obligaba a pensar más profundamente.

  —¿Cómo qué?

  —Las profecías.

  —¿Las profecías?

  —Sí.

  —Yo conocía las Escrituras desde mi juventud. Sabía lo que habían anunciado Isaías, Daniel, Miqueas y los demás profetas. Sabía lo que debía hacer el Mesías cuando viniera. Mateo hizo una pausa.

  —Pero entonces apareció Jesús.

  La sala quedó completamente en silencio.

  —Y comencé a ver cómo aquellas antiguas palabras cobraban vida delante de mis ojos.

  —¿Está diciendo que las profecías lo convencieron?

  —Estoy diciendo que me obligaron a tomar una decisión.

  —¿Cuál?

  —Aceptar lo que estaba viendo. Su voz adquirió firmeza.

  —Porque una profecía podía ser coincidencia.

  —Dos podían ser casualidad.

  —Pero cuando observé una tras otra cumplirse delante de mis ojos, llegué a una conclusión de la que jamás me aparté. Nadie dijo una sola palabra.

  —¿Cuál fue esa conclusión?

  Mateo levantó lentamente la mirada.

  —Que Jesús era el Mesías prometido por Dios.

  La respuesta provocó un murmullo entre algunas personas presentes. Pero Mateo aún no había terminado.

  —Y con el tiempo comprendí algo todavía más grande.

  La sala volvió a quedar en silencio.

  —¿Qué comprendió?

  —Que incluso la palabra Mesías era demasiado pequeña.

  Por un instante se habría podido escuchar caer un alfiler.

  —¿Demasiado pequeña?

  —Sí.

  —Porque Jesús no solamente cumplía las promesas acerca del Rey.

  —Jesús era el Rey. Su voz sonó firme.

  —El Hijo de David.

  —El heredero del trono.

  —El Rey anunciado por los profetas.

  Luego hizo una pausa larga. Como si estuviera escogiendo cuidadosamente las siguientes palabras.

  —Pero hubo algo más.

  —¿Qué cosa?

  —El título que más utilizaba para sí mismo.

  —¿El Hijo del Hombre?

  —Exactamente. Mateo asintió.

  —Muchos escuchaban esas palabras y pensaban que estaba hablando de su humanidad.

  —Pero nosotros conocíamos las Escrituras.

  —Sabíamos lo que el profeta Daniel había visto.

  —Sabíamos quién era aquel que venía con las nubes del cielo.

  —Sabíamos quién era aquel que recibiría dominio eterno y un reino que jamás tendría fin.

  La tensión en el estudio era evidente.

  —¿Está diciendo que Jesús estaba identificándose con esa figura?

  —No tengo ninguna duda. La respuesta cayó como un martillo.

  —Ninguna. Nadie se movió. Nadie habló. Todos esperaban la siguiente frase. Entonces Mateo continuó.

  —Y cuando finalmente comprendí quién era realmente Jesús, una palabra comenzó a perseguirme.

  —¿Cuál?

  Mateo respondió sin vacilar.

  —Emmanuel.

  La sala quedó inmóvil.

  —¿Dios con nosotros?

  —Sí.

  —Dios con nosotros. Su voz se volvió más suave.

  —Durante años pensé que esa profecía hablaba acerca de Él.

  —Después comprendí que hablaba de quién era Él.

  Un silencio profundo llenó el estudio. Incluso las personas detrás de cámaras parecían haberse olvidado de moverse.

  —Mateo, ¿está diciendo que Jesús era Dios? Por primera vez el antiguo publicano respondió sin detenerse a pensar. Como si aquella convicción hubiera ardido en su corazón durante toda una vida.

  —Estoy diciendo que vi cumplirse las profecías.

  —Estoy diciendo que escuché sus palabras.

  —Estoy diciendo que observé su vida.

  —Estoy diciendo que vi cómo el Maestro confirmó una y otra vez quién era. Mateo se inclinó ligeramente hacia adelante.

  —Y después de todo lo que vi, después de todo lo que escuché y después de todo lo que llegué a comprender… Su voz adquirió una fuerza extraordinaria.

  —Vuelvo a decirlo, no me quedó ninguna duda.

  —Jesús es el Mesías.

  —Jesús es el Rey.

  —Jesús es el Hijo del Hombre.

  —Jesús es Emmanuel.

  —Jesús es Dios con nosotros. Por unos segundos nadie dijo absolutamente nada.

      Y mientras millones de personas observaban aquella entrevista alrededor del mundo, resultaba imposible no sentir el peso de una realidad inquietante.

  No estaba hablando un hombre que había leído acerca de Jesús. Estaba hablando un hombre que había caminado junto a Él.

  Un hombre que había escuchado sus enseñanzas directamente de sus labios. Un hombre que había dedicado años de su vida a observarlo de cerca. Un hombre que estuvo dispuesto a abandonar su profesión, su seguridad y su futuro para seguirlo.

  Un hombre que, después de todo lo que vio, llegó a la conclusión de que Jesús era el Mesías, el Rey prometido, el Hijo del Hombre y Emmanuel.

  Cuando las cámaras finalmente dejaron de transmitir, el silencio seguía siendo casi tan intenso como al comienzo de la entrevista.

  Las palabras de Mateo todavía parecían suspendidas en el aire. Y mientras abandonaba lentamente el estudio, una sensación extraña permanecía en el corazón de quienes habían escuchado su testimonio.

  La sensación de haber estado frente a un hombre que no estaba defendiendo una teoría, ni una tradición, ni una filosofía. Sino frente a un hombre que había defendido con su propia vida la verdad de lo que había visto y de aquello de lo que había sido testigo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.